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Religión o muerte: Un discurso nacionalista orizabeño de 1836

Catedral y el padre Llano 2

En abril de 1836, la ciudad de Orizaba conmemoró por todo lo alto un motín que, dos años atrás, había contribuido a la caída de los liberales “radicales”, digamos a falta de otras categorías, que habían promovido una serie de medidas secularizadoras, y cuyo representante más conocido a nivel nacional era el vicepresidente Valentín Gómez Farías. Al mismo tiempo que la ciudad se engalanaba con la que había sido una de sus más grandes participaciones hasta entonces en la naciente vida política mexicana independiente, se libraba la guerra de Texas. De hecho, la conmemoración tuvo lugar en vísperas de la batalla de San Jacinto, por lo que entonces se estimaba que el ejército mexicano, con el general Antonio López de Santa-Anna al frente, iba ganando un combate tras otro. El orador principal, José Gutiérrez Villanueva, uno de los notables locales, profesor del liceo local, dirigió un discurso más marcado por esa actualidad de la guerra que por una memoria del propio conflicto conmemorado, hasta el punto de dejar en el anónimato a víctimas y verdugos de su relato. En cambio, el motín orizabeño se inscribía en una lógica de más largo alcance, internacional incluso. Era la batalla de una nación católica mexicana, construida en buena medida gracias al clero, contra las intrigas de un enemigo impío, los Estados Unidos, en particular a través de su primer representante diplomático, Joel R. Poinsett.  La arenga de Gutiérrez Villanueva era así, podríamos decir, más un llamado a la unión nacional, religiosa obviamente, ante el enemigo fundamental que estaba detrás de los caudillos de la rebelde Texas.

Sobra casi decirlo, el discurso debe leerse, por tanto, como testimonio de esos intentos de cohesionar a la nación para la guerra, no como testimonio objetivo de las relaciones de México y Estados Unidos desde la independencia. La investigación al respecto ha tenido otros avatares, pero no es lugar aquí para contarlos. Lo que nos interesa es, desde luego, el recurso al catolicismo como vínculo fundamental para afrontar esos peligros externos. Uno hubiera podido esperar “Patria o muerte” como lema en una oración cívica tan nacionalista, y sin embargo es “Religión o muerte” lo que encontramos. Esto, independientemente de la religión practicada como tal en Estados Unidos, que ni siquiera es un asunto de interés verdadero en el discurso, pues en realidad, más que contra el protestantismo y sus variantes, se diría que el enemigo es el naciente capitalismo. Confieso mi desconocimiento, pero recuerdo al menos algún otro testimonio que expresaba una idea semejante — el rechazo a una organización económica naciente en que predominaba el interés por la ganancia — en la prensa cercana a facciones políticas del liberalismo moderado de principios de la década de 1830: el periódico El mono. Sin mayor adelanto, dejo pues al amable lector con esas palabras que la Junta patriótica local mandó imprimir unos pocos días después de pronunciadas. En la transcripción he preferido respetar el uso de “Méjico” con j, pero he actualizado el resto de la ortografía. El folleto lo consulté en la Biblioteca Nacional de Antropología e Historia “Eusebio Dávalos” (con sede en el Museo Nacional de Antropología e Historia), Fondo Reservado, 4ª. serie de papeles sueltos, legajo 196, documento 3, caja 70.

Discurso que en el aniversario del dia 20 de abril de 1834 dijo en la ciudad de Orizaba D. José Gutiérrez de Villanueva. México, Impreso por Juan Ojeda, calle de las Escalerillas núm. 2, 1836, 16 págs.

¡Vírgenes de Anáhuac! Aprestad en este dia de venturosos recuerdos vuestras arpas celestiales: que el armonioso eco de los sagrados himnos, resuene en la espesura de las selvas patrias; cantad al Dios fuerte de las batallas, desvaneciendo con el poder de su sola voluntad las oscuras maquinaciones de los enemigos de su culto y de su gloria; mezclad también, entre la melodía de vuestros acentos, la memoria dolorosa de la antigua cautividad. Sí, la idea de pasados infortunios tiene algunos encantos, cuando se les conmemora en presencia del Ser augusto que adoramos.

¡Numen de los cielos! Tú que desde la solitaria cima del Horeb, inspiraste a aquel felice pastor como en el principio de los tiempos el universo se levantó del caos a la voz de la divinidad; el fuego de tus graciosas imágenes, el colorido enajenante de tu descripcion imploro. Pero si tú, ¡oh genio de las sublimes bellezas! te complacieses más en habitar las colinas de Sión, o a las verdosas márgenes de Siloé, de allí para mi noble empresa tu socorro invoco. Revélame cómo la hidra de la impiedad, seduciendo al incauto mejicano, cubrió de luto y sangre la doliente patria; dime tambien cómo este pueblo de héroes, entre el silencioso universal oprobio alzó su audace voz, y pulverizando cual vaso de arcilla sus infernales designios, restableció los altares del santo de Israel.

La nacion mejicana, reducida por sesenta lustros al estado humilde de colonia, había en su adolescencia descubierto el secreto de su inestimable valor, y la naturaleza imprescriptible de sus derechos. Elevarse al alto rango a que la llamaban la grandeza de su extension, la benignidad de su clima y los preciosos tesoros que encerraba en su seno, se había convertido en una necesidad política, era el ardiente deseo de los mejicanos, era, sí, como el pervigilio seductor de una abrasada imaginacion. Empero un Gobierno omnipotente, las raices adquiridas por espacio de tres siglos, la magnitud de sus recursos, el número y carácter de sus partidarios, son obstáculos ante los que se anonadan los proyectos mejor concebidos, y disipan como el humo las mas lisonjeras esperanzas.

El destino habia reservado la gloria de colocar la piedra angular del edificio de la Independencia al Clero Mejicano, y cuando no existían probabilidades más halagüeñas que la de una muerte gloriosa, Hidalgo tremola en 810 el lábaro sagrado de la patria. A su ejemplo, pero no, por la identidad de sentimientos, por la comunión de principios, aquella clase veneranda y generosa, difunde por todo el ámbito de la república el amor de la grandiosa empresa, el desprecio de los peligros; y en el campo del honor, en la oscuridad de las prisiones, y sobre los cadalsos mismos, sella con su sangre el pacto de unión eterna con el pueblo mejicano. Yo evoco vuestro irrefragable testimonio. ¡Sombras queridas de Matamoros y Morelos! El Dios que no concede la victoria según el número de las legiones, ni la pericia de los generales, sino conforme á sus inescrutables y sacrosantos designios, no se digna bendecir por entonces la causa Anahuacense; reserva para sienes más afortunadas la corona triunfal, y el heroe a quien las facciones bajaron inmaturo a la tumba en Padilla, recoge los frutos del árbol que en Dolores Hidalgo plantara.

Mas el clero en ambas épocas habia adquirido brillantes y gloriosos títulos al reconocimiento nacional. El primero en proclamar el ser político de la patria, el primero en arrostrar la muerte en los combates siempre al frente de las mejoras sociales, unido al pueblo en afecciones y principios, su amigo y aliado, parecía que su existencia material estaba íntimamente entrelazada con la independencia mejicana. Si las manos de los que en las Cruces, Aculco y Calderón exhalaron su postrer aliento, hubieran escuchado la sucinta reseña que acabo de haceros, de los distinguidos servicios de nuestro clero, esperarían sin duda oírme terminar por la enumeración de las consideraciones políticas, de los altos respetos que además de los que de justicia se le deben por su sagrado carácter, le habría otorgado la gratitud. Mas al contemplar que se le detractaba como enemigo de la causa pública, se le perseguía encarnizadamente como desafecto a la dignidad de la nación, poseídos de un profundo dolor volarían de nuevo a ocultar entre el polvo de la huesa su asombro y confusión.

Consideremos ya el antiguo Imperio de los Aztecas ocupando un lugar distinguido en el catálogo de las naciones; el mundo culto fija en él su vista con complacencia cual sobre una inocente beldad; los amigos del género humano enderezan al cielo plegarias por su felicidad, y por su gloria; los ricos dones con que le distinguiera la mano liberal de la Providencia, el candor de sus hijos, su dócil piedad parecen augurarlo.

Empero, hay una region trabajada por los hielos de un invierno eternal, cuyos moradores divirgiendo en hábitos, sentimientos y costumbres, ofrecen en su asociacion la estructura del idioma de Babel; mas convienen unanimemente en el culto de una deidad, que bajo los nombres de Oro y acres de tierra designan. A este ídolo pues, más execrable que nuestro antiguo Huizilopoztli sacrifican sin piedad la paz de los circunvecinos pueblos, el honor y las más dulces inspiraciones de la naturaleza. Desde sus antros coronados por las tinieblas boreales observan con celos la creciente ventura de las repúblicas del mediodía; calculan con flema mercantil el progreso de sus adelantos, y cuando estos les dicen que su importancia comercial y fabril peligran, no hay escrúpulos en la elección de los medios que sostengan su preponderancia.

Méjico en 823 es ya una temible competidora: permitirla gozar en plácida concordia los frutos de la paz y de su suelo; tolerarla adoptar instituciones análogas a sus necesidades positivas; consentir el que las examine en el silencio de las pasiones, las rectifique y consolide, es según su tenebrosa diplomacia, conspirar contra el septentrión. Resuelven por la ruina de la gran Tenoxtitlan, réstales sólo determinar con acierto los medios de consumar tan infernal designio.

No espereis ciudadanos, [que] yo os indique entre los proyectos que se cruzaron para llevarle a su cabo, una guerra franca, aunque suscitada por medio de aquellos pretextos frívolos de que se sirven los tiranos. ¡Pérfidos! No ignoraban que la nación mejicana, intrépida y marcial, habria aceptado con placer la ocasión de poner en ejercicio las virtudes militares de sus hijos, y que provocada a la lid, no habría escuchado proposiciones de reconciliación hasta fijar el estandarte de las Águilas… ¿lo diré ciudadanos? Sí, sobre el capitolio de Washington.

Mas los bárbaros poseían el secreto fatal de introducir en las naciones el germen de la muerte, sin comprometer la impía mano que le hiciera fructificar; conocían las terribles causas por las que Roma, después de haber sometido el universo a sus leyes, sucumbió oprimida bajo el peso de su gloria, y la hermosa Bizancio, primera entre las ciudades del Oriente, abrió con ignominia sus puertas a los hijos de Otman; sabían, en suma, el poder asolador de la desmoralización y las facciones.

Faltaba sólo un genio avezado en este género de crímenes que reuniera a la astucia de la zorra el veneno delectéreo de la serpiente, y jamás el averno en sus furores abortó un monstruo más digno de esta mision que el execrado Poinsett. ¡Malhadadas repúblicas del Ecuador! Delatad ante el tribunal del universo al factor de vuestra ruina. Reveladle quién convirtió en teatro de combates fratricidas vuestras fértiles campiñas, quien cubrió de ruinas y de sangre la patria de Bolívar. Alzad, hermanas deplorables, vuestra desfalleciente voz contra ese ministro inicuo, entregadle a las eternas maldiciones de los futuros siglos.

Méjico, con infantil candor, recibe en sus brazos como aliado a la fiera escogida para devorarle; y que en breve debía ahogar en lágrimas la paz y concordia social. Su letal influjo pronto se insinúa en el ánimo de los grandes funcionarios, él inspira toda suerte de medidas que llevando la máscara de conveniencia pública, y el barniz seductor de la novedad sacaran la nación de su centro, entorpecieran su marcha, la sumieran en el abismo de las pruebas políticas, y formaran un caos de su legislación. El santuario de las leyes entonces se afecta de sus maquinaciones, y como Minerva nace del cerebro de Júpiter, así del de aquel hombre sin piedad parte esa nube de decretos inhumanos, que cubre de luto la república, que siembra por doquier el quebranto y la horfandad, que prescribe perecer en paises inhospitalarios y remotos, entre los horrores de la desnudez y del hambre muchedumbre de familias desgraciadas; decretos, en fin, que la historia transmitirá como un monumento de sempiterna ignominia para sus autores.

La existencia de una religión que santifica el pacto social, que coloca y asegura la moral sobre bases firmes e indestructibles, que proscribe el vicio sea cual fuere su objeto y su denominación, y sofoca las pasiones desde el instante primero de su ser, debía necesariamente convertirse en blanco donde se asestaran los tiros del creado partido para dar la última mano a la obra de la desorganizacion.

Instálanse por todas partes y como a porfia esos talleres de prostitución, esas orgías donde bajo el velo de las tinieblas, se celebran los misterios de la iniquidad. En ellas se escarnecen las sagradas instituciones, que al través de las vicisitudes de los siglos legara la paterna piedad a nuestra veneración y acatamiento; en ellos se condena al ostracismo, al deshonor y a la muerte, al hombre esforzado que resiste ofrecer inciensos y doblar la rodilla ante la abominable estatua de Moloc; en ellos se retrata al clero con los colores más negros e infamantes, como el intransigible adversario de los derechos patrios, el impostor de los pueblos, el devorador de su substancia, como el peligroso enemigo, por último, de la independencia nacional.

¡Qué extrañais ciudadanos si en tan diabólica escuela se mezclaron estas doctrinas, recogiésemos sus vergonzosos frutos en 834!

Mas yo me encuentro con placer trasladado impensadamente a una época cercana al gran dí cuya memoria celebramos hoy; permitidme, señores, no retroceder para traer a la vuestra sucesos que llenan el alma de dolor.

Ya la impiedad mora entronizada sobre el solio de las leyes, rodeada de sus aúlicos infandos, el despotismo, la intolerancia y el fanatismo feroz; encendida en ira, y despechada por el tiempo que un gobierno enérgico, con mano poderosa, encadenara sus furores, levanta con arrogancia su frente de Medusa; ensangrentados sus ojos, vagan sobre el imperio que la cólera celestial ha entregado a su saña, para determinar las víctimas destinadas a cebar su encono; su espumante boca se dilata para marcar una sonrisa feroz, y con la diestra agita la tea del exterminio. Lejos de ella yace despedazada la hipócrita máscara con que un tiempo disfrazara sus intentos; Humanidad, Filosofía, Libertad, fueron sus nombres: hoy les substituye por otro de mas lato sentido, y blasfemando contra la cualidad que más ennoblece al hombre, se condecora con el título de Humana razón. Guerra sin tregua, grita, al clero mejicano, su más odioso enemigo, cuya noble firmeza turba sus designios; protestado ha aniquilarlo con mancilla, y el genio de los abismos la sugiere entonces un juramento impío en diametral oposición con las obligaciones y votos de aquél, para que resistiéndole su conciencia, pueda acusarlo de prodición a la independencia nacional y llamar sobre su cabeza el odio del amante sincero pero irreflexivo de los derechos del pueblo. El irreligioso decreto que lo ordena se forja y promulga con celeridad; la nación sale por un instante del profundo abatimiento que la postra para lanzar un gemido de dolor; millares de sollozos volaron hasta el trono de las misericordias.

¡Préstame tus tétricos y funerales acentos, hijo de Helcias! La tristura y consternacion de mi patria, no pueden describirse con rasgos menos fuertes que los que tú empleas en tus sublimes lamentaciones.

Ya los pastores por la ordenacion de Jesucristo, abandonan la querida grey para marchar a países lejanos a terminar en la oscuridad y en la miseria un resto de existencia consumida en el ministerio de santificación; ya abrumados por los dicterios y roncos gritos de una soldadesca atroz, se ocultan en las tinieblas para poner en salvamento algunas gotas de sangre heladas por los años, y cuya efusión se pide con espantosos alaridos.

El religioso ve alterada la piadosa quietud de su retiro, y arrojado cual bestia montaraz de su caverna, se intenta trasladarle con violencia… ¿a donde? ¡Dios de nuestros padres! Vos solo lo sabíais.

La inocente paloma de los claustros, que en tanto el resto de las criaturas reposa en plácido sueño, despertada por su ardiente caridad, levanta sus impolutas manos a los cielos como para substraer dulcemente de los tesoros del Eterno el perdón y las gracias de sus hermanos, es brindada con impudencia a participar de los impuros goces de una tierra de desolación.

¡Ay del que osa elevar su voz contra los sacrílegos planes, o denotar en su semblante la pena que lo devora! Horrendas prisiones, el destierro o la muerte, imponen silencio a su dolor.

Virtuosos ciudadanos que en las aflicciones de la patria, sacrificaran en sus aras lo mejor de sus fortunas; ilustres guerreros señalados de honorosas heridas, que en cien lides y otras ciento recibieron combatiendo por la Independencia nacional, son proscritos cual infames traidores.

Todo cede ante el fiero vandalismo que ocupa el asiento del poder; la quietud sepulcral en que yace sumergida la república, es para sus miserables adeptos el signo infalible de la victoria. Embriagados de su vertiginoso orgullo, meditan como otros Titanes, asaltar los cielos, y conmover el tabernáculo del Señor; mas miróles el Eterno en su ira: que los que manchan la tierra con sus crímenes se disipen, dijo, y el Jacobinismo cayó cual roca precipitada desde la cima de los Andes por el bramido de la tempestad.

Orizaba no habia sido la menos favorecida con duras pruebas en los días de la tribulación. En tanto que sus derechos solo fueron hollados, ofreció en los altares de la paz su resentimiento y su penar, conservando una actitud tranquila y silenciosa; mas cuando observa las asechanzas que se tienen a los ministros del santuario, cuando les ve errantes implorando un recóndito asilo, cual pudiera un hombre agobiado de crímenes; cuando descubre las bandas revolucionarias que se dirigen sobre la morada de su párroco querido, para perpetrar en él los aleves intentos que encubren bajo las sombras de la noche, nada es ya capaz de reprimir su indignacion; jura perecer mil veces antes que tolerar el horrendo atentado que aquellos se proponen, llama al cielo por testigo de la santidad y justicia de su causa y puesta su confianza en el Dios que no salva a los reyes según el número de sus fuerzas, ni al jinete por la velocidad de su caballo, exclama con una voz que aterró a los tiranos de la patria, RELIGIÓN O MUERTE. A este tremendo grito, de los asesinos responden con la punta de las bayonetas, trábase una lid desigual, masas inermes oponen con impavidez sus pechos a un fuego sostenido: el jóven en medio de su lozanía, el tierno infante en la aurora de la vida… expiran al estallido de la descarga.

¡Inaudita cobardía! Jamás traeremos a la memoria sin emoción semejantes escándalos. Los bárbaros se difunden por las calles y los atrios de los sagrados templos, y doquier fijan su inicua planta fueron seguidos del crimen y del horror. Entonces, bajo la espada de un cobarde rendiste tu magnánimo espíritu ¡generoso caballero! ¡salud a tus manes! Desde la celeste mansión do nuestra piedad te considera, dirige tu radiosa vista sobre los muros del Álamo, sobre los campos de Goliat, mira como el resto de tus asesinos purga sus execrandos delitos. Empero. los clamores de los justos habían desarmado el brazo de la Providencia, el consistorio divino se dignó escoger, como instrumento de sus maravillas, al piadoso pueblo Orizabeño. Los legionarios de la inmoralidad, devorados por los remordimientos de una conciencia ennegrecida pierden terreno por todas partes; un solo edificio les sirve de refugio y de defensa: sobre el pavimento santo que profanan, habrían expiado sus nefarios crímenes, si tú, ¡clero sin rival! no hubieses hecho oír entre el tumulto de los combates la voz del Dios que ordena el perdón de los enemigos.

