Archivos de la categoría Documentos

Un Corpus lluvioso, el de Sevilla de 1766

Reliquias en la procesión de Corpus Christi en Sevilla en el siglo XVIII.

El próximo jueves es Corpus Christi, la que durante mucho tiempo fue una de las grandes fiestas del catolicismo, celebrada con una procesión particularmente fastuosa. No era para menos, desde el siglo XVI, frente a los protestantes, el catolicismo insistió en la presencia real de Dios en la Eucaristía. La salida por las calles de la Eucaristía, Dios mismo procesionando por las calles de las ciudades católicas, no podía sino realizarse con particular esplendor: las calles se cubrían de alfombras y toldos para proteger su paso, se instalan altares para hacer estación durante el recorrido, las campanas se lanzan a vuelo, los santos patronos en imagen o en reliquia formaban su cortejo, llevadas por las cofradías, las parroquias y el clero. De alguna forma toda la sociedad era representada en la procesión, que en el mundo hispánico además era común que la abriera la representación del mal domesticado: la tarasca.

Ahora bien, el Corpus Christi es una fiesta móvil. Tiene lugar 60 días después del Domingo de Resurrección, lo cual implica que, según esta se adelante o se atrase, tiene lugar en mayo o en junio. Puede caer, por tanto, en una primavera del hemisferio norte todavía soleada o ya en temporada de lluvias. En Sevilla, ciudad donde las procesiones son, incluso hoy, celebradas con particular esplendor, no ha dejado de tener constantes incidentes con la lluvia. En nuestros días tal vez no hay mayor tragedia para la capital hispalense que una Semana Santa lluviosa. El jueves de Corpus Christi también ha padecido sus estragos, aquí presento brevemente el relato de uno de ellos: el de 1766.

Es interesante ver que, aun bajo la lluvia, los canónigos de la Catedral, que conducían la procesión, no perdían la compostura y se mantenían preocupados por las cortesías y ceremonias correspondientes. Desde luego, el problema fundamental era garantizar la seguridad de la hostia consagrada, pero también se nota la atención con las corporaciones principales que iban en la procesión y con sus inesperados anfitriones, los canónigos de la iglesia colegial del Salvador. En fin, sobre todo al final, el secretario no dejó de advertir también la preocupación por los caros ornamentos dedicados a la Eucaristía: la custodia estrenaba unos faldones bordados de mucho valor, que también había que cuidar.

Archivo de la Catedral de Sevilla, Secretaría, leg. 7180, Autos capitulares de 1766,fs. 92v-95

“Jueves 29 de mayo de 1766, cabildo extraordinario en la Iglesia de San Salvador, presidido por el señor chantre.

Iglesia Colegial del Salvador, estado actual

En este día, en que se celebró la festividad del Corpus, no obstante de haber sido vario el tiempo en los antecedentes, con la esperanza de que daría lugar a que se hiciese la procesión, comenzó ésta a su hora regular, lográndose por la actividad de los señores diputados para su gobierno que a las nueve y tres cuartos escasos de la mañana saliese del coro la custodia, y llegando el Cabildo a la puerta de San Miguel, se levantó un viento recio que no dejó vela encendida, siguiendo así la procesión hasta mediado [de la] calle Génova, donde tomando luz del altar de Nuestra Señora del Pópulo se volvieron a encender y se continuó con más serenidad hasta la calle de la cárcel, donde empezó a lloviznar cosa que no daba especial incomodidad, por la defensa de los toldos, pero engrosándose algo más el agua en la calle de la carpintería, arreciando notablemente luego que se dio vista a San Salvador, y a tiempo que la custodia estaba al medio de dicha calle, vinieron dos canónigos diputados de la Colegiata con recado de su Cabildo para el señor presidente del nuestro ofreciendo de su parte su iglesia y facultades en cualquier acontecimiento, a los que dicho señor manifestó en respuesta toda la correspondiente urbanidad y debida gratitud, y encaminándose la procesión

Retablo de la Virgen de las Aguas, Iglesia Colegial del Salvador, estado actual.

con toda aceleración a la puerta de dicha Iglesia, donde estaba la Virgen de las Aguas, para hacerse allí la estación que es estilo, continuando la fuerza del agua, la Ciudad, precipitadamente se retiró a la Colegiata entrándose por la puerta del Evangelio y dirigiéndose a la Sala Capitular de los canónigos, manteniéndose por entonces inmóvil la Inquisición con la mayor parte del Cabildo, y viendo el señor presidente, que era inexcusable el retiro de todos, temiendo prudentemente que la mucha agua, llevada del impetuoso viento podría penetrar dentro del viril y humedecer la forma, envió recado con un celador al presidente de la Colegial suplicándole mandase retirar adentro el paso de la Virgen, que ocupaba la puerta, para dar lugar a que pudiese entrar la custodia, cuya diligencia se retardó algún tiempo por ser preciso traer los tablones para que pudiese subir por las gradas e ínterin un veintenero de los que revestidos acompañaban el Santísimo, de orden del señor presidente pudo subir, aunque con dificultad, por lo que no se atrevió a hacerlo el señor diácono, al segundo cuerpo de la custodia, de donde tomó el viril y lo puso en manos del señor Arcediano de Niebla, que iba de preste, y con Su Majestad en las manos se dirigió al altar mayor, dispuesto ya y prevenido con las luces correspondientes, y acompañándole el Cabildo, la Inquisición se entró entonces  por la puerta del lado de la epístola, dirigiéndose al coro de los canónigos, los que facilitaron un cáliz de viril para colocar en el altar la Eucaristía, y exponerla a la general adoración, en el que por más que se hizo no pudo colocarse y fue preciso se mantuviera en las manos del preste, estando éste de rodillas, hasta que la custodia se pudo introducir en la iglesia, y puesta en la nave de en medio e inmediata al altar mayor, se colocó en ella el Santísimo, manteniéndose el paso de la Virgen delante también del mismo altar, y al lado de la Epístola, e inmediatamente la música cantó el Tantum Ergo, verso y oración con el Alabado, como es costumbre hacerse todos los años a la puerta de esta iglesia.

Y citando el señor presidente a Cabildo por medio del pertiguero para la sala de la hermandad del Santísimo, que franqueó para este efecto, se encaminaron allá los señores que pusieron, impidiéndolo a muchos el innumerable gentío que concurrió, llevado de la necesidad por lo mucho que llovía y traído de la curiosidad de saber la providencia que se tomaba en tan estrecha urgencia, hallándose dos canónigos de la Colegial a recibir a los señores que entraban en Cabildo, uno en lo bajo y otro en lo alto, disponiendo el señor presidente que mientras durase el Cabildo dos señores canónigos acompañasen a los señores preste y diáconos, y todos al Santísimo, cantando entonces los veinteneros himnos y salmos, alternando el órgano de la Colegial.

Y habiendo el señor presidente hecho presente al Cabildo con las voces lo que todos habían visto con los ojos, para que se acordase lo que debía hacerse en este caso, de conformidad se determinó que respecto a que las aguas en este tiempo por lo regular no suelen ser de duración, se aguardase allí a que se serenase pudiendo después seguir la procesión, por cuanto otra providencia traía consigo muy gravosas y molestas consecuencias, y que mediante a que la Ciudad e Inquisición esperaban en los sitios a donde se habían retirado, era razón participarles la determinación del Cabildo, nombrando para que lo hiciese presente a la Ciudad al señor canónigo D. Antonio Saavedra y Federigui y para la Inquisición al señor canónigo lectoral D. Francisco Luis Vilar, el cual acuerdo pasó ante el señor medio racionero D. Diego de Gálvez, que hizo para este cabildo de secretario en mi ausencia por no haber yo podido romper el concurso para asistir aél, el cual así me lo certificó. Y habiéndosele después ocurrido al señor chantre presidente, el habérsele pasado de la memoria hacer presente al Cabildo podía mandar se diesen las gracias al de la Colegial por sus esmeros y atenciones, siendo tan justa y regular esta demostración, el mismo señor chantre la practicó con los dos canónigos para que a su Cabildo hiciesen presente el agradecimiento del nuestro, y mandó al maestro de ceremonias y a los dos canónigos, como a particulares, diese las gracias por el cortejo y asistencia que habían hecho al entrar y salir de la sala donde se celebró este cabildo extraordinario.

Custodia de la Catedral de Sevilla, obra de Juan de Arfe, siglo XVI.

Y mientras esto pasaba en San Salvador, el resto de la procesión procuró llegar a la iglesia, de suerte que no quedó otra cosa de ella que el Cabildo, Ciudad e Inquisición que permanecían en dicha iglesia acompañando al santísimo y esperando abonanzase el tiempo para continuar, bien entendido que la mente del Cabildo era esperar, aunque fuese bien entrada la tarde, y que si bien por desgracia tardesen las aguas en cesar de manera que la procesión se acabase al tiempo de entrar en nona, se tendría paciencia, pues las circunstancias no permitían otra cosa, pero no quiso Dios que sucediese así, pues dentro de poco se serenó el tiempo y se volvió a ordenar la procesión dando aviso a la Ciudad e Inquisición, continuándose sin desgracia hasta la Iglesia, pues aunque se temía que con las aguas se hubiesen maltratado los nuevos faldones bordados que en este día se estrenaron en las pariguelas de la custodia, que habían costado cinco mil pesos, no sucedió así y sólo se manchó su forro un poco con el lodo y salpicadero de los pies de los mozos que la conducían.”

 

Un testimonio de un clérigo inquieto

“El ministerio de San José”, José de Alcíbar, detalle.

El presbítero Ignacio Lequerica y Gutiérrez, natural de Fresnillo y sacerdote de la diócesis de Guadalajara, fue un clérigo que se destacó por sus faltas al modelo clerical de su tiempo. Es decir, no era exactamente como se pintaba al clero entonces. No hubiera tenido lugar en este devoto cuadro de José de Alcíbar. Desobediente a su obispo, en lugar de la sedentaria vida que correspondía a su estado, fue prácticamente un vagabundo trasatlántico de los primeros años del siglo XIX. Conocedor de las complicaciones de un sistema en que existían varias jurisdicciones, muchas veces rivales, evadió la justicia episcopal, prefirió la de la Inquisición e incluso tuvo también un período de enfrentamiento con la justicia del rey, pues fue insurgente entre 1816 y 1818. Más todavía, ha sido conocido en la historiografía, hasta cierto punto, por haber sido de los últimos presos del Santo Oficio de México en 1820 y por haber recurrido a la naciente opinión pública para exponer su caso: en concreto al periodista Joaquín Fernández de Lizardi.

La vida del padre Lequerica nos ilustra así varios aspectos de la política y la religión de esos años revolucionarios. Dejó tras de sí, además de sus procesos judiciales, numerosas cartas defendiendo su causa, primero fundándose en su fuero tradicional y luego en sus derechos constitucionales, dando así prueba de aprendizaje del nuevo vocabulario político. Sin embargo,  en esta oportunidad me limito a presentar un documento que da cuenta de su movilidad trasatlántica y que cuenta algo de su vida hasta 1810. El lector tal vez encontrará interesante su trayectoria, y puede llegar a interesarse en un artículo del autor de este blog, titulado “Personas sagradas y trayectorias trasatlánticas: Vidas de tres clérigos de principios del siglo XIX en Nueva España”, Letras Históricas, núm. 11, otoño-invierno 2014. Remito a ese texto para mayores detalles. por ahora veamos un resumen de esos andares, relatado por el vicario capitular de la diócesis de Cádiz, en que además podemos identificar otra falta al modelo clerical: el sacerdote faltaba al voto de castidad relacionándose con varones jóvenes.

 

Archivo General de Indias, Guadalajara, leg. 409.

Excelentísimo señor

Entre los papeles del vicario capitular mi antecesor se han encontrado las causas formadas a D. Ignacio Lequerica y Gutiérrez, presbítero, natural de la villa de Fresnillo, en Nueva España, detenido últimamente en la real cárcel de esta plaza. De ellas se deduce que dicho eclesiástico, prófugo, o sin las correspondientes letras transistoriales del respectivo ordinario, embarcándose en Veracruz, pasó a La Habana y después de haberlo apresado los ingleses y conducido a Nueva York arribó a Lisboa y de allí se tranfirió en 1808 a Madrid, donde le procesó el teniente corregidor porque su traje ridículo y el andar solicitando muchachos le hicieron sospechoso. Que pasada la sumaria a aquel teniente vicario, y agregándola a una requisitoria que había recibido del obispo de Guadalajara para la captura de D. Ignacio, la decretó y estando en la cárcel añadió a sus excesos el de consagrar o aparentar que consagraba un pan, por lo que se le privó de este alimento y encerró por algún tiempo, dando cuenta al Santo Tribunal de la Inquisición, y que habiendo entrado los franceses en Madrid a 3 de diciembre del mismo año, lo pusieron en libertad, y por Sevilla se vino a esta ciudad, y se acogió en el hospicio de la Santa Caridad, donde por la vigilancia del barrio del Mundo Nuevo fue sorprendido y aprendido la noche del 25 de marzo de 1809, encerrado y acostado con un joven, que desde luego se destinó a las armas, remitiendo lo actuado al juez del crimen que, en 11 de mayo, lo trasladó a esta curia, donde no consta practicada diligencia judicial posterior.

No se han descubierto bienes, rentas ni subsidios que afiancen su decente subsistencia a dicho eclesiástico, y temiendo que si se le pone en libertad y tolera su residencia en estos reinos, se le expone a continuar vagando y cometiendo los deslices que han motivado sus repetidos arrestos u otros crímenes, con desdoro del carácter que le distingue y perjuicio del Estado, lo pongo todo en consideración de vuestra excelencia para que, elevándolo a la del Consejo Supremo de Regencia, y teniéndolo a bien, se digne proporcionar que en el primer buque que se presente para Veracruz se remita bajo de partida de registro al referido D. Ignacio a disposición de aquellas justicias; para que se transporte y ponga a la del diocesano de Guadalajara, que lo ha reclamado, a quien remitiré también para su debida substanciación las enunciadas causas, luego que merezca la contestación que espero de vuestra excelencia.

Dios guarde a vuestra excelencia muchos años. Cádiz y octubre 18 de 1810.

Excelentísimo señor

Mariano Martín Esperanza.

 

Excelentísimo señor, D. Nicolás María de Sierra.

 

Tres fragmentos sobre la Seña

Arrastre de caudas en Quito, 2010, foto del sitio “La Hora Noticias de Ecuador”

Tal vez una de las ceremonias más olvidadas del catolicismo contemporáneo sea la de la Seña (o Reseña, en algunos lugares), en la cual los canónigos de las catedrales veneraban el estandarte de la cruz. Tenía lugar sobre todo el Miércoles Santo, pero no era la única ocasión, sí era, en todo caso, una de esas “misteriosas ceremonias” de la Semana Santa. Hoy en día, hasta donde sé, se sigue realizando en la Catedral de Quito, Ecuador, como nos muestran estas imágenes y el video de más abajo. Ese acto de veneración, básicamente consistía en que los canónigos, revestidos de sus capas magnas negras, arrastraban la cola y se prosternaban mientras el “signífero”, es decir, el portador de la bandera de la cruz (signus), la ondeaba sobre sus cabezas. Por ello, es también conocida como la ceremonia de “arrastre de caudas”. Para recordar como debía hacerse en el siglo XVIII, me permito copiar aquí el pasaje correspondiente del Diario manual de lo que en la Catedral de México se practica y observa en su altar, coro y demás en todos los días del año, (1751), que el lector puede consultar íntegramente en la Biblioteca Digital Hispánica.

Arrastre de caudas 2017, foto del periódico Metro.

En Quito, cabe destacarlo, la ceremonia subsiste, pero no ha quedado al margen de la secularización: hoy en día es incluso atractivo turístico promovido por la oficina nacional que atiende esos asuntos, como vemos en el video de más abajo, que es nuestro segundo fragmento. Además, para cerrar con menos solemnidad, el tercero es un testimonio del siglo XIX, de un clérigo y escritor de Lagos, el Dr. Agustín Rivera, quien en 1892 recordaba su ya remota participación en esas ceremonias, pero a principios de siglo, cuando era un joven estudiante del Seminario de Guadalajara, en sus Reminiscencias de colegio. Sutil, Rivera, liberal poco afecto a las pompas católicas de antaño, contaba una anécdota que hacía dudar de la seriedad de los seminaristas, pero también del propio acto solemne. Es decir, también es un testimonio de la secularización del siglo XIX. Paradojas de la historia: solemnidades de antaño, pudieron ser luego motivos de crítica y hoy se convierten a veces, en patrimonio que hay que saber comercializar.

 

Diario manual de lo que en la Catedral de México se practica y observa en su altar, coro y demás en todos los días del año. Biblioteca Nacional de España, mss. 12066, Sala Cervantes, fs. 26v-30.

Esta ceremonia se hace cinco veces: Sábado por la mañana y Domingo de Pasión por la tarde, Sábado de Ramos por la mañana y Domingo de esta festividad por la tarde, y Miércoles Santo por la mañana, todas son al tiempo de vísperas, en el que se canta en ellas el himno Vexilla Regis. Esto es, si las vísperas son de las dominicas, porque sin son de santo doble, todas son las señas después que se terminan, sólo las del Miércoles Santo son siempre de feria, y así la seña es también siempre dentro de ellas.

El día que la hay se lleva desde por la mañana temprano de la sacristía de esta Santa Iglesia a la capila del Sagrario el estandarte o bandera de ella, y se pone en medio del altar, parado y arrimado al retablo, y estando el coro ya en el quinto salmo de las vísperas, que canta la capilla alternando con el coro todo, entra el maestro de ceremonias dentro de él con sobrepelliz y bonete en la mano, hasta un lado del fascistol mayor, y allí hace venia primero a los padres capellanes del coro del señor deán, y luego pasa al coro del señor arcediano, donde hace lo mismo, y luego al punto salen tres padres capellanes de cada coro, y van sin formalidad a acompañar con dicho maestro al sagrario. Asimismo van todos los acólitos, pertiguero y perrero, y de dicha capilla salen el perrero por delante, luego el pertiguero con su garnacha morada, gorra y pértiga, siguen los padres capellanes, seis que salieron del coro, y en medio de los dos últimos el maestro de ceremonias con el bonete puesto en la cabeza y el estandarte en las manos, y van así a entrar por la puerta de la crujía que está junto al coro y corresponde a la nave donde está la capilla de que se saca. Esta puerta la abre el perrero y cierra luego que entren por la crujía, la que está alfombrada y se quedan en ella haciendo coros los acólitos y pertiguero y los 6 padres capellanes y maestro con el estandarte. Entran así en el coro y puestos tres a cada lado y el maestro detrás al facistol mayor y de cara al altar mayor se arrodillan y con pausa inclina la punta del estandarte hasta llegar con él al suelo, del que inmediatamente lo levanta sin descubrir la cabeza.

En esta forma entra para dentro del coro hasta ponerse en medio de la canturia y a este tiempo se arrodilla todo el coro a adorar la Santa Cruz que está en el estandarte y se está el maestro solo con él en las manos y el bonete puesto en la cabeza hasta que es tiempo de darlo al señor signífero.

A este tiempo el sochantre, con dos padres capellanes que señala a sus lados desde el principio de las bancas dichas de canturía, hacen venia con las cabezas e inclinación de cuerpo a un señor canónigo, el que quieren señalar y del coro que les parezca, para que convide a la asistencia de la seña. Corresponde dicho señor bajandola cabeza en demostración de admitir este encargo, y va de su silla, y puesto el bonete y almucia sobre de él con la capa corta todavía, pasa donde está el fascistol menor, en que se oficia, y hace cortesía a uno y otro coro, con la cabeza e inclinación de cuerpo que le corresponden.

Hecha esta ceremonia, bajan los señores capitulares de sus sillas altas a las bajas y toman allí las capas magnas, comienza la capilla a tocar los bajones, cornetas y bajoncillos, y suben por la crujía el pertiguero por delante, con garnacha morada, pértiga y gorra; luego los acólitos, niños y padres capellanes, formando coros,

y en medio de los dos padres capellanes más antiguos va el señor medio racionero menos antiguo, con la cauda suelta, tendida y arrastrando por el suelo y la cabeza cubierta con el bonete y la almucia sobre de él y van así hasta el altar mayor,

donde los padres capellanes y sochantre se ponen al lado de la Epístola en el presbiterio, no el principal sino el colateral de la mesa credencial para dentro, y lo mismo los niños, que no deben quedarse en la crujía sino son dos en las gradas para recojer las caudas así que hacen cada señor capitular, conforme llega la genuflexión y reverencia al altar, y la venia con la cabeza al señor más antiguo que está en él, y dicho señor medio racionero va al mismo lado que tiene en el coro […]

Después del señor medio racionero menos antiguo siguen de uno en uno sin acompañamiento, sino solos, por su orden y antigüedad, los otros señores medios racioneros, señores racioneros, señores canónigos y señores dignidades, y a lo último con el estandarte en las manos, levantado en alto, el señor signífero, que siempre es un señor dignidad o señor canónigo, en medio de los dos señores más antiguos dignidades o canónigos, no uno de los más antiguos de cada coro, sino los más antiguos en orden de posesión y tiempo, y es el que en este acto se observa. Y como van a él uno por uno solos, es preciso queden los dos más antiguos para que acompañen, los que llevan cojidas con las manos los dos cabos o puntas del estandarte. Y delante unos pasos van los dos maestros de ceremonias, uno por el lado de la crujía y el otro por el otro, y luego que llegan a ponerse en la última grada del presbiterio, vienen a ellatodoslos señores capitulares que están ya allí a unirse y ponerse en esta forma.

El señor signífero, con el estandarte elevado en el principal lugar y medio de la grada, a sus lados los dos señores que vinieron acompañando, y después a un lado y otro todos los señores conforme el lado en que están, y unidos, se ponen de rodillas de cara para el altar. Los niños a este tiempo están en las demás gradas conforme las sueltan allí, y para estar prontos para cogerlas al fin. Los padres sochantres y capellanes están en el lugar arriba dicho, en el que se ponen de rodillas, y asimismo, todos en el coroy fuera de él, el pueblo que asiste, y comienzan a cantar el primero verso, Vexilla, etc., en cuyo timpo baja el señor signífero la bandera, hasta llegara ponerle la punta sobre el ara del altar, en donde la mantiene hasta que acaban el primer verso dicho.

Siguen cantando el segundo verso, Quae vulnerata lanceae, los músicos de la capilla que están dentro la puerta del coro y fascistol mayor, donde tienen puesto el suyo con su libro, y en este tiempo levanta el señor signífero la bandera del altar, y la lleva inclinada a cubir con ella a los señores capitulares que están a su lado siniestro, y estando así un rato, la vuelve en medio del altar como estaba, y al comenzarel tercero verso, Impleta sunt, hace lo mismo que en el antecedente, levantando otra vez la bandera, con la que cubre en la misma forma con ella a los señores capitulares que están a su lado diestro, y vuelve otra veza ponerla sobre el altar.

Acabados estos versos por los músicos, siguen el cuarto: Arbor decora, etc., los padres sochantres y capellanes en el canto llano espacioso como el primero, y a este tiempo levanta en alto el señor signífero el estandarte y lo eleva enteramente, y así lo mantiene hasta llegar a las últimas palabras de él: Tam sancta, la va inclinando hasta tocarla y ponerla sobre el ara como en las otras acciones dichas.

El quinto verso: Beata cujus brachiis, lo canta como los otros la capilla en el coro en canto figurado, y en su tiempo levanta el señor signífero la bandera y la eleva echándosela a la espalda sobre su hombro izquierdo, y de él a poco rato la vuelve a poner sobre el ara y a la mediación del verso la levanta y echa en el mismo modo sobre el derecho, y luego de él sobre la misma ara y altar.

El sexto verso O Crux! etc., lo cantan como los antecedentes en el presbiterio, y al comenzarlo, baja el señor signífero la bandera del altar y la pone en el suelo, y a este tiempo se postran en él todos los señores capitulares y están así todo el que tardan en decirlo y cantarlo hasta que lo finalizan, que vuelven a quedar de rodillas, y el señor signífero levanta en alto enteramente la bandera sin volverla a poner sobre el altar, sino tenerla solamente elevada en sus manos. Estando así cantan los músicos en el coro el último verso Te, fons salutis y se levantan los dos maestros de ceremonias que están todo este tiempo desde que llegaron al altar uno en cada lado de él, y llegan a coger las dos puntas de la bandera. Y poniéndose en pie el señor signífero, sale con ella elevadaen las manos y con los dos maestros dichos con las dos puntas cojidas en ellas, y arrimados hacia los señores capitulares del lado de la Epístula, va con él dando vuelta y arrastrando la cauda por todo el presbiterio del altar principal, a coger el lado del Evangelio, y asimismo pasar por junto y delante de los señores capitulares, que están a este lado, a volverse a poner en el medio y decara con la bandera al coro.

Luego que está así, el señor signífero baja la bandera a poner su punta en el suelo, como lo hizo sobre el altar, y en el tiempo que los músicos cantan el último verso del himno,  Te, fons salutis, etc., levantael señor signífero la bandera y la lleva a su lado siniestro, cubriendo con ella por la espalda a los señores capitulares del lado de la epístola, como lo hizo y está dicho en el segundo y tercero verso; y habiéndoles cubierto un rato vuelve a bajar la bandera y ponerla de punta en el lugar mismo de donde la levanta, y de aquí hace la misma acción y ceremonia con los señores capitulares que están al lado del Evangelio, y vuelta a bajar la bandera de dicho lugar, la levanta luego en alto, y como hizo la vuelta entera por el presbiterio, para venir a ponerse de cara al coro, vuelve a hacer media vuelta desde este lugar por el lado de la Epístola con el estandarte en lasmanos y maestros, hasta llegar al altar, y allí los padres sacristanes toman el estandarte o bandera y la ponen en medio del altar, tras la santa cruz que está en él, y allí está todo el tiempo y días que pasan de una seña a otra, y el día que la hay lo quitan para llevarlo como está dicho a la capilla del Sagrario, y ejecutar desde allí la ceremonia que al principio se dijo hacerse, para traerlo al coro.

Concluido todo esto, se pone el señor signífero en medio delante de la mesa del altar, y de cara al coro, y asimismo siguen todos los señores capitulares en la misma forma, aunque ya no desde los cuernos del altar, sino siguiendo por delante, y todos ya por sus antigüedades, terminándose este medio círculo por los dos señores menos antiguos.

Estando en esta forma, cantan el verso de después del himno dos niños en la puerta del coro, como es costumbre, que responde el coro, y apuntada la antífona por el señor menos antiguo, que está en él, de los dos que quedaron, entona el sochantre la Magnificat, que canta en canto llano con el mayor espacio, y vuelven del altar para el coro, en este tiempo, sin diferencia alguna decomo fueron, mas que la de no volver el estandarte.

Luego que en el altar se ponen en pie y se coloca en él el estandarte, sale de allí para la sacristía el señor canónigo hebdomadario, donde desnudándose la capa y almucia, viste estola y capa pluvial, y así que todos los señores capitulares están en el coro, sale con el acompañamiento de cuatro padres capellanes, maestro de ceremonias, acólitos con ciriales, incensarios y naveta, y el pertiguero por delante, y va al altar mayor, donde bendice el incienso, turifica el altar, va al coro, y cantada la oración como es costumbre, dicho el Benedicamus Domino, vuelven a la sacristía como salieron de ella.”

 


Agustín Rivera y Sanromán, Reminiscencias de colegio, Lagos, Ausencio López Arce impresor, 1892, pp. 5-6

En el solemne acto de la Seña, los colegiales, fiados en que no se sabe el origen de esa ceremonia, pugnábamos por agarrarles la cola, como deciamos, a aquellos canónigos que daban un escudo de oro por aquel servicio; i una vez fué tal la pugna entre un Solchaga í otro que le decian el violón, que echaron al suelo á un canónigo mui anciano que se llamaba D. Pablo Portillo.

Limosnas, campanas, nublados y relaciones sociales

Las campanas se utilizaron para ahuyentar las tempestades durante varios siglos de la historia del catolicismo. El lector podrá encontrar otros ejemplos en este mismo espacio. En nuestra sociedad capitalista e industrial, en que el pronóstico del tiempo es cosa cotidiana y el Estado brinda apoyos más o menos efectivos para salir de las complicaciones que ocasionan los fenómenos climáticos, esto puede sonarnos extraño. Sin embargo, no era un asunto menor en una civilización campesina, que no disponía de otros medios para protegerse de las amenazas climáticas.

Así pues, resulta lógico que, justo por su importancia, se estimara como un auténtico servicio público que alguien estuviera al pendiente de subir al campanario incluso “a horas incómodas de media noche” como dice el documento que presentamos ahora, y que recibiera una contribución por ello, una limosna. Ésta, a su vez, no es tampoco exactamente una contribución pequeña y voluntaria como lo pensamos hoy, sino una obligación moral que sostenía muchas de las grandes instituciones de aquella sociedad, empezando por las órdenes religiosas, la construcción de iglesias, etcétera. Mas a lo largo del siglo XVIII, también lo hemos presentado aquí en varias ocasiones, empezó a surgir la crítica sistemática tanto contra el sonido de las campanas como contra los limosneros. Con fundamentos en la ciencia de la época, que ya comenzaba a interesarse por el tema de la transmisión de la electricidad (el rayo), y/o en una nueva sensibilidad que valoraba el silencio y el trabajo, incluso hubo autoridades civiles y eclesiásticas que trataron al menos de reducir la presencia del sonido de las campanas y de la recolección de limosnas.

Mal momento pues para un sacristán como el que veremos en el documento, que dependía precisamente de la limosna que su pueblo, ubicado en el corazón de la Península Ibérica, en la provincia de Cuencia, le pagaba por “tocar las campanas a nublado”. Sin embargo, y es una experiencia que hoy mismo, cuando hablamos del aterrizaje a nivel local de grandes reformas y otras medidas políticas, el sacristán no veía en el intento de prohibirle la colecta sino las relaciones sociales de nivel local. El breve documento transcribimos, que es el memorial que a nombre suyo se presentó ante el Consejo de Castilla en 1799, en lo que abunda es en las rivalidades pueblerinas, que desde luego, también podían tener un papel en la manera en que curas párrocos y jueces locales aplicaban las órdenes que les llegaban de los Consejos y Obispados.

Mínima venta hacia los cambios de gran escala que sucedían en el mundo occidental entonces, que se iba “desencantando” progresivamente, pero también hacia la ambigüedad con que se aplicaban esos cambios. Al final, el Consejo de Castilla parcialmente al modesto sacristán, bien que el documento no nos permite saber cómo fue el final de esa historia a nivel del pueblo. Sirva aquí en todo caso como una página más de historia campanera en el mundo hispánico.

 

Archivo Histórico Nacional de España, Consejos, leg. 31116, exp. 21, fs. 4-5

Muy Poderoso Señor

Rafael Martínez de Ariza, en nombre y virtud del correspondiente poder que presento, de Félix Angulo López, vecino y sacristán de la iglesia parroquial de Tresjuncos, obispado de Cuenca, ante Vuestra Alteza como más haya lugar en derecho digo: Que parte de la dotación de la sacristía que obtiene Angulo consiste en la porción de granos con que le contribuyen los labradores por el trabajo de tocar las campanas a nublado en tiempo de tempestades, aunque sean horas incómodas de media noche. Esta limosna, o remuneración por una costumbre inmemorial se ha pedido o cobrado por los antecesores de Angulo, y por este mismo en las heras, siguiendo en esto sin duda el ejemplo de todos los demás pueblos del obispado, cuyos labradores han suministrado dicha contribución en las mismas. Así que esperaba mi parte no habría persona que intentase privarle de la expresada limosna y despojarle injusta y violentamente de la posesión en que está y han estado sus antecesores de cobrarla, pero el suceso no ha correspondido a su justa esperanza. En efecto, señor, habiendo acudido D. Félix Ramírez, presbítero en dicha villa (enemigo declarado de mi parte) asociado de otro vecino de la misma, al alcalde ordinario de ella D. Manuel Ruiz, a quien gobierna y dirige el mencionado presbítero, como primo hermano que es de la mujer de dicho alcalde, con la solicitud de que se prohibiese a mi parte pedir la referida limosna, o más bien estipendio debido a su trabajo, y deseando complacer ciegamente el alcalde a su amigo y pariente el presbítero Ramírez, valiéndose de una ocasión tan oportuna de manifestar en la persona de mi parte el encono y enemiga que dicho alcalde profesa al otro alcalde, su compañero y suegro de mi parte, de resultas de varios pleitos que se han suscitado en dicha villa, accedió a la referida pretensión por auto proveído sin acuerdo de asesor y notificado a mi parte en 4 de julio próximo pasado, por el cual se le conmina con la multa de 20 ducados si sale a pedir la indicada acostumbrada limosna, no sólo por las heras, sino aun por las casas. La superior penetración del Consejo comprende perfectamente que la pretensión del presbítero Ramírez y la providencia del alcalde Ruiz no han tenido otro objeto que el de explicar su enemiga y desahogar las desavenencias que respectivamente tienen con mi parte y con su padre político, respecto lo cual, que por la expresada providencia queda mi parte indotado y enteramente arruinado, pues depende su subsistencia y la de su familia de la mencionada contribución, porque los demás emolumentos que rinde la sacristía son de corta consideración, y que ante todas cosas debe ser restituido en la posesión en que han estado sus antecesores y mi parte de percibir dicho estipendio, y de la cual ha sido despojado injusta y violentamente, esto es sin haber sido oído ni vencido en un juicio formal, por tanto:

A Vuestra Señoría  suplico que habiendo por presentado el referido poder y teniendo en su alta consideración las que van hechas, se sirva mandar librar la real provisión correspondiente para que siendo cierto, como lo es, haber estado los antecesores de mi parte y mi parte mismo en la quieta y pacífica posesión de que ha sido este injustamente despojado, no se le impida el salir por las heras a recoger la contribución que siempre han pagado al sacristán por tocar a nublado, conminando al alcalde con las multas y apercibimientos que la circunspección del Consejo estime oportunas, como dicta la justicia que pido, imploro la protección del Consejo, juro lo necesario, etc.-

Rafael Martínez Ariza.

Lic. D. Cayetano Montes.

 

(f. 5v)

Sala de Justicia 1ª, Madrid, 5 de agosto de 1799: La justicia ordinaria de la villa de TresJuncos no impida a esta parte pueda pedir la limosna que voluntariamente le quieran dar los vecinos en sus casas, después de recogidos los frutos, por la razón que expresa.

 

¿Un Renacimiento de las campanas?

El domingo 3 de mayo de 1953, el periódico bogotano El tiempo, publicó esta nota de sensibilidad campanera romántica, con algunas ideas interesantes sobre su historia y futuro.

De las Naciones Unidas. Sin campanas ni campaniles

Edificio de las Naciones Unidas en la década de 1950.

No tiene, no se proyectó con torre el edificio de las Naciones Unidas. Sino iba a tener campanas, para ¿qué hacerle campanil? Aunque la torre es uno de los motivos más bellos de la arquitectura, aquí no tenía lugar. Hubiera costado mucho, y carecía de objeto. Ni hubiera sido funcional. La palabra funcional – que es fea – y que usan ahora tanto los arquitectólogos, no viene de función en el sentido de pompa y espectáculo, sino en el material de una relación mecánica. La torre es mera mística, es memoria romántica de los campanarios. Hoy la gente oye tocar las campanas y no sabe lo que dicen. Y sin embargo.

Y sin embargo las campanas fueron la lengua en que se dilató por el espacio la voz de los pueblos, lo mismo llevando el Ave María por la tarde que cantando a revolución por la libertad. En la historia de América hay por lo menos dos campanas en son dos cunas de bronce. La de Filadelfia en los Estados Unidos, y la de Dolores en México. Este uso americano de la campana no es invención criolla. Las campanas llamaban en Europa lo mismo los soldados a la guerra que a los fieles a la iglesia. En la torre de Amberes las dos campanas grandes pertenecían a la ciudad; y las otras a la iglesia. Quien mandaba en la ciudad, mandaba en sus campanas. Los más rudos analfabetos, las vírgenes dormidas, los frailes retirados, todos podían leer las páginas de este periódico de bronce que volaba llevando las noticias de la guerra o de la paz. En Brujas, como no hay tanta iglesia y tanto campanario, y la ciudad es tan apretada y sonora, parece vivirse bajo un frondoso árbol de campanas, pero la gran torre de la ciudad, la torre del carrillón, no toca propiamente para los oficios divinos, sino para los humanos. En Florencia la torre no tiene nada de aguja mística: es un puño de piedra que se alza formidable sobre el palacio almenado de la señoría, y la campana allí es la campana de la libertad. Se llama así y eso quiere decir campana de la nación, del pueblo, del señorío florentino. En Londres, la torre del Big Ben es para que se oiga la campana del parlamento.

Campanario de Giotto, Florencia.

La propia iglesia tardó cuatro siglos en hallar la fórmula de la campana, que luego ha venido a ser como carne de su carne y huesos de sus huesos. Hoy nos parece que el mundo antiguo fue un mundo sin campanarios, y la era cristiana un mundo con campanarios. No siempre el campanario formó cuerpo con la iglesia. En Italia algunos de los más bellos y desde luego el del Giotto en Florencia, están al lado de la catedral. Éste del Giotto, con sus mármoles de colores, parece una vara de lirio que se alza al fondo del valle de las flores del Arno. Lo mismo es la torre de Giralda en Sevilla, mirador oriental de la tierra hispanoamericana.

Cuando vino la edad de fierro, que así se llamó, en 1900, de entrada, el siglo XX, la capital del mundo era París. Los nuevos arquitectos se preguntaron si había llegado o no el momento de abatir las torres. La respuesta la dio la Torre Eiffel. Pero ¿y las campanas? Habría llegado la hora de proclamar la victoria delas letras en el duelo entre la ilustración y la mística, entre las campanas y los libros?

Mirando al edificio de las Naciones Unidas es claro que lo que no hay es torre, que lo que no se oye es campana. Y que lo que se siente es frío. No conviene hacer profecías, y mucho menos profecías que puedan colocar al profeta en el mundo decadente de los nostálgicos. Pero me queda difícil ocultar que tengo el pálpito de que vendrá un Renacimiento a la vuelta de unos años. Y que será un Renacimiento de las campanas.

Ariel

New York, abril de 1953.

El peligro de la libre interpretación bíblica en el siglo XIX

Retrato de Diego de Aranda, obispo de Guadalajara, sacristía de la Catedral-Basílica de San Juan de los Lagos, foto de Simona Villalobos Esparza

En esta ocasión presento aquí un documento que ya había mencionado en otro momento, el edicto del Dr. Diego Aranda y Carpinteiro, gobernador de la mitra de Guadalajara, contra las traducciones protestantes de la Biblia y la circulación de objetos profanadores en agosto de 1828. Aranda luego sería obispo de la propia diócesis, uno de los prelados destacados del segundo tercio del siglo XIX mexicano, que como sus demás homólogos de la época vivió con particular atención el proceso de secularización que planteaba la modernidad. Poblano, formado en el Seminario de Puebla en los últimos años del siglo XIX, le tocó ser hombre de la transición entre la cultura del Antiguo Régimen, la monarquía católica, y la república liberal.

