Decálogo Laico

Desde hace algunos días había pensado en dedicar una entrada a un aspecto muy importante de la historia religiosa mexicana desde el siglo XIX por lo menos: el anticlericalismo. Al respecto me ha parecido muy sugerente el trabajo que el profesor Roberto Di Stéfano ha presentado en diversos seminarios sobre el carácter religioso de dicha ideología. En efecto, para Di Stéfano el anticlericalismo es un fenómeno religioso que en determinados momentos ejerce funciones políticas, pero que mantiene con el discurso religioso ortodoxo una relación dialéctica hasta el punto de que la mayor parte de sus prácticas están modeladas siguiendo unos mismos esquemas, aunque claro, con la pretensión de invertir su sentido. Un ejemplo muy claro es el de las peregrinaciones anticlericales al santuario de la Virgen de Luján durante las cuales se difundía propaganda anarquista al mismo tiempo que tenían lugar los festejos de la Virgen, a principios del XX. La “violencia ritual” anticlerical de la Argentina de la década de 1870, cuando los actos de profanación estuvieron dirigidos contra símbolos de los sacramentos (la Eucaristía, los confesionarios), da también cuenta de ello.

La propuesta me pareció desde luego muy sugerente, y había pensado en mostrar aquí ejemplos similares para el caso mexicano en el siglo XIX. Pero entonces me llegó el “Decálogo laico” que ha estado difundiendo un partido político cuyo nombre omitiré en aras de evitar que se diga que estoy haciendo propaganda electoral. Dicho decálogo es sin duda un ejemplo perfecto, como se diría coloquialmente “mandado a hacer”, del marco religioso del anticlericalismo.

En principio lo más evidente, el formato mismo del documento: un decálogo, el mismo formato de los mandamientos de la ley de Dios elaborado por la tradición cristiana a partir de diversos pasajes bíblicos (Éxodo 20, Deuteronomio 5), en los que predomina, como aquí, el modo imperativo: amarás, santificarás, honrarás, que son sustituidos por denunciarás, portarás, recurrirás. Ahora bien, el decálogo cristiano está compuesto en buena medida por mandamientos negativos (“no matarás”, “no fornicarás”…), el laico evita dicha formulación, empleando otros verbos, por ejemplo “te abstendrás”.

Asimismo, de una manera que recuerda los cánones de antaño, el decálogo laico incluye sobre todo anatemas, bajo la forma de mandatos de denuncia de ciertas conductas del clero. Desde luego conductas explícitamente partidarias (“llamar a votar por…”), pero incluso manifestaciones de filiación ideológica (“opinar públicamente sobre temas políticos…”), hasta el punto de condenar explícitamente una publicación: el semanario “Desde la Fe” de la arquidiócesis de México. A riesgo de exagerar, no puedo evitar sugerir que existe en ello un aire de edicto inquisitorial, aunque desde luego no hay que ir demasiado lejos.

Resaltemos en cambio la tensión constante entre dos textos fundadores: la Biblia y la Constitución. El decálogo laico insiste en tres de sus mandamientos en oponer al clero la Constitución, e incluso sugiere (pues se trata efectivamente del único mandamiento cuyo cumplimiento es dejado a la libre conciencia individual) portar el artículo 130 dentro de la Biblia. No puedo evitar evocar aquí las viejas alocuciones decimonónicas en las que se calificaba a la Constitución de “texto sagrado” o “divina carta” y que parecen haberse hecho realidad en este nuevo decálogo, en que la “carta magna” deviene en el nuevo texto incuestionable del anticlericalismo.

Ahora bien, a lo largo de sus primeros ocho mandamientos pareciera dibujarse un destinatario muy claro del decálogo laico: es alguien que escucha al clero en los espacios públicos, que va a misa los domingos, que posee un ejemplar de la Biblia, que trata con los representantes de la Iglesia, y en fin, que es seguramente mujer. El noveno mandamiento lo deja claro: “distribuirás este decálogo entre tus amigas”. Así, el decálogo laico no puede evitar la imagen típica del anticleralismo del siglo XIX: como en las obras de Michelet o de Quinet, la religión siendo asunto de mujeres, es a ellas a las que hay que proteger del clero. No es menos oportuno advertir que, con tal descripción del destinatario es obvio que el decálogo laico es más bien un decálogo anticlerical, cuyo combate es contra el clero católico. No hay la más mínima alusión a los ministros de culto de ninguna otra confesión cristiana o de otra de las religiones presentes en México. Sin embargo, es cierto que ese destinatario (o por mejor decir esa devota destinataria) se desdibuja al final de ese mismo mandamiento, que concluye hablando de confesión religiosa “en caso de que profeses alguna”. Y es que a pesar de que su destinario retórico sean los fieles católicos, parece que los redactores no pudieron evitar advertir que en la realidad, los primeros entre quienes se difundiría serían sus propios partidarios, entre los cuales cabe seguramente hacer dicha acotación.

En fin, el décimo mandamiento le da al décalogo un aire de edicto episcopal: “distribúyase en todas y cada una de las Iglesias del país”. A ese aire de contradicciones y de tensiones internas contribuyen las imágenes de fondo: la tiara pontificia con las llaves de San Pedro, símbolos del Papa, junto con el retrato del presidente Juárez, podría decirse que ambas, la tradición católica y el anticlericalismo decimonónico, modelando este documento electoral del siglo XXI. El decálogo laico es así buen testimonio de que el anticlericalismo es, como decía el finado profesor René Rémond, “complemento de la historia de la Iglesia romana” bajo cuyo ritmo vive, dispuesto siempre a contener sus avances, de cuyas pretensiones, imaginarias o reales, marcadas más por la memoria que por la historia, está más que convencido.

Comentarios: