Archivos de la categoría Documentos

¿Un Renacimiento de las campanas?

El domingo 3 de mayo de 1953, el periódico bogotano El tiempo, publicó esta nota de sensibilidad campanera romántica, con algunas ideas interesantes sobre su historia y futuro.

De las Naciones Unidas. Sin campanas ni campaniles

Edificio de las Naciones Unidas en la década de 1950.

No tiene, no se proyectó con torre el edificio de las Naciones Unidas. Sino iba a tener campanas, para ¿qué hacerle campanil? Aunque la torre es uno de los motivos más bellos de la arquitectura, aquí no tenía lugar. Hubiera costado mucho, y carecía de objeto. Ni hubiera sido funcional. La palabra funcional – que es fea – y que usan ahora tanto los arquitectólogos, no viene de función en el sentido de pompa y espectáculo, sino en el material de una relación mecánica. La torre es mera mística, es memoria romántica de los campanarios. Hoy la gente oye tocar las campanas y no sabe lo que dicen. Y sin embargo.

Y sin embargo las campanas fueron la lengua en que se dilató por el espacio la voz de los pueblos, lo mismo llevando el Ave María por la tarde que cantando a revolución por la libertad. En la historia de América hay por lo menos dos campanas en son dos cunas de bronce. La de Filadelfia en los Estados Unidos, y la de Dolores en México. Este uso americano de la campana no es invención criolla. Las campanas llamaban en Europa lo mismo los soldados a la guerra que a los fieles a la iglesia. En la torre de Amberes las dos campanas grandes pertenecían a la ciudad; y las otras a la iglesia. Quien mandaba en la ciudad, mandaba en sus campanas. Los más rudos analfabetos, las vírgenes dormidas, los frailes retirados, todos podían leer las páginas de este periódico de bronce que volaba llevando las noticias de la guerra o de la paz. En Brujas, como no hay tanta iglesia y tanto campanario, y la ciudad es tan apretada y sonora, parece vivirse bajo un frondoso árbol de campanas, pero la gran torre de la ciudad, la torre del carrillón, no toca propiamente para los oficios divinos, sino para los humanos. En Florencia la torre no tiene nada de aguja mística: es un puño de piedra que se alza formidable sobre el palacio almenado de la señoría, y la campana allí es la campana de la libertad. Se llama así y eso quiere decir campana de la nación, del pueblo, del señorío florentino. En Londres, la torre del Big Ben es para que se oiga la campana del parlamento.

Campanario de Giotto, Florencia.

La propia iglesia tardó cuatro siglos en hallar la fórmula de la campana, que luego ha venido a ser como carne de su carne y huesos de sus huesos. Hoy nos parece que el mundo antiguo fue un mundo sin campanarios, y la era cristiana un mundo con campanarios. No siempre el campanario formó cuerpo con la iglesia. En Italia algunos de los más bellos y desde luego el del Giotto en Florencia, están al lado de la catedral. Éste del Giotto, con sus mármoles de colores, parece una vara de lirio que se alza al fondo del valle de las flores del Arno. Lo mismo es la torre de Giralda en Sevilla, mirador oriental de la tierra hispanoamericana.

Cuando vino la edad de fierro, que así se llamó, en 1900, de entrada, el siglo XX, la capital del mundo era París. Los nuevos arquitectos se preguntaron si había llegado o no el momento de abatir las torres. La respuesta la dio la Torre Eiffel. Pero ¿y las campanas? Habría llegado la hora de proclamar la victoria delas letras en el duelo entre la ilustración y la mística, entre las campanas y los libros?

Mirando al edificio de las Naciones Unidas es claro que lo que no hay es torre, que lo que no se oye es campana. Y que lo que se siente es frío. No conviene hacer profecías, y mucho menos profecías que puedan colocar al profeta en el mundo decadente de los nostálgicos. Pero me queda difícil ocultar que tengo el pálpito de que vendrá un Renacimiento a la vuelta de unos años. Y que será un Renacimiento de las campanas.

Ariel

New York, abril de 1953.

El peligro de la libre interpretación bíblica en el siglo XIX

Retrato de Diego de Aranda, obispo de Guadalajara, sacristía de la Catedral-Basílica de San Juan de los Lagos, foto de Simona Villalobos Esparza

En esta ocasión presento aquí un documento que ya había mencionado en otro momento, el edicto del Dr. Diego Aranda y Carpinteiro, gobernador de la mitra de Guadalajara, contra las traducciones protestantes de la Biblia y la circulación de objetos profanadores en agosto de 1828. Aranda luego sería obispo de la propia diócesis, uno de los prelados destacados del segundo tercio del siglo XIX mexicano, que como sus demás homólogos de la época vivió con particular atención el proceso de secularización que planteaba la modernidad. Poblano, formado en el Seminario de Puebla en los últimos años del siglo XIX, le tocó ser hombre de la transición entre la cultura del Antiguo Régimen, la monarquía católica, y la república liberal.

Aranda fue, como muchos otros eclesiásticos de la época, diputado en los primeros órganos representativos (las Cortes de 1820, el Constituyente de Jalisco), pero sin dejar su carácter clerical. Era testimonio de un momento histórico en que se hizo un enorme esfuerzo por conciliar el catolicismo y el liberalismo. De hecho, el lector lo notará en el texto. El entonces ilustre canónigo se detiene a recordar a su clero y fieles la larga tradición de la Iglesia en materia de la lectura de la Biblia, básicamente fundada en la desconfianza de la capacidad individual para su correcta interpretación, que por ello era necesario dejar en manos del magisterio eclesiástico. De ahí que se oponga a la difusión que las sociedades bíblicas protestantes realizaban entonces incluso en México, de textos en español y sin comentarios. El protestantismo, en cambio, se fundaba en la libre interpretación bíblica, aunque matizada según la época y lugar. Ahora bien, ¿era posible seguir manteniendo límites en la difusión de los libros en un régimen fundado, precisamente, en la libertad indivudal? El documento evidencia que al menos esa era la idea en una nación mexicana que era al mismo tiempo moderna y católica, fundada también con el deber de la protección de la religión, sus principios y autoridades. El lector lo verá, el prelado menciona entre sus argumentos el tema de la “tranquilidad” que la unidad religiosa proporcionaba y que no debía ponerse en peligro, acaso insinuando que la pluralidad religiosa podía debilitar a la nación.

Es además un edicto que incluye, aunque marginalmente, el tema de la difusión de estampas obscenas y de objetos profanos además profanadores, que hemos comentado en otro momento, por ello no prolongo más esta breve introducción, aquí pues, el texto de ese decreto del gobierno mitrado tapatío de 1828.

Encabezado del edicto del gobierno de la mitra de Guadalajara contra las biblias protestantes de 1828.

Archivo Histórico de la Arquidiócesis de Guadalajara, edictos y circulares, caja 8, expediente 2.

Nos el Dr. D. DIEGO ARANDA, prebendado de la Santa Iglesia Catedral, provisor y gobernador de la Mitra de guadalajara en sedevancante, por el Ilustrísimo y Venerable Cabildo de la misma.

Al venerable clero secular y regular, y a todos los fieles de esta diócesis, salud y paz, bendición y gracia celestial.

Tu pues vela, trabaja en todas las obras, desempeña el cargo de evangelista, cumple tu misterio (1). Estas palabras con que el apóstol S. Pablo excitaba en los principios de la Iglesia el celo de su discípulo Timoteo y que en persona de éste fueron dichas a cuantos en el transcurso de los siglos habían de obtener sobre el rebaño de Jesucristo el cargo pastoral; nos estimulan hoy sobre la preciosa y muy amada grey que el Señor se ha dignado encomendarnos, a no perdonar trabajo alguno por mantenerla y conservala en la profesión de la santa doctrina del Evangelio, desempeñando así en cuanto nuestras débiles fuerzas alcanzan el treemendo y formidable ministerio que se nos ha confiado.

Entre los muchos y graves motivos de dolor que al presente aquejan nuestro espíritu, por la abundante y mortífera cizaña que el hombre enemigo ha sembrado en el campo del Señor, y por la ruina y perdición de tantos como son los que a mala dicha suya se dejan arrastrar de los atractivos de la novedad y la impostura; entre tantas amarguras no es la menor la que nos ha ocasionado el libre y franco comercio que, contraviniendo a las disposiciones no sólo eclesiásticas, sino también civiles, se ve practicado por muchos entre nostros con los libros de la escritura santa impresos en legua vulgar sin notas ni comentario alguno; y el que practican otros olvidados tanto de las leyes como de las reglas naturales de la decencia y del decoro, exponiendo a la venta pública o secretamente, ofreciendo pinturas, estampas y esculturas obscenas, cuya vista ofende a toda persona honesta y escandaliza a los pequeñuelos, y cuyo curso no puede fundamentarse sino sacrificando la moral o a un sórdido interes o a una infame prostitución.

Cuanto a lo primero, la Iglesia nuestra madre, animada siempre y dirigida por las luces del espíritu divino, cuya asistencia le está prometida hasta la cosumación de los siglos, ha sido en todos tiempos la primera en desear que todos sus hijos se dediquen con santo empeño a la lectura y estudio de los libros sagrados. Nadie más que ella ha trabajado desde sus primeros días así en leerles o explicarles la letra y el sentido de aquellos venerables escritos, como en recomendarles su frecuente lectura y la detenida consideración de la palabra de Dios, que en ellos se contiene. ¿Quién ignora que desde los tiempos primitivos en las asambleas religiosas de los fieles, era la lección de la escritura santa uno de los ejercicios principales a que se dedicaban, y que llegó por eso a ser una parte cosiderable de la sagrada liturgia, como lo recuerdan todavía nuestras epístolas y evangelios? ¿A qué nos hemos de detener aquí en acopiar las vivas enérgicas exhortaciones con que los santos padres y en especial los Crisóstomos, los Agustinos y los Gregorios no cesaban de amonestar a sus pueblos que no se contentasen con las lecturas y explicación que de los libros santos oían en el templo, sino la repitiesen también en sus casas, acordando allí lo que se les había explicado, platicando con sus familias, y estimulándose mutuamente a adelantar y aprovechar cada día más en la inteligencia de las escrituras?

La Iglesia hizo siempre profesión de enseñar sobre este punto lo que en los mismos santos libros aprendia, es a saber que toda escritura divinamente inspirada es útil para enseñar, para reprender, para corregir, y para instruir en la justicia, para que sea perfecto el hombre de Dios y esté prevenido para toda obra buena.(2) En las cuales palabras están compendiadas las muchas e importantísimas utilidades que un espíritu religioso y verdaderamente cristiano halla en la devota lectura de la escritura sagrada y que están claramente indicadas en otros muchos lugares que por la brevedad omitimos .

Mas al mismo tiempo, aquella sabia y prudente madre no podía ignorar ni debía desentenderse de lo que el príncipe de los apóstoles dice en su segunda carta canónica a todos los cristianos por estas expresiones. Hacéis bien de atender a las palabras de los profetas como a una antorcha que luce en lugar tenebroso… entendiendo ante todas cosas que ninguna profecía de la escritura se hace por propia interpretación (3); y poco después por estas palabras: hay en las cartas de Pablo algunas cosas difíciles de entenderse, las que adulteran los indoctos e inconstantes, como también las otras escrituras para su propia ruina. Vosotros pues, hermanos, con este aviso estad alerta para que no caigáis de vuestra firmeza engañados de los insensatos(4).

Con el fin pues de preservar a los fieles de semejantes engaños y evitarles su propia ruina, la Iglesia cuidó siempre y miró como un deber suyo no sólo el explicarles el verdadero sentido y darles la inteligencia de los lugares difíciles de entender, siguiendo la interpretación de ellos que por tradición recibió de sus mayores, sino también el estar alerta contra la seducción de aquellos maestros ignorantes, volubles e insensatos que de tiempo en tiempo nunca han dejado de aparecer, muy pagados de sus ciencias y atenidos a su propia interpretación, adulterando las escrituras con sentidos que no tienen, y engañando a los incautos con venderles por doctrina del Espíritu Santo sus propios sueños y delirios.

Sabido es que apenas ha habido error o herejía que no haya nacido o no haya tratado de buscar apoyo en la mala inteligencia de algún lugar de la sagrada escritura, como ya en su tiempo lo notó el P. S. Agustín; y sabido es también que en las traducciones del sagrado texto a las lenguas vulgares es en donde los herejes hallaron la mejor oportunidad para infundir su veneno y corromper así la misma fuente de la doctrina recibida, principalmente desde la época en que con la caída total del imperio romano cayó también en olvido su lengua, y reducida ésta a los recintos de los templos, cada pueblo de Europa se fue formando su particular dialecto e idioma.

Coicidió esta mudanza de lenguaje con la aparición de las grandes herejías de Occidente, y los jefes de estas sectas se aprovecharon de tan favorables coyuntura para dar a leer a los pueblos, ignorantes ya del idioma latino, más traducciones de la Biblia en el dialecto vulgar hechas en consonancia con sus erores y sumamente infieles. Por esta causa hallamos que ya desde el siglo trece, la mala fe de los herejes albigenses obligó al Concilio de Tolosa en Francia, celebrado en 1229, a prohibir a los legos o seculares el uso de la sagrada escritura en lengua vulgar (5) y cuatro años después se hizo la misma prohibición en España en el Concilio de Tarragona. En los siglos subsiguientes no abandonaron los sectarios su empeño de corromper la escritura en su traducción, y la Iglesia, por lo mismo, hubo de mantener su prohibición, sobre todo, cuando el grande heresiarca Lutero empezó a proclamar altamente la supuesta necesidad de que todos leean la Biblia en su propio idioma; y se hizo él mismo traductor falaz del Nuevo Testamento, creyó entonces el Sagrado Concilio general de Trento absolutamente indispensable para la conservación de la fe y extinción de los errores, no sólo el declarar (6) que sólo la versión vulgata latina se tuviese por auténtica, y que aún ésta no se pudiese imprimir sin previa aprobación y revisión del ordinario; sino también (7) que una junta de diez a ocho hombres doctos y píos escogidos de entre todas las naciones que se hallaban allí congregados, formasen con el mayor detenimiento, examen y maduro consejo las reglas que pareciesen convenientes para la acertada dirección de los superiores eclesiásticos en este punto y otros semejantes. Por disposición del concilio (8) se remitieron los trabajos ya casi concluidos de esta junta a la revisión y última determinación del papa, quien después de nuevas y muy prolijas conferencias, publicó en fin, en 24 de marzo de 1564, las reglas que llamaron del índice romano, que entre nosostros fueron aceptadas y mandadas guardar por decreto del rey Felipe 2º., comunicado a todos los consejos con fecha 15 de febrero de 1569. Entre ellas, la cuarta decía así (9): Siendo manifiesto por la experiencia que de permitir a todos sin discreción la Sagrada Biblia en lengua vulgar se origina, por la temeridad de los hombres, más daño que provecho, quedará al juicio del obispo, &c. Después, el Sumo Pontífice Clemente 8º. en la revision y nueva publicación que de dichas reglas hizo en 1595, reservó a sí y a las congregaciones romanas aun esa facultad de conceder tales licencias.

Pero como todas estas prohibiciones eran puramente unas medidas de precaución y de prudencia, tomadas por razón del riesgo de los lectores y no por razón de los libros que en su pureza y fiel contenido son santisimos y provechosísimos; posteriormente, mudadas algún tanto las circunstancias, la misma Iglesa tuvo por oportuno moderar aquel antiguo rigor; y por eso en última revisión y publicación de las mencionadas reglas que hizo el inmortal Benedicto 14, agrégase a dicha regla cuarta la siguiente cláusula: se permiten semejantes versiones de la Biblia en lengua vulgar si fueren aprobadas por la silla apostólica o se publicasen con anotaciones sacadas de los santos padres de la Iglesia o de intérpretes doctos y católicos. En consecuencia de la actual, el sumo pontifice Pío 6º. por su breve de 17 de marzo de 1778, celebró y aplaudió la versión al italiano que el sabio Antonio Martini había publicado con notas de santos padres, oportunas para precaver cualquier abuso; y enseguida hizo lo mismo la Iglesia de España con la que en castellano publicó el Padre Felipe Scio, acompañada de iguales notas.

De cuando llevemos expuesto resulta que, según las leyes actuales de la Iglesia católica, en cuyo seno se gloría de estar la república mejicana, no es lícita la impresión ni permitida a todos la lectura de la Biblia en lengua vulgar, sino con las tres condiciones siguientes: 1° que la versión de dicha Biblia esté publicada con licencia y aprobación de los superiores eclesiásticos; 2° que esté hecha por autor docto y católico y ajustada en cuanto ser pueda al texto de la vulgata; 3° que esté aprobada por la silla apostólica (cosa que de ninguna versión vulgar es de esperar siendo por otra parte negocio muy arduo y nada necesario) o esté acompañada de notas o comentarios sacados de los santos padres o intérpretes católicos para declaración y sana inteligencia de los lugares oscuros, difíciles o ambiguos.

Mas de estas condiciones, y principalmente de la tercera, que no es la menos importante para precaver la ilusión y los engaños en los lectores, al menos en los poco instruidos en la doctrina sagrada, se desentienden totalmente las sociedades bíblicas que, establecidas primero por los protestantes de Londres, se han ramificado después por varias partes del globo y aun entre nosotros pretender hallar fomento. Frutos suyos son las innumerables biblias castellanas en un solo volumen que se venden públicamente en las calles y portales de esta capital, algunas completas, otras muchas truncas, faltas de aquellos libros que no admiten los protestantes, y lo son también los muchísimos ejemplares del Nuevo Testamento que en igual forma están impresos y del mismo modo se expenden. Tendríamos mucho que decir si hubiésemos de exponer las torcidas intenciones y perversos designios que dichas sociedades bíblicas llevan en los inmensos gastos y trabajos que impenden en multiplicar sin cuenta las ediciones de la biblia en todas las lenguas vulgares conocidas y en diseminarlas por todas las naciones a bajos precios o casi devalde, pero en todas partes sin notas ni comentario alguno. Sin temeridad alguna pudiéramos afirmar que su principal objetivo en esto es, el de propagar por este medio o infundir en todos los ánimos el funesto y fatal principio de las sectas protestantes, a saber que, la única regla de la fe es la escritura entendida por cada uno según su propio juicio; principio que es diamentralmente opuesto al que la religión católica profesa, teniendo por regla fundamental de su fe la enseñansa o viva voz de la Santa Iglesia, a quien únicamente toca el juzgar del verdadero sentido o interpretación de las escrituras (10).

Mas para que no se crea que, impulsados de la oposición de partidos la atribuimos gratuitamente [a] ese depravado intento, oid el juicio que de ellas han hecho algunos protestantes más juiciosos: el ministro anglicano Mr. Wix, en una obra publicada en Londres hace nueve años se explica así: la sociedad bíblica tanto la nacional como la extranjera, obrando de mancomún con sujetos de todas sectas, se encaminan ciertamente a propagar un vasto sistema de indiferencia, fatal a los verdaderos intereses del evangelio; y despues de pintar los tristes efectos del celo inconsiderado de los repartidores de las biblias, añade: tales han sido los progresos del sistema bajo la influencia de esta sociedad funesta, planteada sobre un plan incompatible con la pureza del cristianismo y peligrosa para la unión de la fe tan empeñosamente recomendada por Jesucristo. (11) Otro ministro de la misma Iglesia, Mr. O’Callaghan, hablando del mismo asunto y en igual sentido dice: La expresión hoy muy usada de que la Biblia es proporcionada a todas las personas y a todas las edades y condiciones, y a todos los talentos, o no es verdadera absolutamente, o sólo lo es en un sentido restricto. La Biblia es tal vez el mas dificil de todos los libros. La experiencia y la observación del linaje humano nos conducen a inferirque la escritura santa es por sí demasiado oscura para la generalidad de las gentes… Esta debe contentarse con recibir de otros su instrucción, porque jamás ella sabrá acercarse a las fuentes de la ciencia; es preciso que en medicina, en la jurisprudencia, en la física y en las matemáticas aprenda las verdades más importantes de boca de aquellos que las van a beber en la primera y las más pura fuente; y el mismo método es el que se ha observado constantemente y por lo general en cuanto al cristianismo; siempre que se han separado de esta regla hasta cierto punto, han sobrevenido tales sacudimientos en la sociedad que la han hecho estremecer hasta su centro. (12)

Después de estas confesiones de nuestros propios adversarios, parécenos excusado el difundirnos más sobre los justos recelos que a todo amante de la única y verdadera fe deben infundir las versiones o ediciones emanadas de dichas sociedades bíblicas, ni sobre los riesgo y peligros que podrían sobrevenir a nuestra creencia y tranquilidad religiosa, si no tratamos de impedir el que circule y ande en manos de todos la Biblia sin notas ni comentario alguno; mucho más cuando estamos todos bien persuadidos de la verdad que nos dejó escrita P. San Agustin en estas palabras: el hombre que está bien fundado en la fe, en la esperanza y en la caridad y que todas tres virtudes conserva con firmeza, no necesita de las escrituras sino para instruir a otros (13).

Y en cuanto al otro punto de las estampas, pinturas y esculturas obscenas, de las cuales se expenden algunas meramentes deshonestas; y otras que añaden a esto la impía y blasfema indecencia de representar tan infame vicio en personajes que la religión venera y adora; como también algunos lienzos, trajes y otros utensilios, aun para los usos más viles, en que se ven pintadas cruces o imágenes de algunos santos, lo que no puede ser seguramente sino con el fin de hacer despreciables estos objetos tan dignos del respeto y veneración de los fieles; nosotros creemos que haríamos un agravio a la ilustrada piedad y honestos sentimientos de nuestros diocesanos, si quisiésemos detenernos en manifestarles la repugnancia y oposición que tales cosas tienen con las reglas todas de la moral pública y privada, y de todas las leyes así divinas como humanas. No alegaremos por eso ni las intimaciones de muchos padres de la Iglesia sobre el asunto, ni lo ordenado posteriormente en el concilio de Trento (14) y en otras resoluciones consiguientes, contentándonos con recordar las novísimas órdenes expedidas ente nosotros por la autoridad civil en 17 de septiembre de 1823 y por la eclesiastica en 13 de noviembre del mismo año; de las que aparece el feliz concierto que desde entonces reynó entre ambas potestades para el total extermino de este vergonzoso comercio, injurioso a nuestra santa religión, corruptor de las costumbres y desmoralisador de los pueblos.

Nos, pues, deseando oponer un dique a un mal que con desprecio de las autoridades aún continua, como también al anterior de que hicimos mención; después de haber invocado el nombre del Señor, y haciendo uso del poder que de Dios hemos recibido, interpelando también para ello, como en efecto interpelamos a la autoridad civil, a quien de derecho incumbe la protección y defensa de la Iglesia, hemos venido en mandar y mandarnos.

1° Que ninguna persona dentro del territorio de esta Diócesis imprima, compre, venda, ni retenga sin las debidas licencias la Biblia ni libro algunos de ella en idioma vulgar sin notas de los santos padres o de interpretes doctos y catolicos.

2° Prohibimos igualmente toda biblia, aun en latin, que esté impresa sin las debidas licencias, pero especialmente aquellas en están suprimidos los libros de Baruch, Tobías, Judit, Sabiduría, Eclesiástico, y los dos de los Macabeos en el Antiguo Testamento; y en el Nuevo la Epístola de San Pablo a los Hebreos, la de Santiago, la segunda de San Pedro, la segunda y tercera de San Juan, la de San Judas y el Apocalipsis; cuya autenticidad está reconocida en toda la Iglesia catolica, declarada por el santo Concilio de Trento, y sólo disputada por los protestantes.

3° Se prohiben asimismo los misales, brevarios, diurnos, oficios parvos y semanas santas, como compuestos en la mayor parte de salmos, evangelios, epístolas y otros libros de la escritura santa, sino es que conste en ellos la licencia del ordinario para su impresión (o del comisario general de cruzada en España, que por bulas pontificias es juez privativo de ello) conforme a la prohibición bajo la pena de excomunión latae sententiae que hizo de los brevarios el señor Clemente 8º. en la bula que empieza Cum in Ecclesia de 10 de mayo de 1602, y de los misales en la Cum Santissimum de 7 de julio de 1604; prohibición renovada por el señor Urbano 8º y extendida a los diurnos, semanas santas y oficios parvos, como consta en la bula Divinam psalmodiam de 25 de enero de 1631 y la Si quid est de 2 de septiembre de 1634.

4° Mandamos también que nadie compre ,venda ni rentenga esculturas, pinturas, ni estampas obscenas, pañuelos, medias, relojes o cualquiera otra clase de artefacto que contengan objetos de nuestro sagrado culto, siendo ellos destinados a usos profanos; recordando como recordamos que ya tenía ordenado esto mismo bajo la pena de excomunión mayor latae sententiae el excelentísimo e ilustrísimo señor Dr. D. Juan Cruz Ruiz de Cabañas (que de Dios goce) en su edicto de 8 de mayo de 1822.

5° Recordamos asimismo la prohibición que en el citado edicto se hace y bajo la misma censura, de los libros titulados: Ruinas de Palmira, El Citador, La tolerancia en armonía con el evangelio y la razón, El arte de amar de Ovidio pues con dolor hemos sabido que algunos se olvidan de ella, franquean, y aún se empeñan en instruir a otros en estas obras.

Por tanto mandamos que en el primer dia festivo inter missarum solemnia se lea este nuestro Edicto en todas las eglesias de la Diocesis. Dado en Guadalajara a 22 de agosto de 1828

Diego de Aranda

Por mandado de su señoría

José Francisco Meza

 

(1). Epist. 2 ad Timoth, c. 4. v. 5.

(2). 2ª. ad. Tim. c. 3.

(3). Cap. I.

(4). Cap. 3.

(5). Can. 14

(6). Ses. 4.

(7). Ses. 18.

(8). Ses ultima.

(9). Wan Espen, part. I, tit. 22.

(10). Concil. Trid. ses. 4.

(11). Reflectiom consernio the exped. of a conescil of the church of england au the church of Rome, pag. 86. Londres 1819 [sic]

(12). Tongs. ou the tendemes of Biblie societ.

(13). Lib. I. de doctrina christ. c. 39.

(14). Sesión 25, decreto de sacr. imag.

El currutaco por alambique

En estos días he tenido el gusto de presentar en Lagos y en León conferencias a propósito de un tema, que si bien no forma parte precisamente de mis intereses fundamentales de investigación, no es ajeno tampoco. He hablado sobre el currutaco, es decir, el estereotipo de género masculino que el clero (aunque no sólo) de principios del siglo XIX utilizaba para ridiculizar a los hombres que empezaron a aficionarse por la moda y las nacientes prácticas culturales modernas (el café, el teatro, el baile). Ridiculización que pasaba por su feminización, como cabía esperar. Aunque es un estereotipo surgido en los periódicos españoles, en el Diario de Madrid, en 1795 para ser preciso, no dejó de tener difusión en Nueva España. En este mismo espacio me he referido al currutaco que salía en una procesión, la del 5 de febrero, ni más ni menos que un diablo en un pasaje de la vida de San Felipe de Jesús, tentando al protomártir mexicano, mas estuvo de lejos de ser el único caso.

Ahora más bien me limitaré a presentar unos versos impresos en México en 1799, titulados El currutaco por alambique, obra de Manuel Gómez, doctor en teología y profesor del Seminario Conciliar y de la Real y Pontificia Universidad. Su tono jocoso puede hacernos pensar que se trata de versos irreverentes. Por el contrario, fue un texto que contó con las aprobaciones oficiales, del gobierno virreintal y del gobierno arzobispal, así como las censuras eclesiásticas que correspondían en la época. Esto es, fue parte de la lucha del clero contra la modernidad que comenzaba a difundirse en el reino de Nueva España. Por ello pudo contar con la aprobación del padre felipense Ramón Fernándezl del Rincón, que vemos a la derecha, y la del padre dominico fray Ramón Casáus, futuro arzobispo de Guatemala. Este último no dejó de reprobar en esas modas modernas un “exceso indecente, que afemina a los hombres”.

No nos detengamos más, pasemos directamente a los versos de Gómez, recordando siempre que a veces cosas de apariencia profana, podían servir a fines eminentemente sagrados, como mantener a los hombres en el camino de la devoción, y evitarles el de la diversión.

 

Domingos, obispo y ratones

La historiografía mexicanista peca a veces de fundamentalmente política. Incluso cuando se trata de temas como el catolicismo, tiende a considerar como su objeto de estudio a una institución, es decir, se hace Historia de la Iglesia, pero no siempre historia religiosa. Sin embargo, no es que falten fuentes. Un buen ejemplo es la obra de Agustín Rivera, que contiene notas interesantes, cierto que dispersas, sobre la problemática de la “civilización de las costumbres”.

Así es, Rivera fue un observador relativamente constante de la vida cotidiana de las élites letradas del siglo XIX, además muy consciente de que esas costumbres tenían implicaciones más allá de lo anecdótico. Lo percibió incluso respecto de sí mismo, según consagraba su biógrafo Rafael Muñoz, pues desde su viaje a la Ciudad de México en 1853 advirtió que el “progreso”, el “liberalismo”, no eran sólo ideologías sino también implicaban maneras de comportarse. Por ello no es de extrañar que retrate de manera “civilizada” el comportamiento de los personajes cuya memoria respetaba, o cuyo trabajo quería vincular con el suyo. La frugalidad, la limpieza, la sobriedad, eran algunos de esos elementos, aunque tampoco dejaban de estar ausentes en sus observaciones la ternura y candidez casi propias de algún santo. Aquí recuperamos un ejemplo breve pero significativo: la vida cotidiana de Juan Cayetano Gómez de Portugal y Solís, obispo de Michoacán.

Portugal, “el grande Portugal” como diría la Dra. Marta Eugenia García Ugarte, fue sin duda uno de los obispos más importantes de la vida política de la primera mitad del siglo XIX mexicano. Hombre de Estado, fue varias veces diputado. Reformador eclesiástico, lo mismo de la renta decimal que de la educación clerical. Sus méritos hicieron de él el primer cardenal mexicano, aunque no llegó a recibir la noticia por su fallecimiento en 1850. Rivera había sido tutorado del hermano del obispo, Eusebio Gómez Portugal, quien impulsó sus primeros estudios en el Seminario de Morelia entre 1834 y 1836. Evocó con particular cariño esa etapa de su vida en su opúsculo La vocación de Simón Bar Jona de 1892, con una estima y delicadeza que contrastan con la imagen que dejó del Seminario de Guadalajara, pero eso es tema de otro artículo. Por ahora veamos como pintaba este clérigo y escritor público particularmente activo en tiempos de la República restaurada y del Porfiriato, esa cotidianidad en el palacio episcopal de un gran prelado de la primera mitad de esa centuria.

 

Agustín Rivera, La vocación de Simón Bar Jona, Lagos, Ausencio López Arce impresor, 1892, pp. 47-48.

En los, dos años que fui colegial moreliano, los más domingos pasaba el día en el palacio  episcopal, porque era la casa de mi tutor , Dicho palacio se componía de dos viviendas, que  aunque tenían un zaguán común, tenían diferentes escaleras y eran independientes. La primera era la del señor Obispo, quien no arrojaba sus miradas a la calle y vivía retirado del bullicio del mundo, pues aunque la capilla tenía balcones (o ventanas) para la plazuela del Carmen, las demás piezas teían balconcillos y ventanas para el interior, inclusive la sala de recibir, que tenía unos balconcillos para la huerta, la cual una tapia baja de adobes dividía de la huerta del convento del Carmen, por lo cual desde dichos balconcillos ví algunas veces a algunos padres carmelitas en su huerta. El señor Obispo tenía cocinero, comía solo, su mesa era frugal y humilde en las piezas del servicio, las sillas del comedor tenían asiento de tule. Un rasgo pintará el corazón de aquel hombre. Habia en el comedor unos ratoncillos blancos (que andarían por toda la casa), que el señor Portugal no quería se matasen, que estaban acostumbrados a que luego que Su Ilustrísima se sentaba a la mesa, salían de sus agujeros y comian en su derredor las migajas que el Prelado con su propia mano les esparcía. Una vez Da. Guadalupe Portugal, hija del Dr. D. Luis Portugal, hermano del señor obispo, Señorita que fue muy conocida en Morelia y en Guadalajara por sus virtudes, talento e instrucción, le dijo con cierto enfado al señor obispo: “¡Por Dios, tío, para qué les da de comer a esos ratones del comedor, ellos acabarán con sus libros y hasta con los papeles del archivo!” a lo qué contestó el señor Portugal con dulzura: “¡Eh, hija, esos animalitos ocuparon la mente divina!” Otra vez, que el señor Portugal se quitó de la mano una pulga, la restregó con los dedos y la arrojó al suelo, le dijo Da. Guadalupe: “¡Tio, ¿y las pulgas no ocuparon la mente divina?” Terrible argumento con el qué concluyó al sabio, quien contestó: “Sí, hija, pero dan mucha guerra.” El actual señor obispo de Sinaloa, hermano de Da. Guadalupe, debe de recordar estos hechos.

Las mas tardes el señor obispo en el patio principal montaba en su caballo rucio, con sotana y mantelete morados y sombrero acanalado con borlas verdes, y se iba a hacer ejercicio en las orillas de la ciudad, sin mas compañia que un criado que iba detrás. No llevaba turca ni sumbrero redondo con borlas verdes, como algunos pensarán, sino como he dicho. El señor obispo nunca tuvo coche propio, y cuando salia a visitar la diócesis o tenía necesidad de coche para otro negocio, usaba el que le prestaba su compadre e íntimo amigo D. Cayetano Gómez, uno de los ricos de Morelia, después suegro del mencionado Dr. Iturbide. Yo jugaba con otros niños de mi edad en los patios y en la huerta, y ¡cuántas veces tuve la dicha de besar la mano a aquel cariñoso Prelado cuando iba a montar a caballo!

Religión o muerte: Un discurso nacionalista orizabeño de 1836

Catedral y el padre Llano 2

En abril de 1836, la ciudad de Orizaba conmemoró por todo lo alto un motín que, dos años atrás, había contribuido a la caída de los liberales “radicales”, digamos a falta de otras categorías, que habían promovido una serie de medidas secularizadoras, y cuyo representante más conocido a nivel nacional era el vicepresidente Valentín Gómez Farías. Al mismo tiempo que la ciudad se engalanaba con la que había sido una de sus más grandes participaciones hasta entonces en la naciente vida política mexicana independiente, se libraba la guerra de Texas. De hecho, la conmemoración tuvo lugar en vísperas de la batalla de San Jacinto, por lo que entonces se estimaba que el ejército mexicano, con el general Antonio López de Santa-Anna al frente, iba ganando un combate tras otro. El orador principal, José Gutiérrez Villanueva, uno de los notables locales, profesor del liceo local, dirigió un discurso más marcado por esa actualidad de la guerra que por una memoria del propio conflicto conmemorado, hasta el punto de dejar en el anónimato a víctimas y verdugos de su relato. En cambio, el motín orizabeño se inscribía en una lógica de más largo alcance, internacional incluso. Era la batalla de una nación católica mexicana, construida en buena medida gracias al clero, contra las intrigas de un enemigo impío, los Estados Unidos, en particular a través de su primer representante diplomático, Joel R. Poinsett.  La arenga de Gutiérrez Villanueva era así, podríamos decir, más un llamado a la unión nacional, religiosa obviamente, ante el enemigo fundamental que estaba detrás de los caudillos de la rebelde Texas.

Sobra casi decirlo, el discurso debe leerse, por tanto, como testimonio de esos intentos de cohesionar a la nación para la guerra, no como testimonio objetivo de las relaciones de México y Estados Unidos desde la independencia. La investigación al respecto ha tenido otros avatares, pero no es lugar aquí para contarlos. Lo que nos interesa es, desde luego, el recurso al catolicismo como vínculo fundamental para afrontar esos peligros externos. Uno hubiera podido esperar “Patria o muerte” como lema en una oración cívica tan nacionalista, y sin embargo es “Religión o muerte” lo que encontramos. Esto, independientemente de la religión practicada como tal en Estados Unidos, que ni siquiera es un asunto de interés verdadero en el discurso, pues en realidad, más que contra el protestantismo y sus variantes, se diría que el enemigo es el naciente capitalismo. Confieso mi desconocimiento, pero recuerdo al menos algún otro testimonio que expresaba una idea semejante — el rechazo a una organización económica naciente en que predominaba el interés por la ganancia — en la prensa cercana a facciones políticas del liberalismo moderado de principios de la década de 1830: el periódico El mono. Sin mayor adelanto, dejo pues al amable lector con esas palabras que la Junta patriótica local mandó imprimir unos pocos días después de pronunciadas. En la transcripción he preferido respetar el uso de “Méjico” con j, pero he actualizado el resto de la ortografía. El folleto lo consulté en la Biblioteca Nacional de Antropología e Historia “Eusebio Dávalos” (con sede en el Museo Nacional de Antropología e Historia), Fondo Reservado, 4ª. serie de papeles sueltos, legajo 196, documento 3, caja 70.

Discurso que en el aniversario del dia 20 de abril de 1834 dijo en la ciudad de Orizaba D. José Gutiérrez de Villanueva. México, Impreso por Juan Ojeda, calle de las Escalerillas núm. 2, 1836, 16 págs.

¡Vírgenes de Anáhuac! Aprestad en este dia de venturosos recuerdos vuestras arpas celestiales: que el armonioso eco de los sagrados himnos, resuene en la espesura de las selvas patrias; cantad al Dios fuerte de las batallas, desvaneciendo con el poder de su sola voluntad las oscuras maquinaciones de los enemigos de su culto y de su gloria; mezclad también, entre la melodía de vuestros acentos, la memoria dolorosa de la antigua cautividad. Sí, la idea de pasados infortunios tiene algunos encantos, cuando se les conmemora en presencia del Ser augusto que adoramos.

¡Numen de los cielos! Tú que desde la solitaria cima del Horeb, inspiraste a aquel felice pastor como en el principio de los tiempos el universo se levantó del caos a la voz de la divinidad; el fuego de tus graciosas imágenes, el colorido enajenante de tu descripcion imploro. Pero si tú, ¡oh genio de las sublimes bellezas! te complacieses más en habitar las colinas de Sión, o a las verdosas márgenes de Siloé, de allí para mi noble empresa tu socorro invoco. Revélame cómo la hidra de la impiedad, seduciendo al incauto mejicano, cubrió de luto y sangre la doliente patria; dime tambien cómo este pueblo de héroes, entre el silencioso universal oprobio alzó su audace voz, y pulverizando cual vaso de arcilla sus infernales designios, restableció los altares del santo de Israel.

La nacion mejicana, reducida por sesenta lustros al estado humilde de colonia, había en su adolescencia descubierto el secreto de su inestimable valor, y la naturaleza imprescriptible de sus derechos. Elevarse al alto rango a que la llamaban la grandeza de su extension, la benignidad de su clima y los preciosos tesoros que encerraba en su seno, se había convertido en una necesidad política, era el ardiente deseo de los mejicanos, era, sí, como el pervigilio seductor de una abrasada imaginacion. Empero un Gobierno omnipotente, las raices adquiridas por espacio de tres siglos, la magnitud de sus recursos, el número y carácter de sus partidarios, son obstáculos ante los que se anonadan los proyectos mejor concebidos, y disipan como el humo las mas lisonjeras esperanzas.

El destino habia reservado la gloria de colocar la piedra angular del edificio de la Independencia al Clero Mejicano, y cuando no existían probabilidades más halagüeñas que la de una muerte gloriosa, Hidalgo tremola en 810 el lábaro sagrado de la patria. A su ejemplo, pero no, por la identidad de sentimientos, por la comunión de principios, aquella clase veneranda y generosa, difunde por todo el ámbito de la república el amor de la grandiosa empresa, el desprecio de los peligros; y en el campo del honor, en la oscuridad de las prisiones, y sobre los cadalsos mismos, sella con su sangre el pacto de unión eterna con el pueblo mejicano. Yo evoco vuestro irrefragable testimonio. ¡Sombras queridas de Matamoros y Morelos! El Dios que no concede la victoria según el número de las legiones, ni la pericia de los generales, sino conforme á sus inescrutables y sacrosantos designios, no se digna bendecir por entonces la causa Anahuacense; reserva para sienes más afortunadas la corona triunfal, y el heroe a quien las facciones bajaron inmaturo a la tumba en Padilla, recoge los frutos del árbol que en Dolores Hidalgo plantara.

Mas el clero en ambas épocas habia adquirido brillantes y gloriosos títulos al reconocimiento nacional. El primero en proclamar el ser político de la patria, el primero en arrostrar la muerte en los combates siempre al frente de las mejoras sociales, unido al pueblo en afecciones y principios, su amigo y aliado, parecía que su existencia material estaba íntimamente entrelazada con la independencia mejicana. Si las manos de los que en las Cruces, Aculco y Calderón exhalaron su postrer aliento, hubieran escuchado la sucinta reseña que acabo de haceros, de los distinguidos servicios de nuestro clero, esperarían sin duda oírme terminar por la enumeración de las consideraciones políticas, de los altos respetos que además de los que de justicia se le deben por su sagrado carácter, le habría otorgado la gratitud. Mas al contemplar que se le detractaba como enemigo de la causa pública, se le perseguía encarnizadamente como desafecto a la dignidad de la nación, poseídos de un profundo dolor volarían de nuevo a ocultar entre el polvo de la huesa su asombro y confusión.

Consideremos ya el antiguo Imperio de los Aztecas ocupando un lugar distinguido en el catálogo de las naciones; el mundo culto fija en él su vista con complacencia cual sobre una inocente beldad; los amigos del género humano enderezan al cielo plegarias por su felicidad, y por su gloria; los ricos dones con que le distinguiera la mano liberal de la Providencia, el candor de sus hijos, su dócil piedad parecen augurarlo.

Empero, hay una region trabajada por los hielos de un invierno eternal, cuyos moradores divirgiendo en hábitos, sentimientos y costumbres, ofrecen en su asociacion la estructura del idioma de Babel; mas convienen unanimemente en el culto de una deidad, que bajo los nombres de Oro y acres de tierra designan. A este ídolo pues, más execrable que nuestro antiguo Huizilopoztli sacrifican sin piedad la paz de los circunvecinos pueblos, el honor y las más dulces inspiraciones de la naturaleza. Desde sus antros coronados por las tinieblas boreales observan con celos la creciente ventura de las repúblicas del mediodía; calculan con flema mercantil el progreso de sus adelantos, y cuando estos les dicen que su importancia comercial y fabril peligran, no hay escrúpulos en la elección de los medios que sostengan su preponderancia.

Méjico en 823 es ya una temible competidora: permitirla gozar en plácida concordia los frutos de la paz y de su suelo; tolerarla adoptar instituciones análogas a sus necesidades positivas; consentir el que las examine en el silencio de las pasiones, las rectifique y consolide, es según su tenebrosa diplomacia, conspirar contra el septentrión. Resuelven por la ruina de la gran Tenoxtitlan, réstales sólo determinar con acierto los medios de consumar tan infernal designio.

No espereis ciudadanos, [que] yo os indique entre los proyectos que se cruzaron para llevarle a su cabo, una guerra franca, aunque suscitada por medio de aquellos pretextos frívolos de que se sirven los tiranos. ¡Pérfidos! No ignoraban que la nación mejicana, intrépida y marcial, habria aceptado con placer la ocasión de poner en ejercicio las virtudes militares de sus hijos, y que provocada a la lid, no habría escuchado proposiciones de reconciliación hasta fijar el estandarte de las Águilas… ¿lo diré ciudadanos? Sí, sobre el capitolio de Washington.

Mas los bárbaros poseían el secreto fatal de introducir en las naciones el germen de la muerte, sin comprometer la impía mano que le hiciera fructificar; conocían las terribles causas por las que Roma, después de haber sometido el universo a sus leyes, sucumbió oprimida bajo el peso de su gloria, y la hermosa Bizancio, primera entre las ciudades del Oriente, abrió con ignominia sus puertas a los hijos de Otman; sabían, en suma, el poder asolador de la desmoralización y las facciones.

Faltaba sólo un genio avezado en este género de crímenes que reuniera a la astucia de la zorra el veneno delectéreo de la serpiente, y jamás el averno en sus furores abortó un monstruo más digno de esta mision que el execrado Poinsett. ¡Malhadadas repúblicas del Ecuador! Delatad ante el tribunal del universo al factor de vuestra ruina. Reveladle quién convirtió en teatro de combates fratricidas vuestras fértiles campiñas, quien cubrió de ruinas y de sangre la patria de Bolívar. Alzad, hermanas deplorables, vuestra desfalleciente voz contra ese ministro inicuo, entregadle a las eternas maldiciones de los futuros siglos.

Méjico, con infantil candor, recibe en sus brazos como aliado a la fiera escogida para devorarle; y que en breve debía ahogar en lágrimas la paz y concordia social. Su letal influjo pronto se insinúa en el ánimo de los grandes funcionarios, él inspira toda suerte de medidas que llevando la máscara de conveniencia pública, y el barniz seductor de la novedad sacaran la nación de su centro, entorpecieran su marcha, la sumieran en el abismo de las pruebas políticas, y formaran un caos de su legislación. El santuario de las leyes entonces se afecta de sus maquinaciones, y como Minerva nace del cerebro de Júpiter, así del de aquel hombre sin piedad parte esa nube de decretos inhumanos, que cubre de luto la república, que siembra por doquier el quebranto y la horfandad, que prescribe perecer en paises inhospitalarios y remotos, entre los horrores de la desnudez y del hambre muchedumbre de familias desgraciadas; decretos, en fin, que la historia transmitirá como un monumento de sempiterna ignominia para sus autores.

La existencia de una religión que santifica el pacto social, que coloca y asegura la moral sobre bases firmes e indestructibles, que proscribe el vicio sea cual fuere su objeto y su denominación, y sofoca las pasiones desde el instante primero de su ser, debía necesariamente convertirse en blanco donde se asestaran los tiros del creado partido para dar la última mano a la obra de la desorganizacion.

Instálanse por todas partes y como a porfia esos talleres de prostitución, esas orgías donde bajo el velo de las tinieblas, se celebran los misterios de la iniquidad. En ellas se escarnecen las sagradas instituciones, que al través de las vicisitudes de los siglos legara la paterna piedad a nuestra veneración y acatamiento; en ellos se condena al ostracismo, al deshonor y a la muerte, al hombre esforzado que resiste ofrecer inciensos y doblar la rodilla ante la abominable estatua de Moloc; en ellos se retrata al clero con los colores más negros e infamantes, como el intransigible adversario de los derechos patrios, el impostor de los pueblos, el devorador de su substancia, como el peligroso enemigo, por último, de la independencia nacional.

¡Qué extrañais ciudadanos si en tan diabólica escuela se mezclaron estas doctrinas, recogiésemos sus vergonzosos frutos en 834!

Mas yo me encuentro con placer trasladado impensadamente a una época cercana al gran dí cuya memoria celebramos hoy; permitidme, señores, no retroceder para traer a la vuestra sucesos que llenan el alma de dolor.

Ya la impiedad mora entronizada sobre el solio de las leyes, rodeada de sus aúlicos infandos, el despotismo, la intolerancia y el fanatismo feroz; encendida en ira, y despechada por el tiempo que un gobierno enérgico, con mano poderosa, encadenara sus furores, levanta con arrogancia su frente de Medusa; ensangrentados sus ojos, vagan sobre el imperio que la cólera celestial ha entregado a su saña, para determinar las víctimas destinadas a cebar su encono; su espumante boca se dilata para marcar una sonrisa feroz, y con la diestra agita la tea del exterminio. Lejos de ella yace despedazada la hipócrita máscara con que un tiempo disfrazara sus intentos; Humanidad, Filosofía, Libertad, fueron sus nombres: hoy les substituye por otro de mas lato sentido, y blasfemando contra la cualidad que más ennoblece al hombre, se condecora con el título de Humana razón. Guerra sin tregua, grita, al clero mejicano, su más odioso enemigo, cuya noble firmeza turba sus designios; protestado ha aniquilarlo con mancilla, y el genio de los abismos la sugiere entonces un juramento impío en diametral oposición con las obligaciones y votos de aquél, para que resistiéndole su conciencia, pueda acusarlo de prodición a la independencia nacional y llamar sobre su cabeza el odio del amante sincero pero irreflexivo de los derechos del pueblo. El irreligioso decreto que lo ordena se forja y promulga con celeridad; la nación sale por un instante del profundo abatimiento que la postra para lanzar un gemido de dolor; millares de sollozos volaron hasta el trono de las misericordias.

¡Préstame tus tétricos y funerales acentos, hijo de Helcias! La tristura y consternacion de mi patria, no pueden describirse con rasgos menos fuertes que los que tú empleas en tus sublimes lamentaciones.

Ya los pastores por la ordenacion de Jesucristo, abandonan la querida grey para marchar a países lejanos a terminar en la oscuridad y en la miseria un resto de existencia consumida en el ministerio de santificación; ya abrumados por los dicterios y roncos gritos de una soldadesca atroz, se ocultan en las tinieblas para poner en salvamento algunas gotas de sangre heladas por los años, y cuya efusión se pide con espantosos alaridos.

El religioso ve alterada la piadosa quietud de su retiro, y arrojado cual bestia montaraz de su caverna, se intenta trasladarle con violencia… ¿a donde? ¡Dios de nuestros padres! Vos solo lo sabíais.

La inocente paloma de los claustros, que en tanto el resto de las criaturas reposa en plácido sueño, despertada por su ardiente caridad, levanta sus impolutas manos a los cielos como para substraer dulcemente de los tesoros del Eterno el perdón y las gracias de sus hermanos, es brindada con impudencia a participar de los impuros goces de una tierra de desolación.

¡Ay del que osa elevar su voz contra los sacrílegos planes, o denotar en su semblante la pena que lo devora! Horrendas prisiones, el destierro o la muerte, imponen silencio a su dolor.

Virtuosos ciudadanos que en las aflicciones de la patria, sacrificaran en sus aras lo mejor de sus fortunas; ilustres guerreros señalados de honorosas heridas, que en cien lides y otras ciento recibieron combatiendo por la Independencia nacional, son proscritos cual infames traidores.

Todo cede ante el fiero vandalismo que ocupa el asiento del poder; la quietud sepulcral en que yace sumergida la república, es para sus miserables adeptos el signo infalible de la victoria. Embriagados de su vertiginoso orgullo, meditan como otros Titanes, asaltar los cielos, y conmover el tabernáculo del Señor; mas miróles el Eterno en su ira: que los que manchan la tierra con sus crímenes se disipen, dijo, y el Jacobinismo cayó cual roca precipitada desde la cima de los Andes por el bramido de la tempestad.

Orizaba no habia sido la menos favorecida con duras pruebas en los días de la tribulación. En tanto que sus derechos solo fueron hollados, ofreció en los altares de la paz su resentimiento y su penar, conservando una actitud tranquila y silenciosa; mas cuando observa las asechanzas que se tienen a los ministros del santuario, cuando les ve errantes implorando un recóndito asilo, cual pudiera un hombre agobiado de crímenes; cuando descubre las bandas revolucionarias que se dirigen sobre la morada de su párroco querido, para perpetrar en él los aleves intentos que encubren bajo las sombras de la noche, nada es ya capaz de reprimir su indignacion; jura perecer mil veces antes que tolerar el horrendo atentado que aquellos se proponen, llama al cielo por testigo de la santidad y justicia de su causa y puesta su confianza en el Dios que no salva a los reyes según el número de sus fuerzas, ni al jinete por la velocidad de su caballo, exclama con una voz que aterró a los tiranos de la patria, RELIGIÓN O MUERTE. A este tremendo grito, de los asesinos responden con la punta de las bayonetas, trábase una lid desigual, masas inermes oponen con impavidez sus pechos a un fuego sostenido: el jóven en medio de su lozanía, el tierno infante en la aurora de la vida… expiran al estallido de la descarga.

¡Inaudita cobardía! Jamás traeremos a la memoria sin emoción semejantes escándalos. Los bárbaros se difunden por las calles y los atrios de los sagrados templos, y doquier fijan su inicua planta fueron seguidos del crimen y del horror. Entonces, bajo la espada de un cobarde rendiste tu magnánimo espíritu ¡generoso caballero! ¡salud a tus manes! Desde la celeste mansión do nuestra piedad te considera, dirige tu radiosa vista sobre los muros del Álamo, sobre los campos de Goliat, mira como el resto de tus asesinos purga sus execrandos delitos. Empero. los clamores de los justos habían desarmado el brazo de la Providencia, el consistorio divino se dignó escoger, como instrumento de sus maravillas, al piadoso pueblo Orizabeño. Los legionarios de la inmoralidad, devorados por los remordimientos de una conciencia ennegrecida pierden terreno por todas partes; un solo edificio les sirve de refugio y de defensa: sobre el pavimento santo que profanan, habrían expiado sus nefarios crímenes, si tú, ¡clero sin rival! no hubieses hecho oír entre el tumulto de los combates la voz del Dios que ordena el perdón de los enemigos.

El noble ejemplo de Orizaba es imitado y seguido por todas partes: Cuernavaca, Lagos, Toluca, proclaman sus principios: la tranquilidad renace, el culto de Jesús vuelve a su primitivo esplendor: Orizaba en suma ha salvado la patria.

¡Sacerdotes del Altísimo! Entre las emociones del júbilo más puro, recibid en este dia los testimonios de nuestro ferviente afecto, y la solemne expresión de nuestros votos. Sin fruto, un bando refractario os deturpa con sus calumnias, e intenta condenaros con asquerosos escarnios al desprecio y al odio popular.

La inmensa mayoría de la nacion, fiel a la religión de sus abuelos, verá siempre en vosotros, los intérpretes y ministros del Dios de justificación; los mediadores entre el pecador y su Padre celestial; el dulce retiro donde el alma ávida de consuelos se acoge en el pesar de las humanas fragilidades, y en los momentos de la tribulación; los amigos, en fin, que cuando el mundo aparta con horror su vista de las convulsiones de nuestra última agonía, recogen nuestro postrer aliento, y nos abren las puertas de una bienaventurada eternidad. Seguid, pues, como hasta aquí, orando por la paz de esta Jerusalén, y por la ventura y gloria de los que la aman. ¡Que la concordia reine en su recinto, y la prosperidad en sus palacios! Sí, por el amor de vuestros hermanos, y de vuestros amigos, rogad por la tranquilidad de la República; llenos de celo por la casa del Señor nuestro Dios, haced votos por la dicha de aquella.

Y tú, pueblo ilustre de la raza de los héroes: tú, a quien la patria es deudora de su paz y su contento; tú, por cuyos denodados esfuerzos el himno de los holocaustos se dirige desde la tierra hasta los cielos, recibe tambien el homenaje cívico de perdurable alabanza, y las bendiciones del Eterno. Por ti, restablecido el honor nacional, ondea triunfante el hermoso pabellón de los tres colores sobre los muros del Álamo, sobre las torres de Béjar y Goliad; por ti, nuestras cohortes victoriosas ornan sus nobles sienes de lauro inmarcesible… pero escucha: Si el Jacobino un día osare levantar de nuevo su abatida frente del cieno de maldición que la cubre, haz resonar de nuevo la tremebunda campana de abril, y puesta como entonces la confianza en el señor Sabaoth grita impávido: RELIGION Ó LA MUERTE.

Cofradías de haciendas yucatecas

lito273

Catedral de Mérida, siglo XIX. Imagen tomada del CD “Nación de imágenes, litografía mexicana del siglo XIX . colección de Ricardo Pérez Escamilla”, 1995.

Uno de los puntos que me pareció más interesante de estudiar la reforma de cofradías es que, paradójicamente, era el episcopado, y no tanto los reformadores civiles, quien estaba más interesado en ellas por su lado económico, hasta el punto de definirlas como unos bienes eclesiásticos, que no debían seguir bajo el control de los fieles, sino del propio clero. Uno de los más radicales esfuerzos al respecto fue sin duda, la reforma emprendida en la diócesis de Yucatán en tiempo del obispo fray Luis de Piña y Mazo. Los bienes “vulgarmente llamados de cofradías”, básicamente estancias ganaderas, fueron rematados para reducirlos a capitales que habrían de ser impuestos sobre las rentas reales. Remito al lector al libro en cuestión para conocer más de esa reforma y las reacciones que ocasionó, por ahora dejo aquí simplemente uno de sus documentos principales: el auto del juez episcopal, el provisor, ordenando la venta de esos bienes.

Archivo General de Indias, leg. 3096A.
Auto de venta de haciendas de cofradías del provisor de Yucatán, 1781.

En la ciudad de Mérida, a cinco de septiembre de mil setecientos ochenta y un años. El señor doctor D. Rafael del Castillo y Sucre, chantre dignidad de esta Santa Iglesia Catedral, juez hacedor de rentas diezmales, examinador sinodal del obispado, provisor y vicario general, y especialmente comisionado por el ilustrísimo señor obispo diocesano, mi señor, para entender en la venta y remates, y reducción a censos redimibles de las estancias y demás bienes pertenecientes al culto de los santos, vulgarmente llamados de cofradías.

Habiendo visto estos autos, obrados de acuerdo con su señoría ilustrísima, que constan en primer lugar de una información recibida por mí el infrascripto notario mayor, a quien se cometió, sobre la necesidad y utilidad de vender para convertir en censos las referidas estancias y bienes, por la cual aparece que el señor canónigo mercedario de dicha santa iglesia, Dr. D. Pedro Faustino Brunet; D. José Nicolás de Lara, cura de su sagrario y rector de su seminario conciliar; el señor coronel de milicias D. Alonso Manuel de Peón, caballero del orden de Calatrava; el señor tesorero oficial real D. Clemente Rodríguez Truxillo; el señor coronel de los reales ejércitos D. Francisco Pineiro, sargento mayor de milicias; los caballeros regidores D. José Cano, alguacil mayor, D. Estanislao José del Puerto, abogado de los reales consejos y de los naturales de esta provincia, D. Juan José Domínguez, D. Antonio Roo y Fonte, protector de los naturales y su procurador D. Antonio Brunet, testigos todos de la referida información, declarando los unos bajo la religión del juramento, y certificando los otros según su carácter, deponen unánimemente acerca de la necesidad y utilidad de convertirse en censos perpetuos los mencionados bienes, porque de otra suerte se hallan inevitablemente expuestos a menoscabos y ruinas, procedidas de muchas y diversas causas, así naturales como políticas.

En segundo lugar, de la representación fiscal, constante de fojas diez a trece, reducida a demostrar y apoyar la propiedad, necesidad y utilidad de proceder a la conversión de dichos caudales en censos perpetuos redimibles, como también a exponer el grande e importantísimo servicio que se logra hacer a la Corona, franqueando a Su Majestad todas las cantidades que resultaren de la venta de los referidos bienes, para que sirva de ellas y las emplee en sostener los muchos y frecuentes desembolsos que ocasiona a su real erario la presente guerra, imponiéndolas al censo redimible sobre sus rentas reales, según sus soberanas intenciones, declaradas por su real cédula de diez y siete de agosto del año próximo pasado.

En tercer lugar, de las certificaciones del notario mayor y los receptores de esta curia, colocadas a fojas catorce y quince, relativas de las antiguas y continuas quejas y recursos de los indios contra los mayordomos, administradores o ecónomos, tanto eclesiásticos como seculares, encomendados de dichas estancias, con motivo de las extracciones clandestinas que de ellas se ejecutan, de la poca o ninguna eficacia de las providencias que para su remedio se han expedido por este tribunal eclesiástico, de la indiferencia con que se mira el culto de los santos, y finalmente de la firme resolución que a vista de todo han tomado los señores jueces antecesores de vender las mencionadas estancias siempre que se les presentase comprador.

En cuarto lugar, de la representación de treinta y uno de agosto presentada por el abogado de los naturales de esta provincia, a consecuencia de auto de treinta y uno de julio, en que se le mandó dar vista de estas diligencias, para que expusiese sobre ellas cuanto le pareciese conducente a resguardar los derechos de sus clientes, por la cual refuerza las razones y fundamentos que había expuesto por su declaración de fojas seis, para que se procediese a la venta y reducción a censos de las mencionadas estancias, como necesario, útil y conveniente, no sólo al culto y a la perpetuidad de dichos bienes, sino también a los mismos indios, por los motivos que expresa, exponiendo al mismo tiempo diversas reglas y condiciones que cree preciso se observen por este tribunal en las ventas y remates de las estancias, a efecto de que los indios queden con la propiedad y uso de las tierras que les pertenecen por hallarse dentro de la demarcación de sus pueblos, y de que sean demolidas las haciendas situadas junto a ellos, a menos distancia que la que permite la costumbre de la provincia, por los perjuicios que les causan los ganados, y de que hasta ahora han sido molestados, sin reclamarlos por respetos de los santos.

Y finalmente, de la certificación despachada por el notario mayor de esta curia eclesiástica, constante a fojas diez y nueve, que demuestra haberse vendido por el mismo tribunal en tiempo de varios señores ilustrísimos y provisores muchas estancias pertenecientes al culto de los santos, de las que vulgarmente llaman cofradías, dijo su señoría:

Que es visible, pública y notoria la necesidad de reducirlas a censos perpetuos para libertarlas así de los menoscabos y ruinas que han padecido en otros tiempos y se hallan expuestas a sufrir en lo venidero, por causa de las hambres, secas y plagas de que es perseguida esta provincia, como también de los daños y perjuicios que siempre han experimentado por las extracciones, quiebras, descubiertos y mala versación de los mayordomos, priostes o patrones, a pesar de las providencias, instrucciones y reglas con que los ilustrísimos señores antecesores y particularmente el señor D. Juan Gómez de la Parada y el señor D. fray Ignacio de Padilla, de gloriosa memoria, han procurado redimir dichos bienes de todo atraso, quebranto y exterminio, y sin embargo de que con el mismo objeto los han encomendado unas veces a indios, otras a curas y últimamente a españoles, resultando de su mala cuenta y administración que no se cumplen las disposiciones de sus piadosos fundadores, ni se da a los santos el culto que han deseado, que asimismo es visible, pública y notoria la utilidad que resulta a los propios bienes, al culto de los santos, a los mismos indios, y al resto de los habitantes de esta provincia, de que se vendan y reduzcan al censo, aun en el caso de que no fuese necesario hacerlo por las razones antecedentemente expuestas, pues dado, y no concedido, que ni se hallasen amenazadas de casos fortuitos, menos contingentes en el país que en otra parte, ni tampoco sujetos a malos administradores, siempre quedaban pensionados con multitud de gastos inevitables y precisos, cuales son el diezmo, el rediezmo que tiran anualmente los citados administradores, la contribución señalada a los curas por su asistencia a las hierras de ganado y castras de colmenas, los salarios de vaqueros y sirvientes, la toma anual de cuentas y visitas generales de que van a quedar libres para siempre dichas fundaciones, con las ventajas de que todo lo que se ahorra de dichos gastos puede emplearse en el mayor culto de los santos, y agregarse a su fondo; de que trasladadas a otros dueños, en quienes no concurren las circunstancias que tanto respetan los indios, por principios de religión y piedad, no sólo reclamarán los perjuicios que les causen por su inmediación a los pueblos, sino que se libertarán para siempre de que los administradores a título de que trabajan para los santos, los tengan empleados en hacer su propio negocio, sin pagarles el jornal correspondiente, y también que poseídas y administradas las enunciadas haciendas por dueños propietarios y no por manos precarias, que sólo trataban de su interés particular, destrozándolas y arruinándolas a su arbitrio, para emplear en gastos y diversiones profanas los bienes eclesiásticos, es consecuente que se fomenten los ganados, abunde la cera y la tierra se cultive con otro interés, beneficio del común, del rey y de la Iglesia, por razón del aumento que tomarán los diezmos, y que finalmente, además de las causas de necesidad y utilidad que obligan a convertir en censos redimibles los mencionados bienes, muebles, raíces y semovientes, interviene también la de piedad, por estar destinadas las cantidades que procediesen de su venta para que Su Majestad las emplee en sostener la presente guerra, contra los enemigos de la Iglesia y del Estado, recibiéndolas al censo sobre sus rentas reales, conforme a la real cédula de diez y siete de agosto del año inmediato pasado, que según el sentir de los mejores autores es una de las causas más piadosas que pueden mover el ánimo de la Iglesia, no ya a vender sus bienes para reducirlos a censos, sino para enajenarlos, distraerlos y consumirlos, y que en consecuencia de todo lo referido, aprobaba y aprobó la expresada información de necesidad y utilidad, interponiendo en ella para su mayor validación su autoridad y judicial decreto.

Que declaraba y en toda forma declaró ser necesario, útil y piadoso reducir a censos perpetuos redimibles impuestos sobre rentas reales los caudales resultantes de la venta de las mencionadas estancias, bienes muebles, raíces y semovientes, a cuyo efecto mandaba y mandó, que no sólo en esta ciudad, la de Campeche y villa de Valladolid, sino también en todos los pueblos se haga saber, que dentro de cuarenta días contados desde el doce del corriente mes y año, se han de vender en pública subastación y rematar en el mejor postor las estancias, sitios y colmenares que se llaman de cofradías, para reducir su valor a censos perpetuos, impuestos a razón de un cuatro por ciento sobre las rentas reales, y lo que no quisiere Su Majestad, a razón de un cinco por ciento según la costumbre de la provincia, sobre fincas libres, idóneas y bien acondicionadas, a satisfacción del tribunal, con intervención del promotor fiscal de esta curia y demás requisitos que se han establecido en el presente gobierno, conforme a derecho.

Que los vicarios jueces eclesiásticos de Campeche y Valladolid, y demás pueblos, manden dar desde el día señalado treinta pregones a las referidas estancias, sitios y colmenares, fijen cedulones en partes públicas y acostumbradas para que a todos conste, y puestas por diligencias con las posturas, pujas y mejoras, los remitan a este superior tribunal, con citación de los postores, para que por sí o sus poderes ocurran al remate que deberá hacerse de todas ellas en esta ciudad y curia eclesiástica, bajo de las calidades, circunstancias y condiciones siguientes.

Primera: Que desde luego será de cuenta de los rematadores satisfacer las costas que se ocasionen para que en esta inteligencia hagan sus posturas, pujas y mejoras.

Segunda: Que el valor de dichas estancias, sitios y colmenares se ha de entregar de contado en cajas reales, y en moderna corriente, sin recorte, vicio ni defecto, a satisfacción del señor tesorero juez oficial real.

Tercera: Que se corra en el supuesto y concepto de que el tribunal eclesiástico vende las expresadas estancias en que sólo tiene uso y derecho de servidumbre, según y como las han poseído y disfrutado los santos a quienes han estado consagradas, sin más dominio, propiedad y derecho que el que han tenido, vendiendo solamente lo que puede vender, y no lo que no puede ni le pertenece, esto es, la propiedad de aquellas tierras situadas dentro de la demarcación de los pueblos de indios, que comprende sus ejidos y propios, la cual como también el uso de labrar los montes.

Cuarta: Que las haciendas establecidas cerca de los pueblos, a menos distancia que la que permite la costumbre de la provincia, deben ser demolidas por el perjuicio que infieren a los indios los ganados, en cuyo caso sólo éstos se han de entender vendidos, sueltos y por sí solos, sin tierras, ni otro derecho alguno.

Que se haga saber este auto al licenciado D. Estanislao José del Puerto, regidor perpetuo de esta ciudad, abogado de los reales consejos y de los naturales de esta provincia, como también a su protector D. Antonio de Roo y Fonte, para que en su inteligencia promuevan en favor de sus partes lo que les parezca propio de su instituto y obligación, en la seguridad de que el ilustrísimo señor diocesano no desea otra cosa que el bien, alivio y fomento de los indios.

Que no se proceda a pregonar postura de ninguna hacienda en particular sin dar antes traslado a dicho caballero abogado para que represente por sus clientes lo que tuviere por conveniente, en vista de las circunstancias de dicha hacienda, que se le harán saber insertándose en cada cuaderno de remates la respectiva relación de la estancia testimoniada fielmente de las originales que han remitido los curas dela diócesis.

Que se cite al mismo caballero abogado y al protector D. Antonio Roo y Fonte, siempre que haya de verificarse algún remate, para que lo asistan, presencien y autoricen y firmen, como partes interesadas, se evite todo perjuicio a los indios y todo se practique sin vicio ni defecto que pueda inducir nulidad de los actos.

Que desde luego se pasen estas diligencias al ilustrísimo señor diocesano mi señor, para que sobre la ejecución de esta providencia, su suspensión, modificaciones o ampliaciones sobre las instrucciones que indispensablemente deben darse a los curas, administradores o ecónomos de los futuros censos, acerca del cumplimiento de sus piadosas obligaciones, tasa de gastos y demás circunstancias y puntos relativos, y sobre proponer a Su Majestad lo que le pareciere en orden a la administración de dichos censos, aplicación de los sobrantes de sus réditos anuales, disponga lo que juzgare más conveniente al servicio de Dios y bien común de los indios.

Que nombrando como nombraba por tasadores de los mencionados bienes a D. Alexandro Solís y D. José Antonio Esturla, para que previa la superior aprobación de su señoría ilustrísima, procedan asociados con el tasador público a hacer su justiprecio, con la mayor pureza y legalidad, se les dé noticia de este encargo, lo acepten y juren en toda forma, por ante mi el presente notario mayor.

Y finalmente, que pare instruir de todo a los vicarios foráneos de la provincia, y que tenga su debido cumplimiento, se les libren despachos con inserción de este auto, a los de Campeche y Valladolid, y a los demás cartas cordilleras, sustancialmente relativas de sus particulares, por el cual su señoría proveyó, así lo mandó y firmó, de que doy fe.

Doctor Rafael del Castillo y Sucre.

Ante mí, Antonio de Solís, notario mayor.

Unas honras de gala por el conquistador

DSCF4156El ceremonial católico no era un asunto privado en el Antiguo Régimen, sino también el ceremonial por excelencia de la monarquía católica. Por ello servía también para honrar, de manera “oficial” digamos, la memoria de los reyes, la familia real y los que eran considerados los grandes hombres que habían servido a la Corona y a la causa del público. No existían, como en nuestros días, ceremonias civiles fúnebres, como las que hoy vemos celebrar a las fuerzas armadas en honor de sus caídos, o las que el mundo de la cultura rinde a los suyos en escenarios como el Palacio de Bellas Artes. De ahí que no sea extraño que el 8 de noviembre de 1794 el Cabildo Catedral Metropolitano de México celebrara unas honras fúnebres, con misa y sermón al menos, por el alma de Hernán Cortés, el conquistador de México, motivadas ante todo por haber sido “virrey de este reino”.

Nacionalismo de por medio, para algunos puede sonar escandaloso recordar siquiera una ceremonia semejante; conservadurismo de por medio, puede en cambio sonar a una idea que debiera rescatarse. No es esa la intención aquí, sino servirnos de la nota que el secretario del Cabildo Catedral asentó en el libro de actas para recordar que, paradójicamente, esas ocasiones solemnes por la memoria de un difunto, podían servirle a esa corporación clerical para lucir su jerarquía. Justo por ello, porque era una celebración que podía repetirse después y podía suscitarse alguna contestación de las otras corporaciones de la ciudad, y no porque quisiera dejar a la posteridad un recuerdo erudito, el secretario detalló los elementos que formaron el ritual.

DSC_0034Las campanas de la Catedral doblaron desde la víspera, por el conquistador, cierto, pero también recordando en su ejercicio mismo que no era algo que hicieran por cualquiera: como mucho y a regañadientes, por los oidores de la Real Audiencia y sus esposas, ni siquiera por el clero del Sagrario Metropolitano. Se llevaron al hospital de Jesús las sillas de los canónigos, símbolo fundamental de su autoridad, así como algunos de sus ornamentos más preciosos, lo que es un detalle menor, en una sociedad en que la apariencia era decisiva para la identidad de las personas y su jerarquía. Mas había que dejar constancia también de aquello que los canónigos no hicieron y que luego hubiera podido exigírseles, en este caso, el sermón, que predicó un dominico, el padre Mier. Última paradoja para nosotros, que sabemos la trayectoria posterior de dicho fraile, pero eso es motivo de otro artículo.

Muy brevemente ya, aquí la nota tal cual aparece en las actas capitulares.

 

Archivo del Cabildo Catedral Metropolitano de México, Actas de Cabildo, libro 58, fs. 147-147v.

Consecuente a lo resuelto en Cabildo de 7 del próximo pasado octubre sobre que este verable Cabildo se ofreciera a celebrar las honras del excelentísimo señor conquistador D. Fernando Cortés en la iglesia del hospital de Jesús Nazareno, la cual oferta fue aceptada gustosa y agradecidamente por el señor gobernador del Estado y Marquesado del Valle, las cuales honras de facto se celebraron el día ocho del corriente mes de noviembre, para lo cual se dobló de Cabildo en esta Santa Iglesia la víspera a las doce y a la oración, y el día a las cinco y media y durante la misa y el responso. La víspera se llevaron las sillas de este Venerable Cabildo, que se pusieron en el presbiterio y se llevó el ornamento rico hecho en Toledo para la misa, con los demás utensilios necesarios al sacrificio. El día se entró en coro a las ocho y media y finalizada la misa y la sexta se fueron los señores capitulares en lo privado y particular a Jesús Nazareno, en donde se vistieron en la sacristía de roquetes, capas y capuces de duelo, y así salieron a ocupar sus sillas al presbiterio durante la misa, sermón y reponso. Cantó la misa y el responso el señor tesorero Dr. D. José Ruiz de Conejares, fueron ministros los señores Madrid y Guevara, y predicó el padre lector Mier del orden de Santo Domingo. Asistió a esta función el excelentísimo señor virrey Marqués de Branciforte, la Real Audiencia y tribunales; ofició la capilla de esta Santa Iglesia con música muy particular; no se ganó el coro con la asistencia a las honras. Y por que conste, de mandato del señor deán, asiento esta razón que firmó S.S. por ante mí en el mismo día ocho de noviembre de mil setecientos noventa y cuatro.

El Deán

Una reforma de cofradías episcopal: el arzobispo Haro y Peralta

Retrato del arzobispo Alonso Núñez de Haro, virrey de Nueva España. Museo Nacional de Historia Castillo de Chapultepec.

En esta oportunidad continúo presentando aquí algunos documentos de la reforma de cofradías novohispana, pero ahora ya no de la reforma civil, sino de las reformas episcopales. En efecto, también las hubo, a veces vinculadas a la primera, otras en franca oposición, más bien soslayadas por la historiografía, con ciertas excepciones. Entre los obispos que se distinguieron al respecto sin duda hay que comenzar destacando al arzobispo Alonso Núñez de Haro y Peralta. Su pontificado fue largo, desde 1772 hasta 1800, llegó también a ser virrey de Nueva España entre mayo y agosto de 1787.

El arzobispo Haro se distinguió por ser uno de los prelados que aceptó e incluso impulsó la reforma civil, pero que al mismo tiempo realizó la suya a través de sus visitas pastorales. Así lo explica en este informe que corresponde al expediente particular de la cofradía sacramental de Teotihuacán. Su reforma fue autoritaria en apariencia, pues como él mismo narra en este informe, se dedicó a suprimir cofradías basado en ciertos criterios (falta de licencias, falta de bienes, conflictos internos), pero con el matiz de que no las eliminaba del todo, sino que las integraba a otras. Ya se cita aquí el informe que se le había pedido con motivo de la reforma general, ya bien conocido y analizado por varios historiadores, pero que no entregó sino cuando el expediente general ya había sido cerrado. En él se nota que además aprovechaba la ambigüedad de los términos cofradía y hermandad, manteniendo una importante participación en ellas. Sin él, empero, difícilmente hubiera habido cofradías que efectivamente acudieran al Consejo de Indias en Madrid para reformarse, mas paradójicamente, no es que hubiera renunciado a ejercer jurisdicción sobre ellas.

Su mirada sobre las cofradías resulta interesante también por su optimismo: las describe como voluntarias, no gravosas sino útiles, con lo que descalificaba implícitamente los negativos argumentos de los reformadores civiles. Dejo pues al lector con este testimonio de un prelado regalista, reformador, pero también celoso de su autoridad.

 

Informe del arzobispo de México, 20 de mayo de 1780. Archivo General de Indias, México, leg. 2664

Señor

Cumpliendo puntualmente con el encargo que Vuestra Majestad se digna hacerme por su real despacho de 11 de julio último para que informe lo que se me ofreciere y pareciere sobre la erección de la cofradía del Santísimo y Ánimas Benditas del pueblo de San Juan Teotihuacán, y la aprobación que se solicita de sus constituciones, con el mayor respeto digo: que todo lo representado a Vuestra Majestad por parte del rector, diputados y demás oficiales de dicha cofradía es cierto, pues con ocasión de advertir en la visita general de este arzobispado, que ya está hecha de ciento y cuarenta curatos que apenas hay cofradía que esté erigida conforme a la ley de Indias, se ha mandado en los autos de las visitas de todas desde el año de 1776, lo mismo que en el de ésta, señaladamente que dentro de dos años acudan los oficiales de ellas a solicitar la real licencia y aprobación de Vuestra Majestad apercibiéndoles con la pena de suspensión del uso y ejercicio de sus constituciones en caso de no hacerlo, y mandando que los curas me den cuenta para proveer lo conducente.

Las constituciones de esta cofradía (de que con la más profunda veneración presento a Vuestra Majestad testimonio autorizado) por ser tan antiguas, no están tan expresivas y formales como las modernas. En éstas, regularmente se dispone que los cofrades den al tiempo del asiento ocho, cuatro o dos reales, y cada semana un medio real de jornalillo, y la cofradía se obliga a dar a cada uno, cuando fallece, veinte y cinco o más pesos para entierro y mortaja, lo que cumple puntualmente si los cofrades lo han hecho, y si no, no se les molesta ni se toma providencia alguna, porque todo es voluntario y nada gravoso.

El modo regular con que hasta dicho año de 1776 se han erigido las cofradías ha sido juntarse el cura con sus principales feligreses españoles, o indios o de castas formar las reglas o constituciones en que se contienen lo que queda referido, y que se digan tantas misas por la limosna que tasan, o conforme al arancel, las que se aplican por los cofrades vivos y difuntos; que se hagan tales fiestas; que haya junta anual que llaman cabildo, en que el mayordomo da cuentas a la mesa, que se compone del juez eclesiástico que la preside, del rector, mayordomo y diputados que se nombran oficiales, las que aprueba dicho juez de consentimiento de la mesa en los curatos de fuera de México, y en esta corte los provisores, que presiden las juntas y se hace la elección de los referidos oficiales. Estas constituciones las remitían los oficiales al ordinario solicitando su aprobación, la que lograban regularmente, conformándose con lo que pedía el promotor. Pero desde dicho año se ha mandado que no usen de ellas hasta lograr la real licencia y aprobación Vuestra Majestad.

Algunas cofradías tienen principales impuestos a su favor y con sus réditos se costean los gastos que tienen de cera, fiestas y la limosna de las misas, en otras se permite que pidan limosna los cofrades por sólo su respectivo curato para ayuda de dichos gastos, de las que también da cuenta el mayordomo a la mesa, y de su distribución. Y otras tienen ganados, cuyos productos invierten en los enunciados gastos, de manera que las cofradías no son gravosas al público y todas sus funciones son dirigidas al mayor culto divino y beneficio espiritual de los feligreses.

En la visita he cuidado de extinguir todas las que se llaman hermandades y son las que se han intentado erigir sin licencia real ni autoridad ordinaria. He aplicado sus bienes, principales y alhajas a otras cofradías, con la carga de hacer las fiestas y mandar decir las misas que se acostumbraba en aquellas, hasta donde alcanzaren sus productos, o las he dejado en calidad de pura devoción u obra pía, mandando que los curas nombren mayordomos que les den cuentas anuales de cargo y data, y que cumplidas las cargas que tienen se aplique el resto a las fábricas parroquiales. Asimismo he extinguido muchas cofradías que, o por no tener principales ni ganados, o porque se disipaban los que las pertenecían, eran gravosas al público, o porque en su gobierno no se observaba la fraternidad debida, cuidando siempre y también mis dignos antecesores de prohibir que se hagan gastos superfluos y de mandar que los productos se empleen en las cargas de su institución y que los sobrantes se apliquen a beneficio de dichas fábricas parroquiales.

Por encargo de este superior gobierno estoy trabajando un informe sobre todas las cofradías de este arzobispado, y en él expondré mi dictamen acerca de cada una de ellas y las que me parece que deben subsistir y cuáles son dignas de extinguirse. Este informe demanda mucho trabajo y tiempo, y en tanto que le concluyo juzgo conveniente que subsista la cofradía de San Juan Teotihuacán y que Su Majestad se digne aprobar sus constituciones, y las de las demás cofradías que yo crea deben subsistir, porque son útiles a las parroquias y a los mismos cofrades, como dejo indicado. Sus constituciones no contienen cosa opuesta a las regalías de Vuestra Majestad y en las juntas anuales que celebran los cofrades suelen verificarse en parte el espíritu de vuestra ley real de Indias, porque asisten a muchas los corregidores, alcaldes mayores y demás justicias del partido, en calidad de oficiales de mesa.

Pero considerando lo difícil que es el recurso a Vuestra Majestad para solicitar la real aprobación de las constituciones de las cofradías que están erigidas en la forma dicha, especialmente siendo indios los oficiales de mesa, como lo son de muchas, y atendiendo a los costos necesarios que aquel prepara, y a que si se les obliga a ello se arruinarán las más de las cofradías, me parecía que se ocurriría a todo con que Vuestra Majestad se dignare, siendo de su soberana aprobación, dar facultad a vuestro virrey de este reino para que en su real nombre aprobase las constituciones o estatutos de todas las cofradías que están ya erigidas, y que para las que se hayan de fundar en lo sucesivo se observe puntualmente lo dispuesto por la citada ley, o lo que fuere del real agrado de Vuestra Majestad.

Nuestro Señor guarde a Vuestra Majestad los muchos años que le pido y necesita el Estado. México, 20 de mayo de 1780.

Señor,

Alonso, Arzobispo de México

De la reforma de cofradías novohispanas a todos los reinos de Indias

Retrato de D. Ramón de Posada por Francisco de Goya, ca. 1801. Museo Legion of Honor de San Francisco

Retrato de D. Ramón de Posada por Francisco de Goya, ca. 1801. Museo Legion of Honor de San Francisco

El mes pasado presentaba en este espacio las reales cédulas generales que fueron producto de la reforma de cofradías por expedientes particulares que el Consejo de Indias llevó a cabo para las del reino de Nueva España en el último cuarto del siglo XVIII. Hay una última cédula real que fue producto de los esfuerzos del fiscal Ramón de Posada y Soto, pero que ya no se limitaba a extender su proyecto de organización formal de las cofradías a las novohispanas, sino que alcanzaba a todos los “dominios de Indias” del rey Carlos IV. Se trata de la cédula del 15 de octubre de 1805 dada para resolver un conflicto de jurisdicción entre el intendente y el vicario capitular de Maracaibo a propósito de las cuentas de una obra pía. Curiosa culminación de los esfuerzos por definir y hacer realidad la definición de las cofradías como unos cuerpos profanos, no dejaba de aprovechar la ambigüedad del vocabulario relacionado con ellas, incluso mezclando la definición que solía postular el clero. “Cofradías, obras pías y fundaciones piadosas y cualquier fondo de la misma clase” dice el documento, creando un bello contraste entre el contenido, que en cambio se refiere a la cofradía como una reunión de personas.

Desde luego, es difícil decir hasta qué punto esta real cédula tuvo eco en todos los reinos de Indias, aparte de Nueva España y Venezuela en el siglo XIX. Confieso que hasta ahora no me he ocupado de rastrear si en otras regiones llegó a ser recibida y obedecida efectivamente, bien que es casi seguro que sus alcances fueran limitados, como ocurría en general con las reformas borbónicas. Como sea, éste fue sin duda el punto culminante de esa difícil empresa que se inició en los años 1770, en las oficinas de los palacios reales de México y Madrid, impresionante a veces en sus declaraciones autoritarias, pero las más decepcionante en su implantación si la pensáramos sólo en esos términos. En cambio, interesante por mostrar la vigencia de la negociación entre el clero, la Corona, los súbditos y fieles. Aquí pues, el texto de la implantación de la reforma novohispana a nivel casi americano diríamos hoy.

 

Real cédula del 15 de octubre de 1805*

 

El rey

El gobernador intendente de Maracaibo dio cuenta de lo ocurrido con el vicario eclesiástico de aquella ciudad sobre conocimiento de las cuentas de la obra pía de nuestra Señora de la Soledad, y de la declaración hecha por mi Real Audiencia de Caracas, reducida a que su rendimiento y liquidación debió hacerse ante el Vice-Patrono Real, solicitando me dignase aprobar dicha providencia, con declaración de que el conocimiento de todas las cuentas de Cofradías, Obras pías y Fundaciones piadosas y cualquier fondo de la misma clase que esté sujeto a administración civil y temporal, corresponde en esos mis Dominios a los respectivos mis Vice-Patronos; que a los que lo sean toca examinarlas y aprobarlas, y presentar, elegir y nombrar mayordomos administradores de ellas, sin que sean válidos aun aquellos nombramientos provisionales, que se expidan sin su noticia y aprobación; que sean excluidos de este manejo todos los eclesiásticos de orden sacro, o aplicados al fuero de la Iglesia; y que se haga entender así a quienes corresponde su cumplimiento, por lo que conviene a las mismas instituciones pías, y a la conservación de las regalías de mi Real Patronato.

Visto en mi Consejo de Indias con lo que dijo mi Fiscal, y teniendo presente lo mandado a mi Virrey de Nueva España en cédula de veinte y siete de diciembre de mil ochocientos dos, con motivo de haberme dignado aprobar la fundación y constituciones de la cofradía de Ánimas del pueblo de Calimaya, jurisdicción de Tenango del Valle, he resuelto que para el gobierno de todas las Cofradías, Hermandades o Congregaciones de mis Dominios de Indias, se observen las reglas siguientes.

Primera: Que se suprima el gravamen que esté impuesto a los mayordomos de otorgar fianza, por no haber semejante práctica en las Congregaciones piadosas.

Segunda: Que éstas elijan en sus juntas para Mayordomos aquellos hermanos que merezcan su confianza por sus buenas cualidades, y los nombrados sirvan sin otro interés que el de contribuir por su parte al objeto de su instituto.

Tercera: Que no se puedan trasladar las cofradías, sin consentimiento de mis Vice-Patronos, a otro templo, ni alterar sus Constituciones sin impetrar para ello la correspondiente mi Real licencia.

Cuarta: Que para las elecciones de oficiales de dichas cofradías, hermandades o congregaciones y autorizar sus acuerdos, es suficiente el cofrade que se nombre por secretario de cada una de ellas, el cual debe servir este encargo sin derechos ni emolumentos.

Quinta: Que no se celebre junta alguna que sin que sea presidida por el Ministro Real que a este fin se nombre.

Sexta: Que los bienes de las expresadas cofradías, hermandades o congregaciones no se entiendan espiritualizados en tiempo alguno, ni se dejen de satisfacer en sus casos los derechos reales con ninguna causa ni pretexto.

Séptima: Que el cura de la parroquia o el prelado de la casa en que esté situada la cofradía, hermandad o congregación, asista a las juntas como previene la ley.

Octava: Que en todas las cofradías, hermandades o congregaciones haya tesorero que sirva dos años, y dos más si pareciese reelegirle; pero que no lo pueda ser por tercera vez sin haber pasado el intermedio de otros dos años.

Nona: Que el mayordomo de cada cofradía, hermandad o congregación debe presentar sus cuentas a la junta, y ésta nombrar dos sujetos de los más versados en la materia para que las reconozcan, y con su informe las vuelvan a la junta para su aprobación o la providencia que haya lugar; de manera que en las juntas nada sea judicial ni contencioso, pues cuando el negocio deba serlo, entonces ha de ocurrir al juez real que corresponda, para que proceda.

Décima y última: Que las llaves del arca, que debe tener cada cofradía, hermandad o congregación para custodiar sus caudales se ponga una en el hermano mayor o rector, otra en el mayordomo o diputado, y otra en el tesorero; y todos los meses se entre lo que se hubiere recaudado, y saque lo que fuere menester, sentándose en un libro y firmando las partidas todos tres.

En cuya consecuencia mando a mis Virreyes, Presidentes y Gobernadores, Vice-Patronos de mis Dominios de Indias e Islas Filipinas, y ruego y encargo a los muy Reverendos Arzobispos y Reverendos Obispos de ellas, guarden, cumplan y ejecuten y hagan guardar, cumplir y ejecutar la referida mi Real determinación en las cofradías, hermandades o congregaciones ya establecidas, teniéndola presente para las que en lo sucesivo se erijan y en las formación de sus estatutos o constituciones, sin cuya circunstancia no obtendrán mi real aprobación. Fecha en San Lorenzo a quince de octubre de mil ochocientos cinco.

Yo el Rey

Por mandado del rey nuestro señor

Antonio Porcel.

 

* AGI, México, leg. 3096A.

La reforma de cofradías novohispanas por expedientes particulares

ramon-de-posada-y-soto

Retrato de Ramón de Posada por Francisco de Goya. Legion of Honor, San Francisco.

Menos conocida que la reforma general y sus voluminosos expedientes, acaso porque se acopla menos a la idea autoritaria que tenemos de las reformas borbónicas, y sin embargo algo más efectiva y no menos importante. Entre 1773 y 1820 al menos 133 cofradías novohispanas se presentaron ante el Consejo de Indias para que se aprobaran sus constituciones. De ello resultó un número difícil de determinar de reales cédulas en que la mayoría obtuvo la aprobación del rey, aunque con reformas, y sólo algunas debieron fusionarse con otras, y muy pocas fueron directamente suprimidas. Hemos analizado esa reforma sobre todo en un artículo publicado en 2012 en la Revista Complutense de Historia de América. Aunque entonces cometí algunos errores en los nombres de los fiscales que realizaron esa labor, en una próxima publicación, un poco más amplia, he tratado de subsanarlos. Ahora quisiera sólo llamar la atención sobre uno de los resultados de esta reforma. A pesar de ser una reforma por “casos particulares”, como la llamó ya el fiscal Lorenzo Hernández de Alva, no sólo generó medidas de ese tipo, particulares, sino también generales, es decir, que debían de aplicarse para todas las cofradías novohispanas, e incluso para todas las cofradías de los reinos de Indias. Fue el caso sobre todo de las reales cédulas dadas en Cartagena el 27 de diciembre de 1802, en los expedientes de las cofradías de ánimas de Santiago Calimaya, ánimas de Malinalco y del Santísimo Sacramento y Soledad de Tlapacoyan.

Esos expedientes y otros tres más, los de la archicofradía del cordón franciscano de Querétaro, la cofradía sacramental y de ánimas de Toluca y la de san Homobono de México, habían sido vistos por don Ramón de Posada el 3 de septiembre de 1802, como ministro del Consejo de Indias, todavía despachando como fiscal. Según sus propios términos, trató de “llevar sistema”, es decir, de establecer en ellas trece reglas generales para la redacción de constituciones, incluyendo la obligación de que las demás de una misma parroquia con las ya aprobadas. Justo ésta fue rechazada por los demás miembros del Consejo, pero concediendo en cambio la aprobación de las demás. A continuación incluyo el texto de esas cédulas, tomado del Archivo General de Indias, sección Audiencia de México, legajo 2651. El lector notará la repetición sistemática de las últimas prevenciones en que se trata de la junta de gobierno de cada una de estas cofradías, los detalles de su estructura, elecciones, obligaciones, jurisdicción bajo la que debían quedar, etcétera. Estos breves puntos resumían bien lo que los reformadores borbónicos trataron de hacer con ellas, destaquemos sobre todo el esfuerzo de dedicarlas a “cosa útil al vecindario”, manteniendo empero el carácter de “congregaciones piadosas”.

Reales cédulas dadas en Cartagena, 27 de diciembre de 1802

[Minuta]

El rey

Por cuanto por real cédula de 26 de febrero de 1785 tuve a bien condescender con la instancia de D. Rafael y D. Manuel Cetina, vecinos del pueblo de Calimaya, jurisdicción de Tenango del Valle, en el arzobispado de México, para que se les permitiera fundar en aquella iglesia parroquial la cofradía de Ánimas bajo el nombre del Patrocinio de San José y Ánimas del Purgatorio y formar para su régimen y gobierno las convenientes constituciones que graduasen útiles y concluidas las exhibieran para su calificación y examen al muy reverendo arzobispo de México y a aquel superior gobierno, y evacuado uno y otro acudieran con ellas a mi Consejo a impetrar mi real confirmación. En su cumplimiento se ha presentado con fecha de 15 de julio de 1802 y a nombre del citado D. Rafael Cetina y D. Pedro Rivera, un testimonio en que se hallan insertas dichas constituciones formadas para el mencionado efecto, las cuales son del tenor siguiente

[Aquí las constituciones a la letra]

Visto en mi Consejo de las Indias con lo que en su inteligencia y de los antecedentes del asunto expuso mi fiscal, ha parecido aprobar, como por esta mi real cédula apruebo las expresadas constituciones, con las advertencias y adiciones siguientes.

Que en la 3ª se añada que la contribución que señala sea voluntaria; en la 9ª que en lugar de acudir con 25 pesos a cada hermano difunto para su entierro y con 4 pesos más al párroco para una misa con vigilia por su alma se modere esta cuota a la que según las circunstancias del difunto esté tasado por el arancel su entierro si no fuera cofrade, para precaver que por sola esta calidad sean más costosos sus funerales, y se refundan estas limosnas en provecho de los que tienen obligación de enterrarse sin derecho a los pobres y en perjuicio de estos destinos.

Que en la 11ª se suprima el gravamen que se impone a los mayordomos de otorgar fianza por no haber semejante práctica en las congregaciones piadosas.

Que ésta elija en sus juntas para mayordomos aquellos hermanos que merezcan su confianza por sus buenas cualidades, y los nombrados sirvan sin otro interés que el de contribuir por su parte el objeto de su instituto.

Que no se pueda trasladar la cofradía sin consentimiento del superior gobierno a otro templo, ni alterar sus constituciones sin impetrar para ello la correspondiente licencia.

Que para las elecciones de oficiales de la cofradía y autorizar sus acuerdos es suficiente el cofrade que se nombre por secretario de la congregación, el cual debe servir sin derechos ni emolumentos.

Que no se celebre junta alguna, sin que sea presidida por el ministro real que a este fin se nombre.

Que sus bienes no se entiendan espiritualizados en tiempo alguno, ni se dejen de satisfacer en sus casos los derechos reales ahora ni en adelante con ninguna causa, ni pretexto.

Que los diputados sean ocho y se elijan todos los años cuatro a fin de que haya siempre sujetos instruidos en los asuntos que ocurran.

Que el rector sea secular, dure dos años y no pueda reelegirse.

Que el cura de la parroquia asista como previene la ley en concepto de prelado de la casa en que está la cofradía.

Que haya tesorero que sirva dos años y dos más si pareciere relevarle, pero que no lo pueda ser por tercera vez sin haber pasado al intermedio de otros dos años.

Que el mayordomo debe presentar sus cuentas a la junta, y ésta nombrar dos sujetos de los más versados en la materia para que las reconozcan y con su informe las vuelvan a la junta para su aprobación o la providencia que haya lugar, de manera que en las juntas nada sea judicial ni contencioso, pues cuando el negocio deba serlo, entonces ha de ocurrir al juez real que corresponda para que proceda.

Que los funerales, gastos y funciones se reduzcan a lo justo y debido para que resulte sobrante e invierta en socorro de los pobres, presos o enfermos, o en otra cosa útil al vecindario con audiencia de la junta de la misma cofradía.

Que las llaves del arca se pongan en el rector, diputado más antiguos y tesorero y todos los meses se entre lo que se hubiere recaudado, y saque lo que fuere menester, sentándose en un libro, firmando las partidas todos tres.

Por tanto, por la presente mi real cédula ordeno y mando a mi virrey, gobernador y capitán general de las provincias de la Nueva España, al regente y oidores de mi Real Audiencia y a los demás ministros, jueces y justicias de aquellos dominios; y ruego y encargo al muy reverendo arzobispo de la diócesis de México, al venerable deán y cabildo en sede vacante de aquella iglesia y a otros cualesquiera prelados, jueces eclesiásticos a quienes correspondan, guarden y cumplan y hagan guardar y cumplir puntual y efectivamente la expresada mi real determinación según y en la forma que va referido sin contravenir ni permitir que en manera alguna se contravenga a ella, por ser así mi voluntad.

Fecha en Cartagena, a veinte y siete de diciembre de mil ochocientos dos.

Segunda cédula: cofradía del Santísimo Sacramento y Nuestra Señora de la Soledad de Tlapacoyan.

El rey

Virrey, gobernador y capitán general de las provincias de la Nueva España y presidente de mi Real Audiencia de México.

En carta de 27 de enero de 1801 me hizo presente vuestro antecesor D. Félix Berenguer de Marquina que los indios del pueblo de Santa María Tlapacoya, jurisdicción de Xalacingo, con sola la aprobación del ordinario eclesiástico, tenían fundada en su parroquia una cofradía del Santísimo Sacramento y Nuestra Señora de la Soledad, sin el esencial requisito de mi real licencia, que sus fondos consistían en dos sitios y dos caballerías de tierra poblados de algún ganado vacuno, que para legalizar este establecimiento ocurrieron dichos indios presentando sus constituciones, reducidas a fomentar el culto divino en aquella iglesia con varias funciones y sufragios que debían hacerse en ella por los cofrades, y especialmente por los fundadores, a prescribir el modo con que deben recibirse los cofrades, y procederse en las elecciones de mayordomos y diputados, y arreglar la administración de las tierras que pertenecen a la cofradía. Que dichas constituciones necesitaban de alguna reforma o explicación sobre varios puntos acerca de la sujeción que debían tener a la jurisdicción real, declarando la eclesiástica que la contribución de doce reales que se asignaba por el asiento fuese voluntaria y no forzosa, a mejorar el método de la administración de los bienes de la cofradía y proporcionar su  mayor seguridad, añadiendo que las juntas se presidieran por el juez real y que los bienes no pudieran espiritualizarse ni eximirse de contribuir con los derechos reales, con cuyas adiciones, habiendo quedado regulares, mes las dirigían testimoniadas a fin de que me dignara aprobarlas o determinar lo que fuera de mi real agrado. Visto en mi Consejo de las Indias con lo que en su inteligencia ha expuesto mi fiscal, ha parecido ordenaros y mandaros tengáis presentes para el examen y arreglo de dicha cofradía y sus constituciones las advertencias siguientes:

Que el mayordomo o mayordomos que se nombraren no se les impongan el gravamen de otorgar fianza por no haber semejante práctica en las congregaciones piadosas.

Que ésta elija en sus juntas para mayordomo aquellos hermanos que merezcan su confianza por sus buenas cualidades, y los nombrados sirvan sin otro interés que el contribuir por su parte al objeto de su instituto.

Que no se pueda trasladar la cofradía sin consentimiento del superior gobierno a otro templo, ni alterar sus constituciones, sin impetrar para ello la correspondiente licencia.

Que para las elecciones de oficiales de la cofradía y autorizar sus acuerdos es suficiente el cofrade que se nombre por secretario de la congregación, el cual debe servir sin derecho ni emolumentos.

Que no se celebre junta alguna sin que sea presidida por el ministro real que a este fin se nombre.

Que sus bienes no se entiendan espiritualizados en tiempo alguno, ni se dejen de satisfacer en sus casos los derechos reales ahora ni en adelante con ninguna causa ni pretexto.

Que los diputados sean ocho y se elijan todos los años cuatro a fin de que haya siempre sujetos instruidos en los asuntos que ocurran.

Que el rector sea secular, dure dos años y no pueda reelegirse.

Que el cura de la parroquia asista como previene la ley en concepto de prelado de la casa en que está la cofradía.

Que haya tesorero que sirva dos años y dos más si pareciere relevarle, pero que no lo pueda ser por tercera vez sin haber pasado al intermedio de otros dos años.

Que el mayordomo debe presentar sus cuentas a la junta, y ésta nombrar dos sujetos de los más versados en la materia para que las reconozcan y con su informe las vuelvan a la junta para su aprobación o la providencia que haya lugar, de manera que en las juntas nada sea judicial ni contencioso, pues cuando el negocio deba serlo, entonces ha de ocurrir al juez real que corresponda para que proceda.

Que los funerales, gastos y funciones se reduzcan a lo justo y debido para que resulte sobrante e invierta en socorro de los pobres, presos o enfermos, o en otra cosa útil al vecindario con audiencia de la junta de la misma cofradía.

Que las llaves del arca se pongan en el rector, diputado más antiguos y tesorero y todos los meses se entre lo que se hubiere recaudado, y saque lo que fuere menester, sentándose en un libro, firmando las partidas todos tres.

Y en su consecuencia os encargo arregléis dichas constituciones, el gobierno y administración de dicha hacienda y demás puntos de que se quejan los indios de modo que no quede al arbitrio del cura, ni de otro, el aprovecharse de sus productos, los cuales (sea cual fuere su principio) son el afán incesante de los infelices indios, ocupados toda la vida en el cultivo de una finca de que parece ser dicho cura dueño absoluto, y también del trabajo de esos naturales, con el común pretexto de la cofradía, y practicado esto se exhiban al muy reverendo arzobispo para su calificación y examen, y evacuado las remitiréis al mencionado mi Consejo con cuanto se actúe sobre el asunto, a fin de obtener mi real confirmación, y hasta que esto se verifique no podrán usar de ellas con ningún pretexto ni motivo, todo lo cual os participo a fin de que tenga el más exacto y puntual cumplimiento esta mi real determinación, por ser así mi voluntad.

Fecha en Cartagena, a veinte y siete de diciembre de mil ochocientos dos.

Yo el rey.

Por mandado del rey nuestro señor.

Antonio Porcel

 

Tercera cédula: cofradía de las benditas ánimas de Malinalco.

El rey.

Por cuanto en carta de veinte y siete de octubre de mil ochocientos uno ha hecho presente D. Félix Berenguer de Marquina, siendo virrey de las provincias de la Nueva España, con noticia que tuvo el subdelegado del partido de Malinalco, que la cofradía de Ánimas de aquel pueblo había padecido extravío en sus intereses, y estaba fundada sin las licencias necesarias, interpuso queja en aquella Real Audiencia el año de mil setecientos noventa y siete, y también por la resistencia del párroco a exhibir los libros, cuentas y demás documentos que le tenía pedidos; que como dicho tribunal advirtió la falta de aprobación de la cofradía, cuyo punto de gobierno se estimó perjudicial, pasaron los autos a aquel virreinato, de que dada vista al fiscal de lo civil, se promovieron las conducentes diligencias a fin de que los individuos presentasen las constituciones que juzgaran oportunas para que examinadas se me diese cuenta con ellas; que así se ejecutó con las insertas en el testimonio que acompañó, precedida la vista del citado ministro y del asesor general, quien encontrándolas arreglas con las modificaciones pedidas por el primero, y conformado dicho virrey con su exposición, las remitió para que me dignara dispensar la real aprobación, las cuales son de tenor siguiente:

Primera. Establecemos e instituimos que la cofradía se quede con el título de las Benditas Ánimas del Purgatorio de esta parroquia de Malinalco.

Segunda. Que para que se extienda la cofradía y pueda contar con algunos fondos capaces de dar el lleno debido a las fiestas y retribuciones de que después se hablará, para que no venga a su ruina y siempre permanezca, y por último, porque estas hermandades, dirigidas principalmente al culto y bien espiritual de las almas, no debe haber excepción de personas, se reciba a cualquiera que solicita, hombre, mujer, español o de otra casta, a menos que no sea de más de cincuenta años, enfermo habitual o embarazada, u otra casta infecta, a menos que no sea de más de cincuenta años, enfermo habitual o embarazada, pues a éstos, averiguada la verdad, no les valdrá la patente, y sólo habrá que devolverles lo que hubieren contribuido.

