Cartas de un arzobispo emigrado

Las revoluciones del mundo atlántico generaron una importante corriente de emigrados, los más célebres sin duda los de la Revolución Francesa, nobles y clérigos en particular, mas no exclusivamente, que huían de la legendaria violencia revolucionaria. En el mundo hispánico los hubo también, desde los que se refugiaron en Mallorca o en Cádiz ante los avances de las tropas francesas en la Península, o los que al contrario, después de largas trayectorias en tierras americanas volvieron a ella con las independencias. Tal fue el caso del único prelado emigrado de la Nueva España, el último arzobispo de México de esa época, don Pedro José de Fronte. Fiel a la Corona hispánica, a pesar del Trienio liberal y sus reformas eclesiásticas, prudente sin embargo ante el pronunciamiento de Agustín de Iturbide de febrero de 1821, dio cuenta de sus acciones al secretario de Gracia y Justicia de Madrid en cartas fechadas en México el 24 de septiembre de 1821, es decir, justo unos días antes de la entrada de Iturbide en México, y del 31 de enero de 1823, desde Huehuetlán, ya a unos días de embarcarse rumbo a la Península para no volver más a su sede. Aquí ambas cartas.

AGI, México, legajo 1906
Primera carta

Excelentísimo señor

La interrupción de correos que experimentamos desde el marzo último ha impedido la llegada de las soberanas disposiciones que vuestra excelencia me haya comunicado en el intermedio, y la contestación mía pendiente sobre algunas recibidas. Mas el acontecimiento funesto que produjo la primera excusa hablar sobre esta materia, cuando él la da copiosa y preferente.
Divulgado en 27 de febrero el nuevo plan de independencia (cuyo primer indicio tuvo por mi conducto el señor virrrey a las ocho de aquella mañana) produjo en la capital una inquietud y sobresalto consiguiente a los fundados temores que inspiraba este suceso. Desde entonces manifesté a dicho señor virrey mi constante adhesión a Su Majestad y Supremo Gobierno, y propuse auxiliarle en aquellos términos que fueran propios de mi clase y ministerio. En su consecuencia pasé el día 28 la circular número 1, y en los días 3 y 9 del siguiente marzo las que indica el impreso número 2. Me es forzoso llamar la atención de vuestra excelencia hacia su contenido, porque a él procuré contraer los principios eclesiásticos y políticos que yo creía más seguros y adecuados al tiempo y caso en que nos hallábamos, de manera que, si hubiere alcanzado otras razones o medios más oportunos, no los hubiera omitido entonces, ni después, en cumplimiento de mis deberes, que he deseado llenar completamente.

Sin embargo, hubieran querido algunos que yo hubiese fulminado anatemas y revivido las que la Inquisición en otro tiempo dictó contra el primer insurgente mexicano, el cura Hidalgo; las que los prelados dictaron contra sus súbditos apóstatas del santuario y erigidos caudillos militares de su grey seducida; y que ahora como entonces se creyere que el gobierno español, para sostener su autoridad legítima, abría una guerra de religión contra los que seguían el partido de la independencia. Yo a la verdad, aunque deseaba dar todo el apoyo que el influjo religioso puede prestar a la legítima autoridad civil, no he abundado en las ideas que en los siglos doce e inmediatos se tenían de la potestad eclesiástica y sus atribuciones. Y aun cuando mis principios hubieran sido tales, no debiera prescindir del estado actual del espíritu público, tan diferente del que reinaba en el año 1810, porque lo que había publicado la imprenta contra el ejército español de la Isla de León en los tres primeros meses del año veinte y lo que dijo para su apología en los posteriores del mismo año; las opiniones que habían manifestado en las Cortes algunos individuos del Congreso, y las providencias tomadas contra varios prelados; la incitación que por anónimos y representaciones se me había hecho para que imitase yo la conducta de los que resistieron los decretos sobre reformas eclesiásticas y otros puntos. Todo esto debía entrar en un cálculo prudente, y convencerme de que produciría un efecto contrario mi empeño en que los eclesiásticos tomasen en favor del gobierno una parte más activa y extensa de la que en mi citada circular había indicado. A más de que, sabedor yo de la opinión y deseos que generalmente reinaban en mis súbditos, todo el apoyo que de su parte podía prometerme se debía contraer no tanto a que fueran apologistas, cuanto a que no se declarasen manifiestos contradictores del actual gobierno español. Tal era la distancia que yo notaba entre sus sentimientos y nociones canónicas, y entre las providencias recientes del nuevo sistema. Y cuando he visto lo que la real orden circular de 3 de mayo último previene a los prelados en su artículo 3º, me complazco en haber adoptado con anticipación ideas y medidas conformes a las que para caso semejante ordenaba el celoso e ilustrado gobierno.

