De los santos a las imágenes

Pierre Ragon, Les saints et les images du Mexique (XVIe-XVIIIe siècle), Paris, L’Harmattan, 2003.

Couverture_HDREsta obra está sin duda destinada a convertirse en todo un clásico de la historia religiosa mexicana. El autor, profesor de la Universidad de Paris X Ouest Nanterre La Défense, nos lleva por un amplio recorrido de tres siglos de la religiosidad de los habitantes del centro de la Nueva España, hecho a partir de un análisis muy interesante de fuentes ya clásicas, como las obras de los primeros evangelizadores, y otras muy innovadoras, como los procesos de canonización, las relaciones geográficas del siglo XVIII, y sobre todo, la literatura devocional impresa en México y Puebla y compilada por don José Toribio Medina. En el camino, cuestiona de manera muy inteligente los estudios clásicos de la religiosidad, que han sido muy abundantes cabe decir, construidos a partir del postulado del sincretismo como característica general del catolicismo mexicano.

En una primera parte, nos muestra los alcances y límites de la evangelización. A lo largo de tres siglos las grandes distancias, los problemas lingüísticos y la dispersión de la población, son afrontados de manera constante con “reducciones”, es decir, concentrando a los habitantes, creando nuevas parroquias y beneficios, mejorando la formación del clero, etcétera. Así se explica el heterogéneo cuadro del catolicismo novohispano, donde pueblos de una conversión inacabada se encuentran a veces en la misma parroquia en que otros muchos responden ya las mismas tendencias de la religiosidad del resto del mundo católico. Así, pierden sentido las obras que generalizan los casos muy concretos de superposición de lugares de culto o de correspondencia entre los santos y los antiguos dioses prehispánicos, que son las dos tesis principales de los estudios sobre el sincretismo. El autor examina a detalle cada uno de esos casos, mostrando las debilidades, y a veces directamente la falta de rigor metodológico de esos estudios. En cambio, comparando los trabajos (pocos, cabe decir) sobre las advocaciones de los barrios indios del siglo XVI, con ejemplos semejantes de Europa en la misma época, llega a la conclusión clara de que ya entonces la Nueva España central reproduce a grandes rasgos las características del mundo católico en su conjunto, y es por tanto “una cristiandad ordinaria”.

1264_4Éste, sin embargo, es sólo el punto de partida para una investigación, asimismo apasionante, sobre el sentimiento religioso en la Nueva España de los siglos XVI y XVII. Nos encontramos entonces con ejemplos novohispanos de las grandes corrientes espirituales de tiempos de las reformas, aunque con grandes dificultades para evaluar sus alcances sociales. Para ello explora los testimonios que dan cuenta de la difusión de la fama de los modelos más acabados de dichas corrientes, es decir, los candidatos a la santidad. Pasado el siglo XVI con sus modelos de santidad centrada únicamente en las virtudes y en la rememoración, y de nueva cuenta como en Europa, dice comparando especialmente con el estudio Jean-Michel Sallmann sobre la Italia del sur, los santos novohispanos se convierten en santos de lo maravilloso. En efecto, fray Sebastián de Aparicio, el obispo Palafox y Mendoza, la madre María de Jesús, fray Antonio Margil, el arzobispo Aguiar y Seixas, por sólo citar a los que aparecen de manera más recurrente en la obra, devienen populares sobre todo como fuentes de milagros. Destaquemos en particular sus reflexiones sobre lo específico del milagro cristiano del mundo barroco, que serán sin duda harto fructíferas para el lector.

Además, a partir de la edición de obras religiosas, nos muestra también la difusión de diversas prácticas más sencillas que el culto directo de los venerables novohispanos, que nos recuerda bien, no obtienen siquiera la beatificación. Así, nos encontramos con el rosario, las procesiones de flagelantes, la adoración del Santísimo Sacramento, el culto de los santos “exteriores”, es decir, venidos de más allá del Atlántico, muchas veces bajo la forma de sus reliquias. Más aún, la Nueva España recibe precozmente el culto de los nuevos santos canonizados a lo largo de esos tres siglos. Nos lo muestra claramente, en todas estas devociones, la propia Nueva España insiste en probar su auténtica adhesión a los modelos romanos e hispánicos. Mas el autor no se detiene en probar una religiosidad relacionada con el patriotismo criollo, sino que continúa con los cambios que se presentan en el siglo XVIII: nuevas devociones se van introduciendo (San José, los ángeles, la Sagrada Familia…) de carácter más optimista, así como nuevas formas de publicación religiosa. Los ostentosos panegíricos del XVII ceden el paso a las novenas, mucho más prácticas dice, para los esfuerzos pastorales de la época, tendientes a mejor controlar las expresiones religiosas de los fieles.

virgengEn fin, y es sin duda lo más impactante de su estudio, del siglo XVII al XVIII el culto de los santos cede el paso al de las imágenes, especialmente de una de ellas: la de la Virgen de Guadalupe. Mas desde luego no es la única, a partir de las relaciones geográficas de la década de 1740, da cuenta de la abundancia de las imágenes en todo el territorio, aunque sobre todo en las ciudades y en los centros de población no indígena. Imágenes crísticas y marianas sobre todo, que datan ya del siglo XVI, o del XVIII principalmente, en una proporción que no se compara a la de Europa, pero que refleja bien en cambio las tendencias de la Iglesia moderna. Imágenes que sustituyen a las reliquias de los santos que pudieron ser y no llegaron nunca (salvo San Felipe de Jesús y el beato Sebastián de Aparicio), pues son auténticas fuentes de milagros e incluso auténticos “simulacros vivientes” de sus prototipos. La edición religiosa lo confirma: su dedicación pasa también de los santos a imágenes concretas. Así pues, la obra del profesor Ragon es sin duda un magnífico estudio que mucho ayuda a comprender mejor la historia religiosa mexicana.

Nota: La imagen de portada de la obra procede de la página web personal del profesor Ragon, y la foto de las reliquias del beato fray Sebastián de Aparicio es del doctor Raúl Torres Rangel, de Puebla.

 

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