El beato Palafox y Mendoza

El 29 de marzo salió publicada en el boletín oficial de la Santa Sede la más reciente lista de decretos de la Congregación de las Causas de los Santos, entre ellos el reconocimiento de un milagro por intercesión de Don Juan de Palafox y Mendoza (1600-1659), con lo cual la beatificación del venerable obispo de Puebla de los Ángeles y de Osma es prácticamente un hecho.

Aunque hoy puede pasar prácticamente desapercibido, la historia y la memoria de monseñor Palafox constituyen un tema apasionante, que ha hecho correr ríos de tinta a lo largo de los siglos. Recordemos pues algunos datos fundamentales de su biografía y de su posteridad.

“Hijo de delito” según sus propios términos, monseñor Palafox era en efecto hijo ilegítimo del marqués de Araiza, un miembro prominente de la nobleza aragonesa. Reconocido por su padre, pudo así realizar estudios universitarios, de derecho canónico en particular, si bien, como muchos candidatos a la santidad tuvo una juventud poco edificante, saldada por una conversión inspirada en las Confesiones de San Agustín y marcada por la mística de la época, la de Santa Teresa de Ávila especialmente. Clérigo noble, obtendría pronto cargos importantes en la corte española. Fue capellán de la infanta María, hermana de Felipe IV, a la que acompañó en su viaje de esponsales con el emperador de Austria. Ha pasado a la historia en buena medida gracias a su cercanía con el conde-duque de Olivares, hombre de confianza (“privado”, “favorito”) del rey, quien lo reclutó para su gran proyecto de reestructuración del imperio hispánico, tendiente desde luego a fortalecer a la Corona. Miembro del Consejo de Indias, fue enviado a la Nueva España como visitador general del reino. La visita, figura jurídica a la que dedicaré una entrada en fecha próxima, era un procedimiento destinado a revisar el funcionamiento de todas las instituciones del reino, destinado a corregir abusos, castigar delitos y reformar aquello que se considerase necesario.

Y Palafox en efecto denunció ampliamente abusos, sobre todo el repartimiento obligado de mercancías entre los indios y los fraudes a la Corona que involucraban a magistrados reales, familiares de los virreyes y comerciantes peninsulares. Reformador, hizo cambios importantes en la Real Audiencia, además de redactar nuevas ordenanzas para la Universidad. Celoso en la protección de los intereses del rey, llegó incluso a la destitución del virrey y a asumir él mismo el cargo ante las sospechas de lealtad que pesaban sobre el duque de Escalona.

Mas Palafox y Mendoza no fue sólo un ministro y cortesano, sino también un obispo asimismo celoso de su autoridad.

Obispo de la Puebla de los Ángeles, sede que se negó a abandonar cuando pudo ser presentado para el arzobispado de México, fue sin duda el gran constructor la iglesia angelopolitana. Hombre de la Reforma católica, se empeñó en dar cumplimiento a las indicaciones del Concilio de Trento a favor de una iglesia bajo la autoridad del obispo, a la cabeza de un clero secular digno y respetable, vigilante estricto de fieles devotos instruidos en su fe, y en la que los dogmas más representativos de la catolicidad, como la intercesión de los santos y la veneración de imágenes y de reliquias adquirieran un nuevo vigor. Da cuenta de esa labor lo mismo la conclusión de la Catedral (1649), iglesia principal de la diócesis y sede episcopal, que la fundación del Seminario Tridentino, o la promoción de la imagen de Nuestra Señora de Ocotlán y del santuario de San Miguel del Milagro en Nativitas. En cumplimiento de la obligación que le imponía el Concilio de Trento, Palafox emprendió la visita de su enorme diócesis, que por entonces se extendía por el norte hasta Tuxpan, por el oriente hasta el Papaloapan y por el sur hasta las Mixtecas, y que recorrió en su mayor parte. La relación de su visita sigue siendo hasta hoy un testimonio importante (y a veces único) de cómo eran muchos pueblos novohispanos en el siglo XVII.

Mas su gestión episcopal es conocida sobre todo por sus enfrentamientos con las órdenes religiosas, a las que intentó someter también a su autoridad de obispo. En ello tuvo éxitos notables: a pesar de las protestas de los franciscanos, logró obtener para el clero secular más de una treintena de parroquias hasta entonces controladas por los religiosos. Su disputa con los jesuitas, en cambio, le costó el fin de su carrera civil y eclesiástica. La querella comenzó en torno a dos exenciones que disfrutaban los hijos de San Ignacio: la de no pagar el diezmo por lo que se producía en sus propiedades y la de no presentar ante el obispo sus licencias para predicar y confesar. Ante los reclamos episcopales, los jesuitas movilizaron todos sus recursos, no sólo promovieron un juicio contra el obispo sino que también obtuvieron el apoyo del virrey, quien organizó incluso una expedición armada para someter a Palafox (1647). El obispo prefirió prefirió buscar refugio fuera de la ciudad de Puebla, y habría de obtener el respaldo de la corte de Madrid, lo que le permitió regresar victorioso a su sede. Pero su victoria duró poco: fue llamado a España en 1649 y obligado a renunciar a su diócesis en 1654 para ser nombrado obispo de la más pobre de las diócesis del imperio, la de Osma, donde habría de morir en 1659. (Para mayores detalles: David Brading, Orbe indiano, FCE, 1991, p. 255-279 y Jonathan I. Israel, Razas, clases y vida política en el México colonial, FCE, 1997) obras que sigo de cerca en esta reseña).

Cabe decir, Palafox no sólo fue un enérgico hombre de Estado y de Iglesia, sino también un devoto. Hombre de ayunos y penitencias cotidianas, de procesiones y sermones profundamente emotivos, moralista hasta el punto de promover la prohibición del teatro, “promotor de prodigios” como diría Antonio Rubial García, autor de manuales de oración, si no místico cuando menos dedicado a la meditación. Tenido por santo todavía en vida, la Inquisición debió prohibir el culto de su imagen. Su carrera como hombre público estaba íntimamente ligada a su vida espiritual. Sus obras dan cuenta de su respaldo a una monarquía católica, fundada en el precepto de que toda autoridad procede de Dios y está destinada a su servicio.Por ello mismo, la memoria de Palafox fue pronto recuperada en Francia, donde los primeros jansenistas, como fieles devotos que eran, predicaban también, frente a la razón de Estado de Richelieu, un proyecto político cristiano. Antoine Arnauld, uno de los grandes fundadores del jansenismo francés, publicó en 1690 una vida de Palafox, que traducía la obra del obispo en la Nueva España, según lo ha señalado Jean-Frédéric Schaub (La France espagnole, Seuil, 2003, p. 312-315), “en términos de la política de Luis XIV”, con todos sus avances en temas seculares (la justicia, el reforzamiento de la autoridad del rey, la protección del tesoro real) pero con el agregado invaluable de la virtud cristiana. Desde luego, para los jansenistas franceses, ellos también enemigos mortales de los jesuitas, la vida de Palafox les permitía distinguir el “jesuitismo” del modelo hispánico de monarquía católica.

El obispo también fue pronto el objeto de la hagiografía. Antonio Rubial García ha seguido con detalle la amplia producción y los debates en torno a su figura desde el propio siglo XVII (véase en particular la obra La santidad controvertida, FCE, 1999). A lo largo del siglo XVIII la memoria de Palafox fue en particular, aunque no exclusivamente, un tema del antijesuitismo. Apareció citado en varias ocasiones en el periódico de los jansenistas franceses, las Nouvelles ecclésiatiques, normalmente para recordar sus disputas con los jesuitas y ensalzar sus padecimientos hasta la glorificación. Se hacía referencia en particular a sus “profecías”, ciertos pasajes de sus cartas al rey Felipe IV en las que habría pronosticado el fin de la Compañía. La expulsión de los jesuitas de los reinos hispánicos en 1767 llamó en particular la atención de las Nouvelles ecclésiastiques, que publicaron un elogio al “digno sucesor de Palafox”, el obispo Francisco Fabián y Fuero, por su carta pastoral contra las doctrinas jesuitas. El propio Fabián y Fuero también rescataba la memoria de su ilustre antecesor con la fundación de la Biblioteca Palafoxiana y la reforma del Seminario. Por entonces la corona española impulsaba también la causa de canonización de Palafox en Roma, un proceso abierto en la Santa Sede desde 1726 y en el que se interesaban también los católicos ilustrados españoles e italianos: el cardenal Passionei, “jansenista” italiano fue ponente de la causa en algún período; mientras que en España Gregorio Mayáns y Siscar, un erudito católico ilustrado de los más importantes de la época fue redactor de una carta de la ciudad de Valencia en apoyo al proceso. Curiosamente cobra ahora nueva actualidad lo que escribiera Mayans en 1762 describiendo a monseñor Palafox: “Fue un buen hombre, de ingenio vivo, de imaginativa fuerte, de doctrina inerudita, facundo y no elocuente. Si vivimos algunos años diremos ora pro nobis. (Citado en Antonio Mestre, Ilustración y reforma de la Iglesia,1968, p. 433).

El lector sabrá perdonar esta entrada un poquito extensa e ilustrada con varias imágenes de las obras de Palafox o de sus biografías, que afortunadamente ahora pueden consultarse en el Google Books.

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