De sotanas por la pampa

Sotanas por la PampaMaria Elena Barral, De sotanas por la Pampa. Religión y sociedad en el Buenos Aires rural tardocolonial, Buenos Aires, Prometeo libros, 2007, 230 pp.

La profesora Barral nos ofrece una obra producto de su investigación doctoral, realizada en la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla, que se integra a una historiografía cada vez más amplia e interesante sobre la Iglesia católica en la América del sur. En efecto, es un tema en el cual ya autores como Roberto Di Stéfano, Miranda Lida, Lucrecia Enríquez, Sol Serrano, entre otros, han hecho avances fundamentales.

Especialista en la historia rural de la “campaña” de Buenos Aires, la autora nos presenta en su primer capítulo un interesante análisis de la construcción de la geografía eclesiástica de la región en el siglo XVIII. Sigue con detalle la multiplicación de las parroquias y viceparroquias, que asocia con la importancia económica y religiosa de cada región. Asimismo, estudia las trayectorias de los clérigos que atendían la región, cuyo número también va en aumento, prestando atención tanto a los seculares como a los religiosos. Estos últimos siempre habían sido dejados de lado incluso en la historiografía reciente, siendo que seguirán siendo importantes hasta las reformas de la década de 1820. Nos muestra así lo mismo sacerdotes que circulan y hacen carrera por las mejores parroquias de la Pampa, de paso hacia puestos en las ciudades, y otros que se asientan por largos períodos en la región, así como verdaderas pequeñas dinastías de párrocos que se suceden de tíos a sobrinos. Si bien nos muestra tanto los conflictos como los “méritos y servicios” de todos estos eclesiásticos, no podemos dejar de lamentar la falta de un mapa que ayude al lector a orientar por las tierras de la campaña bonaerense.

En su segundo capítulo, apoyada en múltiples fuentes, lo mismo en el Archivo de Indias de Sevilla que en el archivo parroquial local, nos presenta una interesante discusión en torno a lo que significaba ser un buen párroco en esta época, a partir del conflicto por el curato de Pilar en la década de 1780. En él se enfrentan los perfiles de clérigos que dibujó en el capítulo previo, uno con los estudios y la trayectoria que lo llevarán a hacer una importante carrera, otro con los vínculos locales que lo harán un párroco de larga duración en la Pampa. Sobre todo, nos muestra la forma en que los propios fieles podían valorar la conducta de sus sacerdotes en temas que no podemos dejar de resaltar por su coincidencia en casi todo el mundo católico de la época: la administración de los sacramentos, el pago de obvenciones, la severidad del cura en la corrección de sus feligreses, las obras de la parroquia y del culto. Nos permite además asomarnos, aunque de manera breve, a los vínculos de los notables locales de la parroquia, “compadres y cofrades” como dice uno de los epígrafes de la autora, que tenían en la cofradía un importante lugar de sociabilidad.

En fin, para terminar su análisis sobre el clero, nos muestra a los párrocos en el ejercicio de su labor de jueces, en tres temas fundamentales, el matrimonio, los testamentos y el derecho de asilo, todos ellos cada vez más limitados en esta época por la Corona. Y sin embargo, el estudio de la profesora Barral nos muestra que el párroco seguía siendo un juez importante en todos estos temas, a pesar de las medidas destacadas en la historiografía de otras latitudes.

En una segunda parte del libro, a partir del capítulo 4, la autora nos introduce en la historia religiosa propiamente dicha de Buenos Aires y su campaña. En primer lugar aborda los medios utilizados por los sacerdotes para “confesionalizar” a sus feligreses: el control de la práctica del precepto anual, las misiones itinerantes y las escuelas de primeras letras. Es de destacarse su estudio sobre las misiones de fieles, en general poco abordadas en la historiografía hispanoamericana, y en las que aprovecha muy bien el del Colegio franciscano de San Carlos de Carcarañá para mostrarnos las prácticas propias de los misioneros. No es menos notable su amplio estudio de las escuelas y de sus materiales, en el que prueba que, a pesar de un mayor interés de las autoridades civiles por la educación en los primeros años del siglo XIX, se trata de una educación profundamente religiosa, que utiliza sobre todo catecismos y catones cristianos.

Los últimos capítulos profundizan el análisis de las prácticas religiosas locales de la campaña. En principio, un tema singularmente dejado de lado en buena parte de la historiografía: la colecta de limosnas, de la que la autora logra dar idea de su importancia religiosa y social gracias a los conflictos que han dejado testimonios judiciales muy descriptivos. Así, nos encontramos con una práctica que moviliza recursos y hombres por amplios territorios, llevando imágenes, promoviendo devociones y prácticas muchas veces por fuera del control clerical. En el sexto capítulo recorremos además el calendario festivo de Buenos Aires, de la ciudad sobre todo, pero también de su campaña, con sugerentes ideas de la relación entre las fiestas religiosas y las actividades del campo, pero sin olvidar dar cuenta de la importancia que la fiesta tenía para las autoridades urbanas como teatro de sus rivalidades. Desde la Navidad a la Pascua y de Pentecostés al Adviento, desfilan ante los ojos del lector abundantes “estruendos”, fuegos artificiales, banquetes y danzas, al lado de vigilias, ejercicios de las Cuarenta Horas, procesiones y otras prácticas religiosas, todo ello entre esfuerzos de control por parte de autoridades civiles y eclesiásticas, y desbordamientos festivos de los fieles a veces apoyados por el propio clero.

A lo largo de la obra y en particular en el último capítulo, la profesora Barral nos muestra que la práctica religiosa local no se reducía a las fiestas, sino que podía integrar bien las prescripciones clericales, lo mismo en materia de abstinencia de carnes que de abstinencia sexual, en el cumplimiento sacramental o en la colaboración para el mantenimiento de los templos y el financiamiento de las ceremonias. En particular centra su atención en la celebración del bautismo y, siguiendo una amplia historiografía francesa y española, en la redacción de los testamentos (de los que analiza un centenar de la segunda mitad del siglo XVIII). La piedad barroca que Michel Vovelle caracterizara para el caso provenzal aparece también en las últimas voluntades estudiadas por María Elena Barral: elección de lugares de entierro, solicitud de mortajas, celebración de abundantes misas, participación en las cofradías y órdenes terceras. Resaltemos sobre todo el estudio que hace de los funerales de la región, y en particular la celebración de los entierros de párvulos, los “angelitos”, y asimismo, las devociones de los habitantes de la campaña a partir de las imágenes que se enumeran en sus inventarios post-mortem.

En fin, no podemos concluir sin resaltar una obra que se enriquece además con lecturas procedentes no sólo de la historiografía argentina, sino también de la española, mexicana y francesa. Si bien ha faltado acaso la inscripción en una problemática de conjunto que de mayor coherencia a la investigación, realiza sin duda importantes aportes para el estudio del clero y de la cultura religiosa de los siglos XVIII y XIX.

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