A propósito de campanas

El pasado 29 de febrero, tuve el gran gusto de presentar, en el marco del Seminario de Historia Mexicana, que coordina la Mtra. Lina Cruz Lira aquí en el Centro Universitario de los Lagos de la Universidad de Guadalajara, la conferencia “Campanas, reformas y sensibilidades, siglo XVIII y XIX”. No puedo evitar decir que se trata de una de las ponencias que mayores satisfacciones me ha traído: tuvo el honor de contar con la asistencia de varios de mis colegas profesores y de jóvenes estudiantes de la Licenciatura en Humanidades, un público gentil y atento que planteó varias preguntas y que se mostró verdaderamente interesado en el tema. Desde aquí aprovecho para reconocer el trabajo de todos los organizadores: la Mtra. Lina Cruz, la Mtra. Irma Estela Guerra, directora de la Casa Serrano, y la Lic. Gabriela Lamas, coordinadora de Difusión Cultural del CULAGOS. Desde mi llegada a Lagos de Moreno en septiembre, todos ellos me han acogido con singular amabilidad y me han confirmado que los apuros para atravesar el Atlántico e instalarme aquí han sido una más que acertada decisión.

Pero esta entrada no es sólo para evocar tan feliz ocasión, ni se convertirá en un laudatorio repique a vuelo en honor del CULAGOS, aunque aquí están las campanas de la Basílica de San Pedro que pareció oportuno hacer escuchar.DSCF3532

En esta ocasión quiero compartir unos versos que sobre el tema de las campanas escribiera Tomás de Iriarte, el célebre literato español de finales del siglo XVIII, en ellos se aprecia ya una sensibilidad poco favorable a su sonido, en un paisaje sonoro católico completamente dominado por sus repiques y dobles. Por supuesto, no era un caso aislado, sino un sentimiento que compartían sin duda algunos de los “ilustrados” de la época, tanto eclesiásticos como seglares, antes bien confirmaban lo que dirá un poco después el obispo de Puebla don Salvador Biempica y Sotomayor en un edicto sobre la materia. Los excesos de las campanas, según el obispo, eran condenados por “el enfermo desde su cama, el hombre de negocios desde su despacho, el mercader en su mostrador, el literato en su estudio, el devoto en su retiro y aun el holgazán en su misma ociosidad”. El sonido campanero pues, comenzaba a dividir y a generar opiniones. Los versos de Iriarte fueron denunciados en su día ante la Inquisición desde Guatemala, aunque no tenemos noticia de que el proceso llegara muy lejos. Proceden del tomo II de la Colección de obras en verso y prosa, impresa en Madrid en 1787, en la imprenta de Benito Cano, y hay disponible una versión completa en el Google Libros.


Y en fin, como complemento ideal a tan poética queja, aquí una fábula del mismo Iriarte, que si no es exactamente sobre el mismo tema, tiene también por protagonistas a las campanas, e incluso su relato no es del todo inverosímil. Esto es, en efecto, si algo era propio de los pueblos del Antiguo Régimen era el orgullo por el alegre sonar de sus campanas.

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