Antonio Gómez vs. luces, danzas y fuegos artificiales, 1804

En estos días el cielo nocturno de  Lagos de Moreno se ilumina con frecuencia con los fuegos artificiales de las fiestas patronales más diversas, las de San Francisco Xavier y las de Inmaculada Concepción en el pueblo de Moya, por ejemplo. Con ese motivo, me pareció oportuno continuar la presentación de un documento del que he tomado fragmentos en otras dos ocasiones: la extensa representación al rey firmada bajo el seudónimo de Antonio Gómez en la Ciudad de México, el 27 de enero de 1804. No creo que sea necesario repetir aquí los datos que ya he citado a manera de introducción en esas entradas, por lo que paso directamente a presentar este fragmento, en que Gómez (o Francisco Sosa, como también firmaba), denuncia algunos puntos de las fiestas patronales de la época: las iluminaciones, las danzas y los fuegos artificiales. Buen hijo del catolicismo ilustrado, el autor critica los excesos festivos del culto, en primer lugar (aunque este punto concreto no se aprecia tanto aquí) por ser “profanaciones” de lo sagrado, que juzgaba necesario proteger tanto por la autoridad eclesiástica como por la civil. Esa profanación lo es ante todo del orden moral: la fiesta es propicia para los pecados más vergonzosos, protegidos por la oscuridad nocturna. A ese tema estrictamente religioso se suman dos inquietudes: en primer lugar la producción, pues las prácticas festivan distraen a la gente del trabajo, denuncia que es bastante directa y que antecede lo que unos años más tarde dirá la prensa liberal en el sentido de que la mejor manera de rendir honor a Dios es el trabajo honrado. Segundo, el monopolio de la autoridad civil en el control de las manifestaciones festividades: éstas, son legítimas sólo cuando están destinadas a exaltar a la Corona, y cuando sus representantes encabezan sus manifestaciones, de manera bien ordenada. Dejemos pues la palabra a Antonio Gómez o Francisco Sosa.

AGI, México, 2688. Representación de Antonio Gómez, México, 27 de enero de 1804.

Segundo punto: éste se reduce a hacer ver a V.M. que los mismos desórdenes por que se han quitado en el edicto los maitines de la Natividad a puerta abierta, militan para que se mande así al arzobispo en cuanto a que no se abran las iglesias, como al virrey para que no permita las iluminaciones, vítores y danzas que en esta capital hay en las festividades de los santos fundadores de las religiones de ambos sexos, y patronos de las iglesias, como son Santo Domingo, San Francisco, San Agustín, San Lorenzo, San Bernardo, San Gerónimo y otros, como también ciertas danzas de moros, cristianos y cautivos; que en las festividades de las advocaciones de la Santísima Virgen de la Merced, Loreto, el Carmen, San Juan de Dios y otras que acostumbran celebrar la gente de la plebe, como son algunos españoles, mulatos, negros, lobos y otras castas que aquí se componen los artesanos y jornaleros, cuyas danzas no se reducen a otra cosa que a no trabajar por ocho o más días en sus talleres de carpintero, herrero, sastre, etc. a embriagarse y a pretexto de dar culto con estas danzas a los santos, sacar unas máscaras por la ciudad y barrios con instrumentos músicos de tambores, pitos, gitarras, o vihuelas, violines, etc., y a volver a suscitar en estos días aquellas antiguas máscaras del carnaval o carnestolendas, aconteciendo lo mismo en las festividades de los Dolores y el Rosario que se celebran la primera en una dominica de septiembre y la segunda en la dominica primera de octubre, los desórdenes que hay en estas fiestas de maitines nocturnos, de embriagueces, fornicaciones, muertes, robos y otra infinidad de crímenes y maldades no basta la elocuencia de un San Juan Crisóstomo para ponderarlas. Esas fiestas del Hornillo, a Nuestra Señora de Guadalupe, la de Necatitlán a la del Rosario, la de los meleros que llaman la de los baratilleros y los jugadores de la pelota son un exceso de crímenes y maldades, y aunque para que no se quiten se alegará la real orden copiada entre las providencias de gobierno recopiladas por el señor Montemayor y Beleña en el primer tomo de los Autos acordados, providencia número 343, comprendida en el índice bajo la palabra Fuegos Artificiales, por la que con fecha de 5 de abril de 1781 comunicó a estos dominios el excelentísimo señor don José de Gálvez, suplico a V.M. que en cuanto a que no se tiren cohetes a mano, en cuanto a que no haya cámaras o pedreritos en las puertas de las iglesias y funciones ya por las desgracias que causan, ya porque descomponen los cimientos de las casas, los empedrados de las calles y bóvedas de las iglesias, como también por espantarse las mulas de coches que están a las puertas de los atrios o cementerios, por lo que suplico que en esta parte se derogue como también en que no haya fuegos artificiales de noche, excepto los que V.M. tiene mandado se hagan en honor de la Santa Bula de Cruzada.

Por tanto: suplico rendidamente a V.M. se sirva prevenir a los señores virrey y arzobispo cada uno en la parte que le toca hagan publicar el uno por edicto y el otro por bando que en las festividades de los fundadores de religiones y patronos de todas las iglesias, así seculares como regulares, no haya maitines ni concurrencias nocturnas a puerta abierta, ni en las iglesias ni en sus cementerios, que no se iluminen las torres, que dados los toques de la oración, no se repique ni a mano, ni a vuelta de esquila, excepto el caso de un incendio, que en las calles próximas a las iglesias donde se celebra la función no se ilumine ni pongan faroles, linternas y que todo lo que había de haber de fuegos artificiales, como son árboles o castillos, se quemen de día acabada la función. Exceptuándose de esta regla la Iglesia Catedral, pues en todas las festividades en que ha sido costumbre tenga maitines a puerta abierta, los tendrá, repicará, repecto a que tiene los competentes mozos o criados para que lo ejecuten y no permite en sus torres muchachos ni holgazanes, exceptúase también la iluminación que el día once y doce de diciembre de cada año se hace en honor de María Virgen de Guadalupe, en que se ilumina toda la ciudad, exceptuánse los fuegos de las bulas y todas aquellas iluminaciones que se celebran por la exaltación de nuestros soberanos al trono, por los matrimonios y partos de los reyes, reinas y príncipes de España, y últimamente todos aquellos casos en que el gobierno, por justos motivos, lo mande por bando, y últimamente suplico a V.M. que con arreglo a las circunstancias del país, mande al señor virrey imponga las penas convenientes así a los nobles como a los plebeyos.

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