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El currutaco por alambique

En estos días he tenido el gusto de presentar en Lagos y en León conferencias a propósito de un tema, que si bien no forma parte precisamente de mis intereses fundamentales de investigación, no es ajeno tampoco. He hablado sobre el currutaco, es decir, el estereotipo de género masculino que el clero (aunque no sólo) de principios del siglo XIX utilizaba para ridiculizar a los hombres que empezaron a aficionarse por la moda y las nacientes prácticas culturales modernas (el café, el teatro, el baile). Ridiculización que pasaba por su feminización, como cabía esperar. Aunque es un estereotipo surgido en los periódicos españoles, en el Diario de Madrid, en 1795 para ser preciso, no dejó de tener difusión en Nueva España. En este mismo espacio me he referido al currutaco que salía en una procesión, la del 5 de febrero, ni más ni menos que un diablo en un pasaje de la vida de San Felipe de Jesús, tentando al protomártir mexicano, mas estuvo de lejos de ser el único caso.

Ahora más bien me limitaré a presentar unos versos impresos en México en 1799, titulados El currutaco por alambique, obra de Manuel Gómez, doctor en teología y profesor del Seminario Conciliar y de la Real y Pontificia Universidad. Su tono jocoso puede hacernos pensar que se trata de versos irreverentes. Por el contrario, fue un texto que contó con las aprobaciones oficiales, del gobierno virreintal y del gobierno arzobispal, así como las censuras eclesiásticas que correspondían en la época. Esto es, fue parte de la lucha del clero contra la modernidad que comenzaba a difundirse en el reino de Nueva España. Por ello pudo contar con la aprobación del padre felipense Ramón Fernándezl del Rincón, que vemos a la derecha, y la del padre dominico fray Ramón Casáus, futuro arzobispo de Guatemala. Este último no dejó de reprobar en esas modas modernas un “exceso indecente, que afemina a los hombres”.

No nos detengamos más, pasemos directamente a los versos de Gómez, recordando siempre que a veces cosas de apariencia profana, podían servir a fines eminentemente sagrados, como mantener a los hombres en el camino de la devoción, y evitarles el de la diversión.

 

Domingos, obispo y ratones

La historiografía mexicanista peca a veces de fundamentalmente política. Incluso cuando se trata de temas como el catolicismo, tiende a considerar como su objeto de estudio a una institución, es decir, se hace Historia de la Iglesia, pero no siempre historia religiosa. Sin embargo, no es que falten fuentes. Un buen ejemplo es la obra de Agustín Rivera, que contiene notas interesantes, cierto que dispersas, sobre la problemática de la “civilización de las costumbres”.

Así es, Rivera fue un observador relativamente constante de la vida cotidiana de las élites letradas del siglo XIX, además muy consciente de que esas costumbres tenían implicaciones más allá de lo anecdótico. Lo percibió incluso respecto de sí mismo, según consagraba su biógrafo Rafael Muñoz, pues desde su viaje a la Ciudad de México en 1853 advirtió que el “progreso”, el “liberalismo”, no eran sólo ideologías sino también implicaban maneras de comportarse. Por ello no es de extrañar que retrate de manera “civilizada” el comportamiento de los personajes cuya memoria respetaba, o cuyo trabajo quería vincular con el suyo. La frugalidad, la limpieza, la sobriedad, eran algunos de esos elementos, aunque tampoco dejaban de estar ausentes en sus observaciones la ternura y candidez casi propias de algún santo. Aquí recuperamos un ejemplo breve pero significativo: la vida cotidiana de Juan Cayetano Gómez de Portugal y Solís, obispo de Michoacán.

Portugal, “el grande Portugal” como diría la Dra. Marta Eugenia García Ugarte, fue sin duda uno de los obispos más importantes de la vida política de la primera mitad del siglo XIX mexicano. Hombre de Estado, fue varias veces diputado. Reformador eclesiástico, lo mismo de la renta decimal que de la educación clerical. Sus méritos hicieron de él el primer cardenal mexicano, aunque no llegó a recibir la noticia por su fallecimiento en 1850. Rivera había sido tutorado del hermano del obispo, Eusebio Gómez Portugal, quien impulsó sus primeros estudios en el Seminario de Morelia entre 1834 y 1836. Evocó con particular cariño esa etapa de su vida en su opúsculo La vocación de Simón Bar Jona de 1892, con una estima y delicadeza que contrastan con la imagen que dejó del Seminario de Guadalajara, pero eso es tema de otro artículo. Por ahora veamos como pintaba este clérigo y escritor público particularmente activo en tiempos de la República restaurada y del Porfiriato, esa cotidianidad en el palacio episcopal de un gran prelado de la primera mitad de esa centuria.

 

Agustín Rivera, La vocación de Simón Bar Jona, Lagos, Ausencio López Arce impresor, 1892, pp. 47-48.

En los, dos años que fui colegial moreliano, los más domingos pasaba el día en el palacio  episcopal, porque era la casa de mi tutor , Dicho palacio se componía de dos viviendas, que  aunque tenían un zaguán común, tenían diferentes escaleras y eran independientes. La primera era la del señor Obispo, quien no arrojaba sus miradas a la calle y vivía retirado del bullicio del mundo, pues aunque la capilla tenía balcones (o ventanas) para la plazuela del Carmen, las demás piezas teían balconcillos y ventanas para el interior, inclusive la sala de recibir, que tenía unos balconcillos para la huerta, la cual una tapia baja de adobes dividía de la huerta del convento del Carmen, por lo cual desde dichos balconcillos ví algunas veces a algunos padres carmelitas en su huerta. El señor Obispo tenía cocinero, comía solo, su mesa era frugal y humilde en las piezas del servicio, las sillas del comedor tenían asiento de tule. Un rasgo pintará el corazón de aquel hombre. Habia en el comedor unos ratoncillos blancos (que andarían por toda la casa), que el señor Portugal no quería se matasen, que estaban acostumbrados a que luego que Su Ilustrísima se sentaba a la mesa, salían de sus agujeros y comian en su derredor las migajas que el Prelado con su propia mano les esparcía. Una vez Da. Guadalupe Portugal, hija del Dr. D. Luis Portugal, hermano del señor obispo, Señorita que fue muy conocida en Morelia y en Guadalajara por sus virtudes, talento e instrucción, le dijo con cierto enfado al señor obispo: “¡Por Dios, tío, para qué les da de comer a esos ratones del comedor, ellos acabarán con sus libros y hasta con los papeles del archivo!” a lo qué contestó el señor Portugal con dulzura: “¡Eh, hija, esos animalitos ocuparon la mente divina!” Otra vez, que el señor Portugal se quitó de la mano una pulga, la restregó con los dedos y la arrojó al suelo, le dijo Da. Guadalupe: “¡Tio, ¿y las pulgas no ocuparon la mente divina?” Terrible argumento con el qué concluyó al sabio, quien contestó: “Sí, hija, pero dan mucha guerra.” El actual señor obispo de Sinaloa, hermano de Da. Guadalupe, debe de recordar estos hechos.

Las mas tardes el señor obispo en el patio principal montaba en su caballo rucio, con sotana y mantelete morados y sombrero acanalado con borlas verdes, y se iba a hacer ejercicio en las orillas de la ciudad, sin mas compañia que un criado que iba detrás. No llevaba turca ni sumbrero redondo con borlas verdes, como algunos pensarán, sino como he dicho. El señor obispo nunca tuvo coche propio, y cuando salia a visitar la diócesis o tenía necesidad de coche para otro negocio, usaba el que le prestaba su compadre e íntimo amigo D. Cayetano Gómez, uno de los ricos de Morelia, después suegro del mencionado Dr. Iturbide. Yo jugaba con otros niños de mi edad en los patios y en la huerta, y ¡cuántas veces tuve la dicha de besar la mano a aquel cariñoso Prelado cuando iba a montar a caballo!

Religión o muerte: Un discurso nacionalista orizabeño de 1836

Catedral y el padre Llano 2

En abril de 1836, la ciudad de Orizaba conmemoró por todo lo alto un motín que, dos años atrás, había contribuido a la caída de los liberales “radicales”, digamos a falta de otras categorías, que habían promovido una serie de medidas secularizadoras, y cuyo representante más conocido a nivel nacional era el vicepresidente Valentín Gómez Farías. Al mismo tiempo que la ciudad se engalanaba con la que había sido una de sus más grandes participaciones hasta entonces en la naciente vida política mexicana independiente, se libraba la guerra de Texas. De hecho, la conmemoración tuvo lugar en vísperas de la batalla de San Jacinto, por lo que entonces se estimaba que el ejército mexicano, con el general Antonio López de Santa-Anna al frente, iba ganando un combate tras otro. El orador principal, José Gutiérrez Villanueva, uno de los notables locales, profesor del liceo local, dirigió un discurso más marcado por esa actualidad de la guerra que por una memoria del propio conflicto conmemorado, hasta el punto de dejar en el anónimato a víctimas y verdugos de su relato. En cambio, el motín orizabeño se inscribía en una lógica de más largo alcance, internacional incluso. Era la batalla de una nación católica mexicana, construida en buena medida gracias al clero, contra las intrigas de un enemigo impío, los Estados Unidos, en particular a través de su primer representante diplomático, Joel R. Poinsett.  La arenga de Gutiérrez Villanueva era así, podríamos decir, más un llamado a la unión nacional, religiosa obviamente, ante el enemigo fundamental que estaba detrás de los caudillos de la rebelde Texas.

Sobra casi decirlo, el discurso debe leerse, por tanto, como testimonio de esos intentos de cohesionar a la nación para la guerra, no como testimonio objetivo de las relaciones de México y Estados Unidos desde la independencia. La investigación al respecto ha tenido otros avatares, pero no es lugar aquí para contarlos. Lo que nos interesa es, desde luego, el recurso al catolicismo como vínculo fundamental para afrontar esos peligros externos. Uno hubiera podido esperar “Patria o muerte” como lema en una oración cívica tan nacionalista, y sin embargo es “Religión o muerte” lo que encontramos. Esto, independientemente de la religión practicada como tal en Estados Unidos, que ni siquiera es un asunto de interés verdadero en el discurso, pues en realidad, más que contra el protestantismo y sus variantes, se diría que el enemigo es el naciente capitalismo. Confieso mi desconocimiento, pero recuerdo al menos algún otro testimonio que expresaba una idea semejante — el rechazo a una organización económica naciente en que predominaba el interés por la ganancia — en la prensa cercana a facciones políticas del liberalismo moderado de principios de la década de 1830: el periódico El mono. Sin mayor adelanto, dejo pues al amable lector con esas palabras que la Junta patriótica local mandó imprimir unos pocos días después de pronunciadas. En la transcripción he preferido respetar el uso de “Méjico” con j, pero he actualizado el resto de la ortografía. El folleto lo consulté en la Biblioteca Nacional de Antropología e Historia “Eusebio Dávalos” (con sede en el Museo Nacional de Antropología e Historia), Fondo Reservado, 4ª. serie de papeles sueltos, legajo 196, documento 3, caja 70.

Discurso que en el aniversario del dia 20 de abril de 1834 dijo en la ciudad de Orizaba D. José Gutiérrez de Villanueva. México, Impreso por Juan Ojeda, calle de las Escalerillas núm. 2, 1836, 16 págs.

¡Vírgenes de Anáhuac! Aprestad en este dia de venturosos recuerdos vuestras arpas celestiales: que el armonioso eco de los sagrados himnos, resuene en la espesura de las selvas patrias; cantad al Dios fuerte de las batallas, desvaneciendo con el poder de su sola voluntad las oscuras maquinaciones de los enemigos de su culto y de su gloria; mezclad también, entre la melodía de vuestros acentos, la memoria dolorosa de la antigua cautividad. Sí, la idea de pasados infortunios tiene algunos encantos, cuando se les conmemora en presencia del Ser augusto que adoramos.

¡Numen de los cielos! Tú que desde la solitaria cima del Horeb, inspiraste a aquel felice pastor como en el principio de los tiempos el universo se levantó del caos a la voz de la divinidad; el fuego de tus graciosas imágenes, el colorido enajenante de tu descripcion imploro. Pero si tú, ¡oh genio de las sublimes bellezas! te complacieses más en habitar las colinas de Sión, o a las verdosas márgenes de Siloé, de allí para mi noble empresa tu socorro invoco. Revélame cómo la hidra de la impiedad, seduciendo al incauto mejicano, cubrió de luto y sangre la doliente patria; dime tambien cómo este pueblo de héroes, entre el silencioso universal oprobio alzó su audace voz, y pulverizando cual vaso de arcilla sus infernales designios, restableció los altares del santo de Israel.

La nacion mejicana, reducida por sesenta lustros al estado humilde de colonia, había en su adolescencia descubierto el secreto de su inestimable valor, y la naturaleza imprescriptible de sus derechos. Elevarse al alto rango a que la llamaban la grandeza de su extension, la benignidad de su clima y los preciosos tesoros que encerraba en su seno, se había convertido en una necesidad política, era el ardiente deseo de los mejicanos, era, sí, como el pervigilio seductor de una abrasada imaginacion. Empero un Gobierno omnipotente, las raices adquiridas por espacio de tres siglos, la magnitud de sus recursos, el número y carácter de sus partidarios, son obstáculos ante los que se anonadan los proyectos mejor concebidos, y disipan como el humo las mas lisonjeras esperanzas.

El destino habia reservado la gloria de colocar la piedra angular del edificio de la Independencia al Clero Mejicano, y cuando no existían probabilidades más halagüeñas que la de una muerte gloriosa, Hidalgo tremola en 810 el lábaro sagrado de la patria. A su ejemplo, pero no, por la identidad de sentimientos, por la comunión de principios, aquella clase veneranda y generosa, difunde por todo el ámbito de la república el amor de la grandiosa empresa, el desprecio de los peligros; y en el campo del honor, en la oscuridad de las prisiones, y sobre los cadalsos mismos, sella con su sangre el pacto de unión eterna con el pueblo mejicano. Yo evoco vuestro irrefragable testimonio. ¡Sombras queridas de Matamoros y Morelos! El Dios que no concede la victoria según el número de las legiones, ni la pericia de los generales, sino conforme á sus inescrutables y sacrosantos designios, no se digna bendecir por entonces la causa Anahuacense; reserva para sienes más afortunadas la corona triunfal, y el heroe a quien las facciones bajaron inmaturo a la tumba en Padilla, recoge los frutos del árbol que en Dolores Hidalgo plantara.

Mas el clero en ambas épocas habia adquirido brillantes y gloriosos títulos al reconocimiento nacional. El primero en proclamar el ser político de la patria, el primero en arrostrar la muerte en los combates siempre al frente de las mejoras sociales, unido al pueblo en afecciones y principios, su amigo y aliado, parecía que su existencia material estaba íntimamente entrelazada con la independencia mejicana. Si las manos de los que en las Cruces, Aculco y Calderón exhalaron su postrer aliento, hubieran escuchado la sucinta reseña que acabo de haceros, de los distinguidos servicios de nuestro clero, esperarían sin duda oírme terminar por la enumeración de las consideraciones políticas, de los altos respetos que además de los que de justicia se le deben por su sagrado carácter, le habría otorgado la gratitud. Mas al contemplar que se le detractaba como enemigo de la causa pública, se le perseguía encarnizadamente como desafecto a la dignidad de la nación, poseídos de un profundo dolor volarían de nuevo a ocultar entre el polvo de la huesa su asombro y confusión.

Consideremos ya el antiguo Imperio de los Aztecas ocupando un lugar distinguido en el catálogo de las naciones; el mundo culto fija en él su vista con complacencia cual sobre una inocente beldad; los amigos del género humano enderezan al cielo plegarias por su felicidad, y por su gloria; los ricos dones con que le distinguiera la mano liberal de la Providencia, el candor de sus hijos, su dócil piedad parecen augurarlo.

Empero, hay una region trabajada por los hielos de un invierno eternal, cuyos moradores divirgiendo en hábitos, sentimientos y costumbres, ofrecen en su asociacion la estructura del idioma de Babel; mas convienen unanimemente en el culto de una deidad, que bajo los nombres de Oro y acres de tierra designan. A este ídolo pues, más execrable que nuestro antiguo Huizilopoztli sacrifican sin piedad la paz de los circunvecinos pueblos, el honor y las más dulces inspiraciones de la naturaleza. Desde sus antros coronados por las tinieblas boreales observan con celos la creciente ventura de las repúblicas del mediodía; calculan con flema mercantil el progreso de sus adelantos, y cuando estos les dicen que su importancia comercial y fabril peligran, no hay escrúpulos en la elección de los medios que sostengan su preponderancia.

Méjico en 823 es ya una temible competidora: permitirla gozar en plácida concordia los frutos de la paz y de su suelo; tolerarla adoptar instituciones análogas a sus necesidades positivas; consentir el que las examine en el silencio de las pasiones, las rectifique y consolide, es según su tenebrosa diplomacia, conspirar contra el septentrión. Resuelven por la ruina de la gran Tenoxtitlan, réstales sólo determinar con acierto los medios de consumar tan infernal designio.

No espereis ciudadanos, [que] yo os indique entre los proyectos que se cruzaron para llevarle a su cabo, una guerra franca, aunque suscitada por medio de aquellos pretextos frívolos de que se sirven los tiranos. ¡Pérfidos! No ignoraban que la nación mejicana, intrépida y marcial, habria aceptado con placer la ocasión de poner en ejercicio las virtudes militares de sus hijos, y que provocada a la lid, no habría escuchado proposiciones de reconciliación hasta fijar el estandarte de las Águilas… ¿lo diré ciudadanos? Sí, sobre el capitolio de Washington.

Mas los bárbaros poseían el secreto fatal de introducir en las naciones el germen de la muerte, sin comprometer la impía mano que le hiciera fructificar; conocían las terribles causas por las que Roma, después de haber sometido el universo a sus leyes, sucumbió oprimida bajo el peso de su gloria, y la hermosa Bizancio, primera entre las ciudades del Oriente, abrió con ignominia sus puertas a los hijos de Otman; sabían, en suma, el poder asolador de la desmoralización y las facciones.

Faltaba sólo un genio avezado en este género de crímenes que reuniera a la astucia de la zorra el veneno delectéreo de la serpiente, y jamás el averno en sus furores abortó un monstruo más digno de esta mision que el execrado Poinsett. ¡Malhadadas repúblicas del Ecuador! Delatad ante el tribunal del universo al factor de vuestra ruina. Reveladle quién convirtió en teatro de combates fratricidas vuestras fértiles campiñas, quien cubrió de ruinas y de sangre la patria de Bolívar. Alzad, hermanas deplorables, vuestra desfalleciente voz contra ese ministro inicuo, entregadle a las eternas maldiciones de los futuros siglos.

Méjico, con infantil candor, recibe en sus brazos como aliado a la fiera escogida para devorarle; y que en breve debía ahogar en lágrimas la paz y concordia social. Su letal influjo pronto se insinúa en el ánimo de los grandes funcionarios, él inspira toda suerte de medidas que llevando la máscara de conveniencia pública, y el barniz seductor de la novedad sacaran la nación de su centro, entorpecieran su marcha, la sumieran en el abismo de las pruebas políticas, y formaran un caos de su legislación. El santuario de las leyes entonces se afecta de sus maquinaciones, y como Minerva nace del cerebro de Júpiter, así del de aquel hombre sin piedad parte esa nube de decretos inhumanos, que cubre de luto la república, que siembra por doquier el quebranto y la horfandad, que prescribe perecer en paises inhospitalarios y remotos, entre los horrores de la desnudez y del hambre muchedumbre de familias desgraciadas; decretos, en fin, que la historia transmitirá como un monumento de sempiterna ignominia para sus autores.

La existencia de una religión que santifica el pacto social, que coloca y asegura la moral sobre bases firmes e indestructibles, que proscribe el vicio sea cual fuere su objeto y su denominación, y sofoca las pasiones desde el instante primero de su ser, debía necesariamente convertirse en blanco donde se asestaran los tiros del creado partido para dar la última mano a la obra de la desorganizacion.

Instálanse por todas partes y como a porfia esos talleres de prostitución, esas orgías donde bajo el velo de las tinieblas, se celebran los misterios de la iniquidad. En ellas se escarnecen las sagradas instituciones, que al través de las vicisitudes de los siglos legara la paterna piedad a nuestra veneración y acatamiento; en ellos se condena al ostracismo, al deshonor y a la muerte, al hombre esforzado que resiste ofrecer inciensos y doblar la rodilla ante la abominable estatua de Moloc; en ellos se retrata al clero con los colores más negros e infamantes, como el intransigible adversario de los derechos patrios, el impostor de los pueblos, el devorador de su substancia, como el peligroso enemigo, por último, de la independencia nacional.

¡Qué extrañais ciudadanos si en tan diabólica escuela se mezclaron estas doctrinas, recogiésemos sus vergonzosos frutos en 834!

Mas yo me encuentro con placer trasladado impensadamente a una época cercana al gran dí cuya memoria celebramos hoy; permitidme, señores, no retroceder para traer a la vuestra sucesos que llenan el alma de dolor.

Ya la impiedad mora entronizada sobre el solio de las leyes, rodeada de sus aúlicos infandos, el despotismo, la intolerancia y el fanatismo feroz; encendida en ira, y despechada por el tiempo que un gobierno enérgico, con mano poderosa, encadenara sus furores, levanta con arrogancia su frente de Medusa; ensangrentados sus ojos, vagan sobre el imperio que la cólera celestial ha entregado a su saña, para determinar las víctimas destinadas a cebar su encono; su espumante boca se dilata para marcar una sonrisa feroz, y con la diestra agita la tea del exterminio. Lejos de ella yace despedazada la hipócrita máscara con que un tiempo disfrazara sus intentos; Humanidad, Filosofía, Libertad, fueron sus nombres: hoy les substituye por otro de mas lato sentido, y blasfemando contra la cualidad que más ennoblece al hombre, se condecora con el título de Humana razón. Guerra sin tregua, grita, al clero mejicano, su más odioso enemigo, cuya noble firmeza turba sus designios; protestado ha aniquilarlo con mancilla, y el genio de los abismos la sugiere entonces un juramento impío en diametral oposición con las obligaciones y votos de aquél, para que resistiéndole su conciencia, pueda acusarlo de prodición a la independencia nacional y llamar sobre su cabeza el odio del amante sincero pero irreflexivo de los derechos del pueblo. El irreligioso decreto que lo ordena se forja y promulga con celeridad; la nación sale por un instante del profundo abatimiento que la postra para lanzar un gemido de dolor; millares de sollozos volaron hasta el trono de las misericordias.

¡Préstame tus tétricos y funerales acentos, hijo de Helcias! La tristura y consternacion de mi patria, no pueden describirse con rasgos menos fuertes que los que tú empleas en tus sublimes lamentaciones.

Ya los pastores por la ordenacion de Jesucristo, abandonan la querida grey para marchar a países lejanos a terminar en la oscuridad y en la miseria un resto de existencia consumida en el ministerio de santificación; ya abrumados por los dicterios y roncos gritos de una soldadesca atroz, se ocultan en las tinieblas para poner en salvamento algunas gotas de sangre heladas por los años, y cuya efusión se pide con espantosos alaridos.

El religioso ve alterada la piadosa quietud de su retiro, y arrojado cual bestia montaraz de su caverna, se intenta trasladarle con violencia… ¿a donde? ¡Dios de nuestros padres! Vos solo lo sabíais.

La inocente paloma de los claustros, que en tanto el resto de las criaturas reposa en plácido sueño, despertada por su ardiente caridad, levanta sus impolutas manos a los cielos como para substraer dulcemente de los tesoros del Eterno el perdón y las gracias de sus hermanos, es brindada con impudencia a participar de los impuros goces de una tierra de desolación.

¡Ay del que osa elevar su voz contra los sacrílegos planes, o denotar en su semblante la pena que lo devora! Horrendas prisiones, el destierro o la muerte, imponen silencio a su dolor.

Virtuosos ciudadanos que en las aflicciones de la patria, sacrificaran en sus aras lo mejor de sus fortunas; ilustres guerreros señalados de honorosas heridas, que en cien lides y otras ciento recibieron combatiendo por la Independencia nacional, son proscritos cual infames traidores.

Todo cede ante el fiero vandalismo que ocupa el asiento del poder; la quietud sepulcral en que yace sumergida la república, es para sus miserables adeptos el signo infalible de la victoria. Embriagados de su vertiginoso orgullo, meditan como otros Titanes, asaltar los cielos, y conmover el tabernáculo del Señor; mas miróles el Eterno en su ira: que los que manchan la tierra con sus crímenes se disipen, dijo, y el Jacobinismo cayó cual roca precipitada desde la cima de los Andes por el bramido de la tempestad.

Orizaba no habia sido la menos favorecida con duras pruebas en los días de la tribulación. En tanto que sus derechos solo fueron hollados, ofreció en los altares de la paz su resentimiento y su penar, conservando una actitud tranquila y silenciosa; mas cuando observa las asechanzas que se tienen a los ministros del santuario, cuando les ve errantes implorando un recóndito asilo, cual pudiera un hombre agobiado de crímenes; cuando descubre las bandas revolucionarias que se dirigen sobre la morada de su párroco querido, para perpetrar en él los aleves intentos que encubren bajo las sombras de la noche, nada es ya capaz de reprimir su indignacion; jura perecer mil veces antes que tolerar el horrendo atentado que aquellos se proponen, llama al cielo por testigo de la santidad y justicia de su causa y puesta su confianza en el Dios que no salva a los reyes según el número de sus fuerzas, ni al jinete por la velocidad de su caballo, exclama con una voz que aterró a los tiranos de la patria, RELIGIÓN O MUERTE. A este tremendo grito, de los asesinos responden con la punta de las bayonetas, trábase una lid desigual, masas inermes oponen con impavidez sus pechos a un fuego sostenido: el jóven en medio de su lozanía, el tierno infante en la aurora de la vida… expiran al estallido de la descarga.

¡Inaudita cobardía! Jamás traeremos a la memoria sin emoción semejantes escándalos. Los bárbaros se difunden por las calles y los atrios de los sagrados templos, y doquier fijan su inicua planta fueron seguidos del crimen y del horror. Entonces, bajo la espada de un cobarde rendiste tu magnánimo espíritu ¡generoso caballero! ¡salud a tus manes! Desde la celeste mansión do nuestra piedad te considera, dirige tu radiosa vista sobre los muros del Álamo, sobre los campos de Goliat, mira como el resto de tus asesinos purga sus execrandos delitos. Empero. los clamores de los justos habían desarmado el brazo de la Providencia, el consistorio divino se dignó escoger, como instrumento de sus maravillas, al piadoso pueblo Orizabeño. Los legionarios de la inmoralidad, devorados por los remordimientos de una conciencia ennegrecida pierden terreno por todas partes; un solo edificio les sirve de refugio y de defensa: sobre el pavimento santo que profanan, habrían expiado sus nefarios crímenes, si tú, ¡clero sin rival! no hubieses hecho oír entre el tumulto de los combates la voz del Dios que ordena el perdón de los enemigos.

El noble ejemplo de Orizaba es imitado y seguido por todas partes: Cuernavaca, Lagos, Toluca, proclaman sus principios: la tranquilidad renace, el culto de Jesús vuelve a su primitivo esplendor: Orizaba en suma ha salvado la patria.

¡Sacerdotes del Altísimo! Entre las emociones del júbilo más puro, recibid en este dia los testimonios de nuestro ferviente afecto, y la solemne expresión de nuestros votos. Sin fruto, un bando refractario os deturpa con sus calumnias, e intenta condenaros con asquerosos escarnios al desprecio y al odio popular.

La inmensa mayoría de la nacion, fiel a la religión de sus abuelos, verá siempre en vosotros, los intérpretes y ministros del Dios de justificación; los mediadores entre el pecador y su Padre celestial; el dulce retiro donde el alma ávida de consuelos se acoge en el pesar de las humanas fragilidades, y en los momentos de la tribulación; los amigos, en fin, que cuando el mundo aparta con horror su vista de las convulsiones de nuestra última agonía, recogen nuestro postrer aliento, y nos abren las puertas de una bienaventurada eternidad. Seguid, pues, como hasta aquí, orando por la paz de esta Jerusalén, y por la ventura y gloria de los que la aman. ¡Que la concordia reine en su recinto, y la prosperidad en sus palacios! Sí, por el amor de vuestros hermanos, y de vuestros amigos, rogad por la tranquilidad de la República; llenos de celo por la casa del Señor nuestro Dios, haced votos por la dicha de aquella.

Y tú, pueblo ilustre de la raza de los héroes: tú, a quien la patria es deudora de su paz y su contento; tú, por cuyos denodados esfuerzos el himno de los holocaustos se dirige desde la tierra hasta los cielos, recibe tambien el homenaje cívico de perdurable alabanza, y las bendiciones del Eterno. Por ti, restablecido el honor nacional, ondea triunfante el hermoso pabellón de los tres colores sobre los muros del Álamo, sobre las torres de Béjar y Goliad; por ti, nuestras cohortes victoriosas ornan sus nobles sienes de lauro inmarcesible… pero escucha: Si el Jacobino un día osare levantar de nuevo su abatida frente del cieno de maldición que la cubre, haz resonar de nuevo la tremebunda campana de abril, y puesta como entonces la confianza en el señor Sabaoth grita impávido: RELIGION Ó LA MUERTE.

Cofradías de haciendas yucatecas

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Catedral de Mérida, siglo XIX. Imagen tomada del CD “Nación de imágenes, litografía mexicana del siglo XIX . colección de Ricardo Pérez Escamilla”, 1995.

Uno de los puntos que me pareció más interesante de estudiar la reforma de cofradías es que, paradójicamente, era el episcopado, y no tanto los reformadores civiles, quien estaba más interesado en ellas por su lado económico, hasta el punto de definirlas como unos bienes eclesiásticos, que no debían seguir bajo el control de los fieles, sino del propio clero. Uno de los más radicales esfuerzos al respecto fue sin duda, la reforma emprendida en la diócesis de Yucatán en tiempo del obispo fray Luis de Piña y Mazo. Los bienes “vulgarmente llamados de cofradías”, básicamente estancias ganaderas, fueron rematados para reducirlos a capitales que habrían de ser impuestos sobre las rentas reales. Remito al lector al libro en cuestión para conocer más de esa reforma y las reacciones que ocasionó, por ahora dejo aquí simplemente uno de sus documentos principales: el auto del juez episcopal, el provisor, ordenando la venta de esos bienes.

Archivo General de Indias, leg. 3096A.
Auto de venta de haciendas de cofradías del provisor de Yucatán, 1781.

En la ciudad de Mérida, a cinco de septiembre de mil setecientos ochenta y un años. El señor doctor D. Rafael del Castillo y Sucre, chantre dignidad de esta Santa Iglesia Catedral, juez hacedor de rentas diezmales, examinador sinodal del obispado, provisor y vicario general, y especialmente comisionado por el ilustrísimo señor obispo diocesano, mi señor, para entender en la venta y remates, y reducción a censos redimibles de las estancias y demás bienes pertenecientes al culto de los santos, vulgarmente llamados de cofradías.

Habiendo visto estos autos, obrados de acuerdo con su señoría ilustrísima, que constan en primer lugar de una información recibida por mí el infrascripto notario mayor, a quien se cometió, sobre la necesidad y utilidad de vender para convertir en censos las referidas estancias y bienes, por la cual aparece que el señor canónigo mercedario de dicha santa iglesia, Dr. D. Pedro Faustino Brunet; D. José Nicolás de Lara, cura de su sagrario y rector de su seminario conciliar; el señor coronel de milicias D. Alonso Manuel de Peón, caballero del orden de Calatrava; el señor tesorero oficial real D. Clemente Rodríguez Truxillo; el señor coronel de los reales ejércitos D. Francisco Pineiro, sargento mayor de milicias; los caballeros regidores D. José Cano, alguacil mayor, D. Estanislao José del Puerto, abogado de los reales consejos y de los naturales de esta provincia, D. Juan José Domínguez, D. Antonio Roo y Fonte, protector de los naturales y su procurador D. Antonio Brunet, testigos todos de la referida información, declarando los unos bajo la religión del juramento, y certificando los otros según su carácter, deponen unánimemente acerca de la necesidad y utilidad de convertirse en censos perpetuos los mencionados bienes, porque de otra suerte se hallan inevitablemente expuestos a menoscabos y ruinas, procedidas de muchas y diversas causas, así naturales como políticas.

En segundo lugar, de la representación fiscal, constante de fojas diez a trece, reducida a demostrar y apoyar la propiedad, necesidad y utilidad de proceder a la conversión de dichos caudales en censos perpetuos redimibles, como también a exponer el grande e importantísimo servicio que se logra hacer a la Corona, franqueando a Su Majestad todas las cantidades que resultaren de la venta de los referidos bienes, para que sirva de ellas y las emplee en sostener los muchos y frecuentes desembolsos que ocasiona a su real erario la presente guerra, imponiéndolas al censo redimible sobre sus rentas reales, según sus soberanas intenciones, declaradas por su real cédula de diez y siete de agosto del año próximo pasado.

En tercer lugar, de las certificaciones del notario mayor y los receptores de esta curia, colocadas a fojas catorce y quince, relativas de las antiguas y continuas quejas y recursos de los indios contra los mayordomos, administradores o ecónomos, tanto eclesiásticos como seculares, encomendados de dichas estancias, con motivo de las extracciones clandestinas que de ellas se ejecutan, de la poca o ninguna eficacia de las providencias que para su remedio se han expedido por este tribunal eclesiástico, de la indiferencia con que se mira el culto de los santos, y finalmente de la firme resolución que a vista de todo han tomado los señores jueces antecesores de vender las mencionadas estancias siempre que se les presentase comprador.

En cuarto lugar, de la representación de treinta y uno de agosto presentada por el abogado de los naturales de esta provincia, a consecuencia de auto de treinta y uno de julio, en que se le mandó dar vista de estas diligencias, para que expusiese sobre ellas cuanto le pareciese conducente a resguardar los derechos de sus clientes, por la cual refuerza las razones y fundamentos que había expuesto por su declaración de fojas seis, para que se procediese a la venta y reducción a censos de las mencionadas estancias, como necesario, útil y conveniente, no sólo al culto y a la perpetuidad de dichos bienes, sino también a los mismos indios, por los motivos que expresa, exponiendo al mismo tiempo diversas reglas y condiciones que cree preciso se observen por este tribunal en las ventas y remates de las estancias, a efecto de que los indios queden con la propiedad y uso de las tierras que les pertenecen por hallarse dentro de la demarcación de sus pueblos, y de que sean demolidas las haciendas situadas junto a ellos, a menos distancia que la que permite la costumbre de la provincia, por los perjuicios que les causan los ganados, y de que hasta ahora han sido molestados, sin reclamarlos por respetos de los santos.

Y finalmente, de la certificación despachada por el notario mayor de esta curia eclesiástica, constante a fojas diez y nueve, que demuestra haberse vendido por el mismo tribunal en tiempo de varios señores ilustrísimos y provisores muchas estancias pertenecientes al culto de los santos, de las que vulgarmente llaman cofradías, dijo su señoría:

Que es visible, pública y notoria la necesidad de reducirlas a censos perpetuos para libertarlas así de los menoscabos y ruinas que han padecido en otros tiempos y se hallan expuestas a sufrir en lo venidero, por causa de las hambres, secas y plagas de que es perseguida esta provincia, como también de los daños y perjuicios que siempre han experimentado por las extracciones, quiebras, descubiertos y mala versación de los mayordomos, priostes o patrones, a pesar de las providencias, instrucciones y reglas con que los ilustrísimos señores antecesores y particularmente el señor D. Juan Gómez de la Parada y el señor D. fray Ignacio de Padilla, de gloriosa memoria, han procurado redimir dichos bienes de todo atraso, quebranto y exterminio, y sin embargo de que con el mismo objeto los han encomendado unas veces a indios, otras a curas y últimamente a españoles, resultando de su mala cuenta y administración que no se cumplen las disposiciones de sus piadosos fundadores, ni se da a los santos el culto que han deseado, que asimismo es visible, pública y notoria la utilidad que resulta a los propios bienes, al culto de los santos, a los mismos indios, y al resto de los habitantes de esta provincia, de que se vendan y reduzcan al censo, aun en el caso de que no fuese necesario hacerlo por las razones antecedentemente expuestas, pues dado, y no concedido, que ni se hallasen amenazadas de casos fortuitos, menos contingentes en el país que en otra parte, ni tampoco sujetos a malos administradores, siempre quedaban pensionados con multitud de gastos inevitables y precisos, cuales son el diezmo, el rediezmo que tiran anualmente los citados administradores, la contribución señalada a los curas por su asistencia a las hierras de ganado y castras de colmenas, los salarios de vaqueros y sirvientes, la toma anual de cuentas y visitas generales de que van a quedar libres para siempre dichas fundaciones, con las ventajas de que todo lo que se ahorra de dichos gastos puede emplearse en el mayor culto de los santos, y agregarse a su fondo; de que trasladadas a otros dueños, en quienes no concurren las circunstancias que tanto respetan los indios, por principios de religión y piedad, no sólo reclamarán los perjuicios que les causen por su inmediación a los pueblos, sino que se libertarán para siempre de que los administradores a título de que trabajan para los santos, los tengan empleados en hacer su propio negocio, sin pagarles el jornal correspondiente, y también que poseídas y administradas las enunciadas haciendas por dueños propietarios y no por manos precarias, que sólo trataban de su interés particular, destrozándolas y arruinándolas a su arbitrio, para emplear en gastos y diversiones profanas los bienes eclesiásticos, es consecuente que se fomenten los ganados, abunde la cera y la tierra se cultive con otro interés, beneficio del común, del rey y de la Iglesia, por razón del aumento que tomarán los diezmos, y que finalmente, además de las causas de necesidad y utilidad que obligan a convertir en censos redimibles los mencionados bienes, muebles, raíces y semovientes, interviene también la de piedad, por estar destinadas las cantidades que procediesen de su venta para que Su Majestad las emplee en sostener la presente guerra, contra los enemigos de la Iglesia y del Estado, recibiéndolas al censo sobre sus rentas reales, conforme a la real cédula de diez y siete de agosto del año inmediato pasado, que según el sentir de los mejores autores es una de las causas más piadosas que pueden mover el ánimo de la Iglesia, no ya a vender sus bienes para reducirlos a censos, sino para enajenarlos, distraerlos y consumirlos, y que en consecuencia de todo lo referido, aprobaba y aprobó la expresada información de necesidad y utilidad, interponiendo en ella para su mayor validación su autoridad y judicial decreto.

Que declaraba y en toda forma declaró ser necesario, útil y piadoso reducir a censos perpetuos redimibles impuestos sobre rentas reales los caudales resultantes de la venta de las mencionadas estancias, bienes muebles, raíces y semovientes, a cuyo efecto mandaba y mandó, que no sólo en esta ciudad, la de Campeche y villa de Valladolid, sino también en todos los pueblos se haga saber, que dentro de cuarenta días contados desde el doce del corriente mes y año, se han de vender en pública subastación y rematar en el mejor postor las estancias, sitios y colmenares que se llaman de cofradías, para reducir su valor a censos perpetuos, impuestos a razón de un cuatro por ciento sobre las rentas reales, y lo que no quisiere Su Majestad, a razón de un cinco por ciento según la costumbre de la provincia, sobre fincas libres, idóneas y bien acondicionadas, a satisfacción del tribunal, con intervención del promotor fiscal de esta curia y demás requisitos que se han establecido en el presente gobierno, conforme a derecho.

Que los vicarios jueces eclesiásticos de Campeche y Valladolid, y demás pueblos, manden dar desde el día señalado treinta pregones a las referidas estancias, sitios y colmenares, fijen cedulones en partes públicas y acostumbradas para que a todos conste, y puestas por diligencias con las posturas, pujas y mejoras, los remitan a este superior tribunal, con citación de los postores, para que por sí o sus poderes ocurran al remate que deberá hacerse de todas ellas en esta ciudad y curia eclesiástica, bajo de las calidades, circunstancias y condiciones siguientes.

Primera: Que desde luego será de cuenta de los rematadores satisfacer las costas que se ocasionen para que en esta inteligencia hagan sus posturas, pujas y mejoras.

Segunda: Que el valor de dichas estancias, sitios y colmenares se ha de entregar de contado en cajas reales, y en moderna corriente, sin recorte, vicio ni defecto, a satisfacción del señor tesorero juez oficial real.

Tercera: Que se corra en el supuesto y concepto de que el tribunal eclesiástico vende las expresadas estancias en que sólo tiene uso y derecho de servidumbre, según y como las han poseído y disfrutado los santos a quienes han estado consagradas, sin más dominio, propiedad y derecho que el que han tenido, vendiendo solamente lo que puede vender, y no lo que no puede ni le pertenece, esto es, la propiedad de aquellas tierras situadas dentro de la demarcación de los pueblos de indios, que comprende sus ejidos y propios, la cual como también el uso de labrar los montes.

Cuarta: Que las haciendas establecidas cerca de los pueblos, a menos distancia que la que permite la costumbre de la provincia, deben ser demolidas por el perjuicio que infieren a los indios los ganados, en cuyo caso sólo éstos se han de entender vendidos, sueltos y por sí solos, sin tierras, ni otro derecho alguno.

Que se haga saber este auto al licenciado D. Estanislao José del Puerto, regidor perpetuo de esta ciudad, abogado de los reales consejos y de los naturales de esta provincia, como también a su protector D. Antonio de Roo y Fonte, para que en su inteligencia promuevan en favor de sus partes lo que les parezca propio de su instituto y obligación, en la seguridad de que el ilustrísimo señor diocesano no desea otra cosa que el bien, alivio y fomento de los indios.

Que no se proceda a pregonar postura de ninguna hacienda en particular sin dar antes traslado a dicho caballero abogado para que represente por sus clientes lo que tuviere por conveniente, en vista de las circunstancias de dicha hacienda, que se le harán saber insertándose en cada cuaderno de remates la respectiva relación de la estancia testimoniada fielmente de las originales que han remitido los curas dela diócesis.

Que se cite al mismo caballero abogado y al protector D. Antonio Roo y Fonte, siempre que haya de verificarse algún remate, para que lo asistan, presencien y autoricen y firmen, como partes interesadas, se evite todo perjuicio a los indios y todo se practique sin vicio ni defecto que pueda inducir nulidad de los actos.

Que desde luego se pasen estas diligencias al ilustrísimo señor diocesano mi señor, para que sobre la ejecución de esta providencia, su suspensión, modificaciones o ampliaciones sobre las instrucciones que indispensablemente deben darse a los curas, administradores o ecónomos de los futuros censos, acerca del cumplimiento de sus piadosas obligaciones, tasa de gastos y demás circunstancias y puntos relativos, y sobre proponer a Su Majestad lo que le pareciere en orden a la administración de dichos censos, aplicación de los sobrantes de sus réditos anuales, disponga lo que juzgare más conveniente al servicio de Dios y bien común de los indios.

Que nombrando como nombraba por tasadores de los mencionados bienes a D. Alexandro Solís y D. José Antonio Esturla, para que previa la superior aprobación de su señoría ilustrísima, procedan asociados con el tasador público a hacer su justiprecio, con la mayor pureza y legalidad, se les dé noticia de este encargo, lo acepten y juren en toda forma, por ante mi el presente notario mayor.

Y finalmente, que pare instruir de todo a los vicarios foráneos de la provincia, y que tenga su debido cumplimiento, se les libren despachos con inserción de este auto, a los de Campeche y Valladolid, y a los demás cartas cordilleras, sustancialmente relativas de sus particulares, por el cual su señoría proveyó, así lo mandó y firmó, de que doy fe.

Doctor Rafael del Castillo y Sucre.

Ante mí, Antonio de Solís, notario mayor.

Unas honras de gala por el conquistador

DSCF4156El ceremonial católico no era un asunto privado en el Antiguo Régimen, sino también el ceremonial por excelencia de la monarquía católica. Por ello servía también para honrar, de manera “oficial” digamos, la memoria de los reyes, la familia real y los que eran considerados los grandes hombres que habían servido a la Corona y a la causa del público. No existían, como en nuestros días, ceremonias civiles fúnebres, como las que hoy vemos celebrar a las fuerzas armadas en honor de sus caídos, o las que el mundo de la cultura rinde a los suyos en escenarios como el Palacio de Bellas Artes. De ahí que no sea extraño que el 8 de noviembre de 1794 el Cabildo Catedral Metropolitano de México celebrara unas honras fúnebres, con misa y sermón al menos, por el alma de Hernán Cortés, el conquistador de México, motivadas ante todo por haber sido “virrey de este reino”.

Nacionalismo de por medio, para algunos puede sonar escandaloso recordar siquiera una ceremonia semejante; conservadurismo de por medio, puede en cambio sonar a una idea que debiera rescatarse. No es esa la intención aquí, sino servirnos de la nota que el secretario del Cabildo Catedral asentó en el libro de actas para recordar que, paradójicamente, esas ocasiones solemnes por la memoria de un difunto, podían servirle a esa corporación clerical para lucir su jerarquía. Justo por ello, porque era una celebración que podía repetirse después y podía suscitarse alguna contestación de las otras corporaciones de la ciudad, y no porque quisiera dejar a la posteridad un recuerdo erudito, el secretario detalló los elementos que formaron el ritual.

DSC_0034Las campanas de la Catedral doblaron desde la víspera, por el conquistador, cierto, pero también recordando en su ejercicio mismo que no era algo que hicieran por cualquiera: como mucho y a regañadientes, por los oidores de la Real Audiencia y sus esposas, ni siquiera por el clero del Sagrario Metropolitano. Se llevaron al hospital de Jesús las sillas de los canónigos, símbolo fundamental de su autoridad, así como algunos de sus ornamentos más preciosos, lo que es un detalle menor, en una sociedad en que la apariencia era decisiva para la identidad de las personas y su jerarquía. Mas había que dejar constancia también de aquello que los canónigos no hicieron y que luego hubiera podido exigírseles, en este caso, el sermón, que predicó un dominico, el padre Mier. Última paradoja para nosotros, que sabemos la trayectoria posterior de dicho fraile, pero eso es motivo de otro artículo.

Muy brevemente ya, aquí la nota tal cual aparece en las actas capitulares.

 

Archivo del Cabildo Catedral Metropolitano de México, Actas de Cabildo, libro 58, fs. 147-147v.

Consecuente a lo resuelto en Cabildo de 7 del próximo pasado octubre sobre que este verable Cabildo se ofreciera a celebrar las honras del excelentísimo señor conquistador D. Fernando Cortés en la iglesia del hospital de Jesús Nazareno, la cual oferta fue aceptada gustosa y agradecidamente por el señor gobernador del Estado y Marquesado del Valle, las cuales honras de facto se celebraron el día ocho del corriente mes de noviembre, para lo cual se dobló de Cabildo en esta Santa Iglesia la víspera a las doce y a la oración, y el día a las cinco y media y durante la misa y el responso. La víspera se llevaron las sillas de este Venerable Cabildo, que se pusieron en el presbiterio y se llevó el ornamento rico hecho en Toledo para la misa, con los demás utensilios necesarios al sacrificio. El día se entró en coro a las ocho y media y finalizada la misa y la sexta se fueron los señores capitulares en lo privado y particular a Jesús Nazareno, en donde se vistieron en la sacristía de roquetes, capas y capuces de duelo, y así salieron a ocupar sus sillas al presbiterio durante la misa, sermón y reponso. Cantó la misa y el responso el señor tesorero Dr. D. José Ruiz de Conejares, fueron ministros los señores Madrid y Guevara, y predicó el padre lector Mier del orden de Santo Domingo. Asistió a esta función el excelentísimo señor virrey Marqués de Branciforte, la Real Audiencia y tribunales; ofició la capilla de esta Santa Iglesia con música muy particular; no se ganó el coro con la asistencia a las honras. Y por que conste, de mandato del señor deán, asiento esta razón que firmó S.S. por ante mí en el mismo día ocho de noviembre de mil setecientos noventa y cuatro.

El Deán

Una reforma de cofradías episcopal: el arzobispo Haro y Peralta

Retrato del arzobispo Alonso Núñez de Haro, virrey de Nueva España. Museo Nacional de Historia Castillo de Chapultepec.

En esta oportunidad continúo presentando aquí algunos documentos de la reforma de cofradías novohispana, pero ahora ya no de la reforma civil, sino de las reformas episcopales. En efecto, también las hubo, a veces vinculadas a la primera, otras en franca oposición, más bien soslayadas por la historiografía, con ciertas excepciones. Entre los obispos que se distinguieron al respecto sin duda hay que comenzar destacando al arzobispo Alonso Núñez de Haro y Peralta. Su pontificado fue largo, desde 1772 hasta 1800, llegó también a ser virrey de Nueva España entre mayo y agosto de 1787.

El arzobispo Haro se distinguió por ser uno de los prelados que aceptó e incluso impulsó la reforma civil, pero que al mismo tiempo realizó la suya a través de sus visitas pastorales. Así lo explica en este informe que corresponde al expediente particular de la cofradía sacramental de Teotihuacán. Su reforma fue autoritaria en apariencia, pues como él mismo narra en este informe, se dedicó a suprimir cofradías basado en ciertos criterios (falta de licencias, falta de bienes, conflictos internos), pero con el matiz de que no las eliminaba del todo, sino que las integraba a otras. Ya se cita aquí el informe que se le había pedido con motivo de la reforma general, ya bien conocido y analizado por varios historiadores, pero que no entregó sino cuando el expediente general ya había sido cerrado. En él se nota que además aprovechaba la ambigüedad de los términos cofradía y hermandad, manteniendo una importante participación en ellas. Sin él, empero, difícilmente hubiera habido cofradías que efectivamente acudieran al Consejo de Indias en Madrid para reformarse, mas paradójicamente, no es que hubiera renunciado a ejercer jurisdicción sobre ellas.

Su mirada sobre las cofradías resulta interesante también por su optimismo: las describe como voluntarias, no gravosas sino útiles, con lo que descalificaba implícitamente los negativos argumentos de los reformadores civiles. Dejo pues al lector con este testimonio de un prelado regalista, reformador, pero también celoso de su autoridad.

 

Informe del arzobispo de México, 20 de mayo de 1780. Archivo General de Indias, México, leg. 2664

Señor

Cumpliendo puntualmente con el encargo que Vuestra Majestad se digna hacerme por su real despacho de 11 de julio último para que informe lo que se me ofreciere y pareciere sobre la erección de la cofradía del Santísimo y Ánimas Benditas del pueblo de San Juan Teotihuacán, y la aprobación que se solicita de sus constituciones, con el mayor respeto digo: que todo lo representado a Vuestra Majestad por parte del rector, diputados y demás oficiales de dicha cofradía es cierto, pues con ocasión de advertir en la visita general de este arzobispado, que ya está hecha de ciento y cuarenta curatos que apenas hay cofradía que esté erigida conforme a la ley de Indias, se ha mandado en los autos de las visitas de todas desde el año de 1776, lo mismo que en el de ésta, señaladamente que dentro de dos años acudan los oficiales de ellas a solicitar la real licencia y aprobación de Vuestra Majestad apercibiéndoles con la pena de suspensión del uso y ejercicio de sus constituciones en caso de no hacerlo, y mandando que los curas me den cuenta para proveer lo conducente.

Las constituciones de esta cofradía (de que con la más profunda veneración presento a Vuestra Majestad testimonio autorizado) por ser tan antiguas, no están tan expresivas y formales como las modernas. En éstas, regularmente se dispone que los cofrades den al tiempo del asiento ocho, cuatro o dos reales, y cada semana un medio real de jornalillo, y la cofradía se obliga a dar a cada uno, cuando fallece, veinte y cinco o más pesos para entierro y mortaja, lo que cumple puntualmente si los cofrades lo han hecho, y si no, no se les molesta ni se toma providencia alguna, porque todo es voluntario y nada gravoso.

El modo regular con que hasta dicho año de 1776 se han erigido las cofradías ha sido juntarse el cura con sus principales feligreses españoles, o indios o de castas formar las reglas o constituciones en que se contienen lo que queda referido, y que se digan tantas misas por la limosna que tasan, o conforme al arancel, las que se aplican por los cofrades vivos y difuntos; que se hagan tales fiestas; que haya junta anual que llaman cabildo, en que el mayordomo da cuentas a la mesa, que se compone del juez eclesiástico que la preside, del rector, mayordomo y diputados que se nombran oficiales, las que aprueba dicho juez de consentimiento de la mesa en los curatos de fuera de México, y en esta corte los provisores, que presiden las juntas y se hace la elección de los referidos oficiales. Estas constituciones las remitían los oficiales al ordinario solicitando su aprobación, la que lograban regularmente, conformándose con lo que pedía el promotor. Pero desde dicho año se ha mandado que no usen de ellas hasta lograr la real licencia y aprobación Vuestra Majestad.

Algunas cofradías tienen principales impuestos a su favor y con sus réditos se costean los gastos que tienen de cera, fiestas y la limosna de las misas, en otras se permite que pidan limosna los cofrades por sólo su respectivo curato para ayuda de dichos gastos, de las que también da cuenta el mayordomo a la mesa, y de su distribución. Y otras tienen ganados, cuyos productos invierten en los enunciados gastos, de manera que las cofradías no son gravosas al público y todas sus funciones son dirigidas al mayor culto divino y beneficio espiritual de los feligreses.

En la visita he cuidado de extinguir todas las que se llaman hermandades y son las que se han intentado erigir sin licencia real ni autoridad ordinaria. He aplicado sus bienes, principales y alhajas a otras cofradías, con la carga de hacer las fiestas y mandar decir las misas que se acostumbraba en aquellas, hasta donde alcanzaren sus productos, o las he dejado en calidad de pura devoción u obra pía, mandando que los curas nombren mayordomos que les den cuentas anuales de cargo y data, y que cumplidas las cargas que tienen se aplique el resto a las fábricas parroquiales. Asimismo he extinguido muchas cofradías que, o por no tener principales ni ganados, o porque se disipaban los que las pertenecían, eran gravosas al público, o porque en su gobierno no se observaba la fraternidad debida, cuidando siempre y también mis dignos antecesores de prohibir que se hagan gastos superfluos y de mandar que los productos se empleen en las cargas de su institución y que los sobrantes se apliquen a beneficio de dichas fábricas parroquiales.

Por encargo de este superior gobierno estoy trabajando un informe sobre todas las cofradías de este arzobispado, y en él expondré mi dictamen acerca de cada una de ellas y las que me parece que deben subsistir y cuáles son dignas de extinguirse. Este informe demanda mucho trabajo y tiempo, y en tanto que le concluyo juzgo conveniente que subsista la cofradía de San Juan Teotihuacán y que Su Majestad se digne aprobar sus constituciones, y las de las demás cofradías que yo crea deben subsistir, porque son útiles a las parroquias y a los mismos cofrades, como dejo indicado. Sus constituciones no contienen cosa opuesta a las regalías de Vuestra Majestad y en las juntas anuales que celebran los cofrades suelen verificarse en parte el espíritu de vuestra ley real de Indias, porque asisten a muchas los corregidores, alcaldes mayores y demás justicias del partido, en calidad de oficiales de mesa.

Pero considerando lo difícil que es el recurso a Vuestra Majestad para solicitar la real aprobación de las constituciones de las cofradías que están erigidas en la forma dicha, especialmente siendo indios los oficiales de mesa, como lo son de muchas, y atendiendo a los costos necesarios que aquel prepara, y a que si se les obliga a ello se arruinarán las más de las cofradías, me parecía que se ocurriría a todo con que Vuestra Majestad se dignare, siendo de su soberana aprobación, dar facultad a vuestro virrey de este reino para que en su real nombre aprobase las constituciones o estatutos de todas las cofradías que están ya erigidas, y que para las que se hayan de fundar en lo sucesivo se observe puntualmente lo dispuesto por la citada ley, o lo que fuere del real agrado de Vuestra Majestad.

Nuestro Señor guarde a Vuestra Majestad los muchos años que le pido y necesita el Estado. México, 20 de mayo de 1780.

Señor,

Alonso, Arzobispo de México

De la reforma de cofradías novohispanas a todos los reinos de Indias

Retrato de D. Ramón de Posada por Francisco de Goya, ca. 1801. Museo Legion of Honor de San Francisco

Retrato de D. Ramón de Posada por Francisco de Goya, ca. 1801. Museo Legion of Honor de San Francisco

El mes pasado presentaba en este espacio las reales cédulas generales que fueron producto de la reforma de cofradías por expedientes particulares que el Consejo de Indias llevó a cabo para las del reino de Nueva España en el último cuarto del siglo XVIII. Hay una última cédula real que fue producto de los esfuerzos del fiscal Ramón de Posada y Soto, pero que ya no se limitaba a extender su proyecto de organización formal de las cofradías a las novohispanas, sino que alcanzaba a todos los “dominios de Indias” del rey Carlos IV. Se trata de la cédula del 15 de octubre de 1805 dada para resolver un conflicto de jurisdicción entre el intendente y el vicario capitular de Maracaibo a propósito de las cuentas de una obra pía. Curiosa culminación de los esfuerzos por definir y hacer realidad la definición de las cofradías como unos cuerpos profanos, no dejaba de aprovechar la ambigüedad del vocabulario relacionado con ellas, incluso mezclando la definición que solía postular el clero. “Cofradías, obras pías y fundaciones piadosas y cualquier fondo de la misma clase” dice el documento, creando un bello contraste entre el contenido, que en cambio se refiere a la cofradía como una reunión de personas.

Desde luego, es difícil decir hasta qué punto esta real cédula tuvo eco en todos los reinos de Indias, aparte de Nueva España y Venezuela en el siglo XIX. Confieso que hasta ahora no me he ocupado de rastrear si en otras regiones llegó a ser recibida y obedecida efectivamente, bien que es casi seguro que sus alcances fueran limitados, como ocurría en general con las reformas borbónicas. Como sea, éste fue sin duda el punto culminante de esa difícil empresa que se inició en los años 1770, en las oficinas de los palacios reales de México y Madrid, impresionante a veces en sus declaraciones autoritarias, pero las más decepcionante en su implantación si la pensáramos sólo en esos términos. En cambio, interesante por mostrar la vigencia de la negociación entre el clero, la Corona, los súbditos y fieles. Aquí pues, el texto de la implantación de la reforma novohispana a nivel casi americano diríamos hoy.

 

Real cédula del 15 de octubre de 1805*

 

El rey

El gobernador intendente de Maracaibo dio cuenta de lo ocurrido con el vicario eclesiástico de aquella ciudad sobre conocimiento de las cuentas de la obra pía de nuestra Señora de la Soledad, y de la declaración hecha por mi Real Audiencia de Caracas, reducida a que su rendimiento y liquidación debió hacerse ante el Vice-Patrono Real, solicitando me dignase aprobar dicha providencia, con declaración de que el conocimiento de todas las cuentas de Cofradías, Obras pías y Fundaciones piadosas y cualquier fondo de la misma clase que esté sujeto a administración civil y temporal, corresponde en esos mis Dominios a los respectivos mis Vice-Patronos; que a los que lo sean toca examinarlas y aprobarlas, y presentar, elegir y nombrar mayordomos administradores de ellas, sin que sean válidos aun aquellos nombramientos provisionales, que se expidan sin su noticia y aprobación; que sean excluidos de este manejo todos los eclesiásticos de orden sacro, o aplicados al fuero de la Iglesia; y que se haga entender así a quienes corresponde su cumplimiento, por lo que conviene a las mismas instituciones pías, y a la conservación de las regalías de mi Real Patronato.

Visto en mi Consejo de Indias con lo que dijo mi Fiscal, y teniendo presente lo mandado a mi Virrey de Nueva España en cédula de veinte y siete de diciembre de mil ochocientos dos, con motivo de haberme dignado aprobar la fundación y constituciones de la cofradía de Ánimas del pueblo de Calimaya, jurisdicción de Tenango del Valle, he resuelto que para el gobierno de todas las Cofradías, Hermandades o Congregaciones de mis Dominios de Indias, se observen las reglas siguientes.

Primera: Que se suprima el gravamen que esté impuesto a los mayordomos de otorgar fianza, por no haber semejante práctica en las Congregaciones piadosas.

Segunda: Que éstas elijan en sus juntas para Mayordomos aquellos hermanos que merezcan su confianza por sus buenas cualidades, y los nombrados sirvan sin otro interés que el de contribuir por su parte al objeto de su instituto.

Tercera: Que no se puedan trasladar las cofradías, sin consentimiento de mis Vice-Patronos, a otro templo, ni alterar sus Constituciones sin impetrar para ello la correspondiente mi Real licencia.

Cuarta: Que para las elecciones de oficiales de dichas cofradías, hermandades o congregaciones y autorizar sus acuerdos, es suficiente el cofrade que se nombre por secretario de cada una de ellas, el cual debe servir este encargo sin derechos ni emolumentos.

Quinta: Que no se celebre junta alguna que sin que sea presidida por el Ministro Real que a este fin se nombre.

Sexta: Que los bienes de las expresadas cofradías, hermandades o congregaciones no se entiendan espiritualizados en tiempo alguno, ni se dejen de satisfacer en sus casos los derechos reales con ninguna causa ni pretexto.

Séptima: Que el cura de la parroquia o el prelado de la casa en que esté situada la cofradía, hermandad o congregación, asista a las juntas como previene la ley.

Octava: Que en todas las cofradías, hermandades o congregaciones haya tesorero que sirva dos años, y dos más si pareciese reelegirle; pero que no lo pueda ser por tercera vez sin haber pasado el intermedio de otros dos años.

Nona: Que el mayordomo de cada cofradía, hermandad o congregación debe presentar sus cuentas a la junta, y ésta nombrar dos sujetos de los más versados en la materia para que las reconozcan, y con su informe las vuelvan a la junta para su aprobación o la providencia que haya lugar; de manera que en las juntas nada sea judicial ni contencioso, pues cuando el negocio deba serlo, entonces ha de ocurrir al juez real que corresponda, para que proceda.

Décima y última: Que las llaves del arca, que debe tener cada cofradía, hermandad o congregación para custodiar sus caudales se ponga una en el hermano mayor o rector, otra en el mayordomo o diputado, y otra en el tesorero; y todos los meses se entre lo que se hubiere recaudado, y saque lo que fuere menester, sentándose en un libro y firmando las partidas todos tres.

En cuya consecuencia mando a mis Virreyes, Presidentes y Gobernadores, Vice-Patronos de mis Dominios de Indias e Islas Filipinas, y ruego y encargo a los muy Reverendos Arzobispos y Reverendos Obispos de ellas, guarden, cumplan y ejecuten y hagan guardar, cumplir y ejecutar la referida mi Real determinación en las cofradías, hermandades o congregaciones ya establecidas, teniéndola presente para las que en lo sucesivo se erijan y en las formación de sus estatutos o constituciones, sin cuya circunstancia no obtendrán mi real aprobación. Fecha en San Lorenzo a quince de octubre de mil ochocientos cinco.

Yo el Rey

Por mandado del rey nuestro señor

Antonio Porcel.

 

* AGI, México, leg. 3096A.

La reforma de cofradías novohispanas por expedientes particulares

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Retrato de Ramón de Posada por Francisco de Goya. Legion of Honor, San Francisco.

Menos conocida que la reforma general y sus voluminosos expedientes, acaso porque se acopla menos a la idea autoritaria que tenemos de las reformas borbónicas, y sin embargo algo más efectiva y no menos importante. Entre 1773 y 1820 al menos 133 cofradías novohispanas se presentaron ante el Consejo de Indias para que se aprobaran sus constituciones. De ello resultó un número difícil de determinar de reales cédulas en que la mayoría obtuvo la aprobación del rey, aunque con reformas, y sólo algunas debieron fusionarse con otras, y muy pocas fueron directamente suprimidas. Hemos analizado esa reforma sobre todo en un artículo publicado en 2012 en la Revista Complutense de Historia de América. Aunque entonces cometí algunos errores en los nombres de los fiscales que realizaron esa labor, en una próxima publicación, un poco más amplia, he tratado de subsanarlos. Ahora quisiera sólo llamar la atención sobre uno de los resultados de esta reforma. A pesar de ser una reforma por “casos particulares”, como la llamó ya el fiscal Lorenzo Hernández de Alva, no sólo generó medidas de ese tipo, particulares, sino también generales, es decir, que debían de aplicarse para todas las cofradías novohispanas, e incluso para todas las cofradías de los reinos de Indias. Fue el caso sobre todo de las reales cédulas dadas en Cartagena el 27 de diciembre de 1802, en los expedientes de las cofradías de ánimas de Santiago Calimaya, ánimas de Malinalco y del Santísimo Sacramento y Soledad de Tlapacoyan.

Esos expedientes y otros tres más, los de la archicofradía del cordón franciscano de Querétaro, la cofradía sacramental y de ánimas de Toluca y la de san Homobono de México, habían sido vistos por don Ramón de Posada el 3 de septiembre de 1802, como ministro del Consejo de Indias, todavía despachando como fiscal. Según sus propios términos, trató de “llevar sistema”, es decir, de establecer en ellas trece reglas generales para la redacción de constituciones, incluyendo la obligación de que las demás de una misma parroquia con las ya aprobadas. Justo ésta fue rechazada por los demás miembros del Consejo, pero concediendo en cambio la aprobación de las demás. A continuación incluyo el texto de esas cédulas, tomado del Archivo General de Indias, sección Audiencia de México, legajo 2651. El lector notará la repetición sistemática de las últimas prevenciones en que se trata de la junta de gobierno de cada una de estas cofradías, los detalles de su estructura, elecciones, obligaciones, jurisdicción bajo la que debían quedar, etcétera. Estos breves puntos resumían bien lo que los reformadores borbónicos trataron de hacer con ellas, destaquemos sobre todo el esfuerzo de dedicarlas a “cosa útil al vecindario”, manteniendo empero el carácter de “congregaciones piadosas”.

Reales cédulas dadas en Cartagena, 27 de diciembre de 1802

[Minuta]

El rey

Por cuanto por real cédula de 26 de febrero de 1785 tuve a bien condescender con la instancia de D. Rafael y D. Manuel Cetina, vecinos del pueblo de Calimaya, jurisdicción de Tenango del Valle, en el arzobispado de México, para que se les permitiera fundar en aquella iglesia parroquial la cofradía de Ánimas bajo el nombre del Patrocinio de San José y Ánimas del Purgatorio y formar para su régimen y gobierno las convenientes constituciones que graduasen útiles y concluidas las exhibieran para su calificación y examen al muy reverendo arzobispo de México y a aquel superior gobierno, y evacuado uno y otro acudieran con ellas a mi Consejo a impetrar mi real confirmación. En su cumplimiento se ha presentado con fecha de 15 de julio de 1802 y a nombre del citado D. Rafael Cetina y D. Pedro Rivera, un testimonio en que se hallan insertas dichas constituciones formadas para el mencionado efecto, las cuales son del tenor siguiente

[Aquí las constituciones a la letra]

Visto en mi Consejo de las Indias con lo que en su inteligencia y de los antecedentes del asunto expuso mi fiscal, ha parecido aprobar, como por esta mi real cédula apruebo las expresadas constituciones, con las advertencias y adiciones siguientes.

Que en la 3ª se añada que la contribución que señala sea voluntaria; en la 9ª que en lugar de acudir con 25 pesos a cada hermano difunto para su entierro y con 4 pesos más al párroco para una misa con vigilia por su alma se modere esta cuota a la que según las circunstancias del difunto esté tasado por el arancel su entierro si no fuera cofrade, para precaver que por sola esta calidad sean más costosos sus funerales, y se refundan estas limosnas en provecho de los que tienen obligación de enterrarse sin derecho a los pobres y en perjuicio de estos destinos.

Que en la 11ª se suprima el gravamen que se impone a los mayordomos de otorgar fianza por no haber semejante práctica en las congregaciones piadosas.

Que ésta elija en sus juntas para mayordomos aquellos hermanos que merezcan su confianza por sus buenas cualidades, y los nombrados sirvan sin otro interés que el de contribuir por su parte el objeto de su instituto.

Que no se pueda trasladar la cofradía sin consentimiento del superior gobierno a otro templo, ni alterar sus constituciones sin impetrar para ello la correspondiente licencia.

Que para las elecciones de oficiales de la cofradía y autorizar sus acuerdos es suficiente el cofrade que se nombre por secretario de la congregación, el cual debe servir sin derechos ni emolumentos.

Que no se celebre junta alguna, sin que sea presidida por el ministro real que a este fin se nombre.

Que sus bienes no se entiendan espiritualizados en tiempo alguno, ni se dejen de satisfacer en sus casos los derechos reales ahora ni en adelante con ninguna causa, ni pretexto.

Que los diputados sean ocho y se elijan todos los años cuatro a fin de que haya siempre sujetos instruidos en los asuntos que ocurran.

Que el rector sea secular, dure dos años y no pueda reelegirse.

Que el cura de la parroquia asista como previene la ley en concepto de prelado de la casa en que está la cofradía.

Que haya tesorero que sirva dos años y dos más si pareciere relevarle, pero que no lo pueda ser por tercera vez sin haber pasado al intermedio de otros dos años.

Que el mayordomo debe presentar sus cuentas a la junta, y ésta nombrar dos sujetos de los más versados en la materia para que las reconozcan y con su informe las vuelvan a la junta para su aprobación o la providencia que haya lugar, de manera que en las juntas nada sea judicial ni contencioso, pues cuando el negocio deba serlo, entonces ha de ocurrir al juez real que corresponda para que proceda.

Que los funerales, gastos y funciones se reduzcan a lo justo y debido para que resulte sobrante e invierta en socorro de los pobres, presos o enfermos, o en otra cosa útil al vecindario con audiencia de la junta de la misma cofradía.

Que las llaves del arca se pongan en el rector, diputado más antiguos y tesorero y todos los meses se entre lo que se hubiere recaudado, y saque lo que fuere menester, sentándose en un libro, firmando las partidas todos tres.

Por tanto, por la presente mi real cédula ordeno y mando a mi virrey, gobernador y capitán general de las provincias de la Nueva España, al regente y oidores de mi Real Audiencia y a los demás ministros, jueces y justicias de aquellos dominios; y ruego y encargo al muy reverendo arzobispo de la diócesis de México, al venerable deán y cabildo en sede vacante de aquella iglesia y a otros cualesquiera prelados, jueces eclesiásticos a quienes correspondan, guarden y cumplan y hagan guardar y cumplir puntual y efectivamente la expresada mi real determinación según y en la forma que va referido sin contravenir ni permitir que en manera alguna se contravenga a ella, por ser así mi voluntad.

Fecha en Cartagena, a veinte y siete de diciembre de mil ochocientos dos.

Segunda cédula: cofradía del Santísimo Sacramento y Nuestra Señora de la Soledad de Tlapacoyan.

El rey

Virrey, gobernador y capitán general de las provincias de la Nueva España y presidente de mi Real Audiencia de México.

En carta de 27 de enero de 1801 me hizo presente vuestro antecesor D. Félix Berenguer de Marquina que los indios del pueblo de Santa María Tlapacoya, jurisdicción de Xalacingo, con sola la aprobación del ordinario eclesiástico, tenían fundada en su parroquia una cofradía del Santísimo Sacramento y Nuestra Señora de la Soledad, sin el esencial requisito de mi real licencia, que sus fondos consistían en dos sitios y dos caballerías de tierra poblados de algún ganado vacuno, que para legalizar este establecimiento ocurrieron dichos indios presentando sus constituciones, reducidas a fomentar el culto divino en aquella iglesia con varias funciones y sufragios que debían hacerse en ella por los cofrades, y especialmente por los fundadores, a prescribir el modo con que deben recibirse los cofrades, y procederse en las elecciones de mayordomos y diputados, y arreglar la administración de las tierras que pertenecen a la cofradía. Que dichas constituciones necesitaban de alguna reforma o explicación sobre varios puntos acerca de la sujeción que debían tener a la jurisdicción real, declarando la eclesiástica que la contribución de doce reales que se asignaba por el asiento fuese voluntaria y no forzosa, a mejorar el método de la administración de los bienes de la cofradía y proporcionar su  mayor seguridad, añadiendo que las juntas se presidieran por el juez real y que los bienes no pudieran espiritualizarse ni eximirse de contribuir con los derechos reales, con cuyas adiciones, habiendo quedado regulares, mes las dirigían testimoniadas a fin de que me dignara aprobarlas o determinar lo que fuera de mi real agrado. Visto en mi Consejo de las Indias con lo que en su inteligencia ha expuesto mi fiscal, ha parecido ordenaros y mandaros tengáis presentes para el examen y arreglo de dicha cofradía y sus constituciones las advertencias siguientes:

Que el mayordomo o mayordomos que se nombraren no se les impongan el gravamen de otorgar fianza por no haber semejante práctica en las congregaciones piadosas.

Que ésta elija en sus juntas para mayordomo aquellos hermanos que merezcan su confianza por sus buenas cualidades, y los nombrados sirvan sin otro interés que el contribuir por su parte al objeto de su instituto.

Que no se pueda trasladar la cofradía sin consentimiento del superior gobierno a otro templo, ni alterar sus constituciones, sin impetrar para ello la correspondiente licencia.

Que para las elecciones de oficiales de la cofradía y autorizar sus acuerdos es suficiente el cofrade que se nombre por secretario de la congregación, el cual debe servir sin derecho ni emolumentos.

Que no se celebre junta alguna sin que sea presidida por el ministro real que a este fin se nombre.

Que sus bienes no se entiendan espiritualizados en tiempo alguno, ni se dejen de satisfacer en sus casos los derechos reales ahora ni en adelante con ninguna causa ni pretexto.

Que los diputados sean ocho y se elijan todos los años cuatro a fin de que haya siempre sujetos instruidos en los asuntos que ocurran.

Que el rector sea secular, dure dos años y no pueda reelegirse.

Que el cura de la parroquia asista como previene la ley en concepto de prelado de la casa en que está la cofradía.

Que haya tesorero que sirva dos años y dos más si pareciere relevarle, pero que no lo pueda ser por tercera vez sin haber pasado al intermedio de otros dos años.

Que el mayordomo debe presentar sus cuentas a la junta, y ésta nombrar dos sujetos de los más versados en la materia para que las reconozcan y con su informe las vuelvan a la junta para su aprobación o la providencia que haya lugar, de manera que en las juntas nada sea judicial ni contencioso, pues cuando el negocio deba serlo, entonces ha de ocurrir al juez real que corresponda para que proceda.

Que los funerales, gastos y funciones se reduzcan a lo justo y debido para que resulte sobrante e invierta en socorro de los pobres, presos o enfermos, o en otra cosa útil al vecindario con audiencia de la junta de la misma cofradía.

Que las llaves del arca se pongan en el rector, diputado más antiguos y tesorero y todos los meses se entre lo que se hubiere recaudado, y saque lo que fuere menester, sentándose en un libro, firmando las partidas todos tres.

Y en su consecuencia os encargo arregléis dichas constituciones, el gobierno y administración de dicha hacienda y demás puntos de que se quejan los indios de modo que no quede al arbitrio del cura, ni de otro, el aprovecharse de sus productos, los cuales (sea cual fuere su principio) son el afán incesante de los infelices indios, ocupados toda la vida en el cultivo de una finca de que parece ser dicho cura dueño absoluto, y también del trabajo de esos naturales, con el común pretexto de la cofradía, y practicado esto se exhiban al muy reverendo arzobispo para su calificación y examen, y evacuado las remitiréis al mencionado mi Consejo con cuanto se actúe sobre el asunto, a fin de obtener mi real confirmación, y hasta que esto se verifique no podrán usar de ellas con ningún pretexto ni motivo, todo lo cual os participo a fin de que tenga el más exacto y puntual cumplimiento esta mi real determinación, por ser así mi voluntad.

Fecha en Cartagena, a veinte y siete de diciembre de mil ochocientos dos.

Yo el rey.

Por mandado del rey nuestro señor.

Antonio Porcel

 

Tercera cédula: cofradía de las benditas ánimas de Malinalco.

El rey.

Por cuanto en carta de veinte y siete de octubre de mil ochocientos uno ha hecho presente D. Félix Berenguer de Marquina, siendo virrey de las provincias de la Nueva España, con noticia que tuvo el subdelegado del partido de Malinalco, que la cofradía de Ánimas de aquel pueblo había padecido extravío en sus intereses, y estaba fundada sin las licencias necesarias, interpuso queja en aquella Real Audiencia el año de mil setecientos noventa y siete, y también por la resistencia del párroco a exhibir los libros, cuentas y demás documentos que le tenía pedidos; que como dicho tribunal advirtió la falta de aprobación de la cofradía, cuyo punto de gobierno se estimó perjudicial, pasaron los autos a aquel virreinato, de que dada vista al fiscal de lo civil, se promovieron las conducentes diligencias a fin de que los individuos presentasen las constituciones que juzgaran oportunas para que examinadas se me diese cuenta con ellas; que así se ejecutó con las insertas en el testimonio que acompañó, precedida la vista del citado ministro y del asesor general, quien encontrándolas arreglas con las modificaciones pedidas por el primero, y conformado dicho virrey con su exposición, las remitió para que me dignara dispensar la real aprobación, las cuales son de tenor siguiente:

Primera. Establecemos e instituimos que la cofradía se quede con el título de las Benditas Ánimas del Purgatorio de esta parroquia de Malinalco.

Segunda. Que para que se extienda la cofradía y pueda contar con algunos fondos capaces de dar el lleno debido a las fiestas y retribuciones de que después se hablará, para que no venga a su ruina y siempre permanezca, y por último, porque estas hermandades, dirigidas principalmente al culto y bien espiritual de las almas, no debe haber excepción de personas, se reciba a cualquiera que solicita, hombre, mujer, español o de otra casta, a menos que no sea de más de cincuenta años, enfermo habitual o embarazada, u otra casta infecta, a menos que no sea de más de cincuenta años, enfermo habitual o embarazada, pues a éstos, averiguada la verdad, no les valdrá la patente, y sólo habrá que devolverles lo que hubieren contribuido.

Tercera. Que los mismos dos reales que es corriente en otras se den por el asiento los españoles, mestizos y otras castas, y un real los indios y el cornadillo de medio real cada semana, y dos reales en cada una de las fiestas del Santísimo Patriarca Señor San José y Señor San Nicolás Tolentino.

Cuarta. Que al hermano o hermana que no hubiere cumplido diez años de asentado y estuviere debiendo cuando pida los Santos Sacramentos la tercera parte de lo que corresponda a su tiempo no se le acuda con lo que ofrece la patente, pero si en dicho tiempo satisficiere la deuda o lo que hace por que quede en menos de dicha tercera parte, se le ministre todo.

Quinta. Que a los hermanos que se apuntan por devoción con expresa renuncia de lo que ofrece la patente, habiendo pagado el cornadillo se les costee una misa de réquiem, se les dé, caso que lo pidan, el paño, guión y cera para su entierro. Y entre estos se puedan recibir por hermanos a los de edad avanzada, enfermedad habitual, mujeres embarazadas, poniendo el mandatario la correspondiente nota de que se asientan por devoción.

Sexta. Que para que haya quien represente a la cofradía, gobierne y distribuya sus haberes en lo que sea de su instituto, hagan las elecciones y promuevan el cumplimiento de las constituciones, se componga su mesa de los vocales que ha tenido siempre, y son doce diputados y el mayordomo tesorero, a cuyo cargo estará todo, debiéndose advertir que unos y otros han de ser prácticos del lugar y de ninguna manera lo serán los que no lo fueren.

Séptima. Que éstos se elijan anualmente por Pascua de Resurrección, los mismos doce diputados y mayordomo tesorero, procurando que no haya reelección hasta pasados siquiera dos años, y que caso de que por falta de individuos no pueda evitarse, no duren en los empleos más de tres años y eso de ninguna manera a los que queden debiendo, que a estos se excluye para siempre.

Octava. Que el diputado mayor convoque las juntas, así para las elecciones, como por cualquiera otro motivo que las exija, dando el correspondiente político aviso a los jueces secular y eclesiástico.

Novena. Que en cumplimiento de lo que previene la ley veinticinco, título cuarto, libro primero de la Recopilación de Indias y la real cédula de su aprobación, y de lo resuelto por punto general en estos casos, dicho juez real presida las juntas y no pueda haber alguna sin su noticia o asistencia, o la de aquella persona a quien quiera dar sus veces.

Décima. Que en los lugares donde se extienda la cofradía, sin agravio de las que con consentimiento de los respectivos curas interesados en las misas que se rezan o cantan por sus feligreses, como debe hacerse de conformidad con lo resuelto por el superior gobierno en cuanto a este punto en otras cofradías, se nombren los síndicos y mandatarios que asienten a los cofrades o reciban las pensiones o cornadillos, con obligación de poner éstos cada semana o mes lo que cobraren en poder de aquéllos y de dar aviso al mayordomo de los cofrades para que los asiente en el libro general, quedando al arbitrio de la mesa removerlos, habiendo motivo justo.

Undécima. Que sin embargo de que conforme a la opinión mejor recibida de los canonistas para estos oficios no es regular la asignación de sueldos, como que todos son de piedad, se siga dando a los mandatarios un real en cada peso que cobren por razón de cornadillo, siendo el cobro dentro del pueblo de su residencia, y siendo fuera dos reales en cada peso, porque como estos siempre son pobres, ninguno puede condonar ni remitir el trabajo de que comen, y si se les quita como se ha pretendido con otras sería exponer a esta cofradía a que se quedase sin ellas con perjuicio suyo.

Duodécima. Que el mayordomo tesorero afiance a satisfacción de la mesa los bienes entraren en su poder.

Décima tercia. Que éste reciba y entregue por inventario formal, anotando lo que hubiere de nuevo y lo consumido.

Décima cuarta. Que el mayordomo tesorero tenga un libro para asentar los caudales que reciba de todos los mandatarios y síndicos, las pagas que haga y el sobrante que le quede, deducidos los gastos que tenga a su cargo, y otros tres para asentar los cofrades, otro para las cuentas, y otro para los recibos de las misas que deben servir de comprobantes.

Décima quinta. Que cada uno dé cuenta al mayordomo tesorero en debida forma, con individualidad de las que sean de la cofradía y de las de la obra pía que dejó D. Juan Gerardo de Acosta, pues unas y otras serán a cargo de dicho mayordomo tesorero, por dirigirse uno y otro fin al beneficio de las Benditas Ánimas, como consta de la dotación, y éstas, examinadas por la mesa en junta de cabildo para la elección, pasen al juez eclesiástico, precisamente para que vea y se cerciore de que estos caudales y limosnas se han invertido en su piadoso destino, y no con otro fin, que es lo que previene el Santo Concilio de Trento en los capítulos octavo y noveno de la sesión veintidós De reformatione, pues caso de que en el particular se ofrezcan algunas disputas judiciales deberá ocurrirse al juez secular, como que dichos bienes y caudales no son ni pueden reputarse por espirituales, con cuya calidad se han aprobado ésta y las demás cofradías, por ceder lo contrario en perjuicio de las regalías de la Corona.

Décima sexta. Que en lo demás que a su pagamento concurre la dicha obra pía fundada por D. Juan Gerardo de Acosta, y son la escuela, misa de los lunes y rosario en la noche de dicho día, que procesionalmente sale por las calles, asistido de un sacerdote, en todo se guarde y cumpla con lo dispuesto por dicho donante, como consta de la donación que a fojas 2 es del tenor siguiente: Que con el fruto o rédito de la hacienda nombrada Piaxtla y una casa en dicho pueblo, se conserve y permanezca el Rosario de Ánimas que en los lunes en la noche ha permanecido el tiempo de más de treinta años, los que ha costeado el otorgante, y ha sido a cargo de la cofradía, con independencia de los gravámenes que dicha cofradía tiene, y con los productos de dicha hacienda y casa, también se ha de costear un maestro de enseñar virtudes que gane doscientos pesos anuales, y que éste sea hombre bastante virtuoso y bien inclinado para el ejemplo y educación de los niños naturales y de razón, a los que enseñe la doctrina cristiana, a leer, escribir, contar, con el gravamen diariamente los días de escuela, sobre tarde, que en consorcio de los niños se rece una parte del Rosario aplicándolo por las Benditas Ánimas, encargándosele también por los señores de la mesa de dicha cofradía la asistencia, especialmente en los días lunes, al Rosario de Ánimas, y que haya de tener a lo menos veinte y cinco niños de cada clase, y reciba todos los que ocurrieren sin despreciar a ninguno. Y por cuanto los sobrantes de los productos de la hacienda de Piaxtla y casa de la plaza no deben entrar en arca alguna, pues la voluntad del donante es que se inviertan a beneficio de las Benditas Ánimas como consta al f. 13, cláusula 2ª que a la letra es del tenor siguiente: Ítem. Ha de ser obligada esta cofradía a hacer que de los productos de dichas fincas se cante una misa todos los lunes del año en el mismo altar de Ánimas de dicha parroquia, en sufragio de ellas, con doble de esquila, tumbilla y responso a que deberá asistir el maestro de escuela con sus discípulos; y juntamente a costear el rosario de los lunes en la noche, que procesionalmente sale por las calles, y si después de haber reparado las fincas (sobre que tendrá especial cuidado la mesa, como que esto mira a la conservación de ellas) resultare algún sobrante, bien lo podrá aplicar a las otras funciones que dicha cofradía celebra en sufragio de las Benditas Ánimas del Purgatorio, pedimos que en todo se guarde y cumpla según y como lo expresa el donante, y sólo se introduzcan en arcas los caudales que fueren legítimos de la cofradía que se está erigiendo, y asimismo suplicamos que esta misa de los lunes perteneciente su pagamento a la obra pía, para que se cumpla con la asistencia de los niños escolásticos, sea a las ocho de la mañana, hora en que sin embargo de ser muy pobres y vivan retirados podrán cumplir con lo dispuesto en la donación, por lo que se seguirán dando al párroco tres pesos.

Décima séptima. Que para que se guarden los muebles precisos de la cofradía, sus sobrantes, sus títulos y papeles y lo demás que no sea preciso esté a mano para el uso diario y consumo de gastos, se fabrique una arca de tres llaves, de las cuales una tenga el mayordomo tesorero, otra el diputado mayor y la otra el síndico.

Décima octava. Que en habiendo en arcas alguna cantidad de consideración sin destino legítimo, se imponga con acuerdo de la mesa e intervención de dicho juez secular en finca segura, procediendo en este caso con la mayor madurez para que no pierda sus fondos.

Décima nona. Que sea de cargo del mayordomo pagar todos los martes del año una misa cantada de un ministro con su responso y doble de esquila por las almas de los cofrades difuntos, por la que se le darán al párroco dos pesos.

Vigésima. Que concluido el novenario que hace esta parroquia, pasado el día de la conmemoración de los difuntos, se siga haciendo uno de una misa cantada con un ministro con doble de esquila, tumbilla con cuatro luces en ella, y responso en el altar de Ánimas aplicado por las almas de los cofrades, por las que se le darán al párroco veinte y seis pesos.

Veinte y una. Que en los días del Santísimo Patriarca Señor San José y Señor San Nicolás Tolentino se han de celebrar sus funciones con misa de tres ministros, procesión y sermón, por lo que se darán al párroco catorce pesos por cada una, y que dichas funciones se hagan en sus respectivos días, sin que se puedan transferir y en el altar de Ánimas, y que igualmente se apliquen dichas misas por las almas de los cofrades vivos y difuntos, y por los bienhechores.

Veinte y dos. Que los mayordomos no puedan hacer gasto alguno a más de los referidos sin acuerdo de la mesa y pasando de cincuenta pesos sea indispensable la licencia de los jueces eclesiástico y secular que autorizan las juntas, dándola o negándola en ella, sin derechos algunos, pues como que están presentes bien podrán instruirse de la necesidad o utilidad que haya.

Obligaciones de la cofradía para regraciar a los hermanos su devoción y desembolsos.

A más de la aplicación de los sufragios y misas de las fiestas según lo establecido en los anteriores artículos, siempre que algún cofrade haya de recibir el viático se franquearán veinte velas de cera y dos pesos en reales, a cuyo fin se prevenga en las patentes avisen con tiempo al tesorero o síndico respectivo, llevando certificación del médico o ministro que ordenó se dispusiese.

Ítem. Dará la cofradía a cada hermano cuando fallezca veinticinco pesos en reales o doce pesos y medio y una mortaja, siendo del arbitrio de los dolientes pedir lo que les acomode.

Ítem. Se le darán al hermano cofrade veinte y cinco luces, paño, féretro, almohadas con el guión para la compañía de su cadáver.

Ítem. El día siguiente del entierro del hermano cofrade se le cantará una misa con doble y responso en la respectiva parroquia donde se verifique su entierro, por la que se le darán al párroco tres pesos, cuya misa se aplicará por su alma.

Malinalco, y noviembre diez y nueve de mil setecientos noventa y ocho años.- José González, mayordomo.- Juan Antonio Araujo, diputado mayor.- Manuel Centeno.- Ignacio Segura.- Mariano Centeno.- Antonio Araujo.- Bartolomé Jurado.- Vicente Díaz.- Rafael Reyes.- Manuel Mendoza.- José Nieto.- José Escobar.

Visto en mi Consejo de las Indias con lo que en su inteligencia expuso mi fiscal, ha parecido aprobar, como por esta mi real cédula apruebo las expresadas constituciones en todo lo que no sea contrario a las adiciones y advertencias siguientes:

  1. Que el mayordomo o mayordomos que se nombren no se les imponga el gravamen de otorgar fianza por no haber semejante práctica en las congregaciones piadosas; que ésta elija en sus juntas para mayordomos aquellos hermanos que merezcan su confianza por sus buenas cualidades, y los nombrados sirvan sin otro interés que el de contribuir por su parte el objeto de su instituto.
  2. Que no se pueda trasladar la cofradía sin consentimiento del superior gobierno a otro templo, ni alterar sus constituciones sin impetrar para ello la correspondiente licencia.
  3. Que para las elecciones de oficiales de la cofradía y autorizar sus acuerdos es suficiente el cofrade que se nombre por secretario de la congregación, el cual debe servir sin derechos ni emolumentos.
  4. Que no se celebre junta alguna, sin que sea presidida por el ministro real que a este fin se nombre.
  5. Que sus bienes no se entiendan espiritualizados en tiempo alguno, ni se dejen de satisfacer en sus casos los derechos reales ahora ni en adelante con ninguna causa, ni pretexto.
  6. Que los diputados sean ocho y se elijan todos los años cuatro a fin de que haya siempre sujetos instruidos en los asuntos que ocurran.
  7. Que el rector sea secular, dure dos años y no pueda reelegirse.
  8. Que el cura de la parroquia asista como previene la ley en concepto de prelado de la casa en que está la cofradía.
  9. Que haya tesorero que sirva dos años y dos más si pareciere reelevarle, pero que no lo pueda ser por tecera vez sin haber pasado al intermedio de otros dos años.
  10. Que el mayordomo debe presentar sus cuentas a la junta, y ésta nombrar dos sujetos de los más versados en la materia para que las reconozcan y con su informe las vuelvan a la junta para su aprobación o la providencia que haya lugar, de manera que en las juntas nada sea judicial ni contencioso, pues cuando el negocio deba serlo, entonces ha de ocurrir al juez real que corresponda para que proceda.
  11. Que los funerales, gastos y funciones se reduzcan a lo justo y debido para que resulte sobrante e invierta en socorro de los pobres, presos o enfermos, o en otra cosa útil al vecindario con audiencia de la junta de la misma cofradía.
  12. Que las llaves del arca se pongan en el rector, diputado más antiguo y tesorero y todos los meses se entre lo que se hubiere recaudado, y saque lo que fuere menester, sentándose en un libro, firmando las partidas todos tres.

Por tanto, por la presente mi real cédula ordeno y mando a mi virrey, gobernador y capitán general de las provincias de Nueva España, al regente y oidores de mi Real Audiencia de México, y a los demás ministros, jueces y justicias de aquellos dominios, y ruego y encargo al muy reverendo arzobispo de México, al venerable deán y cabildo en sede vacante de aquella iglesia, y a otros cualesquiera prelados y jueces eclesiásticos a quienes corresponde guarden y cumplan y hagan guardar y cumplir puntual y efectivamente la expresada mi real determinación, según y en la forma que va referido, sin permitir en manera alguna se contravenga a ella, por ser así mi voluntad.

Fecha en Cartagena, a veinte y siete de diciembre de mil ochocientos dos.

Yo el rey.

Por mandado del rey nuestro señor.

Antonio Porcel

 

 

El final de la reforma de cofradías de Sevilla

DSCF2648En otra oportunidad hemos hablado del final que tuvo la reforma de cofradías de Nueva España. Pues bien, en el reino de Sevilla las cosas fueron en parte distintas y en parte semejantes. Distintas, pues en la Península el expediente general del Consejo de Castilla generó una resolución, el real decreto de 1783, que implicó una “recogida de constituciones”. Esto es, los jueces reales debían incautar los documentos fundamentales de cada hermandad o cofradía para que acudieran al Consejo de Castilla para su reforma. Esto ocasionó la formación de numerosos expedientes particulares. Y justo en ello se asemejan ambos reinos, pues la reforma general novohispana dejó paso a una reforma asimismo por expedientes particulares. Además, sin embargo, la Real Audiencia de Sevilla no renunció de inmediato a establecer un “arreglo general” de las hermandades de la ciudad y del “reynado”, aunque el proceso fue bastante lento.

Más de una década después de la conclusión del expediente general de Madrid, y a una década exacta de que se tratara de reabrir el expediente general de Sevilla, uno de los numerosos expedientes judiciales que las hermandades sevillanas sostenían entre sí dio motivo a un último intento de reforma general. Como se ve en los documentos de abajo, las hermandades conocidas como de la Carretería y del Gran Poder se disputaban el horario de salida de sus estaciones de penitencia (procesiones) de la madrugada del Viernes Santo. El caso llegó al Consejo de Castilla, que pidió informe a la Real Audiencia de Sevilla, ésta aprovecho para buscar una nueva medida a aplicar sobre las hermandades de la ciudad, pues lo hecho desde 1787 e incluso desde antes, parecía ahora insuficiente. Abajo vemos la respuesta del Consejo, la forma en que la orden se aplicó, tratando de retomar lo que no se había cumplido en diez años, y la resolución final del caso de esas dos hermandades.

Así pues, también de aquel lado del Atlántico la reforma tuvo unos límites particulares, y procuró más bien evitar la reacción airada de la sociedad hispalense, tan solidaria en sus cofradías y hermandades.

 

Informe de la Real Audiencia de Sevilla sobre el pleito entre las hermandades de Carretería y Gran Poder, 17941

Muy Poderoso Señor

Con fecha 7 de abril del corriente año manda Vuestra Alteza le informemos lo que se nos ofrezca y parezca acerca de la pretensión hecha en 17 del anterior mes de marzo por la hermandad de Nuestra Señora de la Luz y Tres Necesidades, cita en su capilla propia en el barrio de la Carretería, extramuros de esta ciudad, sobre que la de Nuestro Padre Jesús del Gran Poder, con quien sigue pleito, que se halla retenido en la sala primera de este tribunal, se abstuviere de salir a hacer su estación el Viernes Santo por la mañana ínterin dicho pleito se determina definitivamente.

Y en su cumplimiento decimos que en la Sala Primera de este vuestro Tribunal se halla retenido y en estado de vista en definitiva pleito que principió en 16 de abril de 1791 ante el provisor y vicario general de este arzobispado la hermandad de Nuestra Señora de la Luz y Tres Necesidades, sobre que se le señalase día para hacer su estación la madrugada del Viernes Santo de dicho año, anterior a la que hubiese de señalársele a la de Nuestro Padre Jesús del Gran Poder, de suerte que en dicha estación o procesión le precediese aquella a ésta.

En seguida de esta pretensión se promovieron por una y otra artículos de manutención y otros en que recayeron diferentes autos de fuerza en recursos que para este tribunal instruyó la primera, y por el último en que se declararon por de legos dichos autos, se retuvieron en la sala primera con otros que al mismo tiempo se habían principado y seguía la Hermandad de la Luz ante vuestro teniente tercero de asistente contra la misma hermandad del Gran Poder sobre los mismos puntos y artículos.

Retenidos los autos, arregló sus pretensiones la de las Tres Necesidades al artículo de manutención en la posesión en que decía hallarse de que la del Gran Poder no le precediese en la estación de Semana Santa, estimando punto de preferencia el ir delante.

Ejecutoriado este artículo a favor de la hermandad del Gran Poder, se puso demanda de propiedad por la de la Luz y Tres Necesidades a la que está conclusa para vista, que es el estado del pleito.

Referir a Vuestra Alteza por menor con los pasajes del proceso, la obstinación y empeño con que se ha seguido, sería dilatarnos demasiado, baste decir que ha sido tal la tercedad y porfía de uno y otro cuerpo, que no han perdonado ardid ni medios de cuantos puede sugerir la cavilación más acalorada, que no hayan emprendido y seguido con el mayor tesón, al paso que el tribunal, conociéndolo así, ha dado las providencias más oportunas para cortarlos, y que ciertamente hubieran producido el efecto deseado, a no haberse empleado en gentes tan indóciles.

Toda la disputa, como a Vuestra Alteza llevamos manifestado, está ceñida a cuál de los dos cuerpos debe ir delante en la procesión de Semana Santa. Más claro: cuál de los dos ha de tomar más parte de la noche para conciliarse mayor lucimiento y cuál se ha de presidir a cual, de que podrá inferir Vuestra Alteza el espíritu de devoción que las anima y la edificación que causará al público un culto de esta idea.

Podemos asegurar a Vuestra Alteza que un asunto tan fútil en sí y de tan poco interés ha causado al pueblo gran escándalo en descrédito de dichas hermandades, y ocupado al tribunal mucho tiempo precioso con perjuicio y atraso de otros negocios de bastante gravedad.

Por lo cual, y respecto a estar cumplida la orden de Vuestra Alteza en todas sus partes, como se acredita de los testimonios que acompañan, somos de dictamen de que Vuestra Alteza mande recoger las reglas a dichas hermandades e igualmente a todas aquellas que las tengan aprobadas en esta ciudad, que no sean de Santísimo o Ánimas, mediante su inutilidad y lo mucho que ocupan al tribunal con sus diarios recursos, usurpándole el tiempo que debe emplear con ventajas del público en negocios de importancia.

Es cuanto podemos informar a Vuestra Alteza en cumplimiento de su superior precepto, cuya vida guarde Dios muchos años. Sevilla, 16 de julio de 1794.

Bernardo Ruega.- D. Isidro de la Hoz.- D. Josef María Valiente y Brost.- D. Bernardo Falcón.- D. Pedro Gómez Labrador.

 

Orden del Consejo de Castilla sobre el pleito entre las hermandades de Carretería y Gran Poder, 17982

Ha visto el Consejo el expediente formado en él a instancia de la Hermandad de Nuestra Señora de la Luz y Tres Necesidades, sita en su propia capilla en el barrio de la Carretería, extramuros de esa ciudad, sobre que la titulada de Jesús del Gran Poder establecida en la parroquia de San Lorenzo se abstenga de salir primero a hacer su estación en la Catedral el Viernes Santo por la mañana, ínterin y hasta tanto que se ve y determina por ese tribunal el pleito que siguen sobre el asunto en la sala primera de él. Y enterado el Consejo de cuanto resulta de dicho expediente, como también de lo que le informó esa Real Audiencia con fecha de 16 de julio de 1794 proponiendo entre otras cosas se recojan las ordenanzas a las expresadas hermandades, e igualmente a todas aquellas que las tengan aprobadas en esa ciudad que no sean del Santísimo o ánimas, mediante su inutilidad, y lo mucho que ocupan a ese tribunal con sus diarios recursos, usurpándole el tiempo que debe emplear con ventajas del público en negocios de importancia, ha resuelto, con presencia asimismo de lo expuesto por el señor fiscal, que esa Real Audiencia recoja las ordenanzas originales de las referidas dos cofradías de Nuestra Señora de la Luz y Tres Necesidades y Jesús del Gran Poder, con las alhajas que les correspondan, y que depositando éstas exponga al Consejo por mi mano si convendrá su reunión a otras sacramentales o de Ánimas, y el destino que deberá darse a sus bienes y efectos.

Al propio tiempo ha resuelto el Consejo se encargue a esa Real Audiencia que por lo respectivo a las demás hermandades, cumplir con lo mandado en el real decreto expedido en el año de 1783, sobre arreglo de cofradías en todo el reino, procediendo en su ejecución con prudencia y sin causar de una vez novedad notable, informando al Consejo lo que de todo resulte y demás que se le ofreciere y pareciere. Todo lo cual participo a V.S. de acuerdo del Consejo y para su inteligencia y que haciéndolo presente en el de ese Tribunal disponga su cumplimiento dándome V.S. en el ínterin aviso del recibo de esta a efecto de hacerlo presente en él.

Dios guarde a V.S. muchos años. Madrid, 10 de septiembre de 1798.- Bartolomé Muñoz.- Señor Regente de la Real Audiencia de Sevilla.

Censura final del fiscal Joaquín José Márquez Villalobos en el expediente de reforma general de Sevilla, 17983

El fiscal de Su Majestad, visto este ramo separado que se ha formado con copia de la real orden de 10 de septiembre anterior relativa al arreglo de hermandades y que se le ha mandado pasar para que pida lo que corresponda sobre el segundo particular que incluye dicha orden, y teniendo asimismo presente el expediente general antiguo formado en el asunto.- Dice:

Que el Consejo encarga a esta Real Audiencia que por lo respectivo a todas las hermandades del territorio, exceptuadas las que han dado ocasión a que se expida dicha orden, cumpla con lo mandado en el real decreto del año de 1783 sobre arreglo de cofradías en todo el reino, procediendo en su ejecución con prudencia y sin causar de una vez novedad notable, informando al Consejo lo que de todo resulte, y demás que se le ofreciere y pareciere.

En cumplimiento de dicho real decreto se han dado por el Acuerdo desde su expedición, diferentes providencias, así generales como particulares, en los muchos expedientes que se promueven de esta naturaleza. En el año de 87 a impulso fiscal se dieron órdenes a los tenientes de esta ciudad para que recogiesen las ordenanzas de las hermandades establecidas en ella y practicasen otras diligencias conducentes a su respectivo arreglo, y también con el mismo fin se libró carta orden impresa por vereda a los justicias del territorio antiguo para la presentación y remisión de ordenanzas y evacuación de las mismas diligencias e informes circunstanciados sobre los puntos que se expresaron entonces en la censura fiscal de 13 de febrero de dicho año.

Según ha comprendido el fiscal, no correspondieron las resultas a los insinuados connatos, y aunque los tenientes remitieron sus expedientes y diligencias, acompañadas de una porción considerable de reglas, no las recogieron todas, quedando incompleto e imperfecto el desempeño de la comisión. Menos esmero hubo de haber de parte de las justicias de dichos pueblos, de las cuales muy pocas dieron cumplido el encargo hecho.

En este estado se recomienda por la citada orden el cumplimiento de dicho real decreto, y las nuevas circunstancias obligan a que en parte se adopten las mismas medidas tomadas en el año de 87, y en parte se arbitren otras más vigorosas y adecuadas a verificar el citado arreglo. El territorio de esta Real Audiencia se halla ampliado y comprende ahora otros muchos pueblos, a cuyas justicias no llegó ni pudo llegar la orden comunicada entonces por vereda. El exacto cumplimiento de la expedida últimamente por el Real y Supremo Consejo puede proporcionar otras ventajas y utilidades sobre las que antes se atendían, conforme a la nueva situación de las cosas.

Fundado pues el fiscal en dichas consideraciones, pide al acuerdo se sirva repetir su comisión a los tenientes de Asistente de esta ciudad para que a presencia de los expedientes formados en el año de 87 que al efecto deberán devolvérseles, recojan y remitan las reglas que falten, y asimismo procedan a que por todas las hermandades y sus respectivos hermanos mayores, mayordomos y oficiales les entreguen relaciones certificadas y exactas de los bienes y alhajas que les pertenezcan, conminados con la multa de 200 ducados en el caso de ocultación o fraude, cuyas diligencias den evacuadas dichos tenientes en el preciso término de 15 días con apercibimiento de ser responsables por la omisión, y de procederse a lo demás que haya lugar y para facilitárseles su práctica, podrá el presente escribano de Acuerdo poner en dichos expedientes lista certificada de las hermandades sitas en las iglesias o capillas de cada cuartel, puesto que según está entendido el fiscal, tiene a la mano dicho escribano de Acuerdo exacta noticia de todas las referidas hermandades, adquirida con el motivo de la invitación general que se les ha hecho al donativo y empréstito a Su Majestad en virtud de sus reales órdenes, cometidas al señor regente para su cumplimiento.

Asimismo, pide el fiscal se libre provisión o carta orden por vereda a los justicias de todos los pueblos del antiguo y nuevo territorio, para que en el tiempo de un mes recojan y remitan las reglas u ordenanzas de las hermandades y cofradías no aprobadas, e igualmente procedan a la entrega por sus respectivos mayordomos, hermanos mayores y oficiales de idénticas relaciones circunstanciadas y exactas, certificadas por los secretarios de dichas hermandades y firmadas por los mismos oficiales, de todos sus bienes y alhajas sin omitir ni ocultar cosa alguna bajo la multa de 200 ducados, y bajo la misma pena a los justicias si lo disimulan, y con apercibimiento de procederse a lo demás que convenga, y luego que sean remitidas las expresadas diligencias de cada pueblo pro sus justicias, convendrá que por el escribano de Acuerdo se ponga en cada expediente que se forme lista de las hermandades existentes en el respectivo pueblo, según lo resolutivo de las noticias y nóminas formadas con el expresado mérito de invitarse a dicho donativo y empréstito.

El Acuerdo podrá disponer sobre todo lo que fuere más acertado y justo. Sevilla, 17 de octubre de 1798.

Márquez.

Resolución final de la Sala de Gobierno del Consejo de Castilla en el pleito entre las hermandades de Carretería y Gran Poder, 17984

Señores de Gobierno 2ª

Bendicho

Isla

Isunza

Sin embargo de lo mandado en el auto de 23 de mayo de 1796, líbrese provisión para que la Real Audiencia de Sevilla no impida continuar en sus ejercicios a las cofradías de Nuestra Señora de la Luz y Jesús del Gran Poder, bajo las ordenanzas que tienen aprobadas, y la escritura de transacción que presentan.

Madrid, 9 de noviembre de 1798.

 

1 Archivo Histórico Nacional (AHN), Consejos, leg. 1368, exp. 5, fs. s/n.

2 Archivo General del Arzobispado de Sevilla (AGAS), Justicia, Hermandades y cofradías, leg. 9813, exp. 4, fs. s/n.

3 AGAS, Justicia, Hermandades y cofradías, leg. 9813, exp. 4, fs. s/n.

4 AHN, Consejos, leg. 1368, exp. 5, fs. s/n.

Los últimos días de Agustín Rivera

agustin-rivera-webEl día de hoy se cumplen cien años de la muerte del Dr. Agustín Rivera. Cabe destacarlo, si su obra no bastara, su memoria hizo también correr algo de tinta no desprovista de interés. La prensa dio a conocer la noticia de su muerte, y aunque falta un trabajo más amplio al respecto, parece ser que se le conmemoró sobre todo en las páginas de órganos del carrancismo, como El Pueblo. También recibió atención importante, y resulta paradójico tratándose de un sacerdote católico, del periódico oficial del metodismo, El abogado cristiano. Significativamente, no hemos encontrado hasta ahora, pero todavía no hemos hecho una búsqueda a profundidad, la reacción de la prensa católica.

En esta oportunidad, tomamos de las páginas de El pueblo un artículo remitido en octubre de 1916 y publicado en enero de 1917 de Rafael Muñoz Moreno, quien fue durante largos años el amanuense de Rivera. Desde luego, es un recuerdo íntimo, doloroso inclusive, que presenta a la admiración del lector a un anciano fuerte en la enfermedad pero extremadamente débil, ciego y pobre. Además se acerca todo lo posible a la facción revolucionaria en el poder. Es asimismo interesante pues nos describe unos últimos días del padre Rivera particularmente secularizados: no hay la mención más mínima a auxilios espirituales, rezos o sacramentos católicos. Sorprende también la ausencia de toda referencia a Lagos de Moreno, sus autoridades o habitantes. En cambio, hay incluso reproches familiares, y claro, vemos aquí ya la construcción de la imagen de Rivera como el gran sabio, comparable a los clásicos que tanto citó, como Homero, Horacio o Virgilio. Leamos pues, esta memoria familiar del sabio de Lagos en el centenario de su fallecimiento.

El pueblo, año III, tomo I, núm. 787, México, 6 de enero de 1917, p. 3.

Últimos días y muerte del preclaro escritor señor doctor Agustín Rivera

Una vez más se ha comprobado, con motivo del fallecimiento del señor Dr. D. Agustín Rivera, la verdad de aquel pensamiento de Hugo, expresado en el siguiente apóstrofe: “¡Grandes hombres si queréis que mañana se os haga justicia, moríos hoy!” Apenas han transcurrido tres meses desde esa defunción, cuando ya diferentes agrupaciones literarias se apresuran a estudiar su vida y analizar sus obras, tanto en los diferentes aspectos que estas en sí mismas presentan, como en el influjo cultural que han ejercido sobre nuestra patria. Un interés muy vivo se ha despertado en cuantos piensan, por conocer detalles relativos a los últimos días del erudito doctor. Numerosas cartas he recibido de reconocidos intelectuales, en que se me interroga sobre ese asunto, y para contestar a todas ellas y dar al dominio público lo que de derecho le corresponde, me he resuelto a escribir este artículo, informando en la verdad y en la justicia.

La existencia del señor Dr. Rivera fue amargada en sus últimos años por variados padecimientos físicos y morales. Lo avanzado de su edad, pues falleció a la de noventa y dos años, cuatro meses, seis días, le originó numerosos achaques y enfermedades, algunos de los cuales hubiesen sido insoportables para hombres de inferior carácter. De entre esos males, el mayor fue, sin duda, la paulatina disminución de su potencia visual, que empezada sensiblemente a mediados del año próximo anterior, llegó a imposibilitarlo para la lectura desde a fines del mismo, impidiéndole de ese modo, que efectuara lo que de más fundamental e irresistible había en todas sus tendencias. Desde entonces, comenzó a declinar rápidamente: todos los padecimientos que antes le eran soportables debido a que en el estudio encontraba para ellos un paliativo o un remedio radical, al ocupar el campo entero de su conciencia psicológica, crecieron en importancia subjetiva. Ensimismado, absorto, veíase discurrir por los aposentos de su casa (sita en esta ciudad. Avenida B. Domínguez, Poniente 37), siempre inteligente, siempre activo, supiendo con la claridad de las facultades mentales, la oscuridad creciente que le envolvía, y consiguiendo de ese modo dictarme las más ingentes cartas, ordenar sus objetos de uso personal, disponerse, en suma, para efectuar ese largo viaje que al fin emprendió, y que si no era esperado, era previsto. Fácil es comprender lo que para ese hombre significó la casi completa pérdida de la vista. Difícil es conseguir mayor concebir mayor desgracia para un hombre de estudio. Fue para él lo que habría sido la parálisis para Alejandro Magno, lo que sería la ablación de las alas para un cóndor. En los cerebros bien organizados, existen tendencias firmes y precisas: “la bestia filosófica” de que nos habla Nietzsche, no es más que el hombre constituido para filosofar y que se busca el medio al efecto más propicio venciendo no importa cuáles resistencias: suprimir esa indómita inclinación, desviar esa fuerza que se encamina por senderos predesignados por la naturaleza, ahogar lo que en nosotros existe a título de aspiración suprema, es suprimir la vida misma. Por eso considero que la rápida declinación de la del señor Dr. Rivera, a consecuencia de su ceguera, fue un suplicio y una comprobación, suplicio porque contrarió una tendencia primordial de su organismo: comprobación, porque rebeló la escuela de éste.

La pobreza, esa inseparable compañera de la virtud y el genio, afligió también en sus últimos años al ilustre desaparecido. Imposibilitado por su edad para todo trabajo inmediatamente productivo; sin el apoyo de mi hijo el Lic. Muñoz Moreno, que a la sazón sufría los rigores del exilio; dedicado yo por completo a atender de noche y día al noble anciano; sin contar con mas recursos que la modesta pensión de ciento cincuenta pesos mensuales en su favor decretada por el XXVI Congreso de la Unión, y que la Revolución, por una de esas contradicciones que hacen que ciertas cosas grandes tengan, no obstante, aspectos de pequeñez incomprensibles, le hizo pagar, a la par, en papel moneda de circulación forzosa; sin recibir la menor ayuda de ninguno de sus acaudalados parientes, de quienes posible es que en otra oportunidad me ocupe, hubiérase de seguro visto en la miseria, a no haber sido por el espontáneo auxilio que le impartieron algunos de esos hombres que nacieron a la vida pública, al calor del incendio revolucionario, desconocidos antes y admirados hoy por lo preclaro de sus talentos y la eficiencia de sus energías, grandes cerebros para quienes la opresión fue obscuridad y la libertad significó gloria, tales como los señores General Manuel M. Diéguez, Lic. Manuel Aguirre Berlanga y Luis Castellanos y Tapia; otro de ellos, dotado de excepcionales cualidades, por desgracia actualmente anuladas a consecuencia de un error político: el señor General Felipe Ángeles; un digno sacerdote, discípulo del señor Dr. Rivera, y que a título de excepción honra a la clase a que pertenece, el señor cura del Huatusco, Ver., Don Fermín Moreno, y algún otro filántropo, tipo genuino de modestia y bondad, que quiso ocultarse en el incognito al hacer un oportuno donativo… Vayan a todos ellos, las presentes líneas, en testimonio de gratitud y pública comprobación de sus virtudes, y sepa quien lo lea o quien lo escuche que si, con excepción del último, pródigos hubieran sido con el ilustre historiador de que me ocupo, a bajo precio habrían comprado el derecho que hoy tienen de que sean repetidos sus nombres, con la honrosa significación de protectores de las letras, mientras perdure el de aquel a quien beneficiaron, como aun suenan los nombres de Mecenas y del Duque de Béjar, al evocar los de Horacio, Virgilio y Cervantes.

El Dr. Rivera, ciego y pobre, recuerda a Homero, que, ciego también como su nombre lo indica, peregrinaba por las ciudades de la Antigua Grecia, recibiendo un óbolo de quienes oíanle recitar trozos de sus eternos poemas.

¡Jamás fue la fortuna propicia para el genio, quien en todos los tiempos ha sabido armarse de filosófica paciencia para resistir a sus adversidades: “La virtud concede un reino y diadema segura y un laurel propio a aquel que ve grandes montones de oro y plata y no vuelve los ojos hacia ellos,” y “levanté un monumento más duradero que el bronce y más alto que las pirámides de Egipto, que ni la lluvia voraz, ni el aquilón impotente, ni la innumerable serie de los años, ni la fuga de los tiempos pueda destruir”… pensamientos son que, creados por el fecundo numen de Horacio, repetidos fueron, en son de consuelo y esperanza, por el eximio escritor laguense.

La desaparición del señor Dr. Rivera fue una sorpresa aun para mí, que más de cerca lo atendía. Cierto es que su avanzada edad hacía que revistiera caracteres de gravedad la menor alteración de su salud, por lo que a diario era de temerse un desenlace funesto; pero como sus achaques y enfermedades se sucedían unos con otros, casi sin interrupción, y como constantemente se conseguía un completo restablecimiento, debido unas veces a las atenciones médicas y siempre a los cuidados y desvelos que en suerte me cupo la honra de prodigarle, durante la última enfermedad del ilustre paciente, denominada enterocolitis, jamás perdí la esperanza de que sanara. A conservar esta ilusión, contribuyó en buena parte la actividad intelectual y la energía de carácter del sabio historiador, quien, en la antevíspera misma de su muerte, con su fluidez extraordinaria, dictábame una carta de negocios para el señor Dr. Cayetano Andrade, carta que, por ser la última que redactó, y en prueba de lo que afirmo, me prometo dar a la publicidad, a cuyo efecto, ya me he dirigido a su destinatario para recabarla. En presencia de tan notable conservación del entendimiento, difícil era creer que la muerte se acercaba. Al fin llegó el día seis de julio último. Por extraña coincidencia, en la misma fecha regresó, tras larga expatriación, mi ya aludido hijo el Lic. Muñoz Moreno, a quien el señor Dr. Rivera desde hacía largo tiempo esperaba con impaciencia, y cuya forzada separación, fue otro de sus padecimientos morales, no logrando hacerla cesar, a pesar de que al efecto, dos veces se dirigió al C. Primer Jefe; mi hijo y yo nos presentamos en el aposento del señor doctor, quien a la sazón dormía; no quisimos despertarlo, porque recordé que había pasado mala noche, y temí que la inopinada presencia de Alfredo, le ocasionara una impresión que, por lo intensa, le fuera perjudicial; cuando regresamos, expiraba… Abrió los ojos; mas en medio de la agonía, en la penumbra de la instancia y con la casi completa ceguera que le aquejaba, seguro es que ni siquiera alcanzó a distinguirnos. Lentamente fue disminuyendo el ritmo de su respiración, hasta cesar por completo. Al parecer sin sufrimiento alguno, hizo la por todos temida transición de la vida al no ser. Puede decirse que pasó, de uno de los sueños transitorios de este mundo, al eterno y profundo de la muerte…

El cortejo que acompañó el cadáver del señor Dr. Rivera hasta su última morada, fue poco numeroso. El elemento oficial no formó parte de él. Solamente los niños de una escuela, como si en medio de su candor e inexperiencia, se dieran mejor cuenta de la pérdida sufrida por la Patria toda, en particular por sus clases estudiosas, conducidos por su inteligente Director el señor profesor J. Sóstenes Lira, que poco después también bajó a la tumba, presentes se encontraron hasta que para siempre desapareció de su vista el cadáver del ilustre laguense. Ninguna voz se alzó para darle la eterna despedida. El Lic. Muñoz Moreno intentó ver algunos concepto; mas impidióselo la intensidad de su emoción. Los grandes dolores, jamás podrán ser expresados por medio de la palabra: únicamente el lenguaje natural es capaz de revelarlos. A este propósito, podría sentarse como incontrovertible la siguiente tendencia entimemática: ¿Hablas de tu dolor? ¡No es muy intenso!

Debo hacer constar aquí que, aunque fue muy modesta la inhumación del señor Dr. Rivera, ya el Gobierno Constitucionalista, en su titánica labor de nacionalismo, en particular algunos de sus más distinguidos miembros, como los señores Lic. Manuel Aguirre Berlanga  y General Manuel M. Diéguez, a iniciativa mía, se preocupan por erigir, sobre la humilde tumba del autor de tantas luminosas obras, un monumento cuya grandeza corresponda a su memoria.

León, Gto., octubre de 1916.

RAFAEL MUÑOZ MORENO

N.R. El anterior interesante artículo sobre uno de nuestros más esclarecidos sabios, nos fue remitido por el culto escritor que con su firma lo calza, y que fue quien asistió en su muerte, al Dr. Rivera, recibiendo de él nombramiento de su albacea testamentario.