Aranda fue, como muchos otros eclesiásticos de la época, diputado en los primeros órganos representativos (las Cortes de 1820, el Constituyente de Jalisco), pero sin dejar su carácter clerical. Era testimonio de un momento histórico en que se hizo un enorme esfuerzo por conciliar el catolicismo y el liberalismo. De hecho, el lector lo notará en el texto. El entonces ilustre canónigo se detiene a recordar a su clero y fieles la larga tradición de la Iglesia en materia de la lectura de la Biblia, básicamente fundada en la desconfianza de la capacidad individual para su correcta interpretación, que por ello era necesario dejar en manos del magisterio eclesiástico. De ahí que se oponga a la difusión que las sociedades bíblicas protestantes realizaban entonces incluso en México, de textos en español y sin comentarios. El protestantismo, en cambio, se fundaba en la libre interpretación bíblica, aunque matizada según la época y lugar. Ahora bien, ¿era posible seguir manteniendo límites en la difusión de los libros en un régimen fundado, precisamente, en la libertad indivudal? El documento evidencia que al menos esa era la idea en una nación mexicana que era al mismo tiempo moderna y católica, fundada también con el deber de la protección de la religión, sus principios y autoridades. El lector lo verá, el prelado menciona entre sus argumentos el tema de la “tranquilidad” que la unidad religiosa proporcionaba y que no debía ponerse en peligro, acaso insinuando que la pluralidad religiosa podía debilitar a la nación.

Es además un edicto que incluye, aunque marginalmente, el tema de la difusión de estampas obscenas y de objetos profanos además profanadores, que hemos comentado en otro momento, por ello no prolongo más esta breve introducción, aquí pues, el texto de ese decreto del gobierno mitrado tapatío de 1828.

Encabezado del edicto del gobierno de la mitra de Guadalajara contra las biblias protestantes de 1828.

Archivo Histórico de la Arquidiócesis de Guadalajara, edictos y circulares, caja 8, expediente 2.

Nos el Dr. D. DIEGO ARANDA, prebendado de la Santa Iglesia Catedral, provisor y gobernador de la Mitra de guadalajara en sedevancante, por el Ilustrísimo y Venerable Cabildo de la misma.

Al venerable clero secular y regular, y a todos los fieles de esta diócesis, salud y paz, bendición y gracia celestial.

Tu pues vela, trabaja en todas las obras, desempeña el cargo de evangelista, cumple tu misterio (1). Estas palabras con que el apóstol S. Pablo excitaba en los principios de la Iglesia el celo de su discípulo Timoteo y que en persona de éste fueron dichas a cuantos en el transcurso de los siglos habían de obtener sobre el rebaño de Jesucristo el cargo pastoral; nos estimulan hoy sobre la preciosa y muy amada grey que el Señor se ha dignado encomendarnos, a no perdonar trabajo alguno por mantenerla y conservala en la profesión de la santa doctrina del Evangelio, desempeñando así en cuanto nuestras débiles fuerzas alcanzan el treemendo y formidable ministerio que se nos ha confiado.

Entre los muchos y graves motivos de dolor que al presente aquejan nuestro espíritu, por la abundante y mortífera cizaña que el hombre enemigo ha sembrado en el campo del Señor, y por la ruina y perdición de tantos como son los que a mala dicha suya se dejan arrastrar de los atractivos de la novedad y la impostura; entre tantas amarguras no es la menor la que nos ha ocasionado el libre y franco comercio que, contraviniendo a las disposiciones no sólo eclesiásticas, sino también civiles, se ve practicado por muchos entre nostros con los libros de la escritura santa impresos en legua vulgar sin notas ni comentario alguno; y el que practican otros olvidados tanto de las leyes como de las reglas naturales de la decencia y del decoro, exponiendo a la venta pública o secretamente, ofreciendo pinturas, estampas y esculturas obscenas, cuya vista ofende a toda persona honesta y escandaliza a los pequeñuelos, y cuyo curso no puede fundamentarse sino sacrificando la moral o a un sórdido interes o a una infame prostitución.

Cuanto a lo primero, la Iglesia nuestra madre, animada siempre y dirigida por las luces del espíritu divino, cuya asistencia le está prometida hasta la cosumación de los siglos, ha sido en todos tiempos la primera en desear que todos sus hijos se dediquen con santo empeño a la lectura y estudio de los libros sagrados. Nadie más que ella ha trabajado desde sus primeros días así en leerles o explicarles la letra y el sentido de aquellos venerables escritos, como en recomendarles su frecuente lectura y la detenida consideración de la palabra de Dios, que en ellos se contiene. ¿Quién ignora que desde los tiempos primitivos en las asambleas religiosas de los fieles, era la lección de la escritura santa uno de los ejercicios principales a que se dedicaban, y que llegó por eso a ser una parte cosiderable de la sagrada liturgia, como lo recuerdan todavía nuestras epístolas y evangelios? ¿A qué nos hemos de detener aquí en acopiar las vivas enérgicas exhortaciones con que los santos padres y en especial los Crisóstomos, los Agustinos y los Gregorios no cesaban de amonestar a sus pueblos que no se contentasen con las lecturas y explicación que de los libros santos oían en el templo, sino la repitiesen también en sus casas, acordando allí lo que se les había explicado, platicando con sus familias, y estimulándose mutuamente a adelantar y aprovechar cada día más en la inteligencia de las escrituras?

La Iglesia hizo siempre profesión de enseñar sobre este punto lo que en los mismos santos libros aprendia, es a saber que toda escritura divinamente inspirada es útil para enseñar, para reprender, para corregir, y para instruir en la justicia, para que sea perfecto el hombre de Dios y esté prevenido para toda obra buena.(2) En las cuales palabras están compendiadas las muchas e importantísimas utilidades que un espíritu religioso y verdaderamente cristiano halla en la devota lectura de la escritura sagrada y que están claramente indicadas en otros muchos lugares que por la brevedad omitimos .

Mas al mismo tiempo, aquella sabia y prudente madre no podía ignorar ni debía desentenderse de lo que el príncipe de los apóstoles dice en su segunda carta canónica a todos los cristianos por estas expresiones. Hacéis bien de atender a las palabras de los profetas como a una antorcha que luce en lugar tenebroso… entendiendo ante todas cosas que ninguna profecía de la escritura se hace por propia interpretación (3); y poco después por estas palabras: hay en las cartas de Pablo algunas cosas difíciles de entenderse, las que adulteran los indoctos e inconstantes, como también las otras escrituras para su propia ruina. Vosotros pues, hermanos, con este aviso estad alerta para que no caigáis de vuestra firmeza engañados de los insensatos(4).

Con el fin pues de preservar a los fieles de semejantes engaños y evitarles su propia ruina, la Iglesia cuidó siempre y miró como un deber suyo no sólo el explicarles el verdadero sentido y darles la inteligencia de los lugares difíciles de entender, siguiendo la interpretación de ellos que por tradición recibió de sus mayores, sino también el estar alerta contra la seducción de aquellos maestros ignorantes, volubles e insensatos que de tiempo en tiempo nunca han dejado de aparecer, muy pagados de sus ciencias y atenidos a su propia interpretación, adulterando las escrituras con sentidos que no tienen, y engañando a los incautos con venderles por doctrina del Espíritu Santo sus propios sueños y delirios.

Sabido es que apenas ha habido error o herejía que no haya nacido o no haya tratado de buscar apoyo en la mala inteligencia de algún lugar de la sagrada escritura, como ya en su tiempo lo notó el P. S. Agustín; y sabido es también que en las traducciones del sagrado texto a las lenguas vulgares es en donde los herejes hallaron la mejor oportunidad para infundir su veneno y corromper así la misma fuente de la doctrina recibida, principalmente desde la época en que con la caída total del imperio romano cayó también en olvido su lengua, y reducida ésta a los recintos de los templos, cada pueblo de Europa se fue formando su particular dialecto e idioma.

Coicidió esta mudanza de lenguaje con la aparición de las grandes herejías de Occidente, y los jefes de estas sectas se aprovecharon de tan favorables coyuntura para dar a leer a los pueblos, ignorantes ya del idioma latino, más traducciones de la Biblia en el dialecto vulgar hechas en consonancia con sus erores y sumamente infieles. Por esta causa hallamos que ya desde el siglo trece, la mala fe de los herejes albigenses obligó al Concilio de Tolosa en Francia, celebrado en 1229, a prohibir a los legos o seculares el uso de la sagrada escritura en lengua vulgar (5) y cuatro años después se hizo la misma prohibición en España en el Concilio de Tarragona. En los siglos subsiguientes no abandonaron los sectarios su empeño de corromper la escritura en su traducción, y la Iglesia, por lo mismo, hubo de mantener su prohibición, sobre todo, cuando el grande heresiarca Lutero empezó a proclamar altamente la supuesta necesidad de que todos leean la Biblia en su propio idioma; y se hizo él mismo traductor falaz del Nuevo Testamento, creyó entonces el Sagrado Concilio general de Trento absolutamente indispensable para la conservación de la fe y extinción de los errores, no sólo el declarar (6) que sólo la versión vulgata latina se tuviese por auténtica, y que aún ésta no se pudiese imprimir sin previa aprobación y revisión del ordinario; sino también (7) que una junta de diez a ocho hombres doctos y píos escogidos de entre todas las naciones que se hallaban allí congregados, formasen con el mayor detenimiento, examen y maduro consejo las reglas que pareciesen convenientes para la acertada dirección de los superiores eclesiásticos en este punto y otros semejantes. Por disposición del concilio (8) se remitieron los trabajos ya casi concluidos de esta junta a la revisión y última determinación del papa, quien después de nuevas y muy prolijas conferencias, publicó en fin, en 24 de marzo de 1564, las reglas que llamaron del índice romano, que entre nosostros fueron aceptadas y mandadas guardar por decreto del rey Felipe 2º., comunicado a todos los consejos con fecha 15 de febrero de 1569. Entre ellas, la cuarta decía así (9): Siendo manifiesto por la experiencia que de permitir a todos sin discreción la Sagrada Biblia en lengua vulgar se origina, por la temeridad de los hombres, más daño que provecho, quedará al juicio del obispo, &c. Después, el Sumo Pontífice Clemente 8º. en la revision y nueva publicación que de dichas reglas hizo en 1595, reservó a sí y a las congregaciones romanas aun esa facultad de conceder tales licencias.

Pero como todas estas prohibiciones eran puramente unas medidas de precaución y de prudencia, tomadas por razón del riesgo de los lectores y no por razón de los libros que en su pureza y fiel contenido son santisimos y provechosísimos; posteriormente, mudadas algún tanto las circunstancias, la misma Iglesa tuvo por oportuno moderar aquel antiguo rigor; y por eso en última revisión y publicación de las mencionadas reglas que hizo el inmortal Benedicto 14, agrégase a dicha regla cuarta la siguiente cláusula: se permiten semejantes versiones de la Biblia en lengua vulgar si fueren aprobadas por la silla apostólica o se publicasen con anotaciones sacadas de los santos padres de la Iglesia o de intérpretes doctos y católicos. En consecuencia de la actual, el sumo pontifice Pío 6º. por su breve de 17 de marzo de 1778, celebró y aplaudió la versión al italiano que el sabio Antonio Martini había publicado con notas de santos padres, oportunas para precaver cualquier abuso; y enseguida hizo lo mismo la Iglesia de España con la que en castellano publicó el Padre Felipe Scio, acompañada de iguales notas.

De cuando llevemos expuesto resulta que, según las leyes actuales de la Iglesia católica, en cuyo seno se gloría de estar la república mejicana, no es lícita la impresión ni permitida a todos la lectura de la Biblia en lengua vulgar, sino con las tres condiciones siguientes: 1° que la versión de dicha Biblia esté publicada con licencia y aprobación de los superiores eclesiásticos; 2° que esté hecha por autor docto y católico y ajustada en cuanto ser pueda al texto de la vulgata; 3° que esté aprobada por la silla apostólica (cosa que de ninguna versión vulgar es de esperar siendo por otra parte negocio muy arduo y nada necesario) o esté acompañada de notas o comentarios sacados de los santos padres o intérpretes católicos para declaración y sana inteligencia de los lugares oscuros, difíciles o ambiguos.

Mas de estas condiciones, y principalmente de la tercera, que no es la menos importante para precaver la ilusión y los engaños en los lectores, al menos en los poco instruidos en la doctrina sagrada, se desentienden totalmente las sociedades bíblicas que, establecidas primero por los protestantes de Londres, se han ramificado después por varias partes del globo y aun entre nosotros pretender hallar fomento. Frutos suyos son las innumerables biblias castellanas en un solo volumen que se venden públicamente en las calles y portales de esta capital, algunas completas, otras muchas truncas, faltas de aquellos libros que no admiten los protestantes, y lo son también los muchísimos ejemplares del Nuevo Testamento que en igual forma están impresos y del mismo modo se expenden. Tendríamos mucho que decir si hubiésemos de exponer las torcidas intenciones y perversos designios que dichas sociedades bíblicas llevan en los inmensos gastos y trabajos que impenden en multiplicar sin cuenta las ediciones de la biblia en todas las lenguas vulgares conocidas y en diseminarlas por todas las naciones a bajos precios o casi devalde, pero en todas partes sin notas ni comentario alguno. Sin temeridad alguna pudiéramos afirmar que su principal objetivo en esto es, el de propagar por este medio o infundir en todos los ánimos el funesto y fatal principio de las sectas protestantes, a saber que, la única regla de la fe es la escritura entendida por cada uno según su propio juicio; principio que es diamentralmente opuesto al que la religión católica profesa, teniendo por regla fundamental de su fe la enseñansa o viva voz de la Santa Iglesia, a quien únicamente toca el juzgar del verdadero sentido o interpretación de las escrituras (10).

