Campanas de Madrid

En otras oportunidades he hablado sobre las campanas, pues bien, creo que es momento de dejarles la palabra. En efecto, aquí un folleto interesante y simpático sobre la conducta de las campanas de la capital española, quienes dejaron el badajo y tomaron la pluma para justificarse ante el público por su conducta durante la crisis de 1808. Recordémoslo muy brevemente, en la primavera de ese año, Napoleón, ya emperador de Francia, llama a Bayona a la familia real española, dividida entre sí. Carlos IV se había visto obligado a abdicar en su hijo Fernando VII. El emperador los reúne sólo para presionarlos para que le cedan la Corona hispánica a él, como efectivamente ocurrió, mientras las tropas francesas estacionadas en la Península se ocupan de tomar el control del país y llevarse de Madrid a los últimos miembros de la familia real. Napoleón, en fin, cederá la corona a su hermano José I. Las campanas, marcadores de la jornada y del calendario, elementos fundamentales del paisaje sonoro, además de símbolos religiosos capaces de ahuyentar los peligros y atraer bendiciones, elementos pues indispensables de la vida de los pueblos, se hacen aquí solidarias también de sus protestas ante la ilegitimidad de las abdicaciones, y de la defensa de “la religión, el rey y la patria”, los valores fundamentales del cuerpo social en su conjunto.

Satisfacción que dan las campanas de Madrid a su vecindario respetable

Queridos vecinos. Todos somos uno, todos vivimos en la Corte, y aunque nosotras estamos en unos puestos tan elevados sabéis muy bien que no nos desdeñamos de hablar con los más humildes; y aunque somos tan cacareras y voltarias, tal vez por esto nos estimáis infinito, porque sois la causa de que demos tantas vueltas. Quedamos ciertamente avergonzadas por el poco gusto que tuvisteis con nosotras el día 20 del pasado mes de julio. El día antes seguramente nos resfriamos a causa de un aire pestilente y corrupto, que venía por la parte del Norte y se nos entró por las narices. Como estamos tan altamente colocadas y los vapores pestíferos suben hasta las nubes llegamos a percibir unos tan apestados, que con ello, quedamos atacadas de un romadizo extraordinario.

Agravose más y más nuestra enfermedad luego que supimos que por aquella parte venía un alienígena despidiendo un olor chotuno, y aun se decía que era muy semejante al de un capote francés, y añadían que venía a ser señor de la Corte. Por más preguntas y por más diligencias que hacíamos no podíamos averiguar de donde procedía un olor tan fétido; pero unas buenas almas nos dijeron que procedía de una gente, que al dicho señor acompañaba y que venía corrompida. Todo esto se deberá entender en buen sentido, o en aquel sentido español, en que cuando vemos y oímos un hecho que desdice, que disuena, que se extraña y que no parece regular, decimos por lo común: esto puede ser sospechoso, esto huele mal; que es un modo de hablar nacional y de costumbre.

Pasábamos con nuestro romadizo y con un dolor intenso de cabeza; y cuando estábamos padeciendo esta indisposición, nos intimaron que habíamos de cacarear esta entrada aunque estuviésemos enfermas. Nos encogimos de hombros y callamos porque como estamos sujetas a la voluntad ajena, que ésta tenga razón, o no la tenga, no sería otra cosa. Como no nos dieron lugar ni aun siquiera para reforzarnos un poco, y como estamos tan débiles a causa de nuestros achaques, disgustadas y con un humor tan impertinente como un tercianario, llegada ya la hora de venir a molestarnos, como si nos hubiéramos dado de ojo, nos hicimos tan pesadas que no pudieron recabar que diésemos ni una vuelta, y sólo lograron doblarnos, y tocar como a cosa de muerto. Con este que tuvieron al parecer por desaire, nos enviaron un recado que de dos a tres de la tarde nos dejásemos tocar con energía, cosa que nosotras jamás habíamos oído; y aunque así se ejecutó, todavía no debieron de quedar contentos, pues al día siguiente convocaron a los sacristanes y monacillos de todas las iglesias a una junta; como si dijéramos a un Concilio de Pistoya, o al descabezado Congreso de Bayona; y les intimaron que si no cuidaban de tocarnos bien, sufrirían una multa y otras cosas; y lo que sucedió fue que nos dieron unas vueltas violentas, y con ellas tuvimos el trabajo y la desgracia de que unas perdieron la cabeza por los vapores dichos, a otra se le desencajó un brazo, quedando por fortuna colgada del otro y estribando en el piso del balcón, la que si hubiera caído a la calle, se hubiera sin duda estrellado; otras finalmente quedaron sin lengua, y cierto que fue una lástima, porque siendo hembras, como somos, perdimos lo mejor. Últimamente nos dejaron tan estropeadas, que no es poca fortuna que lo hemos podido contar. Así lo dice un poeta, pues también entendemos de versos.

Feliz el que padece, y a su tiempo
refiere los trabajos que ha pasado,
y más cuando la escena se ha mudado.

Es verdad que si lo hemos de decir todo, más fue el ruido que las nueces, pues aunque estuvimos tan malas, como hemos supuesto, lo cierto es que no fue así, sino que nos desazonamos tanto con la entrada del intruso, que tuvimos por mal agüero los roncos y destemplados vivas y aclamaciones de los amoladores, de los caldereros y tahoneros franceses. A esto se añadió que el lucido acompañamiento y concurso que salió por curiosidad a recibirle, parecía que estaba helado de frío, no obstante el calor de dicho mes; pues temiendo todos resfriarse, ninguno se quitó el sombrero, ni menos le hicieron un amago de reverencia. El día de una cosa que llamaron proclama fue mucho peor, de manera que viendo nosotras lo que nunca habíamos visto desde que hay mundo, ni se verá mientras le haya, no quisimos concurrir con nuestro obsequio, y nos fingimos enfermas. El buen señor permaneció en la Corte unos diez días, concluidos los cuales, de repente y sin decir oste ni moste, en veinticuatro horas poco más, pies para que os quiero, dijo, púsolos en polvorosa, tomó soleta y huyó más que de paso. Dijeron malas lenguas que tomó con tanta precipitación las de villadiego, porque habiendo sabido que venía a Madrid un animal de las indias, un animal feroz, y tan feroz que se tragaba los hombres enteros, y con más especialidad si eran franceses; y que el tal animal se llamaba provincias: este provincias le acobardó tanto que no halló más remedio que decir: jopo de aquí, y escapar a cuatro pies. Esta es la satisfacción que nos ha parecido debíamos dar a nuestros amados vecinos y compatriotas; y éste fue también el empeño que hicimos de no dejarnos tocar con la energía que solicitaban.

Pero ahora que se ha mudado el sistema, y que la escena ha tomado otro semblante, ya habéis visto cuan dóciles hemos sido a vuestros mandamientos. Se trataba de proclamar a nuestro amado Fernando VII. Entonces nos hicimos de cera, nos derretimos sin dejar de ser de metal y bronce, y nos hicimos a una con el común de sus apasionados, fieles y leales vasallo. ¿Y quién no se había de enternecer a vista de la proclama del día 24 de agosto? De una proclama que no ha tenido igual en los siglos pasados, ni le tendrá en los venideros? Desafiamos a los Alexandros, a los Césares y demás Emperadores romanos, y bajando el tono, desafiamos al miserable Napoleón, para que éste y los demás confiesen la verdad, traguen saliva y se caigan muertos. Nosotras debíamos hacer ahora una pintura asombrosa de una carrera la más magnífica, la más ilustre y la más suntuosa que jamás hayan visto las Cortes más famosas del mundo. ¡Qué trenes! ¡qué carrozas! ¡qué iluminaciones! ¡qué personajes tan ilustres! ¡qué generales tan valientes! ¡qué tropa tan lucida! que Milord tan amable! ¡que inglés tan generoso! Otras plumas más bien cortadas que las nuestras lo harán mucho mejor. Nosotras sólo podemos decir que al echamos nuestras lenguas al aire, y que en nuestro idioma y estilo pomposo y campanudo pronunciamos, clara y distintamente: Viva nuestro amado, nuestro querido y nuestro deseado Fernando VII. Y por si acaso lo dicho no bastaba, estábamos bien dispuestas para decir lo siguiente:

Viva Fernando por eternos siglos,
reine en los corazones y en las almas;
y si el monstruo de Francia lo repugna
¿quién es Napoleón para la España?

Comentarios: