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Agustín Rivera: Vida, obra y contextos

Acaba de pasar el 193 aniversario del nacimiento de Agustín Rivera y Sanromán, clérigo y escritor público mencionado en este espacio en más de una ocasión. Ahora aprovecho para presentar aquí una obra que si bien tiene fecha de 2016, en realidad ha salido de la imprenta a principios de este año. Se titula Agustín Rivera: vida, obra y contextos, ha sido coordinada por la Dra. Lina Mercedes Cruz Lira, y reúne la mayor parte de los trabajos del proyecto “Agustín Rivera y su tiempo: la cultura de Lagos en el siglo XIX” que el Cuerpo Académico UDG-731 “Cultura y Sociedad” registro ante el entonces Programa de Mejoramiento del Profesorado (PROMEP, hoy PRODEP) de la SEP, en su convoctoria 2014 de Fortalecimiento de Cuerpos académicos.

En una primera parte reúne los seis trabajos que los miembros de este grupo de investigación realizamos entre 2015 y 2016, y en la segunda el resultado final de cinco de las conferencias de los colegas de otras instituciones que a lo largo de esos mismos años aceptaron compartir con nosotros sus conocimientos y perspectiva de la obra de Rivera. Hombre de una vida larga (1824-1916) y de una obra extensa (por lo menos 158 obras), celebrado en particular en Lagos de Moreno, su tierra natal, donde se le han dedicado calles, monumentos y ceremonias cívicas anuales, y motivo ya de algunos estudios puntuales. Sin embargo, ninguno de los autores es realmente partícipe de esa memoria local, ni tiene mayor interés en ella: no nos interesa Rivera tanto por laguense, cuanto justo por esa vida y obra, que lo sitúan como a cualquier mortal en ciertos contextos. De ahí el título del libro, y el primer mensaje fundamental: desacralizar (sin que eso signifique una falta de respeto) a alguien quien fue también un hombre “de carne y hueso”, y cuya vida, por tanto fue tan compleja y tan específica como cualquier otra. Siguiendo una tradición historiográfica ya larga, los autores tienden a repensar la originalidad del “Doctor de Lagos”, con resultados harto distintos.

Esto es particularmente evidente en la primera parte. El trabajo de Eduardo Camacho Mercado sitúa a Rivera en un contexto social de familias que reunían, como reza el título de su capítulo “Beneficios eclesiásticos y actividades profanas”, algo que el propio Rivera hizo, aunque al final predominó la segunda, la actividad de escritor. Asimismo, Rosa María Spinoso Arcocha nos lo presenta en el seno de las ideas y relaciones de género del siglo XIX y principios del XX, mostrándolo incluso como un hombre que no era particularmente original al respecto, sino todo lo contrario. Más centrados en la obra que en la vida, los trabajos de Juan Pío Martínez, Irma Estela Guerra Márquez, Lorena Cortés Manresa y del que escribe estas líneas, analizan a Rivera como historiador, como hombre de letras,  de debates y orador sagrado. Sucesivamente se nos presenta como historiador “todavía”, digamos, instalado “a caballo entre la historia profana y la historia sagrada”; autor que disertó sobre todos los aspectos de la literatura de su tiempo (desde la gramática hasta el teatro y la poesía); y crítico liberal firme creyente en la idea de progreso. Ya el reunir todas estas facetas en una misma trayectoria no deja de ser particular; sin embargo, en todo ello, aunque con matices en cada punto, es difícil no verlo sino como testimonio de procesos más amplios que afectaban a la historiografía, las letras, los debates políticos y la oratoria. Rivera pues, es una fuente interesante y vasta.

En la segunda parte, los textos del Dr. Arturo Camacho Becerra, del padre Tomás de Híjar y del Dr. Brian Connnaughton, en particular este último, han sido acaso los que de manera más amplia han afrontado la obra de Rivera planteándose su valor. Tenemos lo mismo una respuesta muy positiva de su carácter casi de precursor de la historia cultural en el primer caso, como al contrario un balance más bien negativo de sus relaciones con los obispos de Guadalajara, seguidos de un ponderado análisis que sopesa las especificidades de sus ideas políticas. Completan esta segunda parte dos capítulos sobre objetos más específicos, obra de los jóvenes doctores Berenice Reyes Herrera y Juan Pablo Ortiz Dávila, que nos informan de sus relaciones con publicistas liberales de otras latitudes y sus ideas sobre la Antigüedad clásica. Todo ello nos muestra, insisto, a un Rivera más original, para bien o para mal, que lo mismo amerita comparaciones con Jacob Burckhardt que con el papa Pedro de Luna. En fin, podría decirse que nuestro autor todavía puede hasta convertirse en materia de debates, académicos desde luego, sobre su lugar en la historia mexicana, sobre la valoración positiva o no de su trabajo, sobre su carácter moderno, etcétera. Al plantearse así y sin necesidad de llegar a respuestas definitivas, cabe decir, el CA “Cultura y sociedad” puede considerarse satisfecho, pues tal justamente ha sido la segunda de las ideas que han inspirado la obra.

En efecto, cabe recordar que este grupo de investigadores se distingue por haber levantado como bandera a la Historia cultural. Y si hay dos ideas fundamentales en esta corriente historiográfica es que no hay tema que escape al territorio del historiador, y que asimismo no hay una sola manera de abordar un objeto de estudio histórico. Ya en los otros trabajos colectivos que han precedido éste hemos transitado por un camino semejante: Catolicismo y sociedad, nueve miradas, siglos XVII-XXI, nos reunía en torno a una religión, La fundación del convento de capuchinas de Lagos, 1751-1756: estudios, lecturas y documentos, en torno a un corpus documental, y ahora la cita ha sido en torno a la vida, obra y contextos de un autor. En todos los casos, además, casi sobra decir que no consideramos haber agotado todas las posibilidades, por definición se pueden hacer otras lecturas complementarias o contradictorias, y en un futuro además desde las inquietudes renovadas de la sociedad que hoy desconocemos. Habiéndome correspondido coordinar una parte de los trabajos del proyecto, y habiendo sido también responsable de este Cuerpo académico, creo que tal es también uno de sus valores: es testimonio de un grupo muy particular de esta siempre amplia y no siempre tan activa ni renovada, historiografía mexicanista.

 

“Theater of a thousand of wonders”

theaterWilliam B. Taylor, Theater of a thousand of wonders. A history of miraculous images and shrines in New Spain, Cambridge University Press, 2016, 654 pp.

El profesor William B. Taylor, emérito de la Universidad de California Berkeley, es bien conocido en la historiografía mexicanista, tanto por sus trabajos sobre la violencia y sobre la relación entre campesinos y hacendados en Oaxaca, como en particular por sus obras sobre la historia religiosa novohispana. Su libro Ministros de lo sagrado. Sacerdotes y feligreses en el México del siglo XVIII, (original en inglés de 1996 y traducido al español en 1999) es todo un clásico, fundamental para entender al clero de la Nueva España. Ahora nos ofrece nuevamente una obra destinada a convertirse en clásico, al mismo tiempo verdadera enciclopedia de la vida religiosa novohispana y ensayo que argumenta a favor de una historia comparativa en varios sentidos. Obra ambiciosa, en la que acaso sólo los más conocedores de los detalles regionales encontrarán carencias, logra abarcar al conjunto del reino de Nueva España, desde el lejano norte hasta inclusive Yucatán y, gracias sobre todo al culto al Señor de Esquipulas, a provincias del reino de Guatemala, Chiapas en particular. Estructurada en dos partes para un total de nueve capítulos y tres amplios apéndices, es además un impresionante ejemplo de una larga vida dedicada a la investigación, pues analiza documentación de una treintena de acervos, entre los que se destaca el aprovechamiento exhaustivo de fuentes norteamericanas, no menos que el de una extensa bibliografía anglosajona, incluyendo disertaciones doctorales y de maestría.

En un primer momento, en los dos primeros capítulos, el autor nos presenta una síntesis general de la historia de los santuarios de imágenes milagrosas de los siglos XVI al XVIII. Una de las virtudes de la obra es que construye una cronología precisa de su desarrollo. Más que repetirla aquí, interesan destacar dos puntos fundamentales. Primero: la identificación de un “largo siglo XVII” que va de 1580 a 1720, que puede subdividirse en otros tres períodos, y en que tienen lugar, primero las historias de los orígenes de esas imágenes milagrosas (1580-1620’s), luego la redacción de los primeros relatos y por tanto su primera difusión (1630’s-1670’s) y su primer desarrollo institucional (1680’s-1720). Segundo: el siglo XVIII, no fue una época de decadencia de los santuarios de imágenes milagrosas, sino más bien de consolidación, de continuidad y de expansión, a pesar de la oposición de algunas autoridades tanto eclesiásticas como de la monarquía. De esta forma, Taylor cuestiona de manera convincente la imagen, sólida aún en nuestra historiografía, de la época de las Reformas borbónicas como un período de crisis para la Iglesia novohispana. Los otros dos capítulos de esta primera parte entan en el detalle de casos específicos que refuerzan este marco cronológico. A este respecto, el capítulo tercero vuelve sobre las más emblemáticas de las imágenes marianas (Guadalupe, Remedios, San Juan de los Lagos, Zapopan, Pueblito, Izamal), pero tal vez lo más interesante es el estudio comparado del desarrollo de la devoción a las imágenes de Cristo, destacando en particular el contraste entre “Cristos negros y Madonnas blancas”. El último capítulo de esta primera parte completamenta lo anterior analizando además el desarrollo de ciertas advocaciones marianas: las más clásicas, como la Inmaculada y la Dolorosa, las venidas de España como Aranzazu o Covadonga, y las que conocieron su expansión en el siglo XVIII, como la Divina Pastora, la Virgen de la Luz y la del Refugio.

La segunda parte de la obra constituye un amplio recorrido por cada uno de los aspectos que rodean a las imágenes milagrosas, empezando justo por ese punto fundamental: el milagro. El quinto capítulo aprovecha al respecto no sólo las crónicas e historias de los santuarios, informaciones jurídicas y novenas, sino que se destaca en particular por el estudio de exvotos, tablas, retablitos de agradecimiento y “milagritos” de cera, limitados en número pero harto ilustrativos de las especialidades de cada imagen. No menos interesantes son los capítulos 6, 7 y 8, el primero dedicado a las reliquias de santos, cuya amplitud de modalidades contrasta con su menor éxito comparado con el de las imágenes; mientras que en el siguiente el lector podrá conocer inesperados usos religiosos de modestas estampas impresas, a más de profundizar en la organización para su producción y distribución; en tanto que el octavo está dedicado al tema de las cruces milagrosas (las de Huatulco y Tepic en particular). En fin, el noveno y último capítulo literalmente nos lleva al recorrido hacia los santuarios. El profesor Taylor realiza un interesante análisis de los motivos sobre la ausencia de grandes peregrinajes en la Nueva España, pero además nos presenta los diversos aspectos de las abundantes romerías y procesiones, más locales y más urbanas. Mas casi sobra decirlo, este breve y somero recuento está lejos de hacer justicia a unos capítulos que son verdaderos esfuerzos por presentar exhaustivamente la problemática que tratan a partir de las fuentes y bibliografía disponibles, y a una escala que intenta siempre abarcar a todo el territorio novohispano. Es en ese sentido que me refiero a esta obra como enciclopedia de la vida religiosa novohispana: va mucho más allá de las imágenes milagrosas más conocidas, de forma que sólo por el concentrado de información resulta una invaluable herramienta para conocer los más variados aspectos de esas prácticas y creencias.

A todo esto, empero, hay que agregar todavía que uno de los elementos más significativos de la obra es su esfuerzo comparativo, en varios sentidos. Comparación, en principio, entre diversos espacios, pues gracias a la bibliografía anglosajona, el autor puede establecer las semejanzas y diferencias entre Europa y América, entre España y Nueva España. Destaquemos en particular que este contraste ayuda a resaltar un punto que el autor trata de manera repetida: la importancia de las imágenes surgidas de la naturaleza en el caso novohispano, muchas de ellas literalmente nacidas de los árboles. Mas existen también comparaciones entre diversos períodos: la obra se apoya también en una amplia serie de estudios etnográficos sobre el siglo XX, que le permiten al autor imaginar de nuevas formas la prácticas novohispanas, pero también discutir las largas continuidades que se plantean esos trabajos, como ya había hecho en otros momentos, por ejemplo en el tema de las cofradías y el sistema de cargos en un artículo ya clásico de 1985 junto con John K. Chance. La bibliografía le permite también al profesor Taylor discutir con amplitud el siempre complicado tema de la herencia prehispánica en las prácticas y creencias religiosas novohispanas. En este punto, si bien no deja de extrañarse una mirada más crítica de una bibliografía que en más de un caso aprovecha  crónicas y documentos coloniales como si fueran fuentes transparentes, se plantean consideraciones que sin duda resultarán fructíferas para la historiografía mexicanista.

En fin pues, es una obra ampliamente recomendable, que ojalá pronto esté disponible en español, y que además es propicia para la discusión (por ejemplo, valdría mucho la pena contrastarla con Les saints et les images du Mexique (XVIe-XVIIIe siècle) de Pierre Ragon), siempre en beneficio del conocimiento histórico.

Cuerpos profanos o fondos sagrados

Portada Cuerpos profanosEsta semana ha salido de la imprenta el libro Cuerpos profanos o fondos sagrados. La reforma de cofradías en Nueva España y Sevilla durante el Siglo de las Luces, editado por el Centro Universitario de los Lagos (CULagos) de la Universidad de Guadalajara. Se trata del resultado final, o al menos lo es por ahora, de las investigaciones del autor de este blog sobre la reforma de cofradías a ambos lados del Atlántico. El proyecto lo emprendí con una beca del programa estancias posdoctorales en el extranjero de CONACYT en septiembre de 2010, que obtuve justo al terminar el doctorado en la Universidad de Paris I Panthéon-Sorbonne, y que realicé por un año bajo la tutoría del Dr. José de Jesús Hernández Palomo, investigador de la Escuela de Estudios Hispano-Americanos dependiente del CSIC, en Sevilla. He venido a terminarlo siendo ya profesor del Departamento de Humanidades, Artes y Culturas Extranjeras del citado CULagos de la Universidad de Guadalajara, y siempre con el apoyo de sus autoridades.

No voy a repetir aquí lo que aparece en la introducción del libro, basta decir que se trata de una investigación que presenta las discusiones en torno a la definición de las cofradías en la segunda mitad del siglo XVIII. Esto es, revisa una de las reformas borbónicas tal vez de las más estudiadas, pero que, al menos para mí, resultaba poco entendida, y en cuya documentación fui profundizando durante esa estancia posdoctoral. Originalmente me había planteado examinar los procedimientos de fundación de nuevas cofradías y nuevos conventos franciscanos en tiempos de los Borbones a partir de los documentos del Archivo General de Indias. Si bien cumplí con la presentación de resultados de ambos ejes, lo más significativo de esos meses fue el haber podido revisar los dictámenes de los fiscales del Consejo de Indias en los expedientes particulares de las cofradías novohispanas. Aunque sus posturas variaban, progresivamente entendí que, más que tratar de destruirlas, parecían querer redefinirlas, “devolviéndolas” a la jurisdicción del rey, además de aprovecharlas para la promoción de la caridad. Desde luego fue así que comencé a ir “desenredando”, por así decir, la complicada madeja de los procedimientos de reforma, en los cuales, por cierto, es harto sencillo perderse.

Casi simultáneamente, comencé a percatarme que, para comprender cabalmente la reforma, y en particular para establecer de manera clara una valoración de sus alcances, era necesario compararla además con otro caso dentro de la misma monarquía hispánica. Esto me llevó pronto a interesarme por la reforma en la propia Sevilla, cuyos documentos comencé a rastrear también en el Archivo General del Arzobispado de Sevilla, y luego en el Archivo Histórico Nacional de Madrid, principalmente. La investigación me llevó asimismo a Roma, al Archivo Secreto Vaticano, para consultar los breves de indulgencias de las cofradías novohispanas. No puedo negarlo, fue un raro privilegio (que no debiera ser tal) el de poder investigar con libertad y sin muchas otras preocupaciones en esas tres ciudades, sobre todo, y aquí sí por razones más allá de la investigación, residir en la capital hispalense durante un año completo. Además pude introducirme, aunque de forma somera y con la distancia propia de una investigación académica, al intricado mundo de las hermandades sevillanas, hasta hoy uno de los timbres de identidad y orgullo de la ciudad.

Diversos programas de apoyo para la investigación (Apoyos a nuevos PTC de PROMEP y PIFI en particular), me permitieron completar el trabajo en los archivos madrileños y del arzobispado de Sevilla en diversas estancias breves, luego de haber comenzado a trabajar en la UdG en septiembre de 2011. Más fácil fue la consulta del Archivo General de la Nación y otros acervos complementarios en México. La redacción la realicé mayormente en Lagos de Moreno, sostenido en mis obsesiones cofradieras por mis colegas del Cuerpo Académico “Cultura y Sociedad” e incluso por los estudiantes de las carreras de Humanidades e Ingeniería Electrónica. En efecto, hasta estos últimos me escucharon alguna vez exponerles un poco de las inquietudes que se tradujeron en el libro, el cual avanzó en esa última fase al ritmo que permite la vida universitaria contemporánea.

Muchas cosas cambiaron a lo largo de este proyecto para el autor, a más de su lugar de residencia. Ha sido sin duda el intercambio con colegas que llevan a la Historia cultural como bandera el que me ha facilitado el pensar además a las cofradías desde la perspectiva de los propios documentos fundamentales redactados por sus integrantes. Así, si entre Sevilla y México me pareció claro que era necesario incluir una sección completa para los proyectos episcopales, pensando en la amplia visita del obispo Ruiz Cabañas y en el ya clásico informe de 1794 del arzobispo Haro y Peralta, fue en Lagos que surgió por completo una tercera sección para temas como el ritmo temporal, los espacios y hasta los cuerpos de los cofrades. Al final del recorrido, si tal vez no llegamos a una definición final y propiamente definitiva de las cofradías de la época, al menos confío en haber mostrado algunas otras facetas de ésta que fue por mucho tiempo una de las formas clásicas de organizar los esfuerzos colectivos en el Antiguo Régimen.

La fundación del Convento de Capuchinas de Lagos

Portada fundación  A fines del año pasado salió de la imprenta el libro La fundación del Convento de Capuchinas de Lagos, 1751-1756. Estudios, lecturas y documentos, publicado por CULagos Ediciones. La obra tiene la particularidad de presentar un corpus de documentos –el expediente de fundación que corresponde a su título– leídos desde diversas perspectivas por cinco historiadores (incluyendo a una joven egresada de licenciatura), a más de dos estudios introductorios sobre la memoria y la historia del convento capuchino laguense. Ejercicio que no ha sido exactamente común en la historiografía mexicanista, por ello es una obra que es al mismo tiempo un ensayo científico pero también, en buena medida, un trabajo de divulgación. Desde luego, no haré aquí una reseña formal, sino una presentación muy personal del libro. No puede ser de otra forma siendo el que escribe el coordinador del mismo, que reconoce pecar aquí de utilizar este espacio con fines por entero publicitarios y de abandonar una segunda vez (pues ya ocurrió en 2013) toda objetividad de manera provisional.

Debo referir ante todo que éste es el segundo libro colectivo de un pequeño grupo de profesores del Departamento de Humanidades, Artes y Culturas Extranjeras del Centro Universitario de los Lagos de la Universidad de Guadalajara, que ahora estamos formalmente agrupados como Cuerpo Académico “Cultura y Sociedad”. Ya en 2013 publicamos el libro Catolicismo y sociedad, nueve miradas, siglos XVII-XXI, una colección de ensayos que, teniendo en común una perspectiva propia de la historia cultural, se presentaba más bien como un mosaico de objetos, escalas, cronologías y enfoques. En realidad ahora no hacemos sino un ejercicio, si bien más específico, semejante en sus pretensiones. En la obra anterior nos interesaba mostrar cómo la relación entre religión y sociedad podía verse desde un amplio número de perspectivas, ahora hacemos lo propio, apoyados por otros colegas, con un objeto muy concreto: un corpus de apenas 27 piezas documentales. Documentos de interés para la historia local, que incluso se habían ya publicado en su mayoría en obras actualmente agotadas, pero que nos proponemos difundir junto con maneras distintas de leerlas.

En efecto, al redactar nuestras colaboraciones hemos tratado de llevarle al lector, que pensamos podía ser un lector laguense (pero no exclusivamente) y de fuera del mundo universitario, un claro mensaje, muy querido de la ciencia histórica contemporánea: no creemos que haya sólo una manera de ver la historia sino muchas, de ahí que un mismo cuerpo de documentos pueda leerse de diversas formas, sin que necesariamente haya contradicción entre ellas. La historia hoy en día no busca verdades definitivas ni excluyentes, por ello pueden leerse estos documentos, lo mismo desde la historia de la alimentación (Juan Pío Martínez) que desde la historia de las mujeres (Rosa María Spinoso Arcocha), la historia de la vida cotidiana (Guadalupe Serrano Flores) y  la historia de lo político (Sergio Francisco Rosas Salas y el que esto escribe), incluyendo, desde luego, la historia de los conventos femeninos novohispanos, que corresponde a la introducción que nos hizo gentilmente la profesora Margaret Chowning. Además, para contribuir a su aspecto divulgativo,  hemos procurado que cada uno de los capítulos se detenga a explicarle brevemente al lector cuál es la importancia y las premisas fundamentales de cada una de esas formas de ver y de escribir la historia. En un sentido semejante, pero de forma más bien implícita, van los dos estudios iniciales que, si bien no se dedican a la lectura del expediente de fundación, constituyen otras dos miradas más a su historia, como ya decíamos, desde la historia de la familia (Lina Mercedes Cruz Lira) y de la memoria local (Irma Estela Guerra Márquez).

Ahora bien, el lector de fuera del mundo universitario, posiblemente se preguntará para qué leer este libro. Pues bien, cada uno desde su trinchera, todos los autores pretendemos explicar qué era un convento femenino en el siglo XVIII. Conviene insistir en ello, la historia como ciencia no se dedica hoy sólo a resaltar continuidades, sino también a explicar discontinuidades; es decir, a contarle a la gente, que las formas de vivir y de pensar, en todos sus aspectos, han cambiado y están cambiando constantemente a lo largo del tiempo, y a veces de manera muy radical.  Esto vale lo mismo para los ideales en las maneras de comer (como se constata en el capítulo “La providencia proveerá”), o los que guían las maneras de relacionarnos entre hombres y mujeres (capítulo “Los precipicios de las solteras”), o incluso, para las formas de organización política y sus valores (capítulos “La fundación de las capuchinas de Lagos” y “Gloria a Dios y honra a la villa”). El estudio de la historia, en ese sentido, lo que nos enseña es que las cosas han sido distintas a como son hoy, que no somos ningún punto de llegada definitivo ni predeterminado, y que por lo mismo las nuestras no son las maneras “naturales” ni “absolutamente correctas” de pensar y de vivir, sino que son igualmente pasajeras e históricas. Puede sonar paradójico, pero tal vez lo que más nos enseña el pasado es la posibilidad de imaginar futuros distintos.

Así pues, esperamos que con este libro el lector laguense no universitario algunas veces se sentirá extrañado y otras, desde luego, reconocerá algunas semejanzas, pero en general podrá relativizar al menos en alguna medida, su propia cultura, o al menos es la expectativa y la contribución que podemos ofrecer desde el Cuerpo Académico “Cultura y Sociedad”. En fin, he de aprovechar la oportunidad para agradecer el apoyo institucional del Dr. Aristarco Regalado, jefe de la División de Estudios de la Cultura Regional, y de la Dra. Rebeca Vanesa García Corzo, jefa del Departamento de Humanidades, Artes y Culturas Extrajeras.

 

Laicidad en plural

Sept LaicitesJean Baubérot, Les 7 laïcités françaises. Le modèle français de laïcité n’existe pas, París, Éditions de la Maison de Sciences de l’Homme, 2015, 173 pp.

Autor ya bien conocido por su extenso trabajo sobre el tema de la laicidad, Jean Baubérot, profesor emérito de la École Pratique des Hautes Études, presenta, como ha hecho en otros textos, un posicionamiento original frente a los debates contemporáneos sobre el lugar de la religión en el país galo. Su obra, indispensable para quienes nos dedicamos a estos temas, consta ya de más de una veintena de títulos, en los que ha venido explorando, no sólo la definición de la laicidad y sus problemas actuales, sino que se ha situado en perspectiva histórica, analizando de manera particular la construcción de la ley de separación de las iglesias y el Estado de 1905, todavía vigente. Hombre de tradición protestante, pero que se sitúa desde una perspectiva metodológica del todo agnóstica, alejándose de las tomas de posición simples, su trabajo en más de una ocasión no ha dejado de ser, incluso, provocador en algún sentido. Sirva de ilustración el título de una de sus obras de 2008: La laïcité expliquée à Nicolas Sarkozy et à ceux qui écrivent ses discours.

Justo el breve ensayo que reseñamos aquí comporta también originalidad y provocación, ya desde el subtítulo. En una época como la nuestra, en que los medios franceses no dejan de hablar de la especificidad del “modelo francés de la laicidad”, Baubérot ha tenido a bien agregar como tajante subtítulo a este libro “El modelo francés de laicidad no existe”. Frente a los debates de los últimos años sobre adjetivar o no la laicidad, el autor nos muestra que, de hecho, en Francia han existido, al menos desde la época de la discusión de la ley de 1905, múltiples laicidades, muchas veces contrapuestas. Además, una segunda línea fundamental del libro es mostrar el surgimiento de “nuevas laicidades”, sobre todo de derecha. Esto es, se trata de una obra que ayuda a explicar de qué manera la laicidad ha llegado a formar parte en nuestros días del discurso de la extrema derecha francesa, el renovado Frente Nacional de Marine Le Pen. En fin, por si fuera poco, el propio contexto en que se ha publicado la obra, unos dos meses después de los atentados contra el semanario Charlie Hebdo y del supermercado Hypercacher, le agrega todavía mayor interés a su análisis.

Ahora bien, el lector no encontrará aquí sino una obra académica, de actualidad por su contenido, pero no por seguir la perspectiva de la actualidad periodística, que critica con acierto. La obra se estructura en cuatro partes, las tres primeras para exponer los siete modelos de laicidad a que alude el título, y la última para una serie de reflexiones sobre el segundo eje que hemos mencionado. En términos metodológicos, es de interés resaltar el rescate del autor de los “tipos ideales” de Max Weber, que le sirven para la construcción de los modelos de laicidad, que organiza a partir de cuatro elementos: la libertad de consciencia, el principio de no discriminación, la separación Iglesia-Estado y la neutralidad del Estado y de los individuos. De manera sistemática cada capítulo contiene un apartado en que se identifica el “núcleo duro” (noyau dur) de cada modelo, a partir de la forma en que se declinan esos cuatro elementos en sus principales representantes. Ejercicio de abstracción, pero que se deslinda explícitamente de todo “sustancialismo”, no deja de ser, sin embargo, una elección metodológica muy particular aunque con la ventaja de la claridad.

No vamos a entrar aquí en los detalles, baste decir que se presentan así, sucesivamente los diversos modelos de laicidad. Primero, las laicidades vencidas con la ley de 1905: la antirreligiosa, la que identifica una “verdadera libertad de consciencia” con la emancipación de la religión; segundo, la galicana, que limita la libertad de consciencia, le interesa poco la separación y hace énfasis en la neutralidad de las instituciones. Vienen enseguida las laicidades victoriosas en 1905: las separatistas, que en cambio ponen el énfasis en la libertad de conciencia; si bien el autor distingue entre quienes la consideran un derecho individual y quienes le conceden una dimensión colectiva, con lo que divergen en el tema, importante en ambos modelos, de la neutralidad del Estado. En fin, las “nuevas laicidades”: la “abierta”, originada más bien en medios “creyentes”, que pone el acento en la libertad de conciencia como libertad religiosa, implicando matices en la separación, la neutralidad y la no discriminación. Todos estos modelos, desde luego, ameritarían comentarios comparativos con el caso del mundo hispánico, pero eso va más allá de los límites inherentes a una reseña breve como la que aquí presentamos. Digamos empero que todos esos modelos resultan de alguna forma “reconocibles” para un lector mexicano.

En cambio, se diría que la verdadera originalidad francesa se encuentra en el sexto modelo: la “laicidad identitaria”, que se desarrolla en el ámbito de la derecha y la extrema derecha. Haciendo abstracción de la historia, se integra la laicidad a la “identidad francesa” como un medio para el combate a la migración y en concreto, al ascenso del islam. En este caso, la neutralidad pasa de las instituciones a los individuos y se favorecen la discriminación y la desigualdad. En fin, el séptimo modelo de Baubérot corresponde a la “laicidad concordataria”, la de las regiones de Alsace-Moselle y ciertos departamentos de Ultramar (Mayotte y Guyana en particular) donde no está vigente la ley de 1905. En consecuencia, los cuatro elementos de la laicidad se encuentran mayormente con limitaciones. Para el lector hispánico no deja de ser interesante que un régimen legal tan particular como el de Alsace-Moselle, enclave de leyes que datan del siglo XIX, pueda ser considerado también como un régimen de laicidad. Si el sexto modelo más bien resulta extraño, el séptimo en cambio pareciera reconocible, pero no es fácil decir si en español lo llamaríamos laicidad.

En fin, en el penúltimo capítulo Baubérot retoma su teoría de los tres “umbrales de laicización”, como los ha denominado en otros trabajos. Lo más interesante es la relación que se establece entre esos umbrales y los ideales de la Ilustración, cuyo ascenso favorece el segundo umbral, y cuya decadencia constituye el marco del tercero: la laicidad se convertiría en un recurso para “reencantar” unas instituciones incapaces de cumplir las promesas del progreso. En buena lógica, la obra termina con un capítulo dedicado a la reflexión sobre el “comunitarismo” y la “emancipación” individual. Más allá de la memoria de una “Francia republicana”, integral y laica, que en realidad nunca existió, el autor recuerda que existían en efecto comunidades diversas (católicos, comunistas) que hoy se debilitan, al mismo tiempo que ascienden relaciones intercomunitarias basadas sobre todo en la victimización. Moderado al final, Baubérot concluye proponiendo la recuperación de lo simbólico, comprendido a través de una “inteligencia racional”, y con la pregunta de cómo la laicidad puede todavía ser factor de innovación. Por nuestra parte, no deja de ser interesante en estas últimas páginas, sobre todo la valoración negativa que, de manera al menos implícita, formula el autor sobre la obsesión por la memoria de las últimas décadas. Esas memorias cada vez más fragmentadas e insistentes en la recuperación de los sufrimientos del pasado, parecieran ahora contribuir a la incapacidad de comprenderse en el presente.

De liturgia católica y Estado moderno

God save la FranceVincent Petit, God save la France. La religion et la nation, Paris, Les Éditions du Cerf, 2015, 225 pp.

Destacado historiador tanto de lo social como de la relación entre lo político y religioso, el profesor Vincent Petit es en particular especialista de la cuestión litúrgica en la Francia del siglo XIX. Fue sobre ese tema que versó su tesis doctoral, sostenida en 2008 en la Universidad Paris I Panthéon-Sorbonne, dirigida por el Dr. Philippe Boutry. En esta ocasión nos ofrece un bello ensayo que continúa esa misma línea de investigación, mostrándonos el interés de hacer historia de la liturgia católica en nuestros días.

Obra estructurada de manera impecable, la introducción nos plantea la importancia de la liturgia en el seno de la relación entre religión católica y política contemporánea; los dos primeros capítulos abordan de manera general las problemáticas del galicanismo y el ultramontanismo, y los seis subsecuentes profundizan ya de manera específica en las oraciones, los himnos, las fiestas en que se ha desarrollado esa relación en un marco cronológico extenso, entre los siglos XVIII y XX. Debemos sin duda subrayarlo, la obra se caracteriza además por su organización analítica y no necesariamente cronológica, antes bien hay constantes ires y venires entre el Antiguo Régimen, la Revolución, la época concordatoria e incluso los regímenes republicanos franceses. Y en fin, casi es obvio decirlo, es una obra básicamente francesa, empero, su análisis puede ser perfectamente útil para analizar o imaginar posibles análisis para otros casos, al menos, del mundo católico.

Ya desde las primeras páginas se aprecia la novedad del planteamiento: la liturgia es concebida al mismo tiempo como “mode de gouvernance” e instrumento de socialización, capaz no sólo de “hacer Iglesia” en tanto visibilidad de lo sobrenatural, sino también de ayudar a “hacer la nación”, porque habría contribuido a lo que Elías denominó el “proceso de civilización”. Esto es, el autor, en la introducción, nos anuncia ya una lectura de la liturgia como acto no sólo religioso sino también político, instalado en la tensión entre la sacralización del Estado a través de lo religioso, y el progresivo surgimiento de una sacralidad política propia del Estado moderno, opciones que estuvieron lejos de crear consenso en el seno del clero católico. En efecto, los dos primeros capítulos dan cuenta de que incluso en los momentos de consenso entre instancias religiosas y civiles (de hecho el primer capítulo comienza por recordarnos la falta de atención a lo que han compartido), eran posibles las divergencias.

El profesor Petit nos muestra además que las oraciones por el Estado, por un lado contribuían a su inserción en una temporalidad distinta a la meramente profana, y llegaron a ser reacción de la Iglesia ante los intentos de privatización de lo religioso. Mas también fueron una vía para buscar la estabilidad de los nacientes Estados, para recuperar incluso la corporalidad perdida con la revolución, un argumento de una “utilidad” de la religión que abría la puerta para su control por lo político. Empero, hubo dinámicas tanto políticas como eclesiales que cuestionaron esa relación, el autor se refiere en particular a la “afirmación soberana del catolicismo”, que es el título del segundo capítulo.