Mas para que no se crea que, impulsados de la oposición de partidos la atribuimos gratuitamente [a] ese depravado intento, oid el juicio que de ellas han hecho algunos protestantes más juiciosos: el ministro anglicano Mr. Wix, en una obra publicada en Londres hace nueve años se explica así: la sociedad bíblica tanto la nacional como la extranjera, obrando de mancomún con sujetos de todas sectas, se encaminan ciertamente a propagar un vasto sistema de indiferencia, fatal a los verdaderos intereses del evangelio; y despues de pintar los tristes efectos del celo inconsiderado de los repartidores de las biblias, añade: tales han sido los progresos del sistema bajo la influencia de esta sociedad funesta, planteada sobre un plan incompatible con la pureza del cristianismo y peligrosa para la unión de la fe tan empeñosamente recomendada por Jesucristo. (11) Otro ministro de la misma Iglesia, Mr. O’Callaghan, hablando del mismo asunto y en igual sentido dice: La expresión hoy muy usada de que la Biblia es proporcionada a todas las personas y a todas las edades y condiciones, y a todos los talentos, o no es verdadera absolutamente, o sólo lo es en un sentido restricto. La Biblia es tal vez el mas dificil de todos los libros. La experiencia y la observación del linaje humano nos conducen a inferirque la escritura santa es por sí demasiado oscura para la generalidad de las gentes… Esta debe contentarse con recibir de otros su instrucción, porque jamás ella sabrá acercarse a las fuentes de la ciencia; es preciso que en medicina, en la jurisprudencia, en la física y en las matemáticas aprenda las verdades más importantes de boca de aquellos que las van a beber en la primera y las más pura fuente; y el mismo método es el que se ha observado constantemente y por lo general en cuanto al cristianismo; siempre que se han separado de esta regla hasta cierto punto, han sobrevenido tales sacudimientos en la sociedad que la han hecho estremecer hasta su centro. (12)

Después de estas confesiones de nuestros propios adversarios, parécenos excusado el difundirnos más sobre los justos recelos que a todo amante de la única y verdadera fe deben infundir las versiones o ediciones emanadas de dichas sociedades bíblicas, ni sobre los riesgo y peligros que podrían sobrevenir a nuestra creencia y tranquilidad religiosa, si no tratamos de impedir el que circule y ande en manos de todos la Biblia sin notas ni comentario alguno; mucho más cuando estamos todos bien persuadidos de la verdad que nos dejó escrita P. San Agustin en estas palabras: el hombre que está bien fundado en la fe, en la esperanza y en la caridad y que todas tres virtudes conserva con firmeza, no necesita de las escrituras sino para instruir a otros (13).

Y en cuanto al otro punto de las estampas, pinturas y esculturas obscenas, de las cuales se expenden algunas meramentes deshonestas; y otras que añaden a esto la impía y blasfema indecencia de representar tan infame vicio en personajes que la religión venera y adora; como también algunos lienzos, trajes y otros utensilios, aun para los usos más viles, en que se ven pintadas cruces o imágenes de algunos santos, lo que no puede ser seguramente sino con el fin de hacer despreciables estos objetos tan dignos del respeto y veneración de los fieles; nosotros creemos que haríamos un agravio a la ilustrada piedad y honestos sentimientos de nuestros diocesanos, si quisiésemos detenernos en manifestarles la repugnancia y oposición que tales cosas tienen con las reglas todas de la moral pública y privada, y de todas las leyes así divinas como humanas. No alegaremos por eso ni las intimaciones de muchos padres de la Iglesia sobre el asunto, ni lo ordenado posteriormente en el concilio de Trento (14) y en otras resoluciones consiguientes, contentándonos con recordar las novísimas órdenes expedidas ente nosotros por la autoridad civil en 17 de septiembre de 1823 y por la eclesiastica en 13 de noviembre del mismo año; de las que aparece el feliz concierto que desde entonces reynó entre ambas potestades para el total extermino de este vergonzoso comercio, injurioso a nuestra santa religión, corruptor de las costumbres y desmoralisador de los pueblos.

Nos, pues, deseando oponer un dique a un mal que con desprecio de las autoridades aún continua, como también al anterior de que hicimos mención; después de haber invocado el nombre del Señor, y haciendo uso del poder que de Dios hemos recibido, interpelando también para ello, como en efecto interpelamos a la autoridad civil, a quien de derecho incumbe la protección y defensa de la Iglesia, hemos venido en mandar y mandarnos.

1° Que ninguna persona dentro del territorio de esta Diócesis imprima, compre, venda, ni retenga sin las debidas licencias la Biblia ni libro algunos de ella en idioma vulgar sin notas de los santos padres o de interpretes doctos y catolicos.

2° Prohibimos igualmente toda biblia, aun en latin, que esté impresa sin las debidas licencias, pero especialmente aquellas en están suprimidos los libros de Baruch, Tobías, Judit, Sabiduría, Eclesiástico, y los dos de los Macabeos en el Antiguo Testamento; y en el Nuevo la Epístola de San Pablo a los Hebreos, la de Santiago, la segunda de San Pedro, la segunda y tercera de San Juan, la de San Judas y el Apocalipsis; cuya autenticidad está reconocida en toda la Iglesia catolica, declarada por el santo Concilio de Trento, y sólo disputada por los protestantes.

3° Se prohiben asimismo los misales, brevarios, diurnos, oficios parvos y semanas santas, como compuestos en la mayor parte de salmos, evangelios, epístolas y otros libros de la escritura santa, sino es que conste en ellos la licencia del ordinario para su impresión (o del comisario general de cruzada en España, que por bulas pontificias es juez privativo de ello) conforme a la prohibición bajo la pena de excomunión latae sententiae que hizo de los brevarios el señor Clemente 8º. en la bula que empieza Cum in Ecclesia de 10 de mayo de 1602, y de los misales en la Cum Santissimum de 7 de julio de 1604; prohibición renovada por el señor Urbano 8º y extendida a los diurnos, semanas santas y oficios parvos, como consta en la bula Divinam psalmodiam de 25 de enero de 1631 y la Si quid est de 2 de septiembre de 1634.

4° Mandamos también que nadie compre ,venda ni rentenga esculturas, pinturas, ni estampas obscenas, pañuelos, medias, relojes o cualquiera otra clase de artefacto que contengan objetos de nuestro sagrado culto, siendo ellos destinados a usos profanos; recordando como recordamos que ya tenía ordenado esto mismo bajo la pena de excomunión mayor latae sententiae el excelentísimo e ilustrísimo señor Dr. D. Juan Cruz Ruiz de Cabañas (que de Dios goce) en su edicto de 8 de mayo de 1822.

5° Recordamos asimismo la prohibición que en el citado edicto se hace y bajo la misma censura, de los libros titulados: Ruinas de Palmira, El Citador, La tolerancia en armonía con el evangelio y la razón, El arte de amar de Ovidio pues con dolor hemos sabido que algunos se olvidan de ella, franquean, y aún se empeñan en instruir a otros en estas obras.

Por tanto mandamos que en el primer dia festivo inter missarum solemnia se lea este nuestro Edicto en todas las eglesias de la Diocesis. Dado en Guadalajara a 22 de agosto de 1828

Diego de Aranda

Por mandado de su señoría

José Francisco Meza

 

(1). Epist. 2 ad Timoth, c. 4. v. 5.

(2). 2ª. ad. Tim. c. 3.

(3). Cap. I.

(4). Cap. 3.

(5). Can. 14

(6). Ses. 4.

(7). Ses. 18.

(8). Ses ultima.

(9). Wan Espen, part. I, tit. 22.

(10). Concil. Trid. ses. 4.

(11). Reflectiom consernio the exped. of a conescil of the church of england au the church of Rome, pag. 86. Londres 1819 [sic]

(12). Tongs. ou the tendemes of Biblie societ.

(13). Lib. I. de doctrina christ. c. 39.

(14). Sesión 25, decreto de sacr. imag.

El currutaco por alambique

En estos días he tenido el gusto de presentar en Lagos y en León conferencias a propósito de un tema, que si bien no forma parte precisamente de mis intereses fundamentales de investigación, no es ajeno tampoco. He hablado sobre el currutaco, es decir, el estereotipo de género masculino que el clero (aunque no sólo) de principios del siglo XIX utilizaba para ridiculizar a los hombres que empezaron a aficionarse por la moda y las nacientes prácticas culturales modernas (el café, el teatro, el baile). Ridiculización que pasaba por su feminización, como cabía esperar. Aunque es un estereotipo surgido en los periódicos españoles, en el Diario de Madrid, en 1795 para ser preciso, no dejó de tener difusión en Nueva España. En este mismo espacio me he referido al currutaco que salía en una procesión, la del 5 de febrero, ni más ni menos que un diablo en un pasaje de la vida de San Felipe de Jesús, tentando al protomártir mexicano, mas estuvo de lejos de ser el único caso.

Ahora más bien me limitaré a presentar unos versos impresos en México en 1799, titulados El currutaco por alambique, obra de Manuel Gómez, doctor en teología y profesor del Seminario Conciliar y de la Real y Pontificia Universidad. Su tono jocoso puede hacernos pensar que se trata de versos irreverentes. Por el contrario, fue un texto que contó con las aprobaciones oficiales, del gobierno virreintal y del gobierno arzobispal, así como las censuras eclesiásticas que correspondían en la época. Esto es, fue parte de la lucha del clero contra la modernidad que comenzaba a difundirse en el reino de Nueva España. Por ello pudo contar con la aprobación del padre felipense Ramón Fernándezl del Rincón, que vemos a la derecha, y la del padre dominico fray Ramón Casáus, futuro arzobispo de Guatemala. Este último no dejó de reprobar en esas modas modernas un “exceso indecente, que afemina a los hombres”.

No nos detengamos más, pasemos directamente a los versos de Gómez, recordando siempre que a veces cosas de apariencia profana, podían servir a fines eminentemente sagrados, como mantener a los hombres en el camino de la devoción, y evitarles el de la diversión.

 

Domingos, obispo y ratones

La historiografía mexicanista peca a veces de fundamentalmente política. Incluso cuando se trata de temas como el catolicismo, tiende a considerar como su objeto de estudio a una institución, es decir, se hace Historia de la Iglesia, pero no siempre historia religiosa. Sin embargo, no es que falten fuentes. Un buen ejemplo es la obra de Agustín Rivera, que contiene notas interesantes, cierto que dispersas, sobre la problemática de la “civilización de las costumbres”.

Así es, Rivera fue un observador relativamente constante de la vida cotidiana de las élites letradas del siglo XIX, además muy consciente de que esas costumbres tenían implicaciones más allá de lo anecdótico. Lo percibió incluso respecto de sí mismo, según consagraba su biógrafo Rafael Muñoz, pues desde su viaje a la Ciudad de México en 1853 advirtió que el “progreso”, el “liberalismo”, no eran sólo ideologías sino también implicaban maneras de comportarse. Por ello no es de extrañar que retrate de manera “civilizada” el comportamiento de los personajes cuya memoria respetaba, o cuyo trabajo quería vincular con el suyo. La frugalidad, la limpieza, la sobriedad, eran algunos de esos elementos, aunque tampoco dejaban de estar ausentes en sus observaciones la ternura y candidez casi propias de algún santo. Aquí recuperamos un ejemplo breve pero significativo: la vida cotidiana de Juan Cayetano Gómez de Portugal y Solís, obispo de Michoacán.

Portugal, “el grande Portugal” como diría la Dra. Marta Eugenia García Ugarte, fue sin duda uno de los obispos más importantes de la vida política de la primera mitad del siglo XIX mexicano. Hombre de Estado, fue varias veces diputado. Reformador eclesiástico, lo mismo de la renta decimal que de la educación clerical. Sus méritos hicieron de él el primer cardenal mexicano, aunque no llegó a recibir la noticia por su fallecimiento en 1850. Rivera había sido tutorado del hermano del obispo, Eusebio Gómez Portugal, quien impulsó sus primeros estudios en el Seminario de Morelia entre 1834 y 1836. Evocó con particular cariño esa etapa de su vida en su opúsculo La vocación de Simón Bar Jona de 1892, con una estima y delicadeza que contrastan con la imagen que dejó del Seminario de Guadalajara, pero eso es tema de otro artículo. Por ahora veamos como pintaba este clérigo y escritor público particularmente activo en tiempos de la República restaurada y del Porfiriato, esa cotidianidad en el palacio episcopal de un gran prelado de la primera mitad de esa centuria.

 

Agustín Rivera, La vocación de Simón Bar Jona, Lagos, Ausencio López Arce impresor, 1892, pp. 47-48.

En los, dos años que fui colegial moreliano, los más domingos pasaba el día en el palacio  episcopal, porque era la casa de mi tutor , Dicho palacio se componía de dos viviendas, que  aunque tenían un zaguán común, tenían diferentes escaleras y eran independientes. La primera era la del señor Obispo, quien no arrojaba sus miradas a la calle y vivía retirado del bullicio del mundo, pues aunque la capilla tenía balcones (o ventanas) para la plazuela del Carmen, las demás piezas teían balconcillos y ventanas para el interior, inclusive la sala de recibir, que tenía unos balconcillos para la huerta, la cual una tapia baja de adobes dividía de la huerta del convento del Carmen, por lo cual desde dichos balconcillos ví algunas veces a algunos padres carmelitas en su huerta. El señor Obispo tenía cocinero, comía solo, su mesa era frugal y humilde en las piezas del servicio, las sillas del comedor tenían asiento de tule. Un rasgo pintará el corazón de aquel hombre. Habia en el comedor unos ratoncillos blancos (que andarían por toda la casa), que el señor Portugal no quería se matasen, que estaban acostumbrados a que luego que Su Ilustrísima se sentaba a la mesa, salían de sus agujeros y comian en su derredor las migajas que el Prelado con su propia mano les esparcía. Una vez Da. Guadalupe Portugal, hija del Dr. D. Luis Portugal, hermano del señor obispo, Señorita que fue muy conocida en Morelia y en Guadalajara por sus virtudes, talento e instrucción, le dijo con cierto enfado al señor obispo: “¡Por Dios, tío, para qué les da de comer a esos ratones del comedor, ellos acabarán con sus libros y hasta con los papeles del archivo!” a lo qué contestó el señor Portugal con dulzura: “¡Eh, hija, esos animalitos ocuparon la mente divina!” Otra vez, que el señor Portugal se quitó de la mano una pulga, la restregó con los dedos y la arrojó al suelo, le dijo Da. Guadalupe: “¡Tio, ¿y las pulgas no ocuparon la mente divina?” Terrible argumento con el qué concluyó al sabio, quien contestó: “Sí, hija, pero dan mucha guerra.” El actual señor obispo de Sinaloa, hermano de Da. Guadalupe, debe de recordar estos hechos.

Las mas tardes el señor obispo en el patio principal montaba en su caballo rucio, con sotana y mantelete morados y sombrero acanalado con borlas verdes, y se iba a hacer ejercicio en las orillas de la ciudad, sin mas compañia que un criado que iba detrás. No llevaba turca ni sumbrero redondo con borlas verdes, como algunos pensarán, sino como he dicho. El señor obispo nunca tuvo coche propio, y cuando salia a visitar la diócesis o tenía necesidad de coche para otro negocio, usaba el que le prestaba su compadre e íntimo amigo D. Cayetano Gómez, uno de los ricos de Morelia, después suegro del mencionado Dr. Iturbide. Yo jugaba con otros niños de mi edad en los patios y en la huerta, y ¡cuántas veces tuve la dicha de besar la mano a aquel cariñoso Prelado cuando iba a montar a caballo!

Religión o muerte: Un discurso nacionalista orizabeño de 1836

Catedral y el padre Llano 2

En abril de 1836, la ciudad de Orizaba conmemoró por todo lo alto un motín que, dos años atrás, había contribuido a la caída de los liberales “radicales”, digamos a falta de otras categorías, que habían promovido una serie de medidas secularizadoras, y cuyo representante más conocido a nivel nacional era el vicepresidente Valentín Gómez Farías. Al mismo tiempo que la ciudad se engalanaba con la que había sido una de sus más grandes participaciones hasta entonces en la naciente vida política mexicana independiente, se libraba la guerra de Texas. De hecho, la conmemoración tuvo lugar en vísperas de la batalla de San Jacinto, por lo que entonces se estimaba que el ejército mexicano, con el general Antonio López de Santa-Anna al frente, iba ganando un combate tras otro. El orador principal, José Gutiérrez Villanueva, uno de los notables locales, profesor del liceo local, dirigió un discurso más marcado por esa actualidad de la guerra que por una memoria del propio conflicto conmemorado, hasta el punto de dejar en el anónimato a víctimas y verdugos de su relato. En cambio, el motín orizabeño se inscribía en una lógica de más largo alcance, internacional incluso. Era la batalla de una nación católica mexicana, construida en buena medida gracias al clero, contra las intrigas de un enemigo impío, los Estados Unidos, en particular a través de su primer representante diplomático, Joel R. Poinsett.  La arenga de Gutiérrez Villanueva era así, podríamos decir, más un llamado a la unión nacional, religiosa obviamente, ante el enemigo fundamental que estaba detrás de los caudillos de la rebelde Texas.

Sobra casi decirlo, el discurso debe leerse, por tanto, como testimonio de esos intentos de cohesionar a la nación para la guerra, no como testimonio objetivo de las relaciones de México y Estados Unidos desde la independencia. La investigación al respecto ha tenido otros avatares, pero no es lugar aquí para contarlos. Lo que nos interesa es, desde luego, el recurso al catolicismo como vínculo fundamental para afrontar esos peligros externos. Uno hubiera podido esperar “Patria o muerte” como lema en una oración cívica tan nacionalista, y sin embargo es “Religión o muerte” lo que encontramos. Esto, independientemente de la religión practicada como tal en Estados Unidos, que ni siquiera es un asunto de interés verdadero en el discurso, pues en realidad, más que contra el protestantismo y sus variantes, se diría que el enemigo es el naciente capitalismo. Confieso mi desconocimiento, pero recuerdo al menos algún otro testimonio que expresaba una idea semejante — el rechazo a una organización económica naciente en que predominaba el interés por la ganancia — en la prensa cercana a facciones políticas del liberalismo moderado de principios de la década de 1830: el periódico El mono. Sin mayor adelanto, dejo pues al amable lector con esas palabras que la Junta patriótica local mandó imprimir unos pocos días después de pronunciadas. En la transcripción he preferido respetar el uso de “Méjico” con j, pero he actualizado el resto de la ortografía. El folleto lo consulté en la Biblioteca Nacional de Antropología e Historia “Eusebio Dávalos” (con sede en el Museo Nacional de Antropología e Historia), Fondo Reservado, 4ª. serie de papeles sueltos, legajo 196, documento 3, caja 70.

Discurso que en el aniversario del dia 20 de abril de 1834 dijo en la ciudad de Orizaba D. José Gutiérrez de Villanueva. México, Impreso por Juan Ojeda, calle de las Escalerillas núm. 2, 1836, 16 págs.

¡Vírgenes de Anáhuac! Aprestad en este dia de venturosos recuerdos vuestras arpas celestiales: que el armonioso eco de los sagrados himnos, resuene en la espesura de las selvas patrias; cantad al Dios fuerte de las batallas, desvaneciendo con el poder de su sola voluntad las oscuras maquinaciones de los enemigos de su culto y de su gloria; mezclad también, entre la melodía de vuestros acentos, la memoria dolorosa de la antigua cautividad. Sí, la idea de pasados infortunios tiene algunos encantos, cuando se les conmemora en presencia del Ser augusto que adoramos.

¡Numen de los cielos! Tú que desde la solitaria cima del Horeb, inspiraste a aquel felice pastor como en el principio de los tiempos el universo se levantó del caos a la voz de la divinidad; el fuego de tus graciosas imágenes, el colorido enajenante de tu descripcion imploro. Pero si tú, ¡oh genio de las sublimes bellezas! te complacieses más en habitar las colinas de Sión, o a las verdosas márgenes de Siloé, de allí para mi noble empresa tu socorro invoco. Revélame cómo la hidra de la impiedad, seduciendo al incauto mejicano, cubrió de luto y sangre la doliente patria; dime tambien cómo este pueblo de héroes, entre el silencioso universal oprobio alzó su audace voz, y pulverizando cual vaso de arcilla sus infernales designios, restableció los altares del santo de Israel.

La nacion mejicana, reducida por sesenta lustros al estado humilde de colonia, había en su adolescencia descubierto el secreto de su inestimable valor, y la naturaleza imprescriptible de sus derechos. Elevarse al alto rango a que la llamaban la grandeza de su extension, la benignidad de su clima y los preciosos tesoros que encerraba en su seno, se había convertido en una necesidad política, era el ardiente deseo de los mejicanos, era, sí, como el pervigilio seductor de una abrasada imaginacion. Empero un Gobierno omnipotente, las raices adquiridas por espacio de tres siglos, la magnitud de sus recursos, el número y carácter de sus partidarios, son obstáculos ante los que se anonadan los proyectos mejor concebidos, y disipan como el humo las mas lisonjeras esperanzas.

El destino habia reservado la gloria de colocar la piedra angular del edificio de la Independencia al Clero Mejicano, y cuando no existían probabilidades más halagüeñas que la de una muerte gloriosa, Hidalgo tremola en 810 el lábaro sagrado de la patria. A su ejemplo, pero no, por la identidad de sentimientos, por la comunión de principios, aquella clase veneranda y generosa, difunde por todo el ámbito de la república el amor de la grandiosa empresa, el desprecio de los peligros; y en el campo del honor, en la oscuridad de las prisiones, y sobre los cadalsos mismos, sella con su sangre el pacto de unión eterna con el pueblo mejicano. Yo evoco vuestro irrefragable testimonio. ¡Sombras queridas de Matamoros y Morelos! El Dios que no concede la victoria según el número de las legiones, ni la pericia de los generales, sino conforme á sus inescrutables y sacrosantos designios, no se digna bendecir por entonces la causa Anahuacense; reserva para sienes más afortunadas la corona triunfal, y el heroe a quien las facciones bajaron inmaturo a la tumba en Padilla, recoge los frutos del árbol que en Dolores Hidalgo plantara.

Mas el clero en ambas épocas habia adquirido brillantes y gloriosos títulos al reconocimiento nacional. El primero en proclamar el ser político de la patria, el primero en arrostrar la muerte en los combates siempre al frente de las mejoras sociales, unido al pueblo en afecciones y principios, su amigo y aliado, parecía que su existencia material estaba íntimamente entrelazada con la independencia mejicana. Si las manos de los que en las Cruces, Aculco y Calderón exhalaron su postrer aliento, hubieran escuchado la sucinta reseña que acabo de haceros, de los distinguidos servicios de nuestro clero, esperarían sin duda oírme terminar por la enumeración de las consideraciones políticas, de los altos respetos que además de los que de justicia se le deben por su sagrado carácter, le habría otorgado la gratitud. Mas al contemplar que se le detractaba como enemigo de la causa pública, se le perseguía encarnizadamente como desafecto a la dignidad de la nación, poseídos de un profundo dolor volarían de nuevo a ocultar entre el polvo de la huesa su asombro y confusión.

Consideremos ya el antiguo Imperio de los Aztecas ocupando un lugar distinguido en el catálogo de las naciones; el mundo culto fija en él su vista con complacencia cual sobre una inocente beldad; los amigos del género humano enderezan al cielo plegarias por su felicidad, y por su gloria; los ricos dones con que le distinguiera la mano liberal de la Providencia, el candor de sus hijos, su dócil piedad parecen augurarlo.

Empero, hay una region trabajada por los hielos de un invierno eternal, cuyos moradores divirgiendo en hábitos, sentimientos y costumbres, ofrecen en su asociacion la estructura del idioma de Babel; mas convienen unanimemente en el culto de una deidad, que bajo los nombres de Oro y acres de tierra designan. A este ídolo pues, más execrable que nuestro antiguo Huizilopoztli sacrifican sin piedad la paz de los circunvecinos pueblos, el honor y las más dulces inspiraciones de la naturaleza. Desde sus antros coronados por las tinieblas boreales observan con celos la creciente ventura de las repúblicas del mediodía; calculan con flema mercantil el progreso de sus adelantos, y cuando estos les dicen que su importancia comercial y fabril peligran, no hay escrúpulos en la elección de los medios que sostengan su preponderancia.

Méjico en 823 es ya una temible competidora: permitirla gozar en plácida concordia los frutos de la paz y de su suelo; tolerarla adoptar instituciones análogas a sus necesidades positivas; consentir el que las examine en el silencio de las pasiones, las rectifique y consolide, es según su tenebrosa diplomacia, conspirar contra el septentrión. Resuelven por la ruina de la gran Tenoxtitlan, réstales sólo determinar con acierto los medios de consumar tan infernal designio.

No espereis ciudadanos, [que] yo os indique entre los proyectos que se cruzaron para llevarle a su cabo, una guerra franca, aunque suscitada por medio de aquellos pretextos frívolos de que se sirven los tiranos. ¡Pérfidos! No ignoraban que la nación mejicana, intrépida y marcial, habria aceptado con placer la ocasión de poner en ejercicio las virtudes militares de sus hijos, y que provocada a la lid, no habría escuchado proposiciones de reconciliación hasta fijar el estandarte de las Águilas… ¿lo diré ciudadanos? Sí, sobre el capitolio de Washington.

