Celebrando el fin del Patronato

A lo largo del año 2014, la Iglesia mexicana ha celebrado, con mayor o menor pompa, el 150 aniversario de la reorganización de la división eclesiástica que puso fin al viejo mapa de la Iglesia novohispana, apenas modificado entre 1821 y 1860, a pesar de que no faltaron los esfuerzos en ese sentido. Desde luego, se ha celebrado como conmemoración de la erección de las nuevas diócesis y de la elevación a arquidiócesis de dos ya existentes, las de Guadalajara y Michoacán. Los mensajes han variado de una diócesis a otra, mostrando la diversidad contemporánea de la Iglesia mexicana. Por sólo citar un ejemplo que nos es cercano, el arzobispo de Guadalajara, el cardenal Robles Ortega, presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano, encabezó los festejos con una gran “celebración eucarística” como se dice en estos tiempos posconciliares, realizada en la iglesia parroquial de Lagos de Moreno, ahí donde el primer arzobispo, don Pedro Espinosa, ejecutó la bula de erección de la arquidiócesis en marzo de 1864. Concelebración solemne con asistencia de los obispos de las diócesis sufragáneas, engalanada con el coro de una importante universidad católica (que por cierto, interpretó piezas no sólo de tradición católica), precedida de una conferencia del propio cardenal arzobispo, contando con el apoyo y asistencia (irrestrictos, según parece) del Ayuntamiento local, el mensaje explícito, el de la homilía,  era de la colaboración entre cultura cristiana y cultura liberal para la sociedad. Casi sobra decir que era un mensaje en el sentido de rechazar la reducción de la religión a ámbitos privados, antes bien la celebración impresionaba justo por su insistencia en la importancia de ella para la moral pública.

Homilía del Emmo. Card. José Francisco Robles Ortega en Lagos de Moreno, Jalisco. 16/03/2014 from Conferencia Episcopal Mexicana on Vimeo.

Por lo que hace al discurso histórico, la propia homilía hacía ya una breve historia contemporánea de la arquidiócesis, que en el mismo tenor, trataba de reconciliarse con la separación Iglesia-Estado y rescatar incluso al gobierno maderista como momento democrático, manteniendo sin embargo una mirada crítica hacia la época del conflicto religioso. Si bien en otras diócesis los mensajes y prioridades fueron otras, lo interesante sin duda ha sido la forma en que el episcopado ha hecho suya la fecha de 1864. No ha habido, hasta donde he podido ver, intentos de parte de la academia o de actores oficiales que ofrezcan una intepretación distinta. Es cierto, el episcopado festeja con buenas razones. La creación de diócesis de 1864 fue hecha en el marco del retorno a México del episcopado que había estado exiliado en Roma el año anterior, comenzando por el arzobispo de México, Pelagio Antonio Labastida y Dávalos. En 1863, en la capital de la catolicidad, el Papa Pío IX con los obispos mexicanos, reorganizaron prácticamente solos el mapa de la administración religiosa mexicana, sin contar con el Estado (estamos en plena intervención francesa) e incluso dejando de lado otros proyectos eclesiásticos locales. Lo advierte bien una magna obra reciente, la de la profesora García Ugarte: a “la fragmentación de las diócesis”, “se habían negado los cabildos [catedrales] de forma reiterada”. Los eventos de 1864 resultan así un triunfo de un proyecto eclesiástico específico, que casi podríamos calificar de ultramontano, en la medida que, si bien contaba con el consenso de los obispos, viene sobre todo de Roma y se impone sobre viejas tradiciones locales. Asimismo, hecho, según relata la propia profesora García Ugarte, sin tomar en cuenta a la autoridad civil, casi se diría que es la consagración de la independencia de la Iglesia mexicana.

En ese sentido, si invertimos la perspectiva, podríamos decir que estamos más bien en el 150 aniversario del final del proyecto de Estado católico de las primeras décadas del siglo XIX, iniciado en tiempos del Primer Imperio, que trataba de mantener en manos de la autoridad civil el antiguo Patronato de los reyes sobre la Iglesia. En efecto, desde el establecimiento del catolicismo en las tierras del naciente reino de Nueva España en el siglo XVI, la fundación, ya no digamos de diócesis, sino incluso de parroquias, correspondía fundamentalmente al rey. Como decían los comentaristas del derecho en el siglo XVIII, era así ya fuera por haber sido el conquistador (legal, no necesariamente real) de los territorios, por haber sido el fundador y dotador de las iglesias y por concesiones apostólicas (en particular la bula Universalis Ecclesiae de 1508). Continuar con ese modelo incluso dentro de un Estado liberal, no era ninguna pretensión descabellada en el siglo XIX: lo lograron otros países, como España o Portugal, que es cierto que tenían la ventaja de haber mantenido la legitimidad dinástica, algo imposible en el caso mexicano. La idea fue parte de varios proyectos de Iglesia (y de Estado) que se discutieron con abundancia en la opinión pública entonces y que si hoy pueden parecernos anacrónicos, fueron en su momento parte fundamental de la construcción nacional. Así pues, tal vez hubiera sido una buena oportunidad para reflexionar sobre la diversidad de esos proyectos desde la academia.

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