Aunque estoy muy distante de afirmar, que todos mis súbditos hayan recibido los sentimientos que yo poseía y quise insipirarles, en obsequio de la verdad debo decir, que se ha conducido el clero de mi diócesis con más moderación de la que pudiera esperar. Ha habido varios curas que han sufrido ultrajes y vejaciones por su adhesión constante al gobierno, muchos han cedido a las imperiosas circunstancias de la fuerza, y otros, más débiles y menos decididos, no se han anticipado (como en otro tiempo hicieron con los rebeldes) a solicitar de los independientes la sustracción del gobierno legítimo, pues de todo conservo en mi secretaría y hay en la del virreinato constancias multiplicadas. Entre mis súbditos, dos eclesiásticos solamente han aparecido con la insignia de caudillos, y son los que en otro tiempo ya lo fueron, y a los cuales a diferencia de otros muchos individuos, no quise conceder habilitación de su ministerio, porque observaba en ellos la oculta y mala disposición que después han hecho pública. Tal era la conducta del clero fuera de la capital, y según los avisos repetidos que me dieron, la opinión por la independencia se había generalizado, aun entre personas de cuya anterior fidelidad y adhesión a la Metrópoli se habían dado pruebas sobresalientes. Me informaban también que el temor de los pueblos de volver a sufrir los horrores de la primera insurrección se había disipado con alguna regularidad y disciplina que hacían observar los jefes independientes, concluyendo todo que creían insuficiente su empeño para neutralizar o hacer variar el entusiasmo general que notaban por la independencia. Cuando no hubiese tenido otros datos para formar igual concepto, bastarían estas noticias comunicadas de diversos puntos y por personas de cuya veracidad y rectitud de sentimientos estaba satisfecho; y aun en la misma capital, era poco oscura la opinión que reinaba en las cuatro quintas partes de sus moradores.

En estas circunstancias recibí el oficio número 3, a que contesté la copia que le sigue, explicando de palabra a la primera autoridad pública, que entonces lo era el señor general D. Francisco Novella, las razones que atrás dejo indicadas y se contienen en los apuntes que leí a su presencia y de que acompaño copia. Me contestó que estaba satisfecho de mis sentimientos y de mi celo, y que solamente impelido de otros sujetos, de quienes no podía prescindir, me pasó el oficio de que se trataba. Añadió también, que el mismo suceso que había ocasionado su accidental mando era un obstáculo para persuadir con fruto la obediencia debida. Sin embargo, deseando yo fomentarla (aun en momentos en que la defección era pública y escandalosa, pasándose en gran número soldados y otras gentes al campo enemigo, que teníamos a la vista) reproduje las mismas órdenes y sentimientos que antes había manifestado, y extendí en 8 de agosto la circular número 4.

Tales son las providencias que como prelado he comunicado a mis súbditos, y por su conducto a mi grey, en este período difícil y arriesgado, y no he omitido otras gestiones que han estado a mi alcance para apoyar al gobierno y mantener la tranquilidad pública, comprometida mil veces, pero felizmente conservada. Con este fin (a más de la contribución mensual para mantener los nuevos cuerpos militares de defensores y de cooperar al préstamo forzoso que se había acordado) me presté a dar al gobierno el auxilio que creyó hallar en mi opinión y concurrencia. Di la primera acerca de permitir temporalemnte a la primera autoridad pública facultades que la Constitución le negaba, suspendiendo otras que a los ciudadanos concedía. La causa que se alegaba era la mayor que puede haber, la salvación del Estado, amenazada por riesgos que no eran imaginarios. Me hubiera abstenido, sin embargo, de manifestar mi opinión en asunto que no me pertenecía, si no hubiese traido a la memoria que en años anteriores se salvó la patria tomando, entre otras medidas, la que ahora se consultaba, y no quería exponerme a que el diverso procedimiento que yo observara influyese en el resultado diferente, que preveía en la convulsión actual, además se trataba menos de pedir mi dictamen que de unirlo al que ya tenía la misma autoridad primera: esto resulta del documento número 5, y a la verdad, cuando la necesaria defensa obligaba a privar temporalmente a los ciudadanos de sus propiedades en caballos, armas, intereses y edificios, no debía exceptuarse la libertad de publicar sus ideas, harto extendidas y contrarias al mismo Código de quien la recibían.

También hube de cooperar a la conservación del sosiego público, asistiendo a las concurrencias que se celebraron en el palacio del Virrey los días 8 de julio, 30 de agosto, 9 y 12 de septiembre. Fue la primera con motivo de hacer juramento el citado señor Novella de servir fielmente los cargos militar y político que tres días antes le había cedido el señor conde del Venadito. Y aunque por la práctica no debía yo asistir a tal acto, ni por voluntad quería manifestar una oficiosa aprobación de todas las ocurrencias que lo habían preparado, hube de salir de la cama donde me tenía la indisposición en mi salud, porque tres veces fui invitado, y en la última requerido a nombre de la junta ya congregada, representándome el interés de mi asistencia por la tranquilidad pública; fui en efecto, y manifesté que estaría siempre dispuesto a sacrificarme por conservarla y a auxiliar cuanto pudiese al nuevo jefe que tomaba el encargo de ella.

Las otras tres concurrencias fueron para la consulta que éste quiso hacer, con motivo de un pliego que recibió del capitán general y jefe superior político D. Juan O’Donojú, en que se daba a reconocer por estos títulos y comunicaba las providencias consiguientes a ellos y al tratado político que había celebrado en la villa de Córdoba. Pudiera remitirme a las actas de la junta para referir lo que yo opiné, mas como la premura y multitud de concurrentes no permitieron toda la atención que el secretario necesitaba para extenderlas con exactitud, diré sustancialmente lo que expresé así en esta como en las dos que la siguieron. Dije primeramente: que como prelado y cabeza de las corporaciones eclesiásticas, me abstenía de dar mi dictamen en aquellos puntos que creía propios de las civiles y militares que allí habían concurrido, limitándome a protestar mi obediencia a la potestad pública y mis deseos de la paz y sosiego común. Añadí que, como ciudadano, no rehusaba manifestar mi opinión, de que creía oportuna ante todas cosas la venida del señor O’Donojú a esta capital. A consecuencia de esta junta, que un incidente obligó a terminar anticipadamente, se nombraron comisionados que pasaron a instruir al señor O’Donojú del verdadero estado de la capital y de la necesidad de que viniese a ella antes de que se ejecutase lo que había ordenado.

