Accidentes cortesanos

ZocaloSigloXVIIIc - copiaEl 23 de septiembre de 1758 los habitantes de la Ciudad de México acaso habrán podido ser testigos de una de las querellas de cortesías más características de la época: un “accidente” de coches. La fecha era importante en el calendario cortesano de la época: era el “día del rey”, es decir, el cumpleaños de Fernando VI, el monarca que gobernaba los reinos hispánicos desde 1749. No podía ser de otra forma, en los reinos americanos de la Monarquía Católica, el festejo consistía ante todo en una misa de acción de gracias al Todopoderoso, a la que debían asistir todas las autoridades. Sin embargo, tenía también un lado más “secular”, o al menos no estrictamente religioso, había que felicitar al monarca, o mejor dicho a su alter ego, el virrey, en su Palacio. Esto es, tenía lugar un besamanos al que las autoridades y corporaciones se presentaban según su jerarquía.

Desde luego, en una época en que el poder se ejercía en el ceremonial, las asistencias al Palacio eran tan importantes como las que tenían lugar en las iglesias, y eran igualmente motivo de querellas encarnizadas. Para una ocasión solemne, aun si por su ubicación no hubiera sido difícil presentarse al Palacio a pie, casi sobra decir que el trayecto se hacía en coche, luciendo las galas y acompañamientos propios de cada autoridad. En la imagen, tomada del sitio web México Máxico, vemos un traslado de este tipo, aunque a la inversa del que nos referimos, pues es el de un virrey que acude a la Catedral Metropolitana saliendo del Palacio. La máxima autoridad del reino acude en forlón, el coche cerrado de cuatro asientos propio de estas ocasiones. Por supuesto, no iba solo, llevaba escolta a caballo y acompañantes (acaso incluso la Real Audiencia) asimismo en forlones, todos debidamente engalanados y uniformados. En esas condiciones, sufrir un “desaire” era tanto más insoportable para el honor de los magistrados civiles, públicos y eclesiásticos, y demás “personas de distinción”.

También las autoridades eclesiásticas estaban incluidas en estas ocasiones. El Cabildo Catedral Metropolitano salía de la Catedral por la puerta del oriente (la que en el siglo XVIII se llamaba del Empedradillo), tomando los canónigos sus forlones en el orden de su jerarquía y antigüedad. Los acompañaban los capellanes de coro, asimismo en coches, abriendo paso el pertiguero, a lomo de mula y luciendo su garnacha (traje talar), gorra y pértiga. Tal era, al menos el cortejo que se ordenaba en las ocasiones más importantes, verbi gratia para ir a darle la bienvenida a un virrey, mas para un cumpleaños regio ordinario, iba a Palacio sólo una diputación del Cabildo, y no en forlón sino en estufa, una carroza más cerrada que el primero. Justo fue la estufa de los canónigos la que en ese 23 de septiembre de 1758, iba de la Catedral al Palacio después de la misa de acción de gracias para presentar sus felicitaciones al rey en su virrey de la Nueva España. Día especialmente ocupado, los cuatro canónigos que iban como diputados, sobre todo el chantre, habían corrido también con responsabilidades en la iglesia al momento de la misa, e incluso en la despedida de las autoridades del templo, por lo que debieron salir a toda prisa de la Catedral. El problema es que en el camino la estufa de la Catedral alcanzó el cortejo de forlones de la Real Audiencia que ya estaba por entrar al Palacio, y sin mayor miramiento, pero felizmente con pericia del cochero, lo atravesaron por en medio para llegar antes que ellos.

Los oidores, desde luego, no dejaron pasar el incidente, y el día 26 enviaron a su escribano de cámara a pedir explicaciones, según consta en Archivo del Cabildo Catedral Metropolitano de México, Actas de cabildo, libro núm. 43, fs. 258v-259v. El chantre reconoció “ser cierto el contexto de dicho recado”, pero aclaró que había sido “sin advertencia”, es decir, sin intención. O mejor dicho, al menos sin intención contra los oidores sino contra los regidores del Ayuntamiento de México. El clérigo explicaba, en efecto, que el problema era que “viendo entrar un forlón [ya] vacío” y que “cuatro de los regidores de la Nobilísima Ciudad se habían apeado”, “los cocheros entraron [metieron a la fuerza, diríamos hoy] la estufa de su señoría [el Cabildo Catedral]”. Esto es, el problema era que, en principio, a los canónigos les tocaba antes del Ayuntamiento, pero éste “siempre está a la mira, acechando algún descuido de no estar a tiempo el venerable” para usupar su lugar. Para proteger el honor de la corporación bien valía la pena atravesarse en medio del cortejo de coches del más alto tribunal del reino. La rivalidad entre Cabildo Catedral y cabildo civil no era rara en estas materias, ya hace unas semanas hemos visto aquí otro ejemplo, tapatío, en que los bonetes de los canónigos se enfrentaban a los sombreros de los regidores incluso al interior de las iglesias.

De paso, el chantre recordó que ya el virrey primer Conde de Revillagigedo (antecesor del Marqués de las Amarillas, entonces reinante), los había desairado un par de veces justo por haber llegado tarde a Palacio. Tanto que en una de ellas los había mandado despedir sin recibirlos pues ya incluso “se había quitado la peluca”. Bella paradoja, los canónigos pagaban así la importancia de su posición en la Monarquía Católica: eran ellos los principales responsables de un culto cuya magnificencia era considerada indispensable para la Majestad, tanto divina como humana; culto en el cual eran asimismo fundamentales las expresiones de cortesía, como la entrada y despedida de las autoridades civiles, con la cual ellos tenían asimismo un papel fundamental en la atribución de sus jerarquías; todo ello les atribuía a su vez un sitio de honor, el tercer lugar en las recepciones y besamanos en el Palacio. Conviene destacarlo, el Cabildo Catedral era una corporación que en particular estaba ahí para el cuidado del culto y de los honores, si sus competencias incluían temas que hoy nos parecen rescatables todavía, como la música, el cuidado de las obras que hoy vemos como artísticas, el patronazgo de instituciones educativas (los colegios para formar a los niños que participaban en la liturgia) y caritativas, etcétera, sus actas de Cabildo muestran que sus preocupaciones giraban sobre todo en torno a esos temas religiosos y a la vez políticos. Hoy nos parecería extraño ver esas preocupaciones en el clero, mas entonces los canónigos eran finos expertos en ceremonias y cortesías, tratamientos y procedimientos, celosos protectores del orden cortesano del Antiguo Régimen. Antes que perder un ápice de su honor, eran literalmente capaces de arrollar a quien se les atravesara, como en aquel mediodía de 1758.

 

3 pensamientos en “Accidentes cortesanos

  1. Raquel Güereca

    Hola, me gustó mucho el post, pues más allá del asunto anecdótico, este caso muestra que la cortesía es una manera de expresar las jerarquías y las relaciones sociales. Por cierto, la imagen que ilustra el post es un fragmento del óleo “La plaza mayor de México”, que publicó el INAH en versión digital, con excelente resolución, por lo que se pueden apreciar a detalle los carros que mencionas:
    http://www.inah.gob.mx/paseos/plazamayor/plazamayor.html

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  2. LIDIA E.GÓMEZ GARCÍA

    Muy relevante el comentario sobre el simbolismo de las formas en un protocolo público. Creo que el punto fundamental es el honor corporativo, esa convicción de que un gesto representa a un colectivo. Incluso hoy nuestra sociedad neo-liberal no puede dejar de pensar en esos símbolos como parte de un honor o deshonor colectivo. Recuerdo a unas mujeres de empersarios poblanos (en un desayuno) que comentaron sobre la manera como la esposa de Obama lo saludaba y decían que no era digno de un presidente del páis más poderoso del mundo.

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