Mas los bárbaros poseían el secreto fatal de introducir en las naciones el germen de la muerte, sin comprometer la impía mano que le hiciera fructificar; conocían las terribles causas por las que Roma, después de haber sometido el universo a sus leyes, sucumbió oprimida bajo el peso de su gloria, y la hermosa Bizancio, primera entre las ciudades del Oriente, abrió con ignominia sus puertas a los hijos de Otman; sabían, en suma, el poder asolador de la desmoralización y las facciones.

Faltaba sólo un genio avezado en este género de crímenes que reuniera a la astucia de la zorra el veneno delectéreo de la serpiente, y jamás el averno en sus furores abortó un monstruo más digno de esta mision que el execrado Poinsett. ¡Malhadadas repúblicas del Ecuador! Delatad ante el tribunal del universo al factor de vuestra ruina. Reveladle quién convirtió en teatro de combates fratricidas vuestras fértiles campiñas, quien cubrió de ruinas y de sangre la patria de Bolívar. Alzad, hermanas deplorables, vuestra desfalleciente voz contra ese ministro inicuo, entregadle a las eternas maldiciones de los futuros siglos.

Méjico, con infantil candor, recibe en sus brazos como aliado a la fiera escogida para devorarle; y que en breve debía ahogar en lágrimas la paz y concordia social. Su letal influjo pronto se insinúa en el ánimo de los grandes funcionarios, él inspira toda suerte de medidas que llevando la máscara de conveniencia pública, y el barniz seductor de la novedad sacaran la nación de su centro, entorpecieran su marcha, la sumieran en el abismo de las pruebas políticas, y formaran un caos de su legislación. El santuario de las leyes entonces se afecta de sus maquinaciones, y como Minerva nace del cerebro de Júpiter, así del de aquel hombre sin piedad parte esa nube de decretos inhumanos, que cubre de luto la república, que siembra por doquier el quebranto y la horfandad, que prescribe perecer en paises inhospitalarios y remotos, entre los horrores de la desnudez y del hambre muchedumbre de familias desgraciadas; decretos, en fin, que la historia transmitirá como un monumento de sempiterna ignominia para sus autores.

La existencia de una religión que santifica el pacto social, que coloca y asegura la moral sobre bases firmes e indestructibles, que proscribe el vicio sea cual fuere su objeto y su denominación, y sofoca las pasiones desde el instante primero de su ser, debía necesariamente convertirse en blanco donde se asestaran los tiros del creado partido para dar la última mano a la obra de la desorganizacion.

Instálanse por todas partes y como a porfia esos talleres de prostitución, esas orgías donde bajo el velo de las tinieblas, se celebran los misterios de la iniquidad. En ellas se escarnecen las sagradas instituciones, que al través de las vicisitudes de los siglos legara la paterna piedad a nuestra veneración y acatamiento; en ellos se condena al ostracismo, al deshonor y a la muerte, al hombre esforzado que resiste ofrecer inciensos y doblar la rodilla ante la abominable estatua de Moloc; en ellos se retrata al clero con los colores más negros e infamantes, como el intransigible adversario de los derechos patrios, el impostor de los pueblos, el devorador de su substancia, como el peligroso enemigo, por último, de la independencia nacional.

¡Qué extrañais ciudadanos si en tan diabólica escuela se mezclaron estas doctrinas, recogiésemos sus vergonzosos frutos en 834!

Mas yo me encuentro con placer trasladado impensadamente a una época cercana al gran dí cuya memoria celebramos hoy; permitidme, señores, no retroceder para traer a la vuestra sucesos que llenan el alma de dolor.

Ya la impiedad mora entronizada sobre el solio de las leyes, rodeada de sus aúlicos infandos, el despotismo, la intolerancia y el fanatismo feroz; encendida en ira, y despechada por el tiempo que un gobierno enérgico, con mano poderosa, encadenara sus furores, levanta con arrogancia su frente de Medusa; ensangrentados sus ojos, vagan sobre el imperio que la cólera celestial ha entregado a su saña, para determinar las víctimas destinadas a cebar su encono; su espumante boca se dilata para marcar una sonrisa feroz, y con la diestra agita la tea del exterminio. Lejos de ella yace despedazada la hipócrita máscara con que un tiempo disfrazara sus intentos; Humanidad, Filosofía, Libertad, fueron sus nombres: hoy les substituye por otro de mas lato sentido, y blasfemando contra la cualidad que más ennoblece al hombre, se condecora con el título de Humana razón. Guerra sin tregua, grita, al clero mejicano, su más odioso enemigo, cuya noble firmeza turba sus designios; protestado ha aniquilarlo con mancilla, y el genio de los abismos la sugiere entonces un juramento impío en diametral oposición con las obligaciones y votos de aquél, para que resistiéndole su conciencia, pueda acusarlo de prodición a la independencia nacional y llamar sobre su cabeza el odio del amante sincero pero irreflexivo de los derechos del pueblo. El irreligioso decreto que lo ordena se forja y promulga con celeridad; la nación sale por un instante del profundo abatimiento que la postra para lanzar un gemido de dolor; millares de sollozos volaron hasta el trono de las misericordias.

¡Préstame tus tétricos y funerales acentos, hijo de Helcias! La tristura y consternacion de mi patria, no pueden describirse con rasgos menos fuertes que los que tú empleas en tus sublimes lamentaciones.

Ya los pastores por la ordenacion de Jesucristo, abandonan la querida grey para marchar a países lejanos a terminar en la oscuridad y en la miseria un resto de existencia consumida en el ministerio de santificación; ya abrumados por los dicterios y roncos gritos de una soldadesca atroz, se ocultan en las tinieblas para poner en salvamento algunas gotas de sangre heladas por los años, y cuya efusión se pide con espantosos alaridos.

El religioso ve alterada la piadosa quietud de su retiro, y arrojado cual bestia montaraz de su caverna, se intenta trasladarle con violencia… ¿a donde? ¡Dios de nuestros padres! Vos solo lo sabíais.

La inocente paloma de los claustros, que en tanto el resto de las criaturas reposa en plácido sueño, despertada por su ardiente caridad, levanta sus impolutas manos a los cielos como para substraer dulcemente de los tesoros del Eterno el perdón y las gracias de sus hermanos, es brindada con impudencia a participar de los impuros goces de una tierra de desolación.

¡Ay del que osa elevar su voz contra los sacrílegos planes, o denotar en su semblante la pena que lo devora! Horrendas prisiones, el destierro o la muerte, imponen silencio a su dolor.

Virtuosos ciudadanos que en las aflicciones de la patria, sacrificaran en sus aras lo mejor de sus fortunas; ilustres guerreros señalados de honorosas heridas, que en cien lides y otras ciento recibieron combatiendo por la Independencia nacional, son proscritos cual infames traidores.

Todo cede ante el fiero vandalismo que ocupa el asiento del poder; la quietud sepulcral en que yace sumergida la república, es para sus miserables adeptos el signo infalible de la victoria. Embriagados de su vertiginoso orgullo, meditan como otros Titanes, asaltar los cielos, y conmover el tabernáculo del Señor; mas miróles el Eterno en su ira: que los que manchan la tierra con sus crímenes se disipen, dijo, y el Jacobinismo cayó cual roca precipitada desde la cima de los Andes por el bramido de la tempestad.

Orizaba no habia sido la menos favorecida con duras pruebas en los días de la tribulación. En tanto que sus derechos solo fueron hollados, ofreció en los altares de la paz su resentimiento y su penar, conservando una actitud tranquila y silenciosa; mas cuando observa las asechanzas que se tienen a los ministros del santuario, cuando les ve errantes implorando un recóndito asilo, cual pudiera un hombre agobiado de crímenes; cuando descubre las bandas revolucionarias que se dirigen sobre la morada de su párroco querido, para perpetrar en él los aleves intentos que encubren bajo las sombras de la noche, nada es ya capaz de reprimir su indignacion; jura perecer mil veces antes que tolerar el horrendo atentado que aquellos se proponen, llama al cielo por testigo de la santidad y justicia de su causa y puesta su confianza en el Dios que no salva a los reyes según el número de sus fuerzas, ni al jinete por la velocidad de su caballo, exclama con una voz que aterró a los tiranos de la patria, RELIGIÓN O MUERTE. A este tremendo grito, de los asesinos responden con la punta de las bayonetas, trábase una lid desigual, masas inermes oponen con impavidez sus pechos a un fuego sostenido: el jóven en medio de su lozanía, el tierno infante en la aurora de la vida… expiran al estallido de la descarga.

¡Inaudita cobardía! Jamás traeremos a la memoria sin emoción semejantes escándalos. Los bárbaros se difunden por las calles y los atrios de los sagrados templos, y doquier fijan su inicua planta fueron seguidos del crimen y del horror. Entonces, bajo la espada de un cobarde rendiste tu magnánimo espíritu ¡generoso caballero! ¡salud a tus manes! Desde la celeste mansión do nuestra piedad te considera, dirige tu radiosa vista sobre los muros del Álamo, sobre los campos de Goliat, mira como el resto de tus asesinos purga sus execrandos delitos. Empero. los clamores de los justos habían desarmado el brazo de la Providencia, el consistorio divino se dignó escoger, como instrumento de sus maravillas, al piadoso pueblo Orizabeño. Los legionarios de la inmoralidad, devorados por los remordimientos de una conciencia ennegrecida pierden terreno por todas partes; un solo edificio les sirve de refugio y de defensa: sobre el pavimento santo que profanan, habrían expiado sus nefarios crímenes, si tú, ¡clero sin rival! no hubieses hecho oír entre el tumulto de los combates la voz del Dios que ordena el perdón de los enemigos.

El noble ejemplo de Orizaba es imitado y seguido por todas partes: Cuernavaca, Lagos, Toluca, proclaman sus principios: la tranquilidad renace, el culto de Jesús vuelve a su primitivo esplendor: Orizaba en suma ha salvado la patria.

¡Sacerdotes del Altísimo! Entre las emociones del júbilo más puro, recibid en este dia los testimonios de nuestro ferviente afecto, y la solemne expresión de nuestros votos. Sin fruto, un bando refractario os deturpa con sus calumnias, e intenta condenaros con asquerosos escarnios al desprecio y al odio popular.

La inmensa mayoría de la nacion, fiel a la religión de sus abuelos, verá siempre en vosotros, los intérpretes y ministros del Dios de justificación; los mediadores entre el pecador y su Padre celestial; el dulce retiro donde el alma ávida de consuelos se acoge en el pesar de las humanas fragilidades, y en los momentos de la tribulación; los amigos, en fin, que cuando el mundo aparta con horror su vista de las convulsiones de nuestra última agonía, recogen nuestro postrer aliento, y nos abren las puertas de una bienaventurada eternidad. Seguid, pues, como hasta aquí, orando por la paz de esta Jerusalén, y por la ventura y gloria de los que la aman. ¡Que la concordia reine en su recinto, y la prosperidad en sus palacios! Sí, por el amor de vuestros hermanos, y de vuestros amigos, rogad por la tranquilidad de la República; llenos de celo por la casa del Señor nuestro Dios, haced votos por la dicha de aquella.

Y tú, pueblo ilustre de la raza de los héroes: tú, a quien la patria es deudora de su paz y su contento; tú, por cuyos denodados esfuerzos el himno de los holocaustos se dirige desde la tierra hasta los cielos, recibe tambien el homenaje cívico de perdurable alabanza, y las bendiciones del Eterno. Por ti, restablecido el honor nacional, ondea triunfante el hermoso pabellón de los tres colores sobre los muros del Álamo, sobre las torres de Béjar y Goliad; por ti, nuestras cohortes victoriosas ornan sus nobles sienes de lauro inmarcesible… pero escucha: Si el Jacobino un día osare levantar de nuevo su abatida frente del cieno de maldición que la cubre, haz resonar de nuevo la tremebunda campana de abril, y puesta como entonces la confianza en el señor Sabaoth grita impávido: RELIGION Ó LA MUERTE.

Cofradías de haciendas yucatecas

lito273

Catedral de Mérida, siglo XIX. Imagen tomada del CD “Nación de imágenes, litografía mexicana del siglo XIX . colección de Ricardo Pérez Escamilla”, 1995.

Uno de los puntos que me pareció más interesante de estudiar la reforma de cofradías es que, paradójicamente, era el episcopado, y no tanto los reformadores civiles, quien estaba más interesado en ellas por su lado económico, hasta el punto de definirlas como unos bienes eclesiásticos, que no debían seguir bajo el control de los fieles, sino del propio clero. Uno de los más radicales esfuerzos al respecto fue sin duda, la reforma emprendida en la diócesis de Yucatán en tiempo del obispo fray Luis de Piña y Mazo. Los bienes “vulgarmente llamados de cofradías”, básicamente estancias ganaderas, fueron rematados para reducirlos a capitales que habrían de ser impuestos sobre las rentas reales. Remito al lector al libro en cuestión para conocer más de esa reforma y las reacciones que ocasionó, por ahora dejo aquí simplemente uno de sus documentos principales: el auto del juez episcopal, el provisor, ordenando la venta de esos bienes.

Archivo General de Indias, leg. 3096A.
Auto de venta de haciendas de cofradías del provisor de Yucatán, 1781.

En la ciudad de Mérida, a cinco de septiembre de mil setecientos ochenta y un años. El señor doctor D. Rafael del Castillo y Sucre, chantre dignidad de esta Santa Iglesia Catedral, juez hacedor de rentas diezmales, examinador sinodal del obispado, provisor y vicario general, y especialmente comisionado por el ilustrísimo señor obispo diocesano, mi señor, para entender en la venta y remates, y reducción a censos redimibles de las estancias y demás bienes pertenecientes al culto de los santos, vulgarmente llamados de cofradías.

Habiendo visto estos autos, obrados de acuerdo con su señoría ilustrísima, que constan en primer lugar de una información recibida por mí el infrascripto notario mayor, a quien se cometió, sobre la necesidad y utilidad de vender para convertir en censos las referidas estancias y bienes, por la cual aparece que el señor canónigo mercedario de dicha santa iglesia, Dr. D. Pedro Faustino Brunet; D. José Nicolás de Lara, cura de su sagrario y rector de su seminario conciliar; el señor coronel de milicias D. Alonso Manuel de Peón, caballero del orden de Calatrava; el señor tesorero oficial real D. Clemente Rodríguez Truxillo; el señor coronel de los reales ejércitos D. Francisco Pineiro, sargento mayor de milicias; los caballeros regidores D. José Cano, alguacil mayor, D. Estanislao José del Puerto, abogado de los reales consejos y de los naturales de esta provincia, D. Juan José Domínguez, D. Antonio Roo y Fonte, protector de los naturales y su procurador D. Antonio Brunet, testigos todos de la referida información, declarando los unos bajo la religión del juramento, y certificando los otros según su carácter, deponen unánimemente acerca de la necesidad y utilidad de convertirse en censos perpetuos los mencionados bienes, porque de otra suerte se hallan inevitablemente expuestos a menoscabos y ruinas, procedidas de muchas y diversas causas, así naturales como políticas.

En segundo lugar, de la representación fiscal, constante de fojas diez a trece, reducida a demostrar y apoyar la propiedad, necesidad y utilidad de proceder a la conversión de dichos caudales en censos perpetuos redimibles, como también a exponer el grande e importantísimo servicio que se logra hacer a la Corona, franqueando a Su Majestad todas las cantidades que resultaren de la venta de los referidos bienes, para que sirva de ellas y las emplee en sostener los muchos y frecuentes desembolsos que ocasiona a su real erario la presente guerra, imponiéndolas al censo redimible sobre sus rentas reales, según sus soberanas intenciones, declaradas por su real cédula de diez y siete de agosto del año próximo pasado.

En tercer lugar, de las certificaciones del notario mayor y los receptores de esta curia, colocadas a fojas catorce y quince, relativas de las antiguas y continuas quejas y recursos de los indios contra los mayordomos, administradores o ecónomos, tanto eclesiásticos como seculares, encomendados de dichas estancias, con motivo de las extracciones clandestinas que de ellas se ejecutan, de la poca o ninguna eficacia de las providencias que para su remedio se han expedido por este tribunal eclesiástico, de la indiferencia con que se mira el culto de los santos, y finalmente de la firme resolución que a vista de todo han tomado los señores jueces antecesores de vender las mencionadas estancias siempre que se les presentase comprador.

En cuarto lugar, de la representación de treinta y uno de agosto presentada por el abogado de los naturales de esta provincia, a consecuencia de auto de treinta y uno de julio, en que se le mandó dar vista de estas diligencias, para que expusiese sobre ellas cuanto le pareciese conducente a resguardar los derechos de sus clientes, por la cual refuerza las razones y fundamentos que había expuesto por su declaración de fojas seis, para que se procediese a la venta y reducción a censos de las mencionadas estancias, como necesario, útil y conveniente, no sólo al culto y a la perpetuidad de dichos bienes, sino también a los mismos indios, por los motivos que expresa, exponiendo al mismo tiempo diversas reglas y condiciones que cree preciso se observen por este tribunal en las ventas y remates de las estancias, a efecto de que los indios queden con la propiedad y uso de las tierras que les pertenecen por hallarse dentro de la demarcación de sus pueblos, y de que sean demolidas las haciendas situadas junto a ellos, a menos distancia que la que permite la costumbre de la provincia, por los perjuicios que les causan los ganados, y de que hasta ahora han sido molestados, sin reclamarlos por respetos de los santos.

Y finalmente, de la certificación despachada por el notario mayor de esta curia eclesiástica, constante a fojas diez y nueve, que demuestra haberse vendido por el mismo tribunal en tiempo de varios señores ilustrísimos y provisores muchas estancias pertenecientes al culto de los santos, de las que vulgarmente llaman cofradías, dijo su señoría:

Que es visible, pública y notoria la necesidad de reducirlas a censos perpetuos para libertarlas así de los menoscabos y ruinas que han padecido en otros tiempos y se hallan expuestas a sufrir en lo venidero, por causa de las hambres, secas y plagas de que es perseguida esta provincia, como también de los daños y perjuicios que siempre han experimentado por las extracciones, quiebras, descubiertos y mala versación de los mayordomos, priostes o patrones, a pesar de las providencias, instrucciones y reglas con que los ilustrísimos señores antecesores y particularmente el señor D. Juan Gómez de la Parada y el señor D. fray Ignacio de Padilla, de gloriosa memoria, han procurado redimir dichos bienes de todo atraso, quebranto y exterminio, y sin embargo de que con el mismo objeto los han encomendado unas veces a indios, otras a curas y últimamente a españoles, resultando de su mala cuenta y administración que no se cumplen las disposiciones de sus piadosos fundadores, ni se da a los santos el culto que han deseado, que asimismo es visible, pública y notoria la utilidad que resulta a los propios bienes, al culto de los santos, a los mismos indios, y al resto de los habitantes de esta provincia, de que se vendan y reduzcan al censo, aun en el caso de que no fuese necesario hacerlo por las razones antecedentemente expuestas, pues dado, y no concedido, que ni se hallasen amenazadas de casos fortuitos, menos contingentes en el país que en otra parte, ni tampoco sujetos a malos administradores, siempre quedaban pensionados con multitud de gastos inevitables y precisos, cuales son el diezmo, el rediezmo que tiran anualmente los citados administradores, la contribución señalada a los curas por su asistencia a las hierras de ganado y castras de colmenas, los salarios de vaqueros y sirvientes, la toma anual de cuentas y visitas generales de que van a quedar libres para siempre dichas fundaciones, con las ventajas de que todo lo que se ahorra de dichos gastos puede emplearse en el mayor culto de los santos, y agregarse a su fondo; de que trasladadas a otros dueños, en quienes no concurren las circunstancias que tanto respetan los indios, por principios de religión y piedad, no sólo reclamarán los perjuicios que les causen por su inmediación a los pueblos, sino que se libertarán para siempre de que los administradores a título de que trabajan para los santos, los tengan empleados en hacer su propio negocio, sin pagarles el jornal correspondiente, y también que poseídas y administradas las enunciadas haciendas por dueños propietarios y no por manos precarias, que sólo trataban de su interés particular, destrozándolas y arruinándolas a su arbitrio, para emplear en gastos y diversiones profanas los bienes eclesiásticos, es consecuente que se fomenten los ganados, abunde la cera y la tierra se cultive con otro interés, beneficio del común, del rey y de la Iglesia, por razón del aumento que tomarán los diezmos, y que finalmente, además de las causas de necesidad y utilidad que obligan a convertir en censos redimibles los mencionados bienes, muebles, raíces y semovientes, interviene también la de piedad, por estar destinadas las cantidades que procediesen de su venta para que Su Majestad las emplee en sostener la presente guerra, contra los enemigos de la Iglesia y del Estado, recibiéndolas al censo sobre sus rentas reales, conforme a la real cédula de diez y siete de agosto del año inmediato pasado, que según el sentir de los mejores autores es una de las causas más piadosas que pueden mover el ánimo de la Iglesia, no ya a vender sus bienes para reducirlos a censos, sino para enajenarlos, distraerlos y consumirlos, y que en consecuencia de todo lo referido, aprobaba y aprobó la expresada información de necesidad y utilidad, interponiendo en ella para su mayor validación su autoridad y judicial decreto.

Que declaraba y en toda forma declaró ser necesario, útil y piadoso reducir a censos perpetuos redimibles impuestos sobre rentas reales los caudales resultantes de la venta de las mencionadas estancias, bienes muebles, raíces y semovientes, a cuyo efecto mandaba y mandó, que no sólo en esta ciudad, la de Campeche y villa de Valladolid, sino también en todos los pueblos se haga saber, que dentro de cuarenta días contados desde el doce del corriente mes y año, se han de vender en pública subastación y rematar en el mejor postor las estancias, sitios y colmenares que se llaman de cofradías, para reducir su valor a censos perpetuos, impuestos a razón de un cuatro por ciento sobre las rentas reales, y lo que no quisiere Su Majestad, a razón de un cinco por ciento según la costumbre de la provincia, sobre fincas libres, idóneas y bien acondicionadas, a satisfacción del tribunal, con intervención del promotor fiscal de esta curia y demás requisitos que se han establecido en el presente gobierno, conforme a derecho.

Que los vicarios jueces eclesiásticos de Campeche y Valladolid, y demás pueblos, manden dar desde el día señalado treinta pregones a las referidas estancias, sitios y colmenares, fijen cedulones en partes públicas y acostumbradas para que a todos conste, y puestas por diligencias con las posturas, pujas y mejoras, los remitan a este superior tribunal, con citación de los postores, para que por sí o sus poderes ocurran al remate que deberá hacerse de todas ellas en esta ciudad y curia eclesiástica, bajo de las calidades, circunstancias y condiciones siguientes.

Primera: Que desde luego será de cuenta de los rematadores satisfacer las costas que se ocasionen para que en esta inteligencia hagan sus posturas, pujas y mejoras.

Segunda: Que el valor de dichas estancias, sitios y colmenares se ha de entregar de contado en cajas reales, y en moderna corriente, sin recorte, vicio ni defecto, a satisfacción del señor tesorero juez oficial real.

Tercera: Que se corra en el supuesto y concepto de que el tribunal eclesiástico vende las expresadas estancias en que sólo tiene uso y derecho de servidumbre, según y como las han poseído y disfrutado los santos a quienes han estado consagradas, sin más dominio, propiedad y derecho que el que han tenido, vendiendo solamente lo que puede vender, y no lo que no puede ni le pertenece, esto es, la propiedad de aquellas tierras situadas dentro de la demarcación de los pueblos de indios, que comprende sus ejidos y propios, la cual como también el uso de labrar los montes.

Cuarta: Que las haciendas establecidas cerca de los pueblos, a menos distancia que la que permite la costumbre de la provincia, deben ser demolidas por el perjuicio que infieren a los indios los ganados, en cuyo caso sólo éstos se han de entender vendidos, sueltos y por sí solos, sin tierras, ni otro derecho alguno.

Que se haga saber este auto al licenciado D. Estanislao José del Puerto, regidor perpetuo de esta ciudad, abogado de los reales consejos y de los naturales de esta provincia, como también a su protector D. Antonio de Roo y Fonte, para que en su inteligencia promuevan en favor de sus partes lo que les parezca propio de su instituto y obligación, en la seguridad de que el ilustrísimo señor diocesano no desea otra cosa que el bien, alivio y fomento de los indios.

Que no se proceda a pregonar postura de ninguna hacienda en particular sin dar antes traslado a dicho caballero abogado para que represente por sus clientes lo que tuviere por conveniente, en vista de las circunstancias de dicha hacienda, que se le harán saber insertándose en cada cuaderno de remates la respectiva relación de la estancia testimoniada fielmente de las originales que han remitido los curas dela diócesis.

Que se cite al mismo caballero abogado y al protector D. Antonio Roo y Fonte, siempre que haya de verificarse algún remate, para que lo asistan, presencien y autoricen y firmen, como partes interesadas, se evite todo perjuicio a los indios y todo se practique sin vicio ni defecto que pueda inducir nulidad de los actos.

Que desde luego se pasen estas diligencias al ilustrísimo señor diocesano mi señor, para que sobre la ejecución de esta providencia, su suspensión, modificaciones o ampliaciones sobre las instrucciones que indispensablemente deben darse a los curas, administradores o ecónomos de los futuros censos, acerca del cumplimiento de sus piadosas obligaciones, tasa de gastos y demás circunstancias y puntos relativos, y sobre proponer a Su Majestad lo que le pareciere en orden a la administración de dichos censos, aplicación de los sobrantes de sus réditos anuales, disponga lo que juzgare más conveniente al servicio de Dios y bien común de los indios.

Que nombrando como nombraba por tasadores de los mencionados bienes a D. Alexandro Solís y D. José Antonio Esturla, para que previa la superior aprobación de su señoría ilustrísima, procedan asociados con el tasador público a hacer su justiprecio, con la mayor pureza y legalidad, se les dé noticia de este encargo, lo acepten y juren en toda forma, por ante mi el presente notario mayor.

Y finalmente, que pare instruir de todo a los vicarios foráneos de la provincia, y que tenga su debido cumplimiento, se les libren despachos con inserción de este auto, a los de Campeche y Valladolid, y a los demás cartas cordilleras, sustancialmente relativas de sus particulares, por el cual su señoría proveyó, así lo mandó y firmó, de que doy fe.

Doctor Rafael del Castillo y Sucre.

Ante mí, Antonio de Solís, notario mayor.