Archivo del Autor: David Carbajal López

A flagello terremotus… Recursos litúrgicos contra terremotos

Exvoto dedicado a la Virgen de la Estrella con motivo del terremoto de Lisboa de 1755. Museo de Lisboa.

En este mes el Istmo de Tehuantepec en particular, aunque también el centro del territorio mexicano (felizmente no ha sido el caso de los Altos de Jalisco), se han visto afectados por fuertes movimientos sísmicos. Por ello es particularmente oportuno tratar del tema aquí, recordando en principio que,  fenómeno de la naturaleza, los sismos son también acontecimientos culturales: la forma misma en que los interpretamos –producto de una voluntad divina enojada o que somete a prueba, mero resultado de fenómenos naturales–, como también las afectaciones que producen y la manera en que las afrontamos, son producto de circunstancias sociales, económicas, políticas, etcétera. En ese sentido, los terremotos también son parte de la historia de la secularización que nos interesa aquí.

Desde luego, existen estudios importantes sobre el tema en la historiografía mexicanista. Aquí me limito, como en otras oportunidades, a citar ejemplos muy puntuales que se me han “ido atravesando”, por así decir, en investigaciones sobre el tema de los rituales políticos o sobre el uso de las campanas. Hace tiempo dedique un pequeño artículo a la memoria religiosa y familiar del terremoto de 1755 en Sevilla, en que se notan algunas líneas generales de la concepción religiosa del terremoto y las reacciones correspondientes. Eran oficialmente conceptualizados como voluntad de Dios. “La Majestad Divina manifestó la justa irritación con que por nuestras culpas teníamos indignada su justicia”, rezaban las primeras líneas del acta que levantaron sobre ese evento los canónigos sevillanos. En consecuencia, la reacción del clero y de los fieles era ante todo litúrgica: oraciones al Cielo, en agradecimiento por la sobrevivencia y para conjurar esa “justa irritación”. Sin duda, históricamente hubo otros medios más materiales, pero no menos religiosos para atender la catástrofe. Recuerdo en particular, pero ya a principios del siglo XX, que San Rafael Guízar y Valencia, quinto obispo de Veracruz, se ganó parte de su fama de santidad recorriendo los pueblos al sur de Xalapa azotados por un sismo en 1920. Pero eso era, seguramente, más producto de los cambios del catolicismo con la modernidad. En la época que menos desconozco, los siglos XVIII y XIX, la reacción era, insisto,  litúrgica fundamentalmente.

Reacción, o mejor dicho, reacciones. En realidad, como casi frente a cualquier otra forma de calamidad colectiva, la Iglesia tenía para entonces bien desarrollado un cierto catálogo de medidas ad hoc. Además, como bien saben en este momento los mexicanos, en realidad sismo siempre declina en plural, por lo que en realidad eran días de temblores durante los cuales era posible ir recurriendo a uno u otro medio. Cabe comenzar por una de orden universal: agregar, en las misas cotidianas, una de las oraciones ad diversa que aparecen al final del Misal Romano, desde luego aquella que venía marcada con el título Tempore Terraemotus. Normalmente referida en los documentos como la “colecta Pro tempore terraemotu“, como se ve en este  ejemplo de una edición napolitana del Misal de 1820, en realidad son tres oraciones, colecta, secreta y postcomunión, para distintos momentos de la celebración.

Cabía también recurrir a las letanías, en concreto a la Letanía de los Santos. Como su nombre indica es una larga serie de oraciones a dos voces, en las que se invoca a toda la Corte celestial, pero en una última parte hay una sección variable en la que se puede pedir protección por necesidades concretas. Era ahí donde los clérigos debían insertar el verso “Del flagelo del terremoto, libéranos Señor”, como se ve en este ejemplo, tomado del Ritual Romano, edición romana de 1816, en que se coloca oportunamente justo detrás de la protección contra la muerte súbita:

Por supuesto, cabía hacer rituales más precisos. En concreto, seleccionar un abogado preciso en la Corte celestial para esta causa. Las ciudades novohispanas tuvieron patronos contra los terremotos. San Nicolás Tolentino lo fue de la Ciudad México desde 1611, a iniciativa de los padres agustinos, según el acta de cabildo del Ayuntamiento de 7 de septiembre de ese año. Guadalajara, por su parte, eligió al respecto, pero hasta 1771, a la Virgen de la Soledad. La solicitud de la real confirmación, tramitada por la Real Audiencia de la ciudad ante el Consejo de Indias (Archivo General de Indias, sección Guadalajara, legajo 339), y que incluye el expediente completo, nos permite saber que fue con motivo de los temblores de 29 de septiembre de 1770, 16 de marzo y 12 y 13 de diciembre de 1772, que se había considerado necesario tal patronato. Seguramente fueron este últimos los que convencieron a los magistrados, pues la carta de la Audiencia tiene fecha ya de principios de 1773, mientras que el Ayuntamiento había ya procedido a un sorteo para designar a ese celestial abogado en cabildo de 11 de noviembre de 1771. Nuestra Señora de la Soledad salió sorteada frente a San José, San Cristóbal y San Emigdio, si bien en realidad también habría de recurrirse a la Presencia Real Divina: habría exposición eucarística toda una jornada, a más de la misa con sermón en honor de la Virgen.

Había recursos más excepcionales. En 1776, los canónigos de la Metropolitana de México habían ya ido agotando los más comunes. Habían recibido orden del arzobispo desde el 22 de abril de usar de la colecta Pro Terremotu. Ellos mismos decidieron además cantar letanías y trasladar al altar mayor a San José, que desde mediados de siglo era movilizado por el clero de la ciudad como protector en esta materia. Completaron la iniciativa con una rogativa con las campanas de la Catedral a mediodía y a las oraciones de la noche (Archivo del Cabildo Catedral Metropolitano de México, Actas de cabildo, libro 53, fs. 143v-144). En 1768 habían enlistado estos como los recursos clásicos de la Catedral ante los temblores cuando el arzobispo Lorenzana les había sugerido hacer procesiones en tres domingos consecutivos (ACCMM, Actas de cabildo, libro 49, f. 54). Sin embargo, parecía no dar resultado pues todavía un mes más tarde, estimaban necesario incluir un recurso más, recomendado justo desde Guadalajara: “en aquella Santa Iglesia, por libertarse del castigo de los temblores, que habían sido muchos y terribles, habían establecido el cantar en el coro, después de las horas [canónicas] el Trisagio Sanctus Deus, etc.” El Trisagio, como su nombre indica, es una invocación de la Santísima Trinidad repitiendo tres veces la palabra “Santo” (ACCMM, Actas de cabildo, libro 53, f. 153v).

Capilla del Señor de Santa Teresa de México, uno de los edificios religiosos destruidos en el terremoto de 1845. Imagen procedente de la Historia de la milagrosa renovación de la soberana imagen de Cristo Señor Nuestro crucificado… de Alfonso Alberto de Velasco, 1845.

Sobra decir que estos recursos trascendieron más allá de la época virreinal. En abril de 1845, el obispo de Guadalajara, Diego Aranda y Carpinteiro, dirigía una circular a sus párrocos para que introdujeran al final de las misas “las preces y rogaciones públicas que acostumbra la Santa Iglesia en toda grave necesidad”. El origen de la medida estaba claramente enunciado: la mitra había sido “excitada” por el gobierno civil del entonces Departamento “a insinuación” del gobierno nacional (Archivo Histórico de la Arquidiócesis de Guadalajara, Edictos y circulares, c. 8, exp. 35). Si no necesariamente todas las autoridades estimaban que era efectivamente el medio para afrontar los temblores, al menos se siguió considerando que la religión tenía un papel para restablecer la tranquilidad pública.

Ahora bien, no puedo concluir este apunte sin al menos un testimonio más preciso de esos temblores de antaño. Para mejor convencer al Consejo de Indias de la necesidad y utilidad del patronato de la Soledad,  la Real Audiencia de Guadalajara incluyó un testimonio de notario de lo ocurrido en esa ciudad con el temblor de diciembre 1772, que transcribo a continuación.

