Asunción

Ayer ha tenido lugar una de las festividades marianas más importantes históricamente hablando, y tal vez también una de las más eclipsadas, aunque eso depende de cada región. Me refiero por supuesto a la fiesta de la Asunción de Nuestra Señora. Aunque la fiesta ha figurado desde hace siglos en el Breviario Romano, como a muchos otros misterios marianos, la aprobación pontificia le llegó en fecha más bien reciente, en 1950, por el papa Pío XII. No se trata de una fiesta cualquiera, es ni más ni menos que la conmemoración del ascenso al cielo en cuerpo y alma de la Virgen María. “Hoy sube arrebatada, en alas de querubes, a iluminar las nubes, la reina celebrada” como decía una cantada novohispana del siglo XVIII. En muchas ciudades del mundo hispánico había, en el siglo XVIII al menos, las pompas del caso. Allá en el mundo andino, la campana mayor de la Catedral de Cuzco, la María Angola, anunciaba con repique la salida de la procesión.

IM000732.JPGLas de la Catedral metropolitana de México repicaban también, pero desde las cuatro de la mañana para anunciar los laudes solemnes. La procesión, más tarde en la mañana, era asimismo un espectáculo religioso, con la presencia de todas las órdenes recorriendo los alrededores de la Catedral metropolitana, haciendo estación en el altar de los Reyes, llevando bajo de palio la imagen de la Virgen “toda de oro y piedras preciosas”. Imagen de la virgen que en Sevilla era ni más ni menos, como hasta la fecha, la Virgen de los Reyes, patrona de la ciudad, la cual también salía a recorrer los alrededores de su catedral “por debajo de gradas”. Las dimensiones de la catedral sevillana, permitían en realidad dos procesiones, la segunda por dentro de las naves de la iglesia para devolver la imagen a su capilla.

godong_fr346388c-68b92Sin embargo, no era en el mundo hispánico, sino en el reino de Francia, “la hija mayor de la Iglesia” como se decía entonces, donde la solemnidad cobraba mayor relieve. Así como la Corona hispánica tenía su voto jurado al misterio de la Inmaculada Concepción, los Borbones franceses hicieron lo propio en el siglo XVII. Hoy en día incluso, la arquidiócesis de París ha tratado de recuperar la tradición, y de unos años a esta fecha se realiza una pequeña procesión con la imagen de plata que el último rey borbón, Charles X regalara a la catedral de la capital francesa, con la característica de que se trata de una procesión fluvial.En efecto, como se ve en la foto, que me he tomado la libertad de tomar prestada del sitio web de la Catedral, la procesión se embarca y recorre el Sena en torno a la Île de la Cité.

Todas estas procesiones me parecen interesantes, por sí mismas sin duda, pero además porque en todas ellas, y he repetido la palabra intencionalmente, resalta un elemento central: la catedral. La catedral era sin duda la iglesia principal de la ciudad, en principio por sus dimensiones, frente a las cuales, en el siglo XVIII difícilmente había edificio alguno que pudiera hacerle competencia en el espacio urbano. Desde sus torres, sus campanas las hacían además dominar no sólo el paisaje visual, sino también el sonoro, imponiendo (no sin resistencias) su jerarquía sobre las otras corporaciones, religiosas y civiles del mundo urbano del Antiguo Régimen. Predominio urbano que era celosamente defendido por la prestigiosa corporación que la gobernaba, el cabildo catedral.

La GiraldaAdemás, en lo religioso, la Catedral era la sede del obispo, “matriz del obispado”, lugar principal del culto. En ellas tenían su santuario algunos de los símbolos religiosos más importantes de la comunidad, joyas no sólo religiosas sino artísticas, como la imagen descrita en el caso de la Ciudad de México. Las catedrales desde luego están especial más no exclusivamente asociadas con la Virgen, que es patrona de la gran mayoría de las que fueron construidas como tales desde la Edad Media hasta el siglo XIX. La fiesta de la Asunción, auténtica apoteosis de la Virgen, no podía sino constituir un oportuno momento para recordar, de manera sensible, entre repiques de campanas para los oídos e imágenes majestuosas para los ojos, el predominio de la catedral haciendo que su patrona recorriese su propio contorno. La procesión en efecto, es practicamente una salida de la imagen a recorrer, a tomar posesión y a santificar nuevamente su enorme edificio y su particular territorio. La procesión simplemente rodea el templo por “el cementerio” (es decir, el atrio) en México, “por las gradas” en Sevilla, deteniéndose sólo en los lugares de mayor honor. Los canónigos que portan a la Virgen, se aseguran de que sean testigos de este recordatorio de su predominio las otras corporaciones religiosas, en México a los frailes, o le asocian otros símbolos, asimismo los de mayor jerarquía de la ciudad, como la campana mayor en Cuzco.

Acto de devoción a uno de los símbolos religiosos más importantes de la ciudad, recordatorio del predominio del templo y de su corporación, la fiesta de la Asunción de la Virgen era sin duda uno de los hechos mayores de la vida urbana del Antiguo Régimen.

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