Cohetes

DSC_5411Entre los muchos elementos del culto católico que dio motivos para animadas discusiones, y para que corriera abundante tinta en edictos episcopales, memoriales al rey y otros documentos que han llegado hasta nuestros días desde el siglo XVIII, unos que causaban particular estruendo, eran sin duda los cohetes. Utilizados hasta hoy en muchas regiones del mundo hispánico, no sólo en México cabe advertir, como nos ilustra de manera elocuente esta imagen de la procesión de la Virgen de la Paz en Corral de Calatrava, provincia de Ciudad Real, España.

En efecto, hay amplios testimonios a ambos lados del Atlántico del apego de los fieles a su sonido, para realzar sus festividades. Pocos documentos llegan a decirlo con tanta claridad como los Estatutos de la Congregación del rosario de la Virgen del Carmen de la villa de Utrera, en el reino de Sevilla, que databan de 1668 y que prevenían para la fiesta principal, la salida de su rosario “con el mayor lucimiento, pero se añadirá la circunstancia de que se disparen cohetes por la estación que llevare para hacer más notorias las glorias de nuestra soberana reyna” (Archivo Histórico Nacional, Consejos, leg. 2975, exp. 6). Casi un siglo más tarde, las constituciones de la cofradía del Carmen de Guadalajara de Indias eran más sobrias pero no menos significativas al respecto. Para la fiesta de San Simón Stock se prevenía “celebrar con misa cantada, con ministros, música, algunos cohetes…” (Archivo General de Indias, México, leg. 2651). En los albores del siglo XIX y en el corazón mismo de la Nueva España, en enero de 1804, la fiesta organizada por los comerciantes de la plaza del Baratillo ilustraba bien la permanencia de la práctica, acompañada de otros recursos sonoros: “desde las tres de la mañana comenzaron los baratilleros a tocar tambor y pitos, clarines y chirimías, y a quemar pedreritos, cámaras y cohetes”, reportó un vecino de la capital. (AGI, México, leg. 2688).

Sin embargo, en el siglo XVIII, el gusto por los cohetes festivos distaba ya de recibir aprobación unánime. Antes bien fue una práctica particularmente reprendida por los obispos. El de Guadalajara a fines de la centuria, don Juan Cruz Ruiz Cabañas, insistió en su visita pastoral en prohibirlos, catalogándolos como “gastos superfluos”. Los autos de diez parroquias dan cuenta de ello, las de Teocaltiche, San José de Gracia, La Barca, Hostotipaquillo, Magdalena, Ocotlán, Fresnillo, Tabasco, Mecatán y Xacocotán. Mäs al sur, el obispo de Oaxaca, José Gregorio Alonso de Ortigosa, había tratado de hacer otro tanto en sus recorridos por su jurisdicción, sobre todo el que hizo en 1780, y en que señaló también prohibiciones de gastos en cohetes en 11 parroquias.

Los eclesiásticos lamentaban en particular el gasto que implicaba a los fieles este tipo de sonoros festejos, no sólo porque se desviaban unos recursos que debían gastar en funciones más religiosas, sino porque arriesgaban empobrecerlos, y además, lo asociaban de inmediato con el desorden. El obispo Ortigosa escribía en el expediente general de México (1778): “el día de la elección de mayordomos y celebración de festividades ha de haber pólvora, cohetes, chirimías, comilitona y bibitoque a costa de los nombrados para el año siguiente; originándose de aquí innumerables borracheras, y que el miserable indio mayordomo, para no quedar mal, mate hasta la misma yunta con que había de labrar sus heredades” (Archivo General de la Nación, Historia, vol. 312, fs. 15-16v).

Del lado civil, el tono de la crítica era semejante: los magistrados reales subrayaban una cuestión de orden económico. Bruno Díaz Salcedo, quien fuera gobernador intendente de San Luis Potosí, escribía al virrey Conde de Revillagigedo en 1789: “Las repetidas fiestas que se hacen en los pueblos de indios (y aun de españoles), los gastos que se les ofrecen en compras de cera, cohetes, flores y otros adornos de las iglesias, son a mi entender causa eficaz de su pobreza, miseria y destrucción”. (AGN, Historia, vol. 313, fs. 392-398v) Al otro lado del Atlántico, en 1819, la Sala de Justicia del Consejo de Castilla terminó encargando al corregidor de Écija, a propósito de las fiestas de la hermandad de ánimas de la parroquia de San Gil de esa ciudad: “no permita el uso de los cohetes ni otros fuegos artificiales […] los cuales además de estar generalmente prohibidos, acarrean costosos dispendios, sin ningún fruto en orden a los piadosos objetos de tales establecimientos” (AHN, Consejos, leg. 27562, exp. 17).

Sin embargo, ya a principios del siglo XIX podía haber quien fundara la crítica de los cohetes en motivos más diversos. Un personaje que hemos mencionado varias veces en este espacio, que firmaba con los seudónimos de Antonio Gómez o Francisco Sosa, reclamaba en 1804 el cumplimiento estricto de una real orden de 1781 que prohibía los “fuegos de mano”, pero ampliando la argumentación a motivos de seguridad: “ya por las desgraciasque causan, ya porque descomponen los cimientos de las casas, los empedrados de las calles y bóvedas de las iglesias, como también por espantarse las mulas de coches”. Más todavía, fue él quien dejó la descripción que antes hemos citado de los cohetes nocturnos, desde luego para defender, además, el horario de descanso. La prensa del siglo XIX sería además particularmente crítica de los motivos, a veces muy profanos, para lanzar cohetes al aire: “se abre una taberna de nuevo […] se anuncia al público este acto con cohetes, flores y un tambor que quiebra la cabeza a los vecinos…” publicaba en Xalapa el periódico El Oriente en 1824.

miedoEs cierto, repetimos, el uso de cohetes ha persistido en muchas regiones, a veces con abundancia (Lagos es un bello ejemplo). De ahí que no falten quienes se puedan sentir identificados con las quejas de Sosa-Gómez. Empero, es más bien complicado llegar a imaginar, ya no digamos restituir la densidad de esos estruendos, que incluso, según el mismo quejoso, acallaban a la Real Audiencia en sus sesiones. Lo que sí es casi seguro es que ni críticos ilustrados, ni publicistas liberales, hubieran imaginado que algún día se emprenderían campañas contra los cohetes para defender la tranquilidad, ya no sólo de los humanos sino de los animales. La crítica de los estruendos ha pasado pues, de la defensa de lo sagrado, a la protección de los oídos de las mascotas.

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