AGI, Guadalajara, leg. 339, fs. s/n:

Yo D. Nicolás López Padilla, escribano de S.M., propietario del juzgado privativo de tierras y teniente del mayor de cámara de la Real Audiencia, superior gobierno y guerra de este reino de la Nueva Galicia, certifico en testimonio de verdad en la manera que puedo y debo y el derecho me permite, como el día doce del mes de diciembre próximo pasado a las siete dadas de la noche, se experimentó en esta ciudad un movimiento de terremoto o trepidación tan extraña que a todos causó admiración y espanto, viéndose precisados a desamparar sus casas no sólo las personas de distinción y principales sino igualmente todos los demás habitadores, por haber seguido estos movimientos casi sin intermisión alguna todo lo restante de la noche, hasta otro día, que a las ocho y media de la mañana, estando en el tribunal y despacho los señores presidente y oidores de esta Real Audiencia, repitió otro terremoto de la misma naturaleza que el de la noche antecedente, el que acabo de comprimir los ánimos, de modo que este Real Tribunal se vio en precisión de desamparar la sala del despacho y ocurrir a los templos a implorar las misericordias del Todopoderoso, haciendo lo mismo todas las gentes, temerosos de que no se arruinase este lugar a vista de los estragos que se reconocieron haber causado en los principales templos, conventos y casas de esta ciudad, principalmente en la Santa Iglesia Catedral, que se hallan las torres bastantemente maltratadas y en determinación de si será preciso o no derrumbar sus segundos cuerpos, como se ha ejecutado con los del Santuario de Nuestra Señora de Zapopan, los de la iglesia de Santo Tomás que fue de los regulares de la Compañía, habiéndose igualmente maltratado el cañón y bóvedas de la iglesia de San Agustín, las bóvedas de la iglesia del colegio de Niñas de San Diego, el convento de religiosos de Nuestra Señora del Carmen y en las demás iglesias de esta ciudad, que todas han tenido que componer y reparar por el daño que les causó los expresados terremotos, habiéndose experimentado no poco estrago en las cajas reales de esta ciudad (sic), todo lo que atemorizó de modo a todas las gentes el lugar, que en algún tiempo se veía salir al pueblo en solicitud del sosiego a pasar los días y noches en los campos. En certificación de lo cual y para que conste donde convenga doy la presente en virtud de lo mandado en el auto antecedente en ciudad de Guadalajara a catorce de marzo de mil setecientos setenta y dos.- siendo testigos D. Agustín Josef Carrillo, D. Juan Peralta y D. Miguel Alexandro Delgadillo, presentes y vecinos.- D. Nicolás López Padilla.

Un arzobispo de México reformando la capilla real de Madrid

Retrato del arzobispo Pedro José Fonte, tomado del sitio web de la Arquidiócesis primada de México.

Don Pedro José de Fonte y Hernández Miravete fue arzobispo de México, residente desde 1815, abandonó la arquidiócesis a principios de 1823 a consecuencia de la independencia, y pasó el resto de su vida en España. En otro momento le hemos dedicado espacio en este blog a las cartas en las que explicaba a la Corona y a la Santa Sede su salida de México. Aunque está más allá de mis alcances presentar aquí de manera detallada su vida en la Península, cabe destacar que, sobre todo al final de ella, estuvo lejos de permanecer inactivo. De hecho, tuvo una participación, si no protagónica, al menos importante en la España de la revolución liberal tras la muerte del rey Fernando VII, en el régimen liberal moderado de la regencia de María Cristina.

En principio, fue miembro e incluso presidente de la Real Junta Eclesiástica nombrada para la reforma del clero en 1834. Fue miembro también del Estamento de los Próceres, la Cámara alta de las Cortes formadas conforme al Estatuto Real de 1834. Desde ahí alzó su voz contra la desamortización del gobierno de Juan Álvarez Mendizával en 1836, como se sabe bien por la publicación, en México por cierto, del discurso que pronunció en abril de ese año. Éste, ilustra bien su aceptación de un régimen representativo y liberal, así como la necesidad de la reforma de la Iglesia y de las órdenes religiosas, pero también los límites que ponía al respecto: reforma no era supresión, el clero no dejaba de ser útil al Estado.

Al año siguiente fue nombrado pro-capellán y limosnero mayor de la reina, con título de Patriarca de Indias. Como el capellán titular, por tradición de la monarquía, era el Arzobispo de Santiago de Compostela, el pro-capellán Patriarca era el verdadero organizador de la Capilla Real. Fonte murió en ese cargo en junio de 1839, siendo todavía tratado en los documentos oficiales como “arzobispo de Méjico y Patriarca de las Indias”. Le tocó un período difícil también para España, en particular por una crónica escasez de recursos. La desamortización de bienes eclesiásticos se hizo justo bajo el principio de pagar a los acreedores del Estado. Como cabía esperar, tampoco había recursos para mantener el fasto del culto de la Capilla Real de Isabel II. También ahí debió mostrar su talento reformador, que es justo lo que nos interesa aquí. Enseguida encontrará el lector su informe dirigido al mayordomo mayor de la reina dando cuenta de sus ajustes al personal de capellanes y músicos, que confirma su aceptación de las circunstancias, pero siempre manteniendo ciertas prioridades.

Archivo General de Palacio, Administración general, Real Capilla, leg. 1133

Exmo. Señor

Luego que llegó a mis manos la real orden de 23 de enero de este año, por la cual se dignó S.M. mandar que a la posible brevedad se formasen nuevos reglamentos para la real casa, cámara, capilla, a fin de que la contaduría general pudiese ejercer con acierto la acción fiscal que le compete, dispuse que se reuniesen en cuantos antecedentes podían suministrar noticias, oyendo sin perjuicio al receptor de la real capilla, con el objeto de adquirir la suma de datos necesaria para dar cumplimiento a lo resuelto por S.M. en la parte que me competía como prelado de la real casa, presentando un trabajo completo en lo posible; porque desde luego me propuse no limitar mi obra a la formación de la simple planta de empleos y sueldos, y darle la debida extensión, marcando las facultades y obligaciones de cada empleado, y el modo de proceder en su ejercicio y desempeño, como cabalmente se me previno con posterioridad en real orden circular de 7 de febrero último. En su virtud, como resultado de mis trabajos, tengo el honor de remitir a V.E. para que se sirva presentar al examen y aprobación de S.M. el adjunto proyecto de reglamento, formado con presencia de las antiguas constituciones del año de 1757, de varios trabajos dados en distintas épocas que no llegaron a tener efecto, del último reglamento aprobado por el señor D. Fernando 7º en 16 de marzo de 1824, de las plantas del cuerpo de capellanes de honor y de la capilla música, decretada la 1ª en 26 de junio y aprobada la 2ª por S.M. en 26 de octubre de 1834, y de todas las reales órdenes posteriores que se han comunicado a esta patriarcal sobre las demás clases de la real capilla, y que de alguna manera han modificado lo resuelto con anterioridad.

El proyecto, en general, está conforme con las constituciones y órdenes posteriores en todo lo relativo a facultades y obligaciones de los ministros y empleados, y sólo se han hecho en este punto algunas variaciones de bien poca consideración, teniendo para ello presentes las distintas épocas y circunstancias, pero siempre con sujeción al espíritu de las reales disposiciones recientes. Las únicas alteraciones que he creído indispensable proponer, versan sobre el personal de capellanes de honor y sobre un corto aumento de sueldo a alguna plaza de la capilla de música. Nunca he perdido de vista la economía tan necesaria y precisa en las actuales circunstancias, y esta privilegiada consideración es ciertamente la que ha presidido en mis trabajos; pero era preciso tener presente otra de no menor importancia, era indispensable no sacrificar, por decirlo así, el decoro del culto, y mi objeto por lo tanto se ha dirigido a combinar ambas atenciones, en términos de que, sin recargar con una suma excesiva la dotación de la real capilla, se tribute en ella el culto divino, si no con el brillo y la magnificencia que permitían épocas más prósperas, al menos con el decoro debido a la casa de S.M. No sé si habré conseguido mi propósito, pero sí puedo asegurar a V.E. que las alteraciones que propongo y que paso a enumerar, producen muy poco gravamen, han sido inspiradas por los deseos más sinceros del acierto, y son el fruto de la meditación.

El sueldo anual de doce mil reales señalado a cada plaza de capellán de honor en la planta vigente de 1834 es en mi concepto muy escaso para que un ministro de esta categoría, adornado de los requisitos y cualidades que el reglamento exige, pueda sostenerse en la corte con la decencia propia de su rango. La obligación de predicar los sermones de tabla que recientemente se les ha impuesto y el aumento de trabajo que ha de resultarles con la supresión de dos plazas, son también motivos muy poderosos para que deba ser mayor la dotación; por ello propongo que ésta sea de veinte mil reales anuales, pero reduciendo a doce el número de individuos de la dicha clase, en vez de catorce de que debe componerse actualmente, sin hacer mérito por de contado de los cuatro restantes del banco de órdenes, sobre cuyos sueldos no se propone variación; debiéndose también tener presente que cinco de los capellanes que hoy existen en el banco de Castilla disfrutan los veinte mil reales y dos de ellos aún más por órdenes especiales de S.M. Iguales consideraciones me han movido a proponer la asignación de diez mil reales de sobresueldo anual a cada uno de los tres dignidades u oficios, a saber: receptor, juez y cura de palacio; siendo de notar que a pesar de ser mayor dicho sobresueldo que el que hoy les está señalado, sólo resulta en los tres la pequeña diferencia de cuatro mil reales, respecto del total que perciben por las nóminas actuales. El fiscal de la Real Capilla goza hoy dos mil reales de sobresueldo; pero los trabajos a que tiene que dedicarse por razón de su oficio exigen el aumento de dos mil reales más, según propongo; cuya suma guarda cierta proporción con la señalada al juez. He creído también preciso que haya un segundo maestro de ceremonias que sustituya al primero, con el módico sobresueldo de mil reales anuales, porque este cargo es muy importante en la capilla y conviene que haya más de un individuo instruido y ejercitado en el ceremonial para que nunca falte la buena dirección y orden en las funciones y demás actos religiosos.

La sección 6ª. del capítulo 3º del proyecto de reglamento trata de mozo encargado del alumbrado y limpieza de la capilla. Esta plaza, aunque actualmente no es de planta, ha existido siempre, sus gastos se han abonado en cuentas y han sido pagados por la receptoría; y puesto que los fondos de esta ingresan en el tesoro general de la real casa, no resulta gravamen alguno de que se comprenda en nómina en lo sucesivo.

Suprimido el colegio de niños cantores, quedaron reducidos a dos los tiples de la real capilla, disfrutando cada uno conforme a las últimas reales órdenes el sueldo anual de cuatro mil reales; pero la experiencia ha demostrado que es muy difícil hallar cantores en esta cuerda por tan bajo haber, y aun se ha visto que uno de los dos jóvenes que últimamente ha desempeñado dichas plazas, la ha renunciado para buscar mejor colocación, por lo mismo designo para cada una de ellas el sueldo de seis mil reales.

Al organista único le fueron señalados en la planta de 1834 diez y ocho mil reales de sueldo, y con posterioridad se sirvió S.M. reducirlo a catorce mil reales, que es el que en el día goza. Los conocimientos artísticos que se necesitan para el desempeño de esta plaza y el lugar que ocupa en la capilla de música, son circunstancias que merecen cierta consideración. La aptitud del que la desempeñe no debe limitarse a la mera ejecución de instrumentista, es preciso que conozca la composición para improvisar cantos y acompañamientos, y que al mismo tiempo esté ejercitado en la dirección de la orquesta para sustituir, como inmediato, al maestro de capilla; por ello me ha parecido arreglado proponer se le reponga en el sueldo de diez y ocho mil reales que le marcó la planta de 1834, teniendo también presente que el profesor que desempeña esta plaza, da actualmente el trabajo que presentaban antes al menos dos organistas de tres que existían, bien dotados, y que no sería justo que el que sustituye inmediatamente al maestro de capilla tuviese menos sueldo que el músico de voz más antiguo, que sólo puede dirigir la orquesta a falta del maestro cuando el organista se hallare ocupado en el órgano.

Éstas son las únicas alteraciones que la necesidad me ha hecho proponer. Ellas están justificadas con las razones que dejo expuestas, y puede desde luego asegurarse que el exceso que resulta en el presupuesto de la capilla es de bien poca consideración, incluyendo dos mil reales que debe continuar cobrando, además de sueldo el primer ayuda de oratorio, D. Pedro de la Cámara, según le está concedido por S.M. y los diez mil reales más que ha de costar por ahora el cuerpo de capellanes de honor, hasta que vaque una plaza del banco de Castilla, como se manifiesta en el artículo 239 del proyecto de reglamento, que en atención a las circunstancias lleva el carácter de provisional, según lo expresa su artículo 141, y podrá por ahora llenar su objeto, sin perjuicio de las reformas o alteraciones que S.M. crea oportunas en lo sucesivo.

Tales son los motivos que me han dirigido en el desempeño del encargo con que me honró S.M., no sé si habré acertado a llenar sus reales intenciones en un asunto de suyo espinoso y difícil, y en que han debido tenerse a la vista para hermanarlas, muchas y encontradas consideraciones. S.M. lo calificará con su rectitud y alta sabiduría y justa, como siempre, al mismo tiempo que mejore este trabajo, creerá en la lealtad y celo con que he procurado corresponder a su confianza.

Dios guarde a V.E. muchos años. Madrid, 30 de abril de 1838.

 

Pedro, arzobispo de Méjico, electo Patriarca de las Indias.

 

Señor mayordomo mayor de S.M

Dos documentos de la reforma de cofradías de Nueva Galicia

Retrato del Dr. Juan Cruz Ruiz Cabañas, obispo de Guadalajara, sacristía de la Basílica Catedral de San Juan de los Lagos, foto de Simona Villalobos Esparza.

Esta semana presento aquí dos documentos de una reforma de cofradías que, aunque un tanto menos presente en la historiogafía mexicanista, no fue menos importante: la que realizó, a través de su primera visita pastoral, entre 1797 y 1802, el Dr. Juan Cruz Ruiz Cabañas, obispo de Guadalajara. En primer lugar incluyo un fragmento de su mandato de visita en que aparece justo el punto de las cofradías, y en que podemos destacar la definición de ellas según este prelado. Me he tomado la libertad de subrayar el vocabulario de sinónimos que utilizó para designarlas: cofradía, junta, hermandad y congregación. Quienes han estudiado el tema me corregirán, en otros contextos esos términos podían hasta formar categorías más específicas, no era el caso en nuestro prelado. Esos juegos de términos y de definiciones son, me parece, de los temas que hacen interesante el asunto de la reforma de cofradías: quien piense que puede partir de una definición abstracta y jurídica estable para tratar el asunto, puede llegar a desesperarse un poco. Sobre ello argumento un poco más en el libro Cuerpos profanos o fondos sagrados. La reforma de cofradía en Nueva España y Sevilla en el Siglo de las Luces.

El segundo documento es un fragmento de un auto de visita del comisionado que el obispo envió a las últimas parroquias que visitó, las de Nayarit. Interesa porque se trata de una recopilación de indicaciones que se fueron acumulando en los recorridos por las otras regiones de la diócesis. Esto es, aquí ya vemos la experiencia acumulada sobre las cofradías por el prelado bajo la forma de unas medidas generales que como el lector notará, versan sobre todo a propósito de la administración de bienes, y en concreto, de ganado. Las cofradías de la Nueva Galicia eran ganaderas, como ya lo había hecho notar el estudio de Ramón Serrera Contreras. No era la única región con esta característica, por ello no es de extrañar que a veces las cofradías se confundieran, en términos prácticos, con los ranchos y estancias, o con el ganado mismo. Desde luego, en uno y otro documento aparece la inquietud fundamental del obispo: reforzar la frontera entre lo sagrado y lo profano.

Mandato general de visita del obispo Cabañas sobre cofradías, 1797*

9. Cofradías.- Como cofradía no sea otra cosa que una junta, hermandad o sociedad cristiana de algunas personas que no viviendo en comunidad ni obligándose por algunos votos o juramentos se unen de común consentimiento para emplearse en algunas obras de piedad y practicar ciertos ejercicios espirituales con la aprobación de los legítimos superiores, debe sin duda alabarse este género de piadosos institutos, que además de tener un origen el más antiguo y respetable, y semejarse mucho a la perfecta unión que entre sí tenían los primitivos cristianos, pueden también acarrear y producir útiles y loables efectos, tanto en la vida civil y social como en la religiosa y espiritual. Pero aunque las cofradías cristianas, que son de las que acabamos de hablar, atendido su puro origen y objeto de su institución sean a la verdad tan santas y venerables como se deja fácilmente entender, no es menos cierto que las más de estas juntas piadosas dejaron de serlo en todo o en parte, consumiendo sus pocos o muchos bienes en usos enteramente profanos, dedicándose poco o nada al culto de la religión, al ejercicio de las virtudes, a la frecuencia de Sacramentos, a la caritativa hospitalidad con los pobres, y a otros destinos y loables ocupaciones que se tuvieron presentes al tiempo de su erección, y suelen constar de sus respectivas constituciones, sino que aun por desgracia nuestra y por descuido de aquellos a cuyo cargo estaba el gobierno y erección de estas hermandades, vinieron a tal estado de desorden y tan difícil de remediarse que no sólo han conspirado de común acuerdo ambas potestades a cortar de raíz sus grandes abusos, sino que aun han explicado los más vivos deseos de ver extinguidas las más de las cofradías, y de que se agregasen sus fondos, rentas y bienes a parroquias pobres, a hospitales y casas o juntas de caridad, virtud la más santa y recomendable. Estas son ciertamente las juntas y congregaciones que más debieran promoverse, y estas las cofradías en su puro y primitivo origen, que nos harían traer a la memoria aquella feliz y primitiva congregación de los primeros cristianos, en quienes no había más que un corazón y un alma, según la viva expresión de la Santa Escritura, en quienes no se veía un necesitado sin oportuno socorro, y en quienes se verificaba a la letra la más estrecha unión y las más perfecta hermandad y cofradía. Mas contentándonos por ahora con aconsejar y exhortar a la erección de semejantes congregaciones, debemos mandar y mandamos que todas las cofradías existentes en la iglesia parroquial o en cualquiera otra de esta feligresía, se arreglen enteramente en el gobierno y dirección de sus hermanos cofrades, en la buena administración de sus rentas, y en la moderada inversión de sus caudales, a lo prevenido y ordenado en sus particulares constituciones, y que así nuestros curas o vicarios eclesiásticos, como sus mayordomos y demás personas a quienes pertenezca el entender y conocer de la observancia, aumento y conservación de las reglas, fondos y réditos pertenecientes a las mismas cofradías, guarden y cumplan lo que dejamos ordenado en los dos capítulos anteriores, so pena de ser todos ellos responsables a los perjuicios y atrasos que por su descuido e inobservancia resultaren, y de que no les servirían los frívolos pretextos y vanas excusas con que suelen cubrirse y descargarse en sus cuentas mal formadas, y en sus gastos superfluos, profanos y ajenos del loable y piadoso instituto de semejantes erecciones.

 

Auto del visitador del obispo Cabañas en las cofradías de Tequila y Nayarit, 1801*

[Fragmento]

Y que en lo sucesivo tenga particular cuidado de no pasar en data cabezas muertas y perdidas sin señales evidentes y justificación de que no ha habido ni hay dolo, fraude u omisión de los que están encargados de su cuidado, ni por consumida sin que conste por menor su legítimo consumo, con arreglo a constituciones, y no según las prácticas abusivas que se hubiesen introducido.

Que las elecciones anuales de oficiales de cofradías se hagan a presencia de los alcaldes y principales para que éstos sean responsables de cuanto se les entregue a los nuevos electos bajo inventario, y no siendo el caporal oficial de cofradía, sino un sirviente a quien se encarga el cuidado del ganado, se ponga muy especial en que esta elección no recaiga sino en persona de la mayor confianza y actividad, sea o no sea del gusto de los indios, dándole salario o gratificación con proporción a su trabajo.

En orden a las cofradías de españoles e indios, mandó su señoría ilustrísima.

Que en adelante no se haga imposición alguna o redención de capital o enajenación ni compra de finca sin expresa licencia de su señoría ilustrísima, ni sin la del cura vicario venta alguna, permuta, alquiler, o préstamo de bestias o ganado a personas particulares, la que nunca debiera conceder el referido cura sin manifiesta ventaja de la cofradía.

Que cumpla y haga cumplir los actos de religión y piedad que se prescriben en las constituciones respectivas de cada una de ellas, sin excederse en el número y estipendio de las misas y funciones de lo acordado en las mismas, ni permitir gastos algunos superfluos.

Que haga poner a continuación de los autos respectivos un inventario exacto de lo que sea propio y peculiar de cada cofradía, y que en el estado anual del ganado se expresen las clases, edades, cabezas estériles, de vientre, gordas, viejas y mansas, cerreras, y las que hubiesen nacido en el año último.

Que se satisfaga al seminario conciliar la pensión anual que tuviese cada cofradía con la mayor puntualidad, debiendo tener entendido los curas que ellos son los que deben responder y ningún otro, así del cobro y remisión de esta cantidad como de las que en esta clase estuviesen encargadas a las cofradías en cuentas aprobadas por ellos mismos y no constasen satisfechos en los libros del seminario, persuadidos a que no se les admitirá en este punto excepción ni excusa alguna, ni se les disimulará la más mínima omisión.

Que el asiento de cofrades se haga en libro separado, con expresión del día, mes y año de su ingreso, y al fin de cada uno se ponga una nota específica, firmada por el cura y mayordomo, de los que hubiesen muerto, de los que hubiesen salido y de los que no hubiesen contribuido con las limosnas prescritas en las constituciones.

Que se tenga presente y se observe lo prevenido en los mandatos generales de la actual visita en orden al gobierno de cofradías, facilitándose para el efecto a los mayordomos por el cura vicario un tanto de los capítulos séptimo, octavo y nono.

* AGI, Guadalajara, leg. 543, fs. 18-19.

* AGI, Guadalajara, leg. 543, fs. 1049v-1051.

Demanda de memoria y oferta de historia: recorriendo las iglesias de Xalapa

Catedral de Xalapa en 2005.

En esta ocasión aprovecho este espacio para promover la labor de un colega historiador, el Dr. Paulo César López Romero, gran conocedor de la historia de los pueblos de la región de Xalapa, en el centro de Veracruz. Mas es oportunidad para reflexionar un poco en torno a la historia como práctica cultural. Lo que comparto aquí es el video que otro colega, el Dr. Ángel Rafael Martínez, realizó de un recorrido por las calles del centro de Xalapa en que el doctor López Romero explicaba con cierto detalle la historia de dicha urbe, acompañado de un público no especializado, pero muy interesado y a veces informado del tema. Sobra decir que no es el primer ejemplo ni el único, en varias ciudades se realizan ahora recorridos semejantes. Es una manera de difundir el conocimiento histórico convirtiéndolo en una práctica cultural, el paseo o la visita “cultural”.

Ahora bien, lo que más resalta es, repito, el interés del público, muchas veces conocedor de leyendas populares o difundidas en su día por las élites, así como de las versiones más oficiales de la historia local. Es un público que, incluso, demanda con frecuencia la confirmación de esa memoria: de manera constante se escucha al doctor López Romero hacer aclaraciones frente a ese tipo de preguntas insistentes. Ante ellas, como buen historiador profesional, formado en el trabajo de búsqueda y análisis de fuentes, de crítica de los usos de la historia, pero también de “imaginación histórica” (como hubiera dicho R. G. Collingwood), mi colega ofrecía Historia. Esto es, un relato vínculado a fuentes precisas, enmarcado en contextos que no son sólo locales, pero también imaginativo en su capacidad de aprovechar los objetos más diversos como testimonio. En el video se aprecia bien que los propios edificios cuentan su historia a aquél que quiera y sepa buscarla. Asimismo, se nota la crítica de esa memoria, la desacralización de mitos locales y el trabajo de interpolación para ofrecer hipótesis ante los “huecos” de testimonios fragmentados.

Desde luego, para fines de esta página, interesa en particular el recorrido por dos iglesias: la Catedral y la iglesia del Calvario. Especialista en la historia de los pueblos indios, nuestro guía no es experto en la vida de San Juan Nepomuceno, por lo que hay por ahí alguna leve imprecisión, que yo sé que los lectores más conocedores sabrán perdonar. En cambio, hay un amplio aprovechamiento de fuentes notariales, cartográficas, arqueológicas y arquitectónicas para construir un discurso al alcance de un público fuera de los espacios universitarios. Es esto finalmente lo que más debe valorarse, siendo que nuestra historiografía no ha dejado de ser un discurso a veces desconectado por completo de las inquietudes de nuestros contemporáneos.

Comencemos pues por la Catedral (desde el inicio hasta el minuto 16.30 aproximadamente), siendo también de interés la explicación del minuto 28 al 34.30 sobre una capilla ya desaparecida.

Enseguida, la iglesia del Calvario, desde el minuto 8.20 al 35.50.

En fin, la iglesia de San José, a partir del minuto 20.

Naturaleza humana y política, un apunte sobre Santo Tomás de Aquino III

Última parte de este apunte. En los anteriores vimos el contexto institucional e ideológico de la idea del hombre como unión de cuerpo y alma de Santo Tomás, terminemos viendo su importancia histórica.

Santo Tomás de Aquino, atribuido a Antoine Nicolas, ca. 1648 Catedral de Notre-Dame de París.

Desde la perspectiva de la historiografía contemporánea, es justo en esto que reside la significación de Santo Tomás de Aquino para la historia social medieval. Hay una cierta rehabilitación de lo carnal, del cuerpo, que resulta necesario para el alma en cuanto al uso de sus potencias sensitivas y generativas. Mas no es que el alma resulte menospreciada, pues casi sobra decir que mantiene su superioridad sobre el cuerpo. El artículo primero de la cuestión 76 afirma “lo primero por lo que un cuerpo vive es el alma”, más todavía “el alma es lo primero por lo que nos alimentamos, sentimos y nos movemos localmente; asimismo es lo primero por lo que entendemos”. De hecho, el hombre tal como había sido creado por Dios, es decir en estado de gracia, tema en que Santo Tomás se detiene ampliamente a partir de la cuestión 94, se distinguía por su rectitud, esto es: “la razón estaba sometida a Dios; las facultades inferiores a la razón, el cuerpo al alma”. El pecado original, la pérdida de esa gracia divina, implica de alguna forma la alteración de esa correcta jerarquía: “desapareció la obediencia de la carne al alma”. En el Paraíso terrenal “el alma preservaba al cuerpo de corrupción mientras estuviese unida a Dios”, sin ese vínculo, pues aparece la muerte. En la cuestión 85 ya de la primera sección de la segunda parte de la Summa, explica con mayor precisión que una consecuencia del pecado original fue la disminución de la tendencia a la virtud de la naturaleza humana, pero sin que llegue nunca a extinguirse del todo. En el orden natural y sobre todo en el sobrenatural, el alma gobierna sobre el cuerpo.

Esta doctrina no dejaba de tener consecuencias políticas. En principio, porque la relación del alma y el cuerpo se había convertido en el siglo XIII en la metáfora política por excelencia. Juristas y teólogos, los universitarios pues, coincidían entonces en retomar la imagen de la Iglesia como cuerpo de Cristo que aparece en las epístolas de San Pablo, para aplicarla a su propia época, y prácticamente a toda forma de lo que hoy llamaríamos reunión, asociación o comunidad, incluida la monarquía. Santo Tomás la usó explícitamente en su Opúsculo sobre el gobierno de los príncipes. Siguiendo a Aristóteles presenta al ser humano como social por naturaleza, pero necesitado de una guía para gobernarse, el cuerpo social es semejante el cuerpo humano en el cual “el alma rige al cuerpo y la razón los aspectos irascibles y concupiscibles del alma”. Esa autoridad, a ejemplo de la naturaleza, era mejor que fuera unitaria, como la de Dios en el universo, y por tanto favorece a la monarquía, aunque dejando abierta la posibilidad de que el pueblo derribara a un monarca tirano. Como cabía esperar los fines superiores a los que el monarca debía obedecer y guiar a su pueblo eran espirituales, debía literalmente “ser para su reino lo que el alma para el cuerpo y lo que Dios para el mundo”, e incluso el Aquinatense dice de forma bastante explícita que para ello el rey debía apoyarse en el clero.

Catedral de Notre-Dame de París en 2014.

Ahora bien, en segundo lugar, y de manera más extensa y profunda, la integración plena del cuerpo a la ciencia sagrada manteniéndolo sometido al alma, hace a Santo Tomás de Aquino, elemento de un proceso más amplio de transformaciones de la sociedad medieval. Se trata del ascenso de la Iglesia como organizadora también de las realidades incluso las más profanas, como las relaciones sexuales. Respecto a este cambio permítanme una cita extensa de Jérôme Baschet, La civilización feudal: “mientras en la alta Edad Media no veía la salvación más que en la huida y el desprecio del mundo, la institución eclesial, una vez que llega a la cima de su poder, manifiesta su capacidad para asumir el mundo material, para hacerse cargo de él con el fin de transformarlo en una realidad espiritual y conducirlo hacia su destino celestial”.

Definir a la naturaleza humana como unión de alma y cuerpo era también una manera de ampliar y profundizar la jurisdicción eclesiástica sobre los cuerpos efectivamente existentes de las mujeres y los hombres de la época medieval. De manera más amplia, ella se extendió también sobre “bienes espiritualizados”, los que habrían de pagar la intercesión permanente por los difuntos en el Purgatorio; sobre “cosas sagradas”, literalmente, desde imágenes hasta complejos de edificios, desde sencillos ornamentos hasta verdaderas joyas artísticas; hasta sobre “reinos cristianos” o incluso sobre los territorios de los gentiles. Esto es, Santo Tomás de Aquino ayudó a convertir a la Iglesia en, de nuevo cito a Baschet, una “máquina para espiritualizar lo corporal”, una máquina sacralizadora pues, que habría de funcionar de manera duradera, al menos por los cinco siglos siguientes hasta la época de las revoluciones liberales e industrial.

Naturaleza humana y política, un apunte sobre Santo Tomás de Aquino II

Esta semana continúo con el texto de la anterior, un apunte breve sobre Santo Tomás de Aquino. El apartado anterior, introductorio, terminamos diciendo que nuestro autor afirmaba que el hombre era la unión del alma y el cuerpo. Veamos ahora porqué esto era importante entonces, es decir, vamos a examinar, en parte, el contexto ideológico medieval.

“El milagro de la nube”, de Pedro Berruguete, representando nuevamente un pasaje de la vida de Santo Domingo en su combate a la herejía.

Fue ésa una época de definiciones importantes para la Cristiandad, europea occidental. Sin ser, repito, especialista en el período, pareciera que se trataba de establecer la amplitud o límites entre una concepción dual conciliatoria, por una parte, y lo que podría llamarse el dualismo, en las oposiciones entre esos conceptos binarios fundamentales del Cristianismo, como aquellos entre el bien y el mal, Dios y el hombre, el cielo y el infierno, o en este caso, entre el cuerpo y el alma. Un dualismo radical sería por ejemplo el gran movimiento considerado herético por la Iglesia que ya he citado: el de los cátaros o albiguenses en el sur de Francia, que en al menos en los manuales actuales seguimos considerando próximo al maniqueísmo. En ese movimiento era posible concebir al espíritu humano como una sustancia pura y buena aprisionada en la carne, el cuerpo material maligno. El historiador español Martín Alvira lo explica, la tendencia de la historiografía reciente es explicar ese dualismo cátaro como una lectura literal y radical de los Evangelios y no como un movimiento fuera del cristianismo occidental.

Ahora bien otro movimiento que había suscitado problemas todavía a principios del siglo XIII, muestra en cambio que tampoco podía cuestionarse radicalmente toda concepción dual. Los hermanos del libre espíritu fueron condenados también formalmente por el IV Concilio de Letrán de 1215 (que también trató de los albiguenses), su fundador fue un profesor de la Universidad de París, Amaury de Bène o de Chartres, cuyos restos terminaron siendo exhumados y “arrojados al viento” tras un primer decreto episcopal condenatorio de su doctrina de 1210. Según G. C. Capelle, bien le hubiera quedado como divisa la frase Omnia sunt Deus, “Todos son Dios”. Se sabe poco de su doctrina, pero se suele identificar como un panteísmo en el cual Dios está implicado o envuelto en todas las cosas, el alma humana en particular, de forma que el alma de los fundadores de ese movimiento habría sido la encarnación del Espíritu Santo.

Apoteosis de Santo Tomás de Aquino, obra de Francisco de Zurbarán, fragmento. Museo de Bellas Artes de Sevilla.

He mencionado dos posturas que terminaron en el campo de la “herejía”, ése que era de los peores delitos en ese contexto, como hoy pudiera ser el genocidio, hay que considerar además que no terminaron en esa categoría de manera voluntaria. El ejemplo de Amaury de Bène nos recuerda que la diversidad era posible entre los propios clérigos y frailes de las universidades, pero que, repito, en esta época se iban construyendo o renovando los límites de lo que podía considerarse dentro o fuera de la Iglesia cristiana. La vida universitaria estaba abierta a encendidas disputas y querellas, tanto de orden institucional (religiosos contra seglares, por ejemplo) como teórico (no es que alguna vez haya sido posible desconectarlas radicalmente). Perder las controversias, por razones de uno u otro tipo, implicaba en ese contexto político-religioso la posibilidad de terminar literalmente quemado: desde 1022 al menos la represión de la herejía, en tribunales seculares como eclesiásticos, podía implicar el uso de la hoguera. Destaquemos sin embargo que nada estaba escrito, que los polos de ortodoxia y heterodoxia justo eran controvertidos, no era fácil establecerlos de manera contundente. Un buen ejemplo de ello es que la propia enseñanza de Santo Tomás fue controvertida, en 1277 el obispo de París terminó prohibiendo un conjunto de 219 tesis, algunas de las cuales contenidas en obras del Aquinatense. Es cierto, un aspecto del problema era la obra de Aristóteles, que apenas en 1255 había sido recibida por el programa oficial de la universidad parisina, pero en particular hay que hacer notar que 111 de esas tesis eran sobre temas antropológicos, es decir referidos a la naturaleza del hombre.

Ahora bien, si la afirmación de Santo Tomás en la Suma de que el hombre es cuerpo y alma era importante en su tiempo, en realidad enfrentaba no tanto a esos otros movimientos que he citado y que terminaron fuera de la Iglesia, sino sobre todo al que hoy llamamos el  “neoagustinismo”, por estar fundado en una lectura de San Agustín de Hipona y a su vez, de Platón. Esta postura fue mayoritaria entre los autores ortodoxos de la época, justo por ello, en realidad resulta complicado exponerla de manera precisa, lo cual es buen ejemplo de los límites siempre complicados de los –ismos, y además, como ya decíamos respecto de Aristóteles y de Tomás de Aquino, Agustín de Hipona no necesariamente se hubiera reconocido en ellos. El padre Edouard-Henri Weber, en una obra de los años 1990, tomaba como ejemplo concreto de la posición dualista a Alexandre de Hales, anglosajón, profesor de teología en París en la primera mitad del siglo XIII, franciscano en sus últimos años.

Santo Tomás de Aquino, atribuido a Antoine Nicolas, ca. 1648
Catedral de Notre-Dame de París.

Vamos a aprovechar ese análisis para mostrar cómo Santo Tomás se planteaba frente a ese contexto ideológico. En la cuestión 75 de la primera parte de la Summa, el Aquinatense escribía siguiendo a Aristóteles que el hombre es “ser compuesto de sustancia espiritual y corporal”, el cuerpo se identificaba con la materia y el alma con la forma. Alexandre de Hales, en su Glosa del Libro de las Sentencias de Pedro Lombardo había afirmado en cambio que “hay dos sustancias en el hombre, la del alma y la del cuerpo”. El padre Weber identificaba en Hales cuatro definiciones del hombre que, a consecuencia de este dualismo, tendían a reducirlo al alma. Por ejemplo en una de sus Cuestiones disputadas el alma humana aparece como “sustancialmente homogénea” respecto de los ángeles, con la sola diferencia de ser una “sustancia espiritual unible a un cuerpo”. De hecho, Pedro Lombardo directamente había escrito en el siglo XII que “el alma liberada del cuerpo es, como el ángel, una persona”. De ahí la importancia del artículo 4 de la misma cuestión 75 en que Santo Tomás se plantea: “El alma, ¿es o no es el hombre?”, y que responde negativamente, así como en el artículo 7 descalificaba que el alma del hombre y el ángel fueran de la misma especie.

Alain Boureau lo ha señalado en un artículo de 1992, San Alberto Magno y Santo Tomás de Aquino innovaban introduciendo una noción de la naturaleza humana conjuntiva, es decir, “que reúne el conjunto de determinaciones del individuo” organizándolas, de manera jerárquica se entiende, para “orientar al hombre y su actividad hacia la divinidad”; los neoagustinistas, mayoritarios en el siglo XIII, defendían más bien una definición de la naturaleza humana disyuntiva, “restaban del individuo concreto lo que no corresponde a su unión con Dios”, tratando de mantener así una mayor distancia de lo espiritual respecto de lo carnal.

Ahora bien, esta manera de situarse frente a su contexto, tenía consecuencias…

Naturaleza humana y política, un apunte sobre Santo Tomás de Aquino

A fines del año pasado, a iniciativa de un colega profesor de Filosofía, el Mtro. Israel Alejandro Romero, participé en una modesta charla sobre Santo Tomás de Aquino, de la que resultó este apunte breve, que comparto ahora por aquí esperando pueda servir o interesar a algún lector. Por su amplitud voy a presentarlo en tres partes.

Portada de la Gaceta de México, tomada de la Hemeroteca Digital Hispánica.

Ante todo debo confesar que participo en esta charla, más bien saliendo un poco de los temas que son de mi área de investigación, he trabajado más bien los siglos XVIII y XIX, no soy medievalista, pero eso no impide que, desde hace tiempo ya, haya encontrado referencias al pensamiento de Tomás de Aquino, sobre todo en dos oportunidades. Comienzo refiriéndome a la más antigua: un documento orizabeño que dio motivo a un artículo que publiqué siendo egresado de licenciatura en historia allá por el año 2003. En su número del 20 de noviembre de 1810, la Gaceta de México, el periódico oficial del gobierno del reino de Nueva España, publicó un oficio del cabildo de naturales de la villa de Orizaba dirigido al virrey y fechado el día 3, en que básicamente condenaban y se deslindaban del levantamiento del padre Hidalgo. Lo hacían con una argumentación breve cuanto elaborada, que comenzaba señalando que “Todos somos hijos de un mismo padre en el orden natural y en el de la gracia”, y remitiendo de inmediato a los “sentimientos […] para conservar nuestra especie” y a “los vínculos de la caridad con que nos debemos unir”, los primeros herencia de Adán y los segundos, mandato de Jesucristo. Todo ello, me corregirán  forma bien parte del vocabulario de la teología tomista.

La segunda oportunidad para remitirme a la obra de Santo Tomás de Aquino me ha llegado aquí en Lagos, con motivo del centenario de la muerte del padre Agustín Rivera y Sanromán. A riesgo de caer en una mitología del localismo, su antropología se inspiraba mayormente de la lectura de Santo Tomás, aunque no siempre lo citara de forma explícita. Ya en alguna ocasión he presentado un poco del contenido de algunos de sus textos en que es posible encontrar esas referencias. He de destacar en particular su ensayo Concordancia de la razón y la fe de 1876, mas también sus obras históricas de esa misma década, tanto el Compendio de historia antigua de México como el Compendio de historia antigua de Grecia. En este último, por ejemplo, ya en sus preliminares hablaba del hombre como unidad de cuerpo y alma, y describía al alma humana como dotada de unas ciertas facultades, principalmente el entendimiento y la voluntad, siguiendo en buena medida las cuestiones 75 en delante de la parte primera de la Suma teológica. En la Concordancia básicamente sostenía que la razón natural era suficiente para conocer la ley natural, siguiendo la definición de ésta de la cuestión 91 de la primera sección de la segunda parte de la misma Suma. En fin, será ya en un folleto de 1893 que llegue a citar directamente una de las que pareciera haber sido de sus premisas fundamentales: Gratia sequitur modum naturae “La gracia sigue el modo de la naturaleza”.

Portada de la obra de Agustín Rivera, tomada de la Biblioteca Digital Hispánica.

Esto es, desde mi punto de vista, resulta importante conocer a Santo Tomás de Aquino, no porque podamos ver en él una fuente de verdades eternas, sino porque su obra tenía un papel en muchos de los debates del siglo XIX relacionados con el deslinde, entonces incipiente, de lo político y lo religioso. Todavía hoy, me atrevería a decir que sigue habiendo debates públicos en los que se percibe algo acaso de su obra póstuma. Por sólo citar un ejemplo, en el Suplemento de la Suma Teológica aparece una sección dedicada al matrimonio considerado desde la perspectiva de la ley natural, que uno no puede evitar relacionar con algunas de las manifestaciones públicas que han tenido lugar este verano (2016) en nuestro país. Así, aunque es un autor medieval, su obra ha seguido generando consecuencias, había y ha tenido una clara dimensión perlocutiva, por decirlo en la terminología de la teoría de los actos de habla. Mas casi sobra decirlo, el que había sido ilustre catedrático de la Universidad de París, es casi seguro que no se hubiera reconocido en la manera en que lo citaban los regidores indios orizabeños o el escritor público laguense. De manera semejante, es casi seguro que Aristóteles no se hubiera reconocido en el uso que de su obra hacía el fraile dominico. Por ello, no es ocioso remontarse a la obra misma y tratar de situarlo en sus contextos de origen, así sea de manera breve. Primero, para cerrar esta introducción me referiré muy brevemente a su contexto institucional (su vida no es necesario recordarla, pues cualquier búsqueda sencilla en la red aporta los datos básicos), luego a su contexto ideológico y la manera original en que trataba de modificarlo, y ya finalmente en una tercera parte, a su significación ya no tanto intelectual sino más bien para la historia social medieval.

Pues bien, Santo Tomás de Aquino practicaba una ciencia nueva relativamente, la teología, en una institución asimismo novedosa, la universidad, y perteneciendo a una corporación novedosa también, una orden mendicante, la de Predicadores. Sobre lo primero, cabe recordar que aunque el término teología existía desde la Antigüedad tardía, es hasta finales del siglo XI que empieza a utilizarse respecto del Dios cristiano. Un estudioso de Hugo de San Víctor, Michel Lemoine, anotaba en 1991 que “Pedro Abelardo escandalizó designando a la ciencia sagrada como teología”, aunque el termino lo retomó luego el propio Hugo de San Víctor. Las universidades, que no eran exactamente como ésta que nos sirve de contexto hoy, a pesar de que se ha mantenido el nombre, surgieron de las escuelas o “estudios” al lado de las Catedrales, las nacientes catedrales góticas, habían surgido apenas en el mismo siglo XI, con la de Bolonia, pero sobre todo comenzaron a multiplicarse en la segunda mitad del siglo XII y a lo largo del XIII. Dedicadas a formar profesionales en las nacientes disciplinas de la Teología y del Derecho, fundamentales para las monarquías y para la Iglesia que necesitaban a estos nuevos profesionales del conocimiento. Es ahí donde aparece la organización en Facultades, el otorgamiento de grados académicos, el traje universitario, etcétera.

“La prueba del fuego “, obra de Pedro Berruguete representando un pasaje de las predicaciones de Santo Domingo contra los albiguenses. Museo del Prado.

En fin, uno de esos motivos, importante no el único, para hacer surgir esa ciencia y esa institución, era colaborar en el combate de los movimientos “heterodoxos” que se multiplicaron en la Europa occidental desde el siglo XI. La orden de predicadores la fundó Domingo de Guzmán justo para combatir el movimiento de los cátaros o albiguenses, muy difundido en el sur del actual territorio francés en el siglo XII. Como su nombre indica, combatían con la palabra, desde los púlpitos en sus iglesias-auditorio pero también por las calles, por lo que requerían un nivel importante de dominio de conocimientos tanto sobre materias religiosas como también dominio del lenguaje, que la universidad empezó a proporcionarles. Eran mendicantes porque, como los franciscanos, empezaron a hacer vida de limosna circulando por toda Europa.

Ahora bien, volvamos a las ideas de Santo Tomás y su contexto. Su gran obra fue la Suma Teológica, en la que aparece constantemente la distinción entre los órdenes natural y de la gracia que mencionaba el cabildo de indios de Orizaba. Su autor, lejos de oponerlos los consideraba de alguna forma complementarios: desde el artículo 8 del capítulo 1 de la primera parte, había anotado ya que “la gracia no suprime la naturaleza sino que la perfecciona”. En ese sentido se distinguía por ser relativamente optimista respecto de la naturaleza humana, unión de cuerpo y alma como ya decíamos citando a Rivera. En el Tratado del hombre, las cuestiones 75 a 102 de la primera parte de la Suma, se refieren por extenso, en principio al alma humana. Santo Tomás la definía como principio vital, incorporéo, subsistente, inmaterial, incorruptible, unida al cuerpo como forma sustancial, no meramente accidental. Cierto que los detalles de estas categorías pueden parecer oscuros sin una explicación adecuada, ante todo quisiera llamar la atención hacia el contexto. La noción del hombre como unión de alma y cuerpo, una sola alma por cierto, que entendemos más o menos con esas características, nos parece hoy en día algo casi obvio del cristianismo, mas justo no era necesariamente así en el siglo XIII. Es decir, cabe preguntarse cuál era el contexto ideológico de esta afirmación…

El Cristo de Isaac Newton

El verano es buen momento para seguir leyendo y traduciendo. La semana pasada, el texto de Peter Brown nos llevó del siglo IV a la Ilustración inglesa, en esta oportunidad el capítulo que presentamos de Bernard Cottret nos lleva prácticamente en sentido inverso: de Isaac Newton a los debates cristológicos de los siglos IV y V. En realidad, no es extraño, aunque conocido sobre todo como físico, Newton tuvo también inquietudes religiosas y, de manera particular, cristológicas. De hecho, como verá el lector, sus descubrimientos tampoco fueron ajenos a esa dimensión casi profética del sabio inglés. Aquí pues, de Bernard Cottret, “Newton, literalismo escriturario y heterodoxia ilustrada”, capítulo I de Le Christ des Lumières. Jésus de Newton à Voltaire [1990], París, Les Éditions du Cerf / CNRS Éditions, 2011, pp. 15-38, que queda también disponible en la página “Traducciones” de este mismo sitio. Aclaro como siempre que no es una traducción profesional, pero cumple con respetar las ideas centrales del texto.

La historia del protestantismo me temo, no me es conocida en realidad, por lo que, al igual que la semana pasada, no estoy cierto de la actualidad de la obra que aquí presento. Empero, sí tengo la seguridad de que su tema puede ser interesante hasta para el público en general. Más allá de la curiosidad intelectual específica de estas problemáticas, de nuevo es una manera de acercarnos a la historiografía francesa, sus métodos e inquietudes. Sin duda, los historiadores mexicanos no la desconocen, pero he tenido siempre la impresión de que la difusión en realidad es muy desigual, y para la historia religiosa no siempre tiene todo el eco que ameritaría. Espero aún subir una traducción más en estos días, sobre temas más tradicionales para este blog.

Lo sagrado y la tumba

En esta ocasión vuelvo a temas más clásicos de la historia religiosa, para presentar una nueva traducción. Se trata ahora del capítulo primero, titulado “Lo sagrado y la tumba” de la obra de Peter Brown, Le culte des saints. Son essor et sa fonction dans la chrétienté latine, coeditada por Les Éditions du Cerf y el CNRS en 2012. Desde luego, es la traducción de una obra que en realidad data de principios de la década de 1980. A decir verdad, no siendo especialista de la Antigüedad tardía, desconozco si sigue siendo considerada vigente en la historiografía de ese período específico. Empero, a mi me parece un texto de mucho interés y que puede ser también relevante para los historiadores mexicanos. Por ello esta modesta traducción libre.

El profesor Brown apunta en este capítulo hacia dos cuestiones principales. Por una parte, el impacto del culto de los santos cristianos y sus reliquias en las fronteras imaginarias que la Antigüedad mediterranea mantenía entre el espacio de los vivos y el de los muertos. En segundo lugar, explora las razones por las que, a pesar del testimonio sin ambigüedad de los contemporáneos en el sentido de que había habido un cambio fundamental, se ha tendido a ver, por el contrario, en el ascenso de ese culto más bien continuidades con el “paganismo”. Así pues, el texto ayuda sin duda a pensar lo religioso en términos dinámicos y a cuestionar categorías como la de “religión popular”, explorando sus orígenes hasta la Ilustración.

Sin duda, se puede criticar que no haya recurrido a la versión original en inglés. Me temo que no hay sino motivos de orden práctico para ello. Confío que esta traducción de la traducción no deje, empero, de ser de utilidad. Hasta donde he podido ver no es una obra que se haya traducido al español, lo cual no deja de ser lamentable. Así pues, dejo al lector con esta versión del ya citado capítulo I, “Lo sagrado y la tumba” de Peter Brown, que queda también disponible en la sección “Traducciones” de este mismo sitio web.

Cuatro representaciones de la Inquisición medieval en la animación japonesa contemporánea

Fragmento de la ponencia ¿Un nuevo “evemerismo”? Aproximación a la representación del catolicismo en la animación japonesa contemporánea: el caso de la Inquisición medieval, 1991-2016, presentada en el Seminario Mitos y representaciones de la Universidad Internacional de Verano 2017, organizada por la Universidad de Guadalajara-CULagos, 15 de junio de 2017.

¿Qué fue la Inquisición medieval? Largo sería hacer el recuento histórico detallado. Baste decir que fueron una serie de tribunales dedicados a perseguir la herejía y otros delitos contra la fe, surgidos en Europa occidental a partir del siglo XIII. Fueron preceden para los tribunales inquisitoriales más célebres, los de España, Portugal y Roma, que desaparecieron mayormente a principios del siglo XIX. Su imagen negativa, asociada a la crueldad por el uso de la tortura –que era un procedimiento judicial común del mundo occidental entonces, pues no se habían inventado aún los derechos humanos–, es producto mayormente de la propia secularización, del surgimiento de la esfera de la política, que rechazaba la intervención de lo religioso en ella. Diversos escritores, clásicos románticos que van desde españoles como Juan Antonio Llorente hasta norteamericanos como Edgar Allan Poe, contribuyeron a construir la imagen del inquisidor sanguinario, que la historiografía reciente ha tratado de cuestionar. En general los historiadores se han preocupado por explicar la Inquisición en su contexto, desde luego, sin llegar al extremo de justificarla.

Ahora bien, para desesperación acaso de los comprometidos en hacer llegar las representaciones que produce el conocimiento universitario a la sociedad, la animación japonesa ha retomado sin demasiada dificultad esa imagen sanguinaria y la ha utilizado para construir antagonistas que podríamos calificar de radicales. En efecto, la animación japonesa, el anime, es célebre por construir personajes matizados, ambiguos, complejos, por lo general ni del todo buenos ni del todo malos. Empero, cuando se trata de representar inquisidores, corresponden bien al estereotipo de sanguinarios, intransigentes e intolerantes. Dicho esto como punto de partida, he elegido a los inquisidores de la animación japonesa porque también es posible hacer comparaciones. Voy a presentar brevemente cuatro animaciones: la primera adaptación animada de la novela Arslan Senki, de 1991; Trinity Blood, serie animada de 2005; la segunda adaptación de Arslan Senki de 2015 y la serie Berserk de 2016.

Pues bien, Arslan Senki cuenta la historia de un reino politeísta, Pars, mayormente inspirado de la Persia medieval, derrotado por una monarquía, Lusitania, que sigue una religión monoteísta, claramente inspirada del cristianismo. Dos escenas son las que nos interesan de la primera película animada de 1991 (ver el video de arriba a partir del minuto 22.31): en la primera, el ejército lusitano rodea las murallas de la capital de Pars, y para intimidar a sus defensores, se presenta en una carreta el personaje que nos interesa, el inquisidor Bodin.

El Inquisidor de Arslan Senki, Animate Film, 1991

Es representado vistiendo una especie de casulla sobre una sotana y portando una especie de mitra y un báculo puntiagudo. Éste, lo utiliza para torturar a un general capturado en una batalla previa, que va encadenado y acostado en la carreta. Aunque la mayor parte de los golpes que le asesta son presentados sólo con sombras o de espaldas, amenaza con una tortura más refinada, hasta que, a petición del propio general, una flecha lanzada desde la muralla acaba con su vida. Una segunda escena, más breve, ya con la capital ocupada por los lusitanos, representa a Bodin encabezando una quema de libros. Tenemos pues, a un inquisidor sacerdotal, anciano, excepcionalmente sanguinario pues hasta los soldados que lo acompañan en la primera escena muestran gestos de rechazo.

El Departamento de Inquisición de Trinity Blood, Gonzo, 2005

Una Inquisición más organizada, menos personal y más institucional, apareció catorce años más tarde en Trinity Blood. Historia de enfrentamientos entre hombres y vampiros en un escenario tecnológicamente futurista, pero políticamente inspirado de la Edad Media: la monarquía de Albión, inspirada en Inglaterra es la principal potencia de los humanos, y el “Nuevo Imperio Humano”, inspirado del Imperio Bizantino, la potencia de los vampiros. La serie revive una corte pontificia con poder territorial y militar, con cardenales que llevan los apellidos de la nobleza renacentista y que se disputan entre sí sobre la manera de afrontar el conflicto. Dos organizaciones se destacan: los agentes especiales de la Secretaría de Estado, que son los protagonistas, y el Departamento de Inquisición. Ésta, es representada como una auténtica orden de caballería de cruzados, con sus integrantes vistiendo armadura y manto con la cruz al pecho, además de pesadas armas de inspiración medieval y tecnología futurista. En general son los intransigentes y radicales de esta historia, es decir, son los que procuran llevar el enfrentamiento hasta sus últimas consecuencias, bien que sí llegan a conocer un límite: la lealtad a un joven y compasivo Papa.

Armas del Departamento de Inquisición, Trinity Blood, Gonzo, 2005

Gracias a que Arslan Senki ha tenido una segunda adaptación animada, pero ahora como serie, podemos comparar directamente esta representación de la segunda década del siglo XXI con la que ya hemos citado. Hay varios puntos a señalar: dado que es un episodio de una serie de 26 episodios y no parte de una película, la escena de la presentación de Bodin es más larga, dura casi el doble de la primera versión.

El Inquisidor de Arslan Senki, Liden Films/Sanzigen, 2015

El inquisidor ya no es representado de manera sacerdotal, sino como un caballero cruzado; la modesta carreta se convierte en una gran plataforma donde el general aparece bañado en sangre y amarrado a un poste; en general la violencia es mucho más explícita. El inquisidor es representado con ojos desorbitados, movimientos de lengua y en general una gestualidad que lo hace ver mucho más sanguinario.

Mozgus, el inquisidor de Berserk, GEMBA/ Millepensee/ Liden Films, 2016

Sin embargo, al respecto es superado por Mozgus, el inquisidor de la primera temporada de la serie Berserk, emitida el año pasado. Representado con vestimenta sacerdotal y sombrero saturno, acompañado de seis personajes que lo asisten como torturadores, es el único del que vemos además una práctica ascética, intensa aunque muy característica, también es el único que representa realmente el papel de un juez investigador del delito de herejía. Por supuesto, es el más intransigente de los cuatro, el más orgulloso de su condición clerical, que defiende con energía desde su primera aparición.

Los torturadores que acompañan a Mozgus, Berserk, GEMBA/ Millepensee/ Liden Films, 2016

Sala de tortura del inquisidor Mozgus, Berserk, GEMBA/ Millepensee/ Liden Films, 2016

En suma pues, una representación de los inquisidores medievales que no tiene nada de histórica, sino que corresponde bien a los clichés más clásicos, y más aún, que se hace cada vez más explícitamente violenta y sanguinaria, conforme se cruza además con la representación de la cruzada. Paradójicamente, estos antagonistas cada vez más crueles pueden contribuir a hacer brillar más a los héroes de la historia. No podemos sino volver a la problemática planteada por Vanina Papalini (Animé, mundos tecnológicos, animación japonesa e imaginario social, 2006), en el sentido de que la animación japonesa debería parte su éxito a haber ofrecido nuevas figuras de héroes, menos perfectas que aquellas a las que nos había acostumbrado Hollywood. Esos héroes, complejos, tampoco faltos a veces de momentos de debilidad y de violencia, resultan beneficiados de ese contramodelo de intransigencia que ofrece la representación de los Inquisidores medievales, permite mostrar de manera más clara los valores que la animación japonesa promueve –punto que espero desarrollar en otro momento – y que constituyen un factor que posibilita su recepción, incluso religiosa.