Campanas

Laudo Deum verum, plebem voco,

congrego clerum; defunctos ploro,

nimbum fugo, festa decoro

Según la tradición las campanas habrían sido introducidas en las iglesias por San Paulino en el siglo V. Sea de una forma u otra, han constituido sin duda un elemento indispensable de los templos a lo largo de los siglos; han marcado el ritmo de las jornadas y el calendario litúrgico, no menos que han sonado en todas las ocasiones, lo mismo festivas que dramáticas, de la vida de los pueblos. Tal vez por ser tan comunes es que hayan merecido poca atención de parte de los historiadores mexicanos. Sin embargo, su importancia ha sido evidente en otras latitudes. Existe por ejemplo una amplia literatura campanera francesa, construida en el siglo XIX en la nostalgia por las campanas destruidas en tiempos de la Revolución, y en el marco también de las disputas locales por el control de su potencia sonora entre los representantes del nuevo Estado, los habitantes de los pueblos y los clérigos. Esa literatura nutrió la obra ya clásica del profesor Alain Corbin, Les cloches de la terre, (Flammarion, 1994) En España se ha hecho también, además de estudios que aprovechan los directorios de campanas de las catedrales, sociología del gremio de los campaneros. En México, hasta donde conozco al menos, existe sólo un artículo de la profesora Anne Staples (“El abuso de las campanas en el siglo pasado”, Historia Mexicana, vol. XLII, núm. 2, pp. 177-193) sobre las críticas de ilustrados y liberales del siglo XIX contra las campanas de la capital del país. La obra de Corbin nos ilustra ampliamente los temas centrales en torno al toque de campanas. Ellas constituían el elemento central de un lenguaje hecho de golpes, repiques y vueltas, con ritmos y combinaciones muchas veces olvidadas hoy en día, que el historiador de las sensibilidades puede encontrar tan pasionante como complicado reconstruir. Su potencia sonora iba asociada a una identidad y un territorio, el de los pueblos orgullosos de la sonoridad y alcance de sus campanarios por encima de sus vecinos y rivales, o el de ciudades “sonantes” donde la acumulación de iglesias y capillas las hacía oír en toda su comarca. La suya es también, desde luego, la historia de la religiosidad, pues en la herencia de la Reforma católica, las campanas estaban ahí en principio para sacralizar cada uno de los momentos de la jornada con las llamadas a la misa, a los oficios, el Angelus, etc. Asimismo, como reza la estrofa del derecho canónico que citamos arriba, estaban ahí para orar por los difuntos. Asociado al tema de la religión está el del sentimiento de seguridad: ni las autoridades eclesiásticas más celosas de la ortodoxia pudieron evitar que los pueblos sonaran sus campanas para llamar a los ángeles en su auxilio contra pestes y tempestades. Al mismo tiempo, hacían escuchar las jerarquías de la sociedad a través de las “sonerías de orgullo” por emplear el término de Corbin. Clérigos y notables asociaban las campanas mayores a sus festejos y conmemoraciones, no menos que las altas autoridades eclesiásticas y civiles. Desde luego, lo más evidente, las disputas campaneras dan cuenta del intento del Estado del siglo XIX de apropiarse del paisaje sonoro de los pueblos.

Prueba de la importancia de las campanas en el mundo hispánico es la abundancia de verbos para designar su sonido. En español, las campanas cuando menos “suenan, repican, repiquetean, tañen, doblan y redoblan”. En México sin duda existen fuentes que nos permitirían hacer una interesante historia de las campanas. Existen directorios al respecto en los archivos de parroquias, catedrales y provincias religiosas, no menos que edictos episcopales puntuales, que nos permitirían acaso reconstruir de manera más directa la cotidianidad de los pueblos, sus sensibilidades, sus devociones y jerarquías específicas. Estas fuentes pueden dar cuenta además del control local de la potencia sonora, muchas veces sometida a la autoridad, no tanto del párroco como de la parroquia, y las intervenciones en ella por parte de las fuerzas armadas externas durante las guerras civiles decimonónicas. De hecho, hay que reconocer que el de las campanas no deja de ser un tema de actualidad, sobre todo las de la Catedral Metropolitana de México. El lector recordará seguramente el incidente de noviembre de 2007, cuando un grupo de activistas de una manifestación que tenía lugar en el Zócalo de la ciudad, sintiéndose interrumpidos por los tañidos, irrumpió en el templo exigiendo su silencio. En febrero, las mismas campanas tocaron al arrebato para dar la bienvenida a otra manifestación que entraba a la plaza. Hasta hoy, pues, las campanas preservan significados simbólicos dignos de tenerse en cuenta.

A título personal, no puedo evitar concluir manifestando mi sincera adhesión a los tañidos de antaño y de hogaño. Motivos éticos (o religiosos mejor dicho), no menos que estéticos y personales, me llevan siempre a detenerme ante los repiques de las iglesias por donde paso para escuchar el que fuera otrora el sonido principal que marcaba el espacio público.

Y bueno, para terminar de manera más sonora, aquí un video de las campanas de la Catedral de Notre-Dame de Paris, repicando de júbilo en la Nochebuena de 2007.Campanas 25-12-08

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