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Laicidades

7784257219_bruno-le-maire-nicolas-sarkozy-valery-giscard-d-estaing-claude-bartolone-manuel-valls-et-francois-hollande-a-notre-dame-de-paris-le-27-juilletA fines de julio de este año se celebró en la Catedral de Notre-Dame de París una misa en memoria del sacerdote católico Jacques Hamel, asesinado el 26 de ese mes por seguidores del Estado Islámico. A ella asistieron, como vemos en la foto, el presidente François Hollande, el primer ministro Manuel Valls, los presidentes de la Asamblea Nacional y del Senado, así como los expresidentes Valéry Giscard d’Estaing y Nicolas Sarkozy. Esto es, las más altas autoridades de la República Francesa, república laica, y donde los medios hablan con cierta frecuencia de la laicidad como un elemento practicamente identitario, parte fundamental de la “excepcionalidad francesa”.

Empero, en realidad no es cosa tan rara ver a las autoridades del Estado francés asistir a ceremonias religiosas. De hecho, la alcaldesa de París, Anne Hidalgo, asistió a la misa vespertina del 15 de noviembre de 2015 en esa misma catedral, en homenaje a las víctimas del atentado que tuvo lugar en esa ciudad unos días antes, durante la cual, por cierto, el gran órgano de la Catedral hizo sonar La Marsellesa en el ofertorio. En las exequias de otro clérigo querido de la sociedad francesa, el padre Pierre, en 2007, estuvieron presentes también los altos funcionarios, encabezados por el presidente Jacques Chirac. La Catedral de Notre-Dame no tiene el monopolio exclusivo, pues la Catedral de Saint-Louis-des-Invalides sirve asimismo de iglesia para los funerales de los senadores franceses, en el video de abajo podemos ver, por ejemplo, las de Philippe Séguin en 2010.


Evenement – Les Obsèques de Philippe Séguin aux… por publicsenat

En México, república laica conforme al artículo 40 de la constitución federal, tampoco ha sido del todo raro ver la presencia de autoridades civiles en ceremonias religiosas en nuestros días, pero se convierte en general en tema de controversias. Cabe aclarar un punto importante. Las asistencias que he tomado del caso francés, son todas de carácter oficial; es decir, son eventos que se marcan en la agenda de los funcionarios públicos, tanto socialistas como gaullistas, quienes en realidad no están ahí haciendo gala de su confesión religiosa particular, sino en su carácter de autoridad de la república. Se trata normalmente de ceremonias fúnebres, esto es, su presencia es para participar de los homenajes a personajes de cierta relevancia para la vida pública. Esta semana hemos tenido en México, en la ciudad de Xalapa en concreto, un caso semejante con el deceso del presbítero y doctor José Benigno Zilli. Filósofo ampliamente conocido y reconocido de la sociedad y del ámbito académico  xalapeños, fue tanto formador en el Seminario arquidiocesano como profesor en la Universidad Veracruzana, donde dirigió incluso la Facultad de Filosofía, según la información del propio sitio de internet de esa Casa de Estudios. A la misa de exequias que en la Catedral de Xalapa encabezó el arzobispo emérito Sergio Obeso Rivera (quien pronunció una emotiva homilía), asistieron tanto el gobernador electo, como la rectora de la Universidad, la Dra. Sara Ladrón de Guevara, como podemos ver en esta nota.

Aunque no es que haya una definición absolutamente consensuada de la laicidad, digamos de manera breve que se trata básicamente del principio de separación de lo religioso y lo político. Mas la laicidad declina de muchas formas, y por definición tiene límites. En este caso bien concreto, mientras existan asociaciones religiosas, habrá sin duda personalidades públicas que pertenezcan o que incluso sean ministros de culto en ellas, pero que al mismo tiempo se desempeñen en ámbitos públicos, en la academia como fue con el padre Zilli, o en la labor social, como fue en Francia el padre Pierre, a quien he mencionado más arriba, o en México incluso en actividades políticas, como sucede actualmente con el padre Solalinde. La civilización occidental ha tendido a organizarse a partir de elementos binarios entre los que tratamos de trazar fronteras más o menos estables y definidas, mas hay que reconocer que, aun con voluntad de respetarlas, cualquier esfuerzo de separación tiene algo de artificial en la medida en que son las mismas personas las que viven entre lo público y lo privado, lo político y lo religioso, etcétera. Más allá de que las instituciones públicas puedan entregar reconocimientos o hacer homenajes en vida y en un marco secular a esas personalidades que se sitúan en dos ámbitos distintos, en algún momento llega el caso de tratar de sus exequias. Por ello es que a lo largo de nuestra historia se ha ido desarrollando un cierto catálogo de homenajes laicos paralelos: desde ceremonias con asistencia de las autoridades públicas (como las que en México se realizan en escenarios como el Palacio de las Bellas Artes para los artistas, o los honores militares en el caso de miembros de las fuerzas armadas), hasta simples comunicados oficiales.

En fin, paradójicamente, si la autoridad pública renunciara por entero a participar en esas exequias, sería tanto como dejar el postrero homenaje a una personalidad pública, en manos únicamente de autoridades religiosas. A falta pues de enriquecer la liturgia laica fúnebre, acaso valdría la pena recuperar al menos una tradición también francesa –napoleónica en específico– en el sentido de enmarcar esa asistencia oficial a ceremonias religiosas en un protocolo que evite los gestos explícitos de sumisión, como el arrodillarse o tomar los sacramentos en el caso de una misa de exequias, incluso si se trata de personas de confesión católica.

El nuevo culto de los muertos

51we3pn4evlEl texto que aparece en el vínculo de más abajo corresponde a la traducción, libre y no profesional, hecha con fines únicamente de difusión, del segundo capítulo de la obra de Emmanuel Fureix, La France des larmes. Deuils politiques à l’âge romantique (1814-1840), publicada en 2009 por la editorial Champ Vallon. El lector encontrará aquí una exposición amplia de lo que significó la modernidad en materias fúnebres para el caso concreto de la capital francesa. Nunca está de más recordarlo: la muerte es un dato antropológico, todos morimos, pero la forma en que nos relacionamos con ella varía según las circunstancias históricas, y en ese sentido, la muerte no tiene un significado único ni universal.
La modernidad reorganizó a la vieja sociedad occidental en torno al concepto del individuo, y de nuevas dicotomías, como lo público y lo privado, o lo político y lo religioso, afectando todos los aspectos de la vida social, la muerte incluida. No sólo nos referimos a las ceremonias propiamente dichas, sino también al tratamiento de los cuerpos y a los nuevos lugares de entierro, las que el autor llama “utopías funerarias”, los cementerios, en concreto, el célebre Père-Lachaise. De manera fundamental, el autor aborda la politización de los muertos, no sólo de su memoria y de su celebración ritual y monumental, sino de los propios cadáveres, enteros o en fragmentos.
A los mexicanos se nos ha enseñado a pensar que nuestra relación con lo macabro es, al menos, particular. Sin embargo, el lector encontrará aquí ejemplos interesantes para matizar esa originalidad. Para los jóvenes estudiantes de Humanidades, y en particular de Historia, es una lectura además recomendable para darles pistas para construir sus propios objetos de estudio. Las tumbas, las inscripciones en lápidas, los monumentos, la organización misma de los cementerios, son también objeto interesante de la Historia como ciencia, la Historiografía, que siguen requiriendo nuevos acercamientos.
Sin más pues, aquí esta nueva traducción, que muestra cómo la secularización alcanzó también a los cadáveres en la primera mitad del siglo XIX.

El fanatismo y Agustín Rivera, una nota

En este año se ha cumplido el centenario de la muerte del Dr. Agustín Rivera y Sanromán. Para recordarlo, nada mejor que leer y analizar sus numerosos escritos. Rastrear en particular la presencia del concepto de fanatismo en sus textos, situándolos en el contexto de su obra e incluso de su vida, tiene cierto interés para comprender mejor su evolución como “escritor público”. De las 158 obras que hemos podido identificar de este autor, he revisado 83 buscando las formas léxicas fanatismo, fanático y fanáticos, que aparecen un total de 277 ocasiones. Así resulta esta primera gráfica de distribución de esas obras por año.

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Frecuencia absoluta de tres formas léxicas relacionadas con fanatismo en 81 obras de Rivera distribuidas por año

Desde luego ya resalta la concentración en dos obras principalmente, y su presencia además, en ciertos períodos, como la década de 1880, los últimos años de la siguiente y hacia 1910. Para una imagen de la presencia de este concepto en el conjunto de las obras y de la muestra que hemos construido, tenemos este otro gráfico, en el que hemos agrupado a las obras de Rivera por décadas, incluyendo el total de las publicadas en cada período, las revisadas aquí y las que incluyen los términos citados antes. Como se ve, en realidad es un asunto que interesó al autor sobre todo ya después de sus 60 años, entre 1887 y 1910.

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Número de obras en que aparecen los términos relacionados con el fanatismo en una muestra de obras de Agustín Rivera distribuida por décadas.

Pasemos a analizar los textos propiamente dichos. La gran figura de excepción en el tratamiento del fanatismo por Rivera es sin duda el Compendio de historia antigua de México del que he hablado antes. La repetición de estos términos es alta porque Rivera argumentaba que los aztecas, a causa de su “imaginación muy exaltada”, no habían sido tanto bárbaros cuanto fanáticos, sus sacrificios humanos de origen religioso eran la mejor prueba. Para confirmar esta caracterización, planteaba un “paralelo entre los sacrificios humanos de los aztecas y las hogueras de la Inquisición española”. Ese pasaje comenzaba con la acostumbrada ironía de nuestro autor: “Graciosos estaban los españoles en México cuando decían ‘¡Sacrificar a los hombres sacándoles el corazón! ¡Eso es horroroso! No: solamente quemémoslos’…”

imagen3No era un asunto menor, sino una manera de constatar la racionalidad de los aztecas, no menos que el carácter relativamente positivo de esa “religión primitiva adulterada”: en el fanatismo había “verdades luminosas” decía citando la Enciclopedia de Mellado. Para ilustrar su argumento presentó una serie de cuadros de fanáticos que incluían hasta a “sabios fanáticos” como Tertuliano, Orígenes, Pedro Abelardo y Felipe II.

En sus trabajos sucesivos el fanatismo va perdiendo ese carácter luminoso y se asocia con tres categorías de personajes: primero, con el ultramontanismo, es decir, el movimiento de renovación católica que rechazaba al liberalismo; segundo, con fundadores de otros movimientos religiosos; tercero, con los enemigos de la independencia y del partido liberal en México. En ese sentido iba el uso del término de la década de 1880: en Los dos estudiosos a lo rancio (1882) eran fanáticos los católicos ultramontanos opuestos a la enseñanza de los clásicos paganos; en La filosofía en Nueva España (1885) la nómina se ampliaba con Confucio, Buda, Zoroastro, Numa, Mahoma, Quetzalcóatl, Arrio, Lutero y Calvino; en los tres tomos de los Principios críticos del virreinato (1884, 1887 y 1888), es más severo con los aztecas (tomo I), mientras que sus héroes intelectuales hispánicos, Cervantes y Feijoo, se presentan como combatientes del fanatismo (tomo II), agregando finalmente a los jesuitas como fanáticos y a ciertos sectores de frailes y clérigos novohispanos (tomo III). Los Treinta sofismas de 1887 incluyeron en concreto a la lista a un jesuita, Mariano Vallarta, pero sobre todo, de manera sutil, al canónigo Agustín de la Rosa, con quien Rivera debatía en ese texto. En fin, los Anales de la época de la Reforma (1890), incluyen a los enemigos de la Constitución de 1857, bien que aparece la distinción entre conservadores y fanáticos. No dejó de sumar nombres a su lista, ahora ya contemporáneos del siglo XIX como el sacerdote español Félix Sardá.

