Coronando a San José

Coronación de San JoséEl Patrocinio de San José, fiesta de origen carmelita, devoción de la gran reformadora de la orden, Santa Teresa de Ávila, fue especialmente querida del mundo hispánico del siglo XVIII. Lo vemos bien en este célebre cuadro de Miguel Jerónimo Zendejas, que se encuentra en la Catedral de Puebla, titulado justamente el Patrocinio de San José, en que dos querubines coronan al Patriarca ante quien se arrodillan el Papa con su tiara y el rey Carlos III incluso deposita su corona a sus plantas. Testimonio de esa devoción es que en los últimos años del siglo XVIII abundaran las coronaciones de la imagen de San José, de algunas de las cuales dio cuenta puntual la Gazeta de México. 
En concreto, el periódico publicó notas de 12 coronaciones, las de las imágenes de las capuchinas de Oaxaca (noviembre de 1788), de las parroquias Zacatlán (enero de 1789) y Chilapa (febrero de 1789), de los franciscanos de Oaxaca (mayo de 1789), de los agustinos de San Luis Potosí (diciembre de 1789), de los carmelitas de Valladolid de Michoacán y de los misioneros franciscanos de Guadalupe de Zacatecas (ambos en mayo de 1790) y de las parroquias de Valle de Santiago (junio de 1790), Guanajuato (julio de 1790), Salvatierra (septiembre de 1790), Real de Bolaños (noviembre de 1790) y Sierra de Pinos (noviembre de 1796). Aunque se pueden distinguir en este conjunto comunidades religiosas, parroquias de españoles y parroquias de indios, la impresión que deja la lectura de las notas publicadas es que los fastos de la coronación fueron básicamente los mismos en todas partes.
En efecto, un poco por doquier se trató rendir culto al Santo Patriarca, en primer lugar con abundantes luces, las que iluminaban sus altares en el interior de las iglesias, pero también las que decoraron a veces durante varios días sus fachadas e incluso las plazas principales de los pueblos. Estas luces también podían tomar la forma de fuegos artificiales, “exquisitos árboles de fuego” (es decir, castillos) como los que ordenaron las austeras madres capuchinas en Oaxaca durante las vísperas y misa de la celebración. Abundaron además la música y las danzas, que tanto en Zacatlán como en Chilapa podían ser las de los Voladores o los típicos Moros y Cristianos de los pueblos indios, no menos que los saraos de los españoles. Por supuesto, los fastos sonoros no hubieran estado completos sin los constantes repiques de campanas de las iglesias, no sólo de aquellas en que tenía lugar la función principal, sino incluso las circundantes.
Y es que además la coronación de San José solía ser ocasión para la reunir a varias comunidades, de religiosos ciertamente, como lo vemos en la asistencia de los mercedarios a la coronación de la imagen de los franciscanos de Oaxaca, pero también de los pueblos vecinos, como el de Huilacatitlán en el caso de la celebración de Bolaños. Esos invitados acudían con frecuencia llevando a sus propias imágenes en calidad de padrinos de la ocasión, portando ellas en sus manos la corona para el Patriarca. Mas volviendo a las artes presentes, no debemos olvidar la poesía, la oratoria y el teatro: por lo común se compusieron abundantes loas a San José, se representaron pequeñas piezas sagradas, y sobre todo, los sacerdotes con mayor prestigio por sus dotes en el púlpito acudían a predicar el o los varios sermones de la ocasión.
Cabe señalarlo, al tratarse de una coronación no es de extrañar tampoco la presencia de símbolos claramente regios: hubo en algunos lugares reyes de armas, cortejos no estrictamente procesionales sino más bien triunfales, a veces con la imagen misma sobre carros tirados por varias mulas entrando a la población, o proclamaciones con su estandarte semejantes a las que se hacían por los monarcas españoles con el Real Pendón. Por supuesto, eran cortejos adecuados al propio San José, si en la imagen de su patrocinio es coronado por los ángeles, pues no faltaron los eclesiásticos que organizaron a los niños de las parroquias que se vistieran de tales para subir a los tablados y acompañar las procesiones, así como otros jóvenes se vestían de romanos para abrirle paso.
En fin, la fiesta se completaba con elementos que hoy pensaríamos profanos, como corridas de toros, y abudantes refrescos, asimismo propios de las proclamaciones regias, todo ello perfectamente autorizado por las jerarquías civiles y eclesiásticas de la época, las mismas que paradójicamente emprendían en esos últimos años del siglo XVIII verdaderas campañas para reducir todo esos “gastos superfluos” como los consideraban. Participaron por igual párrocos, superiores religiosos, obispos (incluso don Juan Cruz Ruiz Cabañas, quien autorizara los festejos en Sierra de Pinos), pero también vecinos distinguidos seglares, magistrados, encargados de las rentas reales, etcétera, quienes aportaron con una generosidad y liberalidad continuamente recordada por el periódico el financimiento de unas funciones que podían ser particularmente onerosas, como en Zacatlán, donde se estimaron en 8 mil pesos.
Digamos ya por último que estas coronaciones se ejecutaron además por lo que llaman los franceses el “espíritu de campanario”: al saber que poblaciones lejanas, pero semejantes en jerarquía, o directamente vecinas habían coronado a su imagen, pues los pueblos y comunidades religiosas no veían, y con buena razón, porqué la de ellos habría de quedar sin corona. Sin duda hubo muchas más que no llegaron a ver sus fastos publicados en la Gaceta de México, y que bien valdría la pena rastrear para mejor conocer la religiosidad de tiempos de las Reformas borbónicas.

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