Tercera. Que los mismos dos reales que es corriente en otras se den por el asiento los españoles, mestizos y otras castas, y un real los indios y el cornadillo de medio real cada semana, y dos reales en cada una de las fiestas del Santísimo Patriarca Señor San José y Señor San Nicolás Tolentino.

Cuarta. Que al hermano o hermana que no hubiere cumplido diez años de asentado y estuviere debiendo cuando pida los Santos Sacramentos la tercera parte de lo que corresponda a su tiempo no se le acuda con lo que ofrece la patente, pero si en dicho tiempo satisficiere la deuda o lo que hace por que quede en menos de dicha tercera parte, se le ministre todo.

Quinta. Que a los hermanos que se apuntan por devoción con expresa renuncia de lo que ofrece la patente, habiendo pagado el cornadillo se les costee una misa de réquiem, se les dé, caso que lo pidan, el paño, guión y cera para su entierro. Y entre estos se puedan recibir por hermanos a los de edad avanzada, enfermedad habitual, mujeres embarazadas, poniendo el mandatario la correspondiente nota de que se asientan por devoción.

Sexta. Que para que haya quien represente a la cofradía, gobierne y distribuya sus haberes en lo que sea de su instituto, hagan las elecciones y promuevan el cumplimiento de las constituciones, se componga su mesa de los vocales que ha tenido siempre, y son doce diputados y el mayordomo tesorero, a cuyo cargo estará todo, debiéndose advertir que unos y otros han de ser prácticos del lugar y de ninguna manera lo serán los que no lo fueren.

Séptima. Que éstos se elijan anualmente por Pascua de Resurrección, los mismos doce diputados y mayordomo tesorero, procurando que no haya reelección hasta pasados siquiera dos años, y que caso de que por falta de individuos no pueda evitarse, no duren en los empleos más de tres años y eso de ninguna manera a los que queden debiendo, que a estos se excluye para siempre.

Octava. Que el diputado mayor convoque las juntas, así para las elecciones, como por cualquiera otro motivo que las exija, dando el correspondiente político aviso a los jueces secular y eclesiástico.

Novena. Que en cumplimiento de lo que previene la ley veinticinco, título cuarto, libro primero de la Recopilación de Indias y la real cédula de su aprobación, y de lo resuelto por punto general en estos casos, dicho juez real presida las juntas y no pueda haber alguna sin su noticia o asistencia, o la de aquella persona a quien quiera dar sus veces.

Décima. Que en los lugares donde se extienda la cofradía, sin agravio de las que con consentimiento de los respectivos curas interesados en las misas que se rezan o cantan por sus feligreses, como debe hacerse de conformidad con lo resuelto por el superior gobierno en cuanto a este punto en otras cofradías, se nombren los síndicos y mandatarios que asienten a los cofrades o reciban las pensiones o cornadillos, con obligación de poner éstos cada semana o mes lo que cobraren en poder de aquéllos y de dar aviso al mayordomo de los cofrades para que los asiente en el libro general, quedando al arbitrio de la mesa removerlos, habiendo motivo justo.

Undécima. Que sin embargo de que conforme a la opinión mejor recibida de los canonistas para estos oficios no es regular la asignación de sueldos, como que todos son de piedad, se siga dando a los mandatarios un real en cada peso que cobren por razón de cornadillo, siendo el cobro dentro del pueblo de su residencia, y siendo fuera dos reales en cada peso, porque como estos siempre son pobres, ninguno puede condonar ni remitir el trabajo de que comen, y si se les quita como se ha pretendido con otras sería exponer a esta cofradía a que se quedase sin ellas con perjuicio suyo.

Duodécima. Que el mayordomo tesorero afiance a satisfacción de la mesa los bienes entraren en su poder.

Décima tercia. Que éste reciba y entregue por inventario formal, anotando lo que hubiere de nuevo y lo consumido.

Décima cuarta. Que el mayordomo tesorero tenga un libro para asentar los caudales que reciba de todos los mandatarios y síndicos, las pagas que haga y el sobrante que le quede, deducidos los gastos que tenga a su cargo, y otros tres para asentar los cofrades, otro para las cuentas, y otro para los recibos de las misas que deben servir de comprobantes.

Décima quinta. Que cada uno dé cuenta al mayordomo tesorero en debida forma, con individualidad de las que sean de la cofradía y de las de la obra pía que dejó D. Juan Gerardo de Acosta, pues unas y otras serán a cargo de dicho mayordomo tesorero, por dirigirse uno y otro fin al beneficio de las Benditas Ánimas, como consta de la dotación, y éstas, examinadas por la mesa en junta de cabildo para la elección, pasen al juez eclesiástico, precisamente para que vea y se cerciore de que estos caudales y limosnas se han invertido en su piadoso destino, y no con otro fin, que es lo que previene el Santo Concilio de Trento en los capítulos octavo y noveno de la sesión veintidós De reformatione, pues caso de que en el particular se ofrezcan algunas disputas judiciales deberá ocurrirse al juez secular, como que dichos bienes y caudales no son ni pueden reputarse por espirituales, con cuya calidad se han aprobado ésta y las demás cofradías, por ceder lo contrario en perjuicio de las regalías de la Corona.

Décima sexta. Que en lo demás que a su pagamento concurre la dicha obra pía fundada por D. Juan Gerardo de Acosta, y son la escuela, misa de los lunes y rosario en la noche de dicho día, que procesionalmente sale por las calles, asistido de un sacerdote, en todo se guarde y cumpla con lo dispuesto por dicho donante, como consta de la donación que a fojas 2 es del tenor siguiente: Que con el fruto o rédito de la hacienda nombrada Piaxtla y una casa en dicho pueblo, se conserve y permanezca el Rosario de Ánimas que en los lunes en la noche ha permanecido el tiempo de más de treinta años, los que ha costeado el otorgante, y ha sido a cargo de la cofradía, con independencia de los gravámenes que dicha cofradía tiene, y con los productos de dicha hacienda y casa, también se ha de costear un maestro de enseñar virtudes que gane doscientos pesos anuales, y que éste sea hombre bastante virtuoso y bien inclinado para el ejemplo y educación de los niños naturales y de razón, a los que enseñe la doctrina cristiana, a leer, escribir, contar, con el gravamen diariamente los días de escuela, sobre tarde, que en consorcio de los niños se rece una parte del Rosario aplicándolo por las Benditas Ánimas, encargándosele también por los señores de la mesa de dicha cofradía la asistencia, especialmente en los días lunes, al Rosario de Ánimas, y que haya de tener a lo menos veinte y cinco niños de cada clase, y reciba todos los que ocurrieren sin despreciar a ninguno. Y por cuanto los sobrantes de los productos de la hacienda de Piaxtla y casa de la plaza no deben entrar en arca alguna, pues la voluntad del donante es que se inviertan a beneficio de las Benditas Ánimas como consta al f. 13, cláusula 2ª que a la letra es del tenor siguiente: Ítem. Ha de ser obligada esta cofradía a hacer que de los productos de dichas fincas se cante una misa todos los lunes del año en el mismo altar de Ánimas de dicha parroquia, en sufragio de ellas, con doble de esquila, tumbilla y responso a que deberá asistir el maestro de escuela con sus discípulos; y juntamente a costear el rosario de los lunes en la noche, que procesionalmente sale por las calles, y si después de haber reparado las fincas (sobre que tendrá especial cuidado la mesa, como que esto mira a la conservación de ellas) resultare algún sobrante, bien lo podrá aplicar a las otras funciones que dicha cofradía celebra en sufragio de las Benditas Ánimas del Purgatorio, pedimos que en todo se guarde y cumpla según y como lo expresa el donante, y sólo se introduzcan en arcas los caudales que fueren legítimos de la cofradía que se está erigiendo, y asimismo suplicamos que esta misa de los lunes perteneciente su pagamento a la obra pía, para que se cumpla con la asistencia de los niños escolásticos, sea a las ocho de la mañana, hora en que sin embargo de ser muy pobres y vivan retirados podrán cumplir con lo dispuesto en la donación, por lo que se seguirán dando al párroco tres pesos.

Décima séptima. Que para que se guarden los muebles precisos de la cofradía, sus sobrantes, sus títulos y papeles y lo demás que no sea preciso esté a mano para el uso diario y consumo de gastos, se fabrique una arca de tres llaves, de las cuales una tenga el mayordomo tesorero, otra el diputado mayor y la otra el síndico.

Décima octava. Que en habiendo en arcas alguna cantidad de consideración sin destino legítimo, se imponga con acuerdo de la mesa e intervención de dicho juez secular en finca segura, procediendo en este caso con la mayor madurez para que no pierda sus fondos.

Décima nona. Que sea de cargo del mayordomo pagar todos los martes del año una misa cantada de un ministro con su responso y doble de esquila por las almas de los cofrades difuntos, por la que se le darán al párroco dos pesos.

Vigésima. Que concluido el novenario que hace esta parroquia, pasado el día de la conmemoración de los difuntos, se siga haciendo uno de una misa cantada con un ministro con doble de esquila, tumbilla con cuatro luces en ella, y responso en el altar de Ánimas aplicado por las almas de los cofrades, por las que se le darán al párroco veinte y seis pesos.

Veinte y una. Que en los días del Santísimo Patriarca Señor San José y Señor San Nicolás Tolentino se han de celebrar sus funciones con misa de tres ministros, procesión y sermón, por lo que se darán al párroco catorce pesos por cada una, y que dichas funciones se hagan en sus respectivos días, sin que se puedan transferir y en el altar de Ánimas, y que igualmente se apliquen dichas misas por las almas de los cofrades vivos y difuntos, y por los bienhechores.

Veinte y dos. Que los mayordomos no puedan hacer gasto alguno a más de los referidos sin acuerdo de la mesa y pasando de cincuenta pesos sea indispensable la licencia de los jueces eclesiástico y secular que autorizan las juntas, dándola o negándola en ella, sin derechos algunos, pues como que están presentes bien podrán instruirse de la necesidad o utilidad que haya.

Obligaciones de la cofradía para regraciar a los hermanos su devoción y desembolsos.

A más de la aplicación de los sufragios y misas de las fiestas según lo establecido en los anteriores artículos, siempre que algún cofrade haya de recibir el viático se franquearán veinte velas de cera y dos pesos en reales, a cuyo fin se prevenga en las patentes avisen con tiempo al tesorero o síndico respectivo, llevando certificación del médico o ministro que ordenó se dispusiese.

Ítem. Dará la cofradía a cada hermano cuando fallezca veinticinco pesos en reales o doce pesos y medio y una mortaja, siendo del arbitrio de los dolientes pedir lo que les acomode.

Ítem. Se le darán al hermano cofrade veinte y cinco luces, paño, féretro, almohadas con el guión para la compañía de su cadáver.

Ítem. El día siguiente del entierro del hermano cofrade se le cantará una misa con doble y responso en la respectiva parroquia donde se verifique su entierro, por la que se le darán al párroco tres pesos, cuya misa se aplicará por su alma.

Malinalco, y noviembre diez y nueve de mil setecientos noventa y ocho años.- José González, mayordomo.- Juan Antonio Araujo, diputado mayor.- Manuel Centeno.- Ignacio Segura.- Mariano Centeno.- Antonio Araujo.- Bartolomé Jurado.- Vicente Díaz.- Rafael Reyes.- Manuel Mendoza.- José Nieto.- José Escobar.

Visto en mi Consejo de las Indias con lo que en su inteligencia expuso mi fiscal, ha parecido aprobar, como por esta mi real cédula apruebo las expresadas constituciones en todo lo que no sea contrario a las adiciones y advertencias siguientes:

  1. Que el mayordomo o mayordomos que se nombren no se les imponga el gravamen de otorgar fianza por no haber semejante práctica en las congregaciones piadosas; que ésta elija en sus juntas para mayordomos aquellos hermanos que merezcan su confianza por sus buenas cualidades, y los nombrados sirvan sin otro interés que el de contribuir por su parte el objeto de su instituto.
  2. Que no se pueda trasladar la cofradía sin consentimiento del superior gobierno a otro templo, ni alterar sus constituciones sin impetrar para ello la correspondiente licencia.
  3. Que para las elecciones de oficiales de la cofradía y autorizar sus acuerdos es suficiente el cofrade que se nombre por secretario de la congregación, el cual debe servir sin derechos ni emolumentos.
  4. Que no se celebre junta alguna, sin que sea presidida por el ministro real que a este fin se nombre.
  5. Que sus bienes no se entiendan espiritualizados en tiempo alguno, ni se dejen de satisfacer en sus casos los derechos reales ahora ni en adelante con ninguna causa, ni pretexto.
  6. Que los diputados sean ocho y se elijan todos los años cuatro a fin de que haya siempre sujetos instruidos en los asuntos que ocurran.
  7. Que el rector sea secular, dure dos años y no pueda reelegirse.
  8. Que el cura de la parroquia asista como previene la ley en concepto de prelado de la casa en que está la cofradía.
  9. Que haya tesorero que sirva dos años y dos más si pareciere reelevarle, pero que no lo pueda ser por tecera vez sin haber pasado al intermedio de otros dos años.
  10. Que el mayordomo debe presentar sus cuentas a la junta, y ésta nombrar dos sujetos de los más versados en la materia para que las reconozcan y con su informe las vuelvan a la junta para su aprobación o la providencia que haya lugar, de manera que en las juntas nada sea judicial ni contencioso, pues cuando el negocio deba serlo, entonces ha de ocurrir al juez real que corresponda para que proceda.
  11. Que los funerales, gastos y funciones se reduzcan a lo justo y debido para que resulte sobrante e invierta en socorro de los pobres, presos o enfermos, o en otra cosa útil al vecindario con audiencia de la junta de la misma cofradía.
  12. Que las llaves del arca se pongan en el rector, diputado más antiguo y tesorero y todos los meses se entre lo que se hubiere recaudado, y saque lo que fuere menester, sentándose en un libro, firmando las partidas todos tres.

Por tanto, por la presente mi real cédula ordeno y mando a mi virrey, gobernador y capitán general de las provincias de Nueva España, al regente y oidores de mi Real Audiencia de México, y a los demás ministros, jueces y justicias de aquellos dominios, y ruego y encargo al muy reverendo arzobispo de México, al venerable deán y cabildo en sede vacante de aquella iglesia, y a otros cualesquiera prelados y jueces eclesiásticos a quienes corresponde guarden y cumplan y hagan guardar y cumplir puntual y efectivamente la expresada mi real determinación, según y en la forma que va referido, sin permitir en manera alguna se contravenga a ella, por ser así mi voluntad.

Fecha en Cartagena, a veinte y siete de diciembre de mil ochocientos dos.

Yo el rey.

Por mandado del rey nuestro señor.

Antonio Porcel