Aceite

Aunque en nuestros días puede parecer un líquido muy profano, el aceite ha tenido una larga historia en el catolicismo. Hasta hoy, se utiliza en varios sacramentos, especialmente en la extramaunción (o unción de los enfermos como se dice ahora), pero también en el bautismo o en la confirmación. Desde luego, en la Semana Santa, la Misa crismal, que se celebra en todas las diócesis del mundo, es acaso la expresión más clara de su importancia, asociada incluso a la renovación de los votos de los sacerdotes en torno al obispo. Sin embargo, el aceite era también indispensable en el culto eucarístico: a partir del siglo XVI especialmente, cuando se expande la obligación de establecer depósitos de la Eucaristía en todas las parroquias, debía arder en permanencia delante de él una lámpara de aceite. Hoy la electricidad ha facilitado las cosas en muchos sitios, pero antaño el aceite de la lámpara del Santísimo era una cuestión fundamental, por varios motivos.

En principio, estaba el tema de qué aceite era el que podía usarse, pues finalmente debía corresponder a la presencia real que anunciaba. Era una cuestión de sensibilidades, en la que dos sentidos estaban particularmente involucrados: la vista, por supuesto, pues se trataba de iluminar adecuadamente el Sagrario, pero también el olfato, pues como sabemos toda lámpara de aceite emite un aroma característico. Lo vemos bien en unas recomendaciones que dictó a sus párrocos el obispo de Yucatán fray Luis de Piña y Mazo a medidados del siglo XVIII, descartando de entrada al aceite de higuerilla por ser “pestilencial, feo y oscuro”, “y por lo mismo indigno de emplearse en la lámpara de Jesucristo Sacramentado”. Algo más tolerado era el aceite de coco, que se empleaba con cierta abundancia en el occidente de México (acaso por la cercanía con las regiones productoras, como Colima), en las parroquias de la diócesis de Guadalajara a finales del siglo XVIII, lo mismo en Teocaltiche, que en Nochixtlán, Tonalá, Zapotlán el Grande y hasta en Zapopan. Sin embargo, era más bien un sucedáneo del que era realmente el más apreciado, tanto para los sacramentos como para la iluminación: el aceite de oliva. Monseñor Piña y Mazo lo estableció incluso como obligatorio en toda su diócesis en la mismas instrucciones que hemos citado, y era claramente un timbre de honor para muchas parroquias. El párroco de Silao, Antonio Jacinto Vázquez de Victoria, declaraba con orgullo en las relaciones geográficas de 1743: “sólo en la parroquial está colocado en dos depósitos el Augustísimo y Soberano Señor Sacramentado, cuya lámpara arde incesantemente con aceite de olivos”.

Por supuesto, el segunto tema que imponía el uso del aceite era fundamentalmente económico: sobre todo cuando se trataba del aceite de oliva, había que invertir cantidades importantes para adquirirlo, y no todas las parroquias contaban con recursos para ello. Para remediar este problema había varias opciones. Ante todo, acudir a la devoción de los notables: una de las obras pías más apreciadas del siglo XVIII eran las fundaciones en que se dejaban capitales cuyos réditos pagaran la compra del aceite. Al menos seis obras pías con este fin se fundaron en la villa de Orizaba durante la segunda mitad del siglo XVIII para dotar las lámparas de otras tantas iglesias y capillas, por un total de 3,100 pesos. Los fundadores, no es de extrañar, fueron importantes comerciantes como Diego Bringas de Manzaneda, o cosecheros de tabaco como Melchor Ramos. Otra opción era el establecimiento de una cofradía, normalmente sacramental pero también podía ser de alguno de los santos patronos de la iglesia, pues las contribuciones de los cofrades podían utilizarse para el pago del aceite. Fue justamente para poner fin al pago que los indios del pueblo hacían para el aceite que se impulsó la fundación de la sacramental del pueblo de Huazolotitlán, en Oaxaca, en 1792. En cambio, un ejemplo de una cofradía no sacramental pagando el aceite del Divinísimo lo tenemos en la Archicofradía de Nuestra Señora del Rosario de la villa de Orizaba, que por mucho tiempo tuvo esa responsabilidad por estar el depósito en su capilla.

Ahora bien, conviene advertir que además algunas cofradías extendieron la iluminación permanente a sus propias imágenes: en la iglesia del convento franciscano de Querétaro ardía una lámpara de aceite en permanencia delante de la imagen de la Purísima Concepción, y otra lo hacía en el altar del Santo Cristo de la iglesia del convento de religiosas dominicas de Santa Catalina en Valladolid de Michoacán, ambas pagadas por sus respectivas cofradías. Y es que además, los altares de las cofradías podían contar también con depósitos de la Eucaristía, separados del propio de la parroquia, como era en el altar de San José de la ciudad de Veracruz, debidamente alumbrado por sus cofrades. En fin, cabe señalar que algunas cofradías encontraron una vía muy práctica para asumir esta responsabilidad: en lugar de comprarlo había que producirlo a través de la siembra de olivos. En la década de 1770 la sacramental de Santiago Tulyahualco poseía una huerta con 32 olivos, mientras la recién fundada sacramental de la parroquia de San Sebastián de Querétaro proyectaba su siembra en el terreno que  el cura párroco le había cedido.

Fuera de una forma o de otra, el punto central era evitar que se extinguiera la luz de esa lámpara, lo que era advertido con escándalo por los fieles de la época. Así lo muestran, por ejemplo, las declaraciones de los testigos de la sumaria que el párroco de Orizaba levantó contra los frailes hospitalarios juaninos de la villa, en las que, entre los muchos delitos que se les atribuían, uno de los más graves, tal vez tanto como dejar a sus enfermos solos, había sido dejar al Divinisímo a oscuras por falta de aceite.

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