Bendiciones para todo y contra todo

En otra oportunidad he tratado por aquí el tema de los conjuros contra los elementos, ahora quisiera evocar otra tradición asimismo muy cara al catolicismo del Antiguo Régimen, exigida incluso por los pueblos al clero: las bendiciones. Ya Jean Delumeau, en su obra Rassurer et protéger, ha dado cuenta de esta práctica, utilizada por lo común para proteger los diversos objetos y seres vivos ante cualquier peligro natural y sobrenatural. Las más frecuentes contaban con su propio ritual, que seguía más o menos un mismo esquema: una invocación, una oración, y desde luego, la aspersión con agua bendita con hisopo, por parte de un sacerdote revestido al menos de sobrepelliz y estola. Algunos de los objetos bendecidos, se convertían a su vez en protectores e incluso en remedio para las causas más diversas. En tiempos de la Reforma católica, en aras de combatir prácticas que comenzaban ya a considerarse “supersticiosas”, los prelados comenzaron a tratar de ordenarlas y de suprimir su número, e incluso fueron muy pocas las que llegaron a incluirse en el Ritual Romano, que en principio debía normar las prácticas en la materia en todo el orbe católico. Empero, hubo un buen número de rituales posteriores que las siguieron incluyendo, es cierto que de manera más bien limitada.

Citemos en primer término las que sin duda hoy llaman en particular la atención: los objetos protectores. Algunos estaban asociados a ciertos santos patronos, como las palmas de San Pedro Mártir, “contra rayos, granizo y tempestad”; los cordones, velas y panes de San Blas para el mal de garganta, o el agua de San Ignacio de Loyola para los enfermos. Otros eran más generales, como los panes de San Nicolás Tolentino y los de San Diego,  las rosas de Santa Rita, o el cíngulo de Santo Tomás de Aquino, asociado a la castidad. Por supuesto no todo era para proteger esta vida, sino también para el más allá, como el más conocido hoy en día, el escapulario de Nuestra Señora del Carmen. Muy popular en el mundo hispánico para servir como mortaja era el hábito y cuerda de San Francisco de Asís, aunque existía también la correa de San Agustín, y en cuanto a mortajas podían ser utilizados otros hábitos religiosos. Y es que justamente la mayor parte de estos objetos estaban asociados a las órdenes religiosas: los bendecían franciscanos, dominicos y agustinos, por lo común mas no exclusivamente, en las respectivas festividades de los santos, y los distribuían a cambio de limosnas de los fieles.

Por supuesto, los manuales y rituales, comenzando por el Ritual Romano, comprendían también bendiciones de objetos más cotidianos. Este último incluía la de las casas, especialmente el Sabado Santo, de los alimentos, en particular primicias del campo, panes y huevos; y asimismo personas, como los peregrinos. Un poco más amplia solía ser la lista de los otros manuales en circulación: el de los franciscanos de Michoacán de fray Ángel Serra (1697) contaba también la de las camas, camas de enfermos y aposentos. El del padre jesuita Venegas, completado por el padre Juan Francisco López, retomaba del Manual Toledano y de las obras del cardenal Lambertini (Benedicto XIV) la bendición de la tierra sembrada, la de aguas infectadas, de los caballos y de los animales enfermos. El de fray Agustín de Vetancourt (1729) contaba también la bendición de las semillas, de las redes de pescar y de las primeras yerbas en la fiesta de San Juan Bautista. En buena prueba de que estas bendiciones no se oponían sino que complementaban el saber médico de la época, el Manual de fray Diego de Osorio (1748) contaba también la bendición de las medicinas, distinguiendo entre las que se aplicaban para enfermedades naturales y las que se administraban a enfermos bajo “algún maleficio o hechizo”.

Tema aparte es el de las bendiciones de los ornamentos sacerdotales, iglesias con todos sus elementos (desde la primera piedra hasta la campana), o bien de otros símbolos, incluidos por su importancia no en el Ritual sino en el Ceremonial de los obispos, como las espadas, las banderas militares y los estandartes. En la Monarquía hispánica se contaba entre estos últimos al Pendón Real, el estandarte que se utilizaba para las proclamaciones de los nuevos monarcas.

Y podríamos seguir con la enumeración según el manual, ritual o ceremonial a la mano, según fuera de las órdenes religiosas o del clero secular, adaptado al Romano o al Toledano, editado en el siglo XVI, en el XVII o en el XVIIII (e incluso en el XIX), etcétera. Sin embargo, aunque sin duda se insertaban porque seguían siendo útiles, nos resta el tema amplio y difícil de saber qué tanto se utilizaban y bajo qué circunstancias. En todo caso, estos rituales son buena muestra de hasta qué punto la Iglesia protegía desde lo más íntimo e individual, hasta los cuerpos políticos, pasando por las preocupaciones cotidianas de las comunidades locales, campesinas fundamentalmente. Y para no terminar la entrada sin citar al menos una de esas bendiciones, aquí uno particularmente útil, la dedicada a San Antonio de Padua (o de Lisboa) contra las lombrices, tomada del Manual de administrar los Santos Sacramentos de fray Agustín de Vetancourt (México, 1729) y del Manual para administrar los Santos Sacramentos arreglado al Ritual Romano de fray Diego Osorio (México, 1748) ambos, claro está, franciscanos.

Oración de San Antonio de Padua para matar lombrices
y se diga tres veces a honra de la Santísima Trinidad
Potestas Dei + Patris, Sapientia Filii, + et Virtus Spiritus + Sancti 
liberet te et sanet te ab infirmitate lumbricorum et exeant de corpore tuo, 
et convertantur in aquam in honorem Sancti Antonii de Padua Confessoris. 
Dum appropiant super te nocentes, ut edant carnes tuas, ipsi infirmati sunt et ceciderunt
fiat +, fiat +, fiat +,
Jesus Maria.

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