Contra los alacranes neogallegos y nayaritas

El año pasado dediqué algunas entradas de este blog para tratar sobre algunos de los medios protectores más tradicionales del catolicismo, como los conjuros y patronatos contra tempestades y plagas, y a citar también algunos de los ejemplos de su uso. Aquí nuevamente algunos de ellos, tomados de uno de los clásicos de la historiografía novohispana del siglo XVIII, o por mejor decir, neogallega: la Historia de la Conquista de la provincia de la Nueva-Galicia del licenciado Matías de la Mota Padilla, publicada originalmente en 1742, y de la que tomó varios pasajes de una edición de 1870, disponible en Google Libros. No nos adentraremos aquí en los detalles de este clásico de las historias “patrióticas” de la época, bástenos decir que su autor fue un ilustre abogado de la Real Audiencia de Guadalajara del siglo XVIII, y que a más de dar cuenta de la conquista se preocupó por exponer todos los “progresos, pacificación y gobierno del reino” hasta prácticamente sus propios días. Como buen promotor de la historia de su patria en una cultura profundamente religiosa, citó diversos incidentes como los que nos interesan aquí. Ello era perfectamente válido, toda vez que las intervenciones sobrenaturales en la vida cotidiana de los pueblos podían llegar incluso a ser otros tantos ejemplos de la especial protección del Cielo sobre sus habitantes, o de la fe de sus ilustres religiosos, clérigos y devotos.

Entre esas diversas intervenciones, quiero llamar las que tuvieron lugar para proteger a los neogallegos contra los alacranes, “nueva plaga de Egipto”, como lo dice el propio Mota Padilla en alguna ocasión, recordándonos el trasfondo bíblico de la enemistad contra estos ponzoñosos animales. Si éstos abundaban efectivamente en la región, en realidad los habitantes disponían de diversos recursos contra ellos. Por ejemplo, podían apelar a los santos varones locales, religiosos como los mercedarios, llegados en las primeras décadas del siglo XVII, y en el cual:

Desde luego, prácticamente desde sus orígenes la ciudad de Guadalajara contaba con un abogado celestial con particular vocación para protegerlos de este tipo de calamidades, incluyendo también las plagas de hormigas. Así lo cuenta nuestro cronista, dando cuenta además de las variaciones de esta devoción:

Contaban también los neogallegos con el amparo de las soberanas imágenes religiosas, en particular las de la Virgen, como la de Sentispac, llevada por los misioneros de la región, y que era especialmente efectiva en estas materias:

En fin, estaban también los conjuros de los sacerdotes, en este caso el de uno de los primeros obispos tapatíos del siglo XVIII, el Dr. D. Diego Camacho y Ávila, en visita pastoral por el Nayarit. Lamentablemente Mota Padilla no da mayores detalles, aunque podemos imaginar que el obispo recurrió a alguno de los manuales o rituales que circulaban por su obispado.

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