De capas y uniformes

El clero no era el único que se presentatrajescivilesmil00lina_0219ba con capa en las grandes ocasiones del siglo XVIII. Ya hemos hablado de la capa magna de los obispos y de las capas pluviales de los oficiantes. Pues bien, si esas capas lucían en los presbiterios, en las bancas de las autoridades civiles no era raro ver a las corporaciones civiles de uniforme con capa. En efecto, al menos por lo que toca a las corporaciones urbanas, los ayuntamientos, su presencia normalmente era de “uniforme grande”, es decir, de gala.

En la imagen vemos uno de los ejemplos más conocidos: el uniforme de regidor del Ayuntamiento de la Ciudad de México, litografía de Claudio Linati, publicada en su obra Trajes civiles, militares y religiosos de México (1828). Sin embargo, aquí, más que referirnos a la capital, volvemos sobre un caso que nos es particularmente cercano, el de la villa de Orizaba. Ahí, los comerciantes españoles lograron obtener la licencia real para formar un Ayuntamiento en 1764. No fue sino hasta más de una década después que los alcaldes, regidores y síndico orizabeños estimaron pertinente obtener del virrey la autorización para usar uniforme, en principio el mismo en colores azul y blanco que se usaba en los ayuntamientos de mayor prestigio: México, Puebla, Veracruz y Oaxaca. La licencia se les otorgó, en apariencia sin mayor problema, el 30 de septiembre de 1776 (Archivo Histórico Municipal de Orizaba AHMO, actas de cabildo 1763-1771, f. 201), aunque todavía pasaron dos años para que reglamentaran con detalle el uso del uniforme.

En cabildo del 6 de abril de 1778 (AHMO, actas de cabildo 1778-1783, f. s/n), los regidores acordaron finalmente los días para usar su uniforme de gala y los que correspondían al llamado “pite uniforme” o “uniforme chico”. Si algo confirma la lista es que únicamente lo usaban para asistir a lo que se conocía como “funciones de iglesia”, es decir, la asistencia las fiestas de tabla en la parroquial de San Miguel. A partir de entonces el público de Orizaba debió de haberlos visto salir de las Casas Consistoriales y en la iglesia, precedidos de sus maceros, luciendo de gala en doce ocasiones al año. Tales eran: el Te Deum del 1o. de enero por la elección de nuevos alcaldes, Semana Santa (Domingo de Ramos, Jueves y Viernes Santos), Corpus (Jueves y Domingo infraoctava), y fiestas de los santos patronos de la villa y de la monarquía (San Pedro, San Miguel, fiestas del Rosario, Inmaculada y Guadalupe), así como la fiesta de los Desagravios.

La mejor prueba de que el uso de uniforme no era un asunto menor, sino antes bien un tema fundamental para el orden político local es que justo unos años más tarde, los regidores orizabeños debieron “sufrir” un intento de que se les disputara el uso de las vueltas, collarines y capas que hacían visible su superioridad de “Padres de la Patria” en la iglesia parroquial. En efecto, sus sempiternos rivales, los oficiales de la república de indios de Orizaba, corporación mucho más antigua que la de ellos, que osaban titularse “Cabildo de Indios” o “Ayuntamiento de Naturales”, y que justo les disputaban desde tiempo atrás todos los honores eclesiásticos posibles. Ya una cédula real de 1781 les había concedido la igualdad con los españoles en la materia, así que hacia 1787, en aras de alcanzar justamente la “entera igualdad”, reclamaron al virrey el uso del mismo uniforme que los españoles (Archivo General de Indias AGI, México, 1776).

En la oficinas del Superior Gobierno de México, los fiscales que vieron el caso debieron reconocer que la lógica de los naturales era perfectamente atendible, aunque hubo un intento por “rebajarles” los colores, del azul y blanco al pardo, so pretexto de que difícilmente podrían pagarse el mismo traje que los españoles. La respuesta de los oficiales es interesante: de hecho, su petición era más bien una formalidad, pues ya algunos de ellos usaban en las asistencias trajes semejantes al uniforme de los españoles. El gobernador de entonces y su predecesor, “están usando vestidos de paño azul fino, bordados de oro a los cantos […] y con el galoncillo de oro, todos con los chupines blancos”. Evitaban las vueltas y collarines para que no se les acusara de ir más allá de los dispuesto en las leyes reales, pero era una desventaja que compensaban usando “capas portuguesas del propio paño fino con galón de oro” en los mismos días en que los españoles sacaban las suyas. El gobernador D. José Basilio de Mendoza incluso podía lucir “bastón con puño de oro”.

El alcalde mayor de Orizaba salió a favor de los capitulares españoles, insistiendo en que los indios no serían capaces de hacer honor al uniforme, por ser pobres, de oficios artesanales, hasta el punto que los dos gobernadores debían sus capas y trajes “porque los compraron desechados de los regidores españoles”. Más claros aún fueron estos últimos: concederles el uniforme y la capa a los indios “sería hacer despreciable un honroso traje y uniforme poniéndoselo un hombre vil y que se ha de sentar con él o se lo ha de quitar para hacer zapatos, coger la cuchara, hacer velas o revender frutas”. En un juego de desprestigios que hoy nos parecería simpático, si los españoles rechazaron así el carácter de caciques de los miembros del cabildo de naturales, éstos les recordaban a los españoles su carácter de comerciantes tenderos.

Luego de varias contestaciones, fue hasta 1795 que los magistrados y fiscales regios fallaron a favor de los indios. Por cierto, en todo el proceso, el párroco de Orizaba apenas si fue consultado, los honores de las corporaciones, aunque siguieran siendo parte de la política ceremonial de la época, eran ahora interpretados de forma distinta por los reformadores. En realidad no es de extrañar, para ellos, los honores en la iglesia constituían un medio para incentivar a los pueblos más modestos, y claro también a los indios, para que procuraran mejorar su posición económica a través del trabajo. Lejos de que la iglesia parroquial de Orizaba fuera el teatro de jerarquías consagradas de tiempo inmemorial, debía serlo de la superación económica.

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