Clero, religión e independencia

clero_nueva_espanaAna Carolina Ibarra, El clero de la Nueva España durante el proceso de independencia, 1808-1821. México, Universidad Nacional Autónoma de México, 2010, 127 pp.

La doctora Ana Carolina Ibarra, especialista ya consolidada del tema de la participación del clero en la guerra de 1810, en particular en el sur novohispano, en Oaxaca, nos ofrece en esta breve obra una compilación de cinco de sus ponencias y artículos ya publicados entre 2006 y 2009. En ese sentido no es estrictamente hablando una obra original; tiene en cambio la virtud de abordar, a veces desde posiciones muy clásicas, diversas facetas de interés de esa problemática, que permitirán a un lector novel introducirse en ella.

Siguiendo estrechamente los pasos de obras como las de Nancy Farriss (Clero y corona en el México colonial, 1995) y David Brading (Una Iglesia asediada, 1994), para la profesora Ibarra la participación del clero en la guerra se explica en buena medida por las reformas borbónicas. Tal es una de una de las ideas más repetidas en esta compilación: habría sido el cuestionamiento del fuero personal de los eclesiásticos por parte de la Corona, pero también su intento de apoderarse de bienes de la Iglesia, con la consolidación de vales reales de 1804, los factores fundamentales para la participación del clero en el bando insurgente del conflicto. Si bien en los textos retomados falta acaso una argumentación más clara y evidente de esa relación, sobre todo para el propio año de 1810, es un tema que llevó a la autora a examinar de cerca las justificaciones dadas por los propios clérigos insurgentes sobre su particular acción. Dos de los cinco textos incluidos tratan justamente de esta materia. Sin dejar de lado, cabe destacarlo, al clero realista y a la “mayoría neutral” (esta última retomada especialmente a partir de la obra de William B. Taylor), examina las declaraciones dadas en la prensa y ante las propias autoridades realistas en los procesos de algunos clérigos insurgentes.

La recuperación de ese pensamiento hace resaltar su diversidad y sus ambigüedades, reintroduciendo además el tema de las preocupaciones religiosas de los clérigos, en una historiografía que tradicionalmente tiende a secularizarlos en más de un sentido. La autora nos muestra así en varios de los textos, tanto la ya bien conocida fidelidad católica de los clérigos insurgentes, como algunas de sus ideas “heterodoxas”, que relaciona con los “-ismos” más importantes del catolicismo de la época, como el “richerismo” y el “galicanismo”. En ese sentido, son de particular interés su análisis de los “artículos doctrinales” publicados por la prensa insurgente y del “Reglamento Eclesiástico Mexicano” de 1817, no menos que las discusiones en torno a la creación de una vicaría castrense, en los cuales la autora lee la cercanía del clero insurgente novohispano con aquellos grandes movimientos europeos. Paradójicamente, se advierte una crítica importante al regalismo de los Borbones, a partir de posiciones “jansenizantes”. Hay en todo ello cierto eco de una idea ya explorada por la historiografía del jansenismo hace algunas décadas: la posibilidad de integrar esta participación clerical en los amplios debates eclesiológicos de la época.

Cabe decirlo también, la profesora Ibarra no deja de lado al clero realista y la diversidad de su pensamiento, sirviéndose para ello especialmente de los sermones predicados en tiempo de la crisis de 1808, que trata en el primero de los artículos recopilados. Entre insurgentes y realistas podía incluso haber preocupaciones comunes. El último de los textos trata justamente de un tema fundamental que parecieran haber abordado ambos bandos del conflicto y últimamente los trigarantes, todos por igual: la idea de la defensa de los privilegios clericales. En ese sentido, la autora postula que la indepdencia en 1821 habría sido menos “reaccionaria” de lo que suele pensarse, pues no habría sino aglutinado a actores diversos en torno a una causa que se estimaba común para todos y que la insurgencia misma ya había reivindicado, como era la inmunidad clerical.

Sin embargo, los pasajes más interesantes de la obra son, sin duda, aquéllos en que la autora busca de las fuentes de la “heterodoxia” insurgente a través del tema de la formación intelectual del clero, en concreto con un caso: el del párroco de Río Hondo, Manuel Sabino Crespo. Este personaje, participante de las discusiones sobre la vicaría castrense, se convierte casi en un pretexto para analizar con detalle el nivel intelectual de los párrocos del sur, los libros a su alcance y en general el ambiente intelectual de una ciudad episcopal modesta como era Oaxaca.
En este punto, no podemos sino subrayar la capacidad de la autora para seguir trayectorias vitales. Lejos de aparecer como un grupo indiferenciado, se aprecian con detalle trayectorias específicas entre el clero insurgente, como las de los canónigos Velasco y San Martín, o de párrocos como Crespo. Ello no evita, claro, que la autora haya también analizado las cifras de la participación clerical y presentado sus propias apreciaciones, en un conteo de ya larga tradición en la historiografía mexicanista.

Destaquemos en fin que la obra es particularmente didáctica. El neófito en estas materias agradecerá sin duda que, el primer artículo  proporcione una presentación general de la vida eclesiástica novohispana hasta el momento de la llegada de la noticia de las abdicaciones de Bayona. Ya lo decíamos, el artículo dedicado al padre Crespo abunda en cambio en el tema de la formación clerical.

En suma pues, en estos cinco artículos de la doctora Ibarra, lo mismo el lector novel que el investigador encontrarán un análisis interesante de la relación entre el clero y la independencia de México.

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