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Religión o muerte: Un discurso nacionalista orizabeño de 1836

Catedral y el padre Llano 2

En abril de 1836, la ciudad de Orizaba conmemoró por todo lo alto un motín que, dos años atrás, había contribuido a la caída de los liberales “radicales”, digamos a falta de otras categorías, que habían promovido una serie de medidas secularizadoras, y cuyo representante más conocido a nivel nacional era el vicepresidente Valentín Gómez Farías. Al mismo tiempo que la ciudad se engalanaba con la que había sido una de sus más grandes participaciones hasta entonces en la naciente vida política mexicana independiente, se libraba la guerra de Texas. De hecho, la conmemoración tuvo lugar en vísperas de la batalla de San Jacinto, por lo que entonces se estimaba que el ejército mexicano, con el general Antonio López de Santa-Anna al frente, iba ganando un combate tras otro. El orador principal, José Gutiérrez Villanueva, uno de los notables locales, profesor del liceo local, dirigió un discurso más marcado por esa actualidad de la guerra que por una memoria del propio conflicto conmemorado, hasta el punto de dejar en el anónimato a víctimas y verdugos de su relato. En cambio, el motín orizabeño se inscribía en una lógica de más largo alcance, internacional incluso. Era la batalla de una nación católica mexicana, construida en buena medida gracias al clero, contra las intrigas de un enemigo impío, los Estados Unidos, en particular a través de su primer representante diplomático, Joel R. Poinsett.  La arenga de Gutiérrez Villanueva era así, podríamos decir, más un llamado a la unión nacional, religiosa obviamente, ante el enemigo fundamental que estaba detrás de los caudillos de la rebelde Texas.

Sobra casi decirlo, el discurso debe leerse, por tanto, como testimonio de esos intentos de cohesionar a la nación para la guerra, no como testimonio objetivo de las relaciones de México y Estados Unidos desde la independencia. La investigación al respecto ha tenido otros avatares, pero no es lugar aquí para contarlos. Lo que nos interesa es, desde luego, el recurso al catolicismo como vínculo fundamental para afrontar esos peligros externos. Uno hubiera podido esperar “Patria o muerte” como lema en una oración cívica tan nacionalista, y sin embargo es “Religión o muerte” lo que encontramos. Esto, independientemente de la religión practicada como tal en Estados Unidos, que ni siquiera es un asunto de interés verdadero en el discurso, pues en realidad, más que contra el protestantismo y sus variantes, se diría que el enemigo es el naciente capitalismo. Confieso mi desconocimiento, pero recuerdo al menos algún otro testimonio que expresaba una idea semejante — el rechazo a una organización económica naciente en que predominaba el interés por la ganancia — en la prensa cercana a facciones políticas del liberalismo moderado de principios de la década de 1830: el periódico El mono. Sin mayor adelanto, dejo pues al amable lector con esas palabras que la Junta patriótica local mandó imprimir unos pocos días después de pronunciadas. En la transcripción he preferido respetar el uso de “Méjico” con j, pero he actualizado el resto de la ortografía. El folleto lo consulté en la Biblioteca Nacional de Antropología e Historia “Eusebio Dávalos” (con sede en el Museo Nacional de Antropología e Historia), Fondo Reservado, 4ª. serie de papeles sueltos, legajo 196, documento 3, caja 70.

Discurso que en el aniversario del dia 20 de abril de 1834 dijo en la ciudad de Orizaba D. José Gutiérrez de Villanueva. México, Impreso por Juan Ojeda, calle de las Escalerillas núm. 2, 1836, 16 págs.

¡Vírgenes de Anáhuac! Aprestad en este dia de venturosos recuerdos vuestras arpas celestiales: que el armonioso eco de los sagrados himnos, resuene en la espesura de las selvas patrias; cantad al Dios fuerte de las batallas, desvaneciendo con el poder de su sola voluntad las oscuras maquinaciones de los enemigos de su culto y de su gloria; mezclad también, entre la melodía de vuestros acentos, la memoria dolorosa de la antigua cautividad. Sí, la idea de pasados infortunios tiene algunos encantos, cuando se les conmemora en presencia del Ser augusto que adoramos.

¡Numen de los cielos! Tú que desde la solitaria cima del Horeb, inspiraste a aquel felice pastor como en el principio de los tiempos el universo se levantó del caos a la voz de la divinidad; el fuego de tus graciosas imágenes, el colorido enajenante de tu descripcion imploro. Pero si tú, ¡oh genio de las sublimes bellezas! te complacieses más en habitar las colinas de Sión, o a las verdosas márgenes de Siloé, de allí para mi noble empresa tu socorro invoco. Revélame cómo la hidra de la impiedad, seduciendo al incauto mejicano, cubrió de luto y sangre la doliente patria; dime tambien cómo este pueblo de héroes, entre el silencioso universal oprobio alzó su audace voz, y pulverizando cual vaso de arcilla sus infernales designios, restableció los altares del santo de Israel.

La nacion mejicana, reducida por sesenta lustros al estado humilde de colonia, había en su adolescencia descubierto el secreto de su inestimable valor, y la naturaleza imprescriptible de sus derechos. Elevarse al alto rango a que la llamaban la grandeza de su extension, la benignidad de su clima y los preciosos tesoros que encerraba en su seno, se había convertido en una necesidad política, era el ardiente deseo de los mejicanos, era, sí, como el pervigilio seductor de una abrasada imaginacion. Empero un Gobierno omnipotente, las raices adquiridas por espacio de tres siglos, la magnitud de sus recursos, el número y carácter de sus partidarios, son obstáculos ante los que se anonadan los proyectos mejor concebidos, y disipan como el humo las mas lisonjeras esperanzas.

