Abstinencias cuestionadas

El 23 de febrero deMonitor expediente 1850 el vicario capitular del arzobispado de México, don José María Barrientos, dirigió un airado escrito al ministro de Justicia y Negocios Eclesiásticos denunciando un artículo difundido en el periódico El Monitor republicano diez días antes. En efecto, justo el 13 de febrero había sido Miércoles de Ceniza, y dicho diario había aprovechado para publicar en su sección de “Variedades” un artículo titulado “Miércoles de Ceniza-Cuaresma”. En él, lamentabla el eclesiástico, el autor “se burla altamente y de la manera más escandalosa de la sagrada ceremonia de la ceniza y propaga doctrinas notoriamente antirreligiosas”. Más aún, agregaba líneas adelante, “procura desvirtuar el precepto del ayuno y de la penitencia, tan expresamente recomendados en el Evangelio”. Se abrió por ello el conveniente expediente en las oficinas del ministerio, que hoy se encuentra en el AGN, Justicia Eclesiástica, tomo 166, fs. 89-94, cuya portada vemos en la imagen.

El artículo en cuestión, en realidad se planteaba como una denuncia de las malas costumbres (femeninas sobre todo), seguido de un breve recuento histórico-bíblico del origen de las prácticas cuaresmales, terminando en la denuncia de su poco respeto. Desde luego, el vicario capitular y sin duda alguna parte de los lectores, notaron que estaba escrito con abundante ironía, constituyendo un bello ejemplo de varias de las perspectivas de la crítica anticlerical de la época. La denuncia inicial contra los bailes de la época de Carnaval parecía “sincera”, pero no dejaba de estar adornada con burlas apenas disimuladas, no tanto del Carnaval cuanto de la Cuaresma: “Nos pondrás la ceniza, es verdad: pero en eso ¿qué nos recuerdas? ¿Que nos convertiremos en polvo? Pues si de puro bailar estamos ya medio convertidos…” decía por ejemplo el autor. Los bailes, finalmente, no debían ser materia de prohibición, y al final su recuerdo no era sino “agradabilísimo”, lo que no evitaba que el publicista equiparara su texto a un “Memento”, o bien, de nuevo no sin burla, con “ceniza repartida a domicilio”.

Monitor encabezadoImagen tomada de la Hemeroteca Nacional Digital de México.

Ya entrando en materia, había un cuestionamiento de la legitimidad de la Cuaresma como práctica que databa de tiempos apostólicos, seguida de un pasaje en que se ironizaba sobre la abstinencia en el Antiguo Testamento. De nuevo, por cierto, los personajes en cuestión eran femeninos, como Judith y Esther, aunque incluía también a Tobías, “santos personajes” que “se habían preparado” con la abstinencia para el asesinato y el adulterio, insinuaba el publicista. Continuando en línea histórica, venía ahora una crítica de la unión de la Iglesia y el Estado –que entonces era un punto “todavía” vigente en México –, aunque era “puramente un caso de conciencia” los tribunales civiles se ocuparon en velar por su cumplimiento.

Mas la crítica más directa, y lo señaló ya el titular del gobierno eclesiástico con los subrayados del ejemplar que remitió al ministro, no era histórica sino fundada en la razón y en la naturaleza. “¿No nos dio él [Dios] el apetito? ¿Cómo, pues puede ser un bien la abstinencia?” No faltó la crítica de la mezcla entre cielo y dinero, velada con el elogio del Papa Clemente XIV, aquel que suprimió la Compañía de Jesús, y quien reconocía que en la abstinencia “se escondía el interés mercantil y el agiotaje con la venta de pescados”.  En fin, el artículo se cerraba con una bella denuncia de la hipocresía alimentaria de los practicantes, que vale la pena citar un tanto extensamente:

Llámase ayunar, o mejor dicho guardar la forma de ayuno, el tomar su chocolate o café por las mañanas con sendas tostadas, comer luego abundantemente, saborearse con pescados excitantes y hacer a la noche una colación que entone admirablemente el estómago…

En respuesta, el gobierno eclesiástico de México, sin entrar a debatir punto por punto a los publicistas, reclamó la intervención del gobierno civil con una denuncia triple. En principio, el ataque contra la religión; pero sobre todo contra “la sana moral”, que el prelado recordaba era “la base de toda sociedad bien organizada”; y en fin, la violación específica de “las leyes sobre libertad de imprenta”, que limitaban la expresión en la materia. Si los publicistas del Monitor afirmaban que el Estado no podía intervenir en un “caso de conciencia”, individual y privado, el vicario capitular del arzobispado cerraba su carta declarando al contrario: la falta a la moral era falta también “en el orden político”, porque “entre la sociedad y la religión existen relaciones íntimas y necesarias”. Por un lado pues, la libertad individual y de conciencia, por el otro la protección de la religión y la moral como responsabilidades de un Estado finalmente confesional, como era entonces la República Mexicana.

Moderado, el ministro Marcelino Castañeda respondió al prelado cuatro días más tarde. La minuta de la carta es interesante por las numerosas correcciones, testimonio de que se trató de redactar un documento, que no desairara a la máxima autoridad religiosa del arzobispado de México, pero que tampoco comprometiera al gobierno con la prensa. Dándole la razón al eclesiástico, se alegaban razones “de prudencia” para no tomar medidas “en el orden legal”: no había que remover “cuestiones en que la inmoralidad se presentaría a cara descubierta”, decía con cierto aire enigmático el funcionario. Más todavía, en una clara confesión de la debilidad de las instituciones republicanas, el ministro debió recordar que no existía el “jurado de imprenta” que debía hacer cumplir la ley en la materia.

Hoy puede parecernos extraño este tipo de debates, que son buen testimonio de cuánto ha avanzado la secularización a lo largo de la historia mexicana y cuán importante fue el siglo XIX en su profundización. Al final triunfaría la opción representada por los publicistas, la separación de las esferas religiosa y política, sin implicar necesariamente la reducción de la presencia de la religión en lo social. Justo el artículo del Monitor, a pesar de ser un texto de la opinión pública y que por tanto, en realidad, no requería de referentes “reales”, no puede dejar de llevarnos a preguntar por el cumplimiento de las abstinencias cuaresmales en la época, y no sólo en cuanto a los alimentos, temas que ya habrá oportunidad de tratar en otros momentos.

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