Archivo por meses: octubre 2017

La familia de Melchor Ramos

Antigua parroquia de San Miguel, actual Catedral de Orizaba.

Explorar los archivos orizabeños o sobre Orizaba de fines del siglo XVIII y principios del siglo XIX lleva con cierta naturalidad a la reconstrucción de ciertas trayectorias, en las que de manera asimismo casi natural se mezclan lo económico con lo religioso e incluso con lo político. De manera breve quisiera referirme a una de ellas, que me llamó la atención de manera particular desde hace tiempo, pero que nunca pude incluir en las publicaciones que he hecho sobre el tema. La trayectoria de la familia de Melchor Ramos, comerciante, cosechero de tabaco, devoto y vecino notorio de la villa de Orizaba, de la generación que le tocó ver su ascenso en tiempos de las que hoy llamamos “Reformas borbónicas” y hasta la crisis que significó la guerra de 1810 en la provincia de Veracruz, pero también la llegada de costumbres “modernas”.

En 1775, Melchor Ramos, vecino de la villa de Orizaba, compró una casa. Debía ser entonces relativamente joven. La escritura no menciona que estuviera casado pero tampoco que estuviera aún bajo la tutela de su padre. Por documentos posteriores, sabemos que debió nacer al menos hacia 1759 o antes. La que compró entonces era una casa como muchas otras de la villa: “de cal y canto, edificio bajo, cubierta de madera y teja”. Asimismo, la operación la realizó como solía hacerse entonces: exhibiendo una cantidad relativamente moderada en efectivo, 365 pesos, a cambio de seguir pagando las obligaciones ya contraídas por la propiedad y las que se impondrían entonces: 400 pesos para la fiesta de la Virgen de los Dolores de la cofradía de la Soledad y 160 que la antigua propietaria dejó para misas rezadas por su alma y la de su marido, bajo la responsabilidad de otra cofradía, la de San Francisco Xavier. Se convirtió así en deudor de las cofradías de la parroquia y en propietario, era ya un vecino cabal de la villa.

Actual iglesia del Calvario de Orizaba.

Siete años después, redimió los capitales[1], en un momento en que parece que no le iba mal económicamente: en 1784 podía prestarle 400 pesos por vía de depósito irregular a un comerciante de la villa, José Patricio. De nuevo, la operación tenía también su lado religioso. Ramos en realidad estaba donando ese capital para pagar el aceite de la lámpara permanente que ardía ante una imagen religiosa muy querida de la villa, el Señor del Calvario, cuya iglesia estaba muy cerca de esa casa que había comprado años atrás[2]. En ese año además se convirtió en arrendatario de un rancho, que era propiedad de la república de indios, el de La Perla, en las célebres “tierras del golfo” que los indios habían logrado comprar a la nobleza titulada local[3]. A partir del año siguiente comienza a aparecer como “cosechero de tabaco”[4]: puede que cultivara él en el rancho, o acaso que “aviara”, es decir, prestara su licencia como tal, así como el rancho, para que alguien más modesto lo hiciera, a cambio de cierta cantidad. En cualquier caso, empieza a aparecer también como fiador de otros cosecheros, tan importantes en la villa como Antonio Montes Argüelles y Benito Antonio Rocha[5]. Podemos imaginar que en esa época es que contrae sus primeras nupcias, lamentablemente no conocemos el nombre de ella, puede acaso que los bienes de la posible dote de su esposa hubieran contribuido a esa prosperidad. Hasta donde sabemos no hubo descendencia de ese matrimonio.

Todavía en los primeros años del siglo XIX era prestamista de artesanos y comerciantes[6], pero ya con más de medio siglo de vida, se hacía notar también como un hombre devoto y auténtico “republicano de la villa”. En 1800 ingresó a la Venerable Orden Tercera franciscana, uno de los lugares de sociabilidad de la élite local más notorios. No era raro hacerlo de manera conyugal, por lo que acaso ya entonces era viudo, bien que debió contraer segundas nupcias apenas iniciado el siglo, con doña María Josefa Fentanes. Ella no llevó dote, y él habría contado entonces con bienes por cincuenta mil pesos, que no era una cantidad despreciable en la época, aunque tampoco podía considerarse un hombre acaudalado[7]. La mayor de las hijas que le sobrevivió, doña María Micaela Ramos Fentanes, habría nacido hacia 1802, y la segunda, doña María del Rosario, hacia 1804[8].

En 1803 tomó el hábito exterior franciscano in articulo mortis, por lo que podemos suponerle una enfermedad grave en ese tiempo. Se recuperó e incluso pudo ejercer cargos en la mesa de la orden tercera, desde 1805 y hasta 1812 ejerció un total de 13 encargos, sobre todo de conciliario, pero también fue maestro de novicios y maestro de ceremonias, e incluso coadjutor del hermano mayor en 1810[9]. En 1809, además, se había declarado dispuesto a donar 800 pesos para la capilla de la Santa Escuela de Cristo, que el padre Juan Macario Mendoza estaba tratando de fundar en esos días, así como prometió cumplir la voluntad de su primera esposa de fundar una capellanía de 3 mil pesos “para un sacerdote que cuide del culto divino y ayude al padre obediencia”[10].

No sabemos desde cuándo, pero también había sido solidario con la corporación municipal de españoles. Hasta 1811 era él quien había aceptado un capital de mil pesos cuyos réditos servían para pagar los alimentos de los presos pobres de la cárcel pública[11]. Ese año, ante la amenaza de los insurgentes, el mismo ayuntamiento lo había reconocido vecino “de los de mayor ascendente sobre los de su clase” convocándolo a una junta para organizar la defensa de la villa[12]. Debe haber fallecido hacia 1813.

Antiguo Colegio Apostólico de San José de Gracia de Orizaba.

Doña María Josefa Fentanes quedó viuda, y pudo entonces revelar algunas diferencias que tenía con su esposo. No es que no fuera devota, sino al contrario. Era también hermana tercera franciscana, e incluso llegó a tener cargos en la mesa femenina, honorífica, en 1815 y 1816[13]. Fiel a la tradición franciscana, habría de ser sepultada el 9 de septiembre de 1817 en la iglesia del Colegio Apostólico de San José de Gracia, por su hermano, el comerciante Joaquín Fentanes. Él fue quien dispuso, por poder, el testamento de su hermana, que nos revela además que era una dama que contaba con un confesor, el padre carmelita fray Baltazar de Santa Teresa[14], quien junto con don Joaquín habría de velar por la educación de las jóvenes Ramos Fentanes. Bueno, en realidad jóvenes para nosotros con sus 15 y 13 años, pero que en ese documento se declara que estaban ya “en una edad adulta”, no sin cierta ambigüedad. Lo que más resalta, sin duda, es el interés por conservar estable cierto aislamiento: “evitándoles toda comunicación” podía lograrse “no corromper su inocencia”, como hasta entonces. Ahora bien, aunque devoto, don Melchor estaba vinculado a personajes cuyo estilo de vida comenzaba a manifestar cambios. Siempre según su hermano, la viuda habría estado preocupada por la relación con José Isidoro Carrillo, quien había sido nombrado por Ramos tutor de una de las hijas. Había pues, una preocupación económica, pero también moral: prohibía que sus hijas visitaran la casa de Carrillo por haber en ella “un trato más franco, maestros de música, y por consiguiente, más ocasiones de despertar a dichas niñas”.

Esa peligrosidad tal vez tuviera algún fundamento: Carrillo fue de los primeros miembros del Ayuntamiento constitucional de Orizaba que reemplazó a la antigua corporación española en 1813 y 1814. Fue síndico entonces y también, tras la independencia, en 1825 y 1826 y en 1830 y 1831, es decir, era de los primeros vecinos de la villa que podríamos considerar “liberales”, incluso en su vida personal. El testamento por poder de la señora Fentanes, nos ilustra las relaciones de cercanía, pero también de desconfianza de esas familias tradicionales ante la modernidad.

 

NOTAS

[1] Archivo Notarial de Orizaba (ANO en adelante), Registro de Instrumentos Públicos (RIP en adelante) 1775, fs. s/n, “Venta”, D. Manuel Villarelo a D. Melchor Ramos, Orizaba, 3 de noviembre de 1775 ante José Lozano y Prieto.

[2] ANO, RIP 1784, fs. 180-181v, “Depósito irregular”, José Patricio a favor del Señor del Calvario, Orizaba, 14 de septiembre de 1784 ante José Lozano y Prieto.

[3] ANO, RIP 1784, fs. 266-268, “Arrendamiento del rancho de La Perla”, el Cabildo de naturales a D. Melchor Ramos, Orizaba, 4 de diciembre de 1784 ante José Lozano y Prieto

[4] ANO, RIP 1785, fs. 268-270v, “Poder de los cosecheros para contrata”, los cosecheros de tabaco a D. Marcos González y D. Benito Antonio Rocha, Orizaba, 5 de noviembre de 1785 ante José Lozano y Prieto. ANO, RIP 1794, Poder general de los Cosecheros de Tabaco de Orizaba y Zongolica a D. Benito Antonio Rocha, Orizaba, 23 de septiembre de 1794 ante Juan José Palacios.

[5] ANO, RIP 1784, fs. 39-40v, “Poder para fianza”, Orizaba, 20 de febrero de 1784 ante José Lozano y Prieto ANO, RIP 1788, 2º. cuaderno, fs. s/n, obligación por suplementos de D. Benito Antonio Rocha a favor de la Real Renta del Tabaco, Orizaba, 22 de octubre de 1788 ante José Lozano y Prieto.

[6] ANO, RIP 1809, escritura 65, fs. 129v-131, “Obligación por reales” D. José María Mendizaval, a favor de D. Melchor Ramos, Orizaba, 20 de abril de 1809 ante el Lic. José María Prieto y Fernández; y fs. 223-226, “Obligación por reales”, D. José Urbina a favor de D. Melchor Ramos, Orizaba, 21 de julio de 1809 ante el Lic. José María Prieto y Fernández. ANO, RIP 1811, fs. 136-137, “Obligación por reales”, D. Luis Sanchez a favor de D. Melchor Ramos, a 8 de noviembre de 1811 ante Vicente Prieto.

[7] ANO, RIP 1817, fs. 148-159v, testamento de doña María Josefa Fentanes por poder, Orizaba, 20 de septiembre de 1817, ante Vicente Prieto.

[8] ANO, RIP 1817, fs. 115-118v, Poder para testar de doña María Josefa Fentanes a don Joaquín Fentanes, Orizaba, 12 de agosto de 1817 ante Vicente Prieto.

[9] Archivo Histórico de la Provincia del Santo Evangelio de México (AHPSEM en adelante), caja 228, “Libro segundo de las recepciones de Avitos en la V.T.O. de Orizava desde el año de 1775 en adelante…”, f. 87v; “Libro segundo en que constan las profesiones e incorporaciones de los Hermanos y Hermanas terzeras de nro. S.P.S.S. Fran.co desde el año de 1775”, f. 71v, y caja 226, “Libro 2º. de Decretos de la Venerable Mesa de la Orden Tercera de Penitencia de N.S.P. S. Francisco de Asis de la villa de Orizaba establecida en la Parroquia”, fs. 100-106v.

[10] Archivo General de Indias, México, leg. 2699, “Testimonio del expediente instruido a instancia del presbítero D. Juan Macario Mendoza, sobre el restablecimiento de la Santa Escuela de Cristo en la Villa de Orizaba”, fs. 18-18v.

[11] ANO, RIP 1811, fs. 56-57v, “Poder especial”, El Ayuntamiento de Orizaba a favor de D. Vicente de la Barreda, Orizaba, 1º de julio de 1811

[12] Archivo Histórico Municipal de Orizaba, Actas de Cabildo, “Libro de acuerdos del Y.A. celebrados desde el año de 1801 hasta el año de 1814”, acuerdo de 3 de diciembre de 1811.

[13] AHPSEM, caja 228, “Libro 2º. de Decretos de la Venerable Mesa de la Orden Tercera de Penitencia de N.S.P. S. Francisco de Asis de la villa de Orizaba establecida en la Parroquia”, fs. 109v-112.

[14] ANO, RIP 1817, fs. 148-159v, testamento de doña María Josefa Fentanes por poder, Orizaba, 20 de septiembre de 1817, ante Vicente Prieto.

La romanización de la Iglesia Mexicana

Desde hace tiempo me he venido preguntando cuáles son los términos, las categorías para decirlo mejor, más adecuadas para referirnos a la historia de la Iglesia mexicana de los siglos XVIII y XIX, en particular para esas figuras que ejercen su liderazgo por antonomasia, los obispos. Casi sobra decirlo, si hiciéramos una historia estrictamente confesional, eso se soluciona relativamente con el catálogo de las virtudes cardinales y teologales. Al contrario, si se hace desde perspectivas anticlericales más o menos radicales, basta la acumulación de términos negativos.  En fin, si nos limitamos a una narración meramente formista, preocupada sólo por presentar el detalle de unos acontecimientos sin tratar de integrarlos en ningún otro conjunto, podríamos ahorrarnos el asunto. Mas para decir algo más preciso, sobre ellos y sus proyectos, sobre sus relaciones con el poder, sobre sus actividades pastorales, al menos para esa época, la historiografía ha utilizado términos como “regalista”, “ilustrado”, “galicano”, “liberal”, “ultramontano”, etc. Empero, todos ellos requieren una cierta reflexión, que no todos los historiadores emprendemos.

De ahí mi interés por presentar en esta ocasión esta exposición de una historiadora con amplia experiencia en estas materias, la Dra. Marta Eugenia García Ugarte. No es la primera vez que la presentamos en este espacio, es una especialista en el episcopado de los siglos XIX y XX, autora de  obras monumentales como Poder político y religioso. México, siglo XIX, centrada en la figura del arzobispo Pelagio Antonio de Labastida y Dávalos. En esta ponencia presentada en el Centro de Estudios de Historia Religiosa de la Universidad Católica Portuguesa en 2012, la profesora García Ugarte reflexiona sobre la pertinencia del uso del término “romanización” para referirse a la Iglesia mexicana, que la lleva por dos caminos muy concretos: la presencia de un representante de la Santa Sede en México y la de un grupo de poder al interior del alto clero mexicano muy de finales del siglo XIX y de principios del siglo XX, que justo había estudiado en Roma y que giraba alrededor de Antonio Plancarte. Por supuesto, esto no deja de abrir otras preguntas, pues si no es como romanización, cabría acaso preguntarse con que otros términos entonces describir a esas otras generaciones de obispos de mediados del siglo XIX que lucharon entonces contra el liberalismo.

 

Los ritmos de lo sagrado

Nuevamente dedico este espacio a presentar una traducción. Esta vez se trata de un capítulo, el cuarto, de la obra del profesor Alain Cabantous, Entre fêtes et clochers. Profane et sacré dans l’Europe moderne, XVIIe-XVIIIe siécle, titulado “Los ritmos de lo sagrado“. Tres grandes temas organizan este texto: la sacralización del tiempo del tiempo en general, sobre todo a través de las campanas; los debates en torno al día sagrado por excelencia, el domingo; y la cuestión del tiempo casi imposible de sacralizar: la noche.

Tres temas apenas si presentes en la historiografía mexicanista, que por ello, estimo, tiene mucho que aprender de la lectura de este capítulo y de esta obra en general. Desde luego, no pretendo decir que sus conclusiones son aplicables de manera general, pero sí que vale la pena pensar históricamente estos tres objetos de estudio y no únicamente considerarlos como algo que pertenece de manera natural a lo religioso. Casi sobra decir que además se trata de cuestiones en las que constantemente las autoridades religiosas, católicas y protestantes, se encontraban o desencontraban con las autoridades políticas, no menos que con las prácticas heredadas de la tradición medieval.

Sin más pues, dejo al lector con este texto, que también queda disponible en la página “Traducciones” de este mismo sitio.

Estados Unidos en el imaginario de un sacerdote rural

Una breve entrada para hacer difusión del trabajo que hacemos en el Centro Universitario de los Lagos de la Universidad de Guadalajara. En junio pasado los cuerpos académicos “Cultura y sociedad” (UdG-CULagos) y “Estudios interdisciplinarios sobre la cultura” (UG-Campus León), organizaron un seminario conjunto, titulado “Mitos y representaciones”. En ese marco, participó un colega ya conocido de este espacio, el Dr. Eduardo Camacho Mercado, con la ponencia “Los Estados Unidos en el imaginario de un sacerdote rural. Totatiche Jalisco, 1919-1926”, que aparece insertada a continuación.

Es un trabajo interesante, por varios motivos. Encontramos en él apuntes sobre la historia de la migración, sobre el nacionalismo y el catolicismo social. Pero en particular, nos muestra hasta qué punto, incluso un imaginario católico, que por definición nos parece reticente a los cambios, podía modificarse la opinión sobre nuestro vecino del norte. No anticipo más, esta semana simplemente dejo al amable lector en manos del profesor Camacho, esperando que se congratule de este testimonio del buen estado que goza la investigación en el área de Historia religiosa en nuestra modesta institución de los Altos de Jalisco.