“Bailando hombre con hombre y mujer y con mujer”

En la tradición católica, la danza tiene un estatuto ambigüo. Siguiendo el ejemplo bíblico, veterotestamentario, del Santo Rey David, que bailó en éxtasis ante el Arca de la Alianza, no es poco frecuente encontrar un poco por doquier en el mundo católico danzas religiosas. Las hay en nuestros días: ahí están las entrañables evoluciones de los seises sevillanos, las pastorales de bailes religiosos ante el Señor de los Milagros de Perú, las numerosas danzas en las fiestas patronales mexicanos. Las había tal vez mucho más en otras partes: en Francia, Marianne Ruel (Les chrétiens et la danse dans la France moderne, 2006) cita al menos a los tripettes, danza tomada muy en serio por los parroquianos de ciertas regiones aun si despertaba la risa de algún clérigo joven. Los propios clérigos podían danzar, como era el caso de los canónigos de Amiens en tiempos medievales con motivo de la Pascua, en torno al laberinto que se conserva hasta hoy en el pavimento de dicha iglesia.

Pero es cierto que en general, la danza ha sido vista más bien con desconfianza por el clero desde el siglo XVI, denunciándola como diversión profana, asociándola en general a los pecados carnales, y procurando por ello, ya que no eliminarla, al menos normarla lo más estrechamente posible. De ahí los edictos sobre el tema de un buen número de prelados, entre los cuales me permito aquí copiar el que dictó el provisor y vicario general de una diócesis que no resulta tan lejana a nuestros tradicionales temas novohispanos, la de León de Nicaragua. Ahí, en 1765, el juez eclesiástico, a nombre del obispo, fulminaba pesadas censuras (la excomunión mayor), justamente para impedir la mezcla de danzas profanas en celebraciones sagradas, en particular ante las imágenes religiosas y con motivo de los velorios de niños (de “angelitos” como suele decirse). Pero el prelado no eliminaba directamente todo género de danza, su edicto está destinado simplemente a reformarlas, alejándolas lo más posible de los peligros pecaminosos, imponiéndoles un horario, el diurno; limitando sus gestos, para purificarlas de “torpezas”, esto es de todo lo que pudiera relacionarse directamente a la relación carnal, y en fin, en ese mismo sentido, reglamentando el orden de las parejas mismas en el baile: “hombre con hombre y mujer con mujer”, que según se entiende del texto es lo que el provisor estimaba por un baile decente y libre de pecado.

Cabe decir, el edicto habría de levantar una querella con la autoridad civil, pero no por su definición del baile decente, que hoy puede parecernos original en un prelado católico, sino por adentrarse a regular bailes profanos, los fandangos, por entonces “nuevamente introducidos” en el obispado, y que la autoridad civil reclamaba como de su jurisdicción. Mas ello es tema aparte, por lo que veamos ahora extensamente, este edicto para purificar las danzas profanas.

AGI, Guatemala, 545 “Cartas y expedientes de 1767”, exp. 17 “Testimonio de la información seguida sobre fandangos y sarabandas”.

Nos, el doctor D. Pedro Joseph Chamorro Sotomayor, juez de testamentos, capellanías y obras pías, provisor y vicario general por el ilustrísimo señor D. Juan Carlos de Vílches y Cabrera, dignísimo señor electo obispo gobernador de este obispado de Nicaragua y Costarrica, del Consejo de Su Majestad, etc.- A todos los fieles cristianos y vecinos y moradores estantes y habitantes en esta Ciudad de León, de cualquier estado, calidad o condición que sea, salud y gracia en el Señor. Hacemos saber, como es de nuestra precisa obligación por el oficio que tenemos poner reparoa las ofensas y deservicios que se hacen a la Majestad de Dios nuestro Señor, con el motivo de pasarse toda la noche o parte de ella con junta de mujeres y hombres divertidos en profanidades, bailando y cantando versos deshonestos y torpes, con mal ejemplo del pueblo, lo que ejecutan cuando por devoción, celebrar alguna imagen del Señor, de su Madre Santísima, o de sus santos, o tienen alguna otra función, en cuyo tiempo se habían de ejercitar en rezar el Santísimo Rosario, cantar alabados y otros rezos divinos condignos a su Divina Majestad y a su Madre Santísima, y no que con los dichos bailes y cantos torpes provocan a su Divina Maestad y su justicia soberana, por las culpas que de ello resulta, y lo mismo hacen cuando velan algún niño que se muere, y siendo todo lo susodicho en deservicio de Dios nuestro Señor, por ser las expresadas juntas y sarabandas redes en que el demonio pesca a las almas, y debiéndose poner pronto remedio a tan noscivas inconsecuencias y pecados que se cometen, por tanto, por el presente y su tenor, ordenamos y mandamos en virtud de santa obediencia, y so pena de excomunión mayor latae sentencie ipso facto incurrenda hac una protina canonica monitione jure premisa: Que en manera alguna canten los expresados versos torpes en las dichas velas de los santos, porque los prohibimos en el todo por indecentes y pecaminosos. Y que las músicas o sarabandas que tuvieren no haya bailes o fandangos indecentes y deshonestos y sólo sean de día y no de noche, bailando hombre con hombre y mujer con mujer, lo cual cumplan y ejecuten bajo la dicha pena de excomunión mayor impuesta, en la que serán declarados y rotulados por tales excomulgados los transgresores que faltaren a lo por nos mandado, y se procederá a lo que diere lugar su inobediencia. Y para que llegue a noticia de todos y ninguno alegue ignorancia, que este despacho se lea y publique en esta Santa Iglesia Catedral a la misa de diez, como se acostumbra. Dado en la ciudad de León, en diez y nueve días del mes de enero de mil setecientos sesenta y cinco años.- Dr. D. Pedro Joseph Chamorro.- Por mandado del señor provisor y vicario general.- Félix Vicente Galarza, notario receptor.

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