Cuatro representaciones de la Inquisición medieval en la animación japonesa contemporánea

Fragmento de la ponencia ¿Un nuevo “evemerismo”? Aproximación a la representación del catolicismo en la animación japonesa contemporánea: el caso de la Inquisición medieval, 1991-2016, presentada en el Seminario Mitos y representaciones de la Universidad Internacional de Verano 2017, organizada por la Universidad de Guadalajara-CULagos, 15 de junio de 2017.

¿Qué fue la Inquisición medieval? Largo sería hacer el recuento histórico detallado. Baste decir que fueron una serie de tribunales dedicados a perseguir la herejía y otros delitos contra la fe, surgidos en Europa occidental a partir del siglo XIII. Fueron preceden para los tribunales inquisitoriales más célebres, los de España, Portugal y Roma, que desaparecieron mayormente a principios del siglo XIX. Su imagen negativa, asociada a la crueldad por el uso de la tortura –que era un procedimiento judicial común del mundo occidental entonces, pues no se habían inventado aún los derechos humanos–, es producto mayormente de la propia secularización, del surgimiento de la esfera de la política, que rechazaba la intervención de lo religioso en ella. Diversos escritores, clásicos románticos que van desde españoles como Juan Antonio Llorente hasta norteamericanos como Edgar Allan Poe, contribuyeron a construir la imagen del inquisidor sanguinario, que la historiografía reciente ha tratado de cuestionar. En general los historiadores se han preocupado por explicar la Inquisición en su contexto, desde luego, sin llegar al extremo de justificarla.

Ahora bien, para desesperación acaso de los comprometidos en hacer llegar las representaciones que produce el conocimiento universitario a la sociedad, la animación japonesa ha retomado sin demasiada dificultad esa imagen sanguinaria y la ha utilizado para construir antagonistas que podríamos calificar de radicales. En efecto, la animación japonesa, el anime, es célebre por construir personajes matizados, ambiguos, complejos, por lo general ni del todo buenos ni del todo malos. Empero, cuando se trata de representar inquisidores, corresponden bien al estereotipo de sanguinarios, intransigentes e intolerantes. Dicho esto como punto de partida, he elegido a los inquisidores de la animación japonesa porque también es posible hacer comparaciones. Voy a presentar brevemente cuatro animaciones: la primera adaptación animada de la novela Arslan Senki, de 1991; Trinity Blood, serie animada de 2005; la segunda adaptación de Arslan Senki de 2015 y la serie Berserk de 2016.

Pues bien, Arslan Senki cuenta la historia de un reino politeísta, Pars, mayormente inspirado de la Persia medieval, derrotado por una monarquía, Lusitania, que sigue una religión monoteísta, claramente inspirada del cristianismo. Dos escenas son las que nos interesan de la primera película animada de 1991 (ver el video de arriba a partir del minuto 22.31): en la primera, el ejército lusitano rodea las murallas de la capital de Pars, y para intimidar a sus defensores, se presenta en una carreta el personaje que nos interesa, el inquisidor Bodin.

El Inquisidor de Arslan Senki, Animate Film, 1991

Es representado vistiendo una especie de casulla sobre una sotana y portando una especie de mitra y un báculo puntiagudo. Éste, lo utiliza para torturar a un general capturado en una batalla previa, que va encadenado y acostado en la carreta. Aunque la mayor parte de los golpes que le asesta son presentados sólo con sombras o de espaldas, amenaza con una tortura más refinada, hasta que, a petición del propio general, una flecha lanzada desde la muralla acaba con su vida. Una segunda escena, más breve, ya con la capital ocupada por los lusitanos, representa a Bodin encabezando una quema de libros. Tenemos pues, a un inquisidor sacerdotal, anciano, excepcionalmente sanguinario pues hasta los soldados que lo acompañan en la primera escena muestran gestos de rechazo.

El Departamento de Inquisición de Trinity Blood, Gonzo, 2005

Una Inquisición más organizada, menos personal y más institucional, apareció catorce años más tarde en Trinity Blood. Historia de enfrentamientos entre hombres y vampiros en un escenario tecnológicamente futurista, pero políticamente inspirado de la Edad Media: la monarquía de Albión, inspirada en Inglaterra es la principal potencia de los humanos, y el “Nuevo Imperio Humano”, inspirado del Imperio Bizantino, la potencia de los vampiros. La serie revive una corte pontificia con poder territorial y militar, con cardenales que llevan los apellidos de la nobleza renacentista y que se disputan entre sí sobre la manera de afrontar el conflicto. Dos organizaciones se destacan: los agentes especiales de la Secretaría de Estado, que son los protagonistas, y el Departamento de Inquisición. Ésta, es representada como una auténtica orden de caballería de cruzados, con sus integrantes vistiendo armadura y manto con la cruz al pecho, además de pesadas armas de inspiración medieval y tecnología futurista. En general son los intransigentes y radicales de esta historia, es decir, son los que procuran llevar el enfrentamiento hasta sus últimas consecuencias, bien que sí llegan a conocer un límite: la lealtad a un joven y compasivo Papa.

Armas del Departamento de Inquisición, Trinity Blood, Gonzo, 2005

Gracias a que Arslan Senki ha tenido una segunda adaptación animada, pero ahora como serie, podemos comparar directamente esta representación de la segunda década del siglo XXI con la que ya hemos citado. Hay varios puntos a señalar: dado que es un episodio de una serie de 26 episodios y no parte de una película, la escena de la presentación de Bodin es más larga, dura casi el doble de la primera versión.

El Inquisidor de Arslan Senki, Liden Films/Sanzigen, 2015

El inquisidor ya no es representado de manera sacerdotal, sino como un caballero cruzado; la modesta carreta se convierte en una gran plataforma donde el general aparece bañado en sangre y amarrado a un poste; en general la violencia es mucho más explícita. El inquisidor es representado con ojos desorbitados, movimientos de lengua y en general una gestualidad que lo hace ver mucho más sanguinario.

Mozgus, el inquisidor de Berserk, GEMBA/ Millepensee/ Liden Films, 2016

Sin embargo, al respecto es superado por Mozgus, el inquisidor de la primera temporada de la serie Berserk, emitida el año pasado. Representado con vestimenta sacerdotal y sombrero saturno, acompañado de seis personajes que lo asisten como torturadores, es el único del que vemos además una práctica ascética, intensa aunque muy característica, también es el único que representa realmente el papel de un juez investigador del delito de herejía. Por supuesto, es el más intransigente de los cuatro, el más orgulloso de su condición clerical, que defiende con energía desde su primera aparición.

Los torturadores que acompañan a Mozgus, Berserk, GEMBA/ Millepensee/ Liden Films, 2016

Sala de tortura del inquisidor Mozgus, Berserk, GEMBA/ Millepensee/ Liden Films, 2016

En suma pues, una representación de los inquisidores medievales que no tiene nada de histórica, sino que corresponde bien a los clichés más clásicos, y más aún, que se hace cada vez más explícitamente violenta y sanguinaria, conforme se cruza además con la representación de la cruzada. Paradójicamente, estos antagonistas cada vez más crueles pueden contribuir a hacer brillar más a los héroes de la historia. No podemos sino volver a la problemática planteada por Vanina Papalini (Animé, mundos tecnológicos, animación japonesa e imaginario social, 2006), en el sentido de que la animación japonesa debería parte su éxito a haber ofrecido nuevas figuras de héroes, menos perfectas que aquellas a las que nos había acostumbrado Hollywood. Esos héroes, complejos, tampoco faltos a veces de momentos de debilidad y de violencia, resultan beneficiados de ese contramodelo de intransigencia que ofrece la representación de los Inquisidores medievales, permite mostrar de manera más clara los valores que la animación japonesa promueve –punto que espero desarrollar en otro momento – y que constituyen un factor que posibilita su recepción, incluso religiosa.

Las cosas del querer

Este viernes, en el marco de la Universidad Internacional de Verano 2017 que organiza el Centro Universitario de los Lagos, se ha presentado el libro Las cosas del querer. Amor, familia y matrimonio en Iberoamérica, editado por esta misma institución. Casi sobra decirlo, la historia del matrimonio forma una parte no menor de la historia del catolicismo, que lo convirtió en sacramento en la Edad Media y aun combate por tenerlo en alguna medida bajo su jurisdicción. Por ello me ha parecido pertinente abrir este espacio esta semana para el texto que en ese marco presentó una de las comentaristas, Julia Alejandra Coss Barajas, estudiante de la carrera de Humanidades con orientación en Historia cultural. Al final, además, el lector encontrará el video de la conferencia de la Dra. Lina Mercedes Cruz Lira, “Buscando indicios de amor y desamor. Matrimonios de indios en la Ciudad de México, siglo XVIII”, que justo forma parte de sus investigaciones con vistas a la edición de este libro.

Las cosas del querer. Amor, familia y matrimonio en Iberoamérica.
Julia Alejandra Coss Barajas

Dos investigadoras, una radicando en México y la otra en Estados Unidos junto a un maestro en España fueron los encargados de darle vida a esta edición. La Dra. Lina Mercedes Cruz Lira tiene como alma mater la Universidad de Guadalajara. Actualmente es una miembro importante del cuerpo académico de este centro universitario, como profesora e investigadora, centrando sus estudios en historia de la familia. La mayoría de los estudiantes la conocemos por la apertura que muestra siempre, tanto en el sentido de compartir su experiencia como por interesarse, casi de manera personal, en el desarrollo académico que cada uno de nosotros vamos logrando. Guiomar Dueñas Vargas, comenzó su vida laboral intelectual en la Universidad Nacional de Colombia, país en el que centra la mayoría de sus investigaciones. Actualmente  es profesora e investigadora de la universidad de Memphis en Tennessee, Estados Unidos. Por otra parte, Antonio Fuentes Barragán es Maestro en Estudios Americanos por la Universidad de Sevilla, centrando sus investigaciones en la sociedad argentina.

Nuestros tres coordinadores, lograron reunir a otros 7 colegas a lo largo de América  y España para dar testimonio, mediante sus investigaciones, de que -citando a Dora Dávila Mendoza, colaboradora de este libro-,  “el amor constituye el motor vivo de un sentimiento vuelto acción y, por lo tanto, es un espejo que puede reflejar otras dinámicas sociales no menos complejas donde quedan involucrados, de modo consciente o no, las acciones de mujeres y hombres”  en este caso, la población de Iberoamérica durante el siglo XVIII Y XIX. Y aunque sus orígenes no son los mismos, a lo largo del desarrollo muy particular de cada autor en su respectivo capítulo, es muy notable la entrega que tienen hacia el estudio de las sociedades americanas mediante el uso de nuevas técnicas y fuentes como lo son los archivos parroquiales, archivos familiares particulares, la prensa de la época y hasta un diario personal mediante los cuales, tampoco temen abordar temas poco indagados y aún criticados sobre la historia familiar o  la historia de los afectos.

El libro consta de 10 capítulos, donde se presenta la investigación de cada uno de los organizadores y colaboradores. Para su mejor lectura yo recomiendo dividirlo en 3 partes, la primera es, precisamente, referente al capítulo 1, a cargo de la Dra. Guiomar Dueñas y se titula “¿Quién le teme a las emociones?” donde hace una excelente introducción que explica la importancia del estudio de la historia de los sentimientos y desmiente los temores  de dicho tema entre los enfoques y metodologías que aborda.

La siguiente parte abarca los capítulos 2 al 7, los cuales estudian diferentes casos en la segunda mitad del siglo XVIII. Desde los últimos matrimonios de indias caciques en la Ciudad de México, pasando por la constante corriente de comerciantes que circulaban por San Luís Potosí, la incomodidad de la sociedad portuguesa al relacionarse con las diversas estratificaciones sociales de Brasil, el impacto de las leyes de la corona al momento de cancelar o impedir un matrimonio en las últimas décadas de la colonia en Buenos Aires o la comparación entre los ideales entre estas reformas y las realidades de la sociedad del momento en Venezuela.

La tercera parte la conforman los últimos 4 apartados, acercándonos a las realidades emocionales ahora del siglo XIX. Iniciamos con una revisión a las jurisdicciones matrimoniales al mismo tiempo que se conformaban las instituciones públicas de Buenos Aires, siguiendo con el amor, el matrimonio y el divorcio en el México reformista y terminamos con la apasionante historia de amor romántico plasmada en un diario personal de dos amantes en Guadalajara.

Este libro, en palabras de sus autores, “es una invitación a explorar la intimidad de las familias iberoaméricanas”. Las y los investigadores nos demuestran cómo la historia de los afectos, no es netamente subjetiva, sino que –citando a Guiomar Dueñas- “se  debe explorar el contexto social y cultural donde las emociones se producen”. Como estudiante de la Licenciatura en Humanidades con especialidad en Historia cultural, veo en este libro una enorme muestra de lo que puede y debe llegar a ser nuestro trabajo como historiadores. Aquí me gustaría destacar el trabajo realizado entre investigadores de distintas universidades. Definitivamente pienso que la participación de colegas procedentes de zonas geográficas de escala mundial enriquece el logro de los objetivos en la obra, es decir, “repensar los temas que han sido centrales en los estudios de la organización familiar, de las etnias, la mezcla racial, la legislación sobre matrimonios de la corona Española y la sexualidad”.

En cuanto a la forma, como estudiante también, me gustaría señalar la facilidad con la que se puede leer cada uno de los trabajos sin que se pierda la formalidad y el contenido. Al mismo tiempo, el aparato crítico deja ver fácilmente las fuentes de cada autor las cuales son muy variadas, desde archivos personales, parroquiales, nacionales, bibliografía académica, manuales, registros, etc. Uno como estudiante agradece encontrar referencias fácilmente en caso de necesitarlo para futuras investigaciones.

Las cosas del querer invita a los lectores a repensar la población iberoamericana del siglo XVIII y XIX en el plano emocional, dejar de lado esa idea de sociedades obedientes muy bien estructuradas y reglamentadas. Cada uno de los estudios de los autores viene a demostrarnos que “el matrimonio ibérico no se aclimató de la manera esperada en las Indias porque se intentó imponer sobre comunidades étnico-racial y culturalmente diversas, dando lugar a modelos alternativos de la familia donde la iniciativa de la unión partía del deseo de los contrayentes y no de la imposición de los padres.” Nos recuerda que aún muchos siglos atrás de nuestra actualidad, las personas tenían pasiones, sentimientos e intereses emocionales pero, es en estos siglos cuando poco a poco los dejaron fluir yendo en contra de los ideales gubernamentales, a tal grado, que poco a poco estas tuvieron que ir modificando sus leyes aceptando las realidades de su población.

Aplaudo el trabajo de la doctora Lina, la doctora Guiomar, el maestro Antonio y sus demás colaboradores, así como a la editorial de CULagos por traer hasta nuestras manos el día de hoy Las cosas del querer. Amor, familia y matrimonio en Iberoamérica.

Buscando indicios de amor y desamor. Matrimonios de indios en la Ciudad de México, siglo XVIII from CULTURA Y SOCIEDAD-CULAGOS on Vimeo.

Un Corpus lluvioso, el de Sevilla de 1766

Reliquias en la procesión de Corpus Christi en Sevilla en el siglo XVIII.

El próximo jueves es Corpus Christi, la que durante mucho tiempo fue una de las grandes fiestas del catolicismo, celebrada con una procesión particularmente fastuosa. No era para menos, desde el siglo XVI, frente a los protestantes, el catolicismo insistió en la presencia real de Dios en la Eucaristía. La salida por las calles de la Eucaristía, Dios mismo procesionando por las calles de las ciudades católicas, no podía sino realizarse con particular esplendor: las calles se cubrían de alfombras y toldos para proteger su paso, se instalan altares para hacer estación durante el recorrido, las campanas se lanzan a vuelo, los santos patronos en imagen o en reliquia formaban su cortejo, llevadas por las cofradías, las parroquias y el clero. De alguna forma toda la sociedad era representada en la procesión, que en el mundo hispánico además era común que la abriera la representación del mal domesticado: la tarasca.

Ahora bien, el Corpus Christi es una fiesta móvil. Tiene lugar 60 días después del Domingo de Resurrección, lo cual implica que, según esta se adelante o se atrase, tiene lugar en mayo o en junio. Puede caer, por tanto, en una primavera del hemisferio norte todavía soleada o ya en temporada de lluvias. En Sevilla, ciudad donde las procesiones son, incluso hoy, celebradas con particular esplendor, no ha dejado de tener constantes incidentes con la lluvia. En nuestros días tal vez no hay mayor tragedia para la capital hispalense que una Semana Santa lluviosa. El jueves de Corpus Christi también ha padecido sus estragos, aquí presento brevemente el relato de uno de ellos: el de 1766.

Es interesante ver que, aun bajo la lluvia, los canónigos de la Catedral, que conducían la procesión, no perdían la compostura y se mantenían preocupados por las cortesías y ceremonias correspondientes. Desde luego, el problema fundamental era garantizar la seguridad de la hostia consagrada, pero también se nota la atención con las corporaciones principales que iban en la procesión y con sus inesperados anfitriones, los canónigos de la iglesia colegial del Salvador. En fin, sobre todo al final, el secretario no dejó de advertir también la preocupación por los caros ornamentos dedicados a la Eucaristía: la custodia estrenaba unos faldones bordados de mucho valor, que también había que cuidar.

Archivo de la Catedral de Sevilla, Secretaría, leg. 7180, Autos capitulares de 1766,fs. 92v-95

“Jueves 29 de mayo de 1766, cabildo extraordinario en la Iglesia de San Salvador, presidido por el señor chantre.

Iglesia Colegial del Salvador, estado actual

En este día, en que se celebró la festividad del Corpus, no obstante de haber sido vario el tiempo en los antecedentes, con la esperanza de que daría lugar a que se hiciese la procesión, comenzó ésta a su hora regular, lográndose por la actividad de los señores diputados para su gobierno que a las nueve y tres cuartos escasos de la mañana saliese del coro la custodia, y llegando el Cabildo a la puerta de San Miguel, se levantó un viento recio que no dejó vela encendida, siguiendo así la procesión hasta mediado [de la] calle Génova, donde tomando luz del altar de Nuestra Señora del Pópulo se volvieron a encender y se continuó con más serenidad hasta la calle de la cárcel, donde empezó a lloviznar cosa que no daba especial incomodidad, por la defensa de los toldos, pero engrosándose algo más el agua en la calle de la carpintería, arreciando notablemente luego que se dio vista a San Salvador, y a tiempo que la custodia estaba al medio de dicha calle, vinieron dos canónigos diputados de la Colegiata con recado de su Cabildo para el señor presidente del nuestro ofreciendo de su parte su iglesia y facultades en cualquier acontecimiento, a los que dicho señor manifestó en respuesta toda la correspondiente urbanidad y debida gratitud, y encaminándose la procesión

Retablo de la Virgen de las Aguas, Iglesia Colegial del Salvador, estado actual.

con toda aceleración a la puerta de dicha Iglesia, donde estaba la Virgen de las Aguas, para hacerse allí la estación que es estilo, continuando la fuerza del agua, la Ciudad, precipitadamente se retiró a la Colegiata entrándose por la puerta del Evangelio y dirigiéndose a la Sala Capitular de los canónigos, manteniéndose por entonces inmóvil la Inquisición con la mayor parte del Cabildo, y viendo el señor presidente, que era inexcusable el retiro de todos, temiendo prudentemente que la mucha agua, llevada del impetuoso viento podría penetrar dentro del viril y humedecer la forma, envió recado con un celador al presidente de la Colegial suplicándole mandase retirar adentro el paso de la Virgen, que ocupaba la puerta, para dar lugar a que pudiese entrar la custodia, cuya diligencia se retardó algún tiempo por ser preciso traer los tablones para que pudiese subir por las gradas e ínterin un veintenero de los que revestidos acompañaban el Santísimo, de orden del señor presidente pudo subir, aunque con dificultad, por lo que no se atrevió a hacerlo el señor diácono, al segundo cuerpo de la custodia, de donde tomó el viril y lo puso en manos del señor Arcediano de Niebla, que iba de preste, y con Su Majestad en las manos se dirigió al altar mayor, dispuesto ya y prevenido con las luces correspondientes, y acompañándole el Cabildo, la Inquisición se entró entonces  por la puerta del lado de la epístola, dirigiéndose al coro de los canónigos, los que facilitaron un cáliz de viril para colocar en el altar la Eucaristía, y exponerla a la general adoración, en el que por más que se hizo no pudo colocarse y fue preciso se mantuviera en las manos del preste, estando éste de rodillas, hasta que la custodia se pudo introducir en la iglesia, y puesta en la nave de en medio e inmediata al altar mayor, se colocó en ella el Santísimo, manteniéndose el paso de la Virgen delante también del mismo altar, y al lado de la Epístola, e inmediatamente la música cantó el Tantum Ergo, verso y oración con el Alabado, como es costumbre hacerse todos los años a la puerta de esta iglesia.

Y citando el señor presidente a Cabildo por medio del pertiguero para la sala de la hermandad del Santísimo, que franqueó para este efecto, se encaminaron allá los señores que pusieron, impidiéndolo a muchos el innumerable gentío que concurrió, llevado de la necesidad por lo mucho que llovía y traído de la curiosidad de saber la providencia que se tomaba en tan estrecha urgencia, hallándose dos canónigos de la Colegial a recibir a los señores que entraban en Cabildo, uno en lo bajo y otro en lo alto, disponiendo el señor presidente que mientras durase el Cabildo dos señores canónigos acompañasen a los señores preste y diáconos, y todos al Santísimo, cantando entonces los veinteneros himnos y salmos, alternando el órgano de la Colegial.

Y habiendo el señor presidente hecho presente al Cabildo con las voces lo que todos habían visto con los ojos, para que se acordase lo que debía hacerse en este caso, de conformidad se determinó que respecto a que las aguas en este tiempo por lo regular no suelen ser de duración, se aguardase allí a que se serenase pudiendo después seguir la procesión, por cuanto otra providencia traía consigo muy gravosas y molestas consecuencias, y que mediante a que la Ciudad e Inquisición esperaban en los sitios a donde se habían retirado, era razón participarles la determinación del Cabildo, nombrando para que lo hiciese presente a la Ciudad al señor canónigo D. Antonio Saavedra y Federigui y para la Inquisición al señor canónigo lectoral D. Francisco Luis Vilar, el cual acuerdo pasó ante el señor medio racionero D. Diego de Gálvez, que hizo para este cabildo de secretario en mi ausencia por no haber yo podido romper el concurso para asistir aél, el cual así me lo certificó. Y habiéndosele después ocurrido al señor chantre presidente, el habérsele pasado de la memoria hacer presente al Cabildo podía mandar se diesen las gracias al de la Colegial por sus esmeros y atenciones, siendo tan justa y regular esta demostración, el mismo señor chantre la practicó con los dos canónigos para que a su Cabildo hiciesen presente el agradecimiento del nuestro, y mandó al maestro de ceremonias y a los dos canónigos, como a particulares, diese las gracias por el cortejo y asistencia que habían hecho al entrar y salir de la sala donde se celebró este cabildo extraordinario.

Custodia de la Catedral de Sevilla, obra de Juan de Arfe, siglo XVI.

Y mientras esto pasaba en San Salvador, el resto de la procesión procuró llegar a la iglesia, de suerte que no quedó otra cosa de ella que el Cabildo, Ciudad e Inquisición que permanecían en dicha iglesia acompañando al santísimo y esperando abonanzase el tiempo para continuar, bien entendido que la mente del Cabildo era esperar, aunque fuese bien entrada la tarde, y que si bien por desgracia tardesen las aguas en cesar de manera que la procesión se acabase al tiempo de entrar en nona, se tendría paciencia, pues las circunstancias no permitían otra cosa, pero no quiso Dios que sucediese así, pues dentro de poco se serenó el tiempo y se volvió a ordenar la procesión dando aviso a la Ciudad e Inquisición, continuándose sin desgracia hasta la Iglesia, pues aunque se temía que con las aguas se hubiesen maltratado los nuevos faldones bordados que en este día se estrenaron en las pariguelas de la custodia, que habían costado cinco mil pesos, no sucedió así y sólo se manchó su forro un poco con el lodo y salpicadero de los pies de los mozos que la conducían.”

 

Un testimonio de un clérigo inquieto

“El ministerio de San José”, José de Alcíbar, detalle.

El presbítero Ignacio Lequerica y Gutiérrez, natural de Fresnillo y sacerdote de la diócesis de Guadalajara, fue un clérigo que se destacó por sus faltas al modelo clerical de su tiempo. Es decir, no era exactamente como se pintaba al clero entonces. No hubiera tenido lugar en este devoto cuadro de José de Alcíbar. Desobediente a su obispo, en lugar de la sedentaria vida que correspondía a su estado, fue prácticamente un vagabundo trasatlántico de los primeros años del siglo XIX. Conocedor de las complicaciones de un sistema en que existían varias jurisdicciones, muchas veces rivales, evadió la justicia episcopal, prefirió la de la Inquisición e incluso tuvo también un período de enfrentamiento con la justicia del rey, pues fue insurgente entre 1816 y 1818. Más todavía, ha sido conocido en la historiografía, hasta cierto punto, por haber sido de los últimos presos del Santo Oficio de México en 1820 y por haber recurrido a la naciente opinión pública para exponer su caso: en concreto al periodista Joaquín Fernández de Lizardi.

La vida del padre Lequerica nos ilustra así varios aspectos de la política y la religión de esos años revolucionarios. Dejó tras de sí, además de sus procesos judiciales, numerosas cartas defendiendo su causa, primero fundándose en su fuero tradicional y luego en sus derechos constitucionales, dando así prueba de aprendizaje del nuevo vocabulario político. Sin embargo,  en esta oportunidad me limito a presentar un documento que da cuenta de su movilidad trasatlántica y que cuenta algo de su vida hasta 1810. El lector tal vez encontrará interesante su trayectoria, y puede llegar a interesarse en un artículo del autor de este blog, titulado “Personas sagradas y trayectorias trasatlánticas: Vidas de tres clérigos de principios del siglo XIX en Nueva España”, Letras Históricas, núm. 11, otoño-invierno 2014. Remito a ese texto para mayores detalles. por ahora veamos un resumen de esos andares, relatado por el vicario capitular de la diócesis de Cádiz, en que además podemos identificar otra falta al modelo clerical: el sacerdote faltaba al voto de castidad relacionándose con varones jóvenes.

 

Archivo General de Indias, Guadalajara, leg. 409.

Excelentísimo señor

Entre los papeles del vicario capitular mi antecesor se han encontrado las causas formadas a D. Ignacio Lequerica y Gutiérrez, presbítero, natural de la villa de Fresnillo, en Nueva España, detenido últimamente en la real cárcel de esta plaza. De ellas se deduce que dicho eclesiástico, prófugo, o sin las correspondientes letras transistoriales del respectivo ordinario, embarcándose en Veracruz, pasó a La Habana y después de haberlo apresado los ingleses y conducido a Nueva York arribó a Lisboa y de allí se tranfirió en 1808 a Madrid, donde le procesó el teniente corregidor porque su traje ridículo y el andar solicitando muchachos le hicieron sospechoso. Que pasada la sumaria a aquel teniente vicario, y agregándola a una requisitoria que había recibido del obispo de Guadalajara para la captura de D. Ignacio, la decretó y estando en la cárcel añadió a sus excesos el de consagrar o aparentar que consagraba un pan, por lo que se le privó de este alimento y encerró por algún tiempo, dando cuenta al Santo Tribunal de la Inquisición, y que habiendo entrado los franceses en Madrid a 3 de diciembre del mismo año, lo pusieron en libertad, y por Sevilla se vino a esta ciudad, y se acogió en el hospicio de la Santa Caridad, donde por la vigilancia del barrio del Mundo Nuevo fue sorprendido y aprendido la noche del 25 de marzo de 1809, encerrado y acostado con un joven, que desde luego se destinó a las armas, remitiendo lo actuado al juez del crimen que, en 11 de mayo, lo trasladó a esta curia, donde no consta practicada diligencia judicial posterior.

No se han descubierto bienes, rentas ni subsidios que afiancen su decente subsistencia a dicho eclesiástico, y temiendo que si se le pone en libertad y tolera su residencia en estos reinos, se le expone a continuar vagando y cometiendo los deslices que han motivado sus repetidos arrestos u otros crímenes, con desdoro del carácter que le distingue y perjuicio del Estado, lo pongo todo en consideración de vuestra excelencia para que, elevándolo a la del Consejo Supremo de Regencia, y teniéndolo a bien, se digne proporcionar que en el primer buque que se presente para Veracruz se remita bajo de partida de registro al referido D. Ignacio a disposición de aquellas justicias; para que se transporte y ponga a la del diocesano de Guadalajara, que lo ha reclamado, a quien remitiré también para su debida substanciación las enunciadas causas, luego que merezca la contestación que espero de vuestra excelencia.

Dios guarde a vuestra excelencia muchos años. Cádiz y octubre 18 de 1810.

Excelentísimo señor

Mariano Martín Esperanza.

 

Excelentísimo señor, D. Nicolás María de Sierra.

 

Tres fragmentos sobre la Seña

Arrastre de caudas en Quito, 2010, foto del sitio “La Hora Noticias de Ecuador”

Tal vez una de las ceremonias más olvidadas del catolicismo contemporáneo sea la de la Seña (o Reseña, en algunos lugares), en la cual los canónigos de las catedrales veneraban el estandarte de la cruz. Tenía lugar sobre todo el Miércoles Santo, pero no era la única ocasión, sí era, en todo caso, una de esas “misteriosas ceremonias” de la Semana Santa. Hoy en día, hasta donde sé, se sigue realizando en la Catedral de Quito, Ecuador, como nos muestran estas imágenes y el video de más abajo. Ese acto de veneración, básicamente consistía en que los canónigos, revestidos de sus capas magnas negras, arrastraban la cola y se prosternaban mientras el “signífero”, es decir, el portador de la bandera de la cruz (signus), la ondeaba sobre sus cabezas. Por ello, es también conocida como la ceremonia de “arrastre de caudas”. Para recordar como debía hacerse en el siglo XVIII, me permito copiar aquí el pasaje correspondiente del Diario manual de lo que en la Catedral de México se practica y observa en su altar, coro y demás en todos los días del año, (1751), que el lector puede consultar íntegramente en la Biblioteca Digital Hispánica.

Arrastre de caudas 2017, foto del periódico Metro.

En Quito, cabe destacarlo, la ceremonia subsiste, pero no ha quedado al margen de la secularización: hoy en día es incluso atractivo turístico promovido por la oficina nacional que atiende esos asuntos, como vemos en el video de más abajo, que es nuestro segundo fragmento. Además, para cerrar con menos solemnidad, el tercero es un testimonio del siglo XIX, de un clérigo y escritor de Lagos, el Dr. Agustín Rivera, quien en 1892 recordaba su ya remota participación en esas ceremonias, pero a principios de siglo, cuando era un joven estudiante del Seminario de Guadalajara, en sus Reminiscencias de colegio. Sutil, Rivera, liberal poco afecto a las pompas católicas de antaño, contaba una anécdota que hacía dudar de la seriedad de los seminaristas, pero también del propio acto solemne. Es decir, también es un testimonio de la secularización del siglo XIX. Paradojas de la historia: solemnidades de antaño, pudieron ser luego motivos de crítica y hoy se convierten a veces, en patrimonio que hay que saber comercializar.

 

Diario manual de lo que en la Catedral de México se practica y observa en su altar, coro y demás en todos los días del año. Biblioteca Nacional de España, mss. 12066, Sala Cervantes, fs. 26v-30.

Esta ceremonia se hace cinco veces: Sábado por la mañana y Domingo de Pasión por la tarde, Sábado de Ramos por la mañana y Domingo de esta festividad por la tarde, y Miércoles Santo por la mañana, todas son al tiempo de vísperas, en el que se canta en ellas el himno Vexilla Regis. Esto es, si las vísperas son de las dominicas, porque sin son de santo doble, todas son las señas después que se terminan, sólo las del Miércoles Santo son siempre de feria, y así la seña es también siempre dentro de ellas.

El día que la hay se lleva desde por la mañana temprano de la sacristía de esta Santa Iglesia a la capila del Sagrario el estandarte o bandera de ella, y se pone en medio del altar, parado y arrimado al retablo, y estando el coro ya en el quinto salmo de las vísperas, que canta la capilla alternando con el coro todo, entra el maestro de ceremonias dentro de él con sobrepelliz y bonete en la mano, hasta un lado del fascistol mayor, y allí hace venia primero a los padres capellanes del coro del señor deán, y luego pasa al coro del señor arcediano, donde hace lo mismo, y luego al punto salen tres padres capellanes de cada coro, y van sin formalidad a acompañar con dicho maestro al sagrario. Asimismo van todos los acólitos, pertiguero y perrero, y de dicha capilla salen el perrero por delante, luego el pertiguero con su garnacha morada, gorra y pértiga, siguen los padres capellanes, seis que salieron del coro, y en medio de los dos últimos el maestro de ceremonias con el bonete puesto en la cabeza y el estandarte en las manos, y van así a entrar por la puerta de la crujía que está junto al coro y corresponde a la nave donde está la capilla de que se saca. Esta puerta la abre el perrero y cierra luego que entren por la crujía, la que está alfombrada y se quedan en ella haciendo coros los acólitos y pertiguero y los 6 padres capellanes y maestro con el estandarte. Entran así en el coro y puestos tres a cada lado y el maestro detrás al facistol mayor y de cara al altar mayor se arrodillan y con pausa inclina la punta del estandarte hasta llegar con él al suelo, del que inmediatamente lo levanta sin descubrir la cabeza.

En esta forma entra para dentro del coro hasta ponerse en medio de la canturia y a este tiempo se arrodilla todo el coro a adorar la Santa Cruz que está en el estandarte y se está el maestro solo con él en las manos y el bonete puesto en la cabeza hasta que es tiempo de darlo al señor signífero.

A este tiempo el sochantre, con dos padres capellanes que señala a sus lados desde el principio de las bancas dichas de canturía, hacen venia con las cabezas e inclinación de cuerpo a un señor canónigo, el que quieren señalar y del coro que les parezca, para que convide a la asistencia de la seña. Corresponde dicho señor bajandola cabeza en demostración de admitir este encargo, y va de su silla, y puesto el bonete y almucia sobre de él con la capa corta todavía, pasa donde está el fascistol menor, en que se oficia, y hace cortesía a uno y otro coro, con la cabeza e inclinación de cuerpo que le corresponden.

Hecha esta ceremonia, bajan los señores capitulares de sus sillas altas a las bajas y toman allí las capas magnas, comienza la capilla a tocar los bajones, cornetas y bajoncillos, y suben por la crujía el pertiguero por delante, con garnacha morada, pértiga y gorra; luego los acólitos, niños y padres capellanes, formando coros,

y en medio de los dos padres capellanes más antiguos va el señor medio racionero menos antiguo, con la cauda suelta, tendida y arrastrando por el suelo y la cabeza cubierta con el bonete y la almucia sobre de él y van así hasta el altar mayor,

donde los padres capellanes y sochantre se ponen al lado de la Epístola en el presbiterio, no el principal sino el colateral de la mesa credencial para dentro, y lo mismo los niños, que no deben quedarse en la crujía sino son dos en las gradas para recojer las caudas así que hacen cada señor capitular, conforme llega la genuflexión y reverencia al altar, y la venia con la cabeza al señor más antiguo que está en él, y dicho señor medio racionero va al mismo lado que tiene en el coro […]

Después del señor medio racionero menos antiguo siguen de uno en uno sin acompañamiento, sino solos, por su orden y antigüedad, los otros señores medios racioneros, señores racioneros, señores canónigos y señores dignidades, y a lo último con el estandarte en las manos, levantado en alto, el señor signífero, que siempre es un señor dignidad o señor canónigo, en medio de los dos señores más antiguos dignidades o canónigos, no uno de los más antiguos de cada coro, sino los más antiguos en orden de posesión y tiempo, y es el que en este acto se observa. Y como van a él uno por uno solos, es preciso queden los dos más antiguos para que acompañen, los que llevan cojidas con las manos los dos cabos o puntas del estandarte. Y delante unos pasos van los dos maestros de ceremonias, uno por el lado de la crujía y el otro por el otro, y luego que llegan a ponerse en la última grada del presbiterio, vienen a ellatodoslos señores capitulares que están ya allí a unirse y ponerse en esta forma.

