A tres semanas de una declaración pontificia en un discreto consistorio

article-2276884-1782F60A000005DC-229_634x580Hace tres semanas, el 11 de febrero pasado tuvo lugar un hecho inesperado y prácticamente inédito en la historia moderna y contemporánea del catolicismo: en medio de un consistorio convocado para la aprobación de una serie de decretos de causas de canonización, el Sumo Pontífice Benedicto XVI declaró que abdicaba de su cargo a partir del 28 del mismo mes al final de la jornada. Los cardenales presentes recibieron la noticia con sorpresa. El decano del Sacro Colegio, Angelo Sodano, a quien vemos en esta imagen con el Papa, lo dijo de inmediato en su mensaje de respuesta: estaban “casi incrédulos”. De hecho, en una bella ironía, el Papa que ha sido considerado tanto positiva como negativamente como un hombre de la tradición, conservador incluso, nos ha dado uno de los eventos más sorpresivos de la historia institucional de la Iglesia católica, después (creo que apenas) de la convocatoria del Concilio Vaticano II por Juan XXIII.

En efecto, ha sido un evento casi revolucionario, lamentan algunos, incluso entre aquellos que habían sido especialmente admiradores del Pontífice. La reacción tal vez más ilustrativa al respecto fue la del Cardenal Pell, arzobispo de Sidney, quien no dudó en manifestar sus críticas públicamente, expresando su temor de que la renuncia debilite la posición del Sucesor del Príncipe de los Apóstoles, algo que también han expresado medios tradicionalistas. Si bien los lefebvristas, la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, expresaron su solidaridad con el Papa (otra ironía considerando las dificultades que le pusieron todo su pontificado), hubo medios que expresaron directamente el escándalo. El filósofo Enrico Radaelli llegó incluso a reclamar que el Papa se retractara de su decisión, mientras el historiador Roberto de Mattei, algo más moderado, dejó claro el meollo del problema para los tradicionalistas: “La imagen de la institución pontificia, a los ojos de la opinión pública mundial, estaría en efecto despojada de su sacralidad para ser entregada a los criterios de juicio de la modernidad”.

Empero, la casi unanimidad de los cardenales y obispos del mundo recibió la noticia con sorpresa, pero con obediencia. Es un hecho inédito, porque no había ocurrido desde la Edad Media, y entonces tuvo lugar para solucionar una crisis en que reinaban tres papas simultáneamente, pero está por completo contemplado en el Código de Derecho Canónico (CIC por sus siglas en latín). Además es un evento inesperado, sin duda, pero bien pronto los medios recordaron que el propio Benedicto XVI había hablado de esa posibilidad en otras oportunidades, sólo que sus palabras no habían sido retenidas en la opinión internacional, y ni siquiera en los propios medios católicos, acaso porque parecía improbable o incluso impensable que lo cumpliera. Es verdad que si no hay motivos para dudar que lo había reflexionado desde tiempo atrás, es claro que no fue hace tanto, como que tiene lugar a la mitad del Año de la Fe, celebración que uno hubiera podido imaginar como el equivalente del Jubileo que celebró Juan Pablo II, y cuando estaba anunciada la publicación de una nueva encíclica en abril que cerraría el ciclo de las virtudes. Sin embargo, el Papa, que ha gobernado la Iglesia con su original estilo durante ocho años, cierra su pontificado justo mantiéndose perfectamente en su línea propia. Lo han visto, yo creo que certeramente, analistas como Pietro di Marco, profesor de la Universidad de Florencia, el pontificado de Juan Pablo II estuvo basado en el carisma, ya fuera el del hombre jovial y animado del principio de su gobierno, o el anciano enfermo de su final, era un Papa de lo sentimental. El de Benedicto XVI ha sido en cambio un pontificado de la razón, de lo intelectual. Hasta el último momento ha sido en cambio un Papa en extremo moderado en el ámbito emocional, hasta el punto que en su salida del Palacio Apostólico parecía que quien renunciaba era su secretario, monseñor Gänswein, quien estaba fundido en lágrimas. Así, si de Juan Pablo II se recordarán (sin demeritar lo demás), sobre todo sus gestos con los que se ganaba a las multitudes, de Benedicto XVI son sus textos su gran legado. Esos discursos de profesor universitario, templados, explicativos, llenos de referencias a los Padres de la Iglesia, tan difíciles de transmitir a los medios de comunicación audiovisuales con los que no por nada tuvo siempre mala relación, reforzada por las dificultades que tuvieron las oficinas de comunicación de la Santa Sede buena parte del pontificado y sobre todo en momentos cruciales.

La renuncia del Papa pues, es ante todo, expresión de una racionalidad moderna que se introduce en el corazón mismo de lo que queda de la vieja Monarquía Pontifical, pero tampoco es algo nuevo, finalmente de eso, en parte, se trata la obra y el legado del Concilio Vaticano II. La profesora Danièle Hervieu-Léger ha tratado el tema en un artículo harto interesante publicado en Le Monde el 1o. de marzo, desde una perspectiva algo pesimista respecto de la centralidad del Papa en la vida eclesiática, pero que recuerda bien que la eclesiología del “Pueblo de Dios” que se proclamó en el Concilio, recuperaba la colegialidad y la sinodalidad, frente al absolutismo pontificio. En ese sentido, me parece que la renuncia de Benedicto XVI, el gran enemigo de la interpretación rupturista del Concilio, resulta más bien una prueba de que éste sigue siendo de gran actualidad, y de que en efecto es posible seguir repensando las altas instituciones de la Iglesia católica. No lo niego, es por ello que su renuncia me parece, no sólo un acto de virtud (que es lo en lo que han insistido obispos y sacerdotes), sino directamente un avance que ojalá pudiera tener consecuencias en la plena implementación de la colegialidad de la Iglesia.

Ahora bien, en otra bella ironía el Papa que tuvo tantas dificultades con los medios, el 11 de febrero pasado logró imponerles una agenda. A todo lo largo de la Cuaresma el público, católico o no, va a tener constantemente en sus pantallas la imagen de San Pedro del Vaticano y de los cardenales, y va a seguir minuto a minuto todo lo que gira en torno al cónclave. La decisión tomó por completo a los medios por sorpresa, como testimoniaba Frédéric Mounier, el corresponsal del diario La Croix, había apenas 4 periodistas en la sala de prensa siguiendo el consistorio, quienes tuvieron que salir de inmediato a buscar la grabación de lo declarado en latín por el Papa para verificar si sus oídos no los habían engañado. Pero como siempre cuando la religión entra en la opinión, no falta el escándalo, que vino con el tema del documento final que unos días más tarde entregaría al Papa la comisión de tres cardenales encargada de estudiar el asunto conocido en los medios como el “Vatileaks”. Hay buenas razones para que éste sea el último gran tema de controversia del Pontificado, pues finalmente se trata de la única verdadera gran crisis de estos años, el único caso que conmovió en realidad a la Curia romana.

Independiente de la falsedad o no de las filtraciones llegadas a la prensa, lo que es claro (no necesitábamos de este escándalo para confirmarlo en realidad), es que durante estos ocho años el gobierno central de la Iglesia ha tenido fuertes querellas internas, lo hemos visto en repetidas ocasiones, los dicasterios no siempre se comunicaban entre sí, o dejaban desprotegida la figura del Papa. Por ello han cobrado nuevo vigor (no es que les faltara mucho) los viejos fantasmas anticurialistas, que son también una vieja tradición católica: esas oficinas de los dicasterios convertidas en teatro de las más sórdidas intrigas, lugar de corrupción y no de santidad. Y claro, de inmediato es fácil es asociar el fracaso en el manejo de la Curia con la renuncia del Papa. Hay algo de verdad: si no acometió una reforma general de las instituciones centrales de la Santa Sede, el Papa trató de introducir cambios en varios puntos, tan variados como el tema del tratamiento dado a los casos de abuso sexual, el diálogo con la Fraternidad San Pío X, o la gestión financiera del Instituto de Obras de la Religión. En todo ello tuvo oposiciones importantes y no siempre el acompañamiento de todos sus colaboradores. En realidad, si es difícil que todos esos eventos no hayan tenido algún peso en su decisión, la cronología elegida (en el inicio de la Cuaresma, justo en un momento en que ninguno de esos escándalos estaba a la orden del día, en día festivo por el aniversario de los Pactos Lateranenses) creo que prueba bien que el Papa no estaba, como es su costumbre, pensando sólo en los eventos coyunturales, sino pensando en dar un mensaje de renovación eclesiológica.

Como sea, el jueves pasado, Benedicto XVI pasó a ser Pontífice emérito, retirándose a la residencia de Castelgandolfo, dejando paso a la Sede Vacante, el gobierno de los Cardenales, encabezados por el Camarlengo de la Iglesia Romana y el decano del Colegio, los cardenales Tarcisio Bertone y Angelo Sodano. Parece que hay prisa en elegir al nuevo Papa, pues hubo presiones fuertes para que reformara la constitución Universi Dominici Gregis, y ya para el último día de su pontificado pudo saludar a más de un centenar de cardenales presentes en Roma. Empero, todavía no hay nada escrito, se llevan a cabo apenas las primeras congregaciones, y los cardenales saben dar más de una sorpresa antes y durante el cónclave. En buen historiador, no he de aventurar nombres, pero en un colegio donde Benedicto XVI dejó nombrados a 20 italianos, que se suman a 8 que recibieron el birrete bajo Juan Pablo II y son también electores, hay buenas razones para pensar, que los italianos tienen posibilidades…

Más allá de la elección misma, que justo ha despertado las incontables listas de “papables”, es interesante ver las presiones de la opinión sobre la asistencia de algunos cardenales electores, otras sobre la reforma de la Iglesia, y la tremenda apertura de temas de discusión que se han suscitado. Sin duda algunos ven todo ello como constantes ataques a la Iglesia, y aunque tal es a veces la intención, hay muchas voces que se expresan con tanta irreverencia como fervor de fondo, y en ese sentido es siempre interesante ver que permanece fuerte como tema de actualidad. Es materia de discusión muchas veces apasionada, tan presente en los medios, que se diría que no importa la disminución de la práctica religiosa, la opinión pública no puede vivir sin ella.

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