Antonio Gómez vs. campanas, 1804

Antonio Gómez o Francisco Sosa, es un seudónimo bien conocido en la historiografía mexicanista. Aunque desconocemos su verdadero nombre, se hizo célebre como autor de varias representaciones dirigidas al Consejo de Indias y otros personajes importantes de la corte de los últimos años del reinado de Carlos IV, en que denunciaba los más diversos puntos de la policía urbana de la Ciudad de México bajo el virreinato de José de Iturrigaray. Sus escritos siempre extensos, entusiastas, llenos de referencias a la legislación de tiempos de las Reformas borbónicas, mostraban amplios conocimientos en cada punto, a pesar de estar redactados con una caligrafía que hace sospechar de su práctica constante de la escritura. Ya ha sido estudiado por algunos autores, sobre todo por Verónica Zárate Toscano, quien estudió su caso en artículos como “El proyectismo en las postrimerías del virreinato”, publicado en 2000 dentro del libro La diversidad del siglo XVIII novohispano. Homenaje a Roberto Moreno de los Arcos, editado por la UNAM. La doctora Zárate, asimismo, compiló buena parte de los textos en la obra Orden, desorden y corrupción según un escritor anónimo, 1802-1804, publicada por el Instituto Mora.
A pesar de ese esfuerzo, faltan todavía algunas pocas cartas de Gómez/Sosa que quedan sin publicar. Aquí me interesa llamar la atención sobre una de las dos que dirigió al rey en el Consejo de Indias con fecha 27 de enero de 1804, en que denuncia por extenso lo que denomina “abusos de disciplina eclesiástica” en México (cabe recordarlo, hay otra carta de esa misma fecha pero sobre pompas fúnebres).
Hombre que se caracterizaba por una sensibilidad poco propicia a los fastos barrocos, en ella pasa revista crítica a varias de las prácticas más comunes de los habitantes de la ciudad en fiestas y procesiones, sin dejar de lado el uso y abuso de uno de sus instrumentos sonoros más importantes: la campana. En aras de la brevedad, me he limitado a presentar aquí lo que critica de ellas, y claro está, las soluciones que propone. Como puede advertirse, el sonido de las campanas, tan estimado por los pueblos de la época, no merece ningún aprecio en el autor, quien insiste en la reducción de su sonido.

Archivo General de Indias, Audiencia de México, legajo 2688.

“Tercer punto: sobre campanas.
Aunque en 23 de octubre de 1791 se publicó un admirable edicto sobre campanas y su buen uso y manejo, como podrá verse en el tomo cuarto de Gacetas de México, Gaceta número 45, página 417, y aunque en 28 de marzo de 1795 por cédula comunicada por ese supremo tribunal con dicha fecha, se aprobó al excelentísimo e ilustrísimo señor arzobispo difunto dicho edicto, y se desatendió la instancia que en ese tribunal supremo movieron los religiosos de Santo Domingo de esta Ciudad de México, con todas estas firmezas no han tenido subsistencia tan admirables providencias. Pues sin embargo de que V.M. y su Supremo Consejo de las Indias denegaron la solicitud de los padres dominicos para que a vuelta de esquilas se repicase en las funciones de los santos fundadores de las religiones y patronos de las iglesias, así seculares como regulares, se ha comenzado a quebrantar en el presente año de 1803, pues bajo informes falsos de las religiones de ambos sexos, se ha sacado la licencia del actual ilustrísimo señor Lizana, y como este señor no está impuesto de los justos motivos que a pedimento nada menos [que] del gobierno se dictó el tal edicto.

Otro de los puntos a que desde que murió el señor D. Alonso Núñez de Haro y Peralta se ha contravenido así por las iglesias seculares, como regulares, (excepto la Catedral, que es invariable en su buen orden de disciplina) es a los dobles y redobles en todas las iglesias, ya por cualesquier rico aunque no sea hombre de dignidad en la república, pues que no será siendo un marqués, un conde, un regidor u otra persona de graduación, y principalmente en las religiones de ambos sexos, que por cualesquier simple religioso doblan después de las doce del día, tocada la salutación angélica, al anochecer de la víspera del entierro, y según la diversidad de estatutos o reglas de las religiones de ambos sexos, en todas por nueve días continuos por cualesquier fraile o monja que muere, hasta por el ínfimo lego, con la diversidad que llevo dicho según los estatutos, de que en unas religiones es a las doce del día y oración de la noche, en que se canta el responso, en otras, como son los dominicos a las once y media del día, y en otras a las tres de la tarde con una imprudencia y tenacidad que echan las torres y campanarios abajo a dobles y redobles, portándose con tanta mala crianza y grosería los prelados y preladas de religiones con el público, y vecinos que viven contiguos a los monasterios e iglesias, que habiendo reconvenido muchos vecinos honrados y buenos republicanos, o bien por tener algún enfermo en sus casas, o bien por ser hombres literatos que tienen trabajo de cabeza o de negocios, y la respuesta de los prelados y preladas, y aun de muchos curas es que la iglesia o monasterio no puede dejar de doblar, y así que desocupe la casa o que les mande poner la torre en otro sitio que no les incomode, con mil boverías.

Por tanto, debo hacer presente a V.M. que ínterin por el gobierno secular no se tomen las providencias correspondientes, no se arreglará este punto tan interesante, pues así en el citado edicto como en el que su tiempo promulgó el eminentísimo señor Lorenzana, hay admirables providencias sobre campanas, mas como las multas son de una cortedad como un peso, y están dirigidas contra el criado campanero, que es contra quien menos se debe aplicar, sino contra quienes lo mandan, como son los curas, los superiores y superioras de los monasterios y padres sacristanes, de esto nos da un ejemplo el bando de 26 de septiembre de 1794 incluido en el sexto tomo de Gacetas de México, gaceta número 66, página 545 sobre demandantes, el cual punto ínterin estuvo encargado a sola la potestad eclesiástica nada se pudo arreglar en dicho punto, pues como todas eran penas espirituales como excomunión, etc., decían como dicen las viejas, con la excomunión podemos pasar pero con las multas no.

Por lo que suplico al excelentísimo señor virrey de Mëxico haga publicar por bando las providencias siguientes:

Primera, que todas las iglesias se arreglen al edicto del señor Haro, menos en las modificaciones que se hagan.

Segunda, se modifica el edicto del señor Haro, en cuanto a la providencia en que manda que los dobles hayan de ser de un cuarto de hora, pues sólo habrán de ser de cinco minutos, y estos solos dos, uno cuando se dé aviso en la iglesia de la muerte del sujeto y otro al tiempo de la procesión o paseo del cadáver en el féretro, se exceptúan los dobles de la Catedral y los de los entierros de los excelentísimos señores virreyes y arzobispos, y los de honras por muertes de nuestros soberanos y real familia, en cuyos casos se conformarán todas las iglesias con lo que ejecute la Catedral.

Tercera. Por ninguna persona ni secular, ni eclesiástica secular ni regular de ambos sexos se doblará nueve días como hasta aquí se ha hecho, ni se doblará en otra iglesia que en la que se entierre, y no en otra, con pretexto de hermandad, confraternidad o cofradía.

Cuarta. Los toques de campana a las ocho de la noche no durarán más que los cinco minutos dichos, y los mismos durarán el doble en los aniversarios de la novena de Ánimas, los que se hacen los lunes y cualquiera otros de honras o sufragios.

No se doblará por la noche, ni a las doce del día por ningún difunto, excepto los exceptuados [sic], ni a vísperas, excepto el día dos de octubre [sic], en que la Santa Iglesia celebra la conmemoración de los difuntos, tocándose el doble por cinco minutos al comenzar las vísperas de Difuntos, el día primero de octubre [sic] y al siguiente día dos, otros cinco minutos al comenzar la misa y cinco al responso y nada más.

No se repicará por la noche tocado el repique de la oración, ni se tocará a maitines, tinieblas, etc., si no es con las campanas chicas interiores de comunidad.

No se echarán repiques a vuelta de esquila, si no es en los casos que expresa el edicto citado del señor Haro, y en caso de que se pida licencia para otra función, se concederá con licencia de ambas potestades, eclesiástica y secular, oyendo ambas jurisdicciones la una al promotor fiscal y la otra a los señores fiscales civil y criminal, para que expongan si conviene o no dar la licencia o no darla.

No se permitirá subir a las torres o campanarios ni de día ni de noche, muchachos ni gente alguna.

Y a las iglesias, curatos, monasterios de ambos sexos, que contravinieren estas providencias, s eles sacarán de sus fondos cien pesos por la primera, doble por segunda y triplicado por tercera, y si esto no bastare tomará el gobierno las providencias que estime convenientes, encargándose a los señores fiscales promuevan cuanto sobre el particular les parezca conducente, y estén a la mira de si se cumple o no, tan útiles providencias.

Y a los criados campaneros que permitan subir muchachos o cualesquiera gente a los campanarios, y haya en ellos alguna muerte o quebrantamiento de miembros, se les imponga la pena de dos meses de grillete con destino a las obras públicas.

Cualesquiera del pueblo será parte para quejarse de lo que se cometa, por cualesquier iglesia, en contravención de estas providencias, y las multas se aplicarán por tercias partes, cámara de Su Majestad, ministros alguaciles y escribano y denunciador.”

Comentarios: