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El fanatismo y Agustín Rivera, una nota

En este año se ha cumplido el centenario de la muerte del Dr. Agustín Rivera y Sanromán. Para recordarlo, nada mejor que leer y analizar sus numerosos escritos. Rastrear en particular la presencia del concepto de fanatismo en sus textos, situándolos en el contexto de su obra e incluso de su vida, tiene cierto interés para comprender mejor su evolución como “escritor público”. De las 158 obras que hemos podido identificar de este autor, he revisado 83 buscando las formas léxicas fanatismo, fanático y fanáticos, que aparecen un total de 277 ocasiones. Así resulta esta primera gráfica de distribución de esas obras por año.

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Frecuencia absoluta de tres formas léxicas relacionadas con fanatismo en 81 obras de Rivera distribuidas por año

Desde luego ya resalta la concentración en dos obras principalmente, y su presencia además, en ciertos períodos, como la década de 1880, los últimos años de la siguiente y hacia 1910. Para una imagen de la presencia de este concepto en el conjunto de las obras y de la muestra que hemos construido, tenemos este otro gráfico, en el que hemos agrupado a las obras de Rivera por décadas, incluyendo el total de las publicadas en cada período, las revisadas aquí y las que incluyen los términos citados antes. Como se ve, en realidad es un asunto que interesó al autor sobre todo ya después de sus 60 años, entre 1887 y 1910.

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Número de obras en que aparecen los términos relacionados con el fanatismo en una muestra de obras de Agustín Rivera distribuida por décadas.

Pasemos a analizar los textos propiamente dichos. La gran figura de excepción en el tratamiento del fanatismo por Rivera es sin duda el Compendio de historia antigua de México del que he hablado antes. La repetición de estos términos es alta porque Rivera argumentaba que los aztecas, a causa de su “imaginación muy exaltada”, no habían sido tanto bárbaros cuanto fanáticos, sus sacrificios humanos de origen religioso eran la mejor prueba. Para confirmar esta caracterización, planteaba un “paralelo entre los sacrificios humanos de los aztecas y las hogueras de la Inquisición española”. Ese pasaje comenzaba con la acostumbrada ironía de nuestro autor: “Graciosos estaban los españoles en México cuando decían ‘¡Sacrificar a los hombres sacándoles el corazón! ¡Eso es horroroso! No: solamente quemémoslos’…”

imagen3No era un asunto menor, sino una manera de constatar la racionalidad de los aztecas, no menos que el carácter relativamente positivo de esa “religión primitiva adulterada”: en el fanatismo había “verdades luminosas” decía citando la Enciclopedia de Mellado. Para ilustrar su argumento presentó una serie de cuadros de fanáticos que incluían hasta a “sabios fanáticos” como Tertuliano, Orígenes, Pedro Abelardo y Felipe II.

En sus trabajos sucesivos el fanatismo va perdiendo ese carácter luminoso y se asocia con tres categorías de personajes: primero, con el ultramontanismo, es decir, el movimiento de renovación católica que rechazaba al liberalismo; segundo, con fundadores de otros movimientos religiosos; tercero, con los enemigos de la independencia y del partido liberal en México. En ese sentido iba el uso del término de la década de 1880: en Los dos estudiosos a lo rancio (1882) eran fanáticos los católicos ultramontanos opuestos a la enseñanza de los clásicos paganos; en La filosofía en Nueva España (1885) la nómina se ampliaba con Confucio, Buda, Zoroastro, Numa, Mahoma, Quetzalcóatl, Arrio, Lutero y Calvino; en los tres tomos de los Principios críticos del virreinato (1884, 1887 y 1888), es más severo con los aztecas (tomo I), mientras que sus héroes intelectuales hispánicos, Cervantes y Feijoo, se presentan como combatientes del fanatismo (tomo II), agregando finalmente a los jesuitas como fanáticos y a ciertos sectores de frailes y clérigos novohispanos (tomo III). Los Treinta sofismas de 1887 incluyeron en concreto a la lista a un jesuita, Mariano Vallarta, pero sobre todo, de manera sutil, al canónigo Agustín de la Rosa, con quien Rivera debatía en ese texto. En fin, los Anales de la época de la Reforma (1890), incluyen a los enemigos de la Constitución de 1857, bien que aparece la distinción entre conservadores y fanáticos. No dejó de sumar nombres a su lista, ahora ya contemporáneos del siglo XIX como el sacerdote español Félix Sardá.

imagen4Fue sin duda este último quien dio a Rivera la oportunidad de explayarse en esta materia. Sardá publicó un opúsculo titulado El liberalismo es pecado en 1884, cuya difusión en México motivó a nuestro autor a tomar la pluma para combatirlo. En las 79 menciones de los términos que antes citamos estamos ya por entero en las antípodas del Compendio de Historia antigua de México. Fanatismo se asocia al pasado, a la “plebe”, a la superstición, a la enemistad con el liberalismo y con el progreso, a la ceguera, a la ignorancia, y sobre todo al crimen. “Nada en el mundo ha causado tantos males como el fanatismo” llegó a escribir, utilizando ahora descalificaciones eclesiásticas y en femenino para citarlos, por ejemplo, “multitud de viejas y sacristanes”. Empero, advertía sobre su peligrosidad. Los clasificaba en “leones” y “zorras”, los primeros “groseros y tontos”, “de poca sal en la mollera”, pero en cambio los segundos, capaces de seducir aprovechando relaciones familiares y de amistad, y en particular, aprovechándose de la “vanidad” de las mujeres. Sin embargo, es importante decirlo, Rivera a esas alturas cuestionaba la autenticidad de la religión de los fanáticos, tan es así que el texto se termina con un lamento por la religión católica, por aquellos que trataban de sostenerla “con las armas, con el dinero, explotando los más vivos sentimientos de la naturaleza”, es decir, los de la familia. En suma, fanatismo es aquí, sobre todo, y me parece es la evolución más significativa de Rivera, un problema de la frontera entre lo político y lo religioso. Eran fanáticos quienes “con todos los medios de la política humana” confundían a la Iglesia con una institución profana.

Hubo al menos otras cuatro ocasiones importantes en que volvió sobre el fanatismo. Dos nos resultan ya muy familiares: Los pensadores de España (1899) y los Anales de la vida del padre de la patria (1910) continúan el camino abierto en la década de 1880, el de la denuncia del pasado virreinal y de los enemigos de la independencia. Los otros dos tienen todavía rasgos originales: en Los hijos de Jalisco (1897), Rivera ofreció a sus lectores, con la biografía del padre Rafael Herrera, un retrato del “carácter” de los fanáticos. Conviene destacarlo, el retrato de caracteres era una de las técnicas con las que Rivera esperaba educar a la sociedad a través de la lectura y la oratoria, favoreciendo la transformación del carácter y el temperamento del público, mediante las emociones suscitadas por los textos. En consecuencia, pintó un retrato satírico y ridículo de Herrera.

imagen5Poco más de una década más tarde, publicó los Recuerdos de mi capellanía de las capuchinas de Lagos (1908), marcados por el aire de balance de una vida ya larga, de más de ochenta años, que había mostrado ya en el folleto las Bodas de oro. En esa breve reflexión autobiográfica Rivera le da sentido a sus sesenta años de escritor público insinuando que fueron un constante combate contra el fanatismo, dejando por completo en el olvido la luminosidad que le había dado en los años 1870, y olvidando también que no había sido tan constante, pero confirmando su lado elitista: “Desde mi juventud me ha agradado mucho este pensamiento de Hardouin que leí en César Cantú: Me levanto todos los dias al amanecer, ¿acaso para pensar como el vulgo?”  En fin pues, consecuencia de su visión teológica harto tradicional de la naturaleza humana, el combate contra el fanatismo que lo unía a los partidarios de la modernidad, se diría que había llegado a dominar tanto su visión de la sociedad, como la de su propia vida.

Agustín Rivera en la historia de la secularización

Una entrada breve para compartir un video que ya hace tiempo tenía pendiente. En septiembre de 2015 tuvo la gentileza de visitarnos en Lagos de Moreno la Dra. Elisa Cárdenas Ayala, investigadora del Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades, para participar en el proyecto que desarrollaba entonces el Cuerpo Académico “Cultura y Sociedad” del Centro Universitario de los Lagos a propósito de las perspectivas para analizar la vida y obra Agustín Rivera y Sanromán. La profesora Cárdenas Ayala nos impartió una interesante conferencia en que integraba a Rivera en la problemática de la secularización en México, además de destacarlo como precursor de la historia social. Es buen tiempo para volver sobre Rivera, en este que sigue siendo el año del centenario de su fallecimiento, y en vísperas de que se publiquen los resultados concretos de ese proyecto.

 

Agustín Rivera: historia, política y polémica from CULTURA Y SOCIEDAD-CULAGOS on Vimeo.

Agustín Rivera, a caballo entre la historia sagrada y la historia profana

En este Domingo de Pascua, una entrada breve, sólo para compartir con el público que tiene la gentileza de seguir este blog, una más de las conferencias del XIII ciclo del Seminario de Historia Mexicana, en colaboración con el Cuerpo Académico “Cultura y Sociedad”, en el marco del proyecto “Agustín Rivera y su tiempo: la cultura de Lagos en el siglo XIX”. En esta ocasión se trata de la conferencia impartida por el Dr. Juan Pío Martínez, destacado integrante del citado CA, quien expone con amplitud algunas de las características fundamentales de la obra del padre Agustín Rivera como historiador.

