Archivo por meses: agosto 2017

Demanda de memoria y oferta de historia: recorriendo las iglesias de Xalapa

Catedral de Xalapa en 2005.

En esta ocasión aprovecho este espacio para promover la labor de un colega historiador, el Dr. Paulo César López Romero, gran conocedor de la historia de los pueblos de la región de Xalapa, en el centro de Veracruz. Mas es oportunidad para reflexionar un poco en torno a la historia como práctica cultural. Lo que comparto aquí es el video que otro colega, el Dr. Ángel Rafael Martínez, realizó de un recorrido por las calles del centro de Xalapa en que el doctor López Romero explicaba con cierto detalle la historia de dicha urbe, acompañado de un público no especializado, pero muy interesado y a veces informado del tema. Sobra decir que no es el primer ejemplo ni el único, en varias ciudades se realizan ahora recorridos semejantes. Es una manera de difundir el conocimiento histórico convirtiéndolo en una práctica cultural, el paseo o la visita “cultural”.

Ahora bien, lo que más resalta es, repito, el interés del público, muchas veces conocedor de leyendas populares o difundidas en su día por las élites, así como de las versiones más oficiales de la historia local. Es un público que, incluso, demanda con frecuencia la confirmación de esa memoria: de manera constante se escucha al doctor López Romero hacer aclaraciones frente a ese tipo de preguntas insistentes. Ante ellas, como buen historiador profesional, formado en el trabajo de búsqueda y análisis de fuentes, de crítica de los usos de la historia, pero también de “imaginación histórica” (como hubiera dicho R. G. Collingwood), mi colega ofrecía Historia. Esto es, un relato vínculado a fuentes precisas, enmarcado en contextos que no son sólo locales, pero también imaginativo en su capacidad de aprovechar los objetos más diversos como testimonio. En el video se aprecia bien que los propios edificios cuentan su historia a aquél que quiera y sepa buscarla. Asimismo, se nota la crítica de esa memoria, la desacralización de mitos locales y el trabajo de interpolación para ofrecer hipótesis ante los “huecos” de testimonios fragmentados.

Desde luego, para fines de esta página, interesa en particular el recorrido por dos iglesias: la Catedral y la iglesia del Calvario. Especialista en la historia de los pueblos indios, nuestro guía no es experto en la vida de San Juan Nepomuceno, por lo que hay por ahí alguna leve imprecisión, que yo sé que los lectores más conocedores sabrán perdonar. En cambio, hay un amplio aprovechamiento de fuentes notariales, cartográficas, arqueológicas y arquitectónicas para construir un discurso al alcance de un público fuera de los espacios universitarios. Es esto finalmente lo que más debe valorarse, siendo que nuestra historiografía no ha dejado de ser un discurso a veces desconectado por completo de las inquietudes de nuestros contemporáneos.

Comencemos pues por la Catedral (desde el inicio hasta el minuto 16.30 aproximadamente), siendo también de interés la explicación del minuto 28 al 34.30 sobre una capilla ya desaparecida.

Enseguida, la iglesia del Calvario, desde el minuto 8.20 al 35.50.

En fin, la iglesia de San José, a partir del minuto 20.

Naturaleza humana y política, un apunte sobre Santo Tomás de Aquino III

Última parte de este apunte. En los anteriores vimos el contexto institucional e ideológico de la idea del hombre como unión de cuerpo y alma de Santo Tomás, terminemos viendo su importancia histórica.

Santo Tomás de Aquino, atribuido a Antoine Nicolas, ca. 1648 Catedral de Notre-Dame de París.

Desde la perspectiva de la historiografía contemporánea, es justo en esto que reside la significación de Santo Tomás de Aquino para la historia social medieval. Hay una cierta rehabilitación de lo carnal, del cuerpo, que resulta necesario para el alma en cuanto al uso de sus potencias sensitivas y generativas. Mas no es que el alma resulte menospreciada, pues casi sobra decir que mantiene su superioridad sobre el cuerpo. El artículo primero de la cuestión 76 afirma “lo primero por lo que un cuerpo vive es el alma”, más todavía “el alma es lo primero por lo que nos alimentamos, sentimos y nos movemos localmente; asimismo es lo primero por lo que entendemos”. De hecho, el hombre tal como había sido creado por Dios, es decir en estado de gracia, tema en que Santo Tomás se detiene ampliamente a partir de la cuestión 94, se distinguía por su rectitud, esto es: “la razón estaba sometida a Dios; las facultades inferiores a la razón, el cuerpo al alma”. El pecado original, la pérdida de esa gracia divina, implica de alguna forma la alteración de esa correcta jerarquía: “desapareció la obediencia de la carne al alma”. En el Paraíso terrenal “el alma preservaba al cuerpo de corrupción mientras estuviese unida a Dios”, sin ese vínculo, pues aparece la muerte. En la cuestión 85 ya de la primera sección de la segunda parte de la Summa, explica con mayor precisión que una consecuencia del pecado original fue la disminución de la tendencia a la virtud de la naturaleza humana, pero sin que llegue nunca a extinguirse del todo. En el orden natural y sobre todo en el sobrenatural, el alma gobierna sobre el cuerpo.

Esta doctrina no dejaba de tener consecuencias políticas. En principio, porque la relación del alma y el cuerpo se había convertido en el siglo XIII en la metáfora política por excelencia. Juristas y teólogos, los universitarios pues, coincidían entonces en retomar la imagen de la Iglesia como cuerpo de Cristo que aparece en las epístolas de San Pablo, para aplicarla a su propia época, y prácticamente a toda forma de lo que hoy llamaríamos reunión, asociación o comunidad, incluida la monarquía. Santo Tomás la usó explícitamente en su Opúsculo sobre el gobierno de los príncipes. Siguiendo a Aristóteles presenta al ser humano como social por naturaleza, pero necesitado de una guía para gobernarse, el cuerpo social es semejante el cuerpo humano en el cual “el alma rige al cuerpo y la razón los aspectos irascibles y concupiscibles del alma”. Esa autoridad, a ejemplo de la naturaleza, era mejor que fuera unitaria, como la de Dios en el universo, y por tanto favorece a la monarquía, aunque dejando abierta la posibilidad de que el pueblo derribara a un monarca tirano. Como cabía esperar los fines superiores a los que el monarca debía obedecer y guiar a su pueblo eran espirituales, debía literalmente “ser para su reino lo que el alma para el cuerpo y lo que Dios para el mundo”, e incluso el Aquinatense dice de forma bastante explícita que para ello el rey debía apoyarse en el clero.

Catedral de Notre-Dame de París en 2014.

Ahora bien, en segundo lugar, y de manera más extensa y profunda, la integración plena del cuerpo a la ciencia sagrada manteniéndolo sometido al alma, hace a Santo Tomás de Aquino, elemento de un proceso más amplio de transformaciones de la sociedad medieval. Se trata del ascenso de la Iglesia como organizadora también de las realidades incluso las más profanas, como las relaciones sexuales. Respecto a este cambio permítanme una cita extensa de Jérôme Baschet, La civilización feudal: “mientras en la alta Edad Media no veía la salvación más que en la huida y el desprecio del mundo, la institución eclesial, una vez que llega a la cima de su poder, manifiesta su capacidad para asumir el mundo material, para hacerse cargo de él con el fin de transformarlo en una realidad espiritual y conducirlo hacia su destino celestial”.

Definir a la naturaleza humana como unión de alma y cuerpo era también una manera de ampliar y profundizar la jurisdicción eclesiástica sobre los cuerpos efectivamente existentes de las mujeres y los hombres de la época medieval. De manera más amplia, ella se extendió también sobre “bienes espiritualizados”, los que habrían de pagar la intercesión permanente por los difuntos en el Purgatorio; sobre “cosas sagradas”, literalmente, desde imágenes hasta complejos de edificios, desde sencillos ornamentos hasta verdaderas joyas artísticas; hasta sobre “reinos cristianos” o incluso sobre los territorios de los gentiles. Esto es, Santo Tomás de Aquino ayudó a convertir a la Iglesia en, de nuevo cito a Baschet, una “máquina para espiritualizar lo corporal”, una máquina sacralizadora pues, que habría de funcionar de manera duradera, al menos por los cinco siglos siguientes hasta la época de las revoluciones liberales e industrial.