El señor signífero, con el estandarte elevado en el principal lugar y medio de la grada, a sus lados los dos señores que vinieron acompañando, y después a un lado y otro todos los señores conforme el lado en que están, y unidos, se ponen de rodillas de cara para el altar. Los niños a este tiempo están en las demás gradas conforme las sueltan allí, y para estar prontos para cogerlas al fin. Los padres sochantres y capellanes están en el lugar arriba dicho, en el que se ponen de rodillas, y asimismo, todos en el coroy fuera de él, el pueblo que asiste, y comienzan a cantar el primero verso, Vexilla, etc., en cuyo timpo baja el señor signífero la bandera, hasta llegara ponerle la punta sobre el ara del altar, en donde la mantiene hasta que acaban el primer verso dicho.

Siguen cantando el segundo verso, Quae vulnerata lanceae, los músicos de la capilla que están dentro la puerta del coro y fascistol mayor, donde tienen puesto el suyo con su libro, y en este tiempo levanta el señor signífero la bandera del altar, y la lleva inclinada a cubir con ella a los señores capitulares que están a su lado siniestro, y estando así un rato, la vuelve en medio del altar como estaba, y al comenzarel tercero verso, Impleta sunt, hace lo mismo que en el antecedente, levantando otra vez la bandera, con la que cubre en la misma forma con ella a los señores capitulares que están a su lado diestro, y vuelve otra veza ponerla sobre el altar.

Acabados estos versos por los músicos, siguen el cuarto: Arbor decora, etc., los padres sochantres y capellanes en el canto llano espacioso como el primero, y a este tiempo levanta en alto el señor signífero el estandarte y lo eleva enteramente, y así lo mantiene hasta llegar a las últimas palabras de él: Tam sancta, la va inclinando hasta tocarla y ponerla sobre el ara como en las otras acciones dichas.

El quinto verso: Beata cujus brachiis, lo canta como los otros la capilla en el coro en canto figurado, y en su tiempo levanta el señor signífero la bandera y la eleva echándosela a la espalda sobre su hombro izquierdo, y de él a poco rato la vuelve a poner sobre el ara y a la mediación del verso la levanta y echa en el mismo modo sobre el derecho, y luego de él sobre la misma ara y altar.

El sexto verso O Crux! etc., lo cantan como los antecedentes en el presbiterio, y al comenzarlo, baja el señor signífero la bandera del altar y la pone en el suelo, y a este tiempo se postran en él todos los señores capitulares y están así todo el que tardan en decirlo y cantarlo hasta que lo finalizan, que vuelven a quedar de rodillas, y el señor signífero levanta en alto enteramente la bandera sin volverla a poner sobre el altar, sino tenerla solamente elevada en sus manos. Estando así cantan los músicos en el coro el último verso Te, fons salutis y se levantan los dos maestros de ceremonias que están todo este tiempo desde que llegaron al altar uno en cada lado de él, y llegan a coger las dos puntas de la bandera. Y poniéndose en pie el señor signífero, sale con ella elevadaen las manos y con los dos maestros dichos con las dos puntas cojidas en ellas, y arrimados hacia los señores capitulares del lado de la Epístula, va con él dando vuelta y arrastrando la cauda por todo el presbiterio del altar principal, a coger el lado del Evangelio, y asimismo pasar por junto y delante de los señores capitulares, que están a este lado, a volverse a poner en el medio y decara con la bandera al coro.

Luego que está así, el señor signífero baja la bandera a poner su punta en el suelo, como lo hizo sobre el altar, y en el tiempo que los músicos cantan el último verso del himno,  Te, fons salutis, etc., levantael señor signífero la bandera y la lleva a su lado siniestro, cubriendo con ella por la espalda a los señores capitulares del lado de la epístola, como lo hizo y está dicho en el segundo y tercero verso; y habiéndoles cubierto un rato vuelve a bajar la bandera y ponerla de punta en el lugar mismo de donde la levanta, y de aquí hace la misma acción y ceremonia con los señores capitulares que están al lado del Evangelio, y vuelta a bajar la bandera de dicho lugar, la levanta luego en alto, y como hizo la vuelta entera por el presbiterio, para venir a ponerse de cara al coro, vuelve a hacer media vuelta desde este lugar por el lado de la Epístola con el estandarte en lasmanos y maestros, hasta llegar al altar, y allí los padres sacristanes toman el estandarte o bandera y la ponen en medio del altar, tras la santa cruz que está en él, y allí está todo el tiempo y días que pasan de una seña a otra, y el día que la hay lo quitan para llevarlo como está dicho a la capilla del Sagrario, y ejecutar desde allí la ceremonia que al principio se dijo hacerse, para traerlo al coro.

Concluido todo esto, se pone el señor signífero en medio delante de la mesa del altar, y de cara al coro, y asimismo siguen todos los señores capitulares en la misma forma, aunque ya no desde los cuernos del altar, sino siguiendo por delante, y todos ya por sus antigüedades, terminándose este medio círculo por los dos señores menos antiguos.

Estando en esta forma, cantan el verso de después del himno dos niños en la puerta del coro, como es costumbre, que responde el coro, y apuntada la antífona por el señor menos antiguo, que está en él, de los dos que quedaron, entona el sochantre la Magnificat, que canta en canto llano con el mayor espacio, y vuelven del altar para el coro, en este tiempo, sin diferencia alguna decomo fueron, mas que la de no volver el estandarte.

Luego que en el altar se ponen en pie y se coloca en él el estandarte, sale de allí para la sacristía el señor canónigo hebdomadario, donde desnudándose la capa y almucia, viste estola y capa pluvial, y así que todos los señores capitulares están en el coro, sale con el acompañamiento de cuatro padres capellanes, maestro de ceremonias, acólitos con ciriales, incensarios y naveta, y el pertiguero por delante, y va al altar mayor, donde bendice el incienso, turifica el altar, va al coro, y cantada la oración como es costumbre, dicho el Benedicamus Domino, vuelven a la sacristía como salieron de ella.”

 


Agustín Rivera y Sanromán, Reminiscencias de colegio, Lagos, Ausencio López Arce impresor, 1892, pp. 5-6

En el solemne acto de la Seña, los colegiales, fiados en que no se sabe el origen de esa ceremonia, pugnábamos por agarrarles la cola, como deciamos, a aquellos canónigos que daban un escudo de oro por aquel servicio; i una vez fué tal la pugna entre un Solchaga í otro que le decian el violón, que echaron al suelo á un canónigo mui anciano que se llamaba D. Pablo Portillo.

Deporte y catolicismo

Esta semana una traducción breve sobre un tema que puede acaso extrañar a alguien: la relación entre deporte y catolicismo. Gracias a trabajos pioneros como el de Norbert Elías con Eric Dunning, Deporte y ocio en el proceso de civilización, el deporte ha adquirido la categoría de objeto de estudio serio en las ciencias sociales ya desde hace tiempo. Sin embargo, es más común pensarlo como una religión secular que en relación con una religión institucional tradicional como es el catolicismo. Y sin embargo, como nos muestra este texto del finado profesor Michel Lagrée (1945-2001), era una cuestión fundamental a inicios del siglo XX, cuando todavía estaba en curso la institucionalización del deporte. Presentamos pues aquí una traducción libre de su ensayo “Sport et sociabilité catholique en France au début du XXe siècle“.

Lagrée, hasta donde tengo conocimiento, no es, lamentablemente, un autor particularmente conocido de la historiografía en español, a pesar de haber trabajado aspectos que, al menos a nuestra historiografía mexicanista, le convendría bien considerar. El libro Religion et modernité, publicado en 2003 en la colección que él mismo fundó en las Presses Universitaires de Rennes, reuniendo varios de sus textos dispersos, es un excelente testimonio. Lo mismo trabajó la relación del catolicismo con la tecnología (el barco de vapor, el automóvil), que la concepción misma de la historia religiosa, sin dejar de lado la historia de su natal Bretaña, e incluso se encuentra un ensayo sobre una gran figura latinoamericana para el catolicismo francés, el presidente ecuatoriano García Moreno. Ojalá el lector encuentre sugerente el texto y se acerque a una historiografía más allá de nuestras clásicas historias nacionales y regionales.

 

Púlpito de la parroquia, púlpito del rey

Las cordilleras eran las cartas que los obispos hacían circular entre los párrocos de su diócesis, al recibirlas, debían copiarlas en uno de sus libros de gobierno y remitir el original al siguiente curato, conforme al orden que se enlistaba en uno de los márgenes. La parroquia de San Jerónimo Coatepec, que en el siglo XVIII dependía del obispado de Puebla, conservó muy completo su libro de cordilleras, en que se registraron las de los años de 1765 hasta 1832.

En 2010, el Instituto Veracruzano de la Cultura, en su colección Bicentenario-Centenario, lo publicó bajo el título Libro de cordilleras de Coatepec, gracias al trabajo de transcripción de José Roberto Sánchez Fernández que hasta entonces era inédito, pero que circulaba ya bajo forma mecanuscrita. En efecto, si bien hoy en día esa versión se encuentra en Colecciones Especiales, y por tanto fuera de préstamo, al menos hasta 2009, era posible consultarla en la estantería abierta de la Unidad de Servicios Bibliotecarios y de Información de la Universidad Veracruzana. Yo lo consulté en esa versión en 2005, pero sólo lo aproveché de manera amplia en 2009 cuando redactaba mi tesis de doctorado en la Universidad Paris I Panthéon-Sorbonne, que justo terminé también en 2010. Ahora que ya ha pasado tiempo suficiente desde que se publicó como libro, es decir, ya no es algo de actualidad, y además, considerando que la tesis en que lo utilicé, si bien está disponible en su idioma original en este mismo blog, he preferido no publicarla, aprovecho este espacio para recuperar la traducción de ese fragmento en concreto.

Antes de pasar a ello, convienen algunas acotaciones. Primero, mi tesis, titulada Utilité du public ou cause publique. Les corporations religieuses et les changements politiques à Orizaba, 1700-1834, versó sobre la historia de las corporaciones religiosas de la villa de Orizaba en tiempos sobre todo de las Reformas borbónicas y hasta la primera Reforma liberal. Segundo, para mí, en ese contexto, el Libro de cordilleras de Coatepec era (y hasta el momento) una fuente que me ha permitido paliar la falta de una semejante para la parroquia de Orizaba, por ello, y toda vez que las cartas debían circular, en principio por todos los derroteros de la diócesis, no incluí consideraciones específicas sobre la parroquia de Coatepec. Tercero, sin duda hay muchas maneras de aprovecharlas, en concreto me interesaba mostrar de qué manera el rey se hacía presente en la vida parroquial de la diócesis de Puebla, antes de la independencia evidentemente. Por ello titulé al apartado en que realizaba el análisis como Púlpito de la parroquia, púlpito del rey. No sé si aun pueda tener algún valor para nuestra historiografía, pero de todas formas espero que pueda resultar de interés. En fin, las imágenes van simplemente a manera de ilustración, no corresponden ni al libro ni a la tesis.

Púlpito de la parroquia, púlpito del rey

Catedral de San Miguel Arcángel de Orizaba, foto del autor en 2008

Como la historiografía mexicanista ha destacado, en particular William Taylor, la monarquía solicitó cada vez más en el curso del siglo XVIII el apoyo de los clérigos seculares, los curas párrocos sobre todo[1]. Sin embargo, ello tuvo lugar por medios muy tradicionales, como las ceremonias litúrgicas, empleadas desde tiempo atrás para construir el sentimiento de unidad en torno al rey católico a través de todo el Imperio[2]. Podemos constatarlo en las cartas que el obispo de Puebla hizo circular entre los párrocos de su diócesis, las cordilleras, de las cuales la mayor parte no hacían sino trasmitir a su vez leyes, órdenes o decretos del rey o de los virreyes. Por desgracia las de Orizaba no han sido bien conservadas, pero disponemos en cambio de una colección muy completa (cerca de 200 cartas entre 1766 y 1821) para otra parroquia de la diócesis de Puebla y de la provincia de Veracruz, la de San Jerónimo Coatepec[3].

En ellas encontramos, en primer término, los mandatos sobre las celebraciones religiosas de la familia real y de la monarquía. Se trata de veintiún cartas, es decir, cerca de 10% del total, casi todas derivadas de una real orden. Así, desde 1766 y hasta la independencia, los fieles de la diócesis fueron testigos de la celebración de ocho nacimientos, siete matrimonios, tres decesos y dos embarazos, no sólo de los reyes estrictamente hablando, sino también de los príncipes de Asturias y de otros infantes de los Borbones españoles. Las cordilleras eran muy claras al respecto: los párrocos debían aprovechar estas celebraciones para “excitar la piedad de los fieles” hacia los reyes y su familia. Es así que la parroquia contribuía a hacer simbólicamente presentes los reyes físicamente lejanos[4].

Los párrocos se ocupaban entonces de desplegar una liturgia solemne, incluso regia, que contaba casi siempre los mismos ritos: acciones de gracias (misa solemne con Te Deum) por los recién nacidos y por las nuevas parejas de la realeza, rogaciones (es decir, la procesión acompañada del canto de la letanía de los santos) durante varios días por las princesas embarazadas, y vigilias y misas de requiem por los muertos[5]. Empero, los obispos dejaban siempre a los obispos actuar según las tradiciones diocesanas o parroquiales, o según “su piedad y amor por el soberano”.

La familia de Carlos IV, Francisco de Goya, Museo Nacional del Prado.

Mas no se rezaba sólo por las personas reales, sino también por la monarquía en su conjunto. Fue el caso en 1782, siempre a partir de una orden real, la del 27 de diciembre de 1781, por la cual todos los habitantes del Imperio debían asistir a una gran celebración, que no tenía otro motivo que una acción de gracias y rogaciones por el rey, su familia y todos los vasallos de la monarquía[6]. Se trataba sin duda de una novedad, pues en esta ocasión el rey daba instrucciones más detalladas de la liturgia a seguir: misa de acción de gracias con Te Deum, seguida al día siguiente de otra misa acompañada de las rogaciones con el Santísimo Sacramento expuesto en el altar mayor de la iglesia[7].

Además, antes de 1808, los reyes ordenaron dos veces a los obispos hacer elevar oraciones por los ejércitos reales durante las guerras contra Inglaterra (1779) y contra la Francia revolucionaria (1793), y otras dos para agradecer a Dios la paz concluida con ambas potencias (en 1795 y 1802 respectivamente)[8]. A más de las oraciones públicas, los párrocos estaban obligados a orar por los ejércitos del rey durante las misas “privadas” (es decir, celebradas sin fieles). Se trataba de oraciones más habituales, pues el obispo de Puebla podía remitir a sus párrocos a la sección de “preces del tiempo de guerra” del manual de ceremonias del obispado para consultar las rogativas a celebrar. Por otra parte, las cordilleras a propósito de las guerras eran también la ocasión de mostrar la preocupación del rey por sus vasallos. En efecto, monseñor López Gonzalo explicaba en 1779 que la guerra había estallado a causa de los “ultrajes” hechos por los ingleses en ciertas regiones de los reinos americanos, antes los cuales el “celo heroico” del rey no podía sino reaccionar[9].

La presencia monárquica era con frecuencia marcada con las particularidades de las corporaciones locales. En la parroquia de Orizaba, disputada en esta época, como hemos visto, entre españoles e indios, incluso las fiestas monárquicas se convirtieron en el teatro de esta rivalidad. Así, los funerales del rey Carlos III, celebrados dos veces en la iglesia de San Miguel, la primera por los españoles (5 y 6 de agosto de 1789) y la segunda por los indios (9 de octubre de 1789), proporcionaron la ocasión de probar la lealtad monárquicas y de continuar la competencia entre las corporaciones civiles. Ello fue especialmente visible en la preparación de los dos túmulos funerarios del rey. Los españoles prepararon un monumento de siete cuerpos, 288 cirios y 30 poemas latinos a los cuales respondieron los indios con un túmulo de nueve cuerpos, 460 cirios e innombrables poemas en castellano[10]. [CONTINUARÁ]

NOTAS

[1] W. Taylor, Ministros de lo sagrado, 1999, vol. I, pp. 29-33.

[2] Sobre este tema: V. Mínguez, Los reyes distantes, 1995. J. Valenzuela, Las liturgias del poder, 2001, pp. 165-205.

[3] Libro en donde se asientan las cartas cordilleras que comienza hoy, seis de septiembre del año de 1765, siendo cura beneficiado por Su Majestad, vicario y juez eclesiástico de este pueblo de San Jerónimo Coatepec, el licenciado D. Diego Xavier de Obregón Díaz de Escobar, mecanuscrito.

[4] Ibid., cartas nº. 6, 7, 33, 35, 52, 60, 68, 68, 71, 75, 78, 98, 108, 115, 134, 176, 179, 183bis, 187, 188, 191. Destaquemos que las cartas de los obispos trasmitían siempre las celebraciones reales. No hemos encontrado mandatos que den cuenta de las del Papa, quien se encontraba por tanto ausente, hasta donde sabemos, de las ceremonias de las parroquias de la Nueva España del siglo XVIII.

[5] Ibid., pp. 22-28.

[6] Ibid., carta nº. 60.

[7] Ibidem.

[8] Ibid., cordilleras nº. 53, 111, 120 y 130.

[9] Ibid. cordillera nº. 53.

[10] AGN, « Diario Oficial », Gazeta de México, t. III, nº. 43 y 49, 22 de septiembre y 10 de noviembre de 1789.

Limosnas, campanas, nublados y relaciones sociales

Las campanas se utilizaron para ahuyentar las tempestades durante varios siglos de la historia del catolicismo. El lector podrá encontrar otros ejemplos en este mismo espacio. En nuestra sociedad capitalista e industrial, en que el pronóstico del tiempo es cosa cotidiana y el Estado brinda apoyos más o menos efectivos para salir de las complicaciones que ocasionan los fenómenos climáticos, esto puede sonarnos extraño. Sin embargo, no era un asunto menor en una civilización campesina, que no disponía de otros medios para protegerse de las amenazas climáticas.

Así pues, resulta lógico que, justo por su importancia, se estimara como un auténtico servicio público que alguien estuviera al pendiente de subir al campanario incluso “a horas incómodas de media noche” como dice el documento que presentamos ahora, y que recibiera una contribución por ello, una limosna. Ésta, a su vez, no es tampoco exactamente una contribución pequeña y voluntaria como lo pensamos hoy, sino una obligación moral que sostenía muchas de las grandes instituciones de aquella sociedad, empezando por las órdenes religiosas, la construcción de iglesias, etcétera. Mas a lo largo del siglo XVIII, también lo hemos presentado aquí en varias ocasiones, empezó a surgir la crítica sistemática tanto contra el sonido de las campanas como contra los limosneros. Con fundamentos en la ciencia de la época, que ya comenzaba a interesarse por el tema de la transmisión de la electricidad (el rayo), y/o en una nueva sensibilidad que valoraba el silencio y el trabajo, incluso hubo autoridades civiles y eclesiásticas que trataron al menos de reducir la presencia del sonido de las campanas y de la recolección de limosnas.

Mal momento pues para un sacristán como el que veremos en el documento, que dependía precisamente de la limosna que su pueblo, ubicado en el corazón de la Península Ibérica, en la provincia de Cuencia, le pagaba por “tocar las campanas a nublado”. Sin embargo, y es una experiencia que hoy mismo, cuando hablamos del aterrizaje a nivel local de grandes reformas y otras medidas políticas, el sacristán no veía en el intento de prohibirle la colecta sino las relaciones sociales de nivel local. El breve documento transcribimos, que es el memorial que a nombre suyo se presentó ante el Consejo de Castilla en 1799, en lo que abunda es en las rivalidades pueblerinas, que desde luego, también podían tener un papel en la manera en que curas párrocos y jueces locales aplicaban las órdenes que les llegaban de los Consejos y Obispados.

Mínima venta hacia los cambios de gran escala que sucedían en el mundo occidental entonces, que se iba “desencantando” progresivamente, pero también hacia la ambigüedad con que se aplicaban esos cambios. Al final, el Consejo de Castilla parcialmente al modesto sacristán, bien que el documento no nos permite saber cómo fue el final de esa historia a nivel del pueblo. Sirva aquí en todo caso como una página más de historia campanera en el mundo hispánico.

 

Archivo Histórico Nacional de España, Consejos, leg. 31116, exp. 21, fs. 4-5

Muy Poderoso Señor

Rafael Martínez de Ariza, en nombre y virtud del correspondiente poder que presento, de Félix Angulo López, vecino y sacristán de la iglesia parroquial de Tresjuncos, obispado de Cuenca, ante Vuestra Alteza como más haya lugar en derecho digo: Que parte de la dotación de la sacristía que obtiene Angulo consiste en la porción de granos con que le contribuyen los labradores por el trabajo de tocar las campanas a nublado en tiempo de tempestades, aunque sean horas incómodas de media noche. Esta limosna, o remuneración por una costumbre inmemorial se ha pedido o cobrado por los antecesores de Angulo, y por este mismo en las heras, siguiendo en esto sin duda el ejemplo de todos los demás pueblos del obispado, cuyos labradores han suministrado dicha contribución en las mismas. Así que esperaba mi parte no habría persona que intentase privarle de la expresada limosna y despojarle injusta y violentamente de la posesión en que está y han estado sus antecesores de cobrarla, pero el suceso no ha correspondido a su justa esperanza. En efecto, señor, habiendo acudido D. Félix Ramírez, presbítero en dicha villa (enemigo declarado de mi parte) asociado de otro vecino de la misma, al alcalde ordinario de ella D. Manuel Ruiz, a quien gobierna y dirige el mencionado presbítero, como primo hermano que es de la mujer de dicho alcalde, con la solicitud de que se prohibiese a mi parte pedir la referida limosna, o más bien estipendio debido a su trabajo, y deseando complacer ciegamente el alcalde a su amigo y pariente el presbítero Ramírez, valiéndose de una ocasión tan oportuna de manifestar en la persona de mi parte el encono y enemiga que dicho alcalde profesa al otro alcalde, su compañero y suegro de mi parte, de resultas de varios pleitos que se han suscitado en dicha villa, accedió a la referida pretensión por auto proveído sin acuerdo de asesor y notificado a mi parte en 4 de julio próximo pasado, por el cual se le conmina con la multa de 20 ducados si sale a pedir la indicada acostumbrada limosna, no sólo por las heras, sino aun por las casas. La superior penetración del Consejo comprende perfectamente que la pretensión del presbítero Ramírez y la providencia del alcalde Ruiz no han tenido otro objeto que el de explicar su enemiga y desahogar las desavenencias que respectivamente tienen con mi parte y con su padre político, respecto lo cual, que por la expresada providencia queda mi parte indotado y enteramente arruinado, pues depende su subsistencia y la de su familia de la mencionada contribución, porque los demás emolumentos que rinde la sacristía son de corta consideración, y que ante todas cosas debe ser restituido en la posesión en que han estado sus antecesores y mi parte de percibir dicho estipendio, y de la cual ha sido despojado injusta y violentamente, esto es sin haber sido oído ni vencido en un juicio formal, por tanto:

A Vuestra Señoría  suplico que habiendo por presentado el referido poder y teniendo en su alta consideración las que van hechas, se sirva mandar librar la real provisión correspondiente para que siendo cierto, como lo es, haber estado los antecesores de mi parte y mi parte mismo en la quieta y pacífica posesión de que ha sido este injustamente despojado, no se le impida el salir por las heras a recoger la contribución que siempre han pagado al sacristán por tocar a nublado, conminando al alcalde con las multas y apercibimientos que la circunspección del Consejo estime oportunas, como dicta la justicia que pido, imploro la protección del Consejo, juro lo necesario, etc.-

Rafael Martínez Ariza.

Lic. D. Cayetano Montes.

 

(f. 5v)

Sala de Justicia 1ª, Madrid, 5 de agosto de 1799: La justicia ordinaria de la villa de TresJuncos no impida a esta parte pueda pedir la limosna que voluntariamente le quieran dar los vecinos en sus casas, después de recogidos los frutos, por la razón que expresa.

 

Las peripecias de vestir a un santo

“Vestir santos”, es decir, revestir imágenes religiosas, es una actividad que hoy asociamos al género femenino y a lo “popular”. Empero, a lo largo de la historia del catolicismo ha habido períodos en que el clero, por definición masculino, e incluso el “alto clero”, antaño de extracción elitista, se ha ocupado ampliamente de esos asuntos. A mediados del siglo XVIII, la Catedral Metropolitana de México llegó a contar entre sus rentas anuales una, mínima es cierto, de apenas 30 pesos, destinada al pago de un sastre de planta[1]. Desde luego, sus obligaciones comprendían en particular la atención cotidiana a los símbolos sacerdotales por excelencia del catolicismo: los ornamentos que se utilizaban para la misa y los oficios, como las casullas, capas pluviales, dalmáticas, estolas, y un amplio etcétera. Mas la renovación de la capilla de San Pedro de la Catedral en 1764, culminada el 28 de julio de ese año con su consagración[2], dio motivo a un incidente que es testimonio de que había al menos una imagen cuya vestimenta interesaba de manera particular a los canónigos de la Metropolitana de México, la del titular de la capilla, el apóstol San Pedro. No es de extrañar en realidad, se trata de la representación de quien es considerado el primer Papa (por haber sido el primer obispo de Roma), y por tanto representante por excelencia del clero, de ahí que la sotana, acaso la prenda clerical más representativa, era llamada entonces el “hábito de San Pedro”. En su fiesta la imagen era revestida con ornamentos sacerdotales, así como aquella célebre de la Basílica de San Pedro del Vaticano lo ha sido tradicionalmente con la tiara y ornamentos del Sumo Pontífice.

Ese año, el primer testimonio que encontramos de la práctica de vestir a San Pedro para su fiesta es la donación que, en cabildo del 19 de junio, realizó el racionero menos antiguo, Juan Buenaventura de Villavicencio y Miranda, de una casulla cuya descripción vale la pena citar por extenso: “con todo su campo de oro de realce, bordada con sus flores turquesas aterciopeladas y briscadas de plata y sedas, con sus franjas también bordadas, su manípulo y estola correspondientes, y todo aforrado en capichola nácar muy buena”[3]. Esa casulla justo debía formar parte de las vestiduras de la imagen para el día de su fiesta, el 29 de junio, y toda la octava. Mas desde luego, la casulla sola no era suficiente. Ese año la imagen estrenó también sotana y capa, e incluso, como se trataba de una imagen procesional, un revestimiento para las andas. Lo sabemos porque en cabildo del 3 de julio, es decir, apenas pasada la fiesta, el tesorero del Cabildo Catedral, Dr. Juan Hernando de Gracia, aunque ausente por enfermedad, remitió la cuenta del maestro de sastrería Carlos de Navas[4]. Ésta incluía “11 varas y cuarta de tisú de oro encarnado para la capa”, “13 varas de tisú de plata y flores de oro y seda blanco para la sotana” y además “cinco y media varas de tisú de oro carmesí para la caída de las andas” y “media vara de galón doble de Milán de oro” todo ello con un costo de algo más de 1,340 pesos.

Cabe destacarlo, los muy devotos y religiosos canónigos no dejaron de “poner el grito en el cielo” –por decirlo coloquialmente–, ante esas cuentas que, además, ellos no habían autorizado previamente. Es decir, el escándalo era doble, primero porque parecía excesivo hasta el punto de que el secretario, que empezó su redacción diciendo que era un gato “no necesario”, terminó empleando el adjetivo que el clero del siglo XVIII utilizaba para manifestar su rechazo a esas inversiones excesivas: “superfluo”, el gasto había sido superfluo. Segundo, como era costumbre en esas ceremoniosas corporaciones, había también una falta a la cortesía y prácticas del Cabildo Catedral: el tesorero ni siquiera presentó, como habían hecho sus antecesores, “los géneros [es decir, las telas] a la sala a ver si eran de su gusto [del Cabildo]”. Al mismo tiempo esto nos habla de la sensibilidad del clero en la materia: esos canónigos de orígenes elitistas y que en todo caso se consideraban la élite del clero de la Ciudad de México y toda su arquidiócesis, devotos y religiosos, sabían bien distinguir, medir con la vista y valuar esas telas, forros y bordados, que finalmente eran elemento de distinción de su estado sacerdotal. Sensibilidad no compartida por todo el personal al servicio de la Catedral: unos días más tarde, en el cabildo del 13 de julio, la discusión terminó hasta en lamentaciones, ya no del fraude que podía estar haciendo el sastre, sino de “las faltas” que se cometían en la sacristía. “Esta mañana estaba este vestido rico [de San Pedro] allí sobre los cajones y encima las capas y sombreros de los sacristanes”, afirmó alguno de los miembros del Cabildo, y también se advirtió que en general, a pesar del sastre de planta “los ornamentos ricos que estaban mandados que todos tengan sus lienzos o bayetas de división para que no se rozasen no los tienen”[5].

Es difícil imaginar si esa sensibilidad sería compartida o no más allá de los muros de las iglesias. El personal de la Catedral, acaso justo por la cotidianidad del trato con las cosas sagradas, podía percibirlas como profanas. Sea como fuere, volvamos al incidente de1764, en principio para contar su resolución. Los canónigos se mostraron benignos con su colega el tesorero, considerando sus enfermedades, y le dirigieron sólo una corrección[6]. Para reducir la cuenta a pagar encargaron verificar si las medidas de las telas que el sastre estaba cobrando eran las que en efectivamente correspondían con las vestiduras del santo, pues a simple vista sospechaban ya que las medidas no correspondían. La Catedral consultó con otros dos maestros del oficio y el fabricante, Carlos de Navas, también presentó uno por su cuenta: todos, hasta este último, coincidieron en que las medidas no correspondían[7], por lo que al final el costo se redujo parcialmente.

Más importante es que ese procedimiento revela la manera en que la Catedral actuaba en la materia. El sastre de tan apreciadas vestiduras en realidad había sido apenas nombrado para el cargo tras la muerte de su antecesor, pero en buena medida “por haber tenido la recomendación y expresión a su favor del ilustrísimo señor arzobispo, de quien era sastre”[8]. Los “respetos humanos” también podían tener un papel cuando el alto clero novohispano “vestía a su santo”, a mediados del siglo XVIII.

[1] Archivo del Cabildo Catedral Metropolitano de México (ACCMM), Actas de cabildo, libro 46, f. 269v.

[2] ACCMM, Actas de cabildo, libro 46, fs. 277-278.

[3] ACCMM, Actas de cabildo, libro 46, f. 255.

[4] ACCMM, Actas de cabildo, libro 46, fs. 260v-261.

[5] ACCMM, Actas de cabildo, libro 46, f. 269v.

[6] ACCMM, Actas de cabildo, libro 46, f. 262.

[7] ACCMM, Actas de cabildo, libro 46, fs. 268v-270.

[8] ACCMM, Actas de cabildo, libro 46, f. 269v.

Traslación de huesos del Domingo de Ramos

Procesión de los huesos del Domingo de Ramos de la hermandad de la Caridad de Marchena, 2012.

El Domingo de Ramos, inicio de la Semana Santa, lo asociamos en el mundo católico con una celebración que tiene tanto su festivo en la procesión de las palmas, como su lado solemne con la lectura de la Pasión. Sin embargo, como puede ver el lector en la imagen, existen otras prácticas procesionales en ese día. La foto procede de una nota del sitio web del diario La voz de Marchena a propósito de la “procesión de huesos” que anualmente sale por la mañana para conservar la memoria de una antigua práctica, de la que tuve conocimiento hace relativamente poco.

Al reunir los documentos sobre la reforma de cofradías del siglo XVIII, me encontré de manera puntual, testimonios de esta tercera celebración, funeraria, la procesión de traslado de huesos de difuntos. La práctica por sí misma no es rara, considerando que los muertos se enterraban de manera muchas veces superficial en los atrios de las iglesias, era necesario de vez en vez su extracción y depósito en osarios más permanentes. La profesora María de los Ángeles Rodríguez lo explica bien en su libro Usos y costumbres funerarias en la Nueva España (2001, pp. 63-64), citando los casos de la Catedral de Guadalajara y la parroquia de Santa Cruz de México, pero cabe señalar que “este traslado se hacía cercano a la fiesta de los muertos, o bien, precisamente en estas fechas”. En la regla de la antigua cofradía de Dolores de la parroquia de San Sebastián de Querétaro aparece la mención del traslado en una fiesta penitencial, el Miércoles de Ceniza, mientras que la de ánimas de Santiago Calimaya y la de Santa Catalina de México habían de hacerlo efectivamente en noviembre. Para las referencias a estos casos me tomo la libertad de remitir al libro Cuerpos profanos o fondos sagrados. La reforma de cofradías en Nueva España y Sevilla durante el Siglo de las Luces.

Ahora bien, el tema es que en reglas aprobadas por el provisor del arzobispado de Sevilla en 1722 (Archivo Histórico Nacional de España, Consejos, leg. 1304, exp. 16, fs. 54-55) las hermandades de Caridad y Ánimas de la parroquia de la villa de Fuentes de Andalucía tenían  la obligación de realizar el traslado el Domingo de Ramos por la tarde. De hecho era un acto normado con mucha pompa. Debía disponerse “un féretro con huesos en la iglesia parroquial poniendo bancos de cera en la forma acostumbrada y se tiene, de cantar una vigilia y después se ha de predicar si fuere posible, y después se ha de hacer procesión llevando el féretro cuatro hermanos, a cuya fiesta ha de asistir todo el clero y se ha de convidar a la dicha comunidad [de mercedarios] si fuere posible y ha de haber doble general”. Desde luego, no es que el Domingo de Ramos no hubiera otras prácticas: era relativamente común en las hermandades sevillanas, tanto de la capital como del reino, encontrar algún cabildo para organizar la procesión de Semana Santa, para el cobro de limosnas, e incluso en la de Jesús Nazareno de San Lúcar de Barrameda se hacía el remate o rifa de los pasos (AHN, Consejos, leg. 1575, exp. 43, fs. 38-39). Mas en ninguna otra regla que llegó a la reforma encontré esta práctica concreta, de hecho, hay que decir que en las hermandades de la capital nunca se menciona el tema del traslado de huesos.

Empero, al menos en la primera mitad del siglo XVII, donde sí que tenía lugar esa procesión de traslado de huesos al inicio de la Semana Santa era en Sevilla con los huesos de los ajusticiados, es decir, aquellos condenados a la horca. Lo menciona una extensa nota al pie de los Anales eclesiásticos y seculares de la muy noble y muy leal ciudad de Sevilla, de Diego Ortiz, que data de los años 1670, felizmente disponible en Google Libros:

Como se ve, el propio autor trataba de discernir si había habiado una confusión entre el Domingo de Ramos y el primer domingo después de Todos Santos. De todas formas, todavía encontramos otro testimonio para un tercer momento: la primera mitad del siglo XIX, además ya no en Andalucía, sino en la capital de la monarquía, en Madrid. El Diario de Madrid daba cuenta de los actos de 1818 y de 1830 celebrados en el hospital de la Pasión, que era un hospital exclusivo para mujeres. Veamos brevemente esas notas:

Devoción de cofradías de caridad realizadas con enfermos y ajusticiados, se diría que era también una manera de comenzar la Semana Santa recordándole a los fieles, en la Semana Santa española a veces muy festiva, el destino final de los mortales. Mas lamentablemente esto pasa de una mera suposición, a falta de fuentes más detalladas al respecto.