Dejé mi corazón en…

Monumento del corazón de Henri IIEntre todas las partes del cuerpo que la tradición católica valora, tal vez no hay uno que haya recibido mayor atención que el corazón. Considerado, desde la Edad Media al menos, como el “receptáculo de todas las virtudes y todos los vicios”, según lo explica con amplitud Alexandre Bande en Le coeur du roi (Paris, Tallandier, 2009), no es de extrañar que se hayan dictado disposiciones específicas para su tratamiento post-mortem. Así es, al menos desde el siglo XII, numerosas disposiciones testamentarias, sobre todo de nobles, reyes y eclesiásticos han tratado de su separación del resto del cadáver para ser enterrado en lugares simbólicos, al lado de las familias de los personajes, o en iglesias de su devoción, o bien incluso en necrópolis del corazón de alguna dinastía. Bande nos cuenta que fue el caso en un primer momento de la familia real inglesa, y a partir del siglo XIV de la familia real francesa. Dispersos al principio según la voluntad particular de los monarcas, los corazones de los descendientes de San Luis tendieron pronto a irse reuniendo en ciertas iglesias cistercienses y mendicantes al principio, y más tarde, en los siglos XV y XVI se impuso como verdadera gran necrópolis de la Casa de Francia el convento de los celestinos de París. Contribuyendo a extender la presencia de la memoria del monarca más allá del tradicional cementerio real de la Basílica de Saint-Denis, los corazones ameritaron poco a poco la elaboración no sólo de urnas, sino de tumbas o monumentos. Así, en el convento de los celestinos de París, en la capilla de los Orléans, estuvo erigido en sus orígenes el magnífico monumento que vemos en esta imagen, en que el corazón de Henri II es sostenido por las Tres Gracias, y que hoy en día se puede ver en la sala de escultura francesa del Museo de Louvre.DSCF1764-2

Aunque la Casa de Francia obtuvo constantemente privilegios pontificios para mantener esta costumbre como un honor de los descendientes de San Luis, por supuesto que no se trata de un honor que les fuera exclusivo a los monarcas galos, ni que se terminara con la Edad Media o el Renacimiento. Entre 1614 y 1878, los Habsburgo dejaron sus corazones en unas más modestas urnas de plata que se conservan en la capilla de Nuestra Señora de Loreto de la iglesia de los Agustinos de Viena. Asimismo, la tradición cruzó el Atlántico y se instaló perfectamente en tierras americanas. Aun si, hasta donde sabemos, ni los Austrias, ni los Borbones españoles parecen haber tenido particular interés en otra sepultura fuera de El Escorial, los prelados del mundo hispánico, enterrados mayormente en sus catedrales, dejaron con mucha frecuencia sus corazones en iglesias conventuales de su particular devoción. Mencionemos dos casos que hoy en día están bien a la vista, de dos obispos de la Puebla de los Ángeles: Manuel Fernández de Santa Cruz en el siglo XVII y Francisco Pablo Vázquez y Sánchez Vizcaíno en el siglo XIX. Si el tiempo los separa, sus corazones están ahora reunidos en el coro de la iglesia del convento de religiosas agustinas de Santa Mónica, actual Museo de Arte Religioso de esa ciudad. Hay incluso prelados que gozan de la extraña fama de tener, no sólo “mucho corazón”, por así decir, sino incluso más de uno. Me refiero en concreto a don Juan Cruz Ruiz de Cabañas y Crespo, obispo de Guadalajara, también de principios del XIX, de quien el cronista José Ignacio Dávila Garibi, ya en el siglo XX, citaba tanto la iglesia de la Soledad como el santuario del Sagrado Corazón de Metzticacán como lugares de su depósito, el primero validado por una inscripción y el segundo por la tradición local.

DSCF9588Por supuesto, no puedo dejar de citar aquí el caso que ya he mencionado en otros momentos, el del presidente Miguel Barragán en 1836, quien literalmente dejó su corazón en Guadalajara, donde fue comandante militar un pocos años antes de su fallecimiento. Aunque el obispo don Diego de Aranda prometió en su momento la construcción de un sepulcro ad hoc para la reliquia del héroe de Ulúa, cabe decir que hoy en día lo que puede contemplarse es extremadamente modesto, aunque hace bien alusión a la vida militar del difunto y virtuoso presidente. Asimismo, es bien sabido que el general Anastasio Bustamante dejó su corazón para ser colocado al lado del sepulcro de Agustín de Iturbide en la Catedral Metropolitana de México. Sin duda estos ejemplos no agotan por completo el tema, es decir, buscando un poco más en las iglesias mexicanas sin duda encontraremos algunos otros corazones olvidados. Asimismo, la problemática aquí apenas enunciada merece bien profundizarse: sin duda no era lo mismo lo que se pensaba del corazón en la Edad Media, en el Renacimiento o en tiempos del Romanticismo; las propias imágenes nos indican que si tal vez el uso de cajas de plomo de forma cilíndrica para guardar estos restos fue de larga duración, varió mucho la disposición de su depósito entre el sepulcro, la urna expuesta, el monumento suntuoso o la simple placa para recordarlo.

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