De sillas de manos, gobernadores y pontífices

velascohombrosCircula desde hace tiempo en las redes sociales la imagen de la visita del actual gobernador constitucional de Chiapas, Manuel Velasco Coello, al pueblo de Oxchuc, en abril de 2013. De las pocas notas periodísticas que he podido encontrar al respecto que daten justo de esos días, las más completas parecen ser las de Sdpnoticias y la del portal Terra. Además de la imagen, en que vemos al gobernador ataviado en traje regional, saludando a la multitud, cargado en silla de manos (conocida localmente como “mula”, según aclara la nota de Terra, citando al diario Cuarto Poder), las notas indican que el gobernador además aceptó el “bastón de mando” que le entregaron las autoridades comunitarias tzeltales. Tenemos pues al menos dos símbolos de poder interesantes: la silla de manos (que hay que distinguir aquí de la litera y del palanquín, que aunque comparten la “tracción humana” son cerrados y más discretos, son más transporte elitista que directamente de uso ceremonial) y el bastón. Vamos a centrarnos aquí en el primero y más evidente, que además es el que mayores comentarios ha generado en la opinión.

Velasco FaraonPues bien, lo interesante es que las reacciones han asociado la silla con la monarquía, y más aún, con las monarquías de la Antigüedad. Los comentarios e incluso las modificaciones de la imagen han evocado inmediatamente a los faraones de Egipto –curiosamente en particular a Cleopatra–, aunque no han faltado quienes equiparan al gobernador con títulos de nobleza de tradición europea y medieval, en concreto proclamándolo, de manera burlesca se entiende, “conde de Oxchuc”. Aunque no va del todo desencaminada la imaginación de los mexicanos, es harto probable –no tengo, me temo, los medios para confirmarlo– que las representaciones cinematográficas (de Hollywood en particular) hayan contribuido a esa orientación. El cine norteamericano es particularmente pródigo en imágenes de las monarquías antiguas, orientales sobre todo, que muestran a soberanos pasando (a veces literalmente) por encima de sus súbditos. Sirva de modesto ejemplo esta imagen del Gran Rey persa en la película 300.

Jerjes 300Sin embargo, las notas que hemos citado informan además que el uso de la silla de manos por el gobernador chiapaneco no fue un mero acto arbitrario, ni un intento por equipararse a esas monarquías antiguas. Aunque sin dar referencia alguna, dichos portales nos dicen que siglos atrás existía la costumbre de cargar de esa forma a los gobernantes por parte de los pueblos tzeltales. No tengo los medios ni para confirmarlo, ni para rechazarlo en el caso concreto de Chiapas; pero creo que valdría la pena referir más concretamente a la monarquía de la que surgió en el siglo XIX el Estado mexicano, aquel viejo conjunto de reinos que formaban el Imperio hispánico, entre los que se contaba desde el siglo XVI el reino de Nueva España. Es cierto que en ese Imperio, los reyes y sus representantes (virreyes, gobernadores y otros magistrados), en principio, no tenían a la silla de manos como uno de sus símbolos, pues otro era su transporte en ceremonias públicas: en la tradición hispánica, los monarcas montaban a caballo, sosteniendo a veces un símbolo muy clásico de su poder, que sí que está relacionado con el bastón que le dieron al gobernador chiapaneco: la bengala, como vemos en este retrato de Felipe III.

Felipe III a caballoEn efecto, la hispánica era una monarquía sin ceremonia de coronación, por tanto en ella el rey no llevaba una corona sobre sus sienes, pero en cambio hacía una deslumbrante entrada triunfal en su corte montado a caballo. Otro tanto hacían los virreyes a su llegada a la capital de Nueva España, no importando su edad y el riesgo de caer de la montura (como efectivamente ocurrió en más de un caso). Incluso el día del paseo del Pendón Real y de las proclamaciones de los nuevos reyes, el alférez real de cada ayuntamiento del reino efectivamente montaba a caballo seguido de los notables locales que lo escoltaban. Incluso los magistrados de las audiencias con sus togas debían seguir esta costumbre, a pesar de que ya en el siglo XVIII un togado a caballo era más bien tenido por ridículo, según llegaron a lamentar los oidores de la Real Audiencia de México.

Pero la monarquía hispánica era, ante todo, una monarquía católica, en la que había otros representantes de un poder soberano: los representantes de Dios, los obispos. Ellos también hacían magníficas entradas en su montura particular, la mula. Sin duda era una evocación de la entrada de Cristo en Jerusalén, aunque algo más dispendiosa que la original. Ahora bien, el lector podría pensar que nos hemos desviado, pero justo la tradición eclesiástica es la que pareciera ayudar mejor a entender, ya que no los motivos personales del gobernador, sí al menos por qué la posibilidad histórica de una silla de manos, además llamada “mula”. Y es que desde tiempos de la Antigüedad tardía los obispos sí que habían heredado de los cónsules del Imperio Romano la posibilidad de usarla. De hecho, si Velasco ha entrado en hombros en la primera ocasión que visitaba Oxchuc como gobernador, los obispos medievales entraban a hombros de canónigos o de nobles del más alto rango a sus ciudades capitales o a sus catedrales el día de su consagración. Lo vemos en este fragmento del Grand Dictionnaire historique del abate Moreri (1725). En tiempos novohispanos no era necesariamente un símbolo de su poder, pero tampoco les resultaba del todo extraña, sobre todo al cumplir con su obligación de recorrer sus diócesis. A mediados del siglo XVII, cuando el beato Juan de Palafox y Mendoza, obispo de Puebla, realizaba su visita pastoral yendo de Quimixtlan a Ixhuacán de los Reyes a través de la serranía, por “la estrechura de los pasos”, sobre “vereda angosta” y corriendo el riesgo de caer en “profundísimo despeñadero”, el prelado hizo gala de humildad y prefirió caminar a aceptar “una silla de manos que le traían para llevarle en hombros los indios en algunos pasos”. Todo ello según la Relación de la visita eclesiástica de 1643 (Biblioteca Nacional de España, manuscrito 4476).

Pope_Pius_VIII_1Mas hay que buscar fuera de la monarquía hispánica para encontrar a una autoridad católica particularmente asociada a la silla de manos. No es difícil encontrarla, si recordamos la célebre sedia gestatoria de los Papas. En la imagen vemos concretamente a Pío VIII avanzando en ella a hombros de los sediari pontifici por las naves de la Basílica Vaticana a principios del siglo XIX. Es interesante que en las redes sociales los mexicanos hayan evocado las monarquías de la Antigüedad, pero no una silla que “todavía” llegó a utilizar el Papa Paulo VI en la segunda mitad del siglo XX. En suma pues, el gobernador de Chiapas  hizo en Oxchuc una entrada no tanto faraónica cuanto pontificia, que sin duda corresponde poco al Ejecutivo de una entidad bajo un régimen liberal y laico. Empero, su acción permite pensar hasta qué punto existen hasta nuestros días no sólo la posibilidad de ejecutar “todavía” gestos de la tradición monárquica tanto civil como eclesiástica, como la imposibilidad por parte de autoridades de un régimen liberal para distinguirlos claramente de los que corresponden al régimen que representan.

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