Las resultas de esta comisión produjeron la segunda junta de 9 de septiembre, y en ella se trató como punto preliminar si en defecto de la venida del señor O’Donojú, que por entonces rehusaba, se había de acceder a una entrevista que admitía; pero era de advertir que el señor Novella contemplaba desairada su autoridad por los términos con que se le trataba, y manifestando a la junta “que si había de considerársele como a un faccioso, renunciaba desde entonces el mando que solamente había admitido para evitar daños mayores”, terminó esta exposición con desprenderse del bastón y ponerlo sobre la mesa. ¡Escena terrible! Que temí aumentase el amargo conflicto en que nos hallábamos. De aquí provino el que, interrumpiendo yo el pavoroso silencio, que por algún rato tuvo aquella agitada reunión, volviese a su mano la insignia diciéndole, “que en ningunos momentos y menos en los actuales, debía estar abandonado aquel bastón, y que pues no habían cesado los fines que le habían obligado a tomarlo, no rehusase empuñarlo hasta que lo recibiese el señor O’Donojú”. Añadí también que me parecía justo su pundonor en solicitar de este señor que le guardase la consideración debida al ejercicio en que se hallaba de la autoridad superior militar y política en esta capital; pues las circunstancias le daban la legitimidad que faltara a su origen; pero insistí en que, allanado este primer paso, se procediera al segundo que era la entrevista, acordando previamente el lugar y precauciones que fuesen adecuadas al objeto de ella. Generalmente se convino en cuanto a este punto sustancial, y se nombró una comisión para que hablando con el señor O’Donojú, le manifestase que se verificaría la entrevista, reconociendo antes en el señor Novella la autoridad que en la capital estaba ejerciendo del virreinato, gobierno y capitanía general. Informaron los comisionados que el señor O’Donojú le reconocería como gobernador y general interino, pues que por ordenanza así se consideraba al que no había sido nombrado por el rey, mas acerca del virreinato decía que ya estaba sin uso este título, como se notaba por el nombramiento que él mismo traía. Dada cuenta con esta exposición y con la contestación que por escrito había remitido el señor O’Donojú, yo creí que desaparecía el siniestro sentido y que no se quería faltar al decoro debido a la autoridad superior militar y política que ejercía el señor Novella, por tanto, opiné que se verificase la entrevista como una consecuencia del acuerdo anterior, bien persuadido de que este jefe, después de conferenciar con el señor O’Donojú, no había de obrar si no lo creyese más acertado, pues ni la conferencia podía disminuirle las facultades y recursos que tuviera antes de ella, ni aumentárselos el rehusarla; quedó en fin adoptado este pensamiento, e inteligenciado el señor Novella de que sus operaciones no estaban ni podían estar coartadas por la junta.

Difícil será explicar la amargura que por motivos diversos ocupaba a todos los concurrentes. Quisieran unos verter su sangre antes que presenciar el abandono del teatro glorioso de los más valientes españoles. Les acompañaban muchos en este mismo deseo, pero quisieran conciliar la utilidad del resultado con el precio del sacrificio, y generalmente todos, a excepción de aquellos a quienes ya se hubiese corrompido la sangre española, hubiésemos vertido gustosos la nuestra, si con probabilidad o prudencia nos fuera dado esperar el triunfo. Mas, aunque esta calificación se dejaba a los militares, a quienes exclusivamente pertenecía, y aunque les hará honor eterno el aliento y constancia que manifestaban, no podía ocultarse a nadie su desproporcionado número, ni el peligro próximo de que fuera disminuido. Tampoco se ignoraba el crecido de los enemigos, que antes estuvieron en nuestras filas, ni a éstos podía negárseles el antiguo valor y desprecio actual que de la muerte hacían, después que el 19 de agosto tan bizarramente se batieron a la vista nuestra. Ellos además contaban con el reemplazo y voto casi general de sus compatriotas, y con la fuerza poderosísima de la opinión pública, que tenían bien asegurada a favor suyo. Y sobre todo, aun cuando el heroísimo español, segunda vez y al cabo de trescientos años, se abriese camino hacia la costa, ¿qué ventajas resultarán a los intereses y perosnas de millares de familias que, hoy a diferencia de entonces, quedarían en la capital y provincia, abandonadas a la merced y quizá venganza del ejército enemigo? Vuestra excelencia dispensará estas reflexiones, que no traigo para calificar la conducta de nuestros militares, sino porque considerándolos yo poseídos de ellas, me causaba y causará a todos más admiración su constancia y actitud valerosa, razón por la que estoy muy distante de tomar en mala parte sus exaltados y poco medidos procedimientos a que los llevó este motivo. Yo mismo tuve que combatir algunos, elogiando en mi interior el fin de sus autores, aunque reprobando los medios; pues habiéndose propuesto la junta la creación de otra suprema, cuya presidencia se me daba (y esto con demasiado color y orden interrumpido) fue preciso que tomando la palabra les reprobase yo tal idea con la energía y el celo que me fue posible. Me valí entre otras razones de las recientes especies que había leído en la Gaceta de Madrid del 12 de mayo, pues allí consta el desagrado con que las Cortes y el gobierno habían visto la arbitraria creación de juntas, cuyo objeto no justificaba las resultas que producían. Y contribuyeron a mi intento la opinión que manifestaron los señores generales Novella y D. Pascual de Liñán, la cordura y prudencia de otros concurrentes y la docilidad de los exaltados. Así terminaron las juntas a que yo asistí, y como limité mi intervención en ellas a procurar la tranquilidad, contraje mi opinión en la primera a que viniese el señor O’Donojú a la capital antes de ejecutar lo que prevenía; en la segunda a que se dispensase al señor Novella la consideración que merecía el ejercicio de la autoridad que desempeñaba, y en la tercera a que ya allanado este paso, se verificase su entrevista.

Quisiera haber acertado en los términos y que estos hubieran correspondido al sincero interés que tomaba por la tranquilidad pública, su conservación excitaba mi celo por motivos que las circunstancias habían multiplicado; y nadie quizá me igualaba en saber los que producían inquietud general en el pueblo. Había más de tres meses que mi corazón estaba despedazado con las angustias y recelos que en él depositaban los principales habitantes, antagonistas unos y defensores otros del gobierno español. Los de ambos partidos, opuestos en su objeto, me confiaban acordes el riesgo que por momentos temían, y al pedirme un asilo para sus personas y familias, hallaba yo confirmados a cada paso los mismos temores en que también estaba. Para precaver pues los desórdenes que se temían de los que estaban dentro y de los que asediaban la capital, concedí licencia para que se abrigasen en los monasterios y colegios sus hijas y esposas, ofreciendo para ellos mismos mi casa y persona que sacrificaría en su defensa. En efecto se han llenado de familias los conventos de monjas, y ha más de quince días que las religiosas sufren esta incomodidad, por la evidencia y gravedad del motivo que la ocasiona. Últimamente, cuando estas consideraciones no hubieran vencido la repugnancia que tenía de asistir a dichas juntas, hubiera sido forzoso deponerla a los ruegos que me han hecho para asistir a la última varios jefes y comisionados de las principales corporaciones que estaban convocadas.

Hasta aquí no ha sido dudosa para mí la conducta que debía observar, pues obedeciendo a la potestad pública, y auxiliando sus determinaciones, mis procedimientos en la parte política quedaban justificados, y ninguno de ellos habrá desmentido mi constante adhesión y fidelidad a Su Majestad y gobierno supremo. Más difícil me parece conservarlas en adelante, no porque la esperanza de mejor suerte ni el tempor de empeorarla me separen de los justos sentimientos que he manifestado, sino porque presentándose complicado el cumplimiento de mis deberes, no alcanzo a discernir el modo de llenarlos con mayor utilidad pública, aunque no rehuso adoptar el más gravoso a mi persona. En tal conflicto, me he dirigido a la primera autoridad española (ya que no me es posible hacerlo aquí a Su Majestad y gobierno supremo) manifestándole mi disposición a sacrificarme en su obsequio y pidiéndole interinamente la instrucción a que deba arreglar mis procedimientos. Todo esto resulta de la copia que remito con el número 6, y como de la misma aparece el rumbo que se me detalla, lo seguiré mientras tanto Su Majestad no prevenga otra cosa, quedando dispuesto a ejecutar lo que tenga a bien ordenarme. Por la exposición que precede, observará vuestra excelencia la ansiedad con que aguardo la resolución que solicito, y le ruego tenga la bondad de manifestar a Su Majestad mi sincera adhesión, como justo homenaje que le tributa el menor de los españoles y el más favorecido de su real persona.

Creo también oportuno añadir las circunstancias que en la actualidad están haciendo más difícil mi situación: traslucido mi modo de pensar y aun divulgada la voz que he pedido mi pasaporte para la Península, llegan en estos momentos de agitación a interrumpirme las plegarias de algunos europeos, cuya escasa fortuna y crecida familia les precisa a continuar en este suelo; solicitan que no les abandone, pues ya que no me crean en aptitud futura para hacerles bien, esperan les pueda disminuir o preservar de los males que recelan. Mis diocesanos, por otra parte, reclaman la asistencia espiritual que por mi ministerio debe dárseles, alegando para que no la rehúse la consideración que me han guardado. Yo, señor excelentísimo, quisiera acertar, pero ignoro el medio. Fuera un ingrato si dejase de confesar el respeto que debo a mis ovejas, y el amor pastoral que sinceramente les profeso, sin exceptuar a las que han seguido el partido independiente, ni a su mismo caudillo, pero al comparar esta obligación que me impone la sociedad religiosa con la que primeramente contraje en la política, no descubro para conducirme rectamente otra senda que la expresada arriba.

