Corpus Christi

Este próximo jueves es Jueves de Corpus, Corpus Christi, la fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo, una fiesta algo olvidada hoy en día. Como otras fiestas que caían entre semana, hoy en día suele celebrarse más bien el domingo siguiente para que los fieles podamos asistir con libertad. Antaño era la gran fiesta del catolicismo, hogaño es más bien el recuerdo de algún nostálgico de la historia del Antiguo Régimen, como el que escribe estas líneas.

Veamos brevemente en qué consistía la celebración. Cabe decir ante todo que se trata de una fiesta que data de tiempos medievales, establecida por el papa Urbano IV en el siglo XIII luego de un milagro eucarístico y confirmada más tarde por los papas Clemente V y Juan XXII. Sin embargo, adquirió su mayor esplendor entre los siglos XVI y XVIII, XIX inclusive en algunos casos, cuando se constituyó en la fiesta por excelencia del “catolicismo barroco”. El oficio de esta solemnidad, según la tradición, habría sido compuesto por Santo Tomás de Aquino en persona, por encargo del papa Urbano IV. El himno por excelencia de la celebración es el Pange lingua, cuyo fragmento más conocido es el Tantum ergo, compuesto asimismo por el Aquinatense, de él puede verse una interpretación muy bella en esta liga: Pange Lingua – Gregorian

De hecho, el himno comenzaba a interpretarse al finalizar la misa solemne, marcando el inicio de la gran procesión característica de esta fiesta. El sacerdote, revestido con el velo blanco correspondiente, levantaba del altar la custodia con el Santísimo Sacramento, se tornaba al pueblo para bendecirlo y comenzaba a avanzar, precedido por los incensarios y rodeado de sacerdotes o monaguillos portando cirios. Si todas las procesiones eran entonces verdaderos teatros en que se representaban la ideología, los símbolos, las sensibilidades, las jerarquías de la sociedad corporativa, la del Corpus llevaba esa lógica al extremo, pues representaba, al mismo tiempo ni más ni menos que a Dios mismo, presente “realmente” en la Eucaristía, el cuerpo sacramental de Cristo, así como a la Iglesia toda entera, su cuerpo místico. Una representación tanto más necesaria, cuanto el protestantismo había puesto en duda en el siglo XVI precisamente la presencia de Cristo en la hostia (y en la Iglesia católica cabría decir), obligando con ello a su definición dogmática. “Después de la consagración del pan y del vino, se contiene en el saludable sacramento de la santa Eucaristía verdadera, real y substancialmente nuestro Señor Jesucristo, verdadero Dios y hombre, bajo las especies de aquellas cosas sensibles” afirmarán los padres del Concilio de Trento en la sesión XIII.

“Cosas sensibles”, tal podría haber sido el lema, si no del Concilio, cuando menos de su herencia: por primera vez en la historia, el Concilio proclama la obligación de los fieles de conocer su fe. Era necesario para salvarlos de la herejía protestante, pero implicaba una obra de catequesis de amplitud jamás vista, y para la cual sus grandes protagonistas, los misioneros, recurrirán más a la sensibilidad que a la razón. La procesión del Corpus es tal vez el mejor ejemplo.

Así pues, en esta procesión, como decía con nostalgia un cronista orizabeño del siglo XIX “el Rey de los Cielos salía de su templo para bendecir en sus calles a la ciudad” (José María Naredo, Estudio histórico, geográfico y estadístico del cantón de Orizaba, t. III, p. 50). Unas calles revestidas para la ocasión con alfombras de flores, cubiertas de enrramadas y con altares colocados en diversos puntos del trayecto procesional. Y es que los fieles debían más que nunca sentir la espectacular presencia divina. Debían verla, en toda su majestad: la hostia avanzaba en las magníficas custodias con forma de sol, hechas de oro o plata y repletas joyas, cada vez más adornadas y más llenas de símbolos celestiales. Debían también escucharlo: un portenso espectáculo sonoro se desplegaba en las parroquias principales, las campanas a vuelo de todas las iglesias anunciaban su paso, la música de las capillas le rendían alabanza en cada estación del trayecto, y las trompetas y percusiones casi militares recordaban que se trataba de Deus Sabaoth, el Señor de los Ejércitos. Los fieles, en fin, debían olerlo, el incienso, símbolo de la oración y la alabanza, se elevaba perfumando el aire en su entorno, “porque sólo se debe dar todo incienso a quien es sólo el Omnipotente y está manifestando toda su soberanía” según decía una obra apologética de mediados del siglo XIX.

Como hemos dicho en una entrada anterior, la procesión, larga y lenta, representaba a la jerarquía de los fieles, imagen de la del cielo, querida por Dios. Una jerarquía que por cierto no era del todo indiscutible: los interminables pleitos de precedencia entre las corporaciones que participaban en la procesión nos recuerdan que, ese régimen que se presentaba a sí mismo inmóvil y consagrado para la eternidad, era tan móvil y conflictivo como el que más.

Al frente de ella, en la base de la jerarquía, solía aparecer la representación del mal, el diablo. Él abría la procesión normalmente bajo la forma de una larga serpiente, la tarasca, acompañado de otros monigotes y mojigangas representaciones ridículas del mal debidamente controlado por la Iglesia. Acto seguido, venían los fieles, debidamente organizados, desde luego. Primero los menores (como los indios, menores en tanto neófitos permanentes), luego los mayores. Primero los jóvenes y luego los viejos, es decir, según la fecha de fundación de la corporación, por más “legendaria” que hoy nos parezca: afortunadamente los carmelitas no solían participar en la procesión, si no ¿quién hubiera podido discutirles su insistencia en ser la orden más antigua, si su fundador era nada menos que el profeta Elías? Asimismo, primero los seglares, luego los regulares y al final, los clérigos. En la procesión, sin duda, los últimos eran los primeros…

Tras la autoridad eclesiástica, la autoridad civil, en una auténtica representación del ideal de colaboración de las dos potestades, humana y divina. Participaban los ayuntamiento con sus regidores uniformados y sus alcaldes portando sus varas de la justicia. Y desde luego, en la Ciudad de México participaba en su momento el alter ego del rey, es decir el virrey con su corte, portando asimismo el símbolo de su potestad, la bengala. Tras la independencia, la crónica que he citado antes de Naredo nos recuerda que la procesión del Jueves de Corpus seguía siendo la oportunidad de manifestar la catolicidad, ya no de la monarquía, sino de la nueva nación: en una de la estaciones, los cuerpos militares rendían armas ante el Sacramento y recibían la bendición de sus banderas: éstas, eran colocadas a los pies del portador de la Custodia quien pasaba sobre ellas representando que “la nación […] se postraba a los pies de Jesucristo, dando público testimonio de su fe”. Símbolo pues de toda una época del catolicismo, la procesión de Corpus Christi declinaba de maneras particulares en cada región, y no dejaba de mostrar las tensiones al sociedad corporativa de la época. En ese sentido, es siempre una celebración especialmente rica para la historia política y religiosa.

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