La historiografía reciente ya ha abordado con cierta extensión temas como la “romanización” de la Iglesia en el siglo XIX, pero el ensayo que comentamos es particularmente elocuente en su demostración de que se trata del surgimiento de una “soberanía apostólica” resultado paradójico de la propia “soberanía nacional”. Nuestro autor explora los no menos paradójicos caminos del “absolutismo eclesial”, promovido en particular por el movimiento del padre Lamennais, que se separa de Roma por haberlo llevado hasta el extremo de negar la necesidad del propio Estado, rozando así el “absolutismo democrático”. Mas allá de esa especificidad francesa, su análisis nos lleva, claro está, a reconocer la importancia de la unidad litúrgica, de nuevo de inspiración lamennasiana, que acompaña y culmina la consolidación de la noción de Iglesia como societas perfecta. La liturgia era el lugar de su  expresión visible: las devociones y fiestas romanas y en torno al Papa y la deslegitimación de la legislación que obligaba a las oraciones por el rey o por la nación, constituyen así algunos de sus fundamentos.

Ya lo adelantábamos, los capítulos siguientes, más bien breves, abordan de manera puntual los detalles de la liturgia. En primer lugar, los capítulos 3 y 4 abordan las oraciones en la misa, empezando por la mención del nombre del soberano en el canon y continuando con las conocidas como colecta, secreta y de poscomunión. Es acaso el punto más original de todo el ensayo: hasta dónde he podido ver, poco interés ha habido en esas sencillas menciones, algunas tradicionalmente susurradas por el preste, pero que Petit nos recuerda que tenían lugar en momentos fundamentales del ritual. Algunas conocieron adaptaciones interesantes incluso aceptando la transformación al régimen republicano. Más conocidas en nuestra historiografía han sido las oraciones públicas, no tanto el Domine salvum fac (capítulo 5) cuanto el Te Deum (capítulo 6). Es cierto, muchas de esas oraciones de la soberanía serán retenidas a favor de la soberanía del Papa, en particular el Te Deum, pero nuestro autor nos explica tanto los motivos políticos para su abandono, como para su recuperación en ciertos momentos de crisis nacional francesa, incluyendo las guerras mundiales.

Algo más clásico es el estudio del capítulo 7 sobre las coronaciones y las fiestas de santos patronos nacionales, aunque el caso francés resalta por la disputa entre Estado e Iglesia por algunos de ellos, en particular Juana de Arco. Más interesante en cambio, es el análisis final de las discusiones sobre la implementación de la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II en las regiones francesas en que no se ha establecido la separación Iglesia-Estado. El profesor Petit detalla cómo el régimen del general De Gaulle no dejó de mostrar interés en la conservación de la presencia nacional en la misa, mientras los reformadores litúrgicos se interesaban es su des-institucionalización y universalización.

La obra se cierra con un curioso anexo en que se compara la situación francesa con la de otras naciones europeas. No deja de extrañarse la ausencia de América, aunque es cierto que México y Perú aparecen mencionados de manera muy puntual en un par de ocasiones. Es cierto, la obra anuncia en sus últimas páginas la consolidación del universalismo católico de las últimas décadas, su renuncia de principio a la mediación institucional, que estima incluso como una ventaja. Mas el planteamiento mismo, bien que novedoso, que abre temas interesantes a la reflexión y a la comparación, no deja de estar enmarcado profundamente por lo nacional, la explicación de algo que se estima específicamente francés, pero visto del exterior no siempre lo es tanto.

Cerremos esta reseña de manera levemente original, con música: el Domine salvum fac que se cantó en la coronación y consagración de Napoleón Bonaparte en 1801, en la Catedral de Notre-Dame de París, compuesto por Paisiello.

Sacerdotes y campesinos, entre proyectos globales y realidades locales

11157002_597281677111273_1594068714_nEduardo Camacho Mercado, Frente al hambre y al obús: Iglesia y feligresía en Totatiche y el cañón de Bolaños, 1876-1926, Arquidiócesis de Guadalajara-Departamento de Estudios Históricos/ Universidad de Guadalajara-Centro Universitario de los Lagos, 2014, 364 pp.

Esta obra, sin duda, está destinada a convertirse en un clásico para su problemática, período y región. El autor, Dr. Eduardo Camacho, es profesor del Departamento de Humanidades del Centro Universitario de los Lagos de la Universidad de Guadalajara. Autor joven aún aunque con una trayectoria docente ya larga, y con publicaciones anteriores en materia de historia cultural y religiosa del Occidente de México (Pasar la palabra. La pastorela de Ayotitlán, 2004). En esta ocasión, nos ofrece la versión final de la que fue tesis para obtener el grado de Doctor en Ciencias Sociales por el Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS)-Unidad Occidente. Tesis además, merecidamente galardonada con el Premio Francisco-Xavier Clavijero del Instituto Nacional de Antropología e Historia y que obtuvo mención honorífica del premio Atanasio G. Saravia de Fomento Cultural Banamex.

Antes siquiera de entrar en su contenido, destaquemos todavía que se trata de un texto escrito con una elegante cuanto sobria pluma, y con un cuidado notable por el detalle tanto en su argumentación como en el tratamiento de sus fuentes. Trabajo compacto, consta de un texto de poco menos de 300 páginas de ágil lectura, estructurado en 7 capítulos más introducción (que conserva una estructura propia de una tesis) y conclusiones, y completado por una serie de cuatro anexos: mapas, cuadros, documentos e imágenes. Estas últimas, una serie de fotos de gran interés, cuya calidad y presentación podrán sin duda mejorarse para futuras ediciones. Completa la obra una bibliografía de 235 títulos más algunos otros documentos de diverso género, efectivamente trabajados intensivamente a lo largo de la obra. El autor además consultó de manera no menos intensiva ocho distintos archivos, mayormente regionales. Se trata pues de un trabajo que por todo ello puede considerarse ejemplar, en el mejor de los sentidos, de las reglas del oficio del historiador contemporáneo.

Como ocurre con las obras bien logradas, es difícil limitarse a una sola idea para definirlas. Frente al hambre es un estudio regional pero que, como nos advierte el autor en la introducción, en realidad tiene la gran virtud de abordar dos realidades regionales estrechamente cercanas, comparándolas de manera sistemática. Al mismo tiempo, es un trabajo inteligente, que hace gala del juego de escalas entre lo global y lo regional; que asimismo hace una verdadera microhistoria de Totatiche y el cañón de Bolaños, pero que la inserta en un análisis de amplio alcance sobre el enfrentamiento entre el catolicismo y la modernidad. Aunque hay un peso fundamental de lo institucional en toda la obra, otro de sus aciertos es lograr integrar las cuestiones culturales y propiamente religiosas, saliendo así de los esquemas más clásicos de la historia de la Iglesia y el Estado. En fin, la misma introducción lo advierte, la verdadera problemática del autor se sitúa en la relación entre procesos hegemónicos y realidades locales, cuyos actores, debemos también reconocerlo, son presentados objetivamente y en el seno de sus relaciones de poder.

Frente al hambre, ofrece al lector en sus primeros tres capítulos, magistrales síntesis de la historia del catolicismo social en México, de los proyectos de la arquidiócesis de Guadalajara desde finales del siglo XIX y principios del XX y de la historia de las regiones de Totatiche y del cañón de Bolaños, hechas en general a partir, ya decíamos, de una exhaustiva e intensiva revisión bibliográfica. En los dos primeros tenemos ante todo una historia política de la Iglesia católica; por ello es la parte más marcada por los temas institucionales, que nos presenta los proyectos hegemónicos y globales aterrizados a escala nacional. En el tercero encontramos además a un autor que sabe introducir de manera inteligente las variables geográficas, y tratar también con la larga duración y con los movimientos sociales, sin caer en determinismos de ningún género. Desde este tercer capítulo, se van delineando, además, las líneas de comparación entre las dos regiones de análisis, que serán constantemente retomadas en las páginas subsecuentes.

Los capítulo IV al VII, en cambio, entran ya en la problemática central de la obra. Destaquemos que en ellos el profesor Camacho se distingue por, sucesivamente y de manera equilibrada, dirigir su observación hacia unos y otros actores de su estudio. Lo mismo analiza la mirada que sobre los fieles tenían esos sacerdotes formados en el catolicismo social, que al contrario, la mirada de los fieles sobre los clérigos (cap. IV); los intereses de éstos en materia de devociones a promover y dirigir en sus parroquias, no menos que las defensas de la religión y autonomía locales que llegaron a suscitarse contra los eclesiásticos (cap. V); y por supuesto, en los conflictos con los representantes locales del Estado liberal y revolucionario, las posturas ideológicas  y los intereses específicos e del clero, de las élites locales, de los profesores y campesinos (cap. VII).

La obra en su conjunto es interesante, sin duda, pero hay algunas páginas de una riqueza particular: aquellas que abordan temas de sensibilidades y temas simbólicos, o las que a través de la biografía le dan rostro humano (a veces demasiado) a esos grandes proyectos globales. Así, tal vez lo más original (y de lo más bello también) de todo el libro es el apartado dedicado a los “Espacios vividos, andados, imaginados” por los campesinos y sacerdotes de las dos regiones. Algo semejante puede decirse de los apartados dedicados a las luchas por el espacio y el tiempo del último capítulo. En esas páginas, el profesor Camacho muestra bien hasta qué punto el enfrentamiento, político e institucional entre Iglesia y Estado, era además (y acaso más fundamentalmente) una verdadera batalla cultural. En fin, no podemos dejar de subrayar también la pequeña biografía colectiva del clero de Totatiche y el cañón en esta época, con retratos clericales que dan cuenta de que el personal eclesiástico, con todo y la renovación de los seminarios, no siempre era el más oportuno para llevar el catolicismo social a los extremos del mundo.

Al final, más allá del triunfo del catolicismo social en Totatiche y de las debilidades casi insalvables para su instalación en las parroquias del Cañón de Bolaños, el autor nos deja con una obra que abre interesantes caminos para la historia cultural y religiosa del siglo XX mexicano.

El mundo, su escenario

El siguiente texto fue originalmente leído el día 28 de mayo del 2014, en la Casa Universitaria del Centro Universitario de los Lagos,  por el Dr. Eduardo Camacho Mercado, en la presentación del libro El mundo, su escenario,de la Dra. Julia Preciado, editado por el Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social.

Presentación Cartel Julia P.

La autora

Dicen los manuales clásicos de teoría y métodos de la historia, que antes de conocer al libro, hay que conocer al historiador. Julia Preciado Zamora, según sus propias palabras, “nació en Cuauhtémoc, Colima, un poblado que linda con el Volcán de Fuego. Se volvió historiadora porque concluyó que, más que en inventar historias nuevas, su futuro estaba en rescatar historias viejas”.

La Dra. Julia Preciado es una conversa a la historia. Sus orígenes están en la República hermana de las Letras. Después, estudió la Maestría en Historia Regional en la Universidad de Colima, y el Doctorado en Ciencias Sociales con especialidad en Historia, en el CIESAS-Occidente, institución en la que actualmente labora. Con esta conversión, la historia ganó una estupenda historiadora, sin que las letras perdieran a su escritora. Afortunadamente, la historia admite la doble nacionalidad y no exige renunciar a la anterior. Antes bien, desea que sus ciudadanos conserven sus amores y habilidades. Convencida nuestra disciplina de que a final de cuentas “todo es historia”, acepta, sin prejuicios ni complejos, las aportaciones de la antropología, la sociología, la psicología, la economía, la demografía, la geografía y demás ciencias sociales y humanidades.

Sin duda, la historia está a caballo entre la ciencia y el arte. El historiador francés Marc Bloch aconsejaba: “Cuidémonos de no quitar a nuestra ciencia su parte de poesía.” Octavio Paz, en una entrevista dijo: “Los historiadores son los poetas del pasado. Sin visión poética no hay visión histórica”.

Julia Preciado escribió recientemente:

“Evoco, como estudiante de Letras, mi gusto por el sonido de las letras en el papel, especialmente en los poemas. Me gustaban porque se sostenían con palabras precisas, aunque en ese momento, esto no lo entendía. Las letras de un poema son sus pilares. Ahora desde la distancia entiendo que leer poemas, y tomarlos como ejemplo de escritura, permite a los autores un estilo claro y puntual. Un buen poeta, o un buen poema, se vale de palabras exactas para transmitir olores, sonidos, colores, texturas e imágenes. Si al poema le falta una palabra, se resquebraja; si le sobra, se desperdiga. De ahí la precisión que obliga”.

Estamos pues, ante una historiadora que valora y pone en primer orden de importancia la buena escritura. Que entiende que el lenguaje farragoso, y oscuro, no tiene lugar en la escritura de la historia. Y que esto es posible, sin renunciar al uso, inteligente y mesurado, de las herramientas conceptuales que nos ofrecen las ciencias sociales. Las utiliza en las dosis necesarias, sólo para explicar todo aquello que no se puede expresar con el lenguaje común. Así, se vale de trabajos de antropólogos y sociólogos como Avner Ben-Amos, Durkheim, Erving Goffman, Arnold van Gennep, Víctor Turner, y del historiador Roger Chartier; y utiliza conceptos como Rito, rito de paso, ritual como drama representado, ritual procesual, liminalidad, estructura y communitas, representación, interacción social, puesta en escena.

La autora siempre apuesta por la precisión, la claridad y la sencillez. Esa es la razón por la que este libro se lee con suma facilidad, aunque sea, de hecho, un libro complejo. Valga como ejemplo, la primera frase:

“Francisco Orozco y Jiménez, figura emblemática de la historia de la Iglesia en México, simbolizó la protesta de los católicos contra el régimen nacido durante la revolución mexicana y desafió sus principios”.

 

De qué trata la obra

Aunque la autora menciona que el tema principal de este libro es el funeral del arzobispo Francisco Orozco y Jiménez, en realidad es una biografía de este líder de la Iglesia al que inexplicablemente no se le ha prestado la atención suficiente,[1] y a través de la vida de Orozco y Jiménez, el libro recrea las difíciles relaciones entre la Iglesia y el Estado entre 1910 y 1940.

Para la autora, los análisis de los funerales “funcionan como una especie de tragaluz que permite estudiar una época a través de la muerte, y de la vida, de un individuo”, “como ventana para entender el clima de opinión de la época así como las cuestiones políticas más apremiantes del momento.”

Además del análisis del funeral, del recorrido por su vida, y a través de ésta, por el contexto histórico de México y en particular de Jalisco, la autora estudia tres aspectos muy importantes: el del controversial papel jugado por el arzobispo durante la guerra cristera; los periodos de exilio o escondite en los que tuvo que gobernar su arquidiócesis por cartas, y el estudio de la imagen del arzobispo, de las representaciones que él construyó y que le construyeron sus enemigos.

La autora explica que se interesó en escribir acerca del arzobispo de Guadalajara, “entre otras razones, por la manera en que administró simbólicamente su persona pública”. Líder carismático, “la suya fue una personalidad disidente y soberbia que arrastró multitudes, hasta su lecho de enfermo e incluso en el momento mismo de su muerte”.

“Estudiar la figura pública que el arzobispo Orozco y Jiménez construyó de sí mismo, y que los demás creyeron y percibieron de su persona”.

El capítulo 1, “Una veta de la historia cultural”, es un estado del arte de los estudios acerca de los funerales: los funerales de estado de los “grandes hombres” de la Tercera República Francesa, el funeral del suegro de Porfirio Díaz, Manuel Romero Rubio, el de Abraham Lincoln, de Bernardo O´Higgins, Álvaro Obregón, José de León Toral y Pedro Infante.

Capítulo 2, “El escenario y su momento histórico”. Reconstruye el contexto social, político, cultural y económico de 1913 a 1940. “circunstancias que permitirán entender el porqué de los apoteósicos funerales”. Es el capítulo más tradicional, pero muy necesario porque aporta información desconocida para el público no especializado.

El capítulo 3, “Órdenes de tinta y papel”, examina la correspondencia de Orozco y Jiménez escrita desde el exilio o mientras permanecía oculto en territorio del arzobispado, entre 1916 y 1919. Este capítulo es muy importante, entre otras cosas, porque “rompe con la imagen autoritaria del arzobispo que tradicionalmente ha presentado la historiografía”. Julia Preciado “demuestra que las órdenes que dio Orozco y Jiménez en esa etapa, no siempre se obedecieron”.

Informa sobre sus seudónimos y disfraces para ocultar su identidad, las cartas a sacerdotes, feligreses y familiares, y sobre todo, al deán de la Mitra Manuel Alvarado, quien se encargó del gobierno eclesiástico en los años de ausencia del prelado, y las dificultades para hacer que el resto del cabildo eclesiástico lo obedeciera. Algunas de sus resoluciones fueron rechazadas, por ejemplo, las órdenes de que se reabrieran los templos sin esperar el permiso oficial, durante la crisis por los decretos 1923 y 1927 del gobernador Manual M. Diéguez entre junio de 1918 y febrero de 1919. Alvarado y otros sacerdotes, veían muy peligroso obedecer esa disposición.

Nos habla también sobre las dificultades que enfrentaba para enterarse de lo que pasaba, por ejemplo, con la protesta de los obispos mexicanos a la constitución, protesta a la que se sumó cuatro meses después. Contaba con información fragmentada y con retraso.

Julia Preciado concluye en este capítulo, que “el arzobispo mantuvo a los católicos unidos, si bien no del todo controlados, a través de sus pastorales y de sus frecuentes cartas personales”.

El capítulo 4, “Líder renuente”, estudia la posición adoptada por el arzobispo ante la rebelión cristera, pero sobre todo, la imagen que sus enemigos se crearon de él y de su participación. La decisión de no abandonar a su feligresía durante los tres años de guerra cristera, le ganó el título de dirigente de los cristeros, imagen con la que lo representaban el gobierno y la prensa oficial e incluso la internacional. Esta idea ha persistido en varios historiadores contemporáneos, ya sea porque consideran obvio que así haya sido, porque suponen que así fue, o porque desean que así haya sido, aunque ninguno presente las pruebas que confirmen sus afirmaciones. La autora es contundente al respecto: no hay ninguna evidencia que permita afirmar que el arzobispo dirigió la revuelta. “La rebelión de los cristeros atrapó entre sus redes el aura de militante que Francisco Orozco y Jiménez se había creado para llevarlo a formar parte, en el imaginario popular, de una rebelión a la que se opuso y hasta donde se conoce no prestó su apoyo moral o intelectual”.

¿Por qué entonces se ocultó y permaneció en territorio de la arquidiócesis? Julia Preciado nos dice, que los motivos de Orozco y Jiménez para ocultarse fueron otros, distintos a la rebelión armada: “que en 1926 Orozco y Jiménez permaneciera entre sus feligreses obedeció a una postura muy suya para oponerse a las disposiciones del gobierno civil que lastimaban a la Iglesia católica. Era una forma de resistencia pasiva: se opuso al gobierno permaneciendo en la arquidiócesis para defender el trabajo de organización que había desarrollado entre las zonas rurales y la ciudad, y para no abandonar por completo –al menos en teoría– el control y la autoridad que ejercía como arzobispo”.

Una aportación importante de este capítulo a la historiografía, es el uso de fuentes extranjeras nunca antes utilizadas o poco conocidas.

El capítulo V, “Arzobispo de cuerpo entero”, es en mi opinión el mejor capítulo del libro. Analiza cómo Orozco y Jiménez construyó su imagen pública, y también, la manera en que fue representado por el gobierno y la prensa oficial. La autora utiliza la fotografía como documento histórico e interpreta las imágenes. Se apoya en conceptos sobre la presentación de la persona en la sociedad, de Erving Goffman.

La imagen que de sí mismo publicitó el prelado, se fincaba en la costumbre y la tradición católica, sobre lo que debería ser la figura de los obispos, sostenida, por ejemplo, en un tipo de vestimenta, una parafernalia y un transfondo repletos de símbolos de potestad que reforzaban su autoridad. Pero además de esa imagen, en palabras de la autora: “el arzobispo cultivó una imagen que trasponía lo que hasta entonces se ajustaba a su perfil como jerarca de la Iglesia […]. Al rebasar con serenidad las fronteras de lo esperado (o permitido), en cuanto a proyección, dentro de las reglas no escritas de los jerarcas de la Iglesia, Orozco y Jiménez esperaba sumisión entre sus coetáneos y veneración entre las generaciones venideras”. “Desplegaba un estilo particular que eclipsaba a los demás obispos”.

Por ejemplo, las fotografías que hizo circular a su llegada a Guadalajara, realzaban su distinguido porte y juventud. Auténtico príncipe de la Iglesia, “encarnaba la metáfora del vigor y la robustez necesarios para dirigir la arquidiócesis de Guadalajara”. Se sabía, además, que gozaba de buena posición económica. El arzobispo desplegaba todos esos atributos de su estatus siguiendo, en palabras de Goffman, “una pauta de conducta apropiada, coherente, embellecida y bien articulada”.

Interesante es también la fotografía de alrededor de 1917-1918, en la que aparece barbado, cansado, y en un escenario desprovisto de toda escenografía que denotara su jerarquía. Quizás por esta razón porta la Mitra y el báculo, a diferencia de las anteriores fotografías, en las que aparecen a un lado. Estamos frente a una imagen que informa de las penurias por las que estaba pasando su persona, y a través de él, simbólicamente, las penurias de la Iglesia y de todos los católicos.

La imagen del arzobispo se transformó con el tiempo, por obvias razones de envejecimiento, pero también por las circunstancias históricas que afrontó. “Si al principio la imagen juvenil de Orozco y Jiménez fue una de sus mejores armas, al final de su mitrado la estampa de anciano fue su escudo que lo protegía de los ataques del Gobierno civil”.

Por último, la autora estudia la antípoda de la imagen que el arzobispo creó de sí mismo: la que construyeron gobierno y prensa oficial, como rebelde y cabecilla de bandidos y cristeros.

El último capítulo, “Entierro y enmienda”, analiza el funeral. Los funerales del arzobispo, además de honrar su memoria, se utilizaron con fines políticos, específicamente, tuvieron la intención de mandar el mensaje, al gobierno, de que la Iglesia respetaba las leyes y se iniciaba una nueva etapa de relaciones cordiales, ahora bajo el liderazgo del arzobispo heredero José Garibi Rivera, quien utilizó los funerales para aparecer como el sucesor conciliador. “Su heredero, el arzobispo auxiliar José Garibi Rivera; logró atraer y unir simbólicamente a los católicos, al comparecer ante ellos –y ante representantes de las autoridades civiles– como sucesor legítimo de la Iglesia tapatía”. “El cuerpo sin vida del arzobispo fue el símbolo que marcó una nueva época para la Iglesia en Jalisco en lo tocante a sus relaciones con el Estado”. “La muerte del arzobispo, abrió el camino para una nueva era de entendimiento entre las autoridades eclesiásticas y los gobiernos del estado de Jalisco y el nacional”.

Palabras finales

Para todos aquellos lectores, que sólo quieren conocer la historia y disfrutar de un buen libro, es una excelente noticia la aparición de esta obra. Pero hay que tener cuidado en no dejarse llevar por su accesibilidad y considerarlo sólo un libro bien escrito de divulgación histórica. Estamos frente a una obra producto de varios años de investigación rigurosa, inteligente y profesional, que aporta información y perspectivas nuevas al mundo académico de la historiografía.

 Eduardo Camacho Mercado

Lagos de Moreno, Jalisco, a 28 de mayo de 2014.


[1] Sabemos que hay biografías, algunas muy completas e informadas, y que se menciona constantemente en las obras sobre este periodo histórico. Pero faltan más obras académicas sobre el personaje, como esta de Julia Preciado.

Catolicismo y Sociedad, nueve miradas, siglos XVII-XXI

Sin títuloHace ya algunas semanas salió de la imprenta el libro Catolicismo y sociedad, nueve miradas, siglos XVII-XXI, coeditado por Miguel Ángel Porrúa y el Centro Universitario de los Lagos (CULagos) de la Universidad de Guadalajara. Se trata de una obra original por más de un motivo; mas no haré aquí una reseña formal, sino una presentación muy personal del libro. No puede ser de otra forma siendo el que escribe el coordinador del mismo, que reconoce de antemano pecar aquí de utilizar este espacio con fines por entero publicitarios y de abandonar por un momento toda objetividad.

Debo comenzar señalando que es el primer libro colectivo que publicamos entre nueve profesores del Departamento de Humanidades, Artes y Culturas Extranjeras del CULagos. Se trata de colegas en su mayoría jóvenes en la profesión, doctorantes o recién doctorados, pero ya con una trayectoria importante en la docencia, respaldando la naciente licenciatura en Humanidades de nuestro Centro, surgida en 2008. Permítaseme la confesión personal, es un grupo de colegas que aprecio mucho, que desde fines del verano de 2011 me acogieron espléndidamente en Lagos de Moreno, y que unos meses más tarde me encomendaron la grata tarea de coordinar este libro, que por ello es mucho más del conjunto de los autores que del coordinador. Para verlo culminado, en lo académico contamos con el amable apoyo del Dr. Brian Connaughton, quien nos ha hecho favor de preparar la introducción. En lo institucional, fue asimismo invaluable el respaldo del Dr. Roberto Castelán Rueda, jefe de la División de Estudios de la Cultura Regional de nuestro Centro hasta el mes pasado, y de la Mtra. María Eugenia Amador Murguía, jefa del Departamento de Humanidades, Artes y Culturas Extranjeras también hasta el mes pasado, y sin cuyas eficaces, amables y puntuales gestiones simplemente hubiera sido imposible esta publicación.

