Archivo por meses: septiembre 2016

De la reforma de cofradías novohispanas a todos los reinos de Indias

Retrato de D. Ramón de Posada por Francisco de Goya, ca. 1801. Museo Legion of Honor de San Francisco

Retrato de D. Ramón de Posada por Francisco de Goya, ca. 1801. Museo Legion of Honor de San Francisco

El mes pasado presentaba en este espacio las reales cédulas generales que fueron producto de la reforma de cofradías por expedientes particulares que el Consejo de Indias llevó a cabo para las del reino de Nueva España en el último cuarto del siglo XVIII. Hay una última cédula real que fue producto de los esfuerzos del fiscal Ramón de Posada y Soto, pero que ya no se limitaba a extender su proyecto de organización formal de las cofradías a las novohispanas, sino que alcanzaba a todos los “dominios de Indias” del rey Carlos IV. Se trata de la cédula del 15 de octubre de 1805 dada para resolver un conflicto de jurisdicción entre el intendente y el vicario capitular de Maracaibo a propósito de las cuentas de una obra pía. Curiosa culminación de los esfuerzos por definir y hacer realidad la definición de las cofradías como unos cuerpos profanos, no dejaba de aprovechar la ambigüedad del vocabulario relacionado con ellas, incluso mezclando la definición que solía postular el clero. “Cofradías, obras pías y fundaciones piadosas y cualquier fondo de la misma clase” dice el documento, creando un bello contraste entre el contenido, que en cambio se refiere a la cofradía como una reunión de personas.

Desde luego, es difícil decir hasta qué punto esta real cédula tuvo eco en todos los reinos de Indias, aparte de Nueva España y Venezuela en el siglo XIX. Confieso que hasta ahora no me he ocupado de rastrear si en otras regiones llegó a ser recibida y obedecida efectivamente, bien que es casi seguro que sus alcances fueran limitados, como ocurría en general con las reformas borbónicas. Como sea, éste fue sin duda el punto culminante de esa difícil empresa que se inició en los años 1770, en las oficinas de los palacios reales de México y Madrid, impresionante a veces en sus declaraciones autoritarias, pero las más decepcionante en su implantación si la pensáramos sólo en esos términos. En cambio, interesante por mostrar la vigencia de la negociación entre el clero, la Corona, los súbditos y fieles. Aquí pues, el texto de la implantación de la reforma novohispana a nivel casi americano diríamos hoy.

 

Real cédula del 15 de octubre de 1805*

 

El rey

El gobernador intendente de Maracaibo dio cuenta de lo ocurrido con el vicario eclesiástico de aquella ciudad sobre conocimiento de las cuentas de la obra pía de nuestra Señora de la Soledad, y de la declaración hecha por mi Real Audiencia de Caracas, reducida a que su rendimiento y liquidación debió hacerse ante el Vice-Patrono Real, solicitando me dignase aprobar dicha providencia, con declaración de que el conocimiento de todas las cuentas de Cofradías, Obras pías y Fundaciones piadosas y cualquier fondo de la misma clase que esté sujeto a administración civil y temporal, corresponde en esos mis Dominios a los respectivos mis Vice-Patronos; que a los que lo sean toca examinarlas y aprobarlas, y presentar, elegir y nombrar mayordomos administradores de ellas, sin que sean válidos aun aquellos nombramientos provisionales, que se expidan sin su noticia y aprobación; que sean excluidos de este manejo todos los eclesiásticos de orden sacro, o aplicados al fuero de la Iglesia; y que se haga entender así a quienes corresponde su cumplimiento, por lo que conviene a las mismas instituciones pías, y a la conservación de las regalías de mi Real Patronato.

Visto en mi Consejo de Indias con lo que dijo mi Fiscal, y teniendo presente lo mandado a mi Virrey de Nueva España en cédula de veinte y siete de diciembre de mil ochocientos dos, con motivo de haberme dignado aprobar la fundación y constituciones de la cofradía de Ánimas del pueblo de Calimaya, jurisdicción de Tenango del Valle, he resuelto que para el gobierno de todas las Cofradías, Hermandades o Congregaciones de mis Dominios de Indias, se observen las reglas siguientes.

Primera: Que se suprima el gravamen que esté impuesto a los mayordomos de otorgar fianza, por no haber semejante práctica en las Congregaciones piadosas.

Segunda: Que éstas elijan en sus juntas para Mayordomos aquellos hermanos que merezcan su confianza por sus buenas cualidades, y los nombrados sirvan sin otro interés que el de contribuir por su parte al objeto de su instituto.

Tercera: Que no se puedan trasladar las cofradías, sin consentimiento de mis Vice-Patronos, a otro templo, ni alterar sus Constituciones sin impetrar para ello la correspondiente mi Real licencia.

Cuarta: Que para las elecciones de oficiales de dichas cofradías, hermandades o congregaciones y autorizar sus acuerdos, es suficiente el cofrade que se nombre por secretario de cada una de ellas, el cual debe servir este encargo sin derechos ni emolumentos.

Quinta: Que no se celebre junta alguna que sin que sea presidida por el Ministro Real que a este fin se nombre.

Sexta: Que los bienes de las expresadas cofradías, hermandades o congregaciones no se entiendan espiritualizados en tiempo alguno, ni se dejen de satisfacer en sus casos los derechos reales con ninguna causa ni pretexto.

Séptima: Que el cura de la parroquia o el prelado de la casa en que esté situada la cofradía, hermandad o congregación, asista a las juntas como previene la ley.

Octava: Que en todas las cofradías, hermandades o congregaciones haya tesorero que sirva dos años, y dos más si pareciese reelegirle; pero que no lo pueda ser por tercera vez sin haber pasado el intermedio de otros dos años.

Nona: Que el mayordomo de cada cofradía, hermandad o congregación debe presentar sus cuentas a la junta, y ésta nombrar dos sujetos de los más versados en la materia para que las reconozcan, y con su informe las vuelvan a la junta para su aprobación o la providencia que haya lugar; de manera que en las juntas nada sea judicial ni contencioso, pues cuando el negocio deba serlo, entonces ha de ocurrir al juez real que corresponda, para que proceda.

Décima y última: Que las llaves del arca, que debe tener cada cofradía, hermandad o congregación para custodiar sus caudales se ponga una en el hermano mayor o rector, otra en el mayordomo o diputado, y otra en el tesorero; y todos los meses se entre lo que se hubiere recaudado, y saque lo que fuere menester, sentándose en un libro y firmando las partidas todos tres.

En cuya consecuencia mando a mis Virreyes, Presidentes y Gobernadores, Vice-Patronos de mis Dominios de Indias e Islas Filipinas, y ruego y encargo a los muy Reverendos Arzobispos y Reverendos Obispos de ellas, guarden, cumplan y ejecuten y hagan guardar, cumplir y ejecutar la referida mi Real determinación en las cofradías, hermandades o congregaciones ya establecidas, teniéndola presente para las que en lo sucesivo se erijan y en las formación de sus estatutos o constituciones, sin cuya circunstancia no obtendrán mi real aprobación. Fecha en San Lorenzo a quince de octubre de mil ochocientos cinco.

Yo el Rey

Por mandado del rey nuestro señor

Antonio Porcel.

 

* AGI, México, leg. 3096A.

Cuerpos profanos o fondos sagrados

Portada Cuerpos profanosEsta semana ha salido de la imprenta el libro Cuerpos profanos o fondos sagrados. La reforma de cofradías en Nueva España y Sevilla durante el Siglo de las Luces, editado por el Centro Universitario de los Lagos (CULagos) de la Universidad de Guadalajara. Se trata del resultado final, o al menos lo es por ahora, de las investigaciones del autor de este blog sobre la reforma de cofradías a ambos lados del Atlántico. El proyecto lo emprendí con una beca del programa estancias posdoctorales en el extranjero de CONACYT en septiembre de 2010, que obtuve justo al terminar el doctorado en la Universidad de Paris I Panthéon-Sorbonne, y que realicé por un año bajo la tutoría del Dr. José de Jesús Hernández Palomo, investigador de la Escuela de Estudios Hispano-Americanos dependiente del CSIC, en Sevilla. He venido a terminarlo siendo ya profesor del Departamento de Humanidades, Artes y Culturas Extranjeras del citado CULagos de la Universidad de Guadalajara, y siempre con el apoyo de sus autoridades.

No voy a repetir aquí lo que aparece en la introducción del libro, basta decir que se trata de una investigación que presenta las discusiones en torno a la definición de las cofradías en la segunda mitad del siglo XVIII. Esto es, revisa una de las reformas borbónicas tal vez de las más estudiadas, pero que, al menos para mí, resultaba poco entendida, y en cuya documentación fui profundizando durante esa estancia posdoctoral. Originalmente me había planteado examinar los procedimientos de fundación de nuevas cofradías y nuevos conventos franciscanos en tiempos de los Borbones a partir de los documentos del Archivo General de Indias. Si bien cumplí con la presentación de resultados de ambos ejes, lo más significativo de esos meses fue el haber podido revisar los dictámenes de los fiscales del Consejo de Indias en los expedientes particulares de las cofradías novohispanas. Aunque sus posturas variaban, progresivamente entendí que, más que tratar de destruirlas, parecían querer redefinirlas, “devolviéndolas” a la jurisdicción del rey, además de aprovecharlas para la promoción de la caridad. Desde luego fue así que comencé a ir “desenredando”, por así decir, la complicada madeja de los procedimientos de reforma, en los cuales, por cierto, es harto sencillo perderse.

Casi simultáneamente, comencé a percatarme que, para comprender cabalmente la reforma, y en particular para establecer de manera clara una valoración de sus alcances, era necesario compararla además con otro caso dentro de la misma monarquía hispánica. Esto me llevó pronto a interesarme por la reforma en la propia Sevilla, cuyos documentos comencé a rastrear también en el Archivo General del Arzobispado de Sevilla, y luego en el Archivo Histórico Nacional de Madrid, principalmente. La investigación me llevó asimismo a Roma, al Archivo Secreto Vaticano, para consultar los breves de indulgencias de las cofradías novohispanas. No puedo negarlo, fue un raro privilegio (que no debiera ser tal) el de poder investigar con libertad y sin muchas otras preocupaciones en esas tres ciudades, sobre todo, y aquí sí por razones más allá de la investigación, residir en la capital hispalense durante un año completo. Además pude introducirme, aunque de forma somera y con la distancia propia de una investigación académica, al intricado mundo de las hermandades sevillanas, hasta hoy uno de los timbres de identidad y orgullo de la ciudad.

Diversos programas de apoyo para la investigación (Apoyos a nuevos PTC de PROMEP y PIFI en particular), me permitieron completar el trabajo en los archivos madrileños y del arzobispado de Sevilla en diversas estancias breves, luego de haber comenzado a trabajar en la UdG en septiembre de 2011. Más fácil fue la consulta del Archivo General de la Nación y otros acervos complementarios en México. La redacción la realicé mayormente en Lagos de Moreno, sostenido en mis obsesiones cofradieras por mis colegas del Cuerpo Académico “Cultura y Sociedad” e incluso por los estudiantes de las carreras de Humanidades e Ingeniería Electrónica. En efecto, hasta estos últimos me escucharon alguna vez exponerles un poco de las inquietudes que se tradujeron en el libro, el cual avanzó en esa última fase al ritmo que permite la vida universitaria contemporánea.

Muchas cosas cambiaron a lo largo de este proyecto para el autor, a más de su lugar de residencia. Ha sido sin duda el intercambio con colegas que llevan a la Historia cultural como bandera el que me ha facilitado el pensar además a las cofradías desde la perspectiva de los propios documentos fundamentales redactados por sus integrantes. Así, si entre Sevilla y México me pareció claro que era necesario incluir una sección completa para los proyectos episcopales, pensando en la amplia visita del obispo Ruiz Cabañas y en el ya clásico informe de 1794 del arzobispo Haro y Peralta, fue en Lagos que surgió por completo una tercera sección para temas como el ritmo temporal, los espacios y hasta los cuerpos de los cofrades. Al final del recorrido, si tal vez no llegamos a una definición final y propiamente definitiva de las cofradías de la época, al menos confío en haber mostrado algunas otras facetas de ésta que fue por mucho tiempo una de las formas clásicas de organizar los esfuerzos colectivos en el Antiguo Régimen.

Entre monigotes de hábito y clérigos de capa

DSCF6285 (2)A mediados del siglo XVIII el Cabildo Catedral Metropolitano de México se hizo cargo del gobierno de la arquidiócesis en dos ocasiones por la muerte de su titular. Primero entre enero de 1747 y agosto de 1749 por el deceso del arzobispo Juan Antonio de Vizarrón, y luego entre julio de 1765 y julio de 1766, por la muerte de su sucesor el arzobispo Manuel Rubio y Salinas. Entre los muchos temas que los canónigos atendieron entonces, me  interesa destacar aquí el del traje clerical.

Ya lo hemos mencionado en otras oportunidades, aunque en esa centuria ya circulaba el dicho de que “el hábito no hace al monje”, en realidad la sociedad del mundo hispánico daba particular importancia a la vestimenta. Ella era un elemento fundamental para establecer el lugar de una persona en las jerarquías sociales y políticas. Los magistrados, por ejemplo de la Real Audiencia, lucían por ello con orgullo sus togas. El clero, al menos eso se esperaba, debía dar a conocer visiblemente su condición, su traje debía reflejar, en su caso la pertenencia a una regla: el hábito de las órdenes religiosas, y en general corresponder con los principios de la moral católica reflejando virtudes como la modestia.

A lo largo de esa centuria, las autoridades eclesiásticas hicieron esfuerzos para que ese ideal fuera efectivamente respetado por el clero. En el caso de los canónigos de la Metropolitana en tiempos de esas dos sedes vacantes debieron combatir sobre dos frentes: por un lado, los clérigos que andaban con traje “indecente”. Recordémoslo, decencia la definía ya el Diccionario de Autoridades de la primera mitad del siglo como “compostura, aseo, adorno” o bien, “adorno, lucimiento, porte”, que movía a la “veneración de cosas sagradas” o bien “correspondiente al nacimiento o dignidad de una persona”. Evidentemente en el caso del clero las dos acepciones estaban estrechamente relacionadas. Los clérigos debían ser, o al menos esa era la idea desde fines del siglo XVI, reconocibles como “personas sagradas”.

Mas los canónigos no sólo debían “meter en cintura” (o en sotana en este caso) a clérigos rebeldes, sino además evitar que los seglares se adueñaran sin justificación de trajes clericales. Llegaba a ocurrir así con los hábitos de los frailes: había seglares que podían utilizarlos perteneciendo a las órdenes terceras, así como abundaban además legos conventuales que también los portaban. Los canónigos de México usaban un término que el propio Diccionario de autoridades consideraba propio del “vulgo” para referirse a esos personajes: monigotes.

Doble combate pues, pero contra un mismo pecado, la vanidad. En efecto, ya en abril de 1747 los canónigos estimaban que “era lástima ver como andaban algunos [clérigos] con mangotes [es decir, mangas anchas]” o bien “con capas y listones en los sombreros”. Mandaron expedir un edicto en el que imponían como mínimo el uso del cuello clerical, como en la imagen que vemos arriba, “descubierto, sin taparlos con los pañuelos”. (Archivo del Cabildo Catedral Metropolitano de México ACCMM, Actas de Cabildo, libro 39, f. 60) Algunas observaciones que complementan este retrato del clérigo indecentemente vestido, aparecen también en un acta del año siguiente, en marzo: “todo el día y toda la noche andaban de capa y hasta con armas, sombreros galoneados, ropa de color…” (ACCMM, Actas de Cabildo, libro 39, f. 207). Tal pues ya el otro signo distintivo de la vestimenta eclesiástica: el color negro.

Dos décadas más tarde, en enero de 1766, el provisor del arzobispado exponía a los canónigos el problema de los clérigos que andaban fuera de sus parroquias, asistiendo a las funciones teatrales de la Ciudad de México, y además, con esa prenda que el lector ya habrá advertido hemos querido destacar: la capa. Su uso, seguramente por permitirles andar embozados, “los inducía y disponía más prontamente” a asistir a esas diversiones profanas. (ACCMM, Actas de Cabildo, libro 47, fs. 211-211v). Lamentablemente sólo en raras ocasiones los canónigos llegaron a citar, ya que no los nombres, al menos las parroquias desatendidas por estos, por así decir, “curas profanos”: Zempoala, Tesquisquiac y Zumpango estaban en ese caso en 1766, sus párrocos “se andan con nota paseando en México y se presentan en los paseos” (ACCMM, Actas de Cabildo, libro 47, fs. 236-236v)

El acta de 1748 citada más arriba muestra bien que era, como decía, un combate a dos frentes, pues la discusión surgió de la solicitud de un “monigote” a quien el difunto arzobispo Vizarrón había mandado retirar el hábito y que solicitaba a los canónigos se le autorizara de nuevo. En realidad se trataba de un cantor de la iglesia de la Santa Veracruz, y es que en general era la situación de esos numerosos asistentes que implicaba el culto católico entonces. El provisor del arzobispado explicaba a los canónigos en abril de 1766: “pasan la vida enterrando muertos, [como] acólitos de los conventos y como músicos de portillo”. Y sin duda había razón en esta identificación: los músicos de la iglesia de la Profesa también llegaron a pedir licencia para uso de hábitos (ACCMM, Actas de Cabildo, libro 47, f. 244v). Bella paradoja, en opinión de los canónigos, si los clérigos abandonaban sus trajes talares y cuellos romanos y se ocultaban bajo capas profanas para ir a diversiones ajenas a su estado, los seglares hacían lo propio ocultos bajo hábitos de religiosos. “Bajo de unos malos hábitos había muy buenos bebedores, valientes y escandalosos con otras mil cosas que se callan”, asentó el secretario en el acta (ACCMM, Actas de Cabildo, libro 47, f. 243v).

En suma pues, aprovechando capas y hábitos, los clérigos se hacían pasar por seglares y los seglares por monigotes. No está de más decir que no faltó algún canónigo, que llegara también a usar trajes profanos, por ejemplo a principios del siglo XIX, Ramón Cardeña y Gallardo, que lo era de Guadalajara, y de quien hemos hablado en otra ocasión. Los de la Metropolitana, por su parte, más bien buscarían portar símbolos de distinción, pero eso es materia  de otro artículo. Sirva éste como mera reflexión sobre esas paradojas que planteaba el vestir religiosamente en el Siglo de las Luces.