Cofradías y Cuaresma

Ha comenzado la Cuaresma, días de guardar y de meditación, de oración, ayuno y obras de caridad según la tradición católica. Hoy puede pasar un tanto desapercibida, interiorizada según la devoción individual de los fieles. En cambio, aunque se trata oficialmente de un período que uno imaginaría particularmente tranquilo, en el siglo XVIII era una de las temporadas más cargadas de actividades de todo el año, especialmente para las corporaciones de seglares devotos, las cofradías y órdenes terceras, que organizaban un sinnúmero de actividades.

Así es, para muchas de ellas, especialmente las que rendían honor a imágenes del Crucificado, era temporada de fiestas y solemnidades, sobre todo los viernes. En ellos, la cofradía del Santo Cristo de Burgos de México, por ejemplo, se reunía para una misa verdaderamente en grande: cantada; de “tres ministros”, es decir, preste, diácono y subdiácono; con “número competente de religiosos en el coro”, que no eran sino los franciscanos del Convento principal de la ciudad; pagando, claro está, organista y cantores. En Veracruz, la cofradía de Jesús Nazareno hacía lo propio, “con la mejor música y adorno de su altar y capilla”, asistiendo engalanados los oficiales de la corporación en la banca particular que tenían para ello.

Las noches cuaresmales eran un tiempo fuerte para las celebraciones y las procesiones. Los hermanos de la Orden Tercera de Siervos de María se reunían a medianoche a rezar maitines, mientras en la ciudad de Veracruz, los cofrades del Santo Cristo y Rosario de Ánimas salían por las calles los lunes, miércoles y viernes, desde las ocho, a rezar la oración que las daba su título, acompañando al Crucifijo con faroles. Por supuesto, los horarios diurnos también eran útiles para la procesión. En Puebla, los domingos, eran los cofrades de San Nicolás Tolentino quienes, buenos súbditos de ambas majestades, salían a rogar al Cielo por el rey y por la Iglesia. En Orizaba, los hermanos terceros francisanos salían a rezar el Viacrucis los miércoles.

Era además temporada de salir a recabar limosnas: los cocheros del Santísmo del puerto de Veracruz sacaban entonces los platos de plata que tenían para recabar lo necesario para el culto del Corazón de la Virgen y de su titular. Los oficiales y hermanos notables de San Nicolás Tolentino de Puebla, se turnaban asimismo el plato para la cuestación, en este caso dirigida a la preparación del depósito de la Eucaristía el Jueves Santo. Desde luego, había obras de caridad. Ante todo, obras de misericordia espiritual, como la de los cofrades de San Francisco Xavier de México, quienes debían organizar entonces visitas de hospitales y cárceles para estimular a los enfermos y a los presos a su conversión. Pero también obras de misericordia corporal, como el sorteo de dotes entre doncellas y viudas cofrades que celebraba la sacramental de la parroquia de Santa Cruz, también en México.

En fin, era sobre todo temporada de escuchar a los sacerdotes lucir su mejor y a veces más patética retórica (en el buen sentido del término), desde los púlpitos de las iglesias. Pláticas doctrinales los viernes eran pagadas por la cofradía de los Dolores de Tenancingo, mientras la de San Juan Nepomuceno de San Luis Potosí hacía lo propio los martes, y de San Nicolás Tolentino de Puebla los domingos.

Por supuesto, las congregaciones clericales, las órdenes religiosas, las parroquias y cabildos catedrales eran también muy activos en esta época del año, pero eso será materia de otra ocasión, en estos mismos días espero. Mientras tanto, cabe solamente resaltar el contraste entre un catolicismo que ya por entonces tenía cierta tendencia a reforzar su clericalización, y la importante participación de los seglares en la organización de toda suerte de actividades religiosas, que como podrá advertirse en esta época, y hasta su culminación en la Semana Santa, llenaban ampliamente el espacio público.

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