Clero y Guerra II

Pues bien aquí una segunda entrada sobre el tema del clero en la guerra de 1810, ahora para hablar de mi corta experiencia en la materia con los eclesiásticos de Veracruz, tema sobre el que publiqué un capítulo de la obra colectiva (Revisión histórica de la guerra de independencia en Veracruz, UV-Gobierno del Estado, 2008), al cual remito para mayores referencias.

Aunque en dicho texto me dediqué sobre todo a contar clérigos insurgentes, realistas o “ambigüos”, ahora creo que, más que etiquetarlos debí dedicar más espacio a seguir sus trayectorias. Las hubo muy interesantes. Cierto, hubo clérigos que se lanzaron de lleno en el conflicto, unos como capellanes y otros como comandantes. Los casos más fácilmente identificables son, del lado insurgente, los curas de Maltrata, Mariano de la Fuente y Alarcón, y de Zongolica, Juan Moctezuma Cortés, quienes estuvieron al frente de las fuerzas que tomaron la villa de Orizaba en la primavera de 1812. El padre Moctezuma además fue uno de los comandantes que, acto seguido, sitiaron la villa de Córdoba, sin lograr tomarla. Además de estos hechos de armas, el cura de Zongolica tuvo un papel importante en la movilización. Carlos María de Bustamente, que lo conoció, lo describía dotado de una brillante elocuencia, que tal vez le sirvió de mucho en aquel momento. Cuando sus tropas debieron dejar Orizaba, se integraron a ellas un buen número de “vecinos decentes”. Estos miembros de la élite, que incluían a familias como los Argüelles, los Rocha y los Portas, organizaron el regimiento de Orizaba, que tuvo una participación importante a lo largo de la guerra, sobre todo en la ocupación de Oaxaca. Ahí además el padre Moctezuma pasaría más bien a ejercer cargos organizativos, llegando a ser gobernador por un breve lapso. Moriría siendo comisario, es decir, encargado del abastecimiento del ejército insurgente, en Tehuacán en 1815.

El compromiso del párroco de Zongolica tuvo su equivalente entre los realistas, por ejemplo con el padre Pedro Benigno Carrasco, cura de Jamapa, “conjurado enemigo” de los insurgentes. En su oportunidad se ofreció a encabezar él mismo la reconquista del pueblo de Tlalixcoyan, con algunos refuerzos de la plaza de Veracruz. Enérgico, el clérigo aseguraba que “sólo yo con el auxilio que pido podré exterminarlos muertos o vivos”.

Pero sobre todo, hay trayectorias que nos muestran que a los clérigos más bien la guerra les pasó por encima o estuvo a punto de hacerlo, y que acabaron siendo llevados por los acontecimientos a través de caminos por completo inesperados. Así, un modesto vicario del pueblo de Jalacingo, como el padre José María Aguilar, acabaría haciendo carrera como especialista de la pacificación. Y es que cuando el cura titular prefirió huir a refugiarse al fuerte de Perote ante la entrada de los insurgentes en 1812, no le quedó más que quedarse al frente de la parroquia. Como en muchas otras partes, los realistas ocuparon el pueblo al cabo de unos meses. Obviamente, su sola proximidad desató la desbandada de los habitantes, temiendo (con sobrada razón por cierto) sangrientas represalias. El padre Aguilar se ocupó entonces literalmente de reunir a su disperso rebaño. “Auxiliado de su buen modo y afabilidad”, logró que se indultaran y que organizaran una compañía de milicias y que fortificaran el pueblo. Desde luego, él fue nombrado además comandante de armas. Tiempo después, repitió la misma experiencia en Tlapacoyan, donde fue enviado tanto por la mitra como por el gobierno militar, en la doble calidad de párroco interino y comandante. El éxito le valió obtener el curato en calidad de titular. Aunque no faltó algún tropiezo en este brillante curriculum, Aguilar consagraría su especialización siendo enviado por los militares a negociar la rendición del último reducto insurgente, el que encabezaba Mariano Olarte en Coyuxquihui.

Más inesperado fue el camino por el que la guerra llevó al bachiller Antonio Amez y Argüelles, hijo de una de las principales familias orizabeñas, y cura de Coscomatepec. Apenas se supo del estallido de la guerra, apoyó el alistamiento de milicias para la defensa del pueblo. Pronto tuvo que ver cómo éstas eran movilizadas hacia otros puntos, dejando su curato sin defensa alguna, cayendo sin resistencia en manos de los insurgentes procedentes de los llanos. Como el padre Aguilar, Amez se quedó en su parroquia y, tras buscar sin éxito refuerzos realistas, debió convivir unos meses con los insurgentes. Éstos abandonaron el lugar ante la aproximación de las tropas realistas. Contrario al vicario de Jalacingo, el bachiller Amez logró convencer a sus feligreses de quedarse a recibirlas y salió al encuentro de su comandante. Y ahí empezó un verdadero drama: el bachiller Amez se topó con que el comandante Antonio Conti lo veía, a él y a sus parroquianos como traidores a los que no tenía interés alguno en evitar las represalias del caso. Aunque humillado en su honor clerical, el padre Amez logró evitar la destrucción del pueblo, pero no el saqueo, que tampoco hizo distinción de la casa curatal o de los bienes de la fábrica parroquial. Poco después volvieron los insurgentes, y el pueblo habría de convertirse en el cuartel del comandante Nicolás Bravo. Tal vez no es de extrañar que lo siguiente que se sabe del padre Amez es que apoyaba a los insurgentes, y que cuando los realistas pusieron sitio al pueblo saliera a pedir auxilio… pero ya no a los realistas, sino al generalísimo José María Morelos.

Para entonces parecía que la suerte estaba echada. Aceptó varios cargos importantes entre los insurgentes: vicario general de la provincia e incluso intendente gobernador. Desde ellos, no dejó de proteger los bienes de su parroquia, siempre en riesgo de convertirse en parte del financiamiento de la guerra. Empero, llegado el momento, en 1817, el bachiller Amez se indultó, y aunque tuvo que pasar algún tiempo fuera de su parroquia, pudo volver a ella unos años después, no sin brindar su apoyo, ya consumada la independencia, a algunos de los antiguos insurgentes en los nuevos debates de la vida política local.

Sobra decir que estos ejemplos abundan, y que por ello es bastante complicado calificar de insurgentes o realistas a clérigos a los que la guerra imponía verdaderas encrucijadas, decisiones a tomar en breves lapsos de tiempo, y cambios en los que la necesidad se imponía a veces por encima de filiaciones ideológicas.

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