A la búsqueda de corazones episcopales

 Relación Exequias Haro En algún artículo anterior de este blog hemos tratado del tema del entierro separado. Aunque no he podido dedicarle todo el tiempo que quisiera, no he abandonado la investigación sobre este tipo de reliquias, que no se limitaba a ese órgano, sino que incluía veces a los ojos, la lengua y las entrañas. Es un tema al que dediqué mi colaboración para el libro Catolicismo y sociedad.

Desde la conclusión de ese texto el año pasado, ha habido algunos avances puntuales. En principio, he podido confirmar que en el mundo hispánico no parece haber sido una costumbre regia: las relaciones de los funerales de los Borbones españoles que he podido revisar en junio en el Archivo General de Palacio Real, no indican sino el depósito del cadáver (íntegro lamentablemente, con perdón de la expresión) en el panteón de San Lorenzo de El Escorial. En cambio, no ha sido difícil confirmar que se trata sobre todo de una costumbre episcopal, aunque ahora veo que también incluyó a algunos nobles, incluso virreyes. Lo decía don Luis González Obregón en su México viejo a propósito de los entierros virreinales, “Muchas veces se repartían, por voluntad del difunto, su lengua, su corazón y sus ojos a diversos templos, con el fin de que en ellos se conservasen” (p. 433). Mas hasta ahora la bibliografía disponible sólo cita el caso concreto del marqués de Valero, a principios del siglo XVIII.

Costumbre clerical pues, no es extraño que haya sido practicada en el caso de uno de los prelados más notables del siglo XVIII novohispano, el arzobispo Alonso Núñez de Haro y Peralta, fallecido el 26 de mayo de 1800. En los dos días siguientes, según la relación de sus exequias, cuya portada encabeza esta nota, se encomendó a diversos curas párrocos presentes en la Ciudad la entrega de ciertos despojos del prelado a tres conventos de religiosas: la lengua y parte de las entrañas fueron llevadas al de Santa Teresa la Antigua, mientras que los ojos y el resto de las mismas se entregaron al Colegio de San Miguel de Belén, y el corazón quedó en el coro del convento de Capuchinas de la Villa de Guadalupe. Las religiosas, según el cronista, las recibieron “con señales nada equívocas de sincero reconocimiento”. Por cierto, se diría que esta orden fue particularmente privilegiada en esta época como depósito de los corazones episcopales en esta época, como veremos ahora mismo con otros dos ejemplos.

Corazón TristánY es que si en algún lugar del reino de Nueva España parecía bien asentada esta costumbre, fue sin duda en Guadalajara. Sus obispos de los últimos años del siglo XVIII y principios del XIX, dejaron todos alguna reliquia suya en las iglesias de su capital y de su diócesis. En principio, fray Antonio Alcalde y Barriga, obispo dominico, fallecido en agosto de 1792. Según José Ignacio Dávila Garibi en sus Apuntes para la historia de la Iglesia en Guadalajara (t. III-2, p. 968), dejó su lengua a las monjas de Santa Teresa y su corazón a las Capuchinas, ambos conventos de su capital. Su sucesor, don Esteban Lorenzo de Tristán y Esmenota, dejó su corazón de nueva cuenta para las monjas capuchinas, pero de la villa de Santa María de los Lagos. Aquí vemos una imagen que ha sido gentilmente aportada para este espacio por la maestra Irma Estela Guerra Márquez (a quien desde luego expreso mi sincera gratitud), que muestra la placa indicando su depósito, apenas legible, y según entiendo (no he podido confirmarlo), ahora ya desaparecida. El mismo Dávila Garibi se extendió con amplitud en el tema de la localización en el convento de La Soledad del corazón del “gran prelado” (como él le llamó en el título de su biografía), Juan Cruz Ruiz Cabañas y Crespo, sucesor de monseñor Tristán y fallecido en 1824 (t. IV-1, pp. 391-399). En fin, aunque el mismo autor cita la relación de las exequias del siguiente obispo tapatío, José Miguel Gordoa y Barrios, muerto en 1832, quien habría dejado su corazón al Seminario Clerical, también hay testimonios que indican su depósito en su parroquia natal, la de Sierra de Pinos.

Todavía no he encontrado datos que nos muestren si don Diego de Aranda y Carpinteiro continuó la tradición, o si ésta había empezado ya con monseñor Diego Rodríguez de Rivas. En cualquier caso, conviene darse una vuelta por los añejos coros conventuales, sobre todo de Capuchinas, para verificar si está todavía por ahí algún corazón episcopal.

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