imagen4Fue sin duda este último quien dio a Rivera la oportunidad de explayarse en esta materia. Sardá publicó un opúsculo titulado El liberalismo es pecado en 1884, cuya difusión en México motivó a nuestro autor a tomar la pluma para combatirlo. En las 79 menciones de los términos que antes citamos estamos ya por entero en las antípodas del Compendio de Historia antigua de México. Fanatismo se asocia al pasado, a la “plebe”, a la superstición, a la enemistad con el liberalismo y con el progreso, a la ceguera, a la ignorancia, y sobre todo al crimen. “Nada en el mundo ha causado tantos males como el fanatismo” llegó a escribir, utilizando ahora descalificaciones eclesiásticas y en femenino para citarlos, por ejemplo, “multitud de viejas y sacristanes”. Empero, advertía sobre su peligrosidad. Los clasificaba en “leones” y “zorras”, los primeros “groseros y tontos”, “de poca sal en la mollera”, pero en cambio los segundos, capaces de seducir aprovechando relaciones familiares y de amistad, y en particular, aprovechándose de la “vanidad” de las mujeres. Sin embargo, es importante decirlo, Rivera a esas alturas cuestionaba la autenticidad de la religión de los fanáticos, tan es así que el texto se termina con un lamento por la religión católica, por aquellos que trataban de sostenerla “con las armas, con el dinero, explotando los más vivos sentimientos de la naturaleza”, es decir, los de la familia. En suma, fanatismo es aquí, sobre todo, y me parece es la evolución más significativa de Rivera, un problema de la frontera entre lo político y lo religioso. Eran fanáticos quienes “con todos los medios de la política humana” confundían a la Iglesia con una institución profana.

Hubo al menos otras cuatro ocasiones importantes en que volvió sobre el fanatismo. Dos nos resultan ya muy familiares: Los pensadores de España (1899) y los Anales de la vida del padre de la patria (1910) continúan el camino abierto en la década de 1880, el de la denuncia del pasado virreinal y de los enemigos de la independencia. Los otros dos tienen todavía rasgos originales: en Los hijos de Jalisco (1897), Rivera ofreció a sus lectores, con la biografía del padre Rafael Herrera, un retrato del “carácter” de los fanáticos. Conviene destacarlo, el retrato de caracteres era una de las técnicas con las que Rivera esperaba educar a la sociedad a través de la lectura y la oratoria, favoreciendo la transformación del carácter y el temperamento del público, mediante las emociones suscitadas por los textos. En consecuencia, pintó un retrato satírico y ridículo de Herrera.

imagen5Poco más de una década más tarde, publicó los Recuerdos de mi capellanía de las capuchinas de Lagos (1908), marcados por el aire de balance de una vida ya larga, de más de ochenta años, que había mostrado ya en el folleto las Bodas de oro. En esa breve reflexión autobiográfica Rivera le da sentido a sus sesenta años de escritor público insinuando que fueron un constante combate contra el fanatismo, dejando por completo en el olvido la luminosidad que le había dado en los años 1870, y olvidando también que no había sido tan constante, pero confirmando su lado elitista: “Desde mi juventud me ha agradado mucho este pensamiento de Hardouin que leí en César Cantú: Me levanto todos los dias al amanecer, ¿acaso para pensar como el vulgo?”  En fin pues, consecuencia de su visión teológica harto tradicional de la naturaleza humana, el combate contra el fanatismo que lo unía a los partidarios de la modernidad, se diría que había llegado a dominar tanto su visión de la sociedad, como la de su propia vida.

Unas honras de gala por el conquistador

DSCF4156El ceremonial católico no era un asunto privado en el Antiguo Régimen, sino también el ceremonial por excelencia de la monarquía católica. Por ello servía también para honrar, de manera “oficial” digamos, la memoria de los reyes, la familia real y los que eran considerados los grandes hombres que habían servido a la Corona y a la causa del público. No existían, como en nuestros días, ceremonias civiles fúnebres, como las que hoy vemos celebrar a las fuerzas armadas en honor de sus caídos, o las que el mundo de la cultura rinde a los suyos en escenarios como el Palacio de Bellas Artes. De ahí que no sea extraño que el 8 de noviembre de 1794 el Cabildo Catedral Metropolitano de México celebrara unas honras fúnebres, con misa y sermón al menos, por el alma de Hernán Cortés, el conquistador de México, motivadas ante todo por haber sido “virrey de este reino”.

Nacionalismo de por medio, para algunos puede sonar escandaloso recordar siquiera una ceremonia semejante; conservadurismo de por medio, puede en cambio sonar a una idea que debiera rescatarse. No es esa la intención aquí, sino servirnos de la nota que el secretario del Cabildo Catedral asentó en el libro de actas para recordar que, paradójicamente, esas ocasiones solemnes por la memoria de un difunto, podían servirle a esa corporación clerical para lucir su jerarquía. Justo por ello, porque era una celebración que podía repetirse después y podía suscitarse alguna contestación de las otras corporaciones de la ciudad, y no porque quisiera dejar a la posteridad un recuerdo erudito, el secretario detalló los elementos que formaron el ritual.

DSC_0034Las campanas de la Catedral doblaron desde la víspera, por el conquistador, cierto, pero también recordando en su ejercicio mismo que no era algo que hicieran por cualquiera: como mucho y a regañadientes, por los oidores de la Real Audiencia y sus esposas, ni siquiera por el clero del Sagrario Metropolitano. Se llevaron al hospital de Jesús las sillas de los canónigos, símbolo fundamental de su autoridad, así como algunos de sus ornamentos más preciosos, lo que es un detalle menor, en una sociedad en que la apariencia era decisiva para la identidad de las personas y su jerarquía. Mas había que dejar constancia también de aquello que los canónigos no hicieron y que luego hubiera podido exigírseles, en este caso, el sermón, que predicó un dominico, el padre Mier. Última paradoja para nosotros, que sabemos la trayectoria posterior de dicho fraile, pero eso es motivo de otro artículo.

Muy brevemente ya, aquí la nota tal cual aparece en las actas capitulares.

 

Archivo del Cabildo Catedral Metropolitano de México, Actas de Cabildo, libro 58, fs. 147-147v.

Consecuente a lo resuelto en Cabildo de 7 del próximo pasado octubre sobre que este verable Cabildo se ofreciera a celebrar las honras del excelentísimo señor conquistador D. Fernando Cortés en la iglesia del hospital de Jesús Nazareno, la cual oferta fue aceptada gustosa y agradecidamente por el señor gobernador del Estado y Marquesado del Valle, las cuales honras de facto se celebraron el día ocho del corriente mes de noviembre, para lo cual se dobló de Cabildo en esta Santa Iglesia la víspera a las doce y a la oración, y el día a las cinco y media y durante la misa y el responso. La víspera se llevaron las sillas de este Venerable Cabildo, que se pusieron en el presbiterio y se llevó el ornamento rico hecho en Toledo para la misa, con los demás utensilios necesarios al sacrificio. El día se entró en coro a las ocho y media y finalizada la misa y la sexta se fueron los señores capitulares en lo privado y particular a Jesús Nazareno, en donde se vistieron en la sacristía de roquetes, capas y capuces de duelo, y así salieron a ocupar sus sillas al presbiterio durante la misa, sermón y reponso. Cantó la misa y el responso el señor tesorero Dr. D. José Ruiz de Conejares, fueron ministros los señores Madrid y Guevara, y predicó el padre lector Mier del orden de Santo Domingo. Asistió a esta función el excelentísimo señor virrey Marqués de Branciforte, la Real Audiencia y tribunales; ofició la capilla de esta Santa Iglesia con música muy particular; no se ganó el coro con la asistencia a las honras. Y por que conste, de mandato del señor deán, asiento esta razón que firmó S.S. por ante mí en el mismo día ocho de noviembre de mil setecientos noventa y cuatro.

El Deán