Apuntes sobre un pontificado

He querido retrasar un poco la entrada de esta semana para coincidir con el quinto aniversario de la elección del papa Benedicto XVI, que tuvo lugar el 19 de abril de 2005. En esta ocasión, más aún que en cualquier otra, hablaré más bien desde una cierta ignorancia, pues aunque he tratado de seguir la actualidad de la Iglesia católica, no es mi tema de investigación. Sin embargo, también creo que en tanto historiador es posible una mirada particular sobre el presente, que tal vez pueda resultar de interés para el amable lector. Así, no presento aquí sino unos apuntes breves y un tantos dispersos sobre los temas que más me han llamado la atención del pontificado en curso.

En primer término, estos cinco años me parecen interesantes por la presencia en el trono de San Pedro de un profesor universitario de Teología en el sentido más estricto. Ello es evidente tanto en los contenidos como en el estilo de sus discursos: contrario a su venerable predecesor, el papa Benedicto XVI pontifica poco y explica mucho. Incluso cuando improvisa, sus homilías y alocuciones son por lo general verdaderas cátedras, en ellas expone sin duda posiciones muy concretas y discute con amplitud las posiciones contrarias, pero que no tienen el estilo de la admonición o el sermón. Los contenidos además, son muy eruditos e intelectualmente muy interesantes. Una prueba tal vez un tanto banal: recuerdo su alocución ante el mundo intelectual parisino en el Collège des Bernardins donde varios de los profesores del Institut de France terminaron sacando plumas y papel para ir tomando notas.

Personalmente, si algo me ha parecido interesante son sus alocuciones de las audiencias generales de los miércoles. Luego de terminar los comentarios de los salmos que había dejado inconclusos su predecesor, emprendió una auténtica historia de la Iglesia hecha de biografías, sobre todo pero no exclusivamente, de las grandes figuras intelectuales de la teología católica comenzando con los propios Apóstoles y ahora ya vamos en la escolástica. Su elección de personajes y temas merecería una tesis. Cierto, están los que no podían faltar como San Agustín, Santo Tomás de Aquino o San Buenaventura (que fue una alución especialmente emotiva considerando que retomaba los temas de su tesis de doctorado), pero ha retomado a otros no tan conocidos. Del mundo oriental por ejemplo a Efrén el Sirio o a Romano el Méloda, pero también recuerdo su interesante alocución dedicada a las mujeres que aparecen citadas en las epístolas de San Pablo.

En segundo lugar, y tal vez derivado de su carácter de universitario, se distingue por no ser un pontífice autoritario. Lo anunció desde su homilía en la misa de inicio de su pontificado y creo que lo ha cumplido cabalmente, no pretende gobernar la Iglesia él solo. Me parece interesante al respecto su toma de posesión sobre el tema de los divorciados. Recién electo, en julio de 2005, desde sus vacaciones en Les Combes, exponía públicamente sus reflexiones sobre la validez o no de un matrimonio sin fe, celebrado sólo por cumplir por la tradición, y exponía la tradición ortodoxa oriental, que sin cuestionar la indisolubilidad del matrimonio, prevé una posible segunda bendición sacramental que permite acercarse a la comunión, aunque con un carácter más bien penitencial. Sin embargo, la asamblea del sínodo de los obispos de octubre siguiente, que aunque dedicado a la Eucaristía tuvo intervenciones sobre el tema del matrimonio, se caracterizó por estar bastante lejos de siquiera considerar las posturas expresadas por el Papa.

En general, las asambleas sinodales son buena prueba de un carácter más abierto a la colegialidad, me atrevería a decir. Desde la asamblea de octubre de 2005 se abrieron mayores espacios a la discusión libre entre los participantes, se hicieron públicas las discusiones, y los servicios informativos del Vaticano proporcionan traducciones preliminares de los documentos finales de las reuniones, aún antes de su validación por el Papa.

Asimismo, si algo sorprende es que aparece siempre dispuesto a dar explicaciones de sus decisiones. Lo ha hecho sobre todo a través de cartas públicas, con motivo del cambio de estatus de la Iglesia en China, sobre el levantamiento de la excomunión de los obispos ordenados por M. Lefebvre y con motivo de los abusos sexuales por parte de clérigos revelados en fecha reciente, esta última por cierto, especialmente interesante y a la que espero dedicarle alguna entrada próximamente.

Ahora bien, si es un pontífice dispuesto a escuchar a sus hermanos obispos, no por ello deja de tener prioridades particulares. Así, es un pontificado muy marcado por la búsqueda de un equilibrio entre razón y fe, que inspire un renovado diálogo ecuménico. Son casi innumerables las ocasiones en que el Papa critica el fanatismo religioso (cierto, cuidando siempre de no utilizar ejemplos cristianos, como en el célebre “discurso de Ratisbona”) como religión sin razón, al mismo título que el “secularismo” y las que considera sus principales consecuencias, el nazismo y el estalinismo, la razón sin religión. Bajo esa misma premisa, ha habido una preocupación constante por el diálogo con otras confesiones cristianas, especialmente con las iglesias greco-ortodoxas, que han llevado hasta el reconocimiento otrora inimaginable de la primacía del Papa (aunque sin que se desprendan de ello todavía consecuencias concretas), y con otras religiones, en particular el islam. Serán sin duda pasajes célebres para la historia la carta de los 138 intelectuales del islam y la reunión con el rey de Arabia Saudí, custodio de los santos lugares musulmanes.

Las reuniones con los representantes musulmanes, resultado más importante del discurso de Ratisbona, han permitido la elaboración de declaraciones comunes en las que aparece claro un reclamo fundamental de parte de la Santa Sede: la aceptación de ciertos principios derivados de la racionalidad moderna, en particular, la laicidad. “Es necesario acoger las verdaderas conquistas del iluminismo” decía el Papa en un discurso a la Curia en 2006. De ahí que no debiera sorprender la acogida dada por él mismo a críticos del fundamentalismo islámico como Oriana Fallaci y el bautismo que personalmente impartió a Magdi Allam en 2008.

En cuarto lugar, un tema que me llama la atención por mis propias preocupaciones: la liturgia. Es otro asunto en que el Papa ha mostrado un interés muy personal, y del que se recuerda en particular el motu proprio que estableció el rito tridentino como rito extraordinario de la Iglesia. En tal documento, como en sus discursos, y sobre todo en el ceremonial pontificio, Benedicto XVI ha dado muestras claras de querer marcar de manera más clara la tradición milenaria de la Iglesia. Cabe decir, la tradición en su sentido integral y no sólo con el ultramontanismo, como quisieran los llamados “tradicionalistas”. Los gestos del Sumo Pontífice al respecto son múltiples: baste citar el palio que se le impuso al inicio de su pontificado, que recordaba prácticamente los iconos orientales, así como el retorno de Domenico Bartolucci a la dirección del coro de la Capilla Sixtina. Desde luego, saliendo del tema litúrgico, la prueba más evidente de ese deseo de inscribir todo en la tradición es la interpretación en ese sentido del Concilio Vaticano II.

Quinto punto, Benedicto XVI pareciera mucho más dispuesto a tratar todos los temas pendientes del final del pontificado de Juan Pablo II, incluso los más debatidos al interior de la Curia romana. Entre ellos se cuentan por ejemplo las relaciones con China, que es sin duda uno de los grandes problemas de estos cinco años, pues aparentemente no ha habido ningún avance con el gobierno de ese país, que sigue respaldando una iglesia nacional independiente. En cambio, las relaciones con Rusia han mejorado mucho, siendo que el Patriarcado de Moscú había recibido bastante mal el restablecimiento de la jerarquía católica en Rusia a finales del pontificado de Juan Pablo II.

Mas desde luego, el tema más evidente y difícil es el de los casos de abusos sexuales a menores por parte de clérigos. Si durante una parte de su gestión como prefecto de la Congregación de la Doctrina de la Fe el entonces cardenal Ratzinger no mostró especial interés en abordar el asunto, cuando menos de entre 2001 y 2004 data un cambio importante al respecto. Es de entonces que datan los lineamientos para centralizar en ese dicasterio todos los casos de abuso y los mandatos para que finalmente todos los procesos abiertos siguieran un proceso regular. La recientemente publicada carta del cardenal Castrillón, por entonces (2001) prefecto de la congregación del Clero, felicitando al obispo de Lisieux por no haber denunciado a un sacerdote acusado de dicho delito, da cuenta de que entre los altos cargos de la curia la “intransigencia” contra este tipo de casos tardó mucho y fue muy difícil de imponer. Incluso ya habiendo llegado Benedicto XVI al trono de San Pedro, el caso del fundador de los Legionarios de Cristo, el padre Marcial Maciel, habría contado, según versiones de Sandro Magister, “vaticanólogo” del semanario L’espresso con el respaldo del cardenal Sodano, secretario de Estado heredado del pontificado anterior.

Sin embargo, a lo largo de estos cinco años el Papa pareciera ser el principal impulsor, al interior de la curia romana desde luego, de un abordaje serio y público de este problema, como lo muestran sus ya varias intervenciones al respecto, que culminan en la carta ya citada a los católicos irlandeses. La mirada exactamente inversa que se tiene en los medios, da cuenta, por cierto del sexto y último gran tema del pontificado que quiero tratar aquí: las dificultades en las diversas oficinas comunicación del Vaticano, incluyendo al prestigioso Osservatore Romano, y más aún, los problemas de comunicación entre los diversos dicasterios de la curia romana.

Sobre lo primero, ha habido vacíos muy notorios, como que no hubo durante varias semanas una versión íntegra del “discurso de Ratisbona”; en cuanto a la curia, será por ejemplo un reto para el historiador del futuro entender cómo pudo ser que el cardenal Kasper, presidente del Pontificio Consejo para la unidad de los cristianos, declarara no tener conocimiento del decreto levantando la excomunión a los obispos lefebvristas hasta después de publicado.

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