Alegres repiques

DSC_0034Las campanas eran un elemento fundamental de los festejos públicos de los siglos XVIII y XIX. Los eruditos de la época e incluso los mismos prelados reformadores aceptaban el papel festivo de las campanas. Antonio Lobera y Abió recordaba por ejemplo en su obra El porqué de todas las ceremonias de la Iglesia y sus misterios que el toque de todas las campanas en las fiestas principales servía para «representar la mayor alegría de la Iglesia Militante, a emulación sagrada de la Triunfante».[1] Los obispos trataban de redirigir en un sentido devoto esas alegrías: en una carta pastoral del obispo de Málaga sobre el tema (1775) refería la función de solemnizar las fiestas como vía para inspirar en los pueblos el «espíritu de devoción que debe animarlos para santificar dignamente los días especialmente consagrados a Dios».[2] Los documentos de la época confirman de manera constante que los repiques eran parte indispensable de las celebraciones, de las solemnidades religiosas, pero también de las más estrictamente monárquicas. Sobre todo, nos muestran que, sin que mediaran necesariamente órdenes reales o episcopales, los habitantes de ambas orillas del Atlántico echaban a vuelo las campanas, o estimaban que así debía de hacerse, prácticamente a la menor provocación.

En efecto, recordemos tan sólo un incidente que agitó la Puebla de los Ángeles, en la Nueva España, en agosto de 1744. Por «unos rumores pueriles», como escribió el virrey en un informe posterior al Consejo de Indias, se extendió por la ciudad la noticia de que se había obtenido la beatificación del obispo Juan de Palafox y Mendoza. El suceso causó revuelo, sobre todo entre los jóvenes, según la averiguación que hiciera luego el oidor Domingo Valcárcel, quienes «queriendo subir a la torre a repicar», fueron detenidos por la caballería, reunida por órdenes del alcalde mayor, quien interpretó el alboroto como un tumulto.[3]

Desde luego, también la prensa del siglo XVIII abundó extensamente en reportes de festejos monárquicos, religiosos y de otros géneros en que se asociaba de nuevo la alegría de los diversos «cuerpos» de los reinos hispánicos con el repique de campanas. Citemos sólo algunos ejemplos puntuales de publicaciones madrileñas de la época. Pensemos en fiestas de la monarquía: «un repique general avivaba la común alegría» en Madrid, con motivo del nacimiento de los infantes en 1784;[4] en 1789, para la proclamación de Carlos IV en San Cristóbal de la Laguna, fueron «las campanas de todos los templos [las que] anunciaron los públicos regocijos con repiques al salir el sol»;[5] en Cuenca, el repique general vino a satisfacer «el impaciente deseo del pueblo» por la proclamación regia en 1790.[6] Con motivo del inicio del reinado, se celebró en Mahón la colocación en el salón del ayuntamiento del retrato de la reina, asimismo, con un repique «por los particulares motivos de gozo y regocijo» de la ocasión.[7]

Mencionemos en fin dos celebraciones universitarias. Para el doctorado de doña María Isidra Quintina de Guzmán y la Cerda en 1785, la ciudad de Alcalá «estaba llena de regocijo y alegría», que se manifestaban «alternando la orquesta y repique general de campanas».[8] En Oviedo, en 1789, el rector de la Universidad «hizo al punto anunciar al pueblo el gozo de que estaba poseído» por el ascenso a gobernador del Consejo de Castilla del conde de Campomanes, «hijo» de esa institución, «por medio de repique de campanas».[9]

El tono es el mismo en la Gazeta de México de esos mismos años: la licencia para fundar un colegio de niñas en la villa de Córdoba se celebra con repique en 1787, como parte de las «demostraciones que acreditaron el regocijo del vecindario»;[10] durante la proclamación de Carlos IV en la ciudad de Veracruz en 1790, «aumentó aquel público regocijo el general repique de campanas»;[11] ya a principios del siglo XIX, en 1802, la bendición de la casa de ejercicios de los oratorianos de México se anunciaba con «alegre repique».[12] En la retórica de los periódicos, las campanas eran una de las voces más importantes del regocijo público.

Gozos, regocijos, alegrías de vueltas de esquilas y repiques generales normalmente implicaban que los fieles subieran a las torres a ayudar a los campaneros a hacer sonar las campanas, cosa que preocupaba a las autoridades eclesiásticas. En los campanarios era constante la presencia de los jóvenes, a pesar de las prohibiciones al respecto de los obispos. En la capital novohispana es posible constatarlo, además, por incidentes que en su momento comenzaron ya a ser tenidos como «sensibles desgracias», como el que tuvo lugar en el verano de 1819, durante los funerales de la reina Isabel de Braganza: «un niño de diez o doce años», fue empujado por una de las esquilas de la iglesia de La Profesa «y estrellado en la calle», según decía el virrey Conde del Venadito a las autoridades religiosas de la ciudad.[13]

Tras la independencia mexicana, tan era claro que las campanas debían satisfacer demandas de los feligreses, que el gobernador de la mitra de México, en su reglamento de 1823, fue precavido y contempló un artículo para los reclamos de repiques, o en los términos del documento, ante la «violencia popular». «Si sus gritos, insultos y golpes a las puertas fueren excesivos», establecía el prelado, «es prudencia ceder».[14] En 1836, todavía se estimaban posibles nuevos incidentes, según se entiende de los artículos redactados ese año por los jueces hacedores para la Catedral, comprometiendo a los campaneros con el cuidado de las puertas de las torres. Asimismo, aunque permitía a los extraños colaborar en los «repiques generales», mandaba velar «que los que repiquen no pongan en riesgo su vida».[15]

Del lado peninsular, la prensa de la época siguió abundando en repiques generales, por lo común motivados por los eventos políticos: victorias militares, fiestas de la monarquía, juramentos constitucionales, etcétera. En esas latitudes también los hubo espontáneos, o al menos así fueron difundidos en la prensa: por ejemplo, en 1814, la Atalaya de la Mancha en Madrid, daba cuenta de que, apenas se supo en la capital la llegada de Fernando VII a Gerona, «hubo repique general de campanas sin mandarlo nadie».[16] Desde luego, es también de considerar que la prensa no sólo siguió estimando el repique asociado a la alegría popular, sino que ahora además los tomaba como prueba del respaldo a las tendencias políticas de cada publicación. Así, en 1813, el periódico antiliberal sevillano El tío Tremenda publicaba: «en los repiques de la clase del pasao [sic] […] da mucho gusto ver los de los patriotas rebozando aleluyas, fandangos y castañuelas»;[17] en un tono semejante pero desde una tendencia política opuesta, en 1820, El Universal daba cuenta de los repiques habidos Chipiona con motivo del juramento de la Constitución gaditana valorándolos como «testimonios con que aquellos sencillos habitantes han demostrado el gozo que les cabe en tan felices acontecimientos».[18]

En fin, tan se asociaba la campana al festejo, que ya a fines de la década de 1830, circuló impresa por la Península una «Canción de un sacristán», en que los repiques no tocaban sino un alegre son, que ya no era de regocijo público sino particular. En efecto, en este folleto la campana disimulaba un relato de la vida sexual de un sacristán agotado «de tirar tanto tirón» de las cuerdas de las campanas, por la exigencia de su esposa, la sacristana, quien decía insistente «mi cariño se acrecienta/ con tanta repetición».[19]

En suma, a pesar pues de que las campanas habían de convertirse en instrumento de los partidos de la época, continuaban siendo fundamentales en las celebraciones festivas. En el siglo XVIII, su sonido abundante era expresión de alegría, no sólo para los grupos populares sino también para canónigos y oficiales de milicias. Continuaron siéndolo en el siglo siguiente, hasta el punto de servir para inspirar versos de doble sentido.

NOTAS

[1] Antonio Lobera, El porqué de todas las ceremonias de la Iglesia y sus misterios. Cartilla de prelados y sacerdotes en forma de diálogo entre un vicario y un estudiante curioso, Barcelona, Imprenta de los consortes Sierra y Martí, 1791, p. 25.

[2] Manuel Ferrer, Carta pastoral que el Ilustrísimo señor Arzobispo Obispo de Málaga dirige a sus amados diocesanos sobre la bendición y uso de las campanas, Málaga, Impresor de la Dignidad Episcopal y de la Ciudad, 1775, p. 74.

[3] Archivo General de Indias (AGI, México, 1342, carta del virrey de Nueva España al rey, México, 24 de febrero de 1747.

[4] Mercurio de España, julio de 1784, p. 268.

[5] Ibidem, julio de 1789, p. 103.

[6] Ibidem, septiembre de 1790, pp. 443-444.

[7] Memorial literario, instructivo y curioso de la corte de Madrid, XVIII, 1789, pp. 6-7.

[8] Ibidem, junio 1785, p. 176.

[9] Ibidem, XIX, CIII, febrero 1790, p. 212.

[10] Gazeta de México, II, 28, 13 de febrero de 1787, p. 289.

[11] Ibidem, IV, 11, 1 de junio de 1790, pp. 93-94.

[12] Suplemento a la Gazeta de México, XI, 12, 9 de junio de 1802, p. 90.

[13] Archivo General de la Nación (AGN), Indiferente Virreinal, 5518, 13, 12-12v, minuta de la carta del virrey a las autoridades religiosas, México, 14 de julio de 1819.

[14] AGN, Justicia Eclesiástica, 26, 265-268, reglamento de campanas del gobernador del arzobispado de México, 1823, Este reglamento ha sido analizado por Anne Staples, « El abuso de las campanas en el siglo pasado », Historia Mexicana. XXVII, 2, México, 1977, pp. 183-185, también Marcela Dávalos, « El lenguaje de las campanas », Revista de Historia social y de las mentalidades, 5, Santiago de Chile, 2001, p. 195.

[15] Archivo Histórico del Arzobispado de México (AHAM), Fondo Siglo XIX, Jueces Hacedores, 110, 52, orden de los jueces hacedores de la Catedral Metropolitana de México a la campanera, México, 11 de mayo de 1836.

[16] Atalaya de la Mancha en Madrid, 13, 14 de abril de 1814, pp. 100-101.

[17] El tío Tremenda o los críticos del malecón, 21, 1813, p. 89.

[18] El Universal, 92, 11 de agosto de 1820, p. 337.

[14] Canción de un sacristán y trobos muy divertidos, Córdoba, Imprenta de Don Rafael García Rodríguez, 1837.

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