Clero y Guerra

Estamos en vísperas del tradicional festejo del 16 de septiembre, en conmemoración del inicio de la guerra de 1810. Además estamos a un año del festejo del Bicentenario, así que es casi obligado hablar del tema en esta ocasión.

Pero, ¿por qué hablar de la guerra en un blog dedicado a la historia de la Iglesia católica? Desde luego, por un hecho que ha sido todo un clásico de la historiografía mexicanista: la participación del clero en la contienda, que ha hecho correr ya bastante tinta para mesurarla e interpretarla. No es un asunto menor, cabe decir, pues implica también una cierta comprensión de la guerra misma y desde luego del clero y de la sociedad novohispanas.

Entre la historiografía generada por los propios testigos de la guerra, que solía tener una imagen muy mala de ella, hubo interpretaciones negativas contundentes, como la de don Lucas Alamán, el gran historiador conservador, quien no hacía concesiones con los clérigos insurgentes: “eran, decía, hombres corrompidos de costumbres, y entre los regulares los más malos de cada convento”. Luego vino la historiografía nacionalista de tiempos de Juárez y de don Porfirio, que consagró la guerra de 1810 como guerra de independencia, y a sus caudillos como héroes. Las cosas no pudieron sino invertirse. Don Justo Sierra los veía como unos auténticos visionarios: “eran los más conocedores de las teorías nuevas […] palpaban el mal social, la inmovilidad de la masa indígena, y sintiendo mejor el mal de la dominación española…” se habían lanzado a la lucha armada. La historiografía nacionalista católica de principios del siglo XX tuvo también su opinión al respecto. De hecho, es por ahí por donde empezó a debatirse sobre los números reales de esa participación, pues el padre Mariano Cuevas la estimaba ni más ni menos que en seis de los ocho mil clérigos del reino. Claro está para el historiador jesuita ello no era sino una prueba del “carácter marcadamente religioso” de la gesta y de la nación misma.

A las frases elocuentes de los clásicos ha venido a suceder una historiografía profesional mucho más analítica. Una reacción muy natural ha sido tratar de determinar exactamente cuántos y quiénes fueron los clérigos insurgentes y por supuesto su complemento indispensable: los realistas. Ahora contamos con los recuentos hechos por José Bravo Ugarte, Nancy Farriss, William B. Taylor y Eric Van Young, que desde luego no son y difícilmente serán definitivos.

Y es que además de los recuentos, la tendencia de la historiografía se ha dirigido a tratar de comprender la relación entre el clero y la Corona, para explicar por qué de los liderazgos insurgentes, y entre el clero y sus feligreses, para tratar de entender cómo fue posible la movilización. Por supuesto, también ha habido mucha sociología del clero mismo, para entender sus carreras, estudios, relaciones, etcétera. El asunto, por supuesto, como es normal en cualquier problema historiográfico, no tiene respuestas fáciles, aunque ahora podemos plantearlo mejor.

Así, Nancy Farriss (Clero y corona en el México colonial, FCE, 1995) sustentaba la tesis de la participación casi masiva de lado de la insurgencia, fundada en la idea de la descomposición de la relación entre el clero y la Corona. Ésta, habría pasado, a lo largo del siglo XVIII, a partir sobre todo del reinado de Carlos III (1759-1788) de un control indirecto a uno directo sobre los eclesiásticos, cuestionando inclusive su inmunidad personal, es decir, el privilegio de ser juzgados sólo por los jueces episcopales. La guerra y su resultado, la independencia, no habría sido sino el resultado de una reacción ante el autoritarismo monárquico inspirado por el despotismo ilustrado del siglo de las Luces. Al menos esa es la idea general, simplificando mucho.

Hay desde luego, quienes han cuestionado ese resultado. En un artículo con el elocuente título de “De la rebelión clerical al autoritarismo militar”, el doctor Juan Ortiz Escamilla sostenía que, si la guerra había empezado efectivamente bajo su liderazgo, su autoridad se había visto desgastada a lo largo del conflicto tanto por insurgentes como por realistas, unos y otros cuestionando sus privilegios. Por otra parte, la obra de Taylor (Ministros de lo Sagrado, Colmich, 1999, 2 vols.), monumental por cierto, nos ha llevado más bien por el camino de la “mayoría neutral”, es decir, eclesiásticos que “divididos en sus lealtades […] fueron menos propensos que sus predecesores a concebirse como socios incondicionales de la empresa colonial”. De ahí que no se comprometieran abiertamente con ninguno de los bandos en conflicto, o que alternaran entre uno y otro según lo permitían las circunstancias. Y es que Taylor nos muestra las densas complicaciones de la vida parroquial de la arquidiócesis de México y la diócesis de Guadalajara de finales del siglo XVIII.

En principio, nos muestra la desigual carrera de los párrocos, unos pocos con los recursos intelectuales, materiales o sociales necesarios para la trayectoria universitaria y los beneficios pingües, muchos más que debían conformarse con curatos pobres y lejanos, e incluso un abundante clero destinado simplemente a ser tenientes, vicarios o auxiliares. Clérigos que, formados en una cultura religiosa mucho más austera, al mismo tiempo que preparados para ser “médicos de almas” y “maestros” de sus feligreses, se enfrentaban con una religiosidad local muy barroca, y con dificultades cotidianas de subsistencia que les hacían difícil imponer su autoridad en sus parroquias. Abundaban los conflictos por los bienes de las cofradías, por las obvenciones parroquiales, por el control de lo sagrado, en muchos de los cuales se veían sin el apoyo o incluso con la franca concurrencia de la autoridad civil. Las reformas borbónicas, en efecto, no hacían sino complicar ese difícil cuadro, empero sin llevarlos necesariamente al extremo de la rebelión como había sostenido Farriss.

En fin, para Van Young (La otra rebelión, FCE, 2006), el clero secular en general “no se hallaba en posición de asumir papeles de mando en asuntos político-militares”. Para este autor, no es sólo que hubiera conflictos en las parroquias, sino ésta era una situación realmente endémica de toda la Nueva España. El párroco era fundamentalmente un agente venido del exterior, representante de la autoridad de la Corona, con quien los feligreses tenían más motivos de oposición que de solidaridad. De ahí que, según su propio recuento, la mayoría se mantuviera más bien leal a la Corona durante la guerra. Los que llegaron al papel de comandantes insurgentes o realistas “a veces siguieron a sus feligreses en la acción política, no a la inversa”. De hecho es muy interesante su estudio de aquellos que lo hicieron entre los insurgentes, mostrándonos algunos de los factores que los impulsaron, desde decepciones en la carrera clerical, hasta vínculos con los clérigos que sí que tenían una postura de liderazgo por sí mismos (por ejemplo, antiguos colegas de Hidalgo en el colegio de San Nicolás), y claro, estos últimos, que eran los menos, con sus propias preferencias políticas. Mas desde luego su atención se centra en los clérigos realistas: los que huyeron de sus parroquias, los que hicieron cuanto pudieron por quedarse en ellas cumpliendo el deber de residir en sus beneficios (a riesgo de perderlos), los que desde ahí procuraron siempre convencer a sus feligreses por la “buena causa” y por el indulto, hasta los más agresivos, que llegaron a tomar el mando de las milicias realistas, etcétera.

Tal pues, a muy grandes rasgos, la situación de la historiografía sobre este tema, sobre el cual seguiré tratando en una entrada posterior.

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