Agustín Rivera a caballo entre la historia sagrada y la historia profana from CULTURA Y SOCIEDAD-CULAGOS on Vimeo.

Misiones teatrales, reacciones dramáticas: dos ejemplos, Lagos y Orizaba.

Han termiSermón de Doctrina en el Patio  de los Naranjosnado la Cuaresma y la Semana Santa, que entre los siglos del XVI al XIX incluso, eran las temporadas fuertes de la predicación, obra sobre todo de misioneros, no sólo entre infieles sino también entre fieles. Las misiones cuaresmales, e incluso fuera de la Cuaresma, ya lo hemos mencionado en este mismo espacio, eran en esos tiempos, verdaderos grandes espectáculos barrocos, en que jesuitas, franciscanos, oratorenses y otros lucían no sólo sus dotes oratorias, sino verdaderamente teatrales con múltiples recursos (música, canto, juegos de luces, estampas, calaveras, etcétera).

En ocasiones, cuando la misión tenía éxito, el público llegaba a reaccionar de forma no menos teatral y dramática. Vamos a ver brevemente dos ejemplos, ambos de las primeras décadas del siglo XIX, pero de regiones distantes del México independiente: la villa de Córdoba y la villa de Lagos. Uno y otro se distinguen, por cierto, por ser reacciones fundamentalmente de mujeres. Sobra decir que no creemos que haya sido una reacción “natural”, sino producto de la formación del género en aquellos años. Conviene apuntarlo también, no son reacciones específicamente mexicanas: los fieles podían tener comportamientos semejantes del otro lado del Atlántico o en otras latitudes. Por ello aquí una imagen de un sermón de doctrina predicada en el Patio de los Naranjos de la Catedral de Sevilla a principios del siglo XX, tomado de una exposición callejera que organizó la corporación municipal en 2013.

Primer ejemplo: Córdoba, 1824

Los misioneros franciscanos del Colegio Apostólico de San José de Gracia de Orizaba predicaron en la cercana villa de Córdoba, aquí un fragmento del informe del superior del colegio al obispo de Puebla sobre la reacción de los cordobeses. Si los frailes lucieron sus viejos recursos dramáticos, los fieles respondieron con una verdadera “hoguera de vanidades”, que alarmó a los liberales de la villa, quienes denunciaron la misión al gobierno federal.

AGN, Justicia Eclesiástica, vol. 30, fs. 373-375.

“el haberse quemado unas guitarras y otros instrumentos que espontáneamente ofrecieron sus dueños con este objeto, pues arrepentidos de los excesos que habían cometido, como regularmente se cometen en los bailes, quisieron dar por este medio alguna satisfacción de su arrepentimiento verdadero, antecediendo un Discurso sobree la materia. En cuyo acto, algunas mujeres, llevadas de aquellos trasportes arrebatados que comunica la gracia, y que no está en manos del Misionero evitar, arrojaron algunos de sus trajes o trapos a las llamas, los que quizá habian surtido en otro tiempo a sus pasiones…”

Segundo ejemplo: Lagos, ca. 1835

El Dr. Agustín Rivera y Sanromán, clérigo erudito, pero al mismo tiempo o justo por ello, crítico de la cultura religiosa “popular”, autor de más de 150 obras de variado género, aprovechaba las notas a pie de sus trabajos para contar las más diversas anécdotas. Aquí una justo de una predicación, franciscana también seguramente, y acaso de alguno de los colegiso apostólicos cercanos (Guadalupe de Zacatecas, Santa Cruz de Querétaro o Nuestra Señora de Zapopan). Los sermones literalmente hacen caer a las feligresas.

Agustín Rivera, La pobre humanidad a través de la púrpura, el libro, el laurel y el crucifijo…, Lagos, Imprenta de Ausencio López Arce, 1893, p. 2.

“Cuando yo era niño de escuela hubo en el templo parroquial de esta ciudad de Lagos una tanda de sermones dada por unos padres misioneros, i en cada sermón había, no solamente atroces gritos, sino algunas mujeres que se echaban al suelo por desmayadas, i después se decía: “Hoy se desmayaron Da. Fulana, Da. Zutana, Sra. Mengana, etc.” Una pobre mujer que tenía en sus brazos a un hijo pequeño, le dijo a una comadre suya: “Téngame tantito mi criatura para poderme desmayar”.