Cofradías de haciendas yucatecas

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Catedral de Mérida, siglo XIX. Imagen tomada del CD “Nación de imágenes, litografía mexicana del siglo XIX . colección de Ricardo Pérez Escamilla”, 1995.

Uno de los puntos que me pareció más interesante de estudiar la reforma de cofradías es que, paradójicamente, era el episcopado, y no tanto los reformadores civiles, quien estaba más interesado en ellas por su lado económico, hasta el punto de definirlas como unos bienes eclesiásticos, que no debían seguir bajo el control de los fieles, sino del propio clero. Uno de los más radicales esfuerzos al respecto fue sin duda, la reforma emprendida en la diócesis de Yucatán en tiempo del obispo fray Luis de Piña y Mazo. Los bienes “vulgarmente llamados de cofradías”, básicamente estancias ganaderas, fueron rematados para reducirlos a capitales que habrían de ser impuestos sobre las rentas reales. Remito al lector al libro en cuestión para conocer más de esa reforma y las reacciones que ocasionó, por ahora dejo aquí simplemente uno de sus documentos principales: el auto del juez episcopal, el provisor, ordenando la venta de esos bienes.

Archivo General de Indias, leg. 3096A.
Auto de venta de haciendas de cofradías del provisor de Yucatán, 1781.

En la ciudad de Mérida, a cinco de septiembre de mil setecientos ochenta y un años. El señor doctor D. Rafael del Castillo y Sucre, chantre dignidad de esta Santa Iglesia Catedral, juez hacedor de rentas diezmales, examinador sinodal del obispado, provisor y vicario general, y especialmente comisionado por el ilustrísimo señor obispo diocesano, mi señor, para entender en la venta y remates, y reducción a censos redimibles de las estancias y demás bienes pertenecientes al culto de los santos, vulgarmente llamados de cofradías.

Habiendo visto estos autos, obrados de acuerdo con su señoría ilustrísima, que constan en primer lugar de una información recibida por mí el infrascripto notario mayor, a quien se cometió, sobre la necesidad y utilidad de vender para convertir en censos las referidas estancias y bienes, por la cual aparece que el señor canónigo mercedario de dicha santa iglesia, Dr. D. Pedro Faustino Brunet; D. José Nicolás de Lara, cura de su sagrario y rector de su seminario conciliar; el señor coronel de milicias D. Alonso Manuel de Peón, caballero del orden de Calatrava; el señor tesorero oficial real D. Clemente Rodríguez Truxillo; el señor coronel de los reales ejércitos D. Francisco Pineiro, sargento mayor de milicias; los caballeros regidores D. José Cano, alguacil mayor, D. Estanislao José del Puerto, abogado de los reales consejos y de los naturales de esta provincia, D. Juan José Domínguez, D. Antonio Roo y Fonte, protector de los naturales y su procurador D. Antonio Brunet, testigos todos de la referida información, declarando los unos bajo la religión del juramento, y certificando los otros según su carácter, deponen unánimemente acerca de la necesidad y utilidad de convertirse en censos perpetuos los mencionados bienes, porque de otra suerte se hallan inevitablemente expuestos a menoscabos y ruinas, procedidas de muchas y diversas causas, así naturales como políticas.

En segundo lugar, de la representación fiscal, constante de fojas diez a trece, reducida a demostrar y apoyar la propiedad, necesidad y utilidad de proceder a la conversión de dichos caudales en censos perpetuos redimibles, como también a exponer el grande e importantísimo servicio que se logra hacer a la Corona, franqueando a Su Majestad todas las cantidades que resultaren de la venta de los referidos bienes, para que sirva de ellas y las emplee en sostener los muchos y frecuentes desembolsos que ocasiona a su real erario la presente guerra, imponiéndolas al censo redimible sobre sus rentas reales, según sus soberanas intenciones, declaradas por su real cédula de diez y siete de agosto del año próximo pasado.

En tercer lugar, de las certificaciones del notario mayor y los receptores de esta curia, colocadas a fojas catorce y quince, relativas de las antiguas y continuas quejas y recursos de los indios contra los mayordomos, administradores o ecónomos, tanto eclesiásticos como seculares, encomendados de dichas estancias, con motivo de las extracciones clandestinas que de ellas se ejecutan, de la poca o ninguna eficacia de las providencias que para su remedio se han expedido por este tribunal eclesiástico, de la indiferencia con que se mira el culto de los santos, y finalmente de la firme resolución que a vista de todo han tomado los señores jueces antecesores de vender las mencionadas estancias siempre que se les presentase comprador.

En cuarto lugar, de la representación de treinta y uno de agosto presentada por el abogado de los naturales de esta provincia, a consecuencia de auto de treinta y uno de julio, en que se le mandó dar vista de estas diligencias, para que expusiese sobre ellas cuanto le pareciese conducente a resguardar los derechos de sus clientes, por la cual refuerza las razones y fundamentos que había expuesto por su declaración de fojas seis, para que se procediese a la venta y reducción a censos de las mencionadas estancias, como necesario, útil y conveniente, no sólo al culto y a la perpetuidad de dichos bienes, sino también a los mismos indios, por los motivos que expresa, exponiendo al mismo tiempo diversas reglas y condiciones que cree preciso se observen por este tribunal en las ventas y remates de las estancias, a efecto de que los indios queden con la propiedad y uso de las tierras que les pertenecen por hallarse dentro de la demarcación de sus pueblos, y de que sean demolidas las haciendas situadas junto a ellos, a menos distancia que la que permite la costumbre de la provincia, por los perjuicios que les causan los ganados, y de que hasta ahora han sido molestados, sin reclamarlos por respetos de los santos.

Y finalmente, de la certificación despachada por el notario mayor de esta curia eclesiástica, constante a fojas diez y nueve, que demuestra haberse vendido por el mismo tribunal en tiempo de varios señores ilustrísimos y provisores muchas estancias pertenecientes al culto de los santos, de las que vulgarmente llaman cofradías, dijo su señoría:

Que es visible, pública y notoria la necesidad de reducirlas a censos perpetuos para libertarlas así de los menoscabos y ruinas que han padecido en otros tiempos y se hallan expuestas a sufrir en lo venidero, por causa de las hambres, secas y plagas de que es perseguida esta provincia, como también de los daños y perjuicios que siempre han experimentado por las extracciones, quiebras, descubiertos y mala versación de los mayordomos, priostes o patrones, a pesar de las providencias, instrucciones y reglas con que los ilustrísimos señores antecesores y particularmente el señor D. Juan Gómez de la Parada y el señor D. fray Ignacio de Padilla, de gloriosa memoria, han procurado redimir dichos bienes de todo atraso, quebranto y exterminio, y sin embargo de que con el mismo objeto los han encomendado unas veces a indios, otras a curas y últimamente a españoles, resultando de su mala cuenta y administración que no se cumplen las disposiciones de sus piadosos fundadores, ni se da a los santos el culto que han deseado, que asimismo es visible, pública y notoria la utilidad que resulta a los propios bienes, al culto de los santos, a los mismos indios, y al resto de los habitantes de esta provincia, de que se vendan y reduzcan al censo, aun en el caso de que no fuese necesario hacerlo por las razones antecedentemente expuestas, pues dado, y no concedido, que ni se hallasen amenazadas de casos fortuitos, menos contingentes en el país que en otra parte, ni tampoco sujetos a malos administradores, siempre quedaban pensionados con multitud de gastos inevitables y precisos, cuales son el diezmo, el rediezmo que tiran anualmente los citados administradores, la contribución señalada a los curas por su asistencia a las hierras de ganado y castras de colmenas, los salarios de vaqueros y sirvientes, la toma anual de cuentas y visitas generales de que van a quedar libres para siempre dichas fundaciones, con las ventajas de que todo lo que se ahorra de dichos gastos puede emplearse en el mayor culto de los santos, y agregarse a su fondo; de que trasladadas a otros dueños, en quienes no concurren las circunstancias que tanto respetan los indios, por principios de religión y piedad, no sólo reclamarán los perjuicios que les causen por su inmediación a los pueblos, sino que se libertarán para siempre de que los administradores a título de que trabajan para los santos, los tengan empleados en hacer su propio negocio, sin pagarles el jornal correspondiente, y también que poseídas y administradas las enunciadas haciendas por dueños propietarios y no por manos precarias, que sólo trataban de su interés particular, destrozándolas y arruinándolas a su arbitrio, para emplear en gastos y diversiones profanas los bienes eclesiásticos, es consecuente que se fomenten los ganados, abunde la cera y la tierra se cultive con otro interés, beneficio del común, del rey y de la Iglesia, por razón del aumento que tomarán los diezmos, y que finalmente, además de las causas de necesidad y utilidad que obligan a convertir en censos redimibles los mencionados bienes, muebles, raíces y semovientes, interviene también la de piedad, por estar destinadas las cantidades que procediesen de su venta para que Su Majestad las emplee en sostener la presente guerra, contra los enemigos de la Iglesia y del Estado, recibiéndolas al censo sobre sus rentas reales, conforme a la real cédula de diez y siete de agosto del año inmediato pasado, que según el sentir de los mejores autores es una de las causas más piadosas que pueden mover el ánimo de la Iglesia, no ya a vender sus bienes para reducirlos a censos, sino para enajenarlos, distraerlos y consumirlos, y que en consecuencia de todo lo referido, aprobaba y aprobó la expresada información de necesidad y utilidad, interponiendo en ella para su mayor validación su autoridad y judicial decreto.

Que declaraba y en toda forma declaró ser necesario, útil y piadoso reducir a censos perpetuos redimibles impuestos sobre rentas reales los caudales resultantes de la venta de las mencionadas estancias, bienes muebles, raíces y semovientes, a cuyo efecto mandaba y mandó, que no sólo en esta ciudad, la de Campeche y villa de Valladolid, sino también en todos los pueblos se haga saber, que dentro de cuarenta días contados desde el doce del corriente mes y año, se han de vender en pública subastación y rematar en el mejor postor las estancias, sitios y colmenares que se llaman de cofradías, para reducir su valor a censos perpetuos, impuestos a razón de un cuatro por ciento sobre las rentas reales, y lo que no quisiere Su Majestad, a razón de un cinco por ciento según la costumbre de la provincia, sobre fincas libres, idóneas y bien acondicionadas, a satisfacción del tribunal, con intervención del promotor fiscal de esta curia y demás requisitos que se han establecido en el presente gobierno, conforme a derecho.

Que los vicarios jueces eclesiásticos de Campeche y Valladolid, y demás pueblos, manden dar desde el día señalado treinta pregones a las referidas estancias, sitios y colmenares, fijen cedulones en partes públicas y acostumbradas para que a todos conste, y puestas por diligencias con las posturas, pujas y mejoras, los remitan a este superior tribunal, con citación de los postores, para que por sí o sus poderes ocurran al remate que deberá hacerse de todas ellas en esta ciudad y curia eclesiástica, bajo de las calidades, circunstancias y condiciones siguientes.

Primera: Que desde luego será de cuenta de los rematadores satisfacer las costas que se ocasionen para que en esta inteligencia hagan sus posturas, pujas y mejoras.

Segunda: Que el valor de dichas estancias, sitios y colmenares se ha de entregar de contado en cajas reales, y en moderna corriente, sin recorte, vicio ni defecto, a satisfacción del señor tesorero juez oficial real.

Tercera: Que se corra en el supuesto y concepto de que el tribunal eclesiástico vende las expresadas estancias en que sólo tiene uso y derecho de servidumbre, según y como las han poseído y disfrutado los santos a quienes han estado consagradas, sin más dominio, propiedad y derecho que el que han tenido, vendiendo solamente lo que puede vender, y no lo que no puede ni le pertenece, esto es, la propiedad de aquellas tierras situadas dentro de la demarcación de los pueblos de indios, que comprende sus ejidos y propios, la cual como también el uso de labrar los montes.

Cuarta: Que las haciendas establecidas cerca de los pueblos, a menos distancia que la que permite la costumbre de la provincia, deben ser demolidas por el perjuicio que infieren a los indios los ganados, en cuyo caso sólo éstos se han de entender vendidos, sueltos y por sí solos, sin tierras, ni otro derecho alguno.

Que se haga saber este auto al licenciado D. Estanislao José del Puerto, regidor perpetuo de esta ciudad, abogado de los reales consejos y de los naturales de esta provincia, como también a su protector D. Antonio de Roo y Fonte, para que en su inteligencia promuevan en favor de sus partes lo que les parezca propio de su instituto y obligación, en la seguridad de que el ilustrísimo señor diocesano no desea otra cosa que el bien, alivio y fomento de los indios.

Que no se proceda a pregonar postura de ninguna hacienda en particular sin dar antes traslado a dicho caballero abogado para que represente por sus clientes lo que tuviere por conveniente, en vista de las circunstancias de dicha hacienda, que se le harán saber insertándose en cada cuaderno de remates la respectiva relación de la estancia testimoniada fielmente de las originales que han remitido los curas dela diócesis.

Que se cite al mismo caballero abogado y al protector D. Antonio Roo y Fonte, siempre que haya de verificarse algún remate, para que lo asistan, presencien y autoricen y firmen, como partes interesadas, se evite todo perjuicio a los indios y todo se practique sin vicio ni defecto que pueda inducir nulidad de los actos.

Que desde luego se pasen estas diligencias al ilustrísimo señor diocesano mi señor, para que sobre la ejecución de esta providencia, su suspensión, modificaciones o ampliaciones sobre las instrucciones que indispensablemente deben darse a los curas, administradores o ecónomos de los futuros censos, acerca del cumplimiento de sus piadosas obligaciones, tasa de gastos y demás circunstancias y puntos relativos, y sobre proponer a Su Majestad lo que le pareciere en orden a la administración de dichos censos, aplicación de los sobrantes de sus réditos anuales, disponga lo que juzgare más conveniente al servicio de Dios y bien común de los indios.

Que nombrando como nombraba por tasadores de los mencionados bienes a D. Alexandro Solís y D. José Antonio Esturla, para que previa la superior aprobación de su señoría ilustrísima, procedan asociados con el tasador público a hacer su justiprecio, con la mayor pureza y legalidad, se les dé noticia de este encargo, lo acepten y juren en toda forma, por ante mi el presente notario mayor.

Y finalmente, que pare instruir de todo a los vicarios foráneos de la provincia, y que tenga su debido cumplimiento, se les libren despachos con inserción de este auto, a los de Campeche y Valladolid, y a los demás cartas cordilleras, sustancialmente relativas de sus particulares, por el cual su señoría proveyó, así lo mandó y firmó, de que doy fe.

Doctor Rafael del Castillo y Sucre.

Ante mí, Antonio de Solís, notario mayor.

Laicidades

7784257219_bruno-le-maire-nicolas-sarkozy-valery-giscard-d-estaing-claude-bartolone-manuel-valls-et-francois-hollande-a-notre-dame-de-paris-le-27-juilletA fines de julio de este año se celebró en la Catedral de Notre-Dame de París una misa en memoria del sacerdote católico Jacques Hamel, asesinado el 26 de ese mes por seguidores del Estado Islámico. A ella asistieron, como vemos en la foto, el presidente François Hollande, el primer ministro Manuel Valls, los presidentes de la Asamblea Nacional y del Senado, así como los expresidentes Valéry Giscard d’Estaing y Nicolas Sarkozy. Esto es, las más altas autoridades de la República Francesa, república laica, y donde los medios hablan con cierta frecuencia de la laicidad como un elemento practicamente identitario, parte fundamental de la “excepcionalidad francesa”.

Empero, en realidad no es cosa tan rara ver a las autoridades del Estado francés asistir a ceremonias religiosas. De hecho, la alcaldesa de París, Anne Hidalgo, asistió a la misa vespertina del 15 de noviembre de 2015 en esa misma catedral, en homenaje a las víctimas del atentado que tuvo lugar en esa ciudad unos días antes, durante la cual, por cierto, el gran órgano de la Catedral hizo sonar La Marsellesa en el ofertorio. En las exequias de otro clérigo querido de la sociedad francesa, el padre Pierre, en 2007, estuvieron presentes también los altos funcionarios, encabezados por el presidente Jacques Chirac. La Catedral de Notre-Dame no tiene el monopolio exclusivo, pues la Catedral de Saint-Louis-des-Invalides sirve asimismo de iglesia para los funerales de los senadores franceses, en el video de abajo podemos ver, por ejemplo, las de Philippe Séguin en 2010.


Evenement – Les Obsèques de Philippe Séguin aux… por publicsenat

En México, república laica conforme al artículo 40 de la constitución federal, tampoco ha sido del todo raro ver la presencia de autoridades civiles en ceremonias religiosas en nuestros días, pero se convierte en general en tema de controversias. Cabe aclarar un punto importante. Las asistencias que he tomado del caso francés, son todas de carácter oficial; es decir, son eventos que se marcan en la agenda de los funcionarios públicos, tanto socialistas como gaullistas, quienes en realidad no están ahí haciendo gala de su confesión religiosa particular, sino en su carácter de autoridad de la república. Se trata normalmente de ceremonias fúnebres, esto es, su presencia es para participar de los homenajes a personajes de cierta relevancia para la vida pública. Esta semana hemos tenido en México, en la ciudad de Xalapa en concreto, un caso semejante con el deceso del presbítero y doctor José Benigno Zilli. Filósofo ampliamente conocido y reconocido de la sociedad y del ámbito académico  xalapeños, fue tanto formador en el Seminario arquidiocesano como profesor en la Universidad Veracruzana, donde dirigió incluso la Facultad de Filosofía, según la información del propio sitio de internet de esa Casa de Estudios. A la misa de exequias que en la Catedral de Xalapa encabezó el arzobispo emérito Sergio Obeso Rivera (quien pronunció una emotiva homilía), asistieron tanto el gobernador electo, como la rectora de la Universidad, la Dra. Sara Ladrón de Guevara, como podemos ver en esta nota.

Aunque no es que haya una definición absolutamente consensuada de la laicidad, digamos de manera breve que se trata básicamente del principio de separación de lo religioso y lo político. Mas la laicidad declina de muchas formas, y por definición tiene límites. En este caso bien concreto, mientras existan asociaciones religiosas, habrá sin duda personalidades públicas que pertenezcan o que incluso sean ministros de culto en ellas, pero que al mismo tiempo se desempeñen en ámbitos públicos, en la academia como fue con el padre Zilli, o en la labor social, como fue en Francia el padre Pierre, a quien he mencionado más arriba, o en México incluso en actividades políticas, como sucede actualmente con el padre Solalinde. La civilización occidental ha tendido a organizarse a partir de elementos binarios entre los que tratamos de trazar fronteras más o menos estables y definidas, mas hay que reconocer que, aun con voluntad de respetarlas, cualquier esfuerzo de separación tiene algo de artificial en la medida en que son las mismas personas las que viven entre lo público y lo privado, lo político y lo religioso, etcétera. Más allá de que las instituciones públicas puedan entregar reconocimientos o hacer homenajes en vida y en un marco secular a esas personalidades que se sitúan en dos ámbitos distintos, en algún momento llega el caso de tratar de sus exequias. Por ello es que a lo largo de nuestra historia se ha ido desarrollando un cierto catálogo de homenajes laicos paralelos: desde ceremonias con asistencia de las autoridades públicas (como las que en México se realizan en escenarios como el Palacio de las Bellas Artes para los artistas, o los honores militares en el caso de miembros de las fuerzas armadas), hasta simples comunicados oficiales.

En fin, paradójicamente, si la autoridad pública renunciara por entero a participar en esas exequias, sería tanto como dejar el postrero homenaje a una personalidad pública, en manos únicamente de autoridades religiosas. A falta pues de enriquecer la liturgia laica fúnebre, acaso valdría la pena recuperar al menos una tradición también francesa –napoleónica en específico– en el sentido de enmarcar esa asistencia oficial a ceremonias religiosas en un protocolo que evite los gestos explícitos de sumisión, como el arrodillarse o tomar los sacramentos en el caso de una misa de exequias, incluso si se trata de personas de confesión católica.

El nuevo culto de los muertos

51we3pn4evlEl texto que aparece en el vínculo de más abajo corresponde a la traducción, libre y no profesional, hecha con fines únicamente de difusión, del segundo capítulo de la obra de Emmanuel Fureix, La France des larmes. Deuils politiques à l’âge romantique (1814-1840), publicada en 2009 por la editorial Champ Vallon. El lector encontrará aquí una exposición amplia de lo que significó la modernidad en materias fúnebres para el caso concreto de la capital francesa. Nunca está de más recordarlo: la muerte es un dato antropológico, todos morimos, pero la forma en que nos relacionamos con ella varía según las circunstancias históricas, y en ese sentido, la muerte no tiene un significado único ni universal.
La modernidad reorganizó a la vieja sociedad occidental en torno al concepto del individuo, y de nuevas dicotomías, como lo público y lo privado, o lo político y lo religioso, afectando todos los aspectos de la vida social, la muerte incluida. No sólo nos referimos a las ceremonias propiamente dichas, sino también al tratamiento de los cuerpos y a los nuevos lugares de entierro, las que el autor llama “utopías funerarias”, los cementerios, en concreto, el célebre Père-Lachaise. De manera fundamental, el autor aborda la politización de los muertos, no sólo de su memoria y de su celebración ritual y monumental, sino de los propios cadáveres, enteros o en fragmentos.
A los mexicanos se nos ha enseñado a pensar que nuestra relación con lo macabro es, al menos, particular. Sin embargo, el lector encontrará aquí ejemplos interesantes para matizar esa originalidad. Para los jóvenes estudiantes de Humanidades, y en particular de Historia, es una lectura además recomendable para darles pistas para construir sus propios objetos de estudio. Las tumbas, las inscripciones en lápidas, los monumentos, la organización misma de los cementerios, son también objeto interesante de la Historia como ciencia, la Historiografía, que siguen requiriendo nuevos acercamientos.
Sin más pues, aquí esta nueva traducción, que muestra cómo la secularización alcanzó también a los cadáveres en la primera mitad del siglo XIX.

El fanatismo y Agustín Rivera, una nota

En este año se ha cumplido el centenario de la muerte del Dr. Agustín Rivera y Sanromán. Para recordarlo, nada mejor que leer y analizar sus numerosos escritos. Rastrear en particular la presencia del concepto de fanatismo en sus textos, situándolos en el contexto de su obra e incluso de su vida, tiene cierto interés para comprender mejor su evolución como “escritor público”. De las 158 obras que hemos podido identificar de este autor, he revisado 83 buscando las formas léxicas fanatismo, fanático y fanáticos, que aparecen un total de 277 ocasiones. Así resulta esta primera gráfica de distribución de esas obras por año.

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Frecuencia absoluta de tres formas léxicas relacionadas con fanatismo en 81 obras de Rivera distribuidas por año

Desde luego ya resalta la concentración en dos obras principalmente, y su presencia además, en ciertos períodos, como la década de 1880, los últimos años de la siguiente y hacia 1910. Para una imagen de la presencia de este concepto en el conjunto de las obras y de la muestra que hemos construido, tenemos este otro gráfico, en el que hemos agrupado a las obras de Rivera por décadas, incluyendo el total de las publicadas en cada período, las revisadas aquí y las que incluyen los términos citados antes. Como se ve, en realidad es un asunto que interesó al autor sobre todo ya después de sus 60 años, entre 1887 y 1910.

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Número de obras en que aparecen los términos relacionados con el fanatismo en una muestra de obras de Agustín Rivera distribuida por décadas.

Pasemos a analizar los textos propiamente dichos. La gran figura de excepción en el tratamiento del fanatismo por Rivera es sin duda el Compendio de historia antigua de México del que he hablado antes. La repetición de estos términos es alta porque Rivera argumentaba que los aztecas, a causa de su “imaginación muy exaltada”, no habían sido tanto bárbaros cuanto fanáticos, sus sacrificios humanos de origen religioso eran la mejor prueba. Para confirmar esta caracterización, planteaba un “paralelo entre los sacrificios humanos de los aztecas y las hogueras de la Inquisición española”. Ese pasaje comenzaba con la acostumbrada ironía de nuestro autor: “Graciosos estaban los españoles en México cuando decían ‘¡Sacrificar a los hombres sacándoles el corazón! ¡Eso es horroroso! No: solamente quemémoslos’…”

imagen3No era un asunto menor, sino una manera de constatar la racionalidad de los aztecas, no menos que el carácter relativamente positivo de esa “religión primitiva adulterada”: en el fanatismo había “verdades luminosas” decía citando la Enciclopedia de Mellado. Para ilustrar su argumento presentó una serie de cuadros de fanáticos que incluían hasta a “sabios fanáticos” como Tertuliano, Orígenes, Pedro Abelardo y Felipe II.

En sus trabajos sucesivos el fanatismo va perdiendo ese carácter luminoso y se asocia con tres categorías de personajes: primero, con el ultramontanismo, es decir, el movimiento de renovación católica que rechazaba al liberalismo; segundo, con fundadores de otros movimientos religiosos; tercero, con los enemigos de la independencia y del partido liberal en México. En ese sentido iba el uso del término de la década de 1880: en Los dos estudiosos a lo rancio (1882) eran fanáticos los católicos ultramontanos opuestos a la enseñanza de los clásicos paganos; en La filosofía en Nueva España (1885) la nómina se ampliaba con Confucio, Buda, Zoroastro, Numa, Mahoma, Quetzalcóatl, Arrio, Lutero y Calvino; en los tres tomos de los Principios críticos del virreinato (1884, 1887 y 1888), es más severo con los aztecas (tomo I), mientras que sus héroes intelectuales hispánicos, Cervantes y Feijoo, se presentan como combatientes del fanatismo (tomo II), agregando finalmente a los jesuitas como fanáticos y a ciertos sectores de frailes y clérigos novohispanos (tomo III). Los Treinta sofismas de 1887 incluyeron en concreto a la lista a un jesuita, Mariano Vallarta, pero sobre todo, de manera sutil, al canónigo Agustín de la Rosa, con quien Rivera debatía en ese texto. En fin, los Anales de la época de la Reforma (1890), incluyen a los enemigos de la Constitución de 1857, bien que aparece la distinción entre conservadores y fanáticos. No dejó de sumar nombres a su lista, ahora ya contemporáneos del siglo XIX como el sacerdote español Félix Sardá.

imagen4Fue sin duda este último quien dio a Rivera la oportunidad de explayarse en esta materia. Sardá publicó un opúsculo titulado El liberalismo es pecado en 1884, cuya difusión en México motivó a nuestro autor a tomar la pluma para combatirlo. En las 79 menciones de los términos que antes citamos estamos ya por entero en las antípodas del Compendio de Historia antigua de México. Fanatismo se asocia al pasado, a la “plebe”, a la superstición, a la enemistad con el liberalismo y con el progreso, a la ceguera, a la ignorancia, y sobre todo al crimen. “Nada en el mundo ha causado tantos males como el fanatismo” llegó a escribir, utilizando ahora descalificaciones eclesiásticas y en femenino para citarlos, por ejemplo, “multitud de viejas y sacristanes”. Empero, advertía sobre su peligrosidad. Los clasificaba en “leones” y “zorras”, los primeros “groseros y tontos”, “de poca sal en la mollera”, pero en cambio los segundos, capaces de seducir aprovechando relaciones familiares y de amistad, y en particular, aprovechándose de la “vanidad” de las mujeres. Sin embargo, es importante decirlo, Rivera a esas alturas cuestionaba la autenticidad de la religión de los fanáticos, tan es así que el texto se termina con un lamento por la religión católica, por aquellos que trataban de sostenerla “con las armas, con el dinero, explotando los más vivos sentimientos de la naturaleza”, es decir, los de la familia. En suma, fanatismo es aquí, sobre todo, y me parece es la evolución más significativa de Rivera, un problema de la frontera entre lo político y lo religioso. Eran fanáticos quienes “con todos los medios de la política humana” confundían a la Iglesia con una institución profana.

Hubo al menos otras cuatro ocasiones importantes en que volvió sobre el fanatismo. Dos nos resultan ya muy familiares: Los pensadores de España (1899) y los Anales de la vida del padre de la patria (1910) continúan el camino abierto en la década de 1880, el de la denuncia del pasado virreinal y de los enemigos de la independencia. Los otros dos tienen todavía rasgos originales: en Los hijos de Jalisco (1897), Rivera ofreció a sus lectores, con la biografía del padre Rafael Herrera, un retrato del “carácter” de los fanáticos. Conviene destacarlo, el retrato de caracteres era una de las técnicas con las que Rivera esperaba educar a la sociedad a través de la lectura y la oratoria, favoreciendo la transformación del carácter y el temperamento del público, mediante las emociones suscitadas por los textos. En consecuencia, pintó un retrato satírico y ridículo de Herrera.

imagen5Poco más de una década más tarde, publicó los Recuerdos de mi capellanía de las capuchinas de Lagos (1908), marcados por el aire de balance de una vida ya larga, de más de ochenta años, que había mostrado ya en el folleto las Bodas de oro. En esa breve reflexión autobiográfica Rivera le da sentido a sus sesenta años de escritor público insinuando que fueron un constante combate contra el fanatismo, dejando por completo en el olvido la luminosidad que le había dado en los años 1870, y olvidando también que no había sido tan constante, pero confirmando su lado elitista: “Desde mi juventud me ha agradado mucho este pensamiento de Hardouin que leí en César Cantú: Me levanto todos los dias al amanecer, ¿acaso para pensar como el vulgo?”  En fin pues, consecuencia de su visión teológica harto tradicional de la naturaleza humana, el combate contra el fanatismo que lo unía a los partidarios de la modernidad, se diría que había llegado a dominar tanto su visión de la sociedad, como la de su propia vida.

Unas honras de gala por el conquistador

DSCF4156El ceremonial católico no era un asunto privado en el Antiguo Régimen, sino también el ceremonial por excelencia de la monarquía católica. Por ello servía también para honrar, de manera “oficial” digamos, la memoria de los reyes, la familia real y los que eran considerados los grandes hombres que habían servido a la Corona y a la causa del público. No existían, como en nuestros días, ceremonias civiles fúnebres, como las que hoy vemos celebrar a las fuerzas armadas en honor de sus caídos, o las que el mundo de la cultura rinde a los suyos en escenarios como el Palacio de Bellas Artes. De ahí que no sea extraño que el 8 de noviembre de 1794 el Cabildo Catedral Metropolitano de México celebrara unas honras fúnebres, con misa y sermón al menos, por el alma de Hernán Cortés, el conquistador de México, motivadas ante todo por haber sido “virrey de este reino”.

Nacionalismo de por medio, para algunos puede sonar escandaloso recordar siquiera una ceremonia semejante; conservadurismo de por medio, puede en cambio sonar a una idea que debiera rescatarse. No es esa la intención aquí, sino servirnos de la nota que el secretario del Cabildo Catedral asentó en el libro de actas para recordar que, paradójicamente, esas ocasiones solemnes por la memoria de un difunto, podían servirle a esa corporación clerical para lucir su jerarquía. Justo por ello, porque era una celebración que podía repetirse después y podía suscitarse alguna contestación de las otras corporaciones de la ciudad, y no porque quisiera dejar a la posteridad un recuerdo erudito, el secretario detalló los elementos que formaron el ritual.

DSC_0034Las campanas de la Catedral doblaron desde la víspera, por el conquistador, cierto, pero también recordando en su ejercicio mismo que no era algo que hicieran por cualquiera: como mucho y a regañadientes, por los oidores de la Real Audiencia y sus esposas, ni siquiera por el clero del Sagrario Metropolitano. Se llevaron al hospital de Jesús las sillas de los canónigos, símbolo fundamental de su autoridad, así como algunos de sus ornamentos más preciosos, lo que es un detalle menor, en una sociedad en que la apariencia era decisiva para la identidad de las personas y su jerarquía. Mas había que dejar constancia también de aquello que los canónigos no hicieron y que luego hubiera podido exigírseles, en este caso, el sermón, que predicó un dominico, el padre Mier. Última paradoja para nosotros, que sabemos la trayectoria posterior de dicho fraile, pero eso es motivo de otro artículo.

Muy brevemente ya, aquí la nota tal cual aparece en las actas capitulares.

 

Archivo del Cabildo Catedral Metropolitano de México, Actas de Cabildo, libro 58, fs. 147-147v.

Consecuente a lo resuelto en Cabildo de 7 del próximo pasado octubre sobre que este verable Cabildo se ofreciera a celebrar las honras del excelentísimo señor conquistador D. Fernando Cortés en la iglesia del hospital de Jesús Nazareno, la cual oferta fue aceptada gustosa y agradecidamente por el señor gobernador del Estado y Marquesado del Valle, las cuales honras de facto se celebraron el día ocho del corriente mes de noviembre, para lo cual se dobló de Cabildo en esta Santa Iglesia la víspera a las doce y a la oración, y el día a las cinco y media y durante la misa y el responso. La víspera se llevaron las sillas de este Venerable Cabildo, que se pusieron en el presbiterio y se llevó el ornamento rico hecho en Toledo para la misa, con los demás utensilios necesarios al sacrificio. El día se entró en coro a las ocho y media y finalizada la misa y la sexta se fueron los señores capitulares en lo privado y particular a Jesús Nazareno, en donde se vistieron en la sacristía de roquetes, capas y capuces de duelo, y así salieron a ocupar sus sillas al presbiterio durante la misa, sermón y reponso. Cantó la misa y el responso el señor tesorero Dr. D. José Ruiz de Conejares, fueron ministros los señores Madrid y Guevara, y predicó el padre lector Mier del orden de Santo Domingo. Asistió a esta función el excelentísimo señor virrey Marqués de Branciforte, la Real Audiencia y tribunales; ofició la capilla de esta Santa Iglesia con música muy particular; no se ganó el coro con la asistencia a las honras. Y por que conste, de mandato del señor deán, asiento esta razón que firmó S.S. por ante mí en el mismo día ocho de noviembre de mil setecientos noventa y cuatro.

El Deán

La piedad testamentaria de la élite orizabeña del siglo XVIII

Fragmento traducido de la tesis “Utilité du public ou cause publique. Les corporations religieuses et les changements politiques à Orizaba, (Mexique) 1700-1834”, presentada para obtener el grado de Doctor en Historia de la Universidad Paris I Panthéon-Sorbonne en septiembre de 2010. La versión original puede verse en este mismo sitio en la sección correspondiente.

Catedral y el padre Llano 2

Antigua iglesia parroquial de San Miguel de Orizaba, actual catedral.

Como en el caso del capitán Bringas y del regidor Montes Argüelles, las fuentes notariales nos permiten identificar otras prácticas piadosas de los notables devotos, en este caso las prácticas testamentarias. Seguimos aquí, cierto, las prácticas identificadas ya hace tiempo por la historiografía francesa, especialmente por Michel Vovelle, bajo el término de “piedad barroca”[1]. Es interesante abordar el tema pues en el caso de México la obra de Vovelle ha tenido muy escasa recepción en la historiografía mexicanista, a diferencia por ejemplo de la historiografía española, donde los estudios sobre las actitudes ante la muerte han estudiado sistemáticamente los testamentos de varias regiones de la Península[2]. Presentaremos aquí tan sólo una primera aproximación a la piedad testamentaria de la élite de Orizaba, pues veremos sus transformaciones en el capítulo siguiente. Los datos proceden del análisis de las 79 últimas voluntades de que disponemos de entre los 226 miembros de la élite orizabeña de finales del Antiguo Régimen, dictadas entre 1767 y 1829.

En esta época, cabe recordarlo, los testamentos comenzaban siempre con una profesión de fe e incluso una invocación de la Virgen, de San José y del santo patrono del testador como abogados ante el tribunal divino. Enseguida, incluían cláusulas donde se indicaba la elección de la sepultura y de las honras fúnebres, con el número de misas mortuorias[3]. Entre las devociones testamentarias de los notables, la más extendida era sin duda la elección del hábito franciscano como mortaja: la encontramos en cincuenta casos, es decir poco más de un quinto del total. Los notables de la villa actuaban como los más visibles de la sociedad de la época: los nobles. En efecto, el hábito franciscano era también la mortaja más frecuente de la nobleza novohispana de la época[4].

El hábito franciscano permitía a los difuntos ganar las indulgencias propias de los religiosos; sin embargo, uno de los notables orizabeños decidió ir más allá un poco antes de su muerte. Alexandro Fernández era un comerciante originario del reino de Oviedo, pero vecino de Orizaba. Como la mayor parte de la élite de la villa era cosechero de tabaco y fue incluso diputado del gremio en 1771. Previamente había sido administrador de las alcabalas designado por los vecinos (1770), pero sin duda era ya conocido en la villa por ser colector de diezmos desde 1768. Además, tenía buenas relaciones con los otros notables: compadre del regidor Juan Antonio de Cora, amigo de Marcos González, comandante de las milicias de la villa, estaba casado con María Josefa de la Vega, hija de otro comerciante. Mas nos interesa sobre todo porque se reveló como un devoto, en particular en sus últimos días. Cierto, era cofrade del Santísimo Sacramento, y fue incluso mayordomo entre 1768 y 1769. En 1773 una enfermedad lo obligó a dejar todos sus negocios bajo la responsabilidad de su esposa y amigos para retirarse al convento de San Francisco de Puebla, donde profesó antes de morir el 23 de agosto[5].

Los funerales de este comerciante ejemplar retirado al convento fueron espectaculares. Su cuerpo, revestido con el hábito franciscano, fue llevado por “doce pobres” hasta el cementerio del convento de Puebla, acompañados por el párroco, el sacristán y numerosos clérigos, quienes cantaron el responso, como hicieron también las otras comunidades religiosas de la ciudad. Mas Alexandro Fernández no fue el único notable orizabeño del siglo XVIII que designó el lugar de su descanso eterno y sus pompas fúnebres, dos preocupaciones que acercaban a los notables de la villa, de nuevo, con las prácticas de la nobleza del reino[6]. En total treinta y cinco personajes de la élite mostraron ese cuidado. Cierto, es una proporción pequeña en relación al total, pero es significativo que se encuentren entre esta treintena de personas una cuarta parte de los miembros del ayuntamiento, de los que ocho se enterraron en el convento carmelita. Los cinco primeros regidores, por ejemplo, designaron todos su lugar de entierro: reposan hasta hoy en el convento carmelita, en la iglesia parroquial y en la capilla del Rosario[7].

Como en el caso de los nobles estudiados por Verónica Zárate Toscano, hay pocos testimonios de las pompas fúnebres de los notables. Como los habitantes de la ciudad de Puebla, los orizabeños tuvieron la ocasión de ser testigos de los funerales de un regidor devoto: Manuel Montes Argüelles. Comerciante y cosechero de tabaco, Montes Argüelles había sido uno de los vecinos más importantes de la villa. Había ocupado cargos en las corporaciones civiles locales: consejero de la diputación de tabaqueros en 1771, regidor juez provincial de la Santa Hermandad (1767-1774) y más tarde regidor defensor de menores (1774-1785). Había sido también consejero del vecindario para la administración de las alcabalas y procurador del ayuntamiento. Igualmente había ejercido cargos a nombre del rey: correo mayor, comisario real de guerra y recaudador de anatas. El regidor fue también servidor de la nobleza: administró largo tiempo los intereses del conde de Medina y Torres y los del marqués del Valle de la Colina[8].

Tras su muerte, Montes Argüelles fue revestido con el hábito franciscano y enterrado en el cementerio del convento de carmelitas. El entierro, según declaró su hermano, fue hecho “con toda la pompa y esplendor posibles”. Los regidores, formados en cuerpo y precedidos por sus maceros, acompañaron el cadáver de su colega mientras que ese día y los siguientes los clérigos celebraron 155 misas por él y los religiosos carmelitas otras 115 misas. El regidor solicitó también otras 1 600 misas, celebradas más tarde por los clérigos y los carmelitas de Orizaba y los franciscanos de Córdoba.

Mas las pompas fúnebres no fueron suficientes para el fundador de la corporación municipal. Se mostró también caritativo: 100 pesos de limosna fueron distribuidos en su casa el día de su fallecimiento y 700 más fueron repartidos los días siguientes; los pobres de los hospitales de la villa recibieron también 200 pesos en total. Parte de su ropa fue distribuida entre los pobres, mientras que su esclavo Juan Mexía recibía la libertad y el perdón de sus deudas.

El testamento de un devoto incluía siempre una fracción de su herencia dejada para el sustento del culto: para el culto de la Eucaristía Montes Argüelles dejó dos custodias, una para la parroquia, la otra para el convento de carmelitas. Sobre todo, fundó cuatro obras piadosas: dos para las fiestas de Santa Ana y San Joaquín, una para los pobres y una capellanía para los sacerdotes de su familia o los vecinos de la villa[9].

El testamento de Manuel Montes Argüelles constituye el testimonio más explícito de las prácticas devotas de la élite de Orizaba, pero las encontramos también en otros notables. Veamos las misas testamentarias: como los nobles de la época, los notables de la villa intentaron acumular el mayor número posible: cincuenta y cuatro notables del siglo XVIII designaron su número, a veces más allá de las mil misas. Como es costumbre fueron los miembros del ayuntamiento los más notorios en estos temas: además de Manuel Montes Argüelles, nueve regidores y alcaldes se cuentan entre los veintinueve notables que solicitaron más de cien misas.

En la época se buscaba no sólo las oraciones inmediatas de las misas, sino también las oraciones a perpetuidad de las obras piadosas[10]. Éstas eran además la prueba de la solidaridad de los notables con las corporaciones religiosas. Hemos encontrado cuarenta y nueve obras pías y capellanías fundadas por veintisiete notables del siglo XVIII, de los cuales ocho miembros del ayuntamiento. Una vez más, éstos fueron los más destacados pues aportaron la mitad del total de fundaciones. El ejemplo más evidente es el del capitán Diego Bringas de Manzaneda, citado antes como devoto del convento del Carmen. El capitán Bringas fue el primer alcalde ordinario de la villa en 1764 y murió cuatro años más tarde. Además de cuatro capellanías fundadas en el convento de San Juan de la Cruz, estableció otras dos para sus descendientes y una para la lámpara del Santísimo de la capilla de Nuestra Señora de los Dolores[11]. Estas fundaciones constituyen también un testimonio destacado de la diversidad devocional de la villa, pues si bien había imágenes más solicitadas que otras, no hemos encontrado ninguna concentración significativa entre los notables.

NOTAS:

[1] M. Vovelle, Piété baroque et déchristianisation en Provence au XVIIIe siècle, París, Seuil, 1978. Podemos ver también un balance de las prácticas testamentarias a nivel europeo en P. Goujard, L’Europe catholique au XVIIIe siècle. Entre intégrisme et laïcisation, Rennes, Presses Universitaires de Rennes, 2004, pp. 48-59.

[2] Véanse por ejemplo las colaboraciones publicadas en Actas, 1984, vol. II, en particular las de Pere Molas (Mataró), Ricardo García Cárcel (Barcelona) y Domingo González Lopo (Galicia), así como las publicadas en C. Álvarez Santaló, M. J. Buxó y S. Rodríguez, La religiosidad popular, vol. II « Vida y muerte: la imaginación religiosa », Barcelona, Anthropos, 1989, en particular las de Máximo García Fernández (Valladolid), Roberto J. López (Asturias), David González Cruz con Manuel José de Lara Ródenas (Sevilla), Juan del Arco Moya (Jaén), y María José García Gascón (Alicante). Para México V. Zárate, Los nobles ante la muerte en México: actitudes, ceremonias y memoria, 1750-1850, México, El Colegio de México/ Instituto Mora,  2000.

[3] Sobre la estructura del testamento véase por ejemplo:  Zárate, Nobles, 2000, pp. 31-33.

[4] Ibid., pp. 231-235.

[5] Archivo Notarial de Orizaba-Registros de Instrumentos Públicos (en adelante ANO, RIP), 1773, fs. 197-205, « Testamento por poder », 17 de septiembre de 1773.

[6] De hecho, según la obra de Zárate, los nobles de Nueva España indicaban normalmente el lugar de su entierro y rechazaban en su mayoría la iglesia parroquial. Zárate, Nobles, 2000, pp. 247-267. Sobre la importancia de los conventos para el entierro de los nobles en España, véase A. Atienza, Tiempos de conventos. Una historia social de las fundaciones en la España moderna, Madrid, Marcial Pons/ Universidad de La Rioja, 2008, pp. 277-285.

[7] Gregorio Frade Reguera y Villamil y Manuel Montes Argüelles en el convento carmelita, Diego Pérez Castropol y Manuel Fernando Martínez en la iglesia parroquial, Juan Antonio de Cora en la capilla del Rosario.

[8] ANO, RIP 1785, fs. 169v-191, « Testamento por poder », 30 de junio de 1785.

[9] Ibidem.

[10] Cfr. Zárate, Nobles, 2000, p. 274.

[11] Biblioteca Nacional de Antropología e Historia-Archivo Histórico de Micropelícula “Antonio Pompa y Pompa”, Archivo de la Orden del Carmen Descalzo (antes Colección Eulalia Guzmán), microfilm 11, vol. 63, « Libro en el cual están asentadas las capellanías y obras pías que tiene el convento de Orizaba… », 1794, capellanías 5, 30 y 48. ANO, RIP 1768, fs. s/n, escrituras del 15 y 16 de marzo de 1768.

Una reforma de cofradías episcopal: el arzobispo Haro y Peralta

Retrato del arzobispo Alonso Núñez de Haro, virrey de Nueva España. Museo Nacional de Historia Castillo de Chapultepec.

En esta oportunidad continúo presentando aquí algunos documentos de la reforma de cofradías novohispana, pero ahora ya no de la reforma civil, sino de las reformas episcopales. En efecto, también las hubo, a veces vinculadas a la primera, otras en franca oposición, más bien soslayadas por la historiografía, con ciertas excepciones. Entre los obispos que se distinguieron al respecto sin duda hay que comenzar destacando al arzobispo Alonso Núñez de Haro y Peralta. Su pontificado fue largo, desde 1772 hasta 1800, llegó también a ser virrey de Nueva España entre mayo y agosto de 1787.

El arzobispo Haro se distinguió por ser uno de los prelados que aceptó e incluso impulsó la reforma civil, pero que al mismo tiempo realizó la suya a través de sus visitas pastorales. Así lo explica en este informe que corresponde al expediente particular de la cofradía sacramental de Teotihuacán. Su reforma fue autoritaria en apariencia, pues como él mismo narra en este informe, se dedicó a suprimir cofradías basado en ciertos criterios (falta de licencias, falta de bienes, conflictos internos), pero con el matiz de que no las eliminaba del todo, sino que las integraba a otras. Ya se cita aquí el informe que se le había pedido con motivo de la reforma general, ya bien conocido y analizado por varios historiadores, pero que no entregó sino cuando el expediente general ya había sido cerrado. En él se nota que además aprovechaba la ambigüedad de los términos cofradía y hermandad, manteniendo una importante participación en ellas. Sin él, empero, difícilmente hubiera habido cofradías que efectivamente acudieran al Consejo de Indias en Madrid para reformarse, mas paradójicamente, no es que hubiera renunciado a ejercer jurisdicción sobre ellas.

Su mirada sobre las cofradías resulta interesante también por su optimismo: las describe como voluntarias, no gravosas sino útiles, con lo que descalificaba implícitamente los negativos argumentos de los reformadores civiles. Dejo pues al lector con este testimonio de un prelado regalista, reformador, pero también celoso de su autoridad.

 

Informe del arzobispo de México, 20 de mayo de 1780. Archivo General de Indias, México, leg. 2664

Señor

Cumpliendo puntualmente con el encargo que Vuestra Majestad se digna hacerme por su real despacho de 11 de julio último para que informe lo que se me ofreciere y pareciere sobre la erección de la cofradía del Santísimo y Ánimas Benditas del pueblo de San Juan Teotihuacán, y la aprobación que se solicita de sus constituciones, con el mayor respeto digo: que todo lo representado a Vuestra Majestad por parte del rector, diputados y demás oficiales de dicha cofradía es cierto, pues con ocasión de advertir en la visita general de este arzobispado, que ya está hecha de ciento y cuarenta curatos que apenas hay cofradía que esté erigida conforme a la ley de Indias, se ha mandado en los autos de las visitas de todas desde el año de 1776, lo mismo que en el de ésta, señaladamente que dentro de dos años acudan los oficiales de ellas a solicitar la real licencia y aprobación de Vuestra Majestad apercibiéndoles con la pena de suspensión del uso y ejercicio de sus constituciones en caso de no hacerlo, y mandando que los curas me den cuenta para proveer lo conducente.

Las constituciones de esta cofradía (de que con la más profunda veneración presento a Vuestra Majestad testimonio autorizado) por ser tan antiguas, no están tan expresivas y formales como las modernas. En éstas, regularmente se dispone que los cofrades den al tiempo del asiento ocho, cuatro o dos reales, y cada semana un medio real de jornalillo, y la cofradía se obliga a dar a cada uno, cuando fallece, veinte y cinco o más pesos para entierro y mortaja, lo que cumple puntualmente si los cofrades lo han hecho, y si no, no se les molesta ni se toma providencia alguna, porque todo es voluntario y nada gravoso.

El modo regular con que hasta dicho año de 1776 se han erigido las cofradías ha sido juntarse el cura con sus principales feligreses españoles, o indios o de castas formar las reglas o constituciones en que se contienen lo que queda referido, y que se digan tantas misas por la limosna que tasan, o conforme al arancel, las que se aplican por los cofrades vivos y difuntos; que se hagan tales fiestas; que haya junta anual que llaman cabildo, en que el mayordomo da cuentas a la mesa, que se compone del juez eclesiástico que la preside, del rector, mayordomo y diputados que se nombran oficiales, las que aprueba dicho juez de consentimiento de la mesa en los curatos de fuera de México, y en esta corte los provisores, que presiden las juntas y se hace la elección de los referidos oficiales. Estas constituciones las remitían los oficiales al ordinario solicitando su aprobación, la que lograban regularmente, conformándose con lo que pedía el promotor. Pero desde dicho año se ha mandado que no usen de ellas hasta lograr la real licencia y aprobación Vuestra Majestad.

Algunas cofradías tienen principales impuestos a su favor y con sus réditos se costean los gastos que tienen de cera, fiestas y la limosna de las misas, en otras se permite que pidan limosna los cofrades por sólo su respectivo curato para ayuda de dichos gastos, de las que también da cuenta el mayordomo a la mesa, y de su distribución. Y otras tienen ganados, cuyos productos invierten en los enunciados gastos, de manera que las cofradías no son gravosas al público y todas sus funciones son dirigidas al mayor culto divino y beneficio espiritual de los feligreses.

En la visita he cuidado de extinguir todas las que se llaman hermandades y son las que se han intentado erigir sin licencia real ni autoridad ordinaria. He aplicado sus bienes, principales y alhajas a otras cofradías, con la carga de hacer las fiestas y mandar decir las misas que se acostumbraba en aquellas, hasta donde alcanzaren sus productos, o las he dejado en calidad de pura devoción u obra pía, mandando que los curas nombren mayordomos que les den cuentas anuales de cargo y data, y que cumplidas las cargas que tienen se aplique el resto a las fábricas parroquiales. Asimismo he extinguido muchas cofradías que, o por no tener principales ni ganados, o porque se disipaban los que las pertenecían, eran gravosas al público, o porque en su gobierno no se observaba la fraternidad debida, cuidando siempre y también mis dignos antecesores de prohibir que se hagan gastos superfluos y de mandar que los productos se empleen en las cargas de su institución y que los sobrantes se apliquen a beneficio de dichas fábricas parroquiales.

Por encargo de este superior gobierno estoy trabajando un informe sobre todas las cofradías de este arzobispado, y en él expondré mi dictamen acerca de cada una de ellas y las que me parece que deben subsistir y cuáles son dignas de extinguirse. Este informe demanda mucho trabajo y tiempo, y en tanto que le concluyo juzgo conveniente que subsista la cofradía de San Juan Teotihuacán y que Su Majestad se digne aprobar sus constituciones, y las de las demás cofradías que yo crea deben subsistir, porque son útiles a las parroquias y a los mismos cofrades, como dejo indicado. Sus constituciones no contienen cosa opuesta a las regalías de Vuestra Majestad y en las juntas anuales que celebran los cofrades suelen verificarse en parte el espíritu de vuestra ley real de Indias, porque asisten a muchas los corregidores, alcaldes mayores y demás justicias del partido, en calidad de oficiales de mesa.

Pero considerando lo difícil que es el recurso a Vuestra Majestad para solicitar la real aprobación de las constituciones de las cofradías que están erigidas en la forma dicha, especialmente siendo indios los oficiales de mesa, como lo son de muchas, y atendiendo a los costos necesarios que aquel prepara, y a que si se les obliga a ello se arruinarán las más de las cofradías, me parecía que se ocurriría a todo con que Vuestra Majestad se dignare, siendo de su soberana aprobación, dar facultad a vuestro virrey de este reino para que en su real nombre aprobase las constituciones o estatutos de todas las cofradías que están ya erigidas, y que para las que se hayan de fundar en lo sucesivo se observe puntualmente lo dispuesto por la citada ley, o lo que fuere del real agrado de Vuestra Majestad.

Nuestro Señor guarde a Vuestra Majestad los muchos años que le pido y necesita el Estado. México, 20 de mayo de 1780.

Señor,

Alonso, Arzobispo de México

Agustín Rivera en la historia de la secularización

Una entrada breve para compartir un video que ya hace tiempo tenía pendiente. En septiembre de 2015 tuvo la gentileza de visitarnos en Lagos de Moreno la Dra. Elisa Cárdenas Ayala, investigadora del Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades, para participar en el proyecto que desarrollaba entonces el Cuerpo Académico “Cultura y Sociedad” del Centro Universitario de los Lagos a propósito de las perspectivas para analizar la vida y obra Agustín Rivera y Sanromán. La profesora Cárdenas Ayala nos impartió una interesante conferencia en que integraba a Rivera en la problemática de la secularización en México, además de destacarlo como precursor de la historia social. Es buen tiempo para volver sobre Rivera, en este que sigue siendo el año del centenario de su fallecimiento, y en vísperas de que se publiquen los resultados concretos de ese proyecto.

 

Agustín Rivera: historia, política y polémica from CULTURA Y SOCIEDAD-CULAGOS on Vimeo.

Un canónigo sin familia

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Cabecera de la Sala Capitular de la Catedral de Sevilla, estado actual.

Hacer historia de la imagen del clero del siglo XVIII permite constatar las dificultades que entonces seguía teniendo implantar, incluso entre los propios sacerdotes, la idea de la dignidad clerical. Ya van varios artículos de este blog dedicados al tema, en los que he tratado de resaltar el aspecto más visible de esa dignidad: la vestimenta y la tonsura. Lo mismo en obras de disciplina eclesiástica como la del cardenal Lambertini (quien llegara a Papa con el nombre de Benedicto XIV), que en medidas concretas tomadas a través de edictos, tanto episcopales como de cabildos sedevacante, es un tema que se repite en varias ocasiones a lo largo del siglo. Desde luego, nunca deja de estar asociado a otros aspectos de su conducta: quienes  abandonaban el color negro, el traje modesto y de preferencia talar y el cuello romano, se les acusaba de preferir las capas y los sombreros ostentosos, y en consecuencia, las diversiones profanas, como el baile y el juego. Es por ello que también han aparecido en este blog ejemplos de clérigos profanos, como Ramón Cardeña y Gallardo, capellán de honor honorario del rey Carlos IV y canónigo de gracia de Guadalajara, ya de principios del siglo XIX.

Ahora bien, podría pensarse que se trata de un problema americano, por lo que conviene citar también ejemplos peninsulares. En concreto me interesa referir aquí muy brevemente un caso que, si bien todavía no he podido conocer en todos sus detalles, corresponde muy bien con esta problemática, el de don Juan Neve, canónigo de la Catedral de Sevilla en la década de 1760. Aunque el apellido que llevaba ya deja la impresión de que se tratara de un hombre de rancio abolengo, en realidad la descripción que de él nos han dejado las actas del cabildo pleno sevillano (que por ahora son mi única fuente), contrasta bien con el elitista –o arribista, según se vea– Cardeña, a quien se relaciona más bien con los notables de México y Madrid. Para decirlo directamente, el retrato que tenemos es el de un personaje no sólo pobre en lo económico sino también culturalmente. Había llegado a una prebenda de ese cuerpo de clérigos tan preocupados siempre por las buenas maneras, las ceremonias y en general la “civilidad”, como eran los canónigos entonces, sin compartir por completo esa cultura casi cortesana.

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La Giralda, torre de la Catedral de Sevilla, estado actual.

Es bien cierto que al recorrer los autos capitulares si algo se nota es que los propios canónigos todavía eran muy dispares en su conducta. Con cierta frecuencia, sobre todo en los llamados “cabildos espirituales”, era necesario llamar la atención a los propios “señores” en el sentido de que guardaran silencio en el coro, se mantuvieran en su lugar correspondiente en las procesiones, y guardaran el orden al tomar la palabra en los cabildos. El 20 de junio de 1766, Neve justo se hizo notar por su conducta en la sala capitular, pues intervenía “atropellando y atravesando los votos de otros”, e incluso llegaba a la violencia verbal profiriendo “amenazas en todas ocasiones y sin reserva de personas” (Archivo de la Catedral de Sevilla, Secretaría, leg. 7180, fs. 108v-109). A tal punto llegó en esa reunión, que se le pidió retirarse para tratar directamente sobre su comportamiento. Mas para los canónigos, así como el traje implicaba de inmediato el resto de la conducta de los clérigos, los excesos verbales de Neve los llevaron pronto a su vestimenta y luego a su régimen de vida en general.

En efecto, en primer lugar se destacaba su “porte irregular” o “porte indecente”, que era un atentado “al honor de la sobrepelliz que viste”, aquí ya no por excesos de vanidad sino por falta de limpieza y dignidad. En el cabildo de 27 de junio (Archivo de la Catedral de Sevilla, Secretaría, leg. 7180, fs. 113v-114) se trató el caso por extenso, luego de vencer la resistencia del propio Neve a salir de la sala para seguir discutiendo su caso. El porte, decíamos, llevó a su régimen de vida: “no teniendo casa en que viva ni familia que le asista”; si lo primero era más bien exageración retórica, en todo caso era un vecino cuya casa “no la tiene poblada”, contrario a lo que era propio de un hombre de honor en la época, el típico “vecino de casa poblada”. Vivía solo pues, y por tanto se le veía en las calles de la capital hispalense “andando siempre solo y sin aquel acompañamiento que autoriza y distingue a las personas de su honor y carácter”. Destaquemos esto, los canónigos implicaban aquí que sus familias, es decir, los consaguíneos o no que vivían bajo su mismo techo, estaban ahí ante todo para brindarles “asistencia” y “acompañamiento”. Eran de alguna forma un elemento que reforzaba su carácter de élite, lo que hoy en día puede parecernos al menos extraño, más en estos días en que justo se discute en México la definición de la familia. No sabemos con precisión cómo se formaba la de los canónigos sevillanos, aunque de nuevo los reproches a Neve insisten en la importancia del servicio y atenciones domésticas. Tan no había familia que le asistiera en su casa que terminaba “quedándose a comer en la Iglesia”, así como “metiéndose para el fin de afeitarse en las barberías”, y lo que era  peor, “limpiando por su persona” su caballo.

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Puerta del patio de los Naranjos de la Catedral de Sevilla, estado actual.

El desbocado y solitario canónigo además faltaba a la dignidad también por su traje, ya decíamos, aunque la descripción de éste terminó ocupando un lugar casi secundario respecto a lo demás. No sólo se presentaba con “aquel fetor que acompaña a los lacayos” (por aquello de bañar a su caballo), sino que además usaba “una casaquilla de montar casi de color bajo de la sotana pero visible”. Por todas estas faltas, pero sobre todo por las acusaciones que lanzaba en los cabildos, terminó siendo arrestado el propio 27 de junio de 1766, primero en la sala capitular y, luego de que el Cabildo recibiera el respaldo arzobispal, fue trasladado a la sala de pruebas de música (Archivo de la Catedral de Sevilla, Secretaría, leg. 7180, fs. 119-120). Fuertes deben haber sido sus expresiones como para que el día 11 de julio los canónigos siguieran confirmando su arresto por 24 votos contra 4 que promovían su libertad. Sin duda, profundizar en su expediente nos permitirá conocer más a detalle tanto su vida sin familia como las faltas que cometió, por ahora debemos terminar citando algunos incidentes finales. La noche del 14 de julio de 1766 se fugó de la Catedral “en chupa” (es decir, de nuevo sin preocuparse por su porte clerical) aprovechando que encontró abierta la puerta del patio de los Naranjos, adonde había convencido a su custodio de que lo acompañara “con el pretexto de tomar el fresco” ya desde hacía varias noches (Archivo de la Catedral de Sevilla, Secretaría, leg. 7180, fs. 128v-129). Imploró el perdón de los canónigos el 26 de septiembre y se le levantó el arresto por fin el 1o de octubre (Archivo de la Catedral de Sevilla, Secretaría, leg. 7180, fs. 176v-177, 179v y 182v), aunque no sabemos si con ello terminó este caso o si recurrió a algún magistrado de la Corona.

Sea de una forma o de otra, el caso de Neve, ayuda a considerar algunos otros puntos dentro del honor clerical del siglo XVIII, especialmente oportunos en nuestros días. Acaso no sobra constatar que los canónigos de entonces no pensaban exactamente en términos de un modelo de familia natural.

Apuntes dispersos sobre secularización

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Fragmento de los “Sentimientos de la nación” de José María Morelos, 183.

La actualidad de este verano en México constituye una buena oportunidad para repasar un poco de la historia del proceso de secularización en nuestro país, tanto más porque muchos de los términos de los debates de estos días han hecho referencia a la historia. Desde 1821 y hasta 1859 (o 1867 según se vea), el catolicismo fue la religión oficial de la nación mexicana. Había sido uno de los tres principios proclamados por el Plan de Iguala (junto con la independencia y la unión de españoles y mexicanos), en buena medida respondiendo a la legislación reformista española del año anterior. Tras la caída del Primer Imperio, las constituciones de 1824 (restablecida en 1847), 1836, 1843, hacían mención explícita de su exclusividad, y los demás regímenes provisionales de esas décadas mantuvieron el mismo principio. La religión y la política, en principio, no se reconocían como separadas, aunque tampoco era fácil establecer con precisión los detalles de esa relación. No era la simple y llana continuidad respecto de la antigua monarquía católica española, antes bien constantemente se discutía sobre mantener o modificar su herencia jurídica.

Largo sería enumerar todas las implicaciones de este estado de cosas. Esta relación entre catolicismo y nación implicaba límites a la práctica de otras religiones, desde luego, pero también la posibilidad de censura de libros e incluso de la prensa, aunque –algunos obispos lo lamentaron en su momento– nunca llegó a estructurarse un verdadero sistema represivo oficial. Las contribuciones económicas religiosas estuvieron respaldadas por la coacción civil, pero sólo hasta 1833 en el caso del diezmo, la más importante de ellas. De hecho, si algo sabemos de estas décadas es la significativa y progresiva reducción de los ingresos eclesiásticos. Ni siquiera logró establecerse una regulación permanente respecto de la provisión de beneficios, es decir, el nombramiento de obispos y párrocos. Es bien sabido que la autoridad civil llegó a reclamar el derecho de presentación, pero que la autoridad eclesiástica sólo reconoció un derecho de exclusiva. Tal vez donde era más visible y más estable ese carácter de ideología oficial del Estado estuvo en el orden ceremonial. Se mantuvo el carácter oficial de las celebraciones católicas (Semana Santa y Corpus Christi en particular), así como el uso del ceremonial católico en cualquier celebración o conmemoración oficial, aunque no sin la competencia simultánea de un incipiente ceremonial público laico.

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“Ciudadano Benito Juárez Presidente de los Estados Unidos Mejicanos”, litografía de G. G. Ancira tomada de “Nación de Imágenes. La litografía mexicana del siglo XIX”, 1994

No fue pues una época estática. La opinión pública de la época llegó a discutir con mucha frecuencia y abiertamente la continuidad de esta íntima relación entre el Estado y la Iglesia, el catolicismo y la nación, la política y la religión, en particular por lo que tocaba a la tolerancia de cultos. Sin embargo, sólo a partir del triunfo del Plan de Ayutla en 1855 y en particular con motivo de la redacción de una nueva constitución, la que finalmente se promulgó en febrero 1857, llegó a plantearse un conflicto cada vez más polarizado al respecto, que terminó en una guerra civil. Fue en ese marco, como es bien sabido, que se promulgaron las célebres Leyes de Reforma, estableciendo la “perfecta independencia entre los negocios del Estado y los negocios puramente eclesiásticos”, según reza el artículo 3o. de la ley de nacionalización de bienes eclesiásticos. Esto es, el ámbito de lo político iba cobrando autonomía respecto del religioso, de ahí que todo esto que venimos exponiendo sea posible concebirlo como parte de un proceso de secularización. Mas conviene siempre recordarlo, no es que los liberales decimonónicos pretendieran acabar con la religión. La misma ley, exactamente en el mismo artículo, declaraba: “El gobierno se limitará a proteger con su autoridad el culto público de la religión católica, así como el de cualquier otra”.

En general, a lo largo del siglo XIX, si los liberales comenzaban a estimar que un Estado no podía tener ya religión exclusiva, no llegaban necesariamente a pensar (salvo excepción) que una sociedad pudiera sobrevivir sin religión. Solían ser muy críticos de las prácticas religiosas “populares”, de las procesiones, los peregrinajes, las fiestas, y en general el culto lleno de “exterioridades”. En cambio, aunque no sin discusión, temas como la espiritualidad, la educación, la vida familiar, la moral en general, y en particular la moral femenina, podían estimarse como propias del ámbito religioso. Ese fue el espacio que, sobre todo ya en los primeros años del siglo XX, habría de aprovechar el catolicismo social para expandirse y construir, ya que no un Estado católico, una sociedad católica, con organizaciones de todo tipo, siempre con ese adjetivo. La secularización ha implicado la autonomía de diversas esferas, cuyos límites están en constante negociación, pero no necesariamente una privatización de lo religioso, en la medida en que lo social y lo familiar tienen también implicaciones públicas. Por decirlo recuperando un concepto marxista, pasamos de la ideología del Estado a uno de los aparatos ideológicos del Estado. Casi sobra decirlo, el catolicismo ha llegado a aceptar la separación entre política y religión, y a valorar positivamente, por tanto, la independencia de la Iglesia y el Estado, pero no en cambio a ser completamente expulsado de lo público.

En nuestros días, justo podemos seguir viendo ese esfuerzo por la continuidad de un catolicismo, no como religión de Estado, sino como “religión pública”. La iniciativa presidencial a propósito del matrimonio pareciera desplazar el concepto católico del matrimonio –conservado aún por los impulsores del matrimonio civil en el siglo XIX–, y ha motivado por ello una amplia movilización del episcopado. Para reemplazarlo se ha recurrido a la teoría de género y a la doctrina de los derechos humanos, que consagran así su integración, después de mucho tiempo de luchas, a los aparatos ideológicos estatales mexicanos. Esta nueva batalla ha tenido lugar, desde luego, en los espacios públicos: las calles y plazas mexicanas en manifestaciones, sobre todo las de los días 10 y 24 de septiembre, en los medios de comunicación masivos, en las redes sociales, etcétera. No deja de ser interesante que este debate nos muestre hasta qué punto, sin embargo, sí ha habido un “avance” en el sentido de la privatización de lo religioso. Ha sido más bien con timidez, e incluso negándolo muchas veces, que las manifestaciones se han referido a esa filiación. Tan es así que muchos de sus participantes y promotores alegan hablar de biología al referirse al concepto de “naturaleza”, por evidente que sea que no la piensan sino en términos teológicos y conforme a ejemplos bíblicos: la naturaleza humana aparece, no como resultado de la evolución, sino como un diseño racional e intemporal, producto, se entiende implícitamente, de un plan divino.

En ese sentido, estas manifestaciones ofrecen un bello contraste con aquellas de finales de los años 1920, que en cambio lucían con orgullo cualquier adjetivo relacionado con lo religioso. Acaso sea la constatación de aquella frase célebre de Marx en el sentido de que las cosas suceden dos veces. Más importante, empero, es constatar los límites de la movilización. En realidad, incluso pensando en números de sus organizadores, han tenido una asistencia reducida si las comparamos con las manifestaciones públicas específicamente religiosas, como los grandes peregrinajes y procesiones en honor de imágenes marianas (Nuestra Señora de Guadalupe del Tepeyac, Nuestra Señora de San Juan de los Lagos, Nuestra Señora de Zapopan, en particular) capaces de reunir prácticamente cada año varios millones de personas. La idea peca de anacrónica, sin duda, pero no puedo dejar de señalar que acaso los liberales decimonónicos que hicieron la separación Iglesia-Estado, tal vez hubieran estado más cerca de la moral de los movimientos defensores del modelo familiar católico que de estos grandes actos de culto público. Más importante, y ya para cerrar estos apuntes dispersos, lo interesante es constatar, la diversidad pasada y presente del catolicismo mexicano,  la perenne complejidad del carácter público de la religión en una sociedad moderna y, de manera particular, insistir en que los eventos de estos días no hacen sino confirmar el avance de la secularización.