Del entierro de párvulos

Cuando en 1642 don Juan de Palafox y Mendoza, como gobernador del arzobispado de México, mandó observar para la celebración de los rituales de toda la arquidiócesis el Manual de los Santos Sacramentos conforme al ritual de Paulo V del padre Andrés Sáenz de la Peña, pretendía con ello unificar las ceremonias y ritos de la Nueva España con las de la Iglesia universal, las de Roma, siguiendo así una voluntad ya expresada a nivel general por el Concilio de Trento. Sin embargo, el Manual de Sáenz de la Peña se diferenciaba del Ritual Romano en algunos puntos, bajo el argumento de que se trataba de la “costumbre universal y antigua del reino”, el de la Nueva España. Tal vez la distinción más patente era en el caso de los entierros de párvulos.

Cierto, en la Nueva España, como en todo el mundo católico, se mantenía la costumbre de tratar de manera particular a los niños bautizados fallecidos. El Ritual Romano, y con él la mayor parte de los manuales y rituales de exequias, recordaban que por “juxta vestustam et laudabilem Ecclesiam consuetudinem” (costumbre justa y antigua de la Iglesia), sus cuerpos debían ser enterrados de manera separada y adornados con flores y aromas “in signum integritatis carnis et virginitatis” (“en señal de la integridad y virginidad de sus cuerpos”). A ese trato correspondía el propio ritual, sustituyendo los símbolos más notorios de duelo por los de solemnidad. De ahí que en lugar de doblar las campanas como con los otros difuntos, había que hacerlas repicar, el sacerdote no debía revestirse con ornamentos negros sino blancos, y no debía llevarse la cruz alta al entierro, sino una pequeña. Y es que, como debía recordarlo el oficiante a los presentes al momento del entierro, su alma “por el bautismo goza de la Gloria”, por lo que las exequias debían guardar el aire festivo de la celebración de su entrada al Cielo.

Tal era justamente la diferencia principal entre la costumbre novohispana del siglo XVII y la normativa del Ritual Romano. Algunas oraciones eran las mismas, recordando en efecto la entrada de los párvulos al Cielo, y había también algunas antífonas en común, pero difería el orden, entre la casa del difunto y la iglesia, y sobre todo el Romano era mucho más consistente en el carácter solemne pero no luctuoso de las exequias. Así, en la Nueva España el rito en casa del difunto era más corto: sólo una antífona  y una oración, mientras que el Romano disponía rezar completo el salmo 112, que por el contrario quedaba en la Nueva España reservado al momento de llegar a la iglesia. La diferencia más notoria era sin duda en la procesión con el cuerpo, que era directamente fúnebre en la Nueva España, cantando la antífona Ad te levavi acompañada por el salmo De profundis, donde el Ritual Romano disponía interpretar el salmo Laudate Dominum de coelis, propio también del ritual de exequias pero que consiste en una alabanza de toda la Creación a Dios, así como el 118 Beati immaculata in via. Una vez en el templo, en la Nueva España se escuchaba de nuevo lo que el Ritual Romano trataba de evitar: un responso fúnebre, Credo quod redemptor, usado también en la procesión general de difuntos, dejando por completo de lado la antífona más repetida en el Ritual, Juvenes et virgenes, senes cum junioribus, laudent nomen Domini (Jóvenes y vírgenes, viejos y jóvenes, alaben el nombre del Señor).

Pareciera que la Nueva España tuvo finalmente que irse adaptando a la normativa romana con el tiempo, dejando atrás esas fúnebres ceremonias para el entierro de los párvulos, pues la costumbre novohispana no aparece ya en los manuales publicados en el siglo XVIII. Empero, todavía fray Diego Osorio, en su Manual para administrar los Santos Sacramento de 1748 notaba que había dos cosas del Ritual “que no he visto practicadas”: ni había sepulturas separadas ni cruces pequeñas para este tipo de entierros. En fin, sólo una investigación más profunda sobre los detalles de esos rituales, podrá decirnos más sobre las prácticas funerarias de los novohispanos.

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