El clero: la lenta distinción

Este lunes concluye el año que el papa Benedicto XVI dedicara a San Pablo y ya desde hace algunos días, en la fiesta de San Juan María Vianney, ha comenzado el año dedicado a los sacerdotes. Con ese motivo, el Papa envió a todos los sacerdotes del mundo una extensa carta en la que presenta al santo patrono de los párrocos como modelo a seguir. En estas fechas, además, suelen realizarse las ordenaciones sacerdotales de este año en muchas diócesis. En ese marco, pues no puedo sino dedicar esta entrada a hablar brevemente de la historia del clero.

A título muy personal, aunque creo hablar de manera más o menos informada, me parece que no es extraño que el santo patrono de los párrocos sea un clérigo del siglo XIX como lo fue el santo cura de Ars, San Juan María Vianney. Y es que la historia del clero, o mejor dicho, de su formación, se nos presenta como una serie larga, lenta y progresiva en la construcción de esa figura que, me atrevo a decir, sólo se consolida definitivamente hasta la segunda mitad de ese siglo. Así, es muy característico escuchar a los especialistas de cada una de las etapas de esa historia, coincidir en caracterizar casi siempre la suya como una época de ascenso clerical nunca antes visto y a la etapa precedente como una en que la distinción entre clérigos y laicos no era tan marcada. Si la Reforma gregoriana del siglo XI impuso ya el celibato, no sería sino hasta el Concilio de Trento que se establecen los seminarios diocesanos, y hasta el XIX que se unifica la vestimenta clerical en torno a la sotana negra con cuello “a la romana”, por sólo citar algunos aspectos de esta historia. En esta perspectiva, claro está, y a pesar de lo que podría esperarse, el siglo XIX (el XX inclusive) habría sido mucho más clerical, por así decir, que los primeros siglos de la Edad Media.

Sobra decir que los actores de esas épocas no se concebían a sí mismos como parte de un proceso de “clericalización”, y que esta imagen progresista mía resulta ser, en parte, un producto de la mirada de la propia historiografía. Toda vez que la historia religiosa comenzó a estudiarse en profundidad casi al mismo tiempo en que el número de efectivos clericales decaía en varios paises europeos y en que el Concilio Vaticano II replanteaba la distición entre clérigos y laicos, no es de extrañar la inquietud de dar cuenta de cómo se construyó esa figura que en esos mismos momentos se veía decaer, cuando menos en número de efectivos.

Empero, no creo que sea incorrecto decir que, efectivamente la historia del clero es la de los esfuerzos sucesivos de distinguir mejor sagrado y profano, sacerdotes y fieles. Cuando menos es así tras el Concilio de Trento en el siglo XVI, un concilio cabe decir, profundamente clerical ya que fue el primero en que no hubo presencia importe de laicos. De entonces en adelante, se insiste en buena parte del mundo católico en construir la “dignidad clerical” en torno a elementos que incluirán, el celibato es cierto, pero también el paso por seminarios y universidades con el consecuente conocimiento (ya que no necesariamente el dominio) del latín, y la posesión de una cultura letrada cada vez más específica. En una sociedad en que las sensibilidades jugaban un papel fundamental, no es de extrañar que el sacerdote deba sobre todo verse, en el porte del “hábito de San Pedro” y en la tonsura clerical, o escucharse en la moderación de su trato y en los ritos en torno a él, como las campanadas que les estaban reservadas. Poseía, desde luego, espacios reservados al interior de las iglesias: como la sacristía o el presbiterio. Hay asimismo, una fuerte insistencia en la dedicación exclusiva al ministerio sacerdotal y en el cumplimiento de sus responsabilidades.

A fin de disponer de un mayor número de clérigos para el servicio pastoral, muchos obispos se esforzarán en esta época (siglo XVIII sobre todo) por reorganizar el sistema beneficial, que tradicionalmente permitía a muchos clérigos disfrutar de las rentas de una o varias capellanías sin otras responsabilidades que la celebración de un cierto número de misas. Los fieles mismos, cabe decir, tuvieron su parte en las exigencias de ciertas cualidades de los sacerdotes, sobre todo de los párrocos: el cumplimiento puntual de la impartición de sacramentos (sobre todo el bautismo y la extremaunción), el trato justo a todos los feligreses, el “desinterés” (es decir, no ser demasiado exigentes en el cobro de derechos parroquiales), etcétera.

Cabe decir, de nuevo por lo que toca a los párrocos, que pareciera haber también una conciencia mayor de la responsabilidad de su ministerio, la “cura (en el sentido de cuidado) de almas”. Llegado el caso, y al respecto no hay más que ver los trabajos recientes sobre los párrocos que participaron en la guerra de independencia, muestran que su carácter de “padres”, responsables de la comunidad de fieles a su cargo, no es mera retórica.

Desde luego, muchos de esos ideales los podemos ver confirmados en las denuncias hechas contra los clérigos por los propios fieles, vigilantes a veces muy estrictos de sus propios pastores. Éstas, son interesantes también por los cambios que en ellas aprecian de las faltas condenadas. Lo ha mostrado de manera muy convincente para Francia el profesor Philippe Boutry: de denuncias que tocan sobre todo aspectos religiosos, se pasa hacia mediados del siglo XIX a otras que concernían asuntos políticos.

Habrá más adelante oportunidad de hablar con mayor detalle de lo hasta aquí apenas esbozado, pero sirva todavía esta entrada para recordar un último elemento de distinción que se modificó en los siglos XVIII y XIX: los orígenes sociales. Si los clérigos del Antiguo Régimen son sobre todo clérigos urbanos, hijos de familias de élite o relacionadas con ésta, en el siglo XIX verá el ascenso de sacerdotes originarios en buena medida del mundo rural.

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