Archivo del Autor: David Carbajal López

Tres fragmentos sobre la Seña

Arrastre de caudas en Quito, 2010, foto del sitio “La Hora Noticias de Ecuador”

Tal vez una de las ceremonias más olvidadas del catolicismo contemporáneo sea la de la Seña (o Reseña, en algunos lugares), en la cual los canónigos de las catedrales veneraban el estandarte de la cruz. Tenía lugar sobre todo el Miércoles Santo, pero no era la única ocasión, sí era, en todo caso, una de esas “misteriosas ceremonias” de la Semana Santa. Hoy en día, hasta donde sé, se sigue realizando en la Catedral de Quito, Ecuador, como nos muestran estas imágenes y el video de más abajo. Ese acto de veneración, básicamente consistía en que los canónigos, revestidos de sus capas magnas negras, arrastraban la cola y se prosternaban mientras el “signífero”, es decir, el portador de la bandera de la cruz (signus), la ondeaba sobre sus cabezas. Por ello, es también conocida como la ceremonia de “arrastre de caudas”. Para recordar como debía hacerse en el siglo XVIII, me permito copiar aquí el pasaje correspondiente del Diario manual de lo que en la Catedral de México se practica y observa en su altar, coro y demás en todos los días del año, (1751), que el lector puede consultar íntegramente en la Biblioteca Digital Hispánica.

Arrastre de caudas 2017, foto del periódico Metro.

En Quito, cabe destacarlo, la ceremonia subsiste, pero no ha quedado al margen de la secularización: hoy en día es incluso atractivo turístico promovido por la oficina nacional que atiende esos asuntos, como vemos en el video de más abajo, que es nuestro segundo fragmento. Además, para cerrar con menos solemnidad, el tercero es un testimonio del siglo XIX, de un clérigo y escritor de Lagos, el Dr. Agustín Rivera, quien en 1892 recordaba su ya remota participación en esas ceremonias, pero a principios de siglo, cuando era un joven estudiante del Seminario de Guadalajara, en sus Reminiscencias de colegio. Sutil, Rivera, liberal poco afecto a las pompas católicas de antaño, contaba una anécdota que hacía dudar de la seriedad de los seminaristas, pero también del propio acto solemne. Es decir, también es un testimonio de la secularización del siglo XIX. Paradojas de la historia: solemnidades de antaño, pudieron ser luego motivos de crítica y hoy se convierten a veces, en patrimonio que hay que saber comercializar.

 

Diario manual de lo que en la Catedral de México se practica y observa en su altar, coro y demás en todos los días del año. Biblioteca Nacional de España, mss. 12066, Sala Cervantes, fs. 26v-30.

Esta ceremonia se hace cinco veces: Sábado por la mañana y Domingo de Pasión por la tarde, Sábado de Ramos por la mañana y Domingo de esta festividad por la tarde, y Miércoles Santo por la mañana, todas son al tiempo de vísperas, en el que se canta en ellas el himno Vexilla Regis. Esto es, si las vísperas son de las dominicas, porque sin son de santo doble, todas son las señas después que se terminan, sólo las del Miércoles Santo son siempre de feria, y así la seña es también siempre dentro de ellas.

El día que la hay se lleva desde por la mañana temprano de la sacristía de esta Santa Iglesia a la capila del Sagrario el estandarte o bandera de ella, y se pone en medio del altar, parado y arrimado al retablo, y estando el coro ya en el quinto salmo de las vísperas, que canta la capilla alternando con el coro todo, entra el maestro de ceremonias dentro de él con sobrepelliz y bonete en la mano, hasta un lado del fascistol mayor, y allí hace venia primero a los padres capellanes del coro del señor deán, y luego pasa al coro del señor arcediano, donde hace lo mismo, y luego al punto salen tres padres capellanes de cada coro, y van sin formalidad a acompañar con dicho maestro al sagrario. Asimismo van todos los acólitos, pertiguero y perrero, y de dicha capilla salen el perrero por delante, luego el pertiguero con su garnacha morada, gorra y pértiga, siguen los padres capellanes, seis que salieron del coro, y en medio de los dos últimos el maestro de ceremonias con el bonete puesto en la cabeza y el estandarte en las manos, y van así a entrar por la puerta de la crujía que está junto al coro y corresponde a la nave donde está la capilla de que se saca. Esta puerta la abre el perrero y cierra luego que entren por la crujía, la que está alfombrada y se quedan en ella haciendo coros los acólitos y pertiguero y los 6 padres capellanes y maestro con el estandarte. Entran así en el coro y puestos tres a cada lado y el maestro detrás al facistol mayor y de cara al altar mayor se arrodillan y con pausa inclina la punta del estandarte hasta llegar con él al suelo, del que inmediatamente lo levanta sin descubrir la cabeza.

En esta forma entra para dentro del coro hasta ponerse en medio de la canturia y a este tiempo se arrodilla todo el coro a adorar la Santa Cruz que está en el estandarte y se está el maestro solo con él en las manos y el bonete puesto en la cabeza hasta que es tiempo de darlo al señor signífero.

A este tiempo el sochantre, con dos padres capellanes que señala a sus lados desde el principio de las bancas dichas de canturía, hacen venia con las cabezas e inclinación de cuerpo a un señor canónigo, el que quieren señalar y del coro que les parezca, para que convide a la asistencia de la seña. Corresponde dicho señor bajandola cabeza en demostración de admitir este encargo, y va de su silla, y puesto el bonete y almucia sobre de él con la capa corta todavía, pasa donde está el fascistol menor, en que se oficia, y hace cortesía a uno y otro coro, con la cabeza e inclinación de cuerpo que le corresponden.

Hecha esta ceremonia, bajan los señores capitulares de sus sillas altas a las bajas y toman allí las capas magnas, comienza la capilla a tocar los bajones, cornetas y bajoncillos, y suben por la crujía el pertiguero por delante, con garnacha morada, pértiga y gorra; luego los acólitos, niños y padres capellanes, formando coros,

y en medio de los dos padres capellanes más antiguos va el señor medio racionero menos antiguo, con la cauda suelta, tendida y arrastrando por el suelo y la cabeza cubierta con el bonete y la almucia sobre de él y van así hasta el altar mayor,

donde los padres capellanes y sochantre se ponen al lado de la Epístola en el presbiterio, no el principal sino el colateral de la mesa credencial para dentro, y lo mismo los niños, que no deben quedarse en la crujía sino son dos en las gradas para recojer las caudas así que hacen cada señor capitular, conforme llega la genuflexión y reverencia al altar, y la venia con la cabeza al señor más antiguo que está en él, y dicho señor medio racionero va al mismo lado que tiene en el coro […]

Después del señor medio racionero menos antiguo siguen de uno en uno sin acompañamiento, sino solos, por su orden y antigüedad, los otros señores medios racioneros, señores racioneros, señores canónigos y señores dignidades, y a lo último con el estandarte en las manos, levantado en alto, el señor signífero, que siempre es un señor dignidad o señor canónigo, en medio de los dos señores más antiguos dignidades o canónigos, no uno de los más antiguos de cada coro, sino los más antiguos en orden de posesión y tiempo, y es el que en este acto se observa. Y como van a él uno por uno solos, es preciso queden los dos más antiguos para que acompañen, los que llevan cojidas con las manos los dos cabos o puntas del estandarte. Y delante unos pasos van los dos maestros de ceremonias, uno por el lado de la crujía y el otro por el otro, y luego que llegan a ponerse en la última grada del presbiterio, vienen a ellatodoslos señores capitulares que están ya allí a unirse y ponerse en esta forma.

El señor signífero, con el estandarte elevado en el principal lugar y medio de la grada, a sus lados los dos señores que vinieron acompañando, y después a un lado y otro todos los señores conforme el lado en que están, y unidos, se ponen de rodillas de cara para el altar. Los niños a este tiempo están en las demás gradas conforme las sueltan allí, y para estar prontos para cogerlas al fin. Los padres sochantres y capellanes están en el lugar arriba dicho, en el que se ponen de rodillas, y asimismo, todos en el coroy fuera de él, el pueblo que asiste, y comienzan a cantar el primero verso, Vexilla, etc., en cuyo timpo baja el señor signífero la bandera, hasta llegara ponerle la punta sobre el ara del altar, en donde la mantiene hasta que acaban el primer verso dicho.

Siguen cantando el segundo verso, Quae vulnerata lanceae, los músicos de la capilla que están dentro la puerta del coro y fascistol mayor, donde tienen puesto el suyo con su libro, y en este tiempo levanta el señor signífero la bandera del altar, y la lleva inclinada a cubir con ella a los señores capitulares que están a su lado siniestro, y estando así un rato, la vuelve en medio del altar como estaba, y al comenzarel tercero verso, Impleta sunt, hace lo mismo que en el antecedente, levantando otra vez la bandera, con la que cubre en la misma forma con ella a los señores capitulares que están a su lado diestro, y vuelve otra veza ponerla sobre el altar.

Acabados estos versos por los músicos, siguen el cuarto: Arbor decora, etc., los padres sochantres y capellanes en el canto llano espacioso como el primero, y a este tiempo levanta en alto el señor signífero el estandarte y lo eleva enteramente, y así lo mantiene hasta llegar a las últimas palabras de él: Tam sancta, la va inclinando hasta tocarla y ponerla sobre el ara como en las otras acciones dichas.

El quinto verso: Beata cujus brachiis, lo canta como los otros la capilla en el coro en canto figurado, y en su tiempo levanta el señor signífero la bandera y la eleva echándosela a la espalda sobre su hombro izquierdo, y de él a poco rato la vuelve a poner sobre el ara y a la mediación del verso la levanta y echa en el mismo modo sobre el derecho, y luego de él sobre la misma ara y altar.

El sexto verso O Crux! etc., lo cantan como los antecedentes en el presbiterio, y al comenzarlo, baja el señor signífero la bandera del altar y la pone en el suelo, y a este tiempo se postran en él todos los señores capitulares y están así todo el que tardan en decirlo y cantarlo hasta que lo finalizan, que vuelven a quedar de rodillas, y el señor signífero levanta en alto enteramente la bandera sin volverla a poner sobre el altar, sino tenerla solamente elevada en sus manos. Estando así cantan los músicos en el coro el último verso Te, fons salutis y se levantan los dos maestros de ceremonias que están todo este tiempo desde que llegaron al altar uno en cada lado de él, y llegan a coger las dos puntas de la bandera. Y poniéndose en pie el señor signífero, sale con ella elevadaen las manos y con los dos maestros dichos con las dos puntas cojidas en ellas, y arrimados hacia los señores capitulares del lado de la Epístula, va con él dando vuelta y arrastrando la cauda por todo el presbiterio del altar principal, a coger el lado del Evangelio, y asimismo pasar por junto y delante de los señores capitulares, que están a este lado, a volverse a poner en el medio y decara con la bandera al coro.

Luego que está así, el señor signífero baja la bandera a poner su punta en el suelo, como lo hizo sobre el altar, y en el tiempo que los músicos cantan el último verso del himno,  Te, fons salutis, etc., levantael señor signífero la bandera y la lleva a su lado siniestro, cubriendo con ella por la espalda a los señores capitulares del lado de la epístola, como lo hizo y está dicho en el segundo y tercero verso; y habiéndoles cubierto un rato vuelve a bajar la bandera y ponerla de punta en el lugar mismo de donde la levanta, y de aquí hace la misma acción y ceremonia con los señores capitulares que están al lado del Evangelio, y vuelta a bajar la bandera de dicho lugar, la levanta luego en alto, y como hizo la vuelta entera por el presbiterio, para venir a ponerse de cara al coro, vuelve a hacer media vuelta desde este lugar por el lado de la Epístola con el estandarte en lasmanos y maestros, hasta llegar al altar, y allí los padres sacristanes toman el estandarte o bandera y la ponen en medio del altar, tras la santa cruz que está en él, y allí está todo el tiempo y días que pasan de una seña a otra, y el día que la hay lo quitan para llevarlo como está dicho a la capilla del Sagrario, y ejecutar desde allí la ceremonia que al principio se dijo hacerse, para traerlo al coro.

Concluido todo esto, se pone el señor signífero en medio delante de la mesa del altar, y de cara al coro, y asimismo siguen todos los señores capitulares en la misma forma, aunque ya no desde los cuernos del altar, sino siguiendo por delante, y todos ya por sus antigüedades, terminándose este medio círculo por los dos señores menos antiguos.

Estando en esta forma, cantan el verso de después del himno dos niños en la puerta del coro, como es costumbre, que responde el coro, y apuntada la antífona por el señor menos antiguo, que está en él, de los dos que quedaron, entona el sochantre la Magnificat, que canta en canto llano con el mayor espacio, y vuelven del altar para el coro, en este tiempo, sin diferencia alguna decomo fueron, mas que la de no volver el estandarte.

Luego que en el altar se ponen en pie y se coloca en él el estandarte, sale de allí para la sacristía el señor canónigo hebdomadario, donde desnudándose la capa y almucia, viste estola y capa pluvial, y así que todos los señores capitulares están en el coro, sale con el acompañamiento de cuatro padres capellanes, maestro de ceremonias, acólitos con ciriales, incensarios y naveta, y el pertiguero por delante, y va al altar mayor, donde bendice el incienso, turifica el altar, va al coro, y cantada la oración como es costumbre, dicho el Benedicamus Domino, vuelven a la sacristía como salieron de ella.”

 


Agustín Rivera y Sanromán, Reminiscencias de colegio, Lagos, Ausencio López Arce impresor, 1892, pp. 5-6

En el solemne acto de la Seña, los colegiales, fiados en que no se sabe el origen de esa ceremonia, pugnábamos por agarrarles la cola, como deciamos, a aquellos canónigos que daban un escudo de oro por aquel servicio; i una vez fué tal la pugna entre un Solchaga í otro que le decian el violón, que echaron al suelo á un canónigo mui anciano que se llamaba D. Pablo Portillo.

Deporte y catolicismo

Esta semana una traducción breve sobre un tema que puede acaso extrañar a alguien: la relación entre deporte y catolicismo. Gracias a trabajos pioneros como el de Norbert Elías con Eric Dunning, Deporte y ocio en el proceso de civilización, el deporte ha adquirido la categoría de objeto de estudio serio en las ciencias sociales ya desde hace tiempo. Sin embargo, es más común pensarlo como una religión secular que en relación con una religión institucional tradicional como es el catolicismo. Y sin embargo, como nos muestra este texto del finado profesor Michel Lagrée (1945-2001), era una cuestión fundamental a inicios del siglo XX, cuando todavía estaba en curso la institucionalización del deporte. Presentamos pues aquí una traducción libre de su ensayo “Sport et sociabilité catholique en France au début du XXe siècle“.

Lagrée, hasta donde tengo conocimiento, no es, lamentablemente, un autor particularmente conocido de la historiografía en español, a pesar de haber trabajado aspectos que, al menos a nuestra historiografía mexicanista, le convendría bien considerar. El libro Religion et modernité, publicado en 2003 en la colección que él mismo fundó en las Presses Universitaires de Rennes, reuniendo varios de sus textos dispersos, es un excelente testimonio. Lo mismo trabajó la relación del catolicismo con la tecnología (el barco de vapor, el automóvil), que la concepción misma de la historia religiosa, sin dejar de lado la historia de su natal Bretaña, e incluso se encuentra un ensayo sobre una gran figura latinoamericana para el catolicismo francés, el presidente ecuatoriano García Moreno. Ojalá el lector encuentre sugerente el texto y se acerque a una historiografía más allá de nuestras clásicas historias nacionales y regionales.

 

Púlpito de la parroquia, púlpito del rey

Las cordilleras eran las cartas que los obispos hacían circular entre los párrocos de su diócesis, al recibirlas, debían copiarlas en uno de sus libros de gobierno y remitir el original al siguiente curato, conforme al orden que se enlistaba en uno de los márgenes. La parroquia de San Jerónimo Coatepec, que en el siglo XVIII dependía del obispado de Puebla, conservó muy completo su libro de cordilleras, en que se registraron las de los años de 1765 hasta 1832.

En 2010, el Instituto Veracruzano de la Cultura, en su colección Bicentenario-Centenario, lo publicó bajo el título Libro de cordilleras de Coatepec, gracias al trabajo de transcripción de José Roberto Sánchez Fernández que hasta entonces era inédito, pero que circulaba ya bajo forma mecanuscrita. En efecto, si bien hoy en día esa versión se encuentra en Colecciones Especiales, y por tanto fuera de préstamo, al menos hasta 2009, era posible consultarla en la estantería abierta de la Unidad de Servicios Bibliotecarios y de Información de la Universidad Veracruzana. Yo lo consulté en esa versión en 2005, pero sólo lo aproveché de manera amplia en 2009 cuando redactaba mi tesis de doctorado en la Universidad Paris I Panthéon-Sorbonne, que justo terminé también en 2010. Ahora que ya ha pasado tiempo suficiente desde que se publicó como libro, es decir, ya no es algo de actualidad, y además, considerando que la tesis en que lo utilicé, si bien está disponible en su idioma original en este mismo blog, he preferido no publicarla, aprovecho este espacio para recuperar la traducción de ese fragmento en concreto.

Antes de pasar a ello, convienen algunas acotaciones. Primero, mi tesis, titulada Utilité du public ou cause publique. Les corporations religieuses et les changements politiques à Orizaba, 1700-1834, versó sobre la historia de las corporaciones religiosas de la villa de Orizaba en tiempos sobre todo de las Reformas borbónicas y hasta la primera Reforma liberal. Segundo, para mí, en ese contexto, el Libro de cordilleras de Coatepec era (y hasta el momento) una fuente que me ha permitido paliar la falta de una semejante para la parroquia de Orizaba, por ello, y toda vez que las cartas debían circular, en principio por todos los derroteros de la diócesis, no incluí consideraciones específicas sobre la parroquia de Coatepec. Tercero, sin duda hay muchas maneras de aprovecharlas, en concreto me interesaba mostrar de qué manera el rey se hacía presente en la vida parroquial de la diócesis de Puebla, antes de la independencia evidentemente. Por ello titulé al apartado en que realizaba el análisis como Púlpito de la parroquia, púlpito del rey. No sé si aun pueda tener algún valor para nuestra historiografía, pero de todas formas espero que pueda resultar de interés. En fin, las imágenes van simplemente a manera de ilustración, no corresponden ni al libro ni a la tesis.

Púlpito de la parroquia, púlpito del rey

Catedral de San Miguel Arcángel de Orizaba, foto del autor en 2008

Como la historiografía mexicanista ha destacado, en particular William Taylor, la monarquía solicitó cada vez más en el curso del siglo XVIII el apoyo de los clérigos seculares, los curas párrocos sobre todo[1]. Sin embargo, ello tuvo lugar por medios muy tradicionales, como las ceremonias litúrgicas, empleadas desde tiempo atrás para construir el sentimiento de unidad en torno al rey católico a través de todo el Imperio[2]. Podemos constatarlo en las cartas que el obispo de Puebla hizo circular entre los párrocos de su diócesis, las cordilleras, de las cuales la mayor parte no hacían sino trasmitir a su vez leyes, órdenes o decretos del rey o de los virreyes. Por desgracia las de Orizaba no han sido bien conservadas, pero disponemos en cambio de una colección muy completa (cerca de 200 cartas entre 1766 y 1821) para otra parroquia de la diócesis de Puebla y de la provincia de Veracruz, la de San Jerónimo Coatepec[3].

En ellas encontramos, en primer término, los mandatos sobre las celebraciones religiosas de la familia real y de la monarquía. Se trata de veintiún cartas, es decir, cerca de 10% del total, casi todas derivadas de una real orden. Así, desde 1766 y hasta la independencia, los fieles de la diócesis fueron testigos de la celebración de ocho nacimientos, siete matrimonios, tres decesos y dos embarazos, no sólo de los reyes estrictamente hablando, sino también de los príncipes de Asturias y de otros infantes de los Borbones españoles. Las cordilleras eran muy claras al respecto: los párrocos debían aprovechar estas celebraciones para “excitar la piedad de los fieles” hacia los reyes y su familia. Es así que la parroquia contribuía a hacer simbólicamente presentes los reyes físicamente lejanos[4].

Los párrocos se ocupaban entonces de desplegar una liturgia solemne, incluso regia, que contaba casi siempre los mismos ritos: acciones de gracias (misa solemne con Te Deum) por los recién nacidos y por las nuevas parejas de la realeza, rogaciones (es decir, la procesión acompañada del canto de la letanía de los santos) durante varios días por las princesas embarazadas, y vigilias y misas de requiem por los muertos[5]. Empero, los obispos dejaban siempre a los obispos actuar según las tradiciones diocesanas o parroquiales, o según “su piedad y amor por el soberano”.

La familia de Carlos IV, Francisco de Goya, Museo Nacional del Prado.

Mas no se rezaba sólo por las personas reales, sino también por la monarquía en su conjunto. Fue el caso en 1782, siempre a partir de una orden real, la del 27 de diciembre de 1781, por la cual todos los habitantes del Imperio debían asistir a una gran celebración, que no tenía otro motivo que una acción de gracias y rogaciones por el rey, su familia y todos los vasallos de la monarquía[6]. Se trataba sin duda de una novedad, pues en esta ocasión el rey daba instrucciones más detalladas de la liturgia a seguir: misa de acción de gracias con Te Deum, seguida al día siguiente de otra misa acompañada de las rogaciones con el Santísimo Sacramento expuesto en el altar mayor de la iglesia[7].

Además, antes de 1808, los reyes ordenaron dos veces a los obispos hacer elevar oraciones por los ejércitos reales durante las guerras contra Inglaterra (1779) y contra la Francia revolucionaria (1793), y otras dos para agradecer a Dios la paz concluida con ambas potencias (en 1795 y 1802 respectivamente)[8]. A más de las oraciones públicas, los párrocos estaban obligados a orar por los ejércitos del rey durante las misas “privadas” (es decir, celebradas sin fieles). Se trataba de oraciones más habituales, pues el obispo de Puebla podía remitir a sus párrocos a la sección de “preces del tiempo de guerra” del manual de ceremonias del obispado para consultar las rogativas a celebrar. Por otra parte, las cordilleras a propósito de las guerras eran también la ocasión de mostrar la preocupación del rey por sus vasallos. En efecto, monseñor López Gonzalo explicaba en 1779 que la guerra había estallado a causa de los “ultrajes” hechos por los ingleses en ciertas regiones de los reinos americanos, antes los cuales el “celo heroico” del rey no podía sino reaccionar[9].

La presencia monárquica era con frecuencia marcada con las particularidades de las corporaciones locales. En la parroquia de Orizaba, disputada en esta época, como hemos visto, entre españoles e indios, incluso las fiestas monárquicas se convirtieron en el teatro de esta rivalidad. Así, los funerales del rey Carlos III, celebrados dos veces en la iglesia de San Miguel, la primera por los españoles (5 y 6 de agosto de 1789) y la segunda por los indios (9 de octubre de 1789), proporcionaron la ocasión de probar la lealtad monárquicas y de continuar la competencia entre las corporaciones civiles. Ello fue especialmente visible en la preparación de los dos túmulos funerarios del rey. Los españoles prepararon un monumento de siete cuerpos, 288 cirios y 30 poemas latinos a los cuales respondieron los indios con un túmulo de nueve cuerpos, 460 cirios e innombrables poemas en castellano[10]. [CONTINUARÁ]

NOTAS

[1] W. Taylor, Ministros de lo sagrado, 1999, vol. I, pp. 29-33.

[2] Sobre este tema: V. Mínguez, Los reyes distantes, 1995. J. Valenzuela, Las liturgias del poder, 2001, pp. 165-205.

[3] Libro en donde se asientan las cartas cordilleras que comienza hoy, seis de septiembre del año de 1765, siendo cura beneficiado por Su Majestad, vicario y juez eclesiástico de este pueblo de San Jerónimo Coatepec, el licenciado D. Diego Xavier de Obregón Díaz de Escobar, mecanuscrito.

[4] Ibid., cartas nº. 6, 7, 33, 35, 52, 60, 68, 68, 71, 75, 78, 98, 108, 115, 134, 176, 179, 183bis, 187, 188, 191. Destaquemos que las cartas de los obispos trasmitían siempre las celebraciones reales. No hemos encontrado mandatos que den cuenta de las del Papa, quien se encontraba por tanto ausente, hasta donde sabemos, de las ceremonias de las parroquias de la Nueva España del siglo XVIII.

[5] Ibid., pp. 22-28.

[6] Ibid., carta nº. 60.

[7] Ibidem.

[8] Ibid., cordilleras nº. 53, 111, 120 y 130.

[9] Ibid. cordillera nº. 53.

[10] AGN, « Diario Oficial », Gazeta de México, t. III, nº. 43 y 49, 22 de septiembre y 10 de noviembre de 1789.

Limosnas, campanas, nublados y relaciones sociales

Las campanas se utilizaron para ahuyentar las tempestades durante varios siglos de la historia del catolicismo. El lector podrá encontrar otros ejemplos en este mismo espacio. En nuestra sociedad capitalista e industrial, en que el pronóstico del tiempo es cosa cotidiana y el Estado brinda apoyos más o menos efectivos para salir de las complicaciones que ocasionan los fenómenos climáticos, esto puede sonarnos extraño. Sin embargo, no era un asunto menor en una civilización campesina, que no disponía de otros medios para protegerse de las amenazas climáticas.

Así pues, resulta lógico que, justo por su importancia, se estimara como un auténtico servicio público que alguien estuviera al pendiente de subir al campanario incluso “a horas incómodas de media noche” como dice el documento que presentamos ahora, y que recibiera una contribución por ello, una limosna. Ésta, a su vez, no es tampoco exactamente una contribución pequeña y voluntaria como lo pensamos hoy, sino una obligación moral que sostenía muchas de las grandes instituciones de aquella sociedad, empezando por las órdenes religiosas, la construcción de iglesias, etcétera. Mas a lo largo del siglo XVIII, también lo hemos presentado aquí en varias ocasiones, empezó a surgir la crítica sistemática tanto contra el sonido de las campanas como contra los limosneros. Con fundamentos en la ciencia de la época, que ya comenzaba a interesarse por el tema de la transmisión de la electricidad (el rayo), y/o en una nueva sensibilidad que valoraba el silencio y el trabajo, incluso hubo autoridades civiles y eclesiásticas que trataron al menos de reducir la presencia del sonido de las campanas y de la recolección de limosnas.

Mal momento pues para un sacristán como el que veremos en el documento, que dependía precisamente de la limosna que su pueblo, ubicado en el corazón de la Península Ibérica, en la provincia de Cuencia, le pagaba por “tocar las campanas a nublado”. Sin embargo, y es una experiencia que hoy mismo, cuando hablamos del aterrizaje a nivel local de grandes reformas y otras medidas políticas, el sacristán no veía en el intento de prohibirle la colecta sino las relaciones sociales de nivel local. El breve documento transcribimos, que es el memorial que a nombre suyo se presentó ante el Consejo de Castilla en 1799, en lo que abunda es en las rivalidades pueblerinas, que desde luego, también podían tener un papel en la manera en que curas párrocos y jueces locales aplicaban las órdenes que les llegaban de los Consejos y Obispados.

Mínima venta hacia los cambios de gran escala que sucedían en el mundo occidental entonces, que se iba “desencantando” progresivamente, pero también hacia la ambigüedad con que se aplicaban esos cambios. Al final, el Consejo de Castilla parcialmente al modesto sacristán, bien que el documento no nos permite saber cómo fue el final de esa historia a nivel del pueblo. Sirva aquí en todo caso como una página más de historia campanera en el mundo hispánico.

 

Archivo Histórico Nacional de España, Consejos, leg. 31116, exp. 21, fs. 4-5

Muy Poderoso Señor

Rafael Martínez de Ariza, en nombre y virtud del correspondiente poder que presento, de Félix Angulo López, vecino y sacristán de la iglesia parroquial de Tresjuncos, obispado de Cuenca, ante Vuestra Alteza como más haya lugar en derecho digo: Que parte de la dotación de la sacristía que obtiene Angulo consiste en la porción de granos con que le contribuyen los labradores por el trabajo de tocar las campanas a nublado en tiempo de tempestades, aunque sean horas incómodas de media noche. Esta limosna, o remuneración por una costumbre inmemorial se ha pedido o cobrado por los antecesores de Angulo, y por este mismo en las heras, siguiendo en esto sin duda el ejemplo de todos los demás pueblos del obispado, cuyos labradores han suministrado dicha contribución en las mismas. Así que esperaba mi parte no habría persona que intentase privarle de la expresada limosna y despojarle injusta y violentamente de la posesión en que está y han estado sus antecesores de cobrarla, pero el suceso no ha correspondido a su justa esperanza. En efecto, señor, habiendo acudido D. Félix Ramírez, presbítero en dicha villa (enemigo declarado de mi parte) asociado de otro vecino de la misma, al alcalde ordinario de ella D. Manuel Ruiz, a quien gobierna y dirige el mencionado presbítero, como primo hermano que es de la mujer de dicho alcalde, con la solicitud de que se prohibiese a mi parte pedir la referida limosna, o más bien estipendio debido a su trabajo, y deseando complacer ciegamente el alcalde a su amigo y pariente el presbítero Ramírez, valiéndose de una ocasión tan oportuna de manifestar en la persona de mi parte el encono y enemiga que dicho alcalde profesa al otro alcalde, su compañero y suegro de mi parte, de resultas de varios pleitos que se han suscitado en dicha villa, accedió a la referida pretensión por auto proveído sin acuerdo de asesor y notificado a mi parte en 4 de julio próximo pasado, por el cual se le conmina con la multa de 20 ducados si sale a pedir la indicada acostumbrada limosna, no sólo por las heras, sino aun por las casas. La superior penetración del Consejo comprende perfectamente que la pretensión del presbítero Ramírez y la providencia del alcalde Ruiz no han tenido otro objeto que el de explicar su enemiga y desahogar las desavenencias que respectivamente tienen con mi parte y con su padre político, respecto lo cual, que por la expresada providencia queda mi parte indotado y enteramente arruinado, pues depende su subsistencia y la de su familia de la mencionada contribución, porque los demás emolumentos que rinde la sacristía son de corta consideración, y que ante todas cosas debe ser restituido en la posesión en que han estado sus antecesores y mi parte de percibir dicho estipendio, y de la cual ha sido despojado injusta y violentamente, esto es sin haber sido oído ni vencido en un juicio formal, por tanto:

A Vuestra Señoría  suplico que habiendo por presentado el referido poder y teniendo en su alta consideración las que van hechas, se sirva mandar librar la real provisión correspondiente para que siendo cierto, como lo es, haber estado los antecesores de mi parte y mi parte mismo en la quieta y pacífica posesión de que ha sido este injustamente despojado, no se le impida el salir por las heras a recoger la contribución que siempre han pagado al sacristán por tocar a nublado, conminando al alcalde con las multas y apercibimientos que la circunspección del Consejo estime oportunas, como dicta la justicia que pido, imploro la protección del Consejo, juro lo necesario, etc.-

Rafael Martínez Ariza.

Lic. D. Cayetano Montes.

 

(f. 5v)

Sala de Justicia 1ª, Madrid, 5 de agosto de 1799: La justicia ordinaria de la villa de TresJuncos no impida a esta parte pueda pedir la limosna que voluntariamente le quieran dar los vecinos en sus casas, después de recogidos los frutos, por la razón que expresa.

 

Las peripecias de vestir a un santo

“Vestir santos”, es decir, revestir imágenes religiosas, es una actividad que hoy asociamos al género femenino y a lo “popular”. Empero, a lo largo de la historia del catolicismo ha habido períodos en que el clero, por definición masculino, e incluso el “alto clero”, antaño de extracción elitista, se ha ocupado ampliamente de esos asuntos. A mediados del siglo XVIII, la Catedral Metropolitana de México llegó a contar entre sus rentas anuales una, mínima es cierto, de apenas 30 pesos, destinada al pago de un sastre de planta[1]. Desde luego, sus obligaciones comprendían en particular la atención cotidiana a los símbolos sacerdotales por excelencia del catolicismo: los ornamentos que se utilizaban para la misa y los oficios, como las casullas, capas pluviales, dalmáticas, estolas, y un amplio etcétera. Mas la renovación de la capilla de San Pedro de la Catedral en 1764, culminada el 28 de julio de ese año con su consagración[2], dio motivo a un incidente que es testimonio de que había al menos una imagen cuya vestimenta interesaba de manera particular a los canónigos de la Metropolitana de México, la del titular de la capilla, el apóstol San Pedro. No es de extrañar en realidad, se trata de la representación de quien es considerado el primer Papa (por haber sido el primer obispo de Roma), y por tanto representante por excelencia del clero, de ahí que la sotana, acaso la prenda clerical más representativa, era llamada entonces el “hábito de San Pedro”. En su fiesta la imagen era revestida con ornamentos sacerdotales, así como aquella célebre de la Basílica de San Pedro del Vaticano lo ha sido tradicionalmente con la tiara y ornamentos del Sumo Pontífice.

Ese año, el primer testimonio que encontramos de la práctica de vestir a San Pedro para su fiesta es la donación que, en cabildo del 19 de junio, realizó el racionero menos antiguo, Juan Buenaventura de Villavicencio y Miranda, de una casulla cuya descripción vale la pena citar por extenso: “con todo su campo de oro de realce, bordada con sus flores turquesas aterciopeladas y briscadas de plata y sedas, con sus franjas también bordadas, su manípulo y estola correspondientes, y todo aforrado en capichola nácar muy buena”[3]. Esa casulla justo debía formar parte de las vestiduras de la imagen para el día de su fiesta, el 29 de junio, y toda la octava. Mas desde luego, la casulla sola no era suficiente. Ese año la imagen estrenó también sotana y capa, e incluso, como se trataba de una imagen procesional, un revestimiento para las andas. Lo sabemos porque en cabildo del 3 de julio, es decir, apenas pasada la fiesta, el tesorero del Cabildo Catedral, Dr. Juan Hernando de Gracia, aunque ausente por enfermedad, remitió la cuenta del maestro de sastrería Carlos de Navas[4]. Ésta incluía “11 varas y cuarta de tisú de oro encarnado para la capa”, “13 varas de tisú de plata y flores de oro y seda blanco para la sotana” y además “cinco y media varas de tisú de oro carmesí para la caída de las andas” y “media vara de galón doble de Milán de oro” todo ello con un costo de algo más de 1,340 pesos.

Cabe destacarlo, los muy devotos y religiosos canónigos no dejaron de “poner el grito en el cielo” –por decirlo coloquialmente–, ante esas cuentas que, además, ellos no habían autorizado previamente. Es decir, el escándalo era doble, primero porque parecía excesivo hasta el punto de que el secretario, que empezó su redacción diciendo que era un gato “no necesario”, terminó empleando el adjetivo que el clero del siglo XVIII utilizaba para manifestar su rechazo a esas inversiones excesivas: “superfluo”, el gasto había sido superfluo. Segundo, como era costumbre en esas ceremoniosas corporaciones, había también una falta a la cortesía y prácticas del Cabildo Catedral: el tesorero ni siquiera presentó, como habían hecho sus antecesores, “los géneros [es decir, las telas] a la sala a ver si eran de su gusto [del Cabildo]”. Al mismo tiempo esto nos habla de la sensibilidad del clero en la materia: esos canónigos de orígenes elitistas y que en todo caso se consideraban la élite del clero de la Ciudad de México y toda su arquidiócesis, devotos y religiosos, sabían bien distinguir, medir con la vista y valuar esas telas, forros y bordados, que finalmente eran elemento de distinción de su estado sacerdotal. Sensibilidad no compartida por todo el personal al servicio de la Catedral: unos días más tarde, en el cabildo del 13 de julio, la discusión terminó hasta en lamentaciones, ya no del fraude que podía estar haciendo el sastre, sino de “las faltas” que se cometían en la sacristía. “Esta mañana estaba este vestido rico [de San Pedro] allí sobre los cajones y encima las capas y sombreros de los sacristanes”, afirmó alguno de los miembros del Cabildo, y también se advirtió que en general, a pesar del sastre de planta “los ornamentos ricos que estaban mandados que todos tengan sus lienzos o bayetas de división para que no se rozasen no los tienen”[5].

Es difícil imaginar si esa sensibilidad sería compartida o no más allá de los muros de las iglesias. El personal de la Catedral, acaso justo por la cotidianidad del trato con las cosas sagradas, podía percibirlas como profanas. Sea como fuere, volvamos al incidente de1764, en principio para contar su resolución. Los canónigos se mostraron benignos con su colega el tesorero, considerando sus enfermedades, y le dirigieron sólo una corrección[6]. Para reducir la cuenta a pagar encargaron verificar si las medidas de las telas que el sastre estaba cobrando eran las que en efectivamente correspondían con las vestiduras del santo, pues a simple vista sospechaban ya que las medidas no correspondían. La Catedral consultó con otros dos maestros del oficio y el fabricante, Carlos de Navas, también presentó uno por su cuenta: todos, hasta este último, coincidieron en que las medidas no correspondían[7], por lo que al final el costo se redujo parcialmente.

Más importante es que ese procedimiento revela la manera en que la Catedral actuaba en la materia. El sastre de tan apreciadas vestiduras en realidad había sido apenas nombrado para el cargo tras la muerte de su antecesor, pero en buena medida “por haber tenido la recomendación y expresión a su favor del ilustrísimo señor arzobispo, de quien era sastre”[8]. Los “respetos humanos” también podían tener un papel cuando el alto clero novohispano “vestía a su santo”, a mediados del siglo XVIII.

[1] Archivo del Cabildo Catedral Metropolitano de México (ACCMM), Actas de cabildo, libro 46, f. 269v.

[2] ACCMM, Actas de cabildo, libro 46, fs. 277-278.

[3] ACCMM, Actas de cabildo, libro 46, f. 255.

[4] ACCMM, Actas de cabildo, libro 46, fs. 260v-261.

[5] ACCMM, Actas de cabildo, libro 46, f. 269v.

[6] ACCMM, Actas de cabildo, libro 46, f. 262.

[7] ACCMM, Actas de cabildo, libro 46, fs. 268v-270.

[8] ACCMM, Actas de cabildo, libro 46, f. 269v.

Traslación de huesos del Domingo de Ramos

Procesión de los huesos del Domingo de Ramos de la hermandad de la Caridad de Marchena, 2012.

El Domingo de Ramos, inicio de la Semana Santa, lo asociamos en el mundo católico con una celebración que tiene tanto su festivo en la procesión de las palmas, como su lado solemne con la lectura de la Pasión. Sin embargo, como puede ver el lector en la imagen, existen otras prácticas procesionales en ese día. La foto procede de una nota del sitio web del diario La voz de Marchena a propósito de la “procesión de huesos” que anualmente sale por la mañana para conservar la memoria de una antigua práctica, de la que tuve conocimiento hace relativamente poco.

Al reunir los documentos sobre la reforma de cofradías del siglo XVIII, me encontré de manera puntual, testimonios de esta tercera celebración, funeraria, la procesión de traslado de huesos de difuntos. La práctica por sí misma no es rara, considerando que los muertos se enterraban de manera muchas veces superficial en los atrios de las iglesias, era necesario de vez en vez su extracción y depósito en osarios más permanentes. La profesora María de los Ángeles Rodríguez lo explica bien en su libro Usos y costumbres funerarias en la Nueva España (2001, pp. 63-64), citando los casos de la Catedral de Guadalajara y la parroquia de Santa Cruz de México, pero cabe señalar que “este traslado se hacía cercano a la fiesta de los muertos, o bien, precisamente en estas fechas”. En la regla de la antigua cofradía de Dolores de la parroquia de San Sebastián de Querétaro aparece la mención del traslado en una fiesta penitencial, el Miércoles de Ceniza, mientras que la de ánimas de Santiago Calimaya y la de Santa Catalina de México habían de hacerlo efectivamente en noviembre. Para las referencias a estos casos me tomo la libertad de remitir al libro Cuerpos profanos o fondos sagrados. La reforma de cofradías en Nueva España y Sevilla durante el Siglo de las Luces.

Ahora bien, el tema es que en reglas aprobadas por el provisor del arzobispado de Sevilla en 1722 (Archivo Histórico Nacional de España, Consejos, leg. 1304, exp. 16, fs. 54-55) las hermandades de Caridad y Ánimas de la parroquia de la villa de Fuentes de Andalucía tenían  la obligación de realizar el traslado el Domingo de Ramos por la tarde. De hecho era un acto normado con mucha pompa. Debía disponerse “un féretro con huesos en la iglesia parroquial poniendo bancos de cera en la forma acostumbrada y se tiene, de cantar una vigilia y después se ha de predicar si fuere posible, y después se ha de hacer procesión llevando el féretro cuatro hermanos, a cuya fiesta ha de asistir todo el clero y se ha de convidar a la dicha comunidad [de mercedarios] si fuere posible y ha de haber doble general”. Desde luego, no es que el Domingo de Ramos no hubiera otras prácticas: era relativamente común en las hermandades sevillanas, tanto de la capital como del reino, encontrar algún cabildo para organizar la procesión de Semana Santa, para el cobro de limosnas, e incluso en la de Jesús Nazareno de San Lúcar de Barrameda se hacía el remate o rifa de los pasos (AHN, Consejos, leg. 1575, exp. 43, fs. 38-39). Mas en ninguna otra regla que llegó a la reforma encontré esta práctica concreta, de hecho, hay que decir que en las hermandades de la capital nunca se menciona el tema del traslado de huesos.

Empero, al menos en la primera mitad del siglo XVII, donde sí que tenía lugar esa procesión de traslado de huesos al inicio de la Semana Santa era en Sevilla con los huesos de los ajusticiados, es decir, aquellos condenados a la horca. Lo menciona una extensa nota al pie de los Anales eclesiásticos y seculares de la muy noble y muy leal ciudad de Sevilla, de Diego Ortiz, que data de los años 1670, felizmente disponible en Google Libros:

Como se ve, el propio autor trataba de discernir si había habiado una confusión entre el Domingo de Ramos y el primer domingo después de Todos Santos. De todas formas, todavía encontramos otro testimonio para un tercer momento: la primera mitad del siglo XIX, además ya no en Andalucía, sino en la capital de la monarquía, en Madrid. El Diario de Madrid daba cuenta de los actos de 1818 y de 1830 celebrados en el hospital de la Pasión, que era un hospital exclusivo para mujeres. Veamos brevemente esas notas:

Devoción de cofradías de caridad realizadas con enfermos y ajusticiados, se diría que era también una manera de comenzar la Semana Santa recordándole a los fieles, en la Semana Santa española a veces muy festiva, el destino final de los mortales. Mas lamentablemente esto pasa de una mera suposición, a falta de fuentes más detalladas al respecto.

¿Un Renacimiento de las campanas?

El domingo 3 de mayo de 1953, el periódico bogotano El tiempo, publicó esta nota de sensibilidad campanera romántica, con algunas ideas interesantes sobre su historia y futuro.

De las Naciones Unidas. Sin campanas ni campaniles

Edificio de las Naciones Unidas en la década de 1950.

No tiene, no se proyectó con torre el edificio de las Naciones Unidas. Sino iba a tener campanas, para ¿qué hacerle campanil? Aunque la torre es uno de los motivos más bellos de la arquitectura, aquí no tenía lugar. Hubiera costado mucho, y carecía de objeto. Ni hubiera sido funcional. La palabra funcional – que es fea – y que usan ahora tanto los arquitectólogos, no viene de función en el sentido de pompa y espectáculo, sino en el material de una relación mecánica. La torre es mera mística, es memoria romántica de los campanarios. Hoy la gente oye tocar las campanas y no sabe lo que dicen. Y sin embargo.

Y sin embargo las campanas fueron la lengua en que se dilató por el espacio la voz de los pueblos, lo mismo llevando el Ave María por la tarde que cantando a revolución por la libertad. En la historia de América hay por lo menos dos campanas en son dos cunas de bronce. La de Filadelfia en los Estados Unidos, y la de Dolores en México. Este uso americano de la campana no es invención criolla. Las campanas llamaban en Europa lo mismo los soldados a la guerra que a los fieles a la iglesia. En la torre de Amberes las dos campanas grandes pertenecían a la ciudad; y las otras a la iglesia. Quien mandaba en la ciudad, mandaba en sus campanas. Los más rudos analfabetos, las vírgenes dormidas, los frailes retirados, todos podían leer las páginas de este periódico de bronce que volaba llevando las noticias de la guerra o de la paz. En Brujas, como no hay tanta iglesia y tanto campanario, y la ciudad es tan apretada y sonora, parece vivirse bajo un frondoso árbol de campanas, pero la gran torre de la ciudad, la torre del carrillón, no toca propiamente para los oficios divinos, sino para los humanos. En Florencia la torre no tiene nada de aguja mística: es un puño de piedra que se alza formidable sobre el palacio almenado de la señoría, y la campana allí es la campana de la libertad. Se llama así y eso quiere decir campana de la nación, del pueblo, del señorío florentino. En Londres, la torre del Big Ben es para que se oiga la campana del parlamento.

Campanario de Giotto, Florencia.

La propia iglesia tardó cuatro siglos en hallar la fórmula de la campana, que luego ha venido a ser como carne de su carne y huesos de sus huesos. Hoy nos parece que el mundo antiguo fue un mundo sin campanarios, y la era cristiana un mundo con campanarios. No siempre el campanario formó cuerpo con la iglesia. En Italia algunos de los más bellos y desde luego el del Giotto en Florencia, están al lado de la catedral. Éste del Giotto, con sus mármoles de colores, parece una vara de lirio que se alza al fondo del valle de las flores del Arno. Lo mismo es la torre de Giralda en Sevilla, mirador oriental de la tierra hispanoamericana.

Cuando vino la edad de fierro, que así se llamó, en 1900, de entrada, el siglo XX, la capital del mundo era París. Los nuevos arquitectos se preguntaron si había llegado o no el momento de abatir las torres. La respuesta la dio la Torre Eiffel. Pero ¿y las campanas? Habría llegado la hora de proclamar la victoria delas letras en el duelo entre la ilustración y la mística, entre las campanas y los libros?

Mirando al edificio de las Naciones Unidas es claro que lo que no hay es torre, que lo que no se oye es campana. Y que lo que se siente es frío. No conviene hacer profecías, y mucho menos profecías que puedan colocar al profeta en el mundo decadente de los nostálgicos. Pero me queda difícil ocultar que tengo el pálpito de que vendrá un Renacimiento a la vuelta de unos años. Y que será un Renacimiento de las campanas.

Ariel

New York, abril de 1953.

El peligro de la libre interpretación bíblica en el siglo XIX

Retrato de Diego de Aranda, obispo de Guadalajara, sacristía de la Catedral-Basílica de San Juan de los Lagos, foto de Simona Villalobos Esparza

En esta ocasión presento aquí un documento que ya había mencionado en otro momento, el edicto del Dr. Diego Aranda y Carpinteiro, gobernador de la mitra de Guadalajara, contra las traducciones protestantes de la Biblia y la circulación de objetos profanadores en agosto de 1828. Aranda luego sería obispo de la propia diócesis, uno de los prelados destacados del segundo tercio del siglo XIX mexicano, que como sus demás homólogos de la época vivió con particular atención el proceso de secularización que planteaba la modernidad. Poblano, formado en el Seminario de Puebla en los últimos años del siglo XIX, le tocó ser hombre de la transición entre la cultura del Antiguo Régimen, la monarquía católica, y la república liberal.

Aranda fue, como muchos otros eclesiásticos de la época, diputado en los primeros órganos representativos (las Cortes de 1820, el Constituyente de Jalisco), pero sin dejar su carácter clerical. Era testimonio de un momento histórico en que se hizo un enorme esfuerzo por conciliar el catolicismo y el liberalismo. De hecho, el lector lo notará en el texto. El entonces ilustre canónigo se detiene a recordar a su clero y fieles la larga tradición de la Iglesia en materia de la lectura de la Biblia, básicamente fundada en la desconfianza de la capacidad individual para su correcta interpretación, que por ello era necesario dejar en manos del magisterio eclesiástico. De ahí que se oponga a la difusión que las sociedades bíblicas protestantes realizaban entonces incluso en México, de textos en español y sin comentarios. El protestantismo, en cambio, se fundaba en la libre interpretación bíblica, aunque matizada según la época y lugar. Ahora bien, ¿era posible seguir manteniendo límites en la difusión de los libros en un régimen fundado, precisamente, en la libertad indivudal? El documento evidencia que al menos esa era la idea en una nación mexicana que era al mismo tiempo moderna y católica, fundada también con el deber de la protección de la religión, sus principios y autoridades. El lector lo verá, el prelado menciona entre sus argumentos el tema de la “tranquilidad” que la unidad religiosa proporcionaba y que no debía ponerse en peligro, acaso insinuando que la pluralidad religiosa podía debilitar a la nación.

Es además un edicto que incluye, aunque marginalmente, el tema de la difusión de estampas obscenas y de objetos profanos además profanadores, que hemos comentado en otro momento, por ello no prolongo más esta breve introducción, aquí pues, el texto de ese decreto del gobierno mitrado tapatío de 1828.

Encabezado del edicto del gobierno de la mitra de Guadalajara contra las biblias protestantes de 1828.

Archivo Histórico de la Arquidiócesis de Guadalajara, edictos y circulares, caja 8, expediente 2.

Nos el Dr. D. DIEGO ARANDA, prebendado de la Santa Iglesia Catedral, provisor y gobernador de la Mitra de guadalajara en sedevancante, por el Ilustrísimo y Venerable Cabildo de la misma.

Al venerable clero secular y regular, y a todos los fieles de esta diócesis, salud y paz, bendición y gracia celestial.

Tu pues vela, trabaja en todas las obras, desempeña el cargo de evangelista, cumple tu misterio (1). Estas palabras con que el apóstol S. Pablo excitaba en los principios de la Iglesia el celo de su discípulo Timoteo y que en persona de éste fueron dichas a cuantos en el transcurso de los siglos habían de obtener sobre el rebaño de Jesucristo el cargo pastoral; nos estimulan hoy sobre la preciosa y muy amada grey que el Señor se ha dignado encomendarnos, a no perdonar trabajo alguno por mantenerla y conservala en la profesión de la santa doctrina del Evangelio, desempeñando así en cuanto nuestras débiles fuerzas alcanzan el treemendo y formidable ministerio que se nos ha confiado.

Entre los muchos y graves motivos de dolor que al presente aquejan nuestro espíritu, por la abundante y mortífera cizaña que el hombre enemigo ha sembrado en el campo del Señor, y por la ruina y perdición de tantos como son los que a mala dicha suya se dejan arrastrar de los atractivos de la novedad y la impostura; entre tantas amarguras no es la menor la que nos ha ocasionado el libre y franco comercio que, contraviniendo a las disposiciones no sólo eclesiásticas, sino también civiles, se ve practicado por muchos entre nostros con los libros de la escritura santa impresos en legua vulgar sin notas ni comentario alguno; y el que practican otros olvidados tanto de las leyes como de las reglas naturales de la decencia y del decoro, exponiendo a la venta pública o secretamente, ofreciendo pinturas, estampas y esculturas obscenas, cuya vista ofende a toda persona honesta y escandaliza a los pequeñuelos, y cuyo curso no puede fundamentarse sino sacrificando la moral o a un sórdido interes o a una infame prostitución.

Cuanto a lo primero, la Iglesia nuestra madre, animada siempre y dirigida por las luces del espíritu divino, cuya asistencia le está prometida hasta la cosumación de los siglos, ha sido en todos tiempos la primera en desear que todos sus hijos se dediquen con santo empeño a la lectura y estudio de los libros sagrados. Nadie más que ella ha trabajado desde sus primeros días así en leerles o explicarles la letra y el sentido de aquellos venerables escritos, como en recomendarles su frecuente lectura y la detenida consideración de la palabra de Dios, que en ellos se contiene. ¿Quién ignora que desde los tiempos primitivos en las asambleas religiosas de los fieles, era la lección de la escritura santa uno de los ejercicios principales a que se dedicaban, y que llegó por eso a ser una parte cosiderable de la sagrada liturgia, como lo recuerdan todavía nuestras epístolas y evangelios? ¿A qué nos hemos de detener aquí en acopiar las vivas enérgicas exhortaciones con que los santos padres y en especial los Crisóstomos, los Agustinos y los Gregorios no cesaban de amonestar a sus pueblos que no se contentasen con las lecturas y explicación que de los libros santos oían en el templo, sino la repitiesen también en sus casas, acordando allí lo que se les había explicado, platicando con sus familias, y estimulándose mutuamente a adelantar y aprovechar cada día más en la inteligencia de las escrituras?

La Iglesia hizo siempre profesión de enseñar sobre este punto lo que en los mismos santos libros aprendia, es a saber que toda escritura divinamente inspirada es útil para enseñar, para reprender, para corregir, y para instruir en la justicia, para que sea perfecto el hombre de Dios y esté prevenido para toda obra buena.(2) En las cuales palabras están compendiadas las muchas e importantísimas utilidades que un espíritu religioso y verdaderamente cristiano halla en la devota lectura de la escritura sagrada y que están claramente indicadas en otros muchos lugares que por la brevedad omitimos .

Mas al mismo tiempo, aquella sabia y prudente madre no podía ignorar ni debía desentenderse de lo que el príncipe de los apóstoles dice en su segunda carta canónica a todos los cristianos por estas expresiones. Hacéis bien de atender a las palabras de los profetas como a una antorcha que luce en lugar tenebroso… entendiendo ante todas cosas que ninguna profecía de la escritura se hace por propia interpretación (3); y poco después por estas palabras: hay en las cartas de Pablo algunas cosas difíciles de entenderse, las que adulteran los indoctos e inconstantes, como también las otras escrituras para su propia ruina. Vosotros pues, hermanos, con este aviso estad alerta para que no caigáis de vuestra firmeza engañados de los insensatos(4).

Con el fin pues de preservar a los fieles de semejantes engaños y evitarles su propia ruina, la Iglesia cuidó siempre y miró como un deber suyo no sólo el explicarles el verdadero sentido y darles la inteligencia de los lugares difíciles de entender, siguiendo la interpretación de ellos que por tradición recibió de sus mayores, sino también el estar alerta contra la seducción de aquellos maestros ignorantes, volubles e insensatos que de tiempo en tiempo nunca han dejado de aparecer, muy pagados de sus ciencias y atenidos a su propia interpretación, adulterando las escrituras con sentidos que no tienen, y engañando a los incautos con venderles por doctrina del Espíritu Santo sus propios sueños y delirios.

Sabido es que apenas ha habido error o herejía que no haya nacido o no haya tratado de buscar apoyo en la mala inteligencia de algún lugar de la sagrada escritura, como ya en su tiempo lo notó el P. S. Agustín; y sabido es también que en las traducciones del sagrado texto a las lenguas vulgares es en donde los herejes hallaron la mejor oportunidad para infundir su veneno y corromper así la misma fuente de la doctrina recibida, principalmente desde la época en que con la caída total del imperio romano cayó también en olvido su lengua, y reducida ésta a los recintos de los templos, cada pueblo de Europa se fue formando su particular dialecto e idioma.

Coicidió esta mudanza de lenguaje con la aparición de las grandes herejías de Occidente, y los jefes de estas sectas se aprovecharon de tan favorables coyuntura para dar a leer a los pueblos, ignorantes ya del idioma latino, más traducciones de la Biblia en el dialecto vulgar hechas en consonancia con sus erores y sumamente infieles. Por esta causa hallamos que ya desde el siglo trece, la mala fe de los herejes albigenses obligó al Concilio de Tolosa en Francia, celebrado en 1229, a prohibir a los legos o seculares el uso de la sagrada escritura en lengua vulgar (5) y cuatro años después se hizo la misma prohibición en España en el Concilio de Tarragona. En los siglos subsiguientes no abandonaron los sectarios su empeño de corromper la escritura en su traducción, y la Iglesia, por lo mismo, hubo de mantener su prohibición, sobre todo, cuando el grande heresiarca Lutero empezó a proclamar altamente la supuesta necesidad de que todos leean la Biblia en su propio idioma; y se hizo él mismo traductor falaz del Nuevo Testamento, creyó entonces el Sagrado Concilio general de Trento absolutamente indispensable para la conservación de la fe y extinción de los errores, no sólo el declarar (6) que sólo la versión vulgata latina se tuviese por auténtica, y que aún ésta no se pudiese imprimir sin previa aprobación y revisión del ordinario; sino también (7) que una junta de diez a ocho hombres doctos y píos escogidos de entre todas las naciones que se hallaban allí congregados, formasen con el mayor detenimiento, examen y maduro consejo las reglas que pareciesen convenientes para la acertada dirección de los superiores eclesiásticos en este punto y otros semejantes. Por disposición del concilio (8) se remitieron los trabajos ya casi concluidos de esta junta a la revisión y última determinación del papa, quien después de nuevas y muy prolijas conferencias, publicó en fin, en 24 de marzo de 1564, las reglas que llamaron del índice romano, que entre nosostros fueron aceptadas y mandadas guardar por decreto del rey Felipe 2º., comunicado a todos los consejos con fecha 15 de febrero de 1569. Entre ellas, la cuarta decía así (9): Siendo manifiesto por la experiencia que de permitir a todos sin discreción la Sagrada Biblia en lengua vulgar se origina, por la temeridad de los hombres, más daño que provecho, quedará al juicio del obispo, &c. Después, el Sumo Pontífice Clemente 8º. en la revision y nueva publicación que de dichas reglas hizo en 1595, reservó a sí y a las congregaciones romanas aun esa facultad de conceder tales licencias.

Pero como todas estas prohibiciones eran puramente unas medidas de precaución y de prudencia, tomadas por razón del riesgo de los lectores y no por razón de los libros que en su pureza y fiel contenido son santisimos y provechosísimos; posteriormente, mudadas algún tanto las circunstancias, la misma Iglesa tuvo por oportuno moderar aquel antiguo rigor; y por eso en última revisión y publicación de las mencionadas reglas que hizo el inmortal Benedicto 14, agrégase a dicha regla cuarta la siguiente cláusula: se permiten semejantes versiones de la Biblia en lengua vulgar si fueren aprobadas por la silla apostólica o se publicasen con anotaciones sacadas de los santos padres de la Iglesia o de intérpretes doctos y católicos. En consecuencia de la actual, el sumo pontifice Pío 6º. por su breve de 17 de marzo de 1778, celebró y aplaudió la versión al italiano que el sabio Antonio Martini había publicado con notas de santos padres, oportunas para precaver cualquier abuso; y enseguida hizo lo mismo la Iglesia de España con la que en castellano publicó el Padre Felipe Scio, acompañada de iguales notas.

De cuando llevemos expuesto resulta que, según las leyes actuales de la Iglesia católica, en cuyo seno se gloría de estar la república mejicana, no es lícita la impresión ni permitida a todos la lectura de la Biblia en lengua vulgar, sino con las tres condiciones siguientes: 1° que la versión de dicha Biblia esté publicada con licencia y aprobación de los superiores eclesiásticos; 2° que esté hecha por autor docto y católico y ajustada en cuanto ser pueda al texto de la vulgata; 3° que esté aprobada por la silla apostólica (cosa que de ninguna versión vulgar es de esperar siendo por otra parte negocio muy arduo y nada necesario) o esté acompañada de notas o comentarios sacados de los santos padres o intérpretes católicos para declaración y sana inteligencia de los lugares oscuros, difíciles o ambiguos.

Mas de estas condiciones, y principalmente de la tercera, que no es la menos importante para precaver la ilusión y los engaños en los lectores, al menos en los poco instruidos en la doctrina sagrada, se desentienden totalmente las sociedades bíblicas que, establecidas primero por los protestantes de Londres, se han ramificado después por varias partes del globo y aun entre nosotros pretender hallar fomento. Frutos suyos son las innumerables biblias castellanas en un solo volumen que se venden públicamente en las calles y portales de esta capital, algunas completas, otras muchas truncas, faltas de aquellos libros que no admiten los protestantes, y lo son también los muchísimos ejemplares del Nuevo Testamento que en igual forma están impresos y del mismo modo se expenden. Tendríamos mucho que decir si hubiésemos de exponer las torcidas intenciones y perversos designios que dichas sociedades bíblicas llevan en los inmensos gastos y trabajos que impenden en multiplicar sin cuenta las ediciones de la biblia en todas las lenguas vulgares conocidas y en diseminarlas por todas las naciones a bajos precios o casi devalde, pero en todas partes sin notas ni comentario alguno. Sin temeridad alguna pudiéramos afirmar que su principal objetivo en esto es, el de propagar por este medio o infundir en todos los ánimos el funesto y fatal principio de las sectas protestantes, a saber que, la única regla de la fe es la escritura entendida por cada uno según su propio juicio; principio que es diamentralmente opuesto al que la religión católica profesa, teniendo por regla fundamental de su fe la enseñansa o viva voz de la Santa Iglesia, a quien únicamente toca el juzgar del verdadero sentido o interpretación de las escrituras (10).

Mas para que no se crea que, impulsados de la oposición de partidos la atribuimos gratuitamente [a] ese depravado intento, oid el juicio que de ellas han hecho algunos protestantes más juiciosos: el ministro anglicano Mr. Wix, en una obra publicada en Londres hace nueve años se explica así: la sociedad bíblica tanto la nacional como la extranjera, obrando de mancomún con sujetos de todas sectas, se encaminan ciertamente a propagar un vasto sistema de indiferencia, fatal a los verdaderos intereses del evangelio; y despues de pintar los tristes efectos del celo inconsiderado de los repartidores de las biblias, añade: tales han sido los progresos del sistema bajo la influencia de esta sociedad funesta, planteada sobre un plan incompatible con la pureza del cristianismo y peligrosa para la unión de la fe tan empeñosamente recomendada por Jesucristo. (11) Otro ministro de la misma Iglesia, Mr. O’Callaghan, hablando del mismo asunto y en igual sentido dice: La expresión hoy muy usada de que la Biblia es proporcionada a todas las personas y a todas las edades y condiciones, y a todos los talentos, o no es verdadera absolutamente, o sólo lo es en un sentido restricto. La Biblia es tal vez el mas dificil de todos los libros. La experiencia y la observación del linaje humano nos conducen a inferirque la escritura santa es por sí demasiado oscura para la generalidad de las gentes… Esta debe contentarse con recibir de otros su instrucción, porque jamás ella sabrá acercarse a las fuentes de la ciencia; es preciso que en medicina, en la jurisprudencia, en la física y en las matemáticas aprenda las verdades más importantes de boca de aquellos que las van a beber en la primera y las más pura fuente; y el mismo método es el que se ha observado constantemente y por lo general en cuanto al cristianismo; siempre que se han separado de esta regla hasta cierto punto, han sobrevenido tales sacudimientos en la sociedad que la han hecho estremecer hasta su centro. (12)

Después de estas confesiones de nuestros propios adversarios, parécenos excusado el difundirnos más sobre los justos recelos que a todo amante de la única y verdadera fe deben infundir las versiones o ediciones emanadas de dichas sociedades bíblicas, ni sobre los riesgo y peligros que podrían sobrevenir a nuestra creencia y tranquilidad religiosa, si no tratamos de impedir el que circule y ande en manos de todos la Biblia sin notas ni comentario alguno; mucho más cuando estamos todos bien persuadidos de la verdad que nos dejó escrita P. San Agustin en estas palabras: el hombre que está bien fundado en la fe, en la esperanza y en la caridad y que todas tres virtudes conserva con firmeza, no necesita de las escrituras sino para instruir a otros (13).

Y en cuanto al otro punto de las estampas, pinturas y esculturas obscenas, de las cuales se expenden algunas meramentes deshonestas; y otras que añaden a esto la impía y blasfema indecencia de representar tan infame vicio en personajes que la religión venera y adora; como también algunos lienzos, trajes y otros utensilios, aun para los usos más viles, en que se ven pintadas cruces o imágenes de algunos santos, lo que no puede ser seguramente sino con el fin de hacer despreciables estos objetos tan dignos del respeto y veneración de los fieles; nosotros creemos que haríamos un agravio a la ilustrada piedad y honestos sentimientos de nuestros diocesanos, si quisiésemos detenernos en manifestarles la repugnancia y oposición que tales cosas tienen con las reglas todas de la moral pública y privada, y de todas las leyes así divinas como humanas. No alegaremos por eso ni las intimaciones de muchos padres de la Iglesia sobre el asunto, ni lo ordenado posteriormente en el concilio de Trento (14) y en otras resoluciones consiguientes, contentándonos con recordar las novísimas órdenes expedidas ente nosotros por la autoridad civil en 17 de septiembre de 1823 y por la eclesiastica en 13 de noviembre del mismo año; de las que aparece el feliz concierto que desde entonces reynó entre ambas potestades para el total extermino de este vergonzoso comercio, injurioso a nuestra santa religión, corruptor de las costumbres y desmoralisador de los pueblos.

Nos, pues, deseando oponer un dique a un mal que con desprecio de las autoridades aún continua, como también al anterior de que hicimos mención; después de haber invocado el nombre del Señor, y haciendo uso del poder que de Dios hemos recibido, interpelando también para ello, como en efecto interpelamos a la autoridad civil, a quien de derecho incumbe la protección y defensa de la Iglesia, hemos venido en mandar y mandarnos.

1° Que ninguna persona dentro del territorio de esta Diócesis imprima, compre, venda, ni retenga sin las debidas licencias la Biblia ni libro algunos de ella en idioma vulgar sin notas de los santos padres o de interpretes doctos y catolicos.

2° Prohibimos igualmente toda biblia, aun en latin, que esté impresa sin las debidas licencias, pero especialmente aquellas en están suprimidos los libros de Baruch, Tobías, Judit, Sabiduría, Eclesiástico, y los dos de los Macabeos en el Antiguo Testamento; y en el Nuevo la Epístola de San Pablo a los Hebreos, la de Santiago, la segunda de San Pedro, la segunda y tercera de San Juan, la de San Judas y el Apocalipsis; cuya autenticidad está reconocida en toda la Iglesia catolica, declarada por el santo Concilio de Trento, y sólo disputada por los protestantes.

3° Se prohiben asimismo los misales, brevarios, diurnos, oficios parvos y semanas santas, como compuestos en la mayor parte de salmos, evangelios, epístolas y otros libros de la escritura santa, sino es que conste en ellos la licencia del ordinario para su impresión (o del comisario general de cruzada en España, que por bulas pontificias es juez privativo de ello) conforme a la prohibición bajo la pena de excomunión latae sententiae que hizo de los brevarios el señor Clemente 8º. en la bula que empieza Cum in Ecclesia de 10 de mayo de 1602, y de los misales en la Cum Santissimum de 7 de julio de 1604; prohibición renovada por el señor Urbano 8º y extendida a los diurnos, semanas santas y oficios parvos, como consta en la bula Divinam psalmodiam de 25 de enero de 1631 y la Si quid est de 2 de septiembre de 1634.

4° Mandamos también que nadie compre ,venda ni rentenga esculturas, pinturas, ni estampas obscenas, pañuelos, medias, relojes o cualquiera otra clase de artefacto que contengan objetos de nuestro sagrado culto, siendo ellos destinados a usos profanos; recordando como recordamos que ya tenía ordenado esto mismo bajo la pena de excomunión mayor latae sententiae el excelentísimo e ilustrísimo señor Dr. D. Juan Cruz Ruiz de Cabañas (que de Dios goce) en su edicto de 8 de mayo de 1822.

5° Recordamos asimismo la prohibición que en el citado edicto se hace y bajo la misma censura, de los libros titulados: Ruinas de Palmira, El Citador, La tolerancia en armonía con el evangelio y la razón, El arte de amar de Ovidio pues con dolor hemos sabido que algunos se olvidan de ella, franquean, y aún se empeñan en instruir a otros en estas obras.

Por tanto mandamos que en el primer dia festivo inter missarum solemnia se lea este nuestro Edicto en todas las eglesias de la Diocesis. Dado en Guadalajara a 22 de agosto de 1828

Diego de Aranda

Por mandado de su señoría

José Francisco Meza

 

(1). Epist. 2 ad Timoth, c. 4. v. 5.

(2). 2ª. ad. Tim. c. 3.

(3). Cap. I.

(4). Cap. 3.

(5). Can. 14

(6). Ses. 4.

(7). Ses. 18.

(8). Ses ultima.

(9). Wan Espen, part. I, tit. 22.

(10). Concil. Trid. ses. 4.

(11). Reflectiom consernio the exped. of a conescil of the church of england au the church of Rome, pag. 86. Londres 1819 [sic]

(12). Tongs. ou the tendemes of Biblie societ.

(13). Lib. I. de doctrina christ. c. 39.

(14). Sesión 25, decreto de sacr. imag.

El poder de la Iglesia novohispana sobre el tiempo: el domingo

En la historiografía religiosa de las últimas décadas es bien sabido que, siguiendo hasta cierto punto la tradición medieval, pero de manera más intensa frente a la Reforma protestantes, la Iglesia católica emprendió un amplio esfuerzo en el sentido de sacralizar de la manera más extensa e intensa posible el espacio, y también el tiempo. Las campanas fueron un instrumento importante al respecto, para marcar el ritmo de la jornada al paso que se imponía al menos una oración sencilla al amanecer, al mediodía y al anochecer. Las cofradías de devoción hicieron lo propio, difundiendo las prácticas que debían ritmar los días de la semana (el lunes de las Ánimas, el jueves de la renovación eucarística, el sábado como día de la Virgen, etcétera), o los meses (el primer viernes o tercer domingo mensual, por ejemplo). Desde luego, hubo preocupaciones constantes para establecer o limitar las prácticas nocturnas, pero en esta ocasión me interesa recordar algunas medidas y controversias dedicadas a una jornada que debía completamente dedicarse a lo sagrado: el domingo. El clero del siglo XVIII dedicó buena parte de sus empeños a hacerlo respetar junto con los demás días festivos como días sagrados, en que los fieles debían, no sólo asistir a la misa en sus parroquias, sino abandonar los trabajos manuales.

Retrato de fray Francisco de San Buenaventura Martínez de Tejada Díez de Velasco, obispo de Guadalajara, pinacoteca de la parroquia de la Asunción de Lagos de Moreno, foto de Gil Ernesto Rieke Aguirre

No es de extrañar por ello que fuera tema recurrente entre los obispos de Guadalajara, hubo tres a lo largo del siglo que le dedicaron sendos edictos. Particularmente detallado fue el de 1734 del obispo Nicolás Gómez de Cervantes (Archivo Histórico del Arzobispado de Guadalajara, Edictos y circulares, caja 2, exp. 18), dirigido sobre todo contra el comercio, prohibiendo los mercados y tianguis y la apertura de tiendas, salvo de comestibles indispensables, hasta el punto de censurar también la actividad de los molinos de trigo y de las panaderías, salvo en las ciudades principales. En 1759, el obispo fray Francisco Martínez de Tejada dejó en su edicto sobre el tema hasta una descripción breve del paisaje de su ciudad episcopal en esos días domingos y festivos: “se ven en las calles y plazas las mesillas de jabón, herreros y zapateros trabajando y lo más sensible, las calles y plazas llenas de carretas de paja, madera, leña, cal y otras cargas todas serviles”. El prelado insistía en que era una cuestión de jerarquías: los días festivos no debían de igualarse a los días laborables, por lo que impuso multas a los trasgresores y ordenó a los clérigos de la curia y a los párrocos organizar una verdadera policía de días festivos. (AHAG, Edictos y circulares, caja 2, exp. 52) En fin, en 1772, el obispo fray Antonio Alcalde decidió incluso levantar todas las dispensas que se hubieran expedido anteriormente, para que los fieles acudieran de nuevo con los párrocos a solicitarlas y se examinara con detalle cada caso (AHAG, Edictos y circulares, caja 3, exp. 13).

Y es que el trabajo dominical era, en efecto, uno de los problemas casi cotidianos que se suscitaban entre los párrocos y sus feligreses del siglo XVIII, de forma que en los archivos han quedado abundantes testimonios de los conflictos al respecto. Por sólo citar un par de ejemplos, mencionemos en principio el de Santiago Ilamatlán, un remoto pueblo serrano de la diócesis de Puebla (Archivo General de la Nación, Criminal, vol. 79). Ahí, en 1778, el párroco dirigió sus quejas al obispo y a la justicia real contra el gobernador de los “indios”, quien se atrevía recaudar impuestos y a organizar faenas en domingo para la construcción de las casas reales del pueblo. En buena prueba de que era en extremo complicado para el clero explicar que el día completo era sagrado, los propios “hijos del pueblo” declararon que en efecto habían estado trabajando ese día en esa obra pública, pero “sin faltar al precepto de oír misa”. En ese caso, sin embargo, la dificultad tal vez estaba en que el propio párroco los había citado en días festivos para que construyeran la casa curatal, por lo que no creían que su reproche fuera efectivamente “por el mayor celo de Dios”.

Campanario de Ilamatlán, actual municipio del Estado de Veracruz. Fuente: https://www.youtube.com/watch?v=eVarDQugYew

En Zontecomatlán (AGN, Clero regular y secular, vol. 217), otro pueblo de la misma región serrana del norte del obispado de Puebla, ya a principios del siglo XIX, un duro conflicto opuso al párroco con sus feligreses, quienes expulsaron del pueblo al clérigo y redactaron una serie de condiciones para aceptar su regreso, incluyendo justo que los dejara trabajar en sus campos en domingos y festivos siempre que no faltaran a misa. El párroco reaccionó airado a esa condición en particular, “enteramente opuesta a la religión y al Estado”, porque trataba de evadir una de las principales obligaciones religiosas y que tomó como prueba de que los “indios del pueblo” en realidad se negaban a vivir “a son de campana” como debían.

Paradójicamente, esos pueblos remotos que no veían por qué habrían de abandonar por completo sus labores colectivas en los días de fiesta, de alguna forma coincidían con los llamados “ilustrados”, quienes justo por entonces comenzaban a hacer extenso elogio del trabajo y criticaban la abundancia de fiestas del catolicismo, pugnando en cambio por reducirlas y aumentar así la generación de la riqueza. Cabe reconocer que fue un tema en que el clero y los reformadores de los primeros años del siglo siguiente, el XIX, llegaron a puntos de acuerdo, que resultaron en un breve del Papa Gregorio XVI de 1839 en que efectivamente se permitió una disminución importante de los días festivos, pero es tema a tratar en otro momento. En nuestros días, en que es lo económico y lo cultural (en el sentido amplio del término) lo que marca mayormente el ritmo de nuestras jornadas, puede resultar extraño que la Iglesia tuviera ese poder para imponer el descanso, pero es siempre buen recordatorio de que también el tiempo, o mejor dicho, su uso, su significado, sus ritmos, son construcciones culturales.

Invocando a la Virgen: un ejemplo de teúrgia cristiana del siglo XIV

El mes de marzo es, al menos en México, propicio para hablar de brujería y esoterismo. No por nada el primer viernes del mes es el conocido “día de los brujos” en que conviene darse una vuelta por Catemaco, y claro, el día del equinoccio de primavera es momento para otras prácticas. Conviene recordarlo, en la larga historia del cristianismo no han faltado ejemplos de convergencia entre la magia y la religión, cuyas fronteras, por sí mismas, están lejos de ser objetivas. Antes bien, trazar la separación es por lo común asunto de poder. Históricamente el cristianismo también es una institución que desde sus primeros siglos ha construido categorías (herejía por ejemplo) para rechazar a quienes, empero, no siempre se han considerado a sí mismos como heteredoxos.

En concreto presentamos ahora la traducción de un artículo ya de hace algunos años (1999) de una historiadora francesa que, hasta donde sé y lamentablemente, ha tenido poco eco en el mundo hispánico, Sylvie Barnay. La comunicación entre historiografías está lejos de ser algo tan común y corriente como cabría esperar en un mundo de tanta circulación de ideas como el nuestro, lo que a veces nos priva de enfoques interesantes en nuestra historiografía mexicanista, a veces tan clásia. Barnay es historiadora de las apariciones marianas, medievales específicamente, así como del profetismo, pero sin limitarse específicamente a los casos tenidos por ortodoxos tradicionalmente. Buen ejemplo de ello es este texto, “Del diablo a la Virgen. Magia y mariofanía a fines de la Edad Media”, que aborda el caso de un monje, Juan de Morigny, quien trató de introducir una curiosa forma de “teúrgia cristiana”, es decir, una magia de invocación para tener comunicación, no con el diablo como cabría esperar, sino con la Virgen María. Dado que además se trata del análisis de un texto que es en buena medida autobiográfico, también podría ser de interés para los colegas del área de Letras. Aquí nos sirve además para recordar que, contrario a los estereotipos clásicos, la vida de los monjes y universitarios medievales puede tener sus momentos tan oscuros, que hoy nos pueden parecer apasionantes.