Gobernador o príncipe: el debate sobre los honores al gobernador de Michoacán, 1825

Catedral de Morelia, litografía del siglo XIX

En esta oportunidad comparto por aquí parte de una ponencia que tuve el honor de presentar en el Seminario de Historia de la Iglesia que coordina la Dra. Cecilia Bautista en la Facultad de Historia de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo el pasado jueves 9. Aprovechando que era un evento en Morelia, qué mejor que hablar sobre un tema político de ese Estado: el debate sobre los honores con que el gobernador y autoridades del naciente Estado debían ser recibidas y tratadas en sus asistencias a la Catedral, regulados por decretos de 24 de julio y 16 de octubre de 1824 del Congreso Constituyente. El Cabildo Catedral de Valladolid de Michoacán dirigió a ese cuerpo legislativo una “representación” (así se decía entonces) inconformándose, pero la comisión de negocios eclesiásticos de la legislatura la rechazó en dictamen del 11 de noviembre de ese año. Los canónigos recurrieron al Congreso nacional, lo que motivó la publicación del dictamen de esa comisión en el periódico El Sol, uno de los más difundidos entonces, el 27 de enero de 1825. El mismo periódico le abrió sus páginas a una Apología del cabildo eclesiástico de Valladolid el día 4 de febrero y a una refutación, obra del licenciado José María Jiménez, en marzo. Son esos tres textos los que forman el pequeño corpus documental que da pie a este apunte. El lector podrá encontrarlos con facilidad en la Hemeroteca Nacional Digital de México, donde los hemos consultado.

Ese debate aparecido en las páginas de El Sol de principios de 1825, puede inscribirse en los problemas afrontados con la construcción del orden propio del Estado liberal a principios del siglo XIX. Aunque tanto en América como en Europa implicó reemplazar a las antiguas monarquías fundadas en una legitimidad religiosa, las élites de los nacientes Estados-nacionales en buena medida, aunque no sin discusiones, llegaron a estimar que la religión era necesaria, y en particular sus ceremonias, para reforzar el nuevo orden. Un poco por doquier, lo mismo en Francia en tiempos de Napoleón Bonaparte, que en México al menos hasta 1859, las autoridades civiles continuaron asistiendo a los grandes ceremoniales religiosos y recibiendo en las iglesias honores que antaño habían tocado a los magistrados de las monarquías. En ese sentido, en ese marco general, podría preguntarse por el interés particular que tiene este caso concreto. Pues bien, tengo la impresión de ayuda a reflexionar sobre la lógica de las posturas políticas de la época. La historiografía ha cuestionado desde hace tiempo las clásicas categorías de liberales y conservadores, pero a más de tener dificultades para llevar ese cuestionamiento más allá del ámbito académico, a veces también hay complicaciones para evidenciar los matices posibles de los posicionamientos de entonces, en particular en temas religiosos. Este debate nos ofrece un caso original de una defensa “liberal”, por así decir, de un Cabildo Catedral, y de un Congreso constituyente que construye sus argumentos de manera al menos “tradicional”.

Encabezado del periódico “El Sol”, Hemeroteca Nacional Digital de México.

Desde luego, esos adjetivos entrecomillados los utilizo aquí sobre todo para evidenciar la paradoja de inicio. Podemos decir desde ahora que, al menos por lo que toca a la cuestión ceremonial, habría que agregar casi siempre un referente preciso para clarificar esas categorías. Cabe advertirlo, en realidad el debate era doble. Los documentos publicados por El Sol, dan cuenta, primero, del desacuerdo sobre la razón de los honores en la iglesia para la autoridad civil, si los recibían como “primeras autoridades” o como “a patronos”; segundo, un tema más profundo: la necesidad misma de unos honores finalmente monárquicos para una autoridad republicana.

Pues bien, la comisión eclesiástica del Congreso Constituyente de Michoacán fue la que afrontó el primer cuestionamiento. Tres diputados firmaron el dictamen de 11 de noviembre de 1824: José Salgado, Pedro Villaseñor y Manuel González, tres hombres que habrían de tener una trayectoria política importante en los años siguientes. Evidentemente, ni ellos ni nadie podía decir entonces que el gobernador de Michoacán ejercía el Patronato. En esos primeros años de la república federal, aunque el clero lo tenía claro desde 1822, del lado civil, incluso a nivel nacional todavía se dudaba la forma en que el asunto debía de abordarse. Justo mientras el debate en El Sol tenía lugar, comenzaba a gestionarse el envío a Roma de un representante diplomático, el canónigo poblano Francisco Pablo Vázquez. Los honores en la iglesia pues, no podían corresponderle al gobernador de Michoacán sino como “primera autoridad” del Estado. En buena lógica de un gobierno representativo naciente, el Congreso constituyente de Michoacán bien hubiera podido hacer tabula rasa, y alegar el ejercicio de su soberanía, como representantes del pueblo, para imponer la medida, razonándola, por ejemplo, a partir de la utilidad de la religión para la estabilidad política. Por el contrario, los diputados se mostraron extremadamente conciliadores con la tradición. El dictamen se extiende en probar que esos honores “que ha mandado a hacer este congreso al ejecutivo del estado”, “le pertenecen por derecho eclesiástico, por costumbre y por la opinión de graves autores”.

Encabezado del periódico “El Sol”, Hemeroteca Nacional Digital de México.

Venían al auxilio de los constituyentes, en la primera categoría (el derecho), los Decretos de la Congregación de Ritos y los libros litúrgicos oficiales; en la tercera, canonistas, entre ellos regalistas como Juan de Solórzano y Pedro Frasso, pero también Agostino Barbosa, el Cardenal Giovanni Battista de Luca y Francisci de Fargna, más bien cercanos a Roma. Ese esfuerzo de justificar con argumentación tradicional los honores para una autoridad del nuevo orden resultaba en frases que pueden sonar características: “el libro del evangelio no se dará a besar sino a los obispos, prelados mayores y grandes príncipes, en cuya última clase debe reputarse el gobernador…” Esto es, el gobernador constitucional quedaba equiparado a un monarca del Antiguo Régimen. Pero más característico aún fue el alegato conforme al segundo término, es decir, en función de la costumbre. Evidentemente los legisladores no podían afirmar que en la Catedral de Michoacán se hubiera recibido ya antes a una “suprema autoridad”. Recurrieron pues a la costumbre que se “haya observado en otras partes”, México sobre todo: los ejemplos del trato en la Metropolitana a los virreyes, a la regencia, a Iturbide, al supremo poder ejecutivo y en particular al gobernador mexiquense, debían servir de regla. Aprovechando a los canonistas, otros ejemplos americanos (Guatemala), españoles y europeos, permitían hablar incluso de una “antigua costumbre”.

El tenor del dictamen, recordaba así los documentos jurídicos del Antiguo Régimen. Eso lo notó El monitor, seudónimo del autor de una “Apología del cabildo eclesiástico de Valladolid”. Este defensor de la posición del clero ante los representantes populares michoacanos fundó en cambio sus argumentos en principios modernos. Dos en concreto mencionados en exclamaciones y preguntas: “Que mal se compone la igualdad patriótica con tanta ansia de preeminencias”, decía y agrega de inmediato “¿en qué tierra vivimos? ¿en la Europa esclava o en la América libre?” Irónico, apuntó que para igualar al gobernador con un monarca “se le debía […] también besar la mano y doblar la rodilla”, pero más importante, recordó que los fundamentos de la autoridad habían cambiado: la soberanía ya no provenía de Dios, principio que estimaba la verdadera fuente de esos honores, sino del pueblo. Así pues “en probando la comisión que el gobernador de Michoacán es una imagen de la divinidad, creo que el cabildo no se negará a incensarle ni a salir a recibirle en procesión”. Por el mismo principio de la soberanía popular y por la lógica del gobierno representativo tampoco cabía pensar en el gobernador como verdadero equivalente de un monarca: “aquello de representar el gobernador al estado es un descubrimiento nuevo”, decía casi al final de su diatriba. Y es que en efecto, el gobernador no era sino el depositario del Poder Ejecutivo, no una autoridad suprema en el sentido antiguo.

Encabezado del periódico “El Sol”, Hemeroteca Nacional Digital de México.

A esta “apología”, respondió el licenciado José María Jiménez con argumentos más bien de orden práctico: era necesario afirmar la autoridad del gobierno. Decía por ejemplo: “no por ser libre la América se ha hecho indigna de que sus primeros jefes sean acatados en el templo”, e incluso terminaba con una acusación contra El monitor, en el sentido de “fomentar las ideas de algunos hombres que miran con notable desprecio a los congresos y gobernadores de los estados”, cuando antes se sometían sin problema a la autoridad monárquica, “a pretexto de la libertad e igualdad republicana”. En realidad no había un verdadero argumento lógico claro para continuar con esos honores, como no fuera, finalmente, el del poder soberano haciéndose respetar. Desde luego, en ese sentido, es difícil decir quién era finalmente tradicional y quién liberal en esta materia. El Congreso hacía explícitamente uso de formas de argumentación tradicionales, pero no es menos cierto que al final era prácticamente una convicción de los liberales de entonces que no había manera de hacerse respetar sin este tipo de honores tradicionales. La Apología del Cabildo Catedral se construía explícitamente recurriendo a los valores modernos, en particular la igualdad, pero al mismo tiempo hay que recordar que era una de las catedrales que, en las querellas sobre estos temas en el siglo XVIII, había sido de las que más sistemáticamente se había negado a conceder honores a los magistrados de la monarquía. En ese sentido, insisto ya para cerrar este apunte, la lección que deja este debate, cuya resolución desconocemos aún, pero acaso ya es conocido de los colegas michoacanos, es la arbitrariedad por definición de un trato particular, ya no digamos en la iglesia sino en cualquier espacio público, a las autoridades modernas.

 

La familia de Melchor Ramos

Antigua parroquia de San Miguel, actual Catedral de Orizaba.

Explorar los archivos orizabeños o sobre Orizaba de fines del siglo XVIII y principios del siglo XIX lleva con cierta naturalidad a la reconstrucción de ciertas trayectorias, en las que de manera asimismo casi natural se mezclan lo económico con lo religioso e incluso con lo político. De manera breve quisiera referirme a una de ellas, que me llamó la atención de manera particular desde hace tiempo, pero que nunca pude incluir en las publicaciones que he hecho sobre el tema. La trayectoria de la familia de Melchor Ramos, comerciante, cosechero de tabaco, devoto y vecino notorio de la villa de Orizaba, de la generación que le tocó ver su ascenso en tiempos de las que hoy llamamos “Reformas borbónicas” y hasta la crisis que significó la guerra de 1810 en la provincia de Veracruz, pero también la llegada de costumbres “modernas”.

En 1775, Melchor Ramos, vecino de la villa de Orizaba, compró una casa. Debía ser entonces relativamente joven. La escritura no menciona que estuviera casado pero tampoco que estuviera aún bajo la tutela de su padre. Por documentos posteriores, sabemos que debió nacer al menos hacia 1759 o antes. La que compró entonces era una casa como muchas otras de la villa: “de cal y canto, edificio bajo, cubierta de madera y teja”. Asimismo, la operación la realizó como solía hacerse entonces: exhibiendo una cantidad relativamente moderada en efectivo, 365 pesos, a cambio de seguir pagando las obligaciones ya contraídas por la propiedad y las que se impondrían entonces: 400 pesos para la fiesta de la Virgen de los Dolores de la cofradía de la Soledad y 160 que la antigua propietaria dejó para misas rezadas por su alma y la de su marido, bajo la responsabilidad de otra cofradía, la de San Francisco Xavier. Se convirtió así en deudor de las cofradías de la parroquia y en propietario, era ya un vecino cabal de la villa.

Actual iglesia del Calvario de Orizaba.

Siete años después, redimió los capitales[1], en un momento en que parece que no le iba mal económicamente: en 1784 podía prestarle 400 pesos por vía de depósito irregular a un comerciante de la villa, José Patricio. De nuevo, la operación tenía también su lado religioso. Ramos en realidad estaba donando ese capital para pagar el aceite de la lámpara permanente que ardía ante una imagen religiosa muy querida de la villa, el Señor del Calvario, cuya iglesia estaba muy cerca de esa casa que había comprado años atrás[2]. En ese año además se convirtió en arrendatario de un rancho, que era propiedad de la república de indios, el de La Perla, en las célebres “tierras del golfo” que los indios habían logrado comprar a la nobleza titulada local[3]. A partir del año siguiente comienza a aparecer como “cosechero de tabaco”[4]: puede que cultivara él en el rancho, o acaso que “aviara”, es decir, prestara su licencia como tal, así como el rancho, para que alguien más modesto lo hiciera, a cambio de cierta cantidad. En cualquier caso, empieza a aparecer también como fiador de otros cosecheros, tan importantes en la villa como Antonio Montes Argüelles y Benito Antonio Rocha[5]. Podemos imaginar que en esa época es que contrae sus primeras nupcias, lamentablemente no conocemos el nombre de ella, puede acaso que los bienes de la posible dote de su esposa hubieran contribuido a esa prosperidad. Hasta donde sabemos no hubo descendencia de ese matrimonio.

Todavía en los primeros años del siglo XIX era prestamista de artesanos y comerciantes[6], pero ya con más de medio siglo de vida, se hacía notar también como un hombre devoto y auténtico “republicano de la villa”. En 1800 ingresó a la Venerable Orden Tercera franciscana, uno de los lugares de sociabilidad de la élite local más notorios. No era raro hacerlo de manera conyugal, por lo que acaso ya entonces era viudo, bien que debió contraer segundas nupcias apenas iniciado el siglo, con doña María Josefa Fentanes. Ella no llevó dote, y él habría contado entonces con bienes por cincuenta mil pesos, que no era una cantidad despreciable en la época, aunque tampoco podía considerarse un hombre acaudalado[7]. La mayor de las hijas que le sobrevivió, doña María Micaela Ramos Fentanes, habría nacido hacia 1802, y la segunda, doña María del Rosario, hacia 1804[8].

En 1803 tomó el hábito exterior franciscano in articulo mortis, por lo que podemos suponerle una enfermedad grave en ese tiempo. Se recuperó e incluso pudo ejercer cargos en la mesa de la orden tercera, desde 1805 y hasta 1812 ejerció un total de 13 encargos, sobre todo de conciliario, pero también fue maestro de novicios y maestro de ceremonias, e incluso coadjutor del hermano mayor en 1810[9]. En 1809, además, se había declarado dispuesto a donar 800 pesos para la capilla de la Santa Escuela de Cristo, que el padre Juan Macario Mendoza estaba tratando de fundar en esos días, así como prometió cumplir la voluntad de su primera esposa de fundar una capellanía de 3 mil pesos “para un sacerdote que cuide del culto divino y ayude al padre obediencia”[10].

No sabemos desde cuándo, pero también había sido solidario con la corporación municipal de españoles. Hasta 1811 era él quien había aceptado un capital de mil pesos cuyos réditos servían para pagar los alimentos de los presos pobres de la cárcel pública[11]. Ese año, ante la amenaza de los insurgentes, el mismo ayuntamiento lo había reconocido vecino “de los de mayor ascendente sobre los de su clase” convocándolo a una junta para organizar la defensa de la villa[12]. Debe haber fallecido hacia 1813.

Antiguo Colegio Apostólico de San José de Gracia de Orizaba.

Doña María Josefa Fentanes quedó viuda, y pudo entonces revelar algunas diferencias que tenía con su esposo. No es que no fuera devota, sino al contrario. Era también hermana tercera franciscana, e incluso llegó a tener cargos en la mesa femenina, honorífica, en 1815 y 1816[13]. Fiel a la tradición franciscana, habría de ser sepultada el 9 de septiembre de 1817 en la iglesia del Colegio Apostólico de San José de Gracia, por su hermano, el comerciante Joaquín Fentanes. Él fue quien dispuso, por poder, el testamento de su hermana, que nos revela además que era una dama que contaba con un confesor, el padre carmelita fray Baltazar de Santa Teresa[14], quien junto con don Joaquín habría de velar por la educación de las jóvenes Ramos Fentanes. Bueno, en realidad jóvenes para nosotros con sus 15 y 13 años, pero que en ese documento se declara que estaban ya “en una edad adulta”, no sin cierta ambigüedad. Lo que más resalta, sin duda, es el interés por conservar estable cierto aislamiento: “evitándoles toda comunicación” podía lograrse “no corromper su inocencia”, como hasta entonces. Ahora bien, aunque devoto, don Melchor estaba vinculado a personajes cuyo estilo de vida comenzaba a manifestar cambios. Siempre según su hermano, la viuda habría estado preocupada por la relación con José Isidoro Carrillo, quien había sido nombrado por Ramos tutor de una de las hijas. Había pues, una preocupación económica, pero también moral: prohibía que sus hijas visitaran la casa de Carrillo por haber en ella “un trato más franco, maestros de música, y por consiguiente, más ocasiones de despertar a dichas niñas”.

Esa peligrosidad tal vez tuviera algún fundamento: Carrillo fue de los primeros miembros del Ayuntamiento constitucional de Orizaba que reemplazó a la antigua corporación española en 1813 y 1814. Fue síndico entonces y también, tras la independencia, en 1825 y 1826 y en 1830 y 1831, es decir, era de los primeros vecinos de la villa que podríamos considerar “liberales”, incluso en su vida personal. El testamento por poder de la señora Fentanes, nos ilustra las relaciones de cercanía, pero también de desconfianza de esas familias tradicionales ante la modernidad.

 

NOTAS

[1] Archivo Notarial de Orizaba (ANO en adelante), Registro de Instrumentos Públicos (RIP en adelante) 1775, fs. s/n, “Venta”, D. Manuel Villarelo a D. Melchor Ramos, Orizaba, 3 de noviembre de 1775 ante José Lozano y Prieto.

[2] ANO, RIP 1784, fs. 180-181v, “Depósito irregular”, José Patricio a favor del Señor del Calvario, Orizaba, 14 de septiembre de 1784 ante José Lozano y Prieto.

[3] ANO, RIP 1784, fs. 266-268, “Arrendamiento del rancho de La Perla”, el Cabildo de naturales a D. Melchor Ramos, Orizaba, 4 de diciembre de 1784 ante José Lozano y Prieto

[4] ANO, RIP 1785, fs. 268-270v, “Poder de los cosecheros para contrata”, los cosecheros de tabaco a D. Marcos González y D. Benito Antonio Rocha, Orizaba, 5 de noviembre de 1785 ante José Lozano y Prieto. ANO, RIP 1794, Poder general de los Cosecheros de Tabaco de Orizaba y Zongolica a D. Benito Antonio Rocha, Orizaba, 23 de septiembre de 1794 ante Juan José Palacios.

[5] ANO, RIP 1784, fs. 39-40v, “Poder para fianza”, Orizaba, 20 de febrero de 1784 ante José Lozano y Prieto ANO, RIP 1788, 2º. cuaderno, fs. s/n, obligación por suplementos de D. Benito Antonio Rocha a favor de la Real Renta del Tabaco, Orizaba, 22 de octubre de 1788 ante José Lozano y Prieto.

[6] ANO, RIP 1809, escritura 65, fs. 129v-131, “Obligación por reales” D. José María Mendizaval, a favor de D. Melchor Ramos, Orizaba, 20 de abril de 1809 ante el Lic. José María Prieto y Fernández; y fs. 223-226, “Obligación por reales”, D. José Urbina a favor de D. Melchor Ramos, Orizaba, 21 de julio de 1809 ante el Lic. José María Prieto y Fernández. ANO, RIP 1811, fs. 136-137, “Obligación por reales”, D. Luis Sanchez a favor de D. Melchor Ramos, a 8 de noviembre de 1811 ante Vicente Prieto.

[7] ANO, RIP 1817, fs. 148-159v, testamento de doña María Josefa Fentanes por poder, Orizaba, 20 de septiembre de 1817, ante Vicente Prieto.

[8] ANO, RIP 1817, fs. 115-118v, Poder para testar de doña María Josefa Fentanes a don Joaquín Fentanes, Orizaba, 12 de agosto de 1817 ante Vicente Prieto.

[9] Archivo Histórico de la Provincia del Santo Evangelio de México (AHPSEM en adelante), caja 228, “Libro segundo de las recepciones de Avitos en la V.T.O. de Orizava desde el año de 1775 en adelante…”, f. 87v; “Libro segundo en que constan las profesiones e incorporaciones de los Hermanos y Hermanas terzeras de nro. S.P.S.S. Fran.co desde el año de 1775”, f. 71v, y caja 226, “Libro 2º. de Decretos de la Venerable Mesa de la Orden Tercera de Penitencia de N.S.P. S. Francisco de Asis de la villa de Orizaba establecida en la Parroquia”, fs. 100-106v.

[10] Archivo General de Indias, México, leg. 2699, “Testimonio del expediente instruido a instancia del presbítero D. Juan Macario Mendoza, sobre el restablecimiento de la Santa Escuela de Cristo en la Villa de Orizaba”, fs. 18-18v.

[11] ANO, RIP 1811, fs. 56-57v, “Poder especial”, El Ayuntamiento de Orizaba a favor de D. Vicente de la Barreda, Orizaba, 1º de julio de 1811

[12] Archivo Histórico Municipal de Orizaba, Actas de Cabildo, “Libro de acuerdos del Y.A. celebrados desde el año de 1801 hasta el año de 1814”, acuerdo de 3 de diciembre de 1811.

[13] AHPSEM, caja 228, “Libro 2º. de Decretos de la Venerable Mesa de la Orden Tercera de Penitencia de N.S.P. S. Francisco de Asis de la villa de Orizaba establecida en la Parroquia”, fs. 109v-112.

[14] ANO, RIP 1817, fs. 148-159v, testamento de doña María Josefa Fentanes por poder, Orizaba, 20 de septiembre de 1817, ante Vicente Prieto.

La romanización de la Iglesia Mexicana

Desde hace tiempo me he venido preguntando cuáles son los términos, las categorías para decirlo mejor, más adecuadas para referirnos a la historia de la Iglesia mexicana de los siglos XVIII y XIX, en particular para esas figuras que ejercen su liderazgo por antonomasia, los obispos. Casi sobra decirlo, si hiciéramos una historia estrictamente confesional, eso se soluciona relativamente con el catálogo de las virtudes cardinales y teologales. Al contrario, si se hace desde perspectivas anticlericales más o menos radicales, basta la acumulación de términos negativos.  En fin, si nos limitamos a una narración meramente formista, preocupada sólo por presentar el detalle de unos acontecimientos sin tratar de integrarlos en ningún otro conjunto, podríamos ahorrarnos el asunto. Mas para decir algo más preciso, sobre ellos y sus proyectos, sobre sus relaciones con el poder, sobre sus actividades pastorales, al menos para esa época, la historiografía ha utilizado términos como “regalista”, “ilustrado”, “galicano”, “liberal”, “ultramontano”, etc. Empero, todos ellos requieren una cierta reflexión, que no todos los historiadores emprendemos.

De ahí mi interés por presentar en esta ocasión esta exposición de una historiadora con amplia experiencia en estas materias, la Dra. Marta Eugenia García Ugarte. No es la primera vez que la presentamos en este espacio, es una especialista en el episcopado de los siglos XIX y XX, autora de  obras monumentales como Poder político y religioso. México, siglo XIX, centrada en la figura del arzobispo Pelagio Antonio de Labastida y Dávalos. En esta ponencia presentada en el Centro de Estudios de Historia Religiosa de la Universidad Católica Portuguesa en 2012, la profesora García Ugarte reflexiona sobre la pertinencia del uso del término “romanización” para referirse a la Iglesia mexicana, que la lleva por dos caminos muy concretos: la presencia de un representante de la Santa Sede en México y la de un grupo de poder al interior del alto clero mexicano muy de finales del siglo XIX y de principios del siglo XX, que justo había estudiado en Roma y que giraba alrededor de Antonio Plancarte. Por supuesto, esto no deja de abrir otras preguntas, pues si no es como romanización, cabría acaso preguntarse con que otros términos entonces describir a esas otras generaciones de obispos de mediados del siglo XIX que lucharon entonces contra el liberalismo.

 

Los ritmos de lo sagrado

Nuevamente dedico este espacio a presentar una traducción. Esta vez se trata de un capítulo, el cuarto, de la obra del profesor Alain Cabantous, Entre fêtes et clochers. Profane et sacré dans l’Europe moderne, XVIIe-XVIIIe siécle, titulado “Los ritmos de lo sagrado“. Tres grandes temas organizan este texto: la sacralización del tiempo del tiempo en general, sobre todo a través de las campanas; los debates en torno al día sagrado por excelencia, el domingo; y la cuestión del tiempo casi imposible de sacralizar: la noche.

Tres temas apenas si presentes en la historiografía mexicanista, que por ello, estimo, tiene mucho que aprender de la lectura de este capítulo y de esta obra en general. Desde luego, no pretendo decir que sus conclusiones son aplicables de manera general, pero sí que vale la pena pensar históricamente estos tres objetos de estudio y no únicamente considerarlos como algo que pertenece de manera natural a lo religioso. Casi sobra decir que además se trata de cuestiones en las que constantemente las autoridades religiosas, católicas y protestantes, se encontraban o desencontraban con las autoridades políticas, no menos que con las prácticas heredadas de la tradición medieval.

Sin más pues, dejo al lector con este texto, que también queda disponible en la página “Traducciones” de este mismo sitio.

Estados Unidos en el imaginario de un sacerdote rural

Una breve entrada para hacer difusión del trabajo que hacemos en el Centro Universitario de los Lagos de la Universidad de Guadalajara. En junio pasado los cuerpos académicos “Cultura y sociedad” (UdG-CULagos) y “Estudios interdisciplinarios sobre la cultura” (UG-Campus León), organizaron un seminario conjunto, titulado “Mitos y representaciones”. En ese marco, participó un colega ya conocido de este espacio, el Dr. Eduardo Camacho Mercado, con la ponencia “Los Estados Unidos en el imaginario de un sacerdote rural. Totatiche Jalisco, 1919-1926”, que aparece insertada a continuación.

Es un trabajo interesante, por varios motivos. Encontramos en él apuntes sobre la historia de la migración, sobre el nacionalismo y el catolicismo social. Pero en particular, nos muestra hasta qué punto, incluso un imaginario católico, que por definición nos parece reticente a los cambios, podía modificarse la opinión sobre nuestro vecino del norte. No anticipo más, esta semana simplemente dejo al amable lector en manos del profesor Camacho, esperando que se congratule de este testimonio del buen estado que goza la investigación en el área de Historia religiosa en nuestra modesta institución de los Altos de Jalisco.

 

A flagello terremotus… Recursos litúrgicos contra terremotos

Exvoto dedicado a la Virgen de la Estrella con motivo del terremoto de Lisboa de 1755. Museo de Lisboa.

En este mes el Istmo de Tehuantepec en particular, aunque también el centro del territorio mexicano (felizmente no ha sido el caso de los Altos de Jalisco), se han visto afectados por fuertes movimientos sísmicos. Por ello es particularmente oportuno tratar del tema aquí, recordando en principio que,  fenómeno de la naturaleza, los sismos son también acontecimientos culturales: la forma misma en que los interpretamos –producto de una voluntad divina enojada o que somete a prueba, mero resultado de fenómenos naturales–, como también las afectaciones que producen y la manera en que las afrontamos, son producto de circunstancias sociales, económicas, políticas, etcétera. En ese sentido, los terremotos también son parte de la historia de la secularización que nos interesa aquí.

Desde luego, existen estudios importantes sobre el tema en la historiografía mexicanista. Aquí me limito, como en otras oportunidades, a citar ejemplos muy puntuales que se me han “ido atravesando”, por así decir, en investigaciones sobre el tema de los rituales políticos o sobre el uso de las campanas. Hace tiempo dedique un pequeño artículo a la memoria religiosa y familiar del terremoto de 1755 en Sevilla, en que se notan algunas líneas generales de la concepción religiosa del terremoto y las reacciones correspondientes. Eran oficialmente conceptualizados como voluntad de Dios. “La Majestad Divina manifestó la justa irritación con que por nuestras culpas teníamos indignada su justicia”, rezaban las primeras líneas del acta que levantaron sobre ese evento los canónigos sevillanos. En consecuencia, la reacción del clero y de los fieles era ante todo litúrgica: oraciones al Cielo, en agradecimiento por la sobrevivencia y para conjurar esa “justa irritación”. Sin duda, históricamente hubo otros medios más materiales, pero no menos religiosos para atender la catástrofe. Recuerdo en particular, pero ya a principios del siglo XX, que San Rafael Guízar y Valencia, quinto obispo de Veracruz, se ganó parte de su fama de santidad recorriendo los pueblos al sur de Xalapa azotados por un sismo en 1920. Pero eso era, seguramente, más producto de los cambios del catolicismo con la modernidad. En la época que menos desconozco, los siglos XVIII y XIX, la reacción era, insisto,  litúrgica fundamentalmente.

Reacción, o mejor dicho, reacciones. En realidad, como casi frente a cualquier otra forma de calamidad colectiva, la Iglesia tenía para entonces bien desarrollado un cierto catálogo de medidas ad hoc. Además, como bien saben en este momento los mexicanos, en realidad sismo siempre declina en plural, por lo que en realidad eran días de temblores durante los cuales era posible ir recurriendo a uno u otro medio. Cabe comenzar por una de orden universal: agregar, en las misas cotidianas, una de las oraciones ad diversa que aparecen al final del Misal Romano, desde luego aquella que venía marcada con el título Tempore Terraemotus. Normalmente referida en los documentos como la “colecta Pro tempore terraemotu“, como se ve en este  ejemplo de una edición napolitana del Misal de 1820, en realidad son tres oraciones, colecta, secreta y postcomunión, para distintos momentos de la celebración.

Cabía también recurrir a las letanías, en concreto a la Letanía de los Santos. Como su nombre indica es una larga serie de oraciones a dos voces, en las que se invoca a toda la Corte celestial, pero en una última parte hay una sección variable en la que se puede pedir protección por necesidades concretas. Era ahí donde los clérigos debían insertar el verso “Del flagelo del terremoto, libéranos Señor”, como se ve en este ejemplo, tomado del Ritual Romano, edición romana de 1816, en que se coloca oportunamente justo detrás de la protección contra la muerte súbita:

Por supuesto, cabía hacer rituales más precisos. En concreto, seleccionar un abogado preciso en la Corte celestial para esta causa. Las ciudades novohispanas tuvieron patronos contra los terremotos. San Nicolás Tolentino lo fue de la Ciudad México desde 1611, a iniciativa de los padres agustinos, según el acta de cabildo del Ayuntamiento de 7 de septiembre de ese año. Guadalajara, por su parte, eligió al respecto, pero hasta 1771, a la Virgen de la Soledad. La solicitud de la real confirmación, tramitada por la Real Audiencia de la ciudad ante el Consejo de Indias (Archivo General de Indias, sección Guadalajara, legajo 339), y que incluye el expediente completo, nos permite saber que fue con motivo de los temblores de 29 de septiembre de 1770, 16 de marzo y 12 y 13 de diciembre de 1772, que se había considerado necesario tal patronato. Seguramente fueron este últimos los que convencieron a los magistrados, pues la carta de la Audiencia tiene fecha ya de principios de 1773, mientras que el Ayuntamiento había ya procedido a un sorteo para designar a ese celestial abogado en cabildo de 11 de noviembre de 1771. Nuestra Señora de la Soledad salió sorteada frente a San José, San Cristóbal y San Emigdio, si bien en realidad también habría de recurrirse a la Presencia Real Divina: habría exposición eucarística toda una jornada, a más de la misa con sermón en honor de la Virgen.

Había recursos más excepcionales. En 1776, los canónigos de la Metropolitana de México habían ya ido agotando los más comunes. Habían recibido orden del arzobispo desde el 22 de abril de usar de la colecta Pro Terremotu. Ellos mismos decidieron además cantar letanías y trasladar al altar mayor a San José, que desde mediados de siglo era movilizado por el clero de la ciudad como protector en esta materia. Completaron la iniciativa con una rogativa con las campanas de la Catedral a mediodía y a las oraciones de la noche (Archivo del Cabildo Catedral Metropolitano de México, Actas de cabildo, libro 53, fs. 143v-144). En 1768 habían enlistado estos como los recursos clásicos de la Catedral ante los temblores cuando el arzobispo Lorenzana les había sugerido hacer procesiones en tres domingos consecutivos (ACCMM, Actas de cabildo, libro 49, f. 54). Sin embargo, parecía no dar resultado pues todavía un mes más tarde, estimaban necesario incluir un recurso más, recomendado justo desde Guadalajara: “en aquella Santa Iglesia, por libertarse del castigo de los temblores, que habían sido muchos y terribles, habían establecido el cantar en el coro, después de las horas [canónicas] el Trisagio Sanctus Deus, etc.” El Trisagio, como su nombre indica, es una invocación de la Santísima Trinidad repitiendo tres veces la palabra “Santo” (ACCMM, Actas de cabildo, libro 53, f. 153v).

Capilla del Señor de Santa Teresa de México, uno de los edificios religiosos destruidos en el terremoto de 1845. Imagen procedente de la Historia de la milagrosa renovación de la soberana imagen de Cristo Señor Nuestro crucificado… de Alfonso Alberto de Velasco, 1845.

Sobra decir que estos recursos trascendieron más allá de la época virreinal. En abril de 1845, el obispo de Guadalajara, Diego Aranda y Carpinteiro, dirigía una circular a sus párrocos para que introdujeran al final de las misas “las preces y rogaciones públicas que acostumbra la Santa Iglesia en toda grave necesidad”. El origen de la medida estaba claramente enunciado: la mitra había sido “excitada” por el gobierno civil del entonces Departamento “a insinuación” del gobierno nacional (Archivo Histórico de la Arquidiócesis de Guadalajara, Edictos y circulares, c. 8, exp. 35). Si no necesariamente todas las autoridades estimaban que era efectivamente el medio para afrontar los temblores, al menos se siguió considerando que la religión tenía un papel para restablecer la tranquilidad pública.

Ahora bien, no puedo concluir este apunte sin al menos un testimonio más preciso de esos temblores de antaño. Para mejor convencer al Consejo de Indias de la necesidad y utilidad del patronato de la Soledad,  la Real Audiencia de Guadalajara incluyó un testimonio de notario de lo ocurrido en esa ciudad con el temblor de diciembre 1772, que transcribo a continuación.

AGI, Guadalajara, leg. 339, fs. s/n:

Yo D. Nicolás López Padilla, escribano de S.M., propietario del juzgado privativo de tierras y teniente del mayor de cámara de la Real Audiencia, superior gobierno y guerra de este reino de la Nueva Galicia, certifico en testimonio de verdad en la manera que puedo y debo y el derecho me permite, como el día doce del mes de diciembre próximo pasado a las siete dadas de la noche, se experimentó en esta ciudad un movimiento de terremoto o trepidación tan extraña que a todos causó admiración y espanto, viéndose precisados a desamparar sus casas no sólo las personas de distinción y principales sino igualmente todos los demás habitadores, por haber seguido estos movimientos casi sin intermisión alguna todo lo restante de la noche, hasta otro día, que a las ocho y media de la mañana, estando en el tribunal y despacho los señores presidente y oidores de esta Real Audiencia, repitió otro terremoto de la misma naturaleza que el de la noche antecedente, el que acabo de comprimir los ánimos, de modo que este Real Tribunal se vio en precisión de desamparar la sala del despacho y ocurrir a los templos a implorar las misericordias del Todopoderoso, haciendo lo mismo todas las gentes, temerosos de que no se arruinase este lugar a vista de los estragos que se reconocieron haber causado en los principales templos, conventos y casas de esta ciudad, principalmente en la Santa Iglesia Catedral, que se hallan las torres bastantemente maltratadas y en determinación de si será preciso o no derrumbar sus segundos cuerpos, como se ha ejecutado con los del Santuario de Nuestra Señora de Zapopan, los de la iglesia de Santo Tomás que fue de los regulares de la Compañía, habiéndose igualmente maltratado el cañón y bóvedas de la iglesia de San Agustín, las bóvedas de la iglesia del colegio de Niñas de San Diego, el convento de religiosos de Nuestra Señora del Carmen y en las demás iglesias de esta ciudad, que todas han tenido que componer y reparar por el daño que les causó los expresados terremotos, habiéndose experimentado no poco estrago en las cajas reales de esta ciudad (sic), todo lo que atemorizó de modo a todas las gentes el lugar, que en algún tiempo se veía salir al pueblo en solicitud del sosiego a pasar los días y noches en los campos. En certificación de lo cual y para que conste donde convenga doy la presente en virtud de lo mandado en el auto antecedente en ciudad de Guadalajara a catorce de marzo de mil setecientos setenta y dos.- siendo testigos D. Agustín Josef Carrillo, D. Juan Peralta y D. Miguel Alexandro Delgadillo, presentes y vecinos.- D. Nicolás López Padilla.

Un arzobispo de México reformando la capilla real de Madrid

Retrato del arzobispo Pedro José Fonte, tomado del sitio web de la Arquidiócesis primada de México.

Don Pedro José de Fonte y Hernández Miravete fue arzobispo de México, residente desde 1815, abandonó la arquidiócesis a principios de 1823 a consecuencia de la independencia, y pasó el resto de su vida en España. En otro momento le hemos dedicado espacio en este blog a las cartas en las que explicaba a la Corona y a la Santa Sede su salida de México. Aunque está más allá de mis alcances presentar aquí de manera detallada su vida en la Península, cabe destacar que, sobre todo al final de ella, estuvo lejos de permanecer inactivo. De hecho, tuvo una participación, si no protagónica, al menos importante en la España de la revolución liberal tras la muerte del rey Fernando VII, en el régimen liberal moderado de la regencia de María Cristina.

En principio, fue miembro e incluso presidente de la Real Junta Eclesiástica nombrada para la reforma del clero en 1834. Fue miembro también del Estamento de los Próceres, la Cámara alta de las Cortes formadas conforme al Estatuto Real de 1834. Desde ahí alzó su voz contra la desamortización del gobierno de Juan Álvarez Mendizával en 1836, como se sabe bien por la publicación, en México por cierto, del discurso que pronunció en abril de ese año. Éste, ilustra bien su aceptación de un régimen representativo y liberal, así como la necesidad de la reforma de la Iglesia y de las órdenes religiosas, pero también los límites que ponía al respecto: reforma no era supresión, el clero no dejaba de ser útil al Estado.

Al año siguiente fue nombrado pro-capellán y limosnero mayor de la reina, con título de Patriarca de Indias. Como el capellán titular, por tradición de la monarquía, era el Arzobispo de Santiago de Compostela, el pro-capellán Patriarca era el verdadero organizador de la Capilla Real. Fonte murió en ese cargo en junio de 1839, siendo todavía tratado en los documentos oficiales como “arzobispo de Méjico y Patriarca de las Indias”. Le tocó un período difícil también para España, en particular por una crónica escasez de recursos. La desamortización de bienes eclesiásticos se hizo justo bajo el principio de pagar a los acreedores del Estado. Como cabía esperar, tampoco había recursos para mantener el fasto del culto de la Capilla Real de Isabel II. También ahí debió mostrar su talento reformador, que es justo lo que nos interesa aquí. Enseguida encontrará el lector su informe dirigido al mayordomo mayor de la reina dando cuenta de sus ajustes al personal de capellanes y músicos, que confirma su aceptación de las circunstancias, pero siempre manteniendo ciertas prioridades.

Archivo General de Palacio, Administración general, Real Capilla, leg. 1133

Exmo. Señor

Luego que llegó a mis manos la real orden de 23 de enero de este año, por la cual se dignó S.M. mandar que a la posible brevedad se formasen nuevos reglamentos para la real casa, cámara, capilla, a fin de que la contaduría general pudiese ejercer con acierto la acción fiscal que le compete, dispuse que se reuniesen en cuantos antecedentes podían suministrar noticias, oyendo sin perjuicio al receptor de la real capilla, con el objeto de adquirir la suma de datos necesaria para dar cumplimiento a lo resuelto por S.M. en la parte que me competía como prelado de la real casa, presentando un trabajo completo en lo posible; porque desde luego me propuse no limitar mi obra a la formación de la simple planta de empleos y sueldos, y darle la debida extensión, marcando las facultades y obligaciones de cada empleado, y el modo de proceder en su ejercicio y desempeño, como cabalmente se me previno con posterioridad en real orden circular de 7 de febrero último. En su virtud, como resultado de mis trabajos, tengo el honor de remitir a V.E. para que se sirva presentar al examen y aprobación de S.M. el adjunto proyecto de reglamento, formado con presencia de las antiguas constituciones del año de 1757, de varios trabajos dados en distintas épocas que no llegaron a tener efecto, del último reglamento aprobado por el señor D. Fernando 7º en 16 de marzo de 1824, de las plantas del cuerpo de capellanes de honor y de la capilla música, decretada la 1ª en 26 de junio y aprobada la 2ª por S.M. en 26 de octubre de 1834, y de todas las reales órdenes posteriores que se han comunicado a esta patriarcal sobre las demás clases de la real capilla, y que de alguna manera han modificado lo resuelto con anterioridad.

El proyecto, en general, está conforme con las constituciones y órdenes posteriores en todo lo relativo a facultades y obligaciones de los ministros y empleados, y sólo se han hecho en este punto algunas variaciones de bien poca consideración, teniendo para ello presentes las distintas épocas y circunstancias, pero siempre con sujeción al espíritu de las reales disposiciones recientes. Las únicas alteraciones que he creído indispensable proponer, versan sobre el personal de capellanes de honor y sobre un corto aumento de sueldo a alguna plaza de la capilla de música. Nunca he perdido de vista la economía tan necesaria y precisa en las actuales circunstancias, y esta privilegiada consideración es ciertamente la que ha presidido en mis trabajos; pero era preciso tener presente otra de no menor importancia, era indispensable no sacrificar, por decirlo así, el decoro del culto, y mi objeto por lo tanto se ha dirigido a combinar ambas atenciones, en términos de que, sin recargar con una suma excesiva la dotación de la real capilla, se tribute en ella el culto divino, si no con el brillo y la magnificencia que permitían épocas más prósperas, al menos con el decoro debido a la casa de S.M. No sé si habré conseguido mi propósito, pero sí puedo asegurar a V.E. que las alteraciones que propongo y que paso a enumerar, producen muy poco gravamen, han sido inspiradas por los deseos más sinceros del acierto, y son el fruto de la meditación.

El sueldo anual de doce mil reales señalado a cada plaza de capellán de honor en la planta vigente de 1834 es en mi concepto muy escaso para que un ministro de esta categoría, adornado de los requisitos y cualidades que el reglamento exige, pueda sostenerse en la corte con la decencia propia de su rango. La obligación de predicar los sermones de tabla que recientemente se les ha impuesto y el aumento de trabajo que ha de resultarles con la supresión de dos plazas, son también motivos muy poderosos para que deba ser mayor la dotación; por ello propongo que ésta sea de veinte mil reales anuales, pero reduciendo a doce el número de individuos de la dicha clase, en vez de catorce de que debe componerse actualmente, sin hacer mérito por de contado de los cuatro restantes del banco de órdenes, sobre cuyos sueldos no se propone variación; debiéndose también tener presente que cinco de los capellanes que hoy existen en el banco de Castilla disfrutan los veinte mil reales y dos de ellos aún más por órdenes especiales de S.M. Iguales consideraciones me han movido a proponer la asignación de diez mil reales de sobresueldo anual a cada uno de los tres dignidades u oficios, a saber: receptor, juez y cura de palacio; siendo de notar que a pesar de ser mayor dicho sobresueldo que el que hoy les está señalado, sólo resulta en los tres la pequeña diferencia de cuatro mil reales, respecto del total que perciben por las nóminas actuales. El fiscal de la Real Capilla goza hoy dos mil reales de sobresueldo; pero los trabajos a que tiene que dedicarse por razón de su oficio exigen el aumento de dos mil reales más, según propongo; cuya suma guarda cierta proporción con la señalada al juez. He creído también preciso que haya un segundo maestro de ceremonias que sustituya al primero, con el módico sobresueldo de mil reales anuales, porque este cargo es muy importante en la capilla y conviene que haya más de un individuo instruido y ejercitado en el ceremonial para que nunca falte la buena dirección y orden en las funciones y demás actos religiosos.

La sección 6ª. del capítulo 3º del proyecto de reglamento trata de mozo encargado del alumbrado y limpieza de la capilla. Esta plaza, aunque actualmente no es de planta, ha existido siempre, sus gastos se han abonado en cuentas y han sido pagados por la receptoría; y puesto que los fondos de esta ingresan en el tesoro general de la real casa, no resulta gravamen alguno de que se comprenda en nómina en lo sucesivo.

Suprimido el colegio de niños cantores, quedaron reducidos a dos los tiples de la real capilla, disfrutando cada uno conforme a las últimas reales órdenes el sueldo anual de cuatro mil reales; pero la experiencia ha demostrado que es muy difícil hallar cantores en esta cuerda por tan bajo haber, y aun se ha visto que uno de los dos jóvenes que últimamente ha desempeñado dichas plazas, la ha renunciado para buscar mejor colocación, por lo mismo designo para cada una de ellas el sueldo de seis mil reales.

Al organista único le fueron señalados en la planta de 1834 diez y ocho mil reales de sueldo, y con posterioridad se sirvió S.M. reducirlo a catorce mil reales, que es el que en el día goza. Los conocimientos artísticos que se necesitan para el desempeño de esta plaza y el lugar que ocupa en la capilla de música, son circunstancias que merecen cierta consideración. La aptitud del que la desempeñe no debe limitarse a la mera ejecución de instrumentista, es preciso que conozca la composición para improvisar cantos y acompañamientos, y que al mismo tiempo esté ejercitado en la dirección de la orquesta para sustituir, como inmediato, al maestro de capilla; por ello me ha parecido arreglado proponer se le reponga en el sueldo de diez y ocho mil reales que le marcó la planta de 1834, teniendo también presente que el profesor que desempeña esta plaza, da actualmente el trabajo que presentaban antes al menos dos organistas de tres que existían, bien dotados, y que no sería justo que el que sustituye inmediatamente al maestro de capilla tuviese menos sueldo que el músico de voz más antiguo, que sólo puede dirigir la orquesta a falta del maestro cuando el organista se hallare ocupado en el órgano.

Éstas son las únicas alteraciones que la necesidad me ha hecho proponer. Ellas están justificadas con las razones que dejo expuestas, y puede desde luego asegurarse que el exceso que resulta en el presupuesto de la capilla es de bien poca consideración, incluyendo dos mil reales que debe continuar cobrando, además de sueldo el primer ayuda de oratorio, D. Pedro de la Cámara, según le está concedido por S.M. y los diez mil reales más que ha de costar por ahora el cuerpo de capellanes de honor, hasta que vaque una plaza del banco de Castilla, como se manifiesta en el artículo 239 del proyecto de reglamento, que en atención a las circunstancias lleva el carácter de provisional, según lo expresa su artículo 141, y podrá por ahora llenar su objeto, sin perjuicio de las reformas o alteraciones que S.M. crea oportunas en lo sucesivo.

Tales son los motivos que me han dirigido en el desempeño del encargo con que me honró S.M., no sé si habré acertado a llenar sus reales intenciones en un asunto de suyo espinoso y difícil, y en que han debido tenerse a la vista para hermanarlas, muchas y encontradas consideraciones. S.M. lo calificará con su rectitud y alta sabiduría y justa, como siempre, al mismo tiempo que mejore este trabajo, creerá en la lealtad y celo con que he procurado corresponder a su confianza.

Dios guarde a V.E. muchos años. Madrid, 30 de abril de 1838.

 

Pedro, arzobispo de Méjico, electo Patriarca de las Indias.

 

Señor mayordomo mayor de S.M

Dos documentos de la reforma de cofradías de Nueva Galicia

Retrato del Dr. Juan Cruz Ruiz Cabañas, obispo de Guadalajara, sacristía de la Basílica Catedral de San Juan de los Lagos, foto de Simona Villalobos Esparza.

Esta semana presento aquí dos documentos de una reforma de cofradías que, aunque un tanto menos presente en la historiogafía mexicanista, no fue menos importante: la que realizó, a través de su primera visita pastoral, entre 1797 y 1802, el Dr. Juan Cruz Ruiz Cabañas, obispo de Guadalajara. En primer lugar incluyo un fragmento de su mandato de visita en que aparece justo el punto de las cofradías, y en que podemos destacar la definición de ellas según este prelado. Me he tomado la libertad de subrayar el vocabulario de sinónimos que utilizó para designarlas: cofradía, junta, hermandad y congregación. Quienes han estudiado el tema me corregirán, en otros contextos esos términos podían hasta formar categorías más específicas, no era el caso en nuestro prelado. Esos juegos de términos y de definiciones son, me parece, de los temas que hacen interesante el asunto de la reforma de cofradías: quien piense que puede partir de una definición abstracta y jurídica estable para tratar el asunto, puede llegar a desesperarse un poco. Sobre ello argumento un poco más en el libro Cuerpos profanos o fondos sagrados. La reforma de cofradía en Nueva España y Sevilla en el Siglo de las Luces.

El segundo documento es un fragmento de un auto de visita del comisionado que el obispo envió a las últimas parroquias que visitó, las de Nayarit. Interesa porque se trata de una recopilación de indicaciones que se fueron acumulando en los recorridos por las otras regiones de la diócesis. Esto es, aquí ya vemos la experiencia acumulada sobre las cofradías por el prelado bajo la forma de unas medidas generales que como el lector notará, versan sobre todo a propósito de la administración de bienes, y en concreto, de ganado. Las cofradías de la Nueva Galicia eran ganaderas, como ya lo había hecho notar el estudio de Ramón Serrera Contreras. No era la única región con esta característica, por ello no es de extrañar que a veces las cofradías se confundieran, en términos prácticos, con los ranchos y estancias, o con el ganado mismo. Desde luego, en uno y otro documento aparece la inquietud fundamental del obispo: reforzar la frontera entre lo sagrado y lo profano.

Mandato general de visita del obispo Cabañas sobre cofradías, 1797*

9. Cofradías.- Como cofradía no sea otra cosa que una junta, hermandad o sociedad cristiana de algunas personas que no viviendo en comunidad ni obligándose por algunos votos o juramentos se unen de común consentimiento para emplearse en algunas obras de piedad y practicar ciertos ejercicios espirituales con la aprobación de los legítimos superiores, debe sin duda alabarse este género de piadosos institutos, que además de tener un origen el más antiguo y respetable, y semejarse mucho a la perfecta unión que entre sí tenían los primitivos cristianos, pueden también acarrear y producir útiles y loables efectos, tanto en la vida civil y social como en la religiosa y espiritual. Pero aunque las cofradías cristianas, que son de las que acabamos de hablar, atendido su puro origen y objeto de su institución sean a la verdad tan santas y venerables como se deja fácilmente entender, no es menos cierto que las más de estas juntas piadosas dejaron de serlo en todo o en parte, consumiendo sus pocos o muchos bienes en usos enteramente profanos, dedicándose poco o nada al culto de la religión, al ejercicio de las virtudes, a la frecuencia de Sacramentos, a la caritativa hospitalidad con los pobres, y a otros destinos y loables ocupaciones que se tuvieron presentes al tiempo de su erección, y suelen constar de sus respectivas constituciones, sino que aun por desgracia nuestra y por descuido de aquellos a cuyo cargo estaba el gobierno y erección de estas hermandades, vinieron a tal estado de desorden y tan difícil de remediarse que no sólo han conspirado de común acuerdo ambas potestades a cortar de raíz sus grandes abusos, sino que aun han explicado los más vivos deseos de ver extinguidas las más de las cofradías, y de que se agregasen sus fondos, rentas y bienes a parroquias pobres, a hospitales y casas o juntas de caridad, virtud la más santa y recomendable. Estas son ciertamente las juntas y congregaciones que más debieran promoverse, y estas las cofradías en su puro y primitivo origen, que nos harían traer a la memoria aquella feliz y primitiva congregación de los primeros cristianos, en quienes no había más que un corazón y un alma, según la viva expresión de la Santa Escritura, en quienes no se veía un necesitado sin oportuno socorro, y en quienes se verificaba a la letra la más estrecha unión y las más perfecta hermandad y cofradía. Mas contentándonos por ahora con aconsejar y exhortar a la erección de semejantes congregaciones, debemos mandar y mandamos que todas las cofradías existentes en la iglesia parroquial o en cualquiera otra de esta feligresía, se arreglen enteramente en el gobierno y dirección de sus hermanos cofrades, en la buena administración de sus rentas, y en la moderada inversión de sus caudales, a lo prevenido y ordenado en sus particulares constituciones, y que así nuestros curas o vicarios eclesiásticos, como sus mayordomos y demás personas a quienes pertenezca el entender y conocer de la observancia, aumento y conservación de las reglas, fondos y réditos pertenecientes a las mismas cofradías, guarden y cumplan lo que dejamos ordenado en los dos capítulos anteriores, so pena de ser todos ellos responsables a los perjuicios y atrasos que por su descuido e inobservancia resultaren, y de que no les servirían los frívolos pretextos y vanas excusas con que suelen cubrirse y descargarse en sus cuentas mal formadas, y en sus gastos superfluos, profanos y ajenos del loable y piadoso instituto de semejantes erecciones.

 

Auto del visitador del obispo Cabañas en las cofradías de Tequila y Nayarit, 1801*

[Fragmento]

Y que en lo sucesivo tenga particular cuidado de no pasar en data cabezas muertas y perdidas sin señales evidentes y justificación de que no ha habido ni hay dolo, fraude u omisión de los que están encargados de su cuidado, ni por consumida sin que conste por menor su legítimo consumo, con arreglo a constituciones, y no según las prácticas abusivas que se hubiesen introducido.

Que las elecciones anuales de oficiales de cofradías se hagan a presencia de los alcaldes y principales para que éstos sean responsables de cuanto se les entregue a los nuevos electos bajo inventario, y no siendo el caporal oficial de cofradía, sino un sirviente a quien se encarga el cuidado del ganado, se ponga muy especial en que esta elección no recaiga sino en persona de la mayor confianza y actividad, sea o no sea del gusto de los indios, dándole salario o gratificación con proporción a su trabajo.

En orden a las cofradías de españoles e indios, mandó su señoría ilustrísima.

Que en adelante no se haga imposición alguna o redención de capital o enajenación ni compra de finca sin expresa licencia de su señoría ilustrísima, ni sin la del cura vicario venta alguna, permuta, alquiler, o préstamo de bestias o ganado a personas particulares, la que nunca debiera conceder el referido cura sin manifiesta ventaja de la cofradía.

Que cumpla y haga cumplir los actos de religión y piedad que se prescriben en las constituciones respectivas de cada una de ellas, sin excederse en el número y estipendio de las misas y funciones de lo acordado en las mismas, ni permitir gastos algunos superfluos.

Que haga poner a continuación de los autos respectivos un inventario exacto de lo que sea propio y peculiar de cada cofradía, y que en el estado anual del ganado se expresen las clases, edades, cabezas estériles, de vientre, gordas, viejas y mansas, cerreras, y las que hubiesen nacido en el año último.

Que se satisfaga al seminario conciliar la pensión anual que tuviese cada cofradía con la mayor puntualidad, debiendo tener entendido los curas que ellos son los que deben responder y ningún otro, así del cobro y remisión de esta cantidad como de las que en esta clase estuviesen encargadas a las cofradías en cuentas aprobadas por ellos mismos y no constasen satisfechos en los libros del seminario, persuadidos a que no se les admitirá en este punto excepción ni excusa alguna, ni se les disimulará la más mínima omisión.

Que el asiento de cofrades se haga en libro separado, con expresión del día, mes y año de su ingreso, y al fin de cada uno se ponga una nota específica, firmada por el cura y mayordomo, de los que hubiesen muerto, de los que hubiesen salido y de los que no hubiesen contribuido con las limosnas prescritas en las constituciones.

Que se tenga presente y se observe lo prevenido en los mandatos generales de la actual visita en orden al gobierno de cofradías, facilitándose para el efecto a los mayordomos por el cura vicario un tanto de los capítulos séptimo, octavo y nono.

* AGI, Guadalajara, leg. 543, fs. 18-19.

* AGI, Guadalajara, leg. 543, fs. 1049v-1051.

Demanda de memoria y oferta de historia: recorriendo las iglesias de Xalapa

Catedral de Xalapa en 2005.

En esta ocasión aprovecho este espacio para promover la labor de un colega historiador, el Dr. Paulo César López Romero, gran conocedor de la historia de los pueblos de la región de Xalapa, en el centro de Veracruz. Mas es oportunidad para reflexionar un poco en torno a la historia como práctica cultural. Lo que comparto aquí es el video que otro colega, el Dr. Ángel Rafael Martínez, realizó de un recorrido por las calles del centro de Xalapa en que el doctor López Romero explicaba con cierto detalle la historia de dicha urbe, acompañado de un público no especializado, pero muy interesado y a veces informado del tema. Sobra decir que no es el primer ejemplo ni el único, en varias ciudades se realizan ahora recorridos semejantes. Es una manera de difundir el conocimiento histórico convirtiéndolo en una práctica cultural, el paseo o la visita “cultural”.

Ahora bien, lo que más resalta es, repito, el interés del público, muchas veces conocedor de leyendas populares o difundidas en su día por las élites, así como de las versiones más oficiales de la historia local. Es un público que, incluso, demanda con frecuencia la confirmación de esa memoria: de manera constante se escucha al doctor López Romero hacer aclaraciones frente a ese tipo de preguntas insistentes. Ante ellas, como buen historiador profesional, formado en el trabajo de búsqueda y análisis de fuentes, de crítica de los usos de la historia, pero también de “imaginación histórica” (como hubiera dicho R. G. Collingwood), mi colega ofrecía Historia. Esto es, un relato vínculado a fuentes precisas, enmarcado en contextos que no son sólo locales, pero también imaginativo en su capacidad de aprovechar los objetos más diversos como testimonio. En el video se aprecia bien que los propios edificios cuentan su historia a aquél que quiera y sepa buscarla. Asimismo, se nota la crítica de esa memoria, la desacralización de mitos locales y el trabajo de interpolación para ofrecer hipótesis ante los “huecos” de testimonios fragmentados.

Desde luego, para fines de esta página, interesa en particular el recorrido por dos iglesias: la Catedral y la iglesia del Calvario. Especialista en la historia de los pueblos indios, nuestro guía no es experto en la vida de San Juan Nepomuceno, por lo que hay por ahí alguna leve imprecisión, que yo sé que los lectores más conocedores sabrán perdonar. En cambio, hay un amplio aprovechamiento de fuentes notariales, cartográficas, arqueológicas y arquitectónicas para construir un discurso al alcance de un público fuera de los espacios universitarios. Es esto finalmente lo que más debe valorarse, siendo que nuestra historiografía no ha dejado de ser un discurso a veces desconectado por completo de las inquietudes de nuestros contemporáneos.

Comencemos pues por la Catedral (desde el inicio hasta el minuto 16.30 aproximadamente), siendo también de interés la explicación del minuto 28 al 34.30 sobre una capilla ya desaparecida.

Enseguida, la iglesia del Calvario, desde el minuto 8.20 al 35.50.

En fin, la iglesia de San José, a partir del minuto 20.

Naturaleza humana y política, un apunte sobre Santo Tomás de Aquino III

Última parte de este apunte. En los anteriores vimos el contexto institucional e ideológico de la idea del hombre como unión de cuerpo y alma de Santo Tomás, terminemos viendo su importancia histórica.

Santo Tomás de Aquino, atribuido a Antoine Nicolas, ca. 1648 Catedral de Notre-Dame de París.

Desde la perspectiva de la historiografía contemporánea, es justo en esto que reside la significación de Santo Tomás de Aquino para la historia social medieval. Hay una cierta rehabilitación de lo carnal, del cuerpo, que resulta necesario para el alma en cuanto al uso de sus potencias sensitivas y generativas. Mas no es que el alma resulte menospreciada, pues casi sobra decir que mantiene su superioridad sobre el cuerpo. El artículo primero de la cuestión 76 afirma “lo primero por lo que un cuerpo vive es el alma”, más todavía “el alma es lo primero por lo que nos alimentamos, sentimos y nos movemos localmente; asimismo es lo primero por lo que entendemos”. De hecho, el hombre tal como había sido creado por Dios, es decir en estado de gracia, tema en que Santo Tomás se detiene ampliamente a partir de la cuestión 94, se distinguía por su rectitud, esto es: “la razón estaba sometida a Dios; las facultades inferiores a la razón, el cuerpo al alma”. El pecado original, la pérdida de esa gracia divina, implica de alguna forma la alteración de esa correcta jerarquía: “desapareció la obediencia de la carne al alma”. En el Paraíso terrenal “el alma preservaba al cuerpo de corrupción mientras estuviese unida a Dios”, sin ese vínculo, pues aparece la muerte. En la cuestión 85 ya de la primera sección de la segunda parte de la Summa, explica con mayor precisión que una consecuencia del pecado original fue la disminución de la tendencia a la virtud de la naturaleza humana, pero sin que llegue nunca a extinguirse del todo. En el orden natural y sobre todo en el sobrenatural, el alma gobierna sobre el cuerpo.

Esta doctrina no dejaba de tener consecuencias políticas. En principio, porque la relación del alma y el cuerpo se había convertido en el siglo XIII en la metáfora política por excelencia. Juristas y teólogos, los universitarios pues, coincidían entonces en retomar la imagen de la Iglesia como cuerpo de Cristo que aparece en las epístolas de San Pablo, para aplicarla a su propia época, y prácticamente a toda forma de lo que hoy llamaríamos reunión, asociación o comunidad, incluida la monarquía. Santo Tomás la usó explícitamente en su Opúsculo sobre el gobierno de los príncipes. Siguiendo a Aristóteles presenta al ser humano como social por naturaleza, pero necesitado de una guía para gobernarse, el cuerpo social es semejante el cuerpo humano en el cual “el alma rige al cuerpo y la razón los aspectos irascibles y concupiscibles del alma”. Esa autoridad, a ejemplo de la naturaleza, era mejor que fuera unitaria, como la de Dios en el universo, y por tanto favorece a la monarquía, aunque dejando abierta la posibilidad de que el pueblo derribara a un monarca tirano. Como cabía esperar los fines superiores a los que el monarca debía obedecer y guiar a su pueblo eran espirituales, debía literalmente “ser para su reino lo que el alma para el cuerpo y lo que Dios para el mundo”, e incluso el Aquinatense dice de forma bastante explícita que para ello el rey debía apoyarse en el clero.

Catedral de Notre-Dame de París en 2014.

Ahora bien, en segundo lugar, y de manera más extensa y profunda, la integración plena del cuerpo a la ciencia sagrada manteniéndolo sometido al alma, hace a Santo Tomás de Aquino, elemento de un proceso más amplio de transformaciones de la sociedad medieval. Se trata del ascenso de la Iglesia como organizadora también de las realidades incluso las más profanas, como las relaciones sexuales. Respecto a este cambio permítanme una cita extensa de Jérôme Baschet, La civilización feudal: “mientras en la alta Edad Media no veía la salvación más que en la huida y el desprecio del mundo, la institución eclesial, una vez que llega a la cima de su poder, manifiesta su capacidad para asumir el mundo material, para hacerse cargo de él con el fin de transformarlo en una realidad espiritual y conducirlo hacia su destino celestial”.

Definir a la naturaleza humana como unión de alma y cuerpo era también una manera de ampliar y profundizar la jurisdicción eclesiástica sobre los cuerpos efectivamente existentes de las mujeres y los hombres de la época medieval. De manera más amplia, ella se extendió también sobre “bienes espiritualizados”, los que habrían de pagar la intercesión permanente por los difuntos en el Purgatorio; sobre “cosas sagradas”, literalmente, desde imágenes hasta complejos de edificios, desde sencillos ornamentos hasta verdaderas joyas artísticas; hasta sobre “reinos cristianos” o incluso sobre los territorios de los gentiles. Esto es, Santo Tomás de Aquino ayudó a convertir a la Iglesia en, de nuevo cito a Baschet, una “máquina para espiritualizar lo corporal”, una máquina sacralizadora pues, que habría de funcionar de manera duradera, al menos por los cinco siglos siguientes hasta la época de las revoluciones liberales e industrial.