Finalmente, el haber sabido la diferente opinión que por el gobierno y el público se ha formado acerca de los obispos que han permanecido en sus diócesis o las han abandonado al cesar en ellas la legítima autoridad que había; el no hallar identidad de casos, ni providencias para acomodarlas al difícil en que estoy, me obligan a protestar que en las actuales y próximas operaciones, podrá faltarme el acierto mas no la intención pura de buscarlo.

Dios guarde a vuestra excelencia muchos años. Méjico, 24 de septiembre de 1821.
Excelentísimo señor

Pedro, arzobispo de Méjico.

Excelentísimo señor secretario del despacho de Gracia y Justicia.

Segunda carta

Excelentísimo señor

En 24 de septiembre de 1821 pasé al conocimiento de Su Majestad por los ministerios de vuestra excelencia y de la Gobernación de Ultramar la conducta política que me proponía observar mientras tanto Su Majestad no me prescribiese otra. Aquella era la que a mi consulta me había prescrito el jefe superior político D. Juan O’Donojú, primera autoridad española en el país de mi residencia. Y como para el caso de que sus operaciones no tuvieran la real aprobación me prescribía el regreso a la Península a continuar en la posesión de ser individuo y ciudadano de la Monarquía, hube de abrazar este camino, luego que el Gobierno Mejicano me participó para mi inteligencia y observancia su decreto de 19 de mayo último, pues su tenor suponía el caso previsto por O’Donojú, y hacía incompatible con mis deberes políticos el reconocimiento de los que establecía, elevando sobre el trono al caudillo Iturbide. Así lo manifesté al gobierno mejicano en 21 de mayo (como vuestra excelencia se servirá observar en la adjunta copia) quien consecuente a la aprobación que en 15 de octubre anterior había dado a mi adhesión condicional, no podía extrañar ni contradecir mi consiguiente separación política.

En efecto, transferidas mis facultades espirituales a sujetos que le prestaban obediencia, salí de la capital en solicitud de reparar mi salud y de ejercer el ministerio pastoral visitando mi diócesis por el rumbo que me aproximase a las costas del Golfo Mejicano, como hasta la fecha lo estoy verificando. De todo dí noticia a dicho gobierno, y de que en la estación oportuna me trasladaría a Europa. Y llegando esta sin que me hubiese dado contestación alguna, le interpelé escribiendo confidencialmente al mismo Iturbide. Éste, después de haber pasado mi carta a su Consejo, que llama de Estado, me indicó en 30 de diciembre su opinión, relativa a que o haga juramento de fidelidad y obediencia al orden establecido, o seré extrañado con ocupación de temporalidades, prestándose sin embargo a otro medio que en mi concepto puede tener el objeto de forzarme indirectamente a reconocerle o constituirme prisionero, bajo apariencias diferentes.

En tal estado, reproduzco lo que dije oficialmente en 21 de mayo, y me dispongo a salir por la costa de Tampico en el buque nacional o extranjero que, teniendo en consideración los riesgos de piratas y periódica epidemia del vómito mortífero, presente mejor oportunidad para mi traslación a Europa. Ignoro el punto a que arribaré y las escalas que podrá hacer el buque de mi transporte. Mas, siendo el objeto y término la residencia del gobierno de Su Majestad, reservo, para cuando se verifique, la exposición de otras circunstancias que pertenecen a este mismo asunto, anticipando desde ahora mi disposición a ejecutar las órdenes que Su Majestad tenga a bien prescribirme. Lo que ruego a vuestra excelencia se sirva elevar a su real noticia.

Dios guarde a vuestra excelencia muchos años. Santa Visita de Huehuetlán, 31 de enero de 1823.

Excelentísimo señor

Pedro, arzobispo de Méjico.

Excelentísimo señor secretario de Estado y del despacho de Gracia y Justicia

Comentarios: