De liturgia católica y Estado moderno

God save la FranceVincent Petit, God save la France. La religion et la nation, Paris, Les Éditions du Cerf, 2015, 225 pp.

Destacado historiador tanto de lo social como de la relación entre lo político y religioso, el profesor Vincent Petit es en particular especialista de la cuestión litúrgica en la Francia del siglo XIX. Fue sobre ese tema que versó su tesis doctoral, sostenida en 2008 en la Universidad Paris I Panthéon-Sorbonne, dirigida por el Dr. Philippe Boutry. En esta ocasión nos ofrece un bello ensayo que continúa esa misma línea de investigación, mostrándonos el interés de hacer historia de la liturgia católica en nuestros días.

Obra estructurada de manera impecable, la introducción nos plantea la importancia de la liturgia en el seno de la relación entre religión católica y política contemporánea; los dos primeros capítulos abordan de manera general las problemáticas del galicanismo y el ultramontanismo, y los seis subsecuentes profundizan ya de manera específica en las oraciones, los himnos, las fiestas en que se ha desarrollado esa relación en un marco cronológico extenso, entre los siglos XVIII y XX. Debemos sin duda subrayarlo, la obra se caracteriza además por su organización analítica y no necesariamente cronológica, antes bien hay constantes ires y venires entre el Antiguo Régimen, la Revolución, la época concordatoria e incluso los regímenes republicanos franceses. Y en fin, casi es obvio decirlo, es una obra básicamente francesa, empero, su análisis puede ser perfectamente útil para analizar o imaginar posibles análisis para otros casos, al menos, del mundo católico.

Ya desde las primeras páginas se aprecia la novedad del planteamiento: la liturgia es concebida al mismo tiempo como “mode de gouvernance” e instrumento de socialización, capaz no sólo de “hacer Iglesia” en tanto visibilidad de lo sobrenatural, sino también de ayudar a “hacer la nación”, porque habría contribuido a lo que Elías denominó el “proceso de civilización”. Esto es, el autor, en la introducción, nos anuncia ya una lectura de la liturgia como acto no sólo religioso sino también político, instalado en la tensión entre la sacralización del Estado a través de lo religioso, y el progresivo surgimiento de una sacralidad política propia del Estado moderno, opciones que estuvieron lejos de crear consenso en el seno del clero católico. En efecto, los dos primeros capítulos dan cuenta de que incluso en los momentos de consenso entre instancias religiosas y civiles (de hecho el primer capítulo comienza por recordarnos la falta de atención a lo que han compartido), eran posibles las divergencias.

El profesor Petit nos muestra además que las oraciones por el Estado, por un lado contribuían a su inserción en una temporalidad distinta a la meramente profana, y llegaron a ser reacción de la Iglesia ante los intentos de privatización de lo religioso. Mas también fueron una vía para buscar la estabilidad de los nacientes Estados, para recuperar incluso la corporalidad perdida con la revolución, un argumento de una “utilidad” de la religión que abría la puerta para su control por lo político. Empero, hubo dinámicas tanto políticas como eclesiales que cuestionaron esa relación, el autor se refiere en particular a la “afirmación soberana del catolicismo”, que es el título del segundo capítulo.

La historiografía reciente ya ha abordado con cierta extensión temas como la “romanización” de la Iglesia en el siglo XIX, pero el ensayo que comentamos es particularmente elocuente en su demostración de que se trata del surgimiento de una “soberanía apostólica” resultado paradójico de la propia “soberanía nacional”. Nuestro autor explora los no menos paradójicos caminos del “absolutismo eclesial”, promovido en particular por el movimiento del padre Lamennais, que se separa de Roma por haberlo llevado hasta el extremo de negar la necesidad del propio Estado, rozando así el “absolutismo democrático”. Mas allá de esa especificidad francesa, su análisis nos lleva, claro está, a reconocer la importancia de la unidad litúrgica, de nuevo de inspiración lamennasiana, que acompaña y culmina la consolidación de la noción de Iglesia como societas perfecta. La liturgia era el lugar de su  expresión visible: las devociones y fiestas romanas y en torno al Papa y la deslegitimación de la legislación que obligaba a las oraciones por el rey o por la nación, constituyen así algunos de sus fundamentos.

Ya lo adelantábamos, los capítulos siguientes, más bien breves, abordan de manera puntual los detalles de la liturgia. En primer lugar, los capítulos 3 y 4 abordan las oraciones en la misa, empezando por la mención del nombre del soberano en el canon y continuando con las conocidas como colecta, secreta y de poscomunión. Es acaso el punto más original de todo el ensayo: hasta dónde he podido ver, poco interés ha habido en esas sencillas menciones, algunas tradicionalmente susurradas por el preste, pero que Petit nos recuerda que tenían lugar en momentos fundamentales del ritual. Algunas conocieron adaptaciones interesantes incluso aceptando la transformación al régimen republicano. Más conocidas en nuestra historiografía han sido las oraciones públicas, no tanto el Domine salvum fac (capítulo 5) cuanto el Te Deum (capítulo 6). Es cierto, muchas de esas oraciones de la soberanía serán retenidas a favor de la soberanía del Papa, en particular el Te Deum, pero nuestro autor nos explica tanto los motivos políticos para su abandono, como para su recuperación en ciertos momentos de crisis nacional francesa, incluyendo las guerras mundiales.

Algo más clásico es el estudio del capítulo 7 sobre las coronaciones y las fiestas de santos patronos nacionales, aunque el caso francés resalta por la disputa entre Estado e Iglesia por algunos de ellos, en particular Juana de Arco. Más interesante en cambio, es el análisis final de las discusiones sobre la implementación de la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II en las regiones francesas en que no se ha establecido la separación Iglesia-Estado. El profesor Petit detalla cómo el régimen del general De Gaulle no dejó de mostrar interés en la conservación de la presencia nacional en la misa, mientras los reformadores litúrgicos se interesaban es su des-institucionalización y universalización.

La obra se cierra con un curioso anexo en que se compara la situación francesa con la de otras naciones europeas. No deja de extrañarse la ausencia de América, aunque es cierto que México y Perú aparecen mencionados de manera muy puntual en un par de ocasiones. Es cierto, la obra anuncia en sus últimas páginas la consolidación del universalismo católico de las últimas décadas, su renuncia de principio a la mediación institucional, que estima incluso como una ventaja. Mas el planteamiento mismo, bien que novedoso, que abre temas interesantes a la reflexión y a la comparación, no deja de estar enmarcado profundamente por lo nacional, la explicación de algo que se estima específicamente francés, pero visto del exterior no siempre lo es tanto.

Cerremos esta reseña de manera levemente original, con música: el Domine salvum fac que se cantó en la coronación y consagración de Napoleón Bonaparte en 1801, en la Catedral de Notre-Dame de París, compuesto por Paisiello.

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