El destino habia reservado la gloria de colocar la piedra angular del edificio de la Independencia al Clero Mejicano, y cuando no existían probabilidades más halagüeñas que la de una muerte gloriosa, Hidalgo tremola en 810 el lábaro sagrado de la patria. A su ejemplo, pero no, por la identidad de sentimientos, por la comunión de principios, aquella clase veneranda y generosa, difunde por todo el ámbito de la república el amor de la grandiosa empresa, el desprecio de los peligros; y en el campo del honor, en la oscuridad de las prisiones, y sobre los cadalsos mismos, sella con su sangre el pacto de unión eterna con el pueblo mejicano. Yo evoco vuestro irrefragable testimonio. ¡Sombras queridas de Matamoros y Morelos! El Dios que no concede la victoria según el número de las legiones, ni la pericia de los generales, sino conforme á sus inescrutables y sacrosantos designios, no se digna bendecir por entonces la causa Anahuacense; reserva para sienes más afortunadas la corona triunfal, y el heroe a quien las facciones bajaron inmaturo a la tumba en Padilla, recoge los frutos del árbol que en Dolores Hidalgo plantara.

Mas el clero en ambas épocas habia adquirido brillantes y gloriosos títulos al reconocimiento nacional. El primero en proclamar el ser político de la patria, el primero en arrostrar la muerte en los combates siempre al frente de las mejoras sociales, unido al pueblo en afecciones y principios, su amigo y aliado, parecía que su existencia material estaba íntimamente entrelazada con la independencia mejicana. Si las manos de los que en las Cruces, Aculco y Calderón exhalaron su postrer aliento, hubieran escuchado la sucinta reseña que acabo de haceros, de los distinguidos servicios de nuestro clero, esperarían sin duda oírme terminar por la enumeración de las consideraciones políticas, de los altos respetos que además de los que de justicia se le deben por su sagrado carácter, le habría otorgado la gratitud. Mas al contemplar que se le detractaba como enemigo de la causa pública, se le perseguía encarnizadamente como desafecto a la dignidad de la nación, poseídos de un profundo dolor volarían de nuevo a ocultar entre el polvo de la huesa su asombro y confusión.

Consideremos ya el antiguo Imperio de los Aztecas ocupando un lugar distinguido en el catálogo de las naciones; el mundo culto fija en él su vista con complacencia cual sobre una inocente beldad; los amigos del género humano enderezan al cielo plegarias por su felicidad, y por su gloria; los ricos dones con que le distinguiera la mano liberal de la Providencia, el candor de sus hijos, su dócil piedad parecen augurarlo.

Empero, hay una region trabajada por los hielos de un invierno eternal, cuyos moradores divirgiendo en hábitos, sentimientos y costumbres, ofrecen en su asociacion la estructura del idioma de Babel; mas convienen unanimemente en el culto de una deidad, que bajo los nombres de Oro y acres de tierra designan. A este ídolo pues, más execrable que nuestro antiguo Huizilopoztli sacrifican sin piedad la paz de los circunvecinos pueblos, el honor y las más dulces inspiraciones de la naturaleza. Desde sus antros coronados por las tinieblas boreales observan con celos la creciente ventura de las repúblicas del mediodía; calculan con flema mercantil el progreso de sus adelantos, y cuando estos les dicen que su importancia comercial y fabril peligran, no hay escrúpulos en la elección de los medios que sostengan su preponderancia.

Méjico en 823 es ya una temible competidora: permitirla gozar en plácida concordia los frutos de la paz y de su suelo; tolerarla adoptar instituciones análogas a sus necesidades positivas; consentir el que las examine en el silencio de las pasiones, las rectifique y consolide, es según su tenebrosa diplomacia, conspirar contra el septentrión. Resuelven por la ruina de la gran Tenoxtitlan, réstales sólo determinar con acierto los medios de consumar tan infernal designio.

No espereis ciudadanos, [que] yo os indique entre los proyectos que se cruzaron para llevarle a su cabo, una guerra franca, aunque suscitada por medio de aquellos pretextos frívolos de que se sirven los tiranos. ¡Pérfidos! No ignoraban que la nación mejicana, intrépida y marcial, habria aceptado con placer la ocasión de poner en ejercicio las virtudes militares de sus hijos, y que provocada a la lid, no habría escuchado proposiciones de reconciliación hasta fijar el estandarte de las Águilas… ¿lo diré ciudadanos? Sí, sobre el capitolio de Washington.

Mas los bárbaros poseían el secreto fatal de introducir en las naciones el germen de la muerte, sin comprometer la impía mano que le hiciera fructificar; conocían las terribles causas por las que Roma, después de haber sometido el universo a sus leyes, sucumbió oprimida bajo el peso de su gloria, y la hermosa Bizancio, primera entre las ciudades del Oriente, abrió con ignominia sus puertas a los hijos de Otman; sabían, en suma, el poder asolador de la desmoralización y las facciones.

Faltaba sólo un genio avezado en este género de crímenes que reuniera a la astucia de la zorra el veneno delectéreo de la serpiente, y jamás el averno en sus furores abortó un monstruo más digno de esta mision que el execrado Poinsett. ¡Malhadadas repúblicas del Ecuador! Delatad ante el tribunal del universo al factor de vuestra ruina. Reveladle quién convirtió en teatro de combates fratricidas vuestras fértiles campiñas, quien cubrió de ruinas y de sangre la patria de Bolívar. Alzad, hermanas deplorables, vuestra desfalleciente voz contra ese ministro inicuo, entregadle a las eternas maldiciones de los futuros siglos.

Méjico, con infantil candor, recibe en sus brazos como aliado a la fiera escogida para devorarle; y que en breve debía ahogar en lágrimas la paz y concordia social. Su letal influjo pronto se insinúa en el ánimo de los grandes funcionarios, él inspira toda suerte de medidas que llevando la máscara de conveniencia pública, y el barniz seductor de la novedad sacaran la nación de su centro, entorpecieran su marcha, la sumieran en el abismo de las pruebas políticas, y formaran un caos de su legislación. El santuario de las leyes entonces se afecta de sus maquinaciones, y como Minerva nace del cerebro de Júpiter, así del de aquel hombre sin piedad parte esa nube de decretos inhumanos, que cubre de luto la república, que siembra por doquier el quebranto y la horfandad, que prescribe perecer en paises inhospitalarios y remotos, entre los horrores de la desnudez y del hambre muchedumbre de familias desgraciadas; decretos, en fin, que la historia transmitirá como un monumento de sempiterna ignominia para sus autores.

La existencia de una religión que santifica el pacto social, que coloca y asegura la moral sobre bases firmes e indestructibles, que proscribe el vicio sea cual fuere su objeto y su denominación, y sofoca las pasiones desde el instante primero de su ser, debía necesariamente convertirse en blanco donde se asestaran los tiros del creado partido para dar la última mano a la obra de la desorganizacion.

Instálanse por todas partes y como a porfia esos talleres de prostitución, esas orgías donde bajo el velo de las tinieblas, se celebran los misterios de la iniquidad. En ellas se escarnecen las sagradas instituciones, que al través de las vicisitudes de los siglos legara la paterna piedad a nuestra veneración y acatamiento; en ellos se condena al ostracismo, al deshonor y a la muerte, al hombre esforzado que resiste ofrecer inciensos y doblar la rodilla ante la abominable estatua de Moloc; en ellos se retrata al clero con los colores más negros e infamantes, como el intransigible adversario de los derechos patrios, el impostor de los pueblos, el devorador de su substancia, como el peligroso enemigo, por último, de la independencia nacional.

¡Qué extrañais ciudadanos si en tan diabólica escuela se mezclaron estas doctrinas, recogiésemos sus vergonzosos frutos en 834!

Mas yo me encuentro con placer trasladado impensadamente a una época cercana al gran dí cuya memoria celebramos hoy; permitidme, señores, no retroceder para traer a la vuestra sucesos que llenan el alma de dolor.

Ya la impiedad mora entronizada sobre el solio de las leyes, rodeada de sus aúlicos infandos, el despotismo, la intolerancia y el fanatismo feroz; encendida en ira, y despechada por el tiempo que un gobierno enérgico, con mano poderosa, encadenara sus furores, levanta con arrogancia su frente de Medusa; ensangrentados sus ojos, vagan sobre el imperio que la cólera celestial ha entregado a su saña, para determinar las víctimas destinadas a cebar su encono; su espumante boca se dilata para marcar una sonrisa feroz, y con la diestra agita la tea del exterminio. Lejos de ella yace despedazada la hipócrita máscara con que un tiempo disfrazara sus intentos; Humanidad, Filosofía, Libertad, fueron sus nombres: hoy les substituye por otro de mas lato sentido, y blasfemando contra la cualidad que más ennoblece al hombre, se condecora con el título de Humana razón. Guerra sin tregua, grita, al clero mejicano, su más odioso enemigo, cuya noble firmeza turba sus designios; protestado ha aniquilarlo con mancilla, y el genio de los abismos la sugiere entonces un juramento impío en diametral oposición con las obligaciones y votos de aquél, para que resistiéndole su conciencia, pueda acusarlo de prodición a la independencia nacional y llamar sobre su cabeza el odio del amante sincero pero irreflexivo de los derechos del pueblo. El irreligioso decreto que lo ordena se forja y promulga con celeridad; la nación sale por un instante del profundo abatimiento que la postra para lanzar un gemido de dolor; millares de sollozos volaron hasta el trono de las misericordias.

¡Préstame tus tétricos y funerales acentos, hijo de Helcias! La tristura y consternacion de mi patria, no pueden describirse con rasgos menos fuertes que los que tú empleas en tus sublimes lamentaciones.

Ya los pastores por la ordenacion de Jesucristo, abandonan la querida grey para marchar a países lejanos a terminar en la oscuridad y en la miseria un resto de existencia consumida en el ministerio de santificación; ya abrumados por los dicterios y roncos gritos de una soldadesca atroz, se ocultan en las tinieblas para poner en salvamento algunas gotas de sangre heladas por los años, y cuya efusión se pide con espantosos alaridos.

El religioso ve alterada la piadosa quietud de su retiro, y arrojado cual bestia montaraz de su caverna, se intenta trasladarle con violencia… ¿a donde? ¡Dios de nuestros padres! Vos solo lo sabíais.

La inocente paloma de los claustros, que en tanto el resto de las criaturas reposa en plácido sueño, despertada por su ardiente caridad, levanta sus impolutas manos a los cielos como para substraer dulcemente de los tesoros del Eterno el perdón y las gracias de sus hermanos, es brindada con impudencia a participar de los impuros goces de una tierra de desolación.

¡Ay del que osa elevar su voz contra los sacrílegos planes, o denotar en su semblante la pena que lo devora! Horrendas prisiones, el destierro o la muerte, imponen silencio a su dolor.

Virtuosos ciudadanos que en las aflicciones de la patria, sacrificaran en sus aras lo mejor de sus fortunas; ilustres guerreros señalados de honorosas heridas, que en cien lides y otras ciento recibieron combatiendo por la Independencia nacional, son proscritos cual infames traidores.

Todo cede ante el fiero vandalismo que ocupa el asiento del poder; la quietud sepulcral en que yace sumergida la república, es para sus miserables adeptos el signo infalible de la victoria. Embriagados de su vertiginoso orgullo, meditan como otros Titanes, asaltar los cielos, y conmover el tabernáculo del Señor; mas miróles el Eterno en su ira: que los que manchan la tierra con sus crímenes se disipen, dijo, y el Jacobinismo cayó cual roca precipitada desde la cima de los Andes por el bramido de la tempestad.

Orizaba no habia sido la menos favorecida con duras pruebas en los días de la tribulación. En tanto que sus derechos solo fueron hollados, ofreció en los altares de la paz su resentimiento y su penar, conservando una actitud tranquila y silenciosa; mas cuando observa las asechanzas que se tienen a los ministros del santuario, cuando les ve errantes implorando un recóndito asilo, cual pudiera un hombre agobiado de crímenes; cuando descubre las bandas revolucionarias que se dirigen sobre la morada de su párroco querido, para perpetrar en él los aleves intentos que encubren bajo las sombras de la noche, nada es ya capaz de reprimir su indignacion; jura perecer mil veces antes que tolerar el horrendo atentado que aquellos se proponen, llama al cielo por testigo de la santidad y justicia de su causa y puesta su confianza en el Dios que no salva a los reyes según el número de sus fuerzas, ni al jinete por la velocidad de su caballo, exclama con una voz que aterró a los tiranos de la patria, RELIGIÓN O MUERTE. A este tremendo grito, de los asesinos responden con la punta de las bayonetas, trábase una lid desigual, masas inermes oponen con impavidez sus pechos a un fuego sostenido: el jóven en medio de su lozanía, el tierno infante en la aurora de la vida… expiran al estallido de la descarga.

¡Inaudita cobardía! Jamás traeremos a la memoria sin emoción semejantes escándalos. Los bárbaros se difunden por las calles y los atrios de los sagrados templos, y doquier fijan su inicua planta fueron seguidos del crimen y del horror. Entonces, bajo la espada de un cobarde rendiste tu magnánimo espíritu ¡generoso caballero! ¡salud a tus manes! Desde la celeste mansión do nuestra piedad te considera, dirige tu radiosa vista sobre los muros del Álamo, sobre los campos de Goliat, mira como el resto de tus asesinos purga sus execrandos delitos. Empero. los clamores de los justos habían desarmado el brazo de la Providencia, el consistorio divino se dignó escoger, como instrumento de sus maravillas, al piadoso pueblo Orizabeño. Los legionarios de la inmoralidad, devorados por los remordimientos de una conciencia ennegrecida pierden terreno por todas partes; un solo edificio les sirve de refugio y de defensa: sobre el pavimento santo que profanan, habrían expiado sus nefarios crímenes, si tú, ¡clero sin rival! no hubieses hecho oír entre el tumulto de los combates la voz del Dios que ordena el perdón de los enemigos.

El noble ejemplo de Orizaba es imitado y seguido por todas partes: Cuernavaca, Lagos, Toluca, proclaman sus principios: la tranquilidad renace, el culto de Jesús vuelve a su primitivo esplendor: Orizaba en suma ha salvado la patria.

¡Sacerdotes del Altísimo! Entre las emociones del júbilo más puro, recibid en este dia los testimonios de nuestro ferviente afecto, y la solemne expresión de nuestros votos. Sin fruto, un bando refractario os deturpa con sus calumnias, e intenta condenaros con asquerosos escarnios al desprecio y al odio popular.

La inmensa mayoría de la nacion, fiel a la religión de sus abuelos, verá siempre en vosotros, los intérpretes y ministros del Dios de justificación; los mediadores entre el pecador y su Padre celestial; el dulce retiro donde el alma ávida de consuelos se acoge en el pesar de las humanas fragilidades, y en los momentos de la tribulación; los amigos, en fin, que cuando el mundo aparta con horror su vista de las convulsiones de nuestra última agonía, recogen nuestro postrer aliento, y nos abren las puertas de una bienaventurada eternidad. Seguid, pues, como hasta aquí, orando por la paz de esta Jerusalén, y por la ventura y gloria de los que la aman. ¡Que la concordia reine en su recinto, y la prosperidad en sus palacios! Sí, por el amor de vuestros hermanos, y de vuestros amigos, rogad por la tranquilidad de la República; llenos de celo por la casa del Señor nuestro Dios, haced votos por la dicha de aquella.

Y tú, pueblo ilustre de la raza de los héroes: tú, a quien la patria es deudora de su paz y su contento; tú, por cuyos denodados esfuerzos el himno de los holocaustos se dirige desde la tierra hasta los cielos, recibe tambien el homenaje cívico de perdurable alabanza, y las bendiciones del Eterno. Por ti, restablecido el honor nacional, ondea triunfante el hermoso pabellón de los tres colores sobre los muros del Álamo, sobre las torres de Béjar y Goliad; por ti, nuestras cohortes victoriosas ornan sus nobles sienes de lauro inmarcesible… pero escucha: Si el Jacobino un día osare levantar de nuevo su abatida frente del cieno de maldición que la cubre, haz resonar de nuevo la tremebunda campana de abril, y puesta como entonces la confianza en el señor Sabaoth grita impávido: RELIGION Ó LA MUERTE.

“El gran regreso del purgatorio”

couvcuchetEn esta oportunidad presento una nueva traducción, de una comunicación breve, pero que espero que el lector encontrará interesante. Se trata de una de las colaboraciones que se presentaron en un coloquio que organizó la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París en 2007, y que se publicó en 2012 con el mismo título: Le Purgatoire. Fortune historique et historiographique d’un dogme. En concreto es la participación del coordinador del coloquio y de la obra, el profesor Guillaume Cuchet, titulada “El gran regreso del purgatorio”.

Sin duda, lo ideal sería acercar al público de habla hispana a la obra más amplia de dicho autor, Le crépuscule du purgatoire, (París, Armand Colin, 2005); empero, una parte significativa del planteamiento está resumida en estas páginas. El lector encontrará aquí un tema que, me parece, poco ha trabajado la historiografía del mundo hispánico: la cuestión del purgatorio en el siglo XIX. De alguna manera continuamos en la misma problemática de la traducción anterior, la del capítulo de la obra de Emmanuel Fureix sobre los cementerios. En el siglo XIX la religión de los muertos conoció un ascenso significativo, Cuchet explora su cronología, sus razones, sus modalidades, poniendo atención, no sólo al impulso institucional, sino también a la dimensión más profunda, la de las sensibilidades colectivas.

En algún otro momento incluiremos aquí alguna otra de las colaboraciones, se trata de una obra muy interesante, que en efecto hace tanto un amplio balance como presenta novedades en la historia del purgatorio, ese dogma que ha sido tan fundamental para la cultura occidental, pero también en la historiografía desde la obra de Jacques Le Goff. Como es costumbre, aclaro que se trata de una traducción libre, con fines estrictamente de divulgación, queda disponible en la página correspondiente de este sitio.

Un proyecto de libertad religiosa

Procurador encabezadoLa ley, en el siglo XIX (y tal vez incluso hasta hoy) era una manera de realizar sueños políticos. En otras oportunidades he tenido el gusto de trabajar los proyectos de unos “soñadores” muy cocretos, los miembros la IV legislatura constitucional de Veracruz de 1833 a 1834. La segunda IV legislatura, aunque no vale la pena entrar ahora en los detalles de esa repetición, elegida el 25 de enero de 1833. Desde mi tesis de licenciatura (presentada en 2003 y publicada en 2006 con el título La política eclesiástica del Estado de Veracruz, 1824-1834) hasta mi tesis doctoral (presentada en 2010), dediqué alguna atención a una serie de decretos con los que ese grupo de legisladores, entre los que dominaba la facción de los “patriotas”, trataron de reformar la vida religiosa veracruzana. Alguna razón tuvo el obispo de Puebla, Francisco Pablo Vázquez al comparar uno de sus decretos con la Constitución civil del clero de 1790, obra de la Asamblea Constituyente francesa. Si algo parece claro en sus decretos es el intento de reorganizar a la Iglesia católica de forma que quedara bajo la tutela del Estado de Veracruz, aunque para ello esos legisladores trataron a veces que pasar por encima de los límites que imponía la Constitución federal de octubre de 1824.

¿A qué proyectos me refiero? En primer lugar a la creación de un obispado con los límites del territorio estatal, cuyo obispo y curia serían financiados del erario estatal y no del diezmo, que en cambio debía ser suprimido. En este mismo espacio publiqué, en 2010, el texto completo de ese decreto, el número 18, en realidad poco conocido en la historiografía. Hubo medidas que pueden considerarse menores: como la prohibición a los ayuntamientos de celebrar otras fiestas fuera del 16 de septiembre, así como la supresión de los dobles de campana, ambas ya en 1834. Desde noviembre de 1833, examinaron además la posibilidad de permitir al clero renunciar al fuero personal, a propuesta sacerdote y senador (era una legislatura bicameral) Leonardo Romay.

Mas sin duda, el más célebre de sus proyectos fue el planteado en su sesión del 30 de noviembre de 1833, en el que trataron de construir un sistema educativo estatal utilizando para ello los bienes de diversas corporaciones eclesiásticas, en particular los conventos, que por ello debían suprimirse. “Todos los institutos religiosos deben considerarse inútiles civilmente”, sentenciaba el proyecto de la comisión que dictaminó el proyecto de decreto, que fue emitido con el número 54. Éste fue la gran medida de esa legislatura, la que ocasionó controversias con el clero, en particular con el obispo de Puebla, aunque también con la federación. Más todavía, a la larga, la insistencia de la legislatura sobre el cierre de los conventos fue lo que desató, en abril de 1834, los pronunciamientos que llevaron a la caída de los poderes estatales, concretada en junio de ese mismo año.

Empero, hubo otro proyecto tal vez más ambicioso aún: una nueva constitución del Estado de Veracruz, presentado por el diputado orizabeño Joaquín Pesado en la sesión del 23 de enero de 1834. Proyecto de 50 artículos, reconocía en su artículo 6o. una serie de “derechos civiles”, para “toda clase personas, sin distinción de condición ni sexo”, que incluía por primera vez la libertad religiosa.  DerechosNo era un asunto menor, dado que la Constitución federal y el Acta constitutiva de la federación de 1824 habían establecido que la religión católica era la única que debía practicarse. El asunto justificó una verdadera campaña en el periódico de los “patriotas”, El procurador del pueblo, para probar que la tolerancia era compatible con el catolicismo, e incluso que la defensa de la religión no era propia de las autoridades civiles.

En efecto, aquel mes de enero de 1834 fue, podríamos decir, el “mes de la tolerancia religiosa” en las páginas de ese periódico. Entre los textos más sobresalientes que vieron la luz entonces estuvo un “cuento moral” publicado el día 17, que citaba a favor de la tolerancia religiosa un pasaje del Evangelio de San Mateo (“No todo el que me dice Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos…”). Un diálogo incluido en ese mismo número hacía de la tolerancia un derecho natural, pues decía, ningún pasaje de las Sagradas Escrituras, decían, privilegiaba un culto particular pues todos eran de “invención humana”. Los Padres de la Iglesia lo afirmaban, las Escrituras lo confirmaban. Otro texto fundamental fue publicado al día siguiente, el 18: la  “Carta sobre la tolerancia” de John Locke, de la que los editores prefieron no indicar su autor, y donde ésta era calificada como “el rasgo distintivo de la verdadera Iglesia”. Siempre en el marco de un discurso religioso, el editorial de El procurador del pueblo del 21 de enero mostraba un Jesucristo tolerante, “que no quiso forzar la inclinación de nadie”, así como una Iglesia primitiva que “practicó la tolerancia sin interrupción”. La sociedad y los gobiernos de entonces no debían sino seguir el mismo ejemplo.

Casi sobra decirlo, esta reforma no llegó a concretarse, al menos hasta donde sabemos, quedando en el olvido con la caída de los “patriotas”. Hoy, gracias a la Hemeroteca Nacional Digital de México, de la que proceden las dos imágenes de este breve artículo, podemos tener acceso más fácil a esos proyectos. Conviene insistir, ya para cerrar, que a 183 años de distancia puede parecernos un esfuerzo distante y ajeno, lo es en parte, pero es buen recordatorio de una de las implicaciones de la modernidad política: la posibilidad de cambiar a la sociedad, de reformarla y reorganizarla conforme a nuevas utopías, que aunque a veces “laicas” no dejaban de tener un aspecto religioso. Quien lea la sesión del 30 de noviembre de 1833 de los legisladores de Veracruz no dejará de advertir, su lado romántico, su idea de la futura prosperidad del estado gracias a la circulación de los bienes concentrados por los antiguos conventos, por ejemplo. Eran batallas que emprendían sin importar que pareciera una lucha de David contra Goliath (para seguir en las imágenes religiosas) por el peso de varios siglos de tradición que había que confrontar. Al final, la reforma en la materia era una vía también para hacer realidad una sociedad más igualitaria, valor particularmente querido de los “patriotas”, como se ve en la divisa que se lee en el encabezado de El procurador del pueblo.

“Theater of a thousand wonders”

theaterWilliam B. Taylor, Theater of a thousand of wonders. A history of miraculous images and shrines in New Spain, Cambridge University Press, 2016, 654 pp.

El profesor William B. Taylor, emérito de la Universidad de California Berkeley, es bien conocido en la historiografía mexicanista, tanto por sus trabajos sobre la violencia y sobre la relación entre campesinos y hacendados en Oaxaca, como en particular por sus obras sobre la historia religiosa novohispana. Su libro Ministros de lo sagrado. Sacerdotes y feligreses en el México del siglo XVIII, (original en inglés de 1996 y traducido al español en 1999) es todo un clásico, fundamental para entender al clero de la Nueva España. Ahora nos ofrece nuevamente una obra destinada a convertirse en clásico, al mismo tiempo verdadera enciclopedia de la vida religiosa novohispana y ensayo que argumenta a favor de una historia comparativa en varios sentidos. Obra ambiciosa, en la que acaso sólo los más conocedores de los detalles regionales encontrarán carencias, logra abarcar al conjunto del reino de Nueva España, desde el lejano norte hasta inclusive Yucatán y, gracias sobre todo al culto al Señor de Esquipulas, a provincias del reino de Guatemala, Chiapas en particular. Estructurada en dos partes para un total de nueve capítulos y tres amplios apéndices, es además un impresionante ejemplo de una larga vida dedicada a la investigación, pues analiza documentación de una treintena de acervos, entre los que se destaca el aprovechamiento exhaustivo de fuentes norteamericanas, no menos que el de una extensa bibliografía anglosajona, incluyendo disertaciones doctorales y de maestría.

En un primer momento, en los dos primeros capítulos, el autor nos presenta una síntesis general de la historia de los santuarios de imágenes milagrosas de los siglos XVI al XVIII. Una de las virtudes de la obra es que construye una cronología precisa de su desarrollo. Más que repetirla aquí, interesan destacar dos puntos fundamentales. Primero: la identificación de un “largo siglo XVII” que va de 1580 a 1720, que puede subdividirse en otros tres períodos, y en que tienen lugar, primero las historias de los orígenes de esas imágenes milagrosas (1580-1620’s), luego la redacción de los primeros relatos y por tanto su primera difusión (1630’s-1670’s) y su primer desarrollo institucional (1680’s-1720). Segundo: el siglo XVIII, no fue una época de decadencia de los santuarios de imágenes milagrosas, sino más bien de consolidación, de continuidad y de expansión, a pesar de la oposición de algunas autoridades tanto eclesiásticas como de la monarquía. De esta forma, Taylor cuestiona de manera convincente la imagen, sólida aún en nuestra historiografía, de la época de las Reformas borbónicas como un período de crisis para la Iglesia novohispana. Los otros dos capítulos de esta primera parte entan en el detalle de casos específicos que refuerzan este marco cronológico. A este respecto, el capítulo tercero vuelve sobre las más emblemáticas de las imágenes marianas (Guadalupe, Remedios, San Juan de los Lagos, Zapopan, Pueblito, Izamal), pero tal vez lo más interesante es el estudio comparado del desarrollo de la devoción a las imágenes de Cristo, destacando en particular el contraste entre “Cristos negros y Madonnas blancas”. El último capítulo de esta primera parte completamenta lo anterior analizando además el desarrollo de ciertas advocaciones marianas: las más clásicas, como la Inmaculada y la Dolorosa, las venidas de España como Aranzazu o Covadonga, y las que conocieron su expansión en el siglo XVIII, como la Divina Pastora, la Virgen de la Luz y la del Refugio.

La segunda parte de la obra constituye un amplio recorrido por cada uno de los aspectos que rodean a las imágenes milagrosas, empezando justo por ese punto fundamental: el milagro. El quinto capítulo aprovecha al respecto no sólo las crónicas e historias de los santuarios, informaciones jurídicas y novenas, sino que se destaca en particular por el estudio de exvotos, tablas, retablitos de agradecimiento y “milagritos” de cera, limitados en número pero harto ilustrativos de las especialidades de cada imagen. No menos interesantes son los capítulos 6, 7 y 8, el primero dedicado a las reliquias de santos, cuya amplitud de modalidades contrasta con su menor éxito comparado con el de las imágenes; mientras que en el siguiente el lector podrá conocer inesperados usos religiosos de modestas estampas impresas, a más de profundizar en la organización para su producción y distribución; en tanto que el octavo está dedicado al tema de las cruces milagrosas (las de Huatulco y Tepic en particular). En fin, el noveno y último capítulo literalmente nos lleva al recorrido hacia los santuarios. El profesor Taylor realiza un interesante análisis de los motivos sobre la ausencia de grandes peregrinajes en la Nueva España, pero además nos presenta los diversos aspectos de las abundantes romerías y procesiones, más locales y más urbanas. Mas casi sobra decirlo, este breve y somero recuento está lejos de hacer justicia a unos capítulos que son verdaderos esfuerzos por presentar exhaustivamente la problemática que tratan a partir de las fuentes y bibliografía disponibles, y a una escala que intenta siempre abarcar a todo el territorio novohispano. Es en ese sentido que me refiero a esta obra como enciclopedia de la vida religiosa novohispana: va mucho más allá de las imágenes milagrosas más conocidas, de forma que sólo por el concentrado de información resulta una invaluable herramienta para conocer los más variados aspectos de esas prácticas y creencias.

A todo esto, empero, hay que agregar todavía que uno de los elementos más significativos de la obra es su esfuerzo comparativo, en varios sentidos. Comparación, en principio, entre diversos espacios, pues gracias a la bibliografía anglosajona, el autor puede establecer las semejanzas y diferencias entre Europa y América, entre España y Nueva España. Destaquemos en particular que este contraste ayuda a resaltar un punto que el autor trata de manera repetida: la importancia de las imágenes surgidas de la naturaleza en el caso novohispano, muchas de ellas literalmente nacidas de los árboles. Mas existen también comparaciones entre diversos períodos: la obra se apoya también en una amplia serie de estudios etnográficos sobre el siglo XX, que le permiten al autor imaginar de nuevas formas la prácticas novohispanas, pero también discutir las largas continuidades que se plantean esos trabajos, como ya había hecho en otros momentos, por ejemplo en el tema de las cofradías y el sistema de cargos en un artículo ya clásico de 1985 junto con John K. Chance. La bibliografía le permite también al profesor Taylor discutir con amplitud el siempre complicado tema de la herencia prehispánica en las prácticas y creencias religiosas novohispanas. En este punto, si bien no deja de extrañarse una mirada más crítica de una bibliografía que en más de un caso aprovecha  crónicas y documentos coloniales como si fueran fuentes transparentes, se plantean consideraciones que sin duda resultarán fructíferas para la historiografía mexicanista.

En fin pues, es una obra ampliamente recomendable, que ojalá pronto esté disponible en español, y que además es propicia para la discusión (por ejemplo, valdría mucho la pena contrastarla con Les saints et les images du Mexique (XVIe-XVIIIe siècle) de Pierre Ragon), siempre en beneficio del conocimiento histórico.

Haciendo historia religiosa en este blog

dscf3416El inicio de un año es momento oportuno para hacer balances. Desde luego, un historiador no puede más que estar consciente de que el año en realidad es un ciclo que, si bien tiene un referente natural en el movimiento de traslación de la Tierra, no es sino un arbitrario cultural. Empero, para el tema de este blog, tal vez es tanto más oportuno hacer balance en Año Nuevo, pues sirve para recordar que nuestra civilización occidental se mueve conforme a ciclos anuales al menos desde la Antigüedad clásica, y en particular conforme a un ciclo de orden religioso, litúrgico concretamente, desde la Edad Media. Y, si bien nuestra percepción del tiempo ha cambiado, seguimos usando el calendario cristiano, cuyos tiempos fuertes no han perdido del todo vigor, aun si han adquirido nuevos significados secularizados. De forma que, ya el hecho de que esta sea una temporada festiva, tiempo de reuniones familiares, de formular buenos propósitos y demás, es un recordatorio de la plena vigencia del tema de este blog y de los temas de investigación de su autor: la historia religiosa, en particular la del catolicismo.

Tal vez puede sonar atrevido o provocador, para algunos, o verdad de Pere Grullo para otros, mas la convicción fundamental que inspira este blog y los proyectos de su autor, es que resulta imposible entender a la cultura occidental sin la historia, sin la religión y sin el catolicismo. En parte, por una cuestión de orden genético: lo que hoy conocemos como asuntos de arte, de cultura, de política, e incluso de ciencia y tecnología, lo fueron antaño de orden religioso, porque era EL orden existente que pretendía abarcar y organizar a la vida humana en su conjunto, literalmente en cuerpo y alma. En segundo lugar, porque la cotidianidad y la actualidad siguen marcadas por cuestiones religiosas. México lo ha vivido de manera intensa este año, pero no menos (de otras formas, eso sí, sin duda) Europa occidental, y ya no digamos el Medio Oriente. Pero de manera más fundamental, la historia no sólo se dedica a explicar orígenes, ni a explicar nuestro presente, sino también a abrir nuestros horizontes hacia el futuro. La labor del historiador de lo religioso (aun del creyente) no puede ser de proselitismo, en la medida en que su propio trabajo muestra ya la diversidad de formas específicas en que ha declinado lo religioso, los límites o la amplitud que ha alcanzado, las modificaciones a veces radicales en las prácticas y las creencias (hasta el punto que las brujas de ayer pueden terminar santas, como mostrara la doncella de Orléans), la imposibilidad pues de universalizarlo o de considerarlo como algo inherente a una supuesta “naturaleza humana”. Antes bien, toda esa diversidad justo es invitación para pensar de manera nueva hacia el porvenir, para abrir la puerta a lo inesperado en este aspecto tan fundamental de la civilización occidental.

Imagen13En ese sentido, la historia religiosa también tiene su lado de vector de la secularización y de desacralizador de mensajes religiosos. Pero más todavía, no puede dejar de lado la importancia del modelo de las prácticas y creencias católicas en los demás campos fuera del propiamente religioso. Existen claramente sacralidades (y por tanto sacrilegios) políticas, económicas, culturales, artísticas e incluso deportivas, modeladas a partir de las que tan eficazmente construyó el catolicismo, y que asimismo pueden ser deconstruidas por la historia religiosa. Cabe decir, la cultura popular contemporánea, la de los medios audiovisuales (cine, televisión, comic, animación) incluso ha explotado originalmente los relatos cosmogónicos y hasta a las representaciones institucionales del catolicismo, tanto como otrora éste lo había hecho con las mitologías clásicas antiguas y de otras civilizaciones. En fin, el catolicismo también contiene un mensaje escatológico, profético, esperanzador, que no ha dejado de ser fuente de utopías, tanto más en tiempos en que las utopías de la modernidad decaen. Todo ello forma un vasto horizonte que debe afrontarse. El modesto y limitado esfuerzo desde este blog, que ha de tener esos adjetivos para mantenerse dentro de los usos del campo de la historia como ciencia, ha sido analizar algunos temas muy concretos: cofradías, reliquias, campanas, fiestas y rituales públicos. Últimamente, además, gracias a que la historia sigue teniendo su lado de participación en esa religión laica que es el patriotismo local, y a que el autor se estableció en Lagos de Moreno, pues ha habido espacio para la obra de Agustín Rivera y Sanromán. Y sí, en este año además, me atreví a publicar aquí una ponencia presentada en 2014 sobre las representaciones del cristianismo en la animación japonesa.

Aunque esos temas están muy delimitados, implican asuntos de más amplio alcance: hablar de las cofradías invita a pensar las formas de organización social de la civilización occidental, el tema de las reliquias de nuestra relación con la memoria de los muertos y sus motivaciones, las campanas de nuestra sensibilidad sonora, etcétera. Si bien es cierto que serán temas que en este blog se seguirán explorando en su especificidad, tal vez es tiempo de abrir más el espacio a hacer evidente sus consecuencias más generales, aquí esbozadas, desde luego sin renunciar a las características propias del discurso histórico, ciencia por definición de lo particular. Este blog se inició con el utópico sueño de difundir, con vocación misionera digamos, pero evidentemente ha tenido sobre todo lectores entre los ya convertidos. Al final, no podía ser de otra forma, dado que el autor tiene “todos los vicios propios de su estado” (como alguna vez escribió un publicista liberal decimonónico sobre un fraile), en este caso, de académico. Empero, con sus 47 entradas y poco más de 15 mil visitas a lo largo del año, tal vez vale la pena intentar además nuevas vías de hacerle publicidad, siempre con la idea de mostrar la importancia contemporánea de hacer historia religiosa del catolicismo.