Clásicos anónimos en la prensa de Veracruz

La prensa del siglo XIX abordó con abundancia los temas religiosos, sobre todo el del catolicismo. Lo decía don José Bernardo Couto en su Discurso sobre la constitución de la Iglesia de 1857, en lo que toca a las “cuestiones religiosas”, ese siglo “se ocupa de ellas y tal vez demasiado”. Ahora bien, con mucha frecuencia, la opinión pública mexicana se construía retomando textos de autores extranjeros, europeos sobre todo, traducidos y reimpresos aquí. Lo ha mostrado con maestría un artículo de Brian Connaughton publicado en la revista Historia Mexicana en 2006 y titulado “Voces europeas en la temprana labor editorial mexicana, 1820-1860”. “El debate en el México independiente tendría una importante vertiente trasatlántica sin que ésta negara un desarrollo político-cultural propio en la joven nación”, decía el autor, quien en las cincuenta páginas de su erudito ensayo nos muestra un largo listado de autores procedentes sobre todo de Francia, y en menor medida de Italia y España, e incluso de Inglaterra. Lo advierte el mismo profesor Connaughton, se trata de autores del más diverso signo: Claude Fleury, Joseph de Maistre, Chateaubriand, Felicité de Lamennais, Lamartine, Guizot, etcétera. Y por supuesto, uno de los temas principales que abordaron esas publicaciones fue el del catolicismo. Ahora bien, no abundaremos aquí en esas publicaciones, pues para ello remitimos al lector a dicho artículo disponible en línea en la página de la misma revista. Nos interesa en cambio señalar que la presencia de los pensadores europeos no se agota en los impresos publicados bajo sus nombres, sino que hay que incluir también los textos que fueron retomados de manera anónima en los periódicos.

En efecto, la prensa de la provincia de Veracruz es un buen ejemplo al respecto. Periódicos como El Oriente (1824-1828) de Xalapa y El procurador del pueblo (1834) de Veracruz publicaron en sus páginas textos retomados de obras para entonces ya clásicas del pensamiento europeo, especialmente de la Ilustración, pero sin indicar en manera alguna las referencias correspondientes. ¿Por qué tal omisión? Sin duda, una parte del público no hubiera tenido problema en reconocer los textos. Finalmente, se trata de periódicos de una época en que la mayor parte de la población es analfabeta, y que por lo mismo circulan en buena medida entre un reducido sector ilustrado que podría haber tenido ya esas obras al alcance, la referencia hubiera estado por demás. Empero, justamente los periódicos de la época alcanzaban a la parte “inculta” de la población, a la que más de una vez trataron de movilizar. La omisión podía servir para evitar que se sospechara de su vinculación con autores que no siempre eran bien apreciados por las mayorías, y sobre todo, por las autoridades, especialmente las eclesiásticas. Además, consideremos que si bien la prensa no estaba directamente sometida a censura en esos años 1820 y 1830, seguían existiendo leyes a propósito de las lecturas prohibidas para la población. Y justo en estos años, los obispos de Puebla de los Ángeles, quienes tenían jurisdicción sobre la región central de Veracruz, insistieron en más de una ocasión en recordar a los fieles tales prohibiciones, por lo cual, sin duda valía la pena dejar de lado los nombres de los autores más controversiales.

Y es que en efecto, los “publicistas” veracruzanos, como se les decía en la época, retomaron algunas de las obras más críticas del cristianismo. Por ejemplo, la Enciclopedia, o por decirlo en el idioma original, la Encyclopédie ou Dictionnaire raissoné des Sciences, des Arts et des Métiers. En el número 791 de El Oriente, aparecido el 20 de noviembre de 1826, se insertó un largo artículo dedicado al tema del “Fanatismo”, que no era sino una “traducción libre” (según la única advertencia incluida al final) del que escribió Alexandre Deleyre. Y de hecho, era más bien una versión reducida del mismo artículo (el original en francés puede consultarse en línea), que conservaba la mayor parte de la denuncia del original contra la historia de las religiones, pero que evitaba algunos de sus pasajes más fuertes, especialmente los que trataban explícitamente sobre el Cristianismo. Así es, aunque permanece la ilustrativa imagen de la rotonda de mil altares, no aparecen en cambio los descriptivos pasajes de Deleyre sobre las persecuciones de los primeros siglos, ni sobre los enfrentamientos entre cristianos y judíos. También fue suprimida la única mención explícita de México, es decir, el “fanatismo” en los altares de los “ídolos de América”, con sus sacrificios humanos. Ni las cruzadas, ni la Inquisición aparecen por su nombre, aunque sí por referencias implícitas. En cambio, se agregaron unas breves líneas para salvar de este panorama a los orígenes del cristianismo: “En medio de la general oscuridad, sólo una luz existe allá en Palestina, que aumenta progresivamente iluminando una gran parte de la tierra”. Sin embargo, de inmediato se insiste en que se trata de una excepción, para así poder volver a enlazar con el discurso de Deleyre.

Unas semanas atrás, el mismo periódico había incluido en sus páginas un artículo retomado de otro diario, en que la “tolerancia religiosa” era “probada por el testimonio de los Padres de la Iglesia, de escritores célebres y por una oración de cierto filósofo”. El filósofo no era otro que Voltaire, y la oración por tanto no era sino la que aparecía al final de su Tratado sobre la tolerancia, el famoso texto con el que el señor de Ferney participó en el affaire Calas en la década de 1760. Curiosamente, en lugar de encabezarla como “Oración a Dios” como dice el original y vemos en la imagen de abajo, se utilizó como título el de “Oración al Supremo Ser”. Mas son otros detalles de la traducción los que resultan  interesantes: los “usages ridicules” eran en español “los diversos usos hijos del capricho”; el “jargon formé d’une ancienne langue” (referencia al latín, por supuesto) era “una lengua escogida” y se omitió convenientemente la mención a “ceux dont l’habit est teint en rouge ou en violet”.

Ya en el contexto de la primera reforma liberal, a principios de 1834, El procurador del pueblo continuó con la práctica de publicar textos de autores europeos ya clásicos de la crítica del catolicismo, presentando en su sección de “Variedades” a partir del número 4 (18 de enero de 1834), la Carta sobre la tolerancia de John Locke. El contexto era más favorable para la publicación, que esta vez no tuvo mayor novedad en su traducción, hasta donde hemos podido revisar; sin embargo, acaso los editores creyeron prudente omitir el nombre de un autor, finalmente procedente del mundo protestante, a pesar de que se trataba de apoyar a los diputados veracruzanos que por entonces discutían una reforma a favor de la tolerancia de cultos.

Editados o fielmente traducidos, los periódicos veracruzanos daban difundían así entre sus lectores la cultura política moderna a partir de sus autores más clásicos, sin revelarlos directamente, contribuyendo, especialmente el caso de Locke, a profundizar en la naciente secularización.

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