Apropiándose de la visita episcopal

La apropiación por parte de los pueblos de las ceremonias encabezas por el clero no es ninguna novedad en la historia del catolicismo. Puede ser, cierto, un gesto anticlerical, en la época contemporánea, pero con mayor frecuencia ha sido una forma de apropiarse del culto. En tierras americanas es algo que sucede por doquier desde el siglo XVI al menos. Para el Perú, los trabajos de Juan Carlos Estenssoro dan cuenta de ello entre los indios de finales del XVI que irónicamente serían acusados de continuadores de prácticas idólatras; en Guatemala Douglas Sullivan-González aporta ejemplos del siglo XIX, cuando ciertas regiones de ese país padecieron una fuerte baja en la presencia clerical. Aquí presento un ejemplo del siglo XVIII, de tierras de Nuevo México, concretamente del pueblo de Pecos. Sus habitantes se atrevieron a “parodiar” ni más ni menos que las ceremonias de la visita episcopal, la de monseñor Pedro Tamarón de 1760. A decir verdad desconozco si este documento ya será conocido de la historiografía de la región y si habrá estudios al respecto, ya que es interesante por varios motivos. Se trata no sólo de un extenso relato que cuenta de forma detallada cómo los fieles quisieron apropiarse del fasto y de la fiesta en honor de la más alta autoridad eclesiástica de toda la región de la Nueva Vizcaya, sino además concluye con un acto de “justicia divina”, en que la naturaleza venga el ultraje hecho a las ceremonias eclesiásticas. Lo presentamos aquí como un buen testimonio de la importancia que podía llegar a tener la liturgia para los pueblos, hasta el punto de querer reproducirla a detalle, no menos que de los esfuerzos de los pastores para proteger lo que para ellos eran unas “ceremonias sagradas”, propias exclusivamente de personas con ese mismo carácter, es decir, el clero.

AGI, Guadalajara, 556.
Visita del obispo de Durango, remitida en carta al rey de 13 de marzo de 1765.

“Suceso raro en Pecos

El día veinte y nueve de mayo de mil setecientos y sesenta pasé al pueblo de indios Pecos, me recibieron con demostraciones de regocijo, salen a caballo, hacen muchos torneos en que dan a conocer lo diestro y ejercitados que están en andar a caballo, visité aquella iglesia y los confirmé, me acompañaba escolta de soldados y el padre custodio. En mi familia llevaba un negro ladino y de razón que me servía a la mano, es corpulento y bien apersonado, el que debió hacer novedad a los indios, concluí la visita de aquel reino y salí para fuera por julio, el mes de septiembre dispusieron aquellos indios de Pecos una función que fuera semejante a la de mi recibimiento y otras que allí celebré, el promotor de esta fechoría fue un indio de los principales de aquel pueblo llamado Agustín Guichi, oficial de carpintero, éste se hizo obispo y para presentarse a los suyos como tal trazó y cortó las vestiduras pontificales formando la mitra de pergamino, la tiño con tierra blanca, la capa a modo de la pluvial con que se confirma fabricó de una tilma y con otra dispuso el roquete y de una caña sacó su báculo a modo del pastoral, todo esto se lo vistió el dicho Agustín, montó en un jumento y para que le acompañaran a modo de asistentes se prepararon dos, uno que hiciera el papel del padre custodio, a este le pusieron una vestidura a modo de su hábito franciscano y al otro embijaron de negro, que figuraría al mío. Estos dos también montaron en semejantes caballerías y junta toda la indiada y también otros que no eran indios, y tocando una caja o tambor con grande algarata, todo el acompañamiento a que cerraban los tres montados y [en] el medio Agustín, fingido obispo, y vestido a su modo. Como tal partieron para el pueblo, en donde entraron a la una del día catorce de septiembre de mil setecientos y sesenta, enderezaron para la plaza en la que estaban las indias en dos filas de rodillas, y el Agustín ficto obispo les iba repartiendo bendiciones. Así fue entrando hasta el puesto donde tenían prevenida una gran ramada, y en ella dos asientos, que ocupó el principal Agustín, que iba en calidad de obispo, y el otro Mateo Cru, que se hacía custodio, y éste luego se levantó en voz alta intimó al concurso que mandaba el obispo llegaran a confirmarse.

Obedecieron y prontamente y el Agustín vestido de obispo a cada uno que llegaba el modo que usaba para confirmarlos era con agua, les hacía una cruz en la frente y dándole bofetada se iba aquel y venía otro. En esto gasto el tiempo que necesitó para despachar su gente, y acabadas las confirmaciones se ministró la comida que estaba preparada, a que se siguió el baile con que cerraron la tarde. Al día siguiente se prosiguió la diversión y festejo, que se principió con misa que el obispo Agustín fingió decir en la misma enrramada en la que a la manera de comunión distribuyó pedazos de tortilla de harina de trigo y lo demás del día fue la diversión en bailar y lo propio se continuó el tercero día con que se cerraron aquellas bullas y festines.

Al cuarto día, quedándose ya el memorable Agustín sin los quehaceres de sus burlescos entretenimientos de obispo por irrisión, trató de mirar por sus haberes, fue a visitar su milpa o maizal, que distaba media legua cercana al río, después se sentó al pie de un árbol sabino a la frente del máiz, allí estaba bien caída la tarde acercándose la noche, y por la espalda se le arrojó un oso con tal fiereza que haciendo presa en su cabeza le arrancó el cutis de ella, la parte que le ocuparía el asiento y encaje de la mitra, pasó a la mano derecha y se la destrozó, en el pecho le dio otras mordeduras y se fue para la sierra. El hermano del herido, Joseph Churume declara que después que fue herido su hermano llegó a ver qué le había sucedido y que Agustín le recibió diciendo: Hermano, ya Dios me castigó. Agustín Turijundi, hijo de Agustín Guichi refiere en su declaración que su padre, después de herido, estando ya en su casa le llamó y mandó cerrar la puerta y ya solos le hizo la monición siguiente: Hijo, yo he hecho pecado grande y por él me castigó Dios y así te mando que no lo hagas tú ni tus hermanos, aconséjaselo todos los días y a todas horas. Que esta fue la exhortación que le hizo antes de morir. El fiscal del pueblo Juan Domingo Jarizari testifica que él fue a registrar el rastro del oso y que reconoció sus huellas y vio que cuando el oso bajó de la sierra no llegó a las milpas sino por todo el camino hasta que hirió a Agustín Guichi y que luego se volvió a la sierra sin comer maíz, esto dice el fiscal y también que los osos no embisten a los hombres si no es cuando los persiguen y en esto contestan los otros testigos.

Se confesó Agustín Guichi con intérprete, que lo es de Pecos un indio que se nombra Lorenzo, éste refiere en su declaración que el padre fray Joaquín Xerez, misionero de aquel pueblo le llamó para que asistiera como intérprete a la confesión, y que después le dio el santo óleo de la extremaunción. El mismo padre misionero certifica enterró en aquella iglesia el cuerpo de Agustín Guichi oficial de carpintero, el día veinte y uno de septiembre de mil setecientos y sesenta, se hizo información y sumaria jurídica de todo lo expresado en virtud de auto que yo proveí dando comisión a D. Santiago Roybal, vicario y juez eclesiástico de la villa de Santa Fe y su distrito, [quien] examinó nueve, tres de ellos soldados españoles de aquel real presidio que se hallaban de escolta en Pecos y estuvieron en el festejo y función burlesca, y como testigos de vista lo declaran, y otro que no era soldado ni indio que se dice Juan Gallegos, que se halló presente. Este ejemplarísimo suceso quiso el Altísimo Señor del Cielo y Tierra quedase para escarmiento de aquellas remotas naciones, y que hagan el debido aprecio de las funciones de su Santa Iglesia y ministros de ella, y todos pongamos más cuidado en venerar las cosas santas y sagradas, pues el castigo acaecido no da lugar a que se atribuyan sus notables circunstancias a casualidades del tiempo.”

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