Pero claro, la obra es original principalmente por su contenido. Al preparar los textos, todos los autores hemos escrito desde Lagos de Moreno, ciudad de los Altos de Jalisco, región célebre por su profunda religiosidad. Mas el lector no encontrará aquí una historia local, ni esfuerzos de recuperación de la memoria, ni del patrimonio alteño. Lagos, los Altos, el antiguo obispado de la Nueva Galicia, su historia y su cultura figuran sin duda en la obra, pero no constituyen la preocupación fundamental. Es por eso que hemos querido que Lagos aparezca en la imagen de portada pero no en el título. Como este último indica, lo que el lector encontrará, en cambio, son nueve formas distintas (radicalmente a veces) de hacer historia de la relación entre el catolicismo y la sociedad. El libro forma así un rico mosaico de metodologías, de escalas, de cronologías, de enfoques. El lector lo mismo se preguntará con la Dra. Rosa María Spinoso cómo es posible imaginar la vida de una mujer del siglo XVIII acusada de bigamia y errante por los pueblos del occidente novohispano, que podrá seguir el detallado uso de las fuentes que el Dr. Eduardo Camacho Mercado aprovecha para conocer la cultura escrita del clero de principios del siglo XX. Se encontrará además con aproximaciones estadísticas a la comprensión religiosa del fracaso migratorio de un grupo bien concreto de menores mexicanos hacia Estados Unidos en fechas recientes, obra de la Mtra. Socorro Hernández Barajas, y también con un panorama de conjunto de la gula en la civilización occidental a través de los siglos, que le permitirá ver el lado ideológico de la alimentación, del Mtro. Juan Pío Martínez.

Lo advertirá ya el lector, tal vez la originalidad más importante de la obra es que está hecha desde una perspectiva cultural. No por nada figura en un lugar central el texto de la Mtra. Irma Estela Guerra Márquez, propio de los estudios literarios, quien nos muestra con Francisco González León que es posible llevar, no la poesía a los altares, sino al contrario, los altares a la poesía. Estamos pues lejos de una historia de la Iglesia, institucional, como se suele practicar fundamentalmente (y con harto acierto, sin duda) en nuestro país, como también lejanos de una historia de la relación Iglesia-Estado. Ello no quiere decir que abandonemos del todo los temas institucionales y políticos. La Mtra. Lina Cruz Lira y la Dra. Laura Catalina Díaz Robles mostrarán al lector cómo se construían los medios de subsistencia y los espacios de poder del clero, en el primer caso a través de las capellanías de misas laguenses del siglo XVIII, obra de familias devotas, y en el segundo con el estudio de religiosas enfermeras de principios del siglo XX, quienes se fueron haciendo de un lugar propio entre la autoridad de médicos y obispos. En fin, por lo que hace a lo político, en los capítulos de la Mtra. Lorena Cortés Manresa y en el mío, podrán los lectores ver a la religión como asunto de discusión pública, con los debates entre católicos y protestantes de la Guadalajara decimonónica en el primer caso, y con los sincretismos políticos construidos a partir de la tradición del culto a las reliquias de santos y obispos en el segundo.

En suma pues, y perdonará el lector la falta de modestia, si los autores tenemos notorias divergencias metodológicas, hemos podido con ellas enriquecer la obra, gracias a nuestra coincidencia fundamental en buscar nuevas formas de hacer historia, más allá de las aproximaciones clásicas de nuestra historiografía.

Clero, religión e independencia

clero_nueva_espanaAna Carolina Ibarra, El clero de la Nueva España durante el proceso de independencia, 1808-1821. México, Universidad Nacional Autónoma de México, 2010, 127 pp.

La doctora Ana Carolina Ibarra, especialista ya consolidada del tema de la participación del clero en la guerra de 1810, en particular en el sur novohispano, en Oaxaca, nos ofrece en esta breve obra una compilación de cinco de sus ponencias y artículos ya publicados entre 2006 y 2009. En ese sentido no es estrictamente hablando una obra original; tiene en cambio la virtud de abordar, a veces desde posiciones muy clásicas, diversas facetas de interés de esa problemática, que permitirán a un lector novel introducirse en ella.

Siguiendo estrechamente los pasos de obras como las de Nancy Farriss (Clero y corona en el México colonial, 1995) y David Brading (Una Iglesia asediada, 1994), para la profesora Ibarra la participación del clero en la guerra se explica en buena medida por las reformas borbónicas. Tal es una de una de las ideas más repetidas en esta compilación: habría sido el cuestionamiento del fuero personal de los eclesiásticos por parte de la Corona, pero también su intento de apoderarse de bienes de la Iglesia, con la consolidación de vales reales de 1804, los factores fundamentales para la participación del clero en el bando insurgente del conflicto. Si bien en los textos retomados falta acaso una argumentación más clara y evidente de esa relación, sobre todo para el propio año de 1810, es un tema que llevó a la autora a examinar de cerca las justificaciones dadas por los propios clérigos insurgentes sobre su particular acción. Dos de los cinco textos incluidos tratan justamente de esta materia. Sin dejar de lado, cabe destacarlo, al clero realista y a la “mayoría neutral” (esta última retomada especialmente a partir de la obra de William B. Taylor), examina las declaraciones dadas en la prensa y ante las propias autoridades realistas en los procesos de algunos clérigos insurgentes.

La recuperación de ese pensamiento hace resaltar su diversidad y sus ambigüedades, reintroduciendo además el tema de las preocupaciones religiosas de los clérigos, en una historiografía que tradicionalmente tiende a secularizarlos en más de un sentido. La autora nos muestra así en varios de los textos, tanto la ya bien conocida fidelidad católica de los clérigos insurgentes, como algunas de sus ideas “heterodoxas”, que relaciona con los “-ismos” más importantes del catolicismo de la época, como el “richerismo” y el “galicanismo”. En ese sentido, son de particular interés su análisis de los “artículos doctrinales” publicados por la prensa insurgente y del “Reglamento Eclesiástico Mexicano” de 1817, no menos que las discusiones en torno a la creación de una vicaría castrense, en los cuales la autora lee la cercanía del clero insurgente novohispano con aquellos grandes movimientos europeos. Paradójicamente, se advierte una crítica importante al regalismo de los Borbones, a partir de posiciones “jansenizantes”. Hay en todo ello cierto eco de una idea ya explorada por la historiografía del jansenismo hace algunas décadas: la posibilidad de integrar esta participación clerical en los amplios debates eclesiológicos de la época.

Cabe decirlo también, la profesora Ibarra no deja de lado al clero realista y la diversidad de su pensamiento, sirviéndose para ello especialmente de los sermones predicados en tiempo de la crisis de 1808, que trata en el primero de los artículos recopilados. Entre insurgentes y realistas podía incluso haber preocupaciones comunes. El último de los textos trata justamente de un tema fundamental que parecieran haber abordado ambos bandos del conflicto y últimamente los trigarantes, todos por igual: la idea de la defensa de los privilegios clericales. En ese sentido, la autora postula que la indepdencia en 1821 habría sido menos “reaccionaria” de lo que suele pensarse, pues no habría sino aglutinado a actores diversos en torno a una causa que se estimaba común para todos y que la insurgencia misma ya había reivindicado, como era la inmunidad clerical.

Sin embargo, los pasajes más interesantes de la obra son, sin duda, aquéllos en que la autora busca de las fuentes de la “heterodoxia” insurgente a través del tema de la formación intelectual del clero, en concreto con un caso: el del párroco de Río Hondo, Manuel Sabino Crespo. Este personaje, participante de las discusiones sobre la vicaría castrense, se convierte casi en un pretexto para analizar con detalle el nivel intelectual de los párrocos del sur, los libros a su alcance y en general el ambiente intelectual de una ciudad episcopal modesta como era Oaxaca.
En este punto, no podemos sino subrayar la capacidad de la autora para seguir trayectorias vitales. Lejos de aparecer como un grupo indiferenciado, se aprecian con detalle trayectorias específicas entre el clero insurgente, como las de los canónigos Velasco y San Martín, o de párrocos como Crespo. Ello no evita, claro, que la autora haya también analizado las cifras de la participación clerical y presentado sus propias apreciaciones, en un conteo de ya larga tradición en la historiografía mexicanista.

Destaquemos en fin que la obra es particularmente didáctica. El neófito en estas materias agradecerá sin duda que, el primer artículo  proporcione una presentación general de la vida eclesiástica novohispana hasta el momento de la llegada de la noticia de las abdicaciones de Bayona. Ya lo decíamos, el artículo dedicado al padre Crespo abunda en cambio en el tema de la formación clerical.

En suma pues, en estos cinco artículos de la doctora Ibarra, lo mismo el lector novel que el investigador encontrarán un análisis interesante de la relación entre el clero y la independencia de México.