De libros litúrgicos, misas, obispos y tabletas táctiles

Aquí una breve entcard. norberto rivera con ipad, ceniza 2011rada extra para hablar, de manera un tanto informal lo confieso, de varios temas al tiempo, comenzando por uno de actualidad: la misa del Miércoles de Ceniza de este año, celebrada en la Catedral Metropolitana de México y encabezada por el arzobispo, el Cardenal Rivera Carrera. Como vemos en la imagen, que ya se ha hecho célebre en los medios, el Primado de México utilizó, no me queda claro si para leer su homilía, el pasaje del Evangelio o alguna de las oraciones, una tableta táctil en lugar de un tradicional libro litúrgico. El incidente ha sido difundido por los medios, me temo que con toda la inexactitud que les caracteriza, por lo que no puedo ahondar en los detalles como quisiera*, en cambio pues es creo un buen pretexto para hablar un poco de la importancia de la liturgia en la imagen e incluso en la legitimación de los prelados católicos y de los libros litúrgicos.

Hogaño como antaño, las grandes celebraciones litúrgicas constituyen un espacio particularmente sensible para la construcción de la imagen pública de los sacerdotes. Largo sería aquí evocar cómo se ha ido construyendo la misa a lo largo de los siglos, pero lo importante para nosotros es que, al menos desde la Reforma católica, uno de los temas más importantes ha sido el de la visibilidad: del siglo XVI a la fecha, asistir a misa es sobre todo alcanzar a ver lo que sucede en el altar mayor de las iglesias, se trate de la más sencilla capilla de pueblo o de las grandes catedrales. Conviene decirlo, no era forzosamente así en la Edad Media, cuando la mayor parte de los coros y altares principales de las catedrales estaban completamente cerrados, por lo que las grandes ceremonias litúrgicas se celebraban fuera de la vista de los fieles*.

Aunque todavía hoy subsisten algunos enrrejados cerrando las capillas mayores de algunas catedrales, como la de Sevilla , en aquella época los propios clérigos impulsaron el que los fieles centraran su atención en lo que sucedía en los altares mayores, y si bien no se suponía que lo comprendieran intelectualmente, se esperaba al menos que les inspirara sentimientos religiosos, orientados a veces gracias a los libritos de misa que se comenzaron a distribuir por entonces. Por ello mismo, los grandes prelados comenzaron a ser vistos con mayor facilidad por los fieles, al igual que las ceremonias que los rodeaban.

El tiempo andando, algunos pastores se dieron cuenta que los pueblos podían comprender tal vez “demasiado bien” las ceremonias, y que podían incluso reproducirlas por su cuenta (sobre lo que ya hablaremos en otro momento), o también asociarlas estrechamente a su autoridad. Lo lamentó con especial pesar don Antonio Bergosa y Jordán, arzobispo electo de México en tiempos de la guerra de independencia, quien como tal, como meramente electo, es decir, que todavía no recibía la consagración, no podía usar de todos los símbolos de sus predecesores. En una carta a la Regencia de la monarquía española del 15 de enero de 1814, monseñor Bergosa decía:

Hay personas que apenas penetran más que hasta donde alcanzan sus sentidos corporales, y como ven y oyen en lo que a mi toca que no se ora por mí en la colecta ni en el canon de la misa, que no uso cruz ni palio, como otros arzobispos, y observan algunas otras diferencias de mis antecesores, piensan, dudan o recelan temerariamente de mi legitimidad y autoridad; y de aquí se han originado escrúpulos y turbación de conciencias entre sujetos timoratos y hablillas entre los que no lo son, nada decorosas a mi dignidad ni a mi persona. (AGI, México, 1900).

Otrora esas hablillas tenían en lugar en los espacios públicos urbanos, hoy en día se han trasladado incluso hasta las “redes sociales” virtuales como el Twitter, donde según he visto por las propias notas periodísticas, se habló mucho de la tableta táctil utilizada por el Cardenal Rivera Carrera. Ésta, por cierto, no es completamente original: no lo puedo afirmar con toda seguridad, pero algunos comentarios en internet decían que ya se había usado en alguna otra celebración, pero significativamente sólo se convirtió en materia de discusión pública gracias a la visibilidad permanente que los medios dan al Arzobispo primado de México. Y dicho sea de paso, no es tampoco original porque ya había iniciativas sobre su uso en la liturgia venidas de otras latitudes: el iBreviary promovido por la Custodia franciscana de Tierra Santa y obra de don Paolo Padrini, célebre por su blog Passi nel deserto, y creador también del portal Pope2You.

Ahora bien, por otra parte, no estoy seguro de en qué momento de la misa se utilizó la tableta táctil en cuestión, por lo que no sé exactamente qué libro(s) litúrgico(s) sustituyó, pero sea como fuere es buen momento para recordar, como decía al principio, que la celebración de la misa implica el uso de uno o más libros litúrgicos. Por antonomasia, el Misal, tradicionalmente el Misal Romano, Missale Romanum, 
que como su nombre indica contiene las lecturas y oraciones de la misa, y era sin duda el más importante de estos libros.
Aunque el Misal contenía tradicionalmente los pasajes de los Evangelios, hay que citar sin duda el Evangeliario o Libro de los Evangelios, particularmente importante por su uso ceremonial, pues se utilizaba en particular en la consagración de los obispos.  Menos presente en la misa, pero posesión obligada de todo párroco e incluso de todo sacerdote era el Breviario, libro que contiene el Oficio de las Horas canónicas, incluyendo sus himnos. En cambio el que era indispensable en las principales celebraciones a lo largo del año era el Ritual Romano, normalmente adaptado bajo la forma de un Manual de cada diócesis. En él encontramos las oraciones y ritos necesarios para la administración de los Sacramentos y para todo género de bendiciones, por lo que se hacía infaltable  lo mismo en las misas en celebración de matrimonios que de exequias. Algo más raros porque concernían celebraciones más solemnes: el Martirologio Romano, el Ceremonial de los obispos y el Pontifical Romano. El primero contiene las vidas de los santos, sobre todo, pero también la Kalenda que se canta en Navidad; el segundo como su nombre indica contiene las ceremonias asociadas a los obispos, y desde luego había de utilizarse para la recepción de ellos en visita pastoral, mientras que el último contiene celebraciones más excepcionales, por ejemplo el ritual para la coronación y consagración de un rey o reina.

Todos estos libros tienen el adjetivo de Romano, y en general son posteriores al Concilio de Trento. Previamente lo común era que cada región, o cada diócesis inclusive, tuviera una serie de libros litúrgicos propios, mas desde finales del siglo XVI y sobre todo a lo largo de los siglos XVII y XVIII, los libros romanos fueron construyendo la unidad litúrgica de la Iglesia católica. A más de constituirse, por tanto, en objetos de más de una querella entre identidad diocesana, regional, “nacional” incluso, e identidad universal del catolicismo, eran ellos mismos parte fundamental del ritual que normaban. El Martirologio por ejemplo era presentado con gran solemnidad en el oficio de Prima de Navidad, y más aún el Evangeliario con motivo de una consagración episcopal. Ya no digamos el Misal, utilizado muchas veces en los juramentos solemnes a falta de Libro de los Evangelios. Eran pues, ellos mismos, objetos simbólicos, e incluso prácticamente libros sagrados, venerados en las grandes ocasiones. El Misal,  “Simboliza las buenas nuevas de la venida de Cristo Señor Nuestro… Simboliza las palabras que Cristo Señor Nuestro dijo en la cruz. Este es el libro donde están todos los misterios…” decía don Antonio Lobera en su El Porqué de todas las ceremonias de la Iglesia y sus misterios, allá por el siglo XVIII.

Podría pensarse que en nuestros días ya nadie hubiera echado en falta los libros litúrgicos, mas el que su sustitución por un aparato electrónico (muy práctico por cierto, según me dicen) haya generado un debate público, es buena muestra de que no pasan de ninguna manera inadvertidos por propios y extraños. Sin duda, sería interesante estudiar que tan sensibles eran nuestros pueblos de antaño a su presencia y a sus usos en las grandes celebraciones, y si han despertado antes otros debates.

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