El noble ejemplo de Orizaba es imitado y seguido por todas partes: Cuernavaca, Lagos, Toluca, proclaman sus principios: la tranquilidad renace, el culto de Jesús vuelve a su primitivo esplendor: Orizaba en suma ha salvado la patria.

¡Sacerdotes del Altísimo! Entre las emociones del júbilo más puro, recibid en este dia los testimonios de nuestro ferviente afecto, y la solemne expresión de nuestros votos. Sin fruto, un bando refractario os deturpa con sus calumnias, e intenta condenaros con asquerosos escarnios al desprecio y al odio popular.

La inmensa mayoría de la nacion, fiel a la religión de sus abuelos, verá siempre en vosotros, los intérpretes y ministros del Dios de justificación; los mediadores entre el pecador y su Padre celestial; el dulce retiro donde el alma ávida de consuelos se acoge en el pesar de las humanas fragilidades, y en los momentos de la tribulación; los amigos, en fin, que cuando el mundo aparta con horror su vista de las convulsiones de nuestra última agonía, recogen nuestro postrer aliento, y nos abren las puertas de una bienaventurada eternidad. Seguid, pues, como hasta aquí, orando por la paz de esta Jerusalén, y por la ventura y gloria de los que la aman. ¡Que la concordia reine en su recinto, y la prosperidad en sus palacios! Sí, por el amor de vuestros hermanos, y de vuestros amigos, rogad por la tranquilidad de la República; llenos de celo por la casa del Señor nuestro Dios, haced votos por la dicha de aquella.

Y tú, pueblo ilustre de la raza de los héroes: tú, a quien la patria es deudora de su paz y su contento; tú, por cuyos denodados esfuerzos el himno de los holocaustos se dirige desde la tierra hasta los cielos, recibe tambien el homenaje cívico de perdurable alabanza, y las bendiciones del Eterno. Por ti, restablecido el honor nacional, ondea triunfante el hermoso pabellón de los tres colores sobre los muros del Álamo, sobre las torres de Béjar y Goliad; por ti, nuestras cohortes victoriosas ornan sus nobles sienes de lauro inmarcesible… pero escucha: Si el Jacobino un día osare levantar de nuevo su abatida frente del cieno de maldición que la cubre, haz resonar de nuevo la tremebunda campana de abril, y puesta como entonces la confianza en el señor Sabaoth grita impávido: RELIGION Ó LA MUERTE.

Emociones religiosas y políticas

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Antiguo Colegio Apostólico de San José de Gracia de Orizaba.

“… siguen maquinando hasta que el gobierno, desesperado de la ineficacia de los medios suaves, tome el de una expulsión clamorosa. Esto es lo que ellos quieren, ¿y para qué? Para que en aquel lance presenten el espectáculo bien premeditado de salir en comunidad al toque de campana, en presencia del pueblo que, enternecido y conmovido, romperá en una demagogia…”

Vicente de Segura, jefe político de Orizaba, al gobernador de Veracruz, 31 de enero de 1827. AGN, Justicia Eclesiástica, vol. 78, fs. 4-6.

En el siglo XIX, uno de los temas de conflicto entre la Iglesia y el Estado era el manejo de las emociones. El informe confidencial del jefe político orizabeño que acabamos de citar, y que por su riqueza hemos utilizado ya en muchas otras ocasiones en este espacio y en otros, nos ilustra bien el conflicto. El representante del gobierno del Estado de Veracruz desconfiaba, sino es que directamente temía, la capacidad de los religiosos franciscanos del Colegio Apostólico de San José de Gracia de esa entonces villa, para emocionar (“enternecer y conmover”) al pueblo. No le faltaba razón. Misioneros formados en la tradición de la Reforma católica, los josefinos disponían de amplios recursos para generar emociones en los fieles. Segura describió algunos de ellos en su informe calificándolos de “maniobras cómicas”: “un hachón encendido bajo el brazo desnudo, un lienzo de la pintura de un condenado, una saetilla sonante con campanilla”. En efecto, usaban de numerosos recursos teatrales en sus misiones, y en particular, en sus sermones: la calavera en el sermón de la muerte, la estampa del diablo en el sermón del infierno; cierto, los versos, breves y con mensajes contundentes, las saetillas, cantados durante las procesiones de inicio de las misiones, en las que aprovechaban además la oscuridad nocturna para darles mayor efecto. Toda esa predicación teatral, barroca, había estado efectivamente encaminada a emocionar a los fieles para generar en ellos el miedo a la condenación infernal, el arrepentimiento de los pecados que los aproximara a la confesión (objetivo final de esos misioneros), la contrición pues, imperfecta o perfecta. Además, tenía razón también por ese lado el funcionario, con su retórica y sus recursos teatrales, los misioneros podían generar arrebatos emotivos en la multitud: una misión que predicaron en la villa de Córdoba en 1824 culminó con una espontánea “hoguera de las vanidades”. Por “aquellos transportes arrebatados que comunica la gracia”, según los términos del vicario del Colegio, los fieles arrojaron a las llamas lo mismo instrumentos musicales que vestidos, en los que veían verdaderos instrumentos de sus pecados (AGN, Justicia Eclesiástica, vol. 30, fs. 373-375).

Fabre - Lucien Bonaparte.jpgEn las monarquías católicas del siglo XVIII, es cierto que esas misiones habían tenido un sentido no sólo religioso, sino también político. Louis Châtellier lo señalaba, entonces eran “un instrumento entre otros muchos utilizado por el príncipe para controlar a la población” (La religión de los pobres. Europa en los siglos XVI-XIX y la formación del catolicismo moderno, 2002, p. 130). Al momento de las revoluciones políticas de principios del siglo XIX, no faltaron intentos para seguir aprovechando lo religioso a favor de lo político. Tal era uno de los motivos por los que en el siglo XIX se hablaba con frecuencia de la importancia del culto. En 1826, circuló por ejemplo en la prensa mexicana oficial de la Ciudad de México (El Correo de la Federación) y en los estados (al menos en El Oriente de Xalapa), el discurso de Lucien Bonaparte, a quien vemos en la imagen, sobre el establecimiento de la legislación de los cultos reconocidos en Francia. Decía el hermano del futuro emperador de los franceses: “No hay un pueblo a quien pueda convenir una religión abstracta: los signos, las ceremonias, lo maravilloso, son el pábulo indispensable de la imaginación y del corazón; el legislador religioso no puede dominar las almas y las voluntades, si no les inspira aquella adoración respetuosa y profunda que nace de las cosas misteriosas.” Y más todavía, era por ello que “los cultos son útiles y aun necesarios en un Estado” (El Oriente, núm. 780, 14 de noviembre de 1826, pp. 3231-3232). La religión era útil (no únicamente desde luego) en buena medida como vínculo emotivo de los nacientes Estados nacionales, papel que fue incluso aceptado por diversos clérigos. De ahí la importancia de analizar la “liturgia ciudadana”, como la ha denominado Brian Connaughton, la participación de las autoridades y de la nación misma en las ceremonias eclesiásticas, no sólo (aunque también) en las cortesías y precedencias, sino incluso a veces alterando las indicaciones de los libros litúrgicos, como ocurría en México con la entrega de la llave del depósito eucarístico del Jueves Santo a las autoridades civiles, entendida como símbolo del Patronato nacional.

Le PanthéonMas no es menos cierto que también en el siglo XIX comenzaron a elaborarse nuevas formas de emotividad propiamente políticas, aunque en general no del todo alejadas de la tradicional emotividad religiosa. Antes bien, si antaño lo religioso tenía su lado político, hogaño podría decirse que lo político tiene su lado religioso, sagrado incluso en algunos casos, ante todo a través de los diversos tipos de fiesta política y de toda la parafernalia del patriotismo. El romanticismo y su exaltación de los sentimientos contribuyeron también a darle forma a esas nuevas liturgias emotivas, cuya herencia seguimos viendo hoy, e incluso ha dado motivo de controversias en la opinión pública. Mencionemos sólo dos ejemplos fundamentales, primero, la cultura de las reliquias. Fue en el siglo XIX cuando tuvo lugar una auténtica revolución en el tema del culto de los muertos, con la aparición de las tumbas individuales, de los cementerios fuera de las iglesias, y la exaltación de esos instrumentos para conservar la memoria: la conservación de los cuerpos, la renovación de los monumentos, de las ceremonias y de los discursos fúnebres, y un amplio etcétera. El siglo XIX fue un siglo de emotividad macabra: “fiesta de las lágrimas cuya fuerza pedagógica brota de la ostensión de las llagas y de la exposición del cadáver” decía Alain Corbin sobre la fiesta política fúnebre. Si antaño el Cristianismo construyo su sacralidad sobre las reliquias de los santos, el patriotismo moderno hizo lo propio con la del Estado nacional sobre los restos de héroes nacionales, los cuales pueden lo mismo reunir a la nación o hacerse parte de las divisiones políticas: el incidente del entierro del general Lamarque en 1832, cuya memoria mantiene la obra de Victor Hugo, que se actualiza ahora en versiones fílmicas, es tal vez el ejemplo más célebre. La “demagogia” no estalló por incitación del clero, sino por la ceremonia religiosa fúnebre de un militar liberal.

Siguiendo el ejemplo francés de la secularización de la antigua iglesia de Santa Genoveva como Panteón nacional, numerosos estados modernos tienen el suyo. En la Ciudad de México es el papel que ha desempeñado, desde su fundación en 1872 la actual Rotonda de las Personas Ilustres del Panteón civil de Dolores. El escándalo que causó en la opinión pública su “profanación” con una fiesta en julio de 2014 es buena muestra de que esa sacralidad política no se ha perdido del todo, aunque curiosamente se conserva en particular más del lado de la izquierda del espectro político.

Algo semejante puede decirse, ya para terminar, sobre los himnos. Creaciones del romanticismo y del liberalismo del siglo XIX, nacionales en principio, pero también los hay que se identifican con la contestación política, su virtud principal no ha dejado de ser la emotividad. Hasta hoy seguimos entonando no sólo nuestro himno nacional incluso en las manifestaciones que contestan a una autoridad, oponiendo así nación y gobierno, sino también otros himnos que en ese siglo se identificaron con las causas políticas liberales, aun si no era necesariamente la intención de sus autores. En uno y otro caso, la emoción puede desbordarse al terminar la interpretación. Bástenos citar, para no hacer escuchar al lector “las notas marciales de nuestro himno nacional” (como solía rezar el cliché de todo acto cívico), el caso del Va pensiero. Así es, utilizado, se supone pues la historiografía reciente ha matizado el punto, en tiempos de la lucha por la construcción nacional de Italia, se trata de nuevo de un tema de contenido religioso, bíblico más todavía: es el coro de los esclavos del tercer acto de la ópera Nabucco de Verdi, inspirado de uno de los salmos. Se han interpretado aquí, en México, lo mismo en las protestas por la desaparición de 43 estudiantes de la Escuela Normal Isidro Burgos de Ayotzinapa, que en las más recientes manifestaciones de la Universidad Veracruzana, como vemos en este video.

Debemos cerrar aquí, no sin concluir que la política contemporánea pareciera seguir necesitando “el pábulo de la imaginación y del corazón”, acaso muchas veces más efectivo que los argumentos racionales para una movilización, aun si las manifestaciones contemporáneas que hemos citado justo se han preocupado por no terminar en las “demagogias” de que Segura acusaba a los franciscanos orizabeños que citamos al principio. La actualidad, por tanto, nos continuará proporcionando más datos para esta historia religiosa de lo político, no menos que para la historia política de lo religioso, por llamarlas de alguna forma, que constituyen la materia fundamental de esta página web, acaso más que la historia de las instituciones, la Iglesia y el Estado, de la cual, sin embargo, no están separadas.