Amores platónicos clericales

Desde el siglo XI por lo menos, uno de los grandes temas de la diferencia entre el clero y el laicado en el seno del catolicismo es el celibato. Aunque es un tema que por su naturaleza es casi imposible de cuantificar, se sabe bien que desde entonces, no todos los sacerdotes respetaron el voto de castidad que se les exigía. En principio, a partir del siglo XVI sobre todo, los obispos tenían la responsabilidad de velar por que sus “súbditos”, como se decía en la época, respetaran cabalmente todo lo que los separaba de los fieles, desde el vestido y el corte de cabello (como he mencionado en otros artículos de este blog), y por supuesto también el respeto del celibato. Aquí un ejemplo de los esfuerzos en la materia de uno de los grandes obispos reformadores de finales del siglo XVIII y principios del XIX, don Juan Cruz Ruiz Cabañas, obispo de Guadalajara y de toda la Nueva Galicia. Es una carta de un clérigo de Lagos dándole cuenta al prelado de la conducta de un colega suyo, de las élites de la región, el doctor Iriarte, cuyos encuentros con una señorita de buena familia han llegado a los oídos episcopales. No conocemos, por ahora, los detalles de los actores involucrados, pero la carta por sí misma nos dice mucho, en cambio, de las preocupaciones y estrategias de los obispos para la vigilancia de su clero, de las formas de sociabilidad clerical de la época, que aquí se muestran también profundamente involucradas en el actuar de uno de sus colegas más notables,  de la comunicación constante entre el clero y las familias de la élite, y por supuesto, de la mirada sobre el amor y la pasión por parte de un clérigo.

AHAG, Sección Gobierno, Serie Parroquias, Lagos, caja no. 2, exp. s/n

Ilustrísimo señor.

Mi venerado prelado de todo mi respeto: Lo que he observado mucho tiempo ha, y los informes que mañosamente he tomado de personas que pudieran saberlo, me confirman más y más en la verdad de lo que dije a su señoría ilustrísima cuando pasé a tomar su bendición para tomar mis vacaciones. La comunicación del doctor Iriarte con Da. Concepción Arroyo no ha pasado en mi concepto de un mero amor platónico, sin que se llegara jamás a los excesos en que esta funesta pasión precipita a los que se dejan dominar de ella, olvidando sus obligaciones y rompiendo los frenos que los debían contener dentro de los límites de una justa moderación. Efectivamente, la consideración del puesto que ocupa el Dr. Iriarte, que es visible; el papel y representación que le dan sus riquezas y conexiones en esa ciudad y Zacatecas; el amor entrañable que profesa a sus padres, a quienes en caso de descubrirse alguna cosa que pudiera empañar su honor daría una grave pesadumbre, capaz de amargar sus cansados años; el respeto a la casa de Arroyo, que se ha elevado a tan alta esfera, y el que se debe a la reputación de su hija doncella, son muy poderosos retraentes que le han impedido cometer una acción, en que llevando el amor hasta sus últimos excesos, comprometiera su honor, el de la señora Arroyo, y perdiera sin remedio todo lo que podía esperar en su carrera y del amor de sus padres.

Pero todos estos motivos, aunque han tenido la energía bastante para que no llevara su pasión hasta un punto que la hiciera notoria e indisimulable, no han tenido tanta que lo hayan contenido de dar desahogo a sus deseos de mantener una comunicación que le es en extremo agradable, saliéndose para conseguirlo en medio de las dificultades que le hacían inaccesible el paso a ella, de cuantos arbitrios le ha sugerido su imaginación recalentada, y puesta en más activo movimiento por la dificultad de los obstáculos, los cuáles, me parece, se ha propuesto la ley de vencer, por sólo el capricho de lograr una empresa que se le niega con tanto ahínco y acaloramiento por parte de los Arroyos.

Y aunque tan grande empeño no parece compatible con un amor de la naturaleza, del que yo creo adolece el Dr. Iriarte, como en el trato de la vida común se ven otros que se le asemejan y aun en las monjas respecto a sus confesores se nota un ahínco muy parecido a éste, no será extraño que yo, que he observado el asunto tan de lejos, sin escudriñar curiosamente unos misterios, que los que los celebran ocultan con tanto cuidado, me haya engañado hasta la presente en la calificación de este manejo, pudiendo principalmente haber cegado en el particular la amistad que llevo con Iriarte, la cual siempre me ha hecho mirar este asunto por el aspecto más favorable.

Por lo que respecta al segundo encargo de su señoría ilustrísima, creo que los sujetos que más individual noticia puedan dar sobre esta comunicación son: el Dr. Vázquez, cura de Totatiche, que la vio nacer, porque frecuentaba en ese tiempo la casa de Arroyo; el Dr. Chavarino y D. León Cardona, quien sabrá lo que haya pasado en estos últimos años, desde que se regresó de México, pues antes de su ida aún no se comenzaba. Y aunque hay otros sujetos que estén instruidos en este asunto, éstos, o son del otro sexo, o personas interesadas por sus conexiones con la casa de Arroyo.

Me resta sólo que decir a su señoría ilustrísima que desde que Da. Concepción está en la casa de Da. Guadalupe, su hermana, sea por la absoluta imposibilidad que haya puesto la vigilancia de la última, sea porque Iriarte haya conocido cuán mal le está, esta comunicación se ha interrumpido, y no sé que se sostenga ni aun por medio de emisarios.

Esto es lo que en verdad puedo informar a su señoría ilustrísima, y si lo que llevo expuesto no es en todo conforme a otros informes que le hayan dado a su señoría ilustrísima, o a los que tuviere a bien tomar en lo sucesivo, esto no provendrá de que yo haya ocultado por malicia la verdad, que bien conozco la obligación en que estoy de descubrirla a quien legítimamente me la preguntare, sino de que se me habrá ocultado en un asunto que por su naturaleza pide muy secretas operaciones.

Dios guarde la importante [vida] de su señoría ilustrísima muchos años. Lagos, a 22 de septiembre de 1810.

Ilustrísimo señor.

Beso la mano de su señoría ilustrísima, su más rendido súbdito y seguro